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Partículas elementales

Partículas elementales Aunque me resulta muy difícil creer en Dios, no dejo de constatar que la expansión de la increencia y la conversión del ateísmo en ideología han ido de la mano con la expansión del crimen y el genocidio. Ningún ateo que se pretenda serio puede dejar de analizar el fenómeno.

En rigor, el ateísmo ideológico conduce a borrar la noción misma de crimen. Como animal moral, si así queremos llamarlo, el hombre carga con el misterioso peso de la culpa, y la moral viene a ser su digestión. La religión sostiene que el mal, y por tanto la culpa, reside en nosotros mismos, y que puede transformarse en bien; pero que proyectar la culpa sobre los otros constituye una mala "digestión" de ella, falsamente liberadora.

Las ideologías, por el contrario, cultivan y sistematizan la proyección de la culpa, una tendencia muy fuerte en todos nosotros. Ellas han descubierto que el mal no es un fantasma inaprehensible, sino que encarna en cuerpos sociales reconocibles, tales como la burguesía, los judíos, la Iglesia, las razas inferiores, el varón, el estado y sus servidores, la gente mayor de tal o cual edad, los imperialistas... Cada ideología tiene su preferencia. Eliminando a los culpables, el hombre recobraría la feliz inocencia animal del paraíso, aspiración de todos los utopismos. Por lo tanto, exterminar a los portadores del mal, si osan resistir o incluso si no resisten, deja de ser un crimen para convertirse en un acto necesario, incluso en una virtud, si la noción de virtud no se vaciase también al desaparecer la de crimen.

Se entiende fácilmente la fascinación ejercida por las ideologías y por qué renacen una y otra vez, con nuevas formas. En Las partículas elementales Houellebecq ha propuesto, y me parece que no como ironía, la penúltima salida utópica y en cierto modo más audaz, desarrollando de forma positiva la utopía huxleyana de Un mundo feliz. El mal residiría, efectivamente, en el propio ser humano, especialmente en su parte masculina, y consistiría, en fin, en la reproducción sexual, la individuación y la muerte. Pero hoy, el mal dejaría de ser un problema moral sin salida para transformarse en problema genético. La ciencia nos permitiría atisbar una superación de la miseria humana mediante la extensión de la sexualidad como fuente de placer y de "bien", completamente al margen de la reproducción. Ésta se efectuaría por otros medios, la clonación o algo así, asegurando una virtual inmortalidad y una pérdida acusada de la dañina individualidad. Los hombres –más bien las mujeres– serían como dioses, según la promesa de Satán, y volverían al paraíso, aunque ya no serían propiamente humanos. La humanidad actual aceptaría su propia extinción con alivio, cosa bastante lógica, vistas así las cosas.

¿Una tontería? Probablemente. Todos los utopismos tienen un fondo de estupidez. Pero prueben a desmontarla y verán que no es tan fácil.

Pío Moa

Libertad Digital, 1 de septiembre de 2006

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