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Por qué hay que proclamar 2007 como año nacional de la resistencia

Por qué hay que proclamar 2007 como año nacional de la resistencia

El país se desmorona por dentro sin que a nadie le importe un bledo. Con la visión cegada por el "proceso de ETA" y otras hierbas, lo peor nos está pasando desapercibido. Hay que plantarse.

 

Estampa de Navidad. Un breve debate en Popular TV. Allí sentado, frente a un servidor, un periodista veterano: Fernando Segú, uno de esos caballeros que serían un lujo para cualquier redacción, pero que ya no se estilan porque los veteranos no quieren vender quincalla. El moderador pregunta algo sobre ETA y el "proceso de paz". Segú toma la palabra y aproximadamente viene a decir lo siguiente: "¿ETA? ¿Paz? ¿Pero qué me estás contando? No sabemos nada de nada, y seguiremos sin saberlo, porque cada cual está llevando su propio juego envuelto en mentiras y en trampas. Y mientras hablamos de ETA, un día y otro día, sin saber de verdad lo que hay, en España y en el mundo están pasando cosas trascendentales, decisivas, a las que nadie presta atención. ¿ETA? ¿Paz? Que se vayan a paseo, hombre". Esto es lo que yo llamo espíritu navideño. Del de verdad.

 

Porque es cierto. En los dos últimos años nos han hecho tragar cosas tremendas sin más reacción que la de una minoría de ciudadanos comprometidos. Se han cavado con saña los cimientos de muchas cosas ante la pasividad de una mayoría social embrutecida y obtusa. En el debate público, eso sí, todos los días lo mismo: lo de ETA. Y mientras "lo de ETA" siembra de niebla el paisaje, detrás del telón se va rompiendo el país un poco por todas partes, pero, sobre todo, por dentro. Y el año que viene se seguirá rompiendo.

 

Tenemos ya unas cifras de aborto prácticamente cubanas, sin que nos quepa la excusa de la miseria; el año que viene aumentarán. Todos los días, como quien dice, seguirá muriéndose algún negro ahogado en las playas canarias, víctima de un sueño ciego que este Gobierno nuestro, tan solidario, ha convertido en pesadilla cotidiana, sin que los cadáveres náufragos lleguen ya a conmovernos. La vida de miles de humanos no nacidos ha entrado en la ruleta de la fortuna mientras, abajo, la gran industria de la biotecnología espera con las fauces abiertas para comérselos mejor. Gran progreso para la sanidad española, que, al mismo tiempo, se apresta a sufragar cambios de sexo aunque jamás nos pague la factura del dentista o del homeópata.

 

En nuestras escuelas estabulamos a la generación más bárbara de la España contemporánea, para desesperación de unos docentes que empiezan a arrojar la toalla como legionarios vencidos en el último limes. Tendremos, eso sí, nuevas asignaturas para adoctrinar a los niños en las virtudes de la ideología oficial, y a los padres de familia que les den dos duros, que les vendrán muy bien para la hipoteca. El país se desnacionaliza a ojos vista, pero no (sólo) por la afluencia extraordinaria de inmigrantes ni por el trato privilegiado a religiones extranjeras, sino por la incuria y la indiferencia generalizadas, por el desdén cotidiano hacia la propia identidad (¿qué nos habrá pasado para que la palabra "identidad" haya terminado confinada en el vocabulario separatista? ¿Es que lo nuestro, lo de todos, lo español, no es también identidad?). Sólo miramos al pasado para liarnos a garrotazos: nos han enzarzado en una discusión suicida sobre nuestros abuelos, cuando deberíamos estar hablando del país que dejaremos a nuestros nietos. Pero es que quizá no habrá nietos: las españolas ya no paren porque está demodé, y a las pocas familias que van quedando se las asfixia con la política más antifamiliar de Europa. En esa atmósfera decrépita, crepuscular, las oligarquías locales se frotan las manos, envueltas en "realidad nacional", en tanto que las masas miran las tetas de la última procesada por la Operación Malaya. Esto es España. Un asco.

 

Habrá o no habrá solución. Eso no lo podemos saber. Quizás estemos ya en la definitiva cuesta abajo. Pero es cuestión de principios: por aquí no se pasa. Como Leónidas en las Termópilas, que diría mi amigo José Carlos Laínez (ved su reciente La tumba de Leónidas, en Áltera). A Leónidas lo pintó Jean-Louis David hacia 1815, cuando todavía cualquier cosa era posible. Por esas mismas fechas andaba Metternich presidiendo el Congreso de Viena. Debió de ser entonces cuando Metternich, en un rapto de melancolía, escribió algo parecido a esto: "Mi sentimiento más profundo es que todo se desmorona. Firme en mi puesto, lo mantendré hasta el final". El final tardaría un siglo, nada menos, en llegar, cuando Metternich ya era Historia. Valga la conseja para acreditar el valor de la resistencia: uno sabe cuándo empieza, pero, si las cosas van bien, nunca se sabe cómo acaba. Lo importante es tener claro desde dónde resistir. Y hay que hacerlo desde todas esas cosas que el debate público español rehuye, desde la defensa de libertades reales y vivas, de derechos profundos, de convicciones que van más allá de uno, también desde la propia identidad. Que es lo que venía a decir Fernando Segú.

 

Y por eso hay que proclamar 2007 como año nacional de la resistencia. Por algún sitio habrá que empezar.

 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 29 de diciembre de 2006

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