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Historia. Para no olvidar

Interpol cuenta los votos que de verdad dan miedo al PNV; por Pascual Tamburri (Ruta norte)

Interpol cuenta los votos que de verdad dan miedo al PNV; por Pascual Tamburri (Ruta norte)

Las encuestas anuncian que la izquierda abertzale sobrepasará al PNV y tendría hoy más fuerza autonómica. Junto a eso, el PSOE se hunde y el PP no llega. ¿Es una democracia libre?

Los votos no dan el mismo miedo que dan los tiros, las bombas, los secuestros, el terrorismo callejero y la marginación social. Al fin y al cabo, son sólo votos, y hasta queda quien cree que por sí mismos son un síntoma indudable de libertad. Yo, quizá porque he nacido en Navarra, no llego tan lejos: hay circunstancias en las que existe una democracia formal en las instituciones pero partes enteras de la sociedad viven en el miedo, bajo la amenaza, en la marginación y, en definitiva, sin más libertad que la aparente.

Para que una libertad sea ficticia, formal, teatral, no hace ni siquiera falta que los asesinos estén asesinando. Basta con que la banda exista y su entorno social la apoye, porque conservará su capacidad de hacer daño (no sólo de matar), y por tanto de amenazar. Es decir, la capacidad de reducir la libertad a apariencia y de privar de plena legitimidad a cualquier consulta democrática. En realidad, sólo erradicada la banda y su entorno, y muchos años después de tal cosa si se han de sanar las heridas culturales y psicológicas, podrá haber una plena y verdadera libertad. Hasta entonces, en grandes partes de la sociedad y para ciertas cosas en toda ella, no habrá más libertad que la que queramos fingir que sentimos.

Durante décadas, y por uno de aquellos chalaneos ucederos, hemos fingido que en las tres provincias vascas y en Navarra había una plena democracia. Una ficción que ya se demostró cómoda pero contraproducente en la Transición y que ahora se vuelve contra sus autores y contra los antes amigos de éstos. A día de hoy, en la comunidad autónoma vasca, las encuestas anuncian una probable victoria electoral de la izquierda abertzale, es decir de ese conjunto humano al que todos identificamos con el permanente sostén "civil" de ETA, desde Herri Batasuna a Amaiur, con las incorporaciones, inclusive canónicas, que el viento a favor estimula. Los marxistas y abertzales pueden obtener una mayoría relativa en el parlamento vasco si se celebran elecciones anticipadas, adelantando en varios escaños al PNV aunque éste conservaría un mayor número de votos y su peso tradicional en Vizcaya.

Hace unas semanas el hasta ahora líder de Aralar, Patxi Zabaleta, equiparaba la posición política y social del PNV en el País Vasco a la de UPN en Navarra. Con todos los matices que se quiera, algo de razón tenía, puesto que con las encuestas en la mano también el partido de Yolanda Barcina conservaría su mayoría relativa a duras penas, y también en Navarra el resultado del relajamiento frente al terrorismo sería un avance electoral del voto simpatizante con ETA. Así que unos sacudieron el árbol y ahora Amaiur y Geroa Bai se disponen a recoger los frutos, lo que no se yo si es muy democrático. Lo que sí parece es que la ilusión por la victoria, que nació con Zapatero y sus bajezas, no decae en ese campo, ni deja mucho espacio para opciones menores o minorizadas como la Aralar primigenia o incluso los corresponsales en la zona de Izquierda Unida.

En este escenario, que es el que los grandes partidos están manejando en sus análisis, los partidos burgueses-regionalistas ganan sin triunfar, y necesitan aliados para conservar el Gobierno o para reconquistarlo. El avance batasuno pone en este sentido las cosas difíciles, lo que no dudo era objetivo de los que diseñaron la estrategia de la llamada tregua. O PNV y UPN aceptan gobiernos regionales apoyados o tolerados por Amaiur o ven cómo a su alrededor los posibles aliados alternativos se tambalean. En particular, el PSOE, tanto el vasco de Patxi López como el navarro de Roberto Jiménez, ve cómo su intención de voto en elecciones autonómicas disminuye hasta mínimos históricos, hasta hacer inclusive insuficiente su ayuda en una coalición electoral.

¿Y el PP? En Navarra, a día de hoy y a la espera de un Congreso Regional que no anuncia cambios drásticos en la gestión, la intención de voto sigue siendo muy inferior a las esperanzas, bien fundamentadas, que se despertaron con la refundación de 2008 y 2009; sería incluso inferior a los escaños obtenidos en 2011, y en todo caso insuficiente para ofrecer a UPN una alternativa a la alianza socialista. En cambio, sí sería posible una alianza de "progreso" entre todos los abertzales y los socialistas. En el País Vasco, aunque el PP crecería, dejaría a Antonio Basagoiti muy lejos de los más de 300.000 votos conseguidos por Jaime Mayor Oreja hace una década, e incluso por debajo de los resultados obtenidos por María San Gil. Según cómo viniesen dadas, la bajada socialista haría imposible una renovación del acuerdo López-Basagoiti, y colocaría al PNV como único posible acceso del PP vasco al poder. Suponiendo que el PNV quisiese. Claro que peor lo tiene el PP en Navarra, a no ser que cambie el paisaje profundamente.

Estoy seguro de que la gente del PNV quiere el fin de ETA. Pero igualmente estoy convencido de que no lo quieren a este precio: para ellos, el escenario ideal sería uno en el que la banda desapareciese, ellos quedasen como fuerza única o hegemónica del nacionalismo y los grupitos de sensibilidades de izquierda y extrema izquierda encontrasen su acomodo entre PSOE e IU, y si acaso fundando alguna pequeña capillita. Pero eso no se va a dar, y el PNV, que querría estar haciendo su política hablando en nombre de la región y recibiendo las reverencias de PP y PSOE, se encuentra emparejado con una coalición vertebrada por terroristas y exterroristas de formación, en muchos casos, marxista. El casi exdiputado de Amaiur, Iñaki Antigüedad, dijo el otro día que "nunca se me va a pasar por la cabeza pedirle a ETA la disolución", es decir que ni pide ni espera el fin de ETA, y lo justifica por "un montón de gente en la cárcel, una responsabilidad respecto a sus militantes presos". Está claro que la sensación general de crisis, unida a la ilusión que en muchos despierta Amaiur y a la transmisión del miedo y de la propaganda de éstos, creará dificultades a los grandes partidos nacionales. Pero antes y más, me temo, al mismo PNV. A no ser que, como algunos esperan, recapacite antes.

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Kosovo: aviso a navegantes (esto se pone muy feo)

Kosovo: aviso a navegantes (esto se pone muy feo)

La declaración de independencia por parte de Kosovo y su aceptación por los defensores habituales de la legalidad internacional tiene al menos la virtud de exponer en su cruda realidad la constante eterna de las relaciones internacionales: que éstas se rigen por los intereses de sus actores, y por su capacidad para imponerlos por la fuerza. Que una obviedad semejante merezca ser subrayada, es sólo una muestra indicativa del grado de intoxicación mental al que la opinión pública se ve sometida por el discurso sedante de la “legalidad internacional”, y por el espejismo inducido según el cual pronto los Estados tendrán como supremo norte de sus decisiones la anuencia de las Naciones Unidas, y las bendiciones de los catedráticos de derecho internacional.

 

La independencia de Kosovo constituye una violación flagrante del principio básico de derecho internacional: la integridad territorial de los Estados. Una violación admitida, entre otros, por el defensor más inmaculado y prístino de la mencionada legalidad internacional: la Unión Europea. La independencia de Kosovo es ante todo una aberración jurídica, por los siguientes motivos:

 

Viola la Resolución 1.244 que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adoptó en 1999 tras la intervención de la OTAN en Serbia. Esa resolución reafirmaba el principio de soberanía e integridad territorial de Serbia, y establecía que, en cualquier caso, la solución al problema de Kosovo debería alcanzarse por acuerdo entre las partes, y no de forma unilateral.

 

Viola también el principio de soberanía e integridad de los Estados recogido en la Carta de las Naciones Unidas, así como en el Acta Final de Helsinki, en la Carta de París para la Nueva Europa y en la Carta para la Seguridad Europea, instrumentos que recogen los principios y valores por los que se rige la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE).

 

Y viola además el propio ordenamiento jurídico serbio, que afirma la soberanía e integridad territorial del Estado. Cabe señalar que, a diferencia de las demás repúblicas separadas de la antigua Yugoslavia —que según la Constitución yugoslava de 1971 tenían derecho a la autodeterminación—, Kosovo nunca fue una República, sino una provincia de Serbia.

 

El sinsentido se amplía si analizamos el caso desde los puntos de vista político y humanitario.

 

El caso de Kosovo supone la creación de un Estado en base a razones puramente étnicas: la mayoría albanesa residente en el enclave. Esto es la solución exactamente contraria a la acordada en 1995 en Dayton para Bosnia-Herzegovina: la creación de un Estado multiétnico y multiconfesional, en base a los famosos principios occidentales de tolerancia y respeto. Una inconsecuencia política y moral, y un peligroso precedente.

 

¿Identidad étnica?

 

Y ello porque ese mismo principio —identidad étnica— podría ser ahora invocado por la mayoría serbia del enclave de Mitrovica para separarse del nuevo Estado kosovar, o por los serbios de la República Srpska que forma parte integrante de Bosnia-Herzegovina.

 

Y más allá de los Balcanes, también sería aplicable a las poblaciones rusas en Abjasia y Osetia del Sur (Georgia), en Transnistria (Moldavia), o en Crimea (Ucrania). Dentro de la propia Rusia, a los casos de Daguestán, Ingushetia o Chechenia entre otros. Y a los armenios de Nagorno-Karabaj. Y a los turcos del Norte de Chipre. Y a Taiwan y a Tibet. Y a la India. Y en definitiva, a casi todos los Estados surgidos del proceso de descolonización. Un principio de incalculable potencial desestabilizador.

 

La intervención de la OTAN en 1999 se justificó en base a motivos humanitarios: impedir que los serbios perpetraran una limpieza étnica sobre los albaneses. Lo cierto es que ese presunto genocidio no fue más que una campaña de manipulación orquestada, entre otros, por el actual líder de Kosovo, Hasim Thaci. Pero la intervención occidental sí provocó una limpieza étnica en sentido contrario: el éxodo de más de doscientos mil serbios, proceso completado en el año 2004 tras otra explosión de violencia sospechosamente oportuna para los nuevos dueños de Kosovo.

 

Durante el proceso de negociaciones para el futuro de Kosovo, los serbios ofrecieron un estatuto de autonomía que implicaba la práctica desaparición del Estado en dicho territorio: exención de impuestos, moneda y sistemas judicial y educativo propios, representaciones en el extranjero y erradicación de la presencia militar en el territorio. Nada de esto fue suficiente. Los líderes de Kosovo, salidos del movimiento terrorista KLA, impusieron unilateralmente el derecho a la autodeterminación, y lo asociaron de forma fraudulenta a la independencia.

 

Vocación parasitaria del Kosovo

 

Por último, cabe añadir que la viabilidad de Kosovo como Estado es una quimera. Se trata de una de las zonas más corruptas y pobres del mundo, con una vocación eminentemente parasitaria: la de eterno subsidiado de la Unión Europea. Eso sí, con una “perspectiva europea”, lo que en el lenguaje corriente significa que este enclave de narcotraficantes algún día podrá sentarse al lado de Francia, Alemania o España, con voz y voto en el seno de la Unión Europea.  

 

Los EE. UU y la UE han pretendido exorcizar todos estos inconvenientes por la vía declarativa, acuñando una fórmula según la cual Kosovo es “un caso único” que “no crea precedente”. Afirmación que habrá que admitir como un artículo de fe por venir de quien viene, aunque ello suponga negar la evidencia y contradecir toda lógica política y jurídica.

 

Lo cierto es que la creación del Estado de Kosovo no obedece a motivos humanitarios, ni a ese criterio político-jurídico de respeto a la “libre determinación de los pueblos”. En último término, reposa sobre la fuerza —la superioridad militar de la OTAN y los EE. UU— y sobre intereses geoestratégicos bien concretos.

 

Recién concluida la intervención de la OTAN, los EE. UU comenzaron a preparar lo que hoy es la mayor base militar norteamericana construida en el extranjero desde la guerra de Vietnam. En Kosovo, Camp Bondsteel cuenta con una extensión de 1.000 acres de tierra, más de 25 kilómetros de carreteras y 300 edificios, con una capacidad para albergar cerca de 7.000 soldados. Un elemento esencial en el despliegue militar norteamericano en el Este de Europa, con proyección a los enclaves militares de EE. UU en las Republicas ex soviéticas y en Afganistán.

 

Estratégicamente, uno de los principales objetivos es proteger los “corredores de la energía”: el transporte del petróleo del Mar Caspio a los mercados europeos y americanos, a través del gasoducto transbalcánico AMBO (Albanian Macedonian Bulgarian Oil Corp). Y con ello proteger las inversiones de las compañías estadounidenses y sus filiales en la explotación de los recursos petrolíferos de esta zona. Estos recursos permitirán diversificar la dependencia energética occidental de Oriente Medio, y competir con los gasoductos rusos alrededor del mar Negro. Y ello mediante la relación privilegiada de EE. UU con los musulmanes turcos, albaneses y kosovares. Para todo ello, nada mejor que un gigantesco portaaviones en el sur de Europa.

 

El caso de Kosovo es sintomático del funcionamiento del nuevo orden internacional dentro de un sistema unipolar. Y nos aporta varias conclusiones de cara al futuro:

 

El recurso a la legalidad internacional, mediante su empleo alternativo, funciona de hecho como coartada ideológica para legitimar las políticas intervencionistas de las potencias. Al igual que la doctrina de los Derechos Humanos, el principio de legalidad internacional es piadosamente invocado u olvidado, según los casos, cuando así convenga a los gestores del nuevo orden internacional.

 

La Unión Europea confirma que es poco más que un Mercado, sin peso político específico en la escena internacional. La irrelevancia de los países europeos se ha puesto de manifiesto en su división y en su política seguidista de los EE.UU. La solución impuesta a Kosovo por el directorio dirigido por los EE.UU socava los fundamentos de la legitimidad de la mayoría de los Estados Europeos, y favorece una Europa fraccionada, despolitizada y pintoresca, conforme a los intereses de Washington. Introduce en la familia europea a un Estado de mayoría musulmana, dirigido por una mafia, vasallo de una potencia extraeuropea y pagado por los propios europeos. En cuanto a Rusia, la cuestión de Kosovo le ha permitido presentarse como defensora de la legalidad internacional, e incrementar su peso como líder de la causa eslava en los Balcanes. Todos ganan, menos Europa.

 

Aviso a los navegantes: un movimiento terrorista con una adecuada campaña de relaciones públicas y con poderosos valedores internacionales está en condiciones de destruir la integridad territorial de un Estado soberano. Y que no se aleguen razones históricas en contra: Kosovo es la cuna de Serbia, el santuario de su memoria histórica, parte integrante de la misma desde los albores de la Edad Media. Pero en el nuevo orden internacional está visto que la inmigración y los cambios demográficos sobrevenidos pueden invalidar cualquier argumento histórico o jurídico.

 

En esta tesitura, la diplomacia española ha hecho probablemente lo poco que se podía hacer: declarar discretamente que no reconocerá (de momento) a Kosovo. Pero se ve impotente para impedir que, en determinadas instancias internacionales, ya se hable —con una frecuencia creciente— del problema de las “minorías” en España. Un lenguaje a años luz de la realidad española, pero no por ello menos inquietante.

 

Todo ello nos lleva a concluir que, para gestionar este tipo de situaciones, se requiere algo más que confianza en la “legalidad internacional” y un deseo infinito de paz. Se requiere, ante todo, un país vertebrado, con una Política Exterior, con aliados internacionales, y con un Estado seguro de la fuerza de sus razones y de las razones de su fuerza. Pero esa es otra historia, claro.  

 

MIGUEL SARMIENTO

elmanifiesto.com, 6 de marzo de 2008

 

 

Esa lucha en contra de la verdad

Esa lucha en contra de la  verdad La Revolución soviética cumple noventa años entre reconstrucciones históricas, interpretaciones políticas, debates doctos y algún que otro nostálgico. ¿Qué hubo en la raíz de un movimiento que dio paso a ingentes tragedias? El rechazo de la realidad, un peligro muy actual

La Revolución soviética cumple noventa años, entre reconstrucciones históricas, interpretaciones políticas y debates doctos acerca de los méritos y errores de los seguidores de Lenin que desarrollaron el prototipo de una sociedad comunista, con su rastro de muertos, dictadura y gulag. No faltan los nostálgicos, obcecados por la idea de que, en el fondo, esa revolución supuso y sigue siendo un gran ideal, lamentablemente traicionado por sus mismos promotores. Tampoco faltan los paralelismos entre la antigua URSS y la actual Rusia de Putin, que ha recobrado un cierto protagonismo algo pretencioso en la escena internacional.

Aquí no nos vamos a ocupar de todo esto. Queremos tratar de responder a otra pregunta. ¿Qué nos dice hoy la Revolución de octubre? Ni que decir tiene que la historia no se repite y que las condiciones actuales son tan distintas del remoto 1917 que cualquier paralelismo sería forzado. Sin embargo la historia debería ser magistra vitae y por tanto pertinente a nuestro presente. Es importante que intentemos comprender si algo de los movimientos espirituales, culturales y políticos que determinaron la Revolución soviética sigue vigente de alguna manera hoy. Procuraremos responder utilizando la muestra que la Fundación Rusia Cristiana expuso en la reciente edición del Meeting de Rímini.

 

Tolstoi y la Iglesia

León Tolstoi fue el intelectual que más influyó en la cultura rusa desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los umbrales de la crisis revolucionaria (murió en 1910). Durante toda su vida persiguió un ideal de justicia y de bien que le llevó a crear una especie de religión fundada en la no violencia, la bondad y el espíritu comunitario. Obviamente, Tolstoi –que no se libraba de las preguntas religiosas de fondo que urgen a una apertura al Misterio– tuvo que hacer las cuentas también con el cristianismo. Pero sólo aceptó de él lo que podía encajar en su visión racionalista del mundo. Admiraba las enseñanzas morales del Evangelio, pero desestimaba la persona de Cristo (no le hubiera gustado conocerle, dijo en una ocasión) y menos aún admitía autoridad alguna (la de la Iglesia) que no fuera su conciencia. La Iglesia ortodoxa lanzó contra él el anatema, también para preservar al pueblo del equívoco que podía llevarle a confundir la predicación “buenista” de Tolstoi con el verdadero cristianismo. Por otra parte, desde hacía dos siglos la Iglesia ortodoxa se hallaba gravemente sometida al poder laico, como si se tratase de un ministerio como otro cualquiera, tanto que a la cabeza del Santo Sínodo, la máxima autoridad eclesiástica rusa, se hallaba un funcionario laico, nombrado por el zar. Un cristianismo, por tanto, formalmente reverenciado, pero lejano de la vida del pueblo y, sobre todo, ajeno al corazón de la reflexión cultural en donde se iba fraguando la mentalidad futura. La presunción racionalista que se cree capaz de construir un “hombre nuevo” y la debilidad existencial y cultural de la Iglesia contribuyeron seguramente a crear el clima en el que prendió el espíritu revolucionario.

No es difícil encontrar analogías con la situación actual. Por un lado, un cristianismo ajeno a los intereses reales de la vida, autorelegado a una dimensión “espiritual” evanescente o bien ocupado en lograr una visibilidad mediática. Por otro, un mundo cultural e intelectual que no puede negar los “valores” del cristianismo, pero que rechaza su método concreto: el de una compañía a la que seguir y obedecer. En estas condiciones forzosamente se crea un vacío, tanto de conciencia como de experiencia. Y un espíritu revolucionario (tal vez no de carácter social, pero sí enmascarado en pretensiones científicas) puede encontrar fácilmente caldo de cultivo en este vacío.

 

Las raíces del terrorismo

El terrorismo tenía raíces antiguas en Rusia (el zar Alejandro II había muerto en un atentado en 1881), pero en los años inmediatamente anteriores a la Revolución (y con evidente satisfacción de los mismos revolucionarios) había alcanzado niveles terribles: entre 1900 y 1917 se produjeron unos veintitrés mil atentados con más de once mil muertos. La vida humana ya no tenía valor alguno ante la voluntad revolucionaria de hacer caer al régimen. Hasta el punto de que asesinar (prescindiendo de los objetivos políticos) se había convertido en un “valor” en sí mismo. Y si en un atentado morían civiles inocentes, no importaba. Es más, podía servir para crear el deseado clima de terror. Había también “kamikazes” (en 1907 una chica de veintiún años entró en la Dirección penitenciaria de San Petersburgo llevando encima cinco kilos de nitroglicerina) y antepasados de los coches bomba (un carruaje cargado de explosivos se estrelló contra la vivienda del Primer Ministro).

Previo a la Revolución de octubre hubo una especie de ensayo general en 1905. Reflexionando sobre aquellos hechos, un grupo de pensadores (Bulgakov, Berdiaev, Struve y otros) publicó una colección de ensayos titulada La svolta (Vechi) [ndt.; El cambio de la Intelitgencia rusa). En ellos se analizaban sobre todo las culpas de la clase intelectual. Pero lo que aquí importa destacar es que los redactores de Vechi habían evidenciado agudamente la propensión absurda a la nada, a la destrucción y a la muerte que animaba a los revolucionarios. Es sobrecogedor releer hoy esas páginas. Parece que los redactores estén describiendo la enfermedad que azota a nuestra sociedad: ya no hay nada cierto, se destruye cualquier valor antiguo, hay que subvertir las bases de la convivencia, toda tradición debe ser rechazada. Los autores hablan explícitamente del funesto «amor por la muerte», de la fascinación por la nada, como de la carcoma oculta pero activa que devora las raíces de la sociedad.

 

«Luchar contra el hielo»

Inevitablemente vienen a la mente las crónicas actuales: el miedo al terrorismo está ahora en el trasfondo de nuestra conciencia cotidiana, así como el temor ante trasformaciones que no podemos gobernar, desde el imponente fenómeno migratorio a las mutaciones climáticas. Pero lo más llamativo es el parecido entre la situación espiritual que se describe en el libro y la nuestra. La violencia gratuita o por motivos fútiles (en la familia, el colegio o las calles) denota un grave desprecio por la vida, una radical depreciación de su valor. La verdad parece haberse esfumado como una quimera inalcanzable, hasta el punto de ser expulsada del plan educativo y sustituida por reglas blandas de convivencia (que están al servicio de un equilibrio de poder). La ausencia de certezas se erige como criterio de salud y laicidad del pensamiento, produciendo una inseguridad de fondo donde cualquier oportunismo puede encontrar espacio. «Nosotros amamos la muerte», dicen en sus mensajes los terroristas suicidas, confirmando con ello el juicio de que la religión es enemiga de la vida. Y mientras Occidente, «hastiado y desesperado», ama tan poco la vida que hasta los mismos hijos se convierten en un problema. Por este motivo Benedicto XVI habló de una grave enfermedad moral que atenaza nuestra civilización y que consiste en una extraña propensión hacia la nada.

La Revolución rusa derivó de premisas similares. Desconocemos lo que nos reserva el futuro, pero resulta clara la responsabilidad de los cristianos: el testimonio de que la nada no pude vencer porque ha sido ya derrotada. Como decía Sergei Fudel’, un creyente ruso que pasó décadas en un lager, nuestra tarea es la de «luchar contra el hielo que atenaza el mundo con el leve calor de nuestro aliento».

 

Pigi Colognesi

Huellas. Revista internacional de Comunión y Liberación.

http://www.huellas-cl.com/

 

Nicholas Sarkozy: La laicidad no tiene derecho de desgajar las raíces cristianas

Nicholas Sarkozy: La laicidad no tiene derecho de desgajar las raíces cristianas

Histórico discurso en la basílica de San Juan de Letrán

 

ROMA, jueves, 20 diciembre 2007 (ZENIT.org).- El presidente de Francia, Nicholas Sarkozy, pronunció un histórico discurso este jueves en Roma en el que presentó una visión de la «laicidad positiva», que no tiene derecho de cortar las raíces cristianas de su país.

El jefe de Estado ofreció un amplio análisis de su visión sobre la religión en el discurso que pronunció tras tomar posesión oficialmente del título de «canónigo de honor» de la Basílica de San Juan de Letrán, pronunciado en la Sala de la Conciliación del palacio contiguo a la catedral del Papa.

 

El presidente, después de haber sido recibido por el Papa en el Vaticano, explicó que «ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar una religión y libertad de cambiar, libertad de no ser herido en su conciencia por prácticas ostensibles, libertad para los padres de dar a los hijos una educación conforme a sus creencias, libertad de no ser discriminado por la administración en función de su creencia».

 

«Francia ha cambiado mucho --reconoció Sarkozy, quien ha escrito el libro «La República, las religiones, la esperanza»--. Los franceses tienen convicciones más diferentes que antes. Ahora la laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad».

 

Dejando claro esto, dijo, «la laicidad no debería ser la negación del pasado. No tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido».

 

«Como Benedicto XVI, considero que una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia comete un crimen contra su cultura, contra el conjunto de su historia, de patrimonio, de arte y de tradiciones populares que impregna tan profunda manera de vivir y pensar».

 

«Arrancar la raíz es perder el sentido, es debilitar el cimiento de la identidad nacional, y secar aún más las relaciones sociales que tanta necesidad tienen de símbolos de memoria».

 

«Por este motivo, tenemos que tener juntos los dos extremos de la cadena: asumir las raíces cristianas de Francia, es más valorarlas, defendiendo la laicidad finalmente llegada a madurez. Este es el paso que he querido dar esta tarde en San Juan de Letrán».

 

Por este motivo, dijo, «hago un llamamiento a una laicidad positiva, es decir, una laicidad que velando por la libertad de pensamiento, de creer o no creer, no considera las religiones como un peligro, sino como una ventaja».

 

El título de «canónigo de honor» de la Basílica de San Juan de Letrán fue atribuido por los Papas a los reyes de Francia desde tiempos de Enrique IV, en 1593.

 

Por Jesús Colina

 

 

 

Kosova, una nueva “píldora del día después”

Kosova, una nueva “píldora del día después”

El 13 abril del año 1999, en los periódicos occidentales apareció esta noticia en grandes titulares: “¡El Vaticano retira su apoyo económico a las iniciativas humanitarias de la ONU!” ¿Qué había pasado? Mons. Elio Sgreccia, obispo vicepresidente de la Academia Pontificia para la Vida, institución fundada por Juan Pablo II, comunicó que, dado que el suministro de píldoras abortivas formaba parte del programa mundial de “ayuda” a los refugiados que aplicaban varios organismos pertenecientes a la ONU, la Iglesia Católica no podía colaborar con estas organizaciones.


Esta “ayuda humanitaria” basada en una “solución médica” (sí, podríamos hablar también de “solución final”, con todas las intuiciones que pudieran despertar en nosotros estas palabras) había sido promovida por UNICEF como remedio para el sufrimiento de miles de mujeres de todos los bandos en la última Guerra de los Balcanes. Mujeres víctimas de bestiales violaciones, que intentaban sobrevivir en medio de un infierno. A menudo rechazadas por sus propias familias, esas mujeres aceptaban inconscientemente esta “ayuda”, convirtiéndose de nuevo en víctimas, esta vez de un proceder que les llevaba a matar a sus propios hijos. Sí, hijos fruto de la violencia y del odio, pero del todo inocentes. El remedio ofrecido por Occidente para el baile balcánico de la muerte era más muerte. Muerte elaborada en grandes laboratorios farmacéuticos europeos y distribuida gracias a las gestiones de los funcionarios de Bruselas o Nueva York, muy preocupados por la paz en los Balcanes.

 

Con estos medios, y otros igualmente modernos, y con ideas no menos ilustradas, los estados modernos intentaban realizar su autoproclamada vocación de pacificadores de los atávicos conflictos étnicos y sobre todo religiosos. Inspirados por su fe en la razón moderna, armados con bienintencionadas proclamas políticas y seguramente también con una gran dosis de buena voluntad, decidieron enviar los F-16 al Campo de los Mirlos. Al escenario de la batalla más larga de la historia del mundo. La batalla del Campo de los Mirlos (porque así se traduce el nombre de Kosove Poliye) dura ya más de seiscientos años. El 28 de junio del año 1389 empezó la batalla más importante de la historia de los serbios. La madre de todas las batallas, la madre de la identidad nacional serbia. Una madre terrible porque, como Saturno, devora a sus propios hijos.

 

Aprovechando una época de crisis interna en Serbia, el Imperio Otomano invadió su territorio. Al encuentro de 40.000 turcos bajo el mando del sultán Murad I, salió un ejército de 25.000 serbios y también de húngaros, bosnios y polacos, entre otros, con el príncipe Lázaro Hrebeljanović al frente. A costa de enormes pérdidas, el ejército del príncipe consiguió mantener el campo, pero él mismo cayó en manos de los turcos y, en consecuencia, su cabeza cayó también. Y aunque la muerte del príncipe Lázaro hubiera podido significar la derrota total de sus hombres, no fue así. No fue así porque el sultán Murad I también encontró la muerte en la misma batalla. El hijo de Murad, Bayezid I (el mismo que años más tarde derrotaría a los cruzados de Segismundo de Luxemburgo) ordenó la retirada de todas sus fuerzas. Decidió que lo más urgente era ocupar el trono que su padre había dejado vacío.

 

De este modo, la batalla de Kosove Poliye no tuvo vencedor. Nadie venció, ni nadie fue vencido (salvo los muertos, claro ésta). La batalla no tuvo final. Sólo un tenso intermedio que para Serbia, que había perdido la flor de su nobleza, supuso años de creciente decadencia. Unas siete décadas que terminaron con una definitiva y larga dominación turca que, para los serbios, no significó otra cosa que la simple continuación de la batalla. El mito que nació de ella compartiría su lugar con las más terribles atrocidades y con un odio que se convirtió en el modo de vida de generaciones enteras. (La vendetta siciliana parece un juego inocente al lado de la “tradición” de venganza que marca generación tras generación la vida social del pueblo albanés estructurado en clanes familiares).

 

Junto a las tropas turcas lucharon la mayoría de los albaneses, y la posterior ocupación otomana de Serbia supuso el primer paso en la configuración del mapa contemporáneo de odios étnicos en los Balcanes. Los albaneses, bajo dominación turca, empezaron en gran número a asimilar el islam y bajo la protección del Imperio Otomano colonizaron la región que dentro de unos meses se convertirá en un nuevo estado llamado Kosova.

 

No es éste el lugar adecuado para discutir la historia de los pueblos balcánicos, probablemente la historia más compleja del mundo. Pero dos hechos nos pueden servir como último referente.

 

Resulta que dos regiones históricas, Kosovo (tierra de los mirlos, en serbo-croata) y Metohija (tierra de las iglesias, en griego), conocidas bajo el mismo nombre administrativo de Kosovo, adquirirán entidad de Estado bajo el nombre de Kosova. El cambio de la última letra es importante y refleja mucho más que un simple juego lingüístico. La forma Kosova es una versión albanesa de un topónimo original eslavo y no significa nada en ningún idioma, ni siquiera en el propio albanés. No es éste un fenómeno nuevo: la palabra Michigan no significa nada en inglés, siendo así que, en el idioma de los nativos americanos, mishshikamaa significaba “este gran lago”. Dublin tampoco significa nada en inglés, sino que procede del gaélico dubh lin, que quiere decir “aguas oscuras”.

 

El segundo hecho es que Kosovo, cuna de la identidad serbia, sede de algunos de los monasterios más bellos de Europa, está habitada por una población que, en su 90 por ciento, es albanesa. El monasterio de Decani, el Patriarcado del Monasterio de Pec, el monasterio de Gracanica y la iglesia de la Virgen de Ljevisa son ya sólo símbolos de un pasado que sin lugar a duda no es compatible con la nueva identidad que se llamará Kosova.

 

Por primera vez desde del año 1945, en Europa nacerá un estado como consecuencia de una declaración unilateral de independencia. Para vencer las posibles reticencias de España, Bélgica, Grecia y Chipre, los negociadores inventaron un concepto nuevo: “independencia coordinada por la UE”, que no es otra cosa sino una maniobra semántica para esconder lo que todos ya saben: tutelada o no por la UE, Kosova va a declarar su independencia de Serbia en los próximos meses. Y la tarea de la Unión Europea será ayudar a los albaneses de Kosova a crear un contenido nuevo para este nombre que no significa nada.

 

Pero, ¿qué les pueden ofrecer Merkel, Sarkozy y Bush? Pues sólo eso, la construcción de un estado. Una nueva “píldora del día después” aplicada por la diplomacia de la Unión Europa y de los EEUU, que ya en su propia esencia lleva una carga de violencia y de muerte. Un hecho que, de nuevo, pone de manifiesto que la necrofilia es una propiedad natural del estado moderno. La respuesta ante la violencia ha sido más violencia, y la supuesta solución diplomática no es más que una nueva semilla de violencia.

 

Un viejo dicho serbio reza: “nosotros y los rusos somos doscientos millones”. Pero el problema no es solamente la humillación de Serbia, y la consiguiente de Rusia, en una nueva época de reconstrucción de su entidad como potencia mundial (lo cual no es un problema menor). Como trasfondo aparece una pregunta: ¿hasta qué punto este nuevo capítulo de la batalla del Campo de los Mirlos puede afectar una vez más a otras regiones importantes para Rusia, la Unión Europea y los EEUU? ¿Qué consecuencias puede desencadenar esta decisión en el Cáucaso, con varios conflictos secesionistas en marcha, en Ucrania, amenazada por la división entre sus partes oriental y occidental, en Grecia y Macedonia, con importantes minorías étnicas deseosas de independizarse, en Chipre, donde Turquía mantiene su protectorado sobre la mitad ocupada de la isla, o en Francia, ante el movimiento independentista de Córcega, entre otros? Y finalmente, ¿cómo influirá este nuevo episodio de la batalla más larga de la historia en el desarrollo de acontecimientos que nos son mucho más cercanos?

 

Es difícil responder a estas preguntas, desde luego. Pero, aunque nos intentarán convencer de que la creación de un nuevo estado, Kosova, ha sido la mejor solución, yo no lo creeré. No lo creeré, porque cuando la solución pasa por una “píldora del día después” está claro que no se tiene ninguna solución. Y, al final, los escenarios más tenebrosos acaban por reaparecer como viejos fantasmas para, una vez más, demostrarnos que no es el estado quien nos salva de la violencia y de la muerte.

 

Artur Mrowczynski – Van Allen, Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano, Granada

Páginas Digital, 17 de diciembre de 2007

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Detenido el presidente del genocida régimen maoísta del Jemer Rojo

Detenido el presidente del genocida régimen maoísta del Jemer Rojo El ex presidente de Camboya durante el genocida régimen del Jemer Rojo, Khieu Samphan, fue detenido por la Policía. Samphan será acusado de crímenes contra la humanidad por el tribunal internacional auspiciado por Naciones Unidas. Casi dos millones de camboyanos perdieron la vida a causa de la hambruna, las enfermedades y en el transcurso de las purgas ordenadas por la cúpula que gobernó Camboya de mediados de 1975 a principios de 1979.

Agentes de la Policía de Camboya han detenido a la salida de un hospital, al ex presidente del genocida régimen del Jemer Rojo, Khieu Samphan. El criminal había sido ingresado la semana pasada tras sufrir un infarto.

 

El genocida líder comunista será presumiblemente acusado de crímenes contra la humanidad por el tribunal internacional auspiciado por Naciones Unidas que juzgará las atrocidades cometidas por la dictadura maoísta. Los defensores de la celebración del juicio creen que el ex presidente proporcionará un testimonio vital sobre las acciones del Jemer Rojo, y que su posible muerte antes de declarar hubiera supuesto un gran revés al proceso.

 

Samphan, de 76 años, se convertirá así en el quinto miembro de la cúpula del Jemer Rojo procesado, después de que la semana pasada se confirmaran los cargos contra el ex ministro de Exteriores, Ieng Sary, quien también fue acusado de crímenes de guerra, y su esposa, la ex titular de Asuntos Sociales Ieng Thirith. A ellos se unen Nuon Chea -detenido en septiembre pasado como antiguo "lugarteniente" de Pol Pot, máximo líder fallecido en 1998- y Kang Keng Iev, alias "Duch", encarcelado desde 1999 y quien dirigió el notorio centro de detención de presos políticos de Tuol Sleng en Phonm Penh.

 

Hace una semana, Samphan fue trasladado en helicóptero desde su residencia en Pailin, la antigua plaza fuerte del Jemer Rojo en el noroeste del país, a un hospital de la capital para recibir tratamiento médico, en una iniciativa personal del primer ministro camboyano, Hun Sen.

 

Conocido por sus fuertes críticas contra el Gobierno del golpista Lon Nol, Samphan fue uno de los fundadores del movimiento maoísta y leal hasta el último momento a Pol Pot. Siempre que era preguntado acerca de las matanzas, aseguraba que "estaba ocupado con el trabajo" y que no se dio cuenta del tinte sangriento que adquirió la revolución.

 

Hace un mes, el tribunal internacional citó a sus tres primeros testigos, todos ellos camboyanos que trabajaron o pasaron por Toul Sleng, donde fueron asesinadas cerca de catorce mil personas. Casi dos millones de camboyanos perdieron la vida a causa de la hambruna, las enfermedades y en el transcurso de las purgas ordenadas por la cúpula que retuvo el poder desde mediados de 1975 a principios de 1979.

 

Libertad Digital, 19 de noviembre de 2007

¿Héroes románticos? Y un carajo de la vela. Piratas del Caribe: la gran mentira

¿Héroes románticos? Y un carajo de la vela. Piratas del Caribe: la gran mentira

Ni eran nobles, ni heroicos ni románticos: eran una banda de ladrones y asesinos que, por otro lado, hizo un enorme daño a España, frecuentemente bajo instigación de Inglaterra, Francia y Holanda. La serie de películas Piratas del Caribe, tan exitosa, ha puesto de moda permanente un asunto que deberíamos mirar con la mayor hostilidad. Esta canalla, que nos hizo la “guerra sucia” en beneficio de nuestros enemigos, no puede convertirse en modelo heroico de los niños españoles. La colonización cultural que padecemos no puede llegar tan lejos (ni tan bajo). Vamos a contar la verdadera historia de los piratas del Caribe.

Es un tema recurrente desde la literatura romántica: el pirata, preferentemente del Caribe, que va por la vida abriendo barrigas mientras canta himnos a su libertad. La serie de películas Piratas del Caribe, que anda ahora por su tercera entrega, está construyendo una mitología popular en torno a esta figura, mitología que arraiga particularmente entre los niños. Pero, ¿quiénes eran realmente los piratas del Caribe?

 

Enemigos de España

 

El Caribe se llenó de piratas y filibusteros por una sola razón: las enormes riquezas que España estaba extrayendo de América, la prosperidad general que habían alcanzado los virreinatos españoles. Prosperidad que despertaba la codicia no sólo de delincuentes marítimos, sino de las potencias enemigas de España. Los gobiernos y las compañías comerciales de Inglaterra, Francia y Holanda querían su parte del pastel. Como España tenía el monopolio de las rutas comerciales en el área, aquellos países decidieron alentar tanto la guerra de corso como la propia actividad pirata. La primera, el corso, con una finalidad militar: debilitar la potencia española. La segunda, la actividad pirata, con una finalidad puramente destructiva: aterrorizar a las colonias españolas. En cierto modo, los piratas hicieron la “guerra sucia” para ingleses, franceses y holandeses. Después, ya en el XVIII, se la harían éstos entre sí.

 

El primer gran ataque pirata tuvo lugar en 1521. Fue un francés nacido en Florencia, Jean Florin, quien capturó en las Azores el tesoro de Moctezuma II, enviado por Hernán Cortés desde México. Muchos siguieron el camino de Florin. Entre los franceses, el primer Pata de Palo, François Leclerc, y también Jacques Sore y Martín Cote. Entre los ingleses, John Hawkins, Francis Drake, Thomas Cavendish y el conde de Cumberland. Luego llegarán los holandeses, como Piet Heyn. De toda esta gente, unos eran piratas, delincuentes de la mar, y otros eran corsarios, marinos que trabajaban por encargo de la Corona. A juzgar por sus actos, no siempre es fácil percibir la diferencia. Filibusteros como Laurent de Graff, a quien los españoles llamaban Lorencillo por su baja estatura, terminaron como altos dignatarios de la corona francesa.

 

Y es que, a pesar de toda la literatura, es preciso deshacer el equívoco: los piratas y filibusteros no eran románticos héroes libertarios. Las experiencias de organización libertaria se limitan a momentos muy concretos y, además, por razones que tienen que ver más con el reparto del botín que con otra cosa. Es el caso de la Hermandad de la Costa, en la Isla de la Tortuga, que tantas fantasías ha inspirado. En realidad se trataba de una cofradía de tipo mafioso, exclusivamente masculina –no podían entrar mujeres en la isla- y que obedecía a un imperativo de supervivencia: para no matarnos entre nosotros por el botín, pongamos su protección en común.

 

Desde sus bases en la Isla de la Tortuga o en otros lugares de la costa americana, con la connivencia de ingleses y franceses, los piratas y los corsarios actúan con la única finalidad de incordiar a los españoles. Lo tenían fácil: España poseía mucho más territorio del que podía proteger, y sus barcos desplazaban más riqueza de la que podían custodiar. De hecho, lo que sorprende no son tanto los éxitos de los piratas como sus fracasos: es asombroso que, en semejante situación de superioridad, aquel enjambre flotante de ladrones y asesinos no fuera capaz de apoderarse de Cartagena de Indias o de Veracruz, ejes del tráfico comercial español. Para apoderarse de Pernambuco, los holandeses necesitaron movilizar una extraordinaria flota de 800 barcos de guerra y 67.000 hombres, financiada en buena medida con los beneficios obtenidos por la piratería de los diez años anteriores. Así nació la colonia de Nueva Holanda.

 

Criminales en “guerra sucia”

 

Las acciones de los piratas eran muy sencillas: llegar, robar, violar, torturar, matar, incendiar, marcharse. Es lo que hicieron en Panamá en 1671, por ejemplo. El pirata no era un guerrero, sino un depredador secundario. Cuando se le atacaba, huía; cuando se le plantaba cara con una fuerza suficiente, también. Sus éxitos se circunscribían siempre a ciudades costeras poco protegidas o a convoyes navales con defensa insuficiente.

 

Gente simpática, ¿verdad? Jean-David Nau, “El Olonés”, un desertor del ejército francés que se instaló como filibustero en las Antillas, acostumbraba interrogar a sus presos cortándoles el cuerpo en pedacitos. Cuando terminaba, les rajaba el pecho, extraía el corazón, lo masticaba y escupía las piltrafas al rostro de los demás prisioneros. Los españoles no pudieron cazar nunca al Olonés. Lo hicieron los indios: los kuna, un pueblo chibcha del sur de Panamá extremadamente agresivo, que habitualmente se aliaba con los piratas y contra los españoles. Pero el Olonés había dejado tanta sangre detrás que hasta los kuna le detestaban. Lo mataron lentamente, entre grandes sufrimientos.

 

El Olonés era un bárbaro canalla, y también un tipo muy listo, pero nunca habría podido desplegar toda su crueldad y toda su astucia durante tanto tiempo si no fuera porque la Corona francesa, en guerra contra España, le apoyó, le respaldó y encubrió sus rapiñas. O sea que muy independiente y muy pirata, muy “romántico” él, pero en realidad estaba trabajando para el Rey de Francia. Otro tanto cabe decir de los piratas ingleses, frecuentemente contratados en secreto por la corona británica para hacer estragos en las rutas españolas. Los filibusteros fueron, muchas veces, corsarios encubiertos. Su potencia ofensiva y su capacidad para aparecer exactamente allá donde más frágil era la defensa española, se debían, entre otras cosas, a la información que las potencias enemigas de España les habían proporcionado.

 

De hecho, la piratería en el Caribe se extinguió cuando a Inglaterra se le reconoció el derecho a mantener rutas comerciales en la zona. Eso fue en el tratado de Utrecht, en 1713. A partir de ese momento, los piratas se quedaron sin bases seguras: los ingleses comenzaron a perseguirlos. Hacia 1720, ya no quedaba ni un barco pirata en las aguas americanas. Desde el punto de vista inglés, habían cumplido su objetivo.

 

J.J.E.

El Manifiesto, 7 de junio de 2007

 

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“Mayo, 1937: La desmemoria histórica”

“Mayo, 1937: La desmemoria histórica”

No hace falta acudir a las últimas películas bélicas de Clint Eastwood para saber que con la conmemoración de ciertos sucesos trágicos puede obtenerse el efecto contrario al públicamente confesado. Ha ocurrido así demasiadas veces. Hilvanados de manera afectiva y dolorosa, al abrigo de dudas y revisiones, a menudo, los monumentos, los cenotafios, los minutos de silencio… no dicen: “para que no olvidemos”. Dicen: “para que no recordemos”. No son una requisitoria para conocer y dar a conocer los hechos en su incandescente realidad. Son una selección parcial y autocomplaciente de los acontecimientos.

 

Hablo de la frágil frontera que hay entre la conmemoración y el olvido, entre el culto a los muertos y la tergiversación del drama que se llora, porque, desde hace tiempo, la sociedad española vive la inflación de una memoria que se ha designado a sí misma con el benevolente adjetivo de “histórica”. Una pasión retrospectiva que nos ha conminado a la rememoración obsesiva de la guerra civil. Y no para despertar tras la amnesia, como dice la izquierda intelectual y política, sino para consagrar una visión profundamente maniquea y distorsionada de los acontecimientos.

 

Luz deslumbrante de romanticismos, nada más fácil hoy que entender 1936-1939 como una guerra entre un único culpable, encarnación del mal y el fascismo, y una riquísima legión de inocentes, encarnación del bien y la democracia. Nada más cómodo que trazar una línea divisoria entre los crímenes cometidos en uno y otro bando: mientras en el franquista serían el resultado de una calculada política de exterminio en el republicano se diluyen en una supuesta reacción del pueblo oprimido. Nada más fácil que hacer del bando acaudillado por Franco un monolito de lo grotesco y lo asesino. O sugerir que las iglesias sólo eran atacadas cuando los fascistas las utilizaban como fortalezas.

 

Digámoslo una vez más: identificar la democracia con los republicanos es, además de un mayúsculo anacronismo, una gran falla histórica. Socialistas, anarquistas, comunistas, revolucionarios del POUM… no combatieron en defensa de la legalidad republicana, que consideraban de papel, sino por la construcción de una sociedad y un país distinto al demoliberal de 1931. Lucharon por… una revolución, ilusión que no sólo acompaña su historia: es constitutivo de ella. Todos ellos, además, siempre se gloriaron de lo que querían ser y, por consiguiente, llegarían a ser.

 

En el siglo XIX el ejército inglés tenía una compañía que recogía los huesos de los campos de batalla europeos para molerlos y usarlos como fertilizante. Bien: conjurar la faceta revolucionaria de un sinfín de combatientes republicanos no sólo significa borrarles el rostro, arrebatarles el nombre y la promesa, negarles su ser y sus siglas, hurtarles su alma prometeica. No sólo supone convertirlos en abstractos defensores de aquello que siempre fue objeto de sus detracciones: el universo burgués. También supone reutilizar la fisonomía democrática que les dibujamos como fertilizante de nuestras actuales refriegas políticas.

 

Ni que decir tiene que este revisionismo sentimental a base de mentiras descaradas es un factor utilísimo para la izquierda hoy en el poder, que ha sido quien ha lanzado la ofensiva. Sobre todo porque se declara única heredera de una tradición y un pasado que se quiere presentar como valor intrínseco, como nueva religiosidad. Sobre todo si felizmente se logra identificar a la derecha actual con el negro fantasma del franquismo. Como si disfrazarnos con las máscaras del ayer o responsabilizarnos los unos a los otros de fusilamientos y bombardeos equivaliera a establecer los hechos y situarlos en su contexto. Como si decir que la narración de la historia corresponde a la ley fuera algo tan inofensivo como una vuelta en un tiovivo. Recuérdese el exilio. Recuérdese los fusilamientos franquistas. Recuérdese Guernica. Hágase contrición. Pídase perdón…

 

Sólo podemos enfrentarnos a la verdad que se oculta tras el luto nacional liberándonos de las abstracciones, sólo hacemos justicia a los combatientes si los recordamos tal como fueron, si escribimos su nombre, todos los nombres, yendo hasta el final del drama.

 

Pero la vía de la memoria histórica es otra. Lo documenta el silencio que ha rodeado a mayo en su aniversario, Barcelona en sus violentos combates entre anarquistas, miembros del POUM y comunistas. Porque los sucesos de mayo de 1937 son más importantes de lo que podrían parecer a simple vista. Separan la realidad del mito. Y reflejan dos hechos sobre los que existe un claro consenso historiográfico. Primero: la República que nació el 14 de abril de 1931 había muerto antes de que acabara la guerra civil. Segundo: en el bando republicano, bajo el estandarte unificado de su carácter resistencial al fascismo, además de la llama apagada de una izquierda liberal, latía un volcán de pequeñas repúblicas revolucionarias y de poderes que se ejercían a punta de fusil, con su séquito de violencias y de asesinatos, un volcán de fuerzas heterogéneas, hostiles unas a otras.

 

No hay mejor testigo de lo primero que Manuel Azaña. Tentado por el abandono ya en 1936, después de comprobar que la crueldad y la venganza, “hijas del miedo y la cobardía”, también definían su propio campo, el presidente de la Segunda República vivió paralizado, sitiado en Barcelona, los sucesos de mayo. Leyendo sus diarios se da uno cuenta de la gravedad de la guerra civil para aquellos a quienes no les parece la aurora de un nuevo día sino el crepúsculo del anterior. En su cuaderno de la Pobleta, 20 de mayo de 1937, refiriéndose al histérico espectáculo revolucionario que le ha ofrecido la ruidosa Ciudad Condal, escribe: “Aquí no queda nada: gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos, fuerza armada: nada existe.”

 

Testigo de lo segundo: Orwell. Tras el liberal que ha querido gobernar con un buen discurso, el último romántico. Los días del fascismo están en su apogeo. Orwell no lo duda ni un segundo. Si viaja a España como miliciano es para luchar “contra el fascismo”. Si se le pregunta por qué, contesta: “por simple decencia”. Pero, después de la persecución que sufre en Barcelona, como miembro del POUM, vuelve a Londres con la convicción de que la guerra civil española es un fraude. Orwell sabe bien lo que dice. Es uno de los rarísimos intelectuales comprometidos del siglo que es capaz de ver y que coloca la realidad por encima de la abstracción. Siguiéndole, escuchamos los pistoletazos de una sindical contra otra y descubrimos parte del papel desempañado por el partido comunista, que tras la máscara de la autoridad pública y el orden republicano efectúa la conquista del poder y la confiscación de la libertad. Siguiéndole, vemos cómo se deshace el resorte político del antifascismo y cómo los servicios soviéticos crean un doble fondo de prácticas policíacas, con sus procedimientos, sus agentes, sus prisiones independientes del Estado. Toda la represión que liquida a los revolucionarios del POUM y quebranta el entusiasmo anarquista después de las sangrientas jornadas de mayo de 1937 llevaría el inconfundible sello comunista: las acusaciones, la falsificación de testimonios, las confesiones obtenidas por medio de la tortura, los asesinatos.

 

No se trata – un ejemplo – de elevar el asesinato de Nin, líder del POUM, al grado de mayor crimen de la guerra civil. Se trata – por seguir con el mismo ejemplo – de no repetir el desinterés respecto de la verdad que mostró el jefe de gobierno Negrín cuando a la pregunta de su ministro Irujo “Nin no ha aparecido”, contestó: “¿Qué importa? Es uno más.” Se trata de no borrar el rostro de la guerra en el bando republicano bajo un amplio y único colorete de pasiones democráticas.

 

Antes, los que no aprendían de la historia tenían que repetirla, pero eso fue así solo hasta que descubrimos la forma de convencer a todo el mundo, incluso a nosotros mismos, de que la historia nunca sucedió. O de que sucedió de la manera más conveniente a los propios fines. O, mejor aún, de que la historia no importa, en cualquier caso, más que para hacer un discurso de bajo nivel intelectual con el que dar un ladrillazo al adversario político o prolongar el exabrupto victimista.

 

Época extraña la que vivimos hoy en España. Dondequiera triunfan las filosofías del doble pensamiento, y con ellas, ese romanticismo de mala ley que prefiere sentir a comprender, como si ambas cosas pudieran separarse. Época en la que la izquierda intelectual y política denuncia el fascismo del pasado y reviste al comportamiento totalitario de Otegi y compañía con los halagos de la urna electoral. Época de doble moral, doble palabra. Época, en fin, de maltrato de la inteligencia, en la que se manipula el pasado y se nos hurta el presente, en la que hemos visto cómo el presidente del Gobierno, al igual que Negrin en 1937, puede dedicarse al servicio de la ignorancia cuando es profunda la necesidad de ilusión.

 

Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea, que ha publicado recientemente Los perdedores de la Historia de España (editorial Planeta).

El Mundo, 31 de mayo de 2007

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