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¿Y si todo fuera una exageración?

¿Y si todo fuera una exageración?


Al acuerdo sobre cómo y en qué condiciones el entorno de ETA puede volver a la vida política le falta un último peinado. Es el momento de aceptar la propuesta de Arcadi Espada y hablar claramente de las cesiones que estamos dispuestos a hacer para que los terroristas abandonen definitivamente las armas.

Sin rasgarnos preventivamente las vestiduras, sin defender a priori que cualquier concesión es inadmisible. Y sin practicar tampoco la hipocresía habitual estos días entre los voceros del Gobierno; un fariseísmo que les lleva a defender que el proceso de paz se limita a dar continuidad a tres años sin muertos y que, de momento, no se ha cedido en nada: ni en Navarra ni en los presos ni en la autodeterminación.

La situación requiere un ejercicio de sinceridad por parte de todos. Consideremos en su crudeza, desnudándola de palabrería y de dobleces, la propuesta que está haciéndole Zapatero a la sociedad española.

Esta semana Cándido Conde Pumpido ha sido su mejor portavoz en el Senado: ¿por qué en lugar de alimentar una justicia de trinchera no apostamos por una interpretación de la ley que nos traiga definitivamente la paz?... No repitamos mecánicamente todo el argumentario acumulado en los últimos meses por los que hablan de un proceso de rendición ante los terroristas. ¿Y si todo ese argumentario fuera una exageración?

Hablemos con franqueza del precio de la paz. Zapatero –sin formularlo- dice: “nos anunciaron el fin del mundo con el matrimonio entre personas del mismo sexo. Se ha aprobado y no ha ocurrido nada. La gente sigue cogiendo el metro a la misma hora; tomando el café del mismo modo; para los heterosexuales confesos no han cambiado en realidad nada; y los homosexuales, pocos, que han querido casarse lo han hecho. Aquí paz y después gloria. Cada uno sigue esforzándose, fracasando y acomodándose igual en su vida. Lo mismo ocurrirá si encontramos una fórmula para cambiar el status de Navarra de forma no muy escandalosa, si damos con otra solución para conceder la autodeterminación al País Vasco sin que la unidad de España aparezca sensiblemente desecha y si damos alguna salida a los presos. En el fondo son cambios irrelevantes para lo que verdaderamente importa; a cambio conseguimos la paz”.

Es de agradecer que haya personas como Arcadi Espada, que formulan las cosas con franqueza. En un lado ponen los principios (la dignidad de las víctimas, el modelo constitucional y la soberanía nacional) y en el otro la paz definitiva. El daño de las víctimas es irreparable y lo mejor que podemos darle –dicen- es la esperanza de que no habrá más muertos y la ¿política?... ¿No es más útil la política cuando abandona las abstracciones y resuelve las necesidades reales de la gente? Ésta es la gran cuestión a la que hay que responder.

La primera respuesta, y aquí empezamos a distanciarnos de Arcadi Espada, es que la verdad existe. La paz construida sobre la mentira o sobre la injusticia destruye a un pueblo. Los ejemplos históricos son innumerables, uno de los más sonoros es el de la Alemania de entreguerras. Pero ni siquiera este argumento es suficiente para que sea percibida con claridad la importancia del momento que estamos viviendo. Es cierto que la política está para hacer más fácil que la gente resuelva sus necesidades. Pero si los españoles no percibimos que la necesidad de una paz justa es existencialmente tan apremiante como coger el metro a tiempo o ser queridos... toda la resistencia al mal llamado proceso de paz parecerá exagerada.

No es suficiente afirmar que la verdad impone límites. Es necesario darse cuenta (percibir, sentir, oler) de que el anhelo y la experiencia de verdad que nos impide coger el metro tranquilos cuando hemos sido víctimas de una injusticia en el ámbito laboral o en el afectivo es exactamente lo mismo que está en juego en este caso. Las injusticias públicas, aunque tengan otra forma y otros tiempos, provocan los mismos efectos que las injusticias privadas.

La libertad de las próximas décadas para todo nuestro pueblo, comprometida de un modo que ahora parece imperceptible en las cesiones a los terroristas, es una necesidad tan acuciante -si no más- que cualquier otra.

Fernando De Haro

 

Páginas Digital, 18 de octubre de 2006

 

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