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¿Banderas de qué padres? Clint Eastwood se nos pasa al nihilismo

¿Banderas de qué padres? Clint Eastwood se nos pasa al nihilismo Vivimos tiempos donde el virus nihilista se apodera de todo: desde el cabreo de un Pérez Reverte a la destrucción y la ridiculización sistemática del heroísmo por parte de la sociedad.

 

Me levanto del asiento asqueado de la cabalgata de Reyes: en cinco minutos, el insoportable locutor me ha remachado media docena de veces lo "multicultural" del evento. Al parecer, la fiesta de Reyes, lejos de ser una tradición religiosa celebrada en algunos países de la Europa cristiana y en algunos otros países donde los europeos la llevaron, parece más bien una ocasión de euforia para el Haarlem multiétnico que nos traen el mercado y sus colegas progres. Por eso les ha salido una cabalgata híbrida entre el carnaval de Río y una fiesta de pueblo pero, eso sí, muy "multicultural". En definitiva, un intento de manipulación más con los impuestos de todos.

 

Alguien me trae La Razón y me detengo en las entrevistas que aparecen en su contraportada. Normalmente es ocupada por algún personaje con no muchas luces –hay honrosas excepciones- y que en el ochenta por ciento de los casos "se considera de izquierdas". Una tal Alicia Vigo, diseñadora de juguetes, parece comportarse más bien como un "comisario político" de esa estafa intelectual que es la ideología del "género": al parecer el sexo no condiciona nada a la persona; es más bien una construcción cultural que cada uno es libre de orientar como quiera. Marvin Harris y otros juntaletras del marxismo se han encargado de popularizar esta bobada.

 

Pero lo peor viene en el interior y no puedo solamente enviarles al cuerno. Clint Eastwood ha realizado una gran película que difunde exactamente lo contrario a lo que pretende. En la película de Eastwood, los supervivientes de la famosa foto de Joe Rosenthal se convierten en un soporte publicitario para azuzar el patriotismo y vender los bonos de guerra que los EEUU necesitan para la ofensiva final sobre el Japón. Una vez que se consigue, los "héroes" son olvidados. Uno sale del cine preguntándose: todo ese sufrimiento ¿para qué? El corolario del film es obvio: como no hay nada que merezca la pena, cada uno lucha por su compañero que comparte con él una miseria común.

 

Un tal Sergi Sánchez, en La Razón, nos alecciona: "Según Eastwood, el héroe es una invención externa, una apropiación del sistema para fortalecerse desde dentro, vendiendo una imagen falsa de una realidad que siempre estalla por debajo de nuestras expectativas. El heroísmo, pues, es un código de honor que se arrastra por el fango, que se esconde detrás de los cadáveres, que planta banderas victoriosas antes de recoger a sus muertos y que, sobre todo, intenta sobrevivir a su memoria".

 

Es exactamente la misma conclusión que uno saca con "Alatriste", incomprensiblemente jaleada por la reacción española más corta de miras: nada existe más allá del valor en el campo de batalla. En la película basada en el libro de Pérez Reverte no existe un solo personaje cuyo valor sea consecuencia de algo superior. Si sale un cura, es corrompido, si sale una mujer, es puta, si sale un político es corrupto. No hay una sola excepción. El contrapunto a la basura absoluta que describe la película, es un puñado de hombres pendencieros, borrachos, agresivos que, como redención de la chusma que representan, mueren con valor en el campo de batalla. En el fondo esto no es sino otra formulación más del nihilismo y, dicho sea de paso, totalmente alejada de la verdad histórica. No existe imperio alguno que, en sus mejores y peores momentos, no extraiga su fuerza vital de hombres superiores por su autoexigencia moral y por su temple.

 

Por eso la verdad es que no me extraña que Occidente esté como está y tampoco me extraña que no sepa lo vulnerable que es. Por mucho que desagrade a nuestros burgueses conciudadanos, tanto en su versión neoliberal como en la versión marxista-reciclada, una sociedad que denosta y ridiculiza los valores del heroísmo trascendente, sencillamente no es viable.

 

Eastwood dice que quedó conmovido por las cartas del oficial de la guarnición japonesa de Iwo Jima, el general Tadamichi Kuribayashi y ha realizado otra película, "Letters from Iwo Jima", aún no estrenada más que en Japón y, de manera limitada, en EEUU.

 

Nos dice: "...me pareció importante contar la historia desde el punto de vista japonés, no solo por aquél país, sino por toda esa gente que da la vida por el suyo, para mi supone el mayor sacrificio que se puede hacer". No se comprende por ello el engendro nihilista que le ha salido, si bien no es de extrañar que para el crítico de La Razón, lo mejor del film sea que "Eastwood redondea su misión de reconstruir (y destruir) la épica del héroe americano".

 

Aunque la tendencia de los tiempos es o el nihilismo cabreado de Pérez Reverte o el nihilismo a secas que considera "lo mejor" la destrucción del héroe, hay por fortuna excepciones. Jesús Laínz, en Ediciones Encuentro, nos acaba de regalar La Nación Falsificada, donde nos muestra y demuestra que en otro tiempo, hubo mucha gente que, en circunstancias por lo menos similares a Iwo Jima, creía en algo por encima de lo estrictamente humano, gente que amaba apasionadamente a la tierra y que pensaba que Dios, la Patria y el Honor era modos de vida por los que se podía vivir y morir, cosas que tenían el potencial de redimir las peores vidas precisamente cuando la propia vida les era ofrendada.

 

Bajo la escoria de la época, vestida de "derechos", de "ciudadanos" y de vida cómoda, arde aún el fuego de la patria como un gran amor. Solo espera transmitirse a aquellos que nunca debieron ni perderlo ni olvidarlo.

 

Eduardo Arroyo

El Semanal digital, 6 de enero de 2007

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