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Víctimas de la 'paz'

Presentándose como el hombre a fortalecer con concesiones para que convenciese al IRA de dejar la violencia, Adams ha perpetuado al grupo terrorista reforzando su perfil político. Se ha coaccionado a la sociedad mientras el IRA continuaba con métodos criminales y mafiosos, incluido el asesinato. Esta actitud ha transformado el proceso de paz en un injusto instrumento de coacción.

 


Las últimas elecciones en el Reino Unido ofrecen interesantes lecciones en unos momentos en los que en nuestro país se insiste en emular el proceso de paz norirlandés. La fascinación por dicha región ha sido constante desde diversos sectores políticos tanto en Euskadi como en el resto de España. Sin embargo, la instrumentalización política de lo sucedido en Irlanda del Norte ha sido con frecuencia el planteamiento más común al buscarse el paralelismo entre ambos contextos. La evidencia de que el IRA decretó el alto el fuego a pesar de no haber conseguido ninguno de sus objetivos no ha sido considerada como una prioridad para muchos de quienes sin rigor han perseguido la comparación. Y es que si un grupo como el IRA fue capaz de abandonar su campaña terrorista en semejantes circunstancias, razonable, realista y práctico resulta exigir el mismo proceder de ETA.

El periodo transcurrido entre aquel cese de la violencia y los recientes comicios ofrece una perspectiva enormemente útil para evitar desde nuestro ámbito equivocaciones como las que en Irlanda del Norte se han cometido, como los resultados electorales constatan. Para entenderlo parece conveniente distinguir dos etapas en el llamado proceso de paz. Una primera comprendería hasta el alto el fuego y la firma del Acuerdo de Viernes Santo en 1998. Como se ha indicado, en ese estadio el IRA y su brazo político, Sinn Fein, aceptaron los términos que durante décadas rechazaron. Fue el abandono del maximalismo del movimiento terrorista ante la firmeza de otros actores el que inauguró ese periodo que daría paso a una segunda etapa en la que, a diferencia de la anterior, el partido liderado por Gerry Adams se beneficiaría de diversas concesiones. Éstas son probablemente la causa de que Irlanda del Norte sea hoy una sociedad profundamente polarizada en la que la tímida autonomía concedida en 1998 continúa suspendida desde octubre de 2002 y en la que el DUP, partido unionista liderado por el reverendo protestante Ian Paisley, es la formación más votada con nueve diputados, seguida de Sinn Fein, con cinco.

En contra de quienes deliberadamente han tergiversado el referente irlandés al identificarlo como un modelo de inclusión que debía por ello ser replicado desde Euskadi, es necesario enfatizar que el Acuerdo de Viernes Santo fue un documento que en absoluto negociaron todos los actores involucrados en el conflicto norirlandés. Tan histórico texto no recogía ninguna de las aspiraciones de Sinn Fein. Además el DUP de Paisley abandonó las conversaciones que precedieron a la firma de un Acuerdo cuyos contenidos diferían muy poco de la solución que durante décadas ya se había propuesto para la región. Así pues, lo verdaderamente importante era que el IRA, al estar Sinn Fein marginado política y socialmente, aceptaba por fin una fórmula que durante treinta años rechazó. Siete años después, Sinn Fein y el DUP, partidos que en aquellos días contaban con un apoyo minoritario en la comunidad nacionalista y unionista, representadas de forma mayoritaria entonces por el SDLP de John Hume y el UUP de David Trimble, respectivamente, les han superado electoralmente. ¿Por qué se ha producido tan drástico cambio?

La respuesta puede encontrarse en la gestión de esa segunda etapa del proceso por parte de los gobiernos británico e irlandés, pues su creencia de que la transición desde el terrorismo a la democracia debía ser apoyada se ha traducido en una impunidad e indulgencia hacia Sinn Fein que ha minado los fundamentos de la democracia impidiendo la normalización política. A finales del año pasado el primer ministro irlandés, Bertie Ahern, reconocía su error al afirmar en el Parlamento que con el objetivo de atraer a Sinn Fein al ámbito democrático había «ignorado todo tipo de cosas» en las que el IRA había estado implicado. Un similar reconocimiento de la equivocación que ello ha supuesto fue pronunciado por el premier británico Blair.

Sencillamente, ambos dirigentes han ignorado los principios de un sistema democrático aceptando el chantaje de Sinn Fein que tan eficazmente ha planteado Adams una y otra vez. Así lo hacía al pedir el voto a su partido asegurando que de ese modo se lograría la desaparición del IRA, alertando también de que el vacío político actual se llenaría con violencia si su formación no salía fortalecida de las elecciones. La misma intención perseguía su apelación al IRA el mes pasado para que considere abandonar la lucha armada. Ante el fracaso de treinta años de violencia, el IRA ha sido la mejor baza de la que ha dispuesto Adams para rehabilitar su imagen de presidente de un partido como Sinn Fein que hasta hace poco obtenía una insignificante representación electoral en el norte y el sur de Irlanda. Al presentarse como el hombre al que se debía alabar y fortalecer con concesiones para ser así capaz de convencer al IRA de la necesidad de dejar la violencia, Adams ha perpetuado deliberadamente la existencia del grupo terrorista mientras reforzaba su perfil político. De ese modo se ha coaccionado a la sociedad al prometerse la desaparición del IRA al tiempo que continuaba infringiendo la ley mediante la extorsión, el contrabando y otros métodos criminales auténticamente mafiosos, incluido el asesinato. La amenaza inherente a esta actitud ha colocado una gran presión sobre la sociedad y las víctimas del terrorismo del IRA, transformando el proceso de paz en un injusto instrumento de coacción.

Los contraproducentes efectos de esta política los ha sufrido directamente el que fue el principal partido nacionalista, el SDLP, al incurrir en contradicciones que el electorado no ha obviado. Por un lado el SDLP insiste en que no se puede tolerar que Sinn Fein, beneficiándose de la amenaza que representa la presencia del IRA, ejerza un veto sobre los avances políticos al continuar dicho grupo involucrado en actividades criminales mientras sigue además inextricablemente unido a un partido político. Sin embargo, cuando ante tan antidemocrática realidad los unionistas han reclamado la colaboración del SDLP para formar una coalición que excluyera a Sinn Fein del Gobierno de la región, los nacionalistas se han negado. Con ese incoherente comportamiento lanzaban al electorado un mensaje suicida: Sinn Fein puede condicionar la normalización política a pesar de incumplir las reglas del juego democrático.

Rogelio Alonso es profesor de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos. 

EL DIARIO VASCO, 11/5/2005

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