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La ideología no resuelve problemas

La ideología no resuelve problemas

A juzgar por el incremento en el número de homicidios, la Ley de Protección contra la Violencia de Género ha resultado un rotundo fracaso. Las estadísticas revelan que la norma y las medidas que incorpora parten de un mal diagnóstico de este drama. La ideología no sirve para explicar esta realidad y tampoco para resolver el problema.

 

Hace ahora dos años se aprobaba con gran trompetería la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. En un alarde más de voluntarismo entusiasta, el Gobierno y las organizaciones de la constelación progresista celebraban lo que consideraban el instrumento definitivo para acabar con el maltrato en el ámbito doméstico.

 

Pero una cosa son las buenas intenciones y otra, a veces muy distinta, lo que la propia realidad y las estadísticas indican, que en estos dos años este fenómeno no ha dejado de crecer. De este modo, los homicidios de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas ha aumentado de los 61 de 2005 a los 69 del pasado año.

 

La citada ley no estuvo exenta de polémica. Muchos juristas han alertado de que es una norma que penaliza a los hombres frente a las mujeres, lo cual vulnera el principio constitucional de la no discriminación por razón de sexo. Esta cuestión ya ha motivado que varios jueces eleven consultas al Tribunal Constitucional antes de aplicar la ley. Pero es que además la norma se está convirtiendo en un arma arrojadiza en trámites de separación y, como ha denunciado en repetidas ocasiones la jueza decana de Barcelona, María Sanahuja, miles de hombres son detenidos a raíz de denuncias falsas que luego acaban en nada.

 

Lo cierto es que la ley contra la violencia de género y el resto de las medidas que la acompañan han sido un rotundo fracaso porque parten de un mal diagnóstico de este drama cotidiano. La ideología al uso, de la que emanaron dichos proyectos, hace un retrato del maltratador digno de una película de ficción. Según la llamada “perspectiva de género” (que es en realidad el marxismo aplicado a las relaciones de pareja) el verdugo es siempre el macho “tradicionalista” que se niega a la emancipación de la mujer con la que convive, con lo que la violencia que el Gobierno de Zapatero quiere erradicar es aún más execrable porque se considera un vestigio, una herencia del “rancio pasado”.

 

Pero las estadísticas se empeñan en llevar la contraria a esta teoría y nos presentan esta agresividad como un fenómeno nuevo que afecta a parejas cada vez más jóvenes y avanza a grandes pasos entre las situaciones de convivencia desestructurada, de soledad, frustración y falta de apoyos. Para mirar al mal a la cara, hace falta humildad y dejar a un lado tópicos y justificaciones. Sólo se puede empezar a hacer algo adecuado si antes se va al fondo de las raíces profundas de ese mal.

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 22 de enero de 2007

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