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Foro El Salvador

En román paladino

Hay quien necesita una sola palabra, bien colocada, para dejarse entender. Es lo que suele suceder con el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián. Preguntado sobre el alto el fuego de ETA, Sebastián ha pedido que se anteponga el adjetivo “peculiar” y se pongan comillas al “proceso de paz, mal llamado así”.

 

Porque aquí “no hay guerra entre dos bandos, sino el Estado y una organización terrorista que mata por la espalda”. Una vez más, el arzobispo de Pamplona demuestra que no hace falta mucha retórica para decir las cosas con claridad, esa misma claridad que se echa en falta estos días en los discursos del Gobierno y de sus socios, abonados al optimismo por decreto.

 

Es verdad que Sebastián no ha dicho nada radicalmente nuevo, pero lo dice con un peso moral y una contundencia que nos hace escuchar sus reflexiones con una música de inusitada frescura. Un ejemplo más: “deseamos que ETA y el terrorismo desaparezcan del mapa español, y a partir de ahí todo será más razonable”. De nuevo la elección de la imagen muestra todo su valor, porque no es lo mismo confiar en la buena voluntad de los mentores de ETA (escúchese al cura Reid) que desear que ETA desaparezca del mapa.

 

Claro que esto quizás suene a sutileza hispánica a los oídos de un irlandés. En todo caso, lo que no está nada claro es que ETA quede fuera de juego en el consabido proceso. Por el contrario, parece que cuando sale por una puerta entra con renovados bríos por la ventana, y lo que no consiguió con su violencia cruel puede conseguirlo ahora sin desenfundar las pistolas, mediante el chantaje político. Pero dicho queda: para que las cosas fuesen razonables, primero tendrían que desaparecer del mapa como organización terrorista.

 

Una última reflexión de Monseñor Sebastián nos revela de nuevo el porqué de su largo liderazgo episcopal. Me refiero a sus reflexiones sobre la aportación fundamental de la Iglesia en la desaparición del terrorismo: la educación moral de la juventud, inculcar el no matarás en las conciencias y curar las heridas provocadas por el terrorismo. Ésa es, ha dicho, la tarea de la Iglesia todos los días del año, y si alguna vez la sociedad española se libera de esta lacra será fundamentalmente por su claridad de conciencia moral.

 

Cierto que caben otras aportaciones técnicas de la Iglesia, si acaso alguien las pidiera, pero serían siempre subsidiarias de la tarea fundamental. Y en todo caso, como afirma con cierta retranca el arzobispo navarro, “no creo que los obispos seamos llamados a ello”.

José Luis Restán

 

Páginas Digital, 27/04/06

 

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