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El terrorismo del espíritu

El terrorismo del espíritu Tengo ante mis ojos el texto íntegro de la conferencia de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona.

Primera constatación: las frases incriminadas, esas famosas frases en las que supuestamente insulta a 2.000 millones de musulmanes, ocupan apenas unas cuantas líneas en una larga exposición teológica sobre las relaciones entre la ciencia y la fe, la universalidad, la trascendencia y el kantismo.

Segunda constatación: en contra de lo que intentan hacer creer, desde el comienzo del caso, los desinformadores profesionales, la exposición en cuestión no versaba sobre el islam, sino sobre la religión en general y el cristianismo en particular, al que advierte contra la tentación de dar la espalda a su herencia griega y renunciar, al hacerlo, a su pacto milenario con la razón.

Tercera y última constatación: cuando, en el marco de esta reflexión, aborda el ejemplo de islam, cuando llega a este caso particular de renuncia a la racionalidad que es, en el islam, el fenómeno de la conversión forzada, el Papa cita -sin que nada permita decir si hace o no suya la cita- las palabras de un emperador bizantino, que discute con un erudito persa del siglo XIV y que atribuye este fenómeno de la conversión forzada y, por lo tanto de la tentación del fanatismo, a la excesiva, demasiado pura y demasiado perfecta trascendencia de Dios.

Se podía, naturalmente, discutir el desarrollo del discurso papal. Se podía objetar al emperador bizantino, o a Benedicto XVI, que el fenómeno de la conversión forzada no es una especialidad del islam: véase la Inquisición.
Se podía soñar, sueño, con teólogos musulmanes recordando a un profesor Ratzinger, quizás cegado por su disputa con el cristianismo bizantino (porque ahí tal vez reside la intención secreta de sus afirmaciones). Sueño, pues, con teólogos capaces de recordarle, en el mismo tono de amistad disputada y sin concesiones, que el islam de Avicena y Averroes, el islam de los librepensadores mutazilitas del siglo VIII, el islam que fue, durante siglos, el principal vector de la penetración de los textos griegos en tierra judeocristiana, no estaba cerrado, ni mucho menos, a las enseñanzas de la razón. Cf. Granada, Córdoba, el Siglo de Oro español, etc.

Lo que no es aceptable, una vez más, al igual que en el caso de las caricaturas, son estas algaradas, estos rugidos de rabia planetaria, este clamor organizado, orquestado, paulovizado.

Lo que no sólo es intolerable, sino también inquietante, es ese terrorismo del espíritu. Sí, sí, ese terrorismo, que pretende prohibir a un no musulmán el menor comentario sobre el islam y que, si a pesar de todo el no musulmán lo hace en nombre de ese diálogo de las civilizaciones y de las religiones que era el objetivo explícito del discurso de Ratisbona, si persevera en el proyecto de dar su opinión sobre tal o cual punto de la doctrina del Corán, provoca que el orbe musulmán grite a la ofensa y a la blasfemia.

Y lo que no sólo es inquietante sino francamente ridículo, son todas esas personas que, aquí, en Occidente, interiorizan el razonamiento y justifican de antemano, o comprenden, o disculpan, los peores excesos a los que esta paranoia puede conducir (el sábado, esas iglesias de Gaza atacadas con cócteles Molotov; el domingo, en Somalia, una monja asesinada). Lo que no sólo es grotesco sino odioso, es el espectáculo de los tertulianos de café que viven bajo la presión de esa famosa «calle árabe», erigida en no se sabe bien qué tribunal popular y permanente, que sentencia sin cesar. Una calle de la que se convierten en altavoces y pasan el tiempo anticipando, anunciando y temiendo sus terribles veredictos.

El Papa -hay que decirlo y repetirlo- no ultrajó a los musulmanes. El Papa -y sobre este punto no se puede ceder- tenía derecho, como cualquier otra persona, a opinar sobre una religión que no es la suya, pero que es hermana, o prima, de la suya.

El Papa, suponiendo incluso que se haya equivocado, suponiendo que haya dado conscientemente una interpretación denigratoria, los denigra un millón de veces menos que los que, en el islam, justifican en nombre del islam los kamikazes, el 11 de Septiembre, la lapidación de las mujeres adúlteras, la decapitación de un periodista judío, la matanza de musulmanes en Darfur y otras muchas cosas.

El problema es, pues, saber por qué son tan numerosos los que se echan a la calle cuando una autoridad espiritual extranjera propone, en el marco de un debate de fondo, una interpretación errónea de su fe y tan pocos, tan trágicamente pocos, cuando son los musulmanes los que, como en Darfur o en Irak, matan a otros musulmanes, por miles, a las puertas de las mezquitas.

Esta cuestión Benedicto XVI no la planteó. Pero, después de lo que él dijo, es una cuestión digna de ser sometida a la reflexión de nuestros amigos musulmanes.

Porque lo cierto es que no hay otra manera de separar, en esta región del mundo y del espíritu, los dos tipos de musulmanes. Por un lado los islamofascistas, de los que cada llamada al asesinato o al suicidio, cada prédica yihadista, es como un escupitinajo en la cara del Profeta. Y por el otro, los herederos de Averroes y Avicena, partidarios obstinados y a veces heroicos de la dulzura, de la racionalidad y de la Ilustración del islam.

Bernard-Henri Lévy
EL Mundo, 21-09-2006

 

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