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Cabrera y Pastor ofrecen "parches" para una enseñanza que no entienden

Cabrera y Pastor ofrecen "parches" para una enseñanza que no entienden

"Uno de cada siete alumnos no termina la enseñanza obligatoria", "agreden a su profesor y lo graban en vídeo", "las madres insultan al jefe de estudios", "37% de suspensos", "empeora el nivel de Primaria", "las ikastolas logran los mejores resultados", "la ESO es el tramo que más fracaso genera", "tercero es el curso más complicado", "el Bachillerato es la continuación de la ESO por otros medios". Y después, lo peor: "universitarios analfabetos", "los alumnos de esta zona son unos maleducados", "en la capital hay más cultura", "los profesores pagarían por cambiar de Centro".

 

No son fragmentos de una pesadilla sino titulares de la prensa en los últimos tiempos. La enseñanza está de moda, y para mal: las Administraciones quieren que funcione pero sin recursos y sin cambiar lo que falla, las familias quieren una educación pero no tienen tiempo ni a veces capacidad de darla, y al final todo queda en un "cara a cara" entre alumnos y profesores en un escenario que ninguno eligió. En muchos lugares de España esto termina mal, o muy mal, con intimidación (por mal nombre bullying), abandono y demás. No es sólo un problema de autoridad, ni el recuerdo (deformado) de un pasado que nunca volverá. Es un problema de identidad, y de calidad.

 

Para que algo funcione tiene que tener claro qué es y qué quiere ser. Los centros de enseñanza sin identidad ni proyecto propios, donde todo el mundo está de paso, de donde todo el mundo se escapa en cuanto puede, son centros sin calidad. El resto –la autoridad, la convivencia, el orden, los conocimientos y hasta la educación- depende de eso. Ahí está la calidad, y depende de cada comunidad educativa, no de lejanas decisiones estatales. Lo que Ana Pastor pidió a la ministro Mercedes Cabrera en nombre del Partido Popular, "una Ley integral de promoción de la convivencia y prevención del acoso escolar" no es más que un parche mediático de circunstancias (y aún no he llegado a saber cómo se puede "leer a Viriato", pero vamos a dejarlo por ahora).

 

Con esto no pretendo añadirme a la ya larga lista de los que añoran los "viejos" Centros, esos Institutos, Colegios y ya Universidades en cada provincia codiciados desde la distancia, como si realmente fuese verdad que los alumnos de ciertos barrios de la capital son más capaces, más educados, más laboriosos o más inteligentes que los rurales. Cuentos de viejas.

 

Tengo la suerte de ser de pueblo, y de trabajar en un Instituto de mi propia zona de origen. Por supuesto que cada comarca tiene su carácter, sus modos de hacer y de decir, sus costumbres y su situación; habrá que conocerlos, digo yo. Pero pensar por ejemplo que los jóvenes riberos de esta generación son menos que cualquiera, de otro lugar o de otro tiempo, sería un error grave de diagnóstico. La calidad debe consistir en llevar a esas gentes la enseñanza tal y como la pueden y deben recibir. Lo que necesitamos es autonomía, responsabilidad y participación de todos, para evitar esos titulares de prensa; y lo que no debemos hacer es huir nunca de la realidad que nos ha tocado vivir.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 7 de diciembre de 2006

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