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Reivindicación del ama de casa (defensa de Toñi Santiago y algo más)

Reivindicación del ama de casa (defensa de Toñi Santiago y algo más) El rifirrafe entre una víctima del terrorismo y una periodista de izquierdas ha puesto sobre el tapete un asunto interesante: ¿Por qué la izquierda desprecia a las madres de familia?

A Toñi Santiago le mató ETA una hija. Es una víctima del terrorismo. Como tal, opinó sobre la ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas, esa marca de lance del mundo batasuno. Y entonces una conspicua periodista progre, Margarita Sáenz Díez, desdeñó la opinión de la señora Santiago porque tales cosas no pueden estar dentro del "ámbito de reflexión" de "una madre de familia". Toñi Santiago respondió que ser madre de familia no significa ser tonta. En efecto. Y más allá del asunto concreto de discusión, este episodio ha puesto de manifiesto el profundo desprecio que la opinión progresista dispensa a las madres de familia.

Discurso implícito de la Saénz: la opinión de una señora que está en su casa es inferior. ¿Por qué? Porque no trabaja, o sea que "no sabe"; es ciudadana de segunda. Es hilarante la manera en que toda esta patulea progresista –las margaritas y tal- termina dando munición al sistema, a este orden atroz en el que las personas sólo tienen valor si poseen independencia económica, o sea si son "económicamente viables"; donde el valor de la gente depende su eficacia como engranaje de la Gran Máquina.

 

Será por la globalización, pero nunca había circulado tan libremente la estupidez.

 

Vayamos al asunto de las madres, que es lo más importante del episodio. Alguna vez habrá que plantearse el absurdo en el que vivimos. Estamos en una sociedad que se pasa la vida quejándose de que los niños están solos, de que ya no se educa "en valores", de que los jóvenes pasan demasiado tiempo ante la televisión, de que se abandona a los abuelos, de que la natalidad está al borde del colapso… Pero esta sociedad doliente, que se lamenta de tales cosas, es la misma que margina, discrimina y desprecia a la madre de familia, al ama de casa, a la que ha hecho una profesión –la profesión peor pagada del mundo- de ser madre y esposa; es decir, a esa persona que ha venido asegurando durante siglos que los niños no estén solos, que en el hogar se eduque en valores –éstos sin comillas: valores vivos-, que los jóvenes tengan un referente a su lado, que alguien cuide a los abuelos, que siga habiendo partos. O ¿quién creéis, dolientes críticos progresistas, que garantizaba todas esas cosas? Las madres de familia; nadie más.

 

El mal no está sólo en un lado, lamentablemente. La derecha española, con ese pelo de la dehesa monetaria que tiene, se propuso ayudar a las "madres trabajadoras" y no se le ocurrió otra cosa que derramar una escueta soldada –una minucia, por otro lado- sólo para las madres que trabajan fuera de casa. Ah, vaya: y las que trabajan en casa, ¿qué? ¿Son metecas? Ahí la derecha española, esta cosa tan blandorra y necia que nos aflige, dio la medida de su ser: no entiende el mundo más que como una pura circulación de dinero, no ve otra cosa que PIB y estadística, no ve la sociedad sino como "mercado de trabajo", no ve otra ciudadanía que la que se contabiliza en el impuesto de la renta, no ve a la gente más que como contribuyentes y votantes. Y a las amas de casa, seguramente, no las ve sino como oprobiosos estorbos, porque no cotizan a la Seguridad Social. Y el día que ya no haya mujeres en condiciones de parir y cuidar niños, porque todas estén trabajando con contrato temporal en el sector terciario, no os preocupéis, españoles: para eso vienen los ecuatorianos y los marroquíes, a traernos los niños que nos faltan. Al final –vamos, haced memoria- en eso consistía el proyecto social del Partido Popular. Ya digo que la estupidez circula demasiado libremente con la globalización.

 

Pues no, señores y –sobre todo- señoras: lo que hoy se está haciendo en Europa es exactamente lo contrario: primar al que tiene hijos y ayudar a la mujer que asume el reto de quedarse en casa a bregar. En Alemania o en Gran Bretaña, incluso en Francia –que a esto va llegando más tarde-, las ayudas se dirigen sobre todo a compensar a unas familias donde las mujeres, cultas, con frecuencia universitarias, que podrían ser profesionales, eligen la opción más dura, la que menos gusta en el mundo feliz de la publicidad y el mercado: parir y criar. ¿Ayudan los Estados por filantropía? No: ayudan porque, si no, en muy breve plazo vamos a ser una sociedad desierta donde el Sistema, forzado a engordar burocracia, tendrá que gastar fortunas en cuidar a los niños solos, a los ancianos abandonados, a los jóvenes desorientados, a los "educadores" a tiempo completo. Y pronto ya no quedarán ciudadanos suficientes a los que seguir expoliando los impuestos necesarios para pagar el dispositivo. Es comprensible, ¿verdad?

 

Por supuesto, está muy bien que las mujeres trabajen fuera de casa. Desde que dejó de ser preciso tener músculos abundantes para garantizarse la supervivencia, pocas cosas hay que no pueda hacer una mujer. Pero hay algo que sólo pueden hacer ellas (vosotras): parir. Y hay algo que nadie hace mejor que ellas (vosotras): criar. Y si es justo que las mujeres puedan trabajar fuera de casa (demasiadas veces, por cierto, en condiciones indignas), no debería serlo menos que puedan trabajar en su casa con la mayor dignidad. Y si además de eso conseguimos que alguien, en España, afronte de una vez en serio el dilema de conciliar vida familiar y vida laboral, gastándose dinero de verdad –el dinero que nos quitan a todos-, todavía mejor.

 

El modelo antropológico que nos están imponiendo es este: ya no hombres y mujeres, sino individuos trabajadores-consumidores; ya no una sociedad, sino un mercado de trabajo; ya no unas familias, sino unidades neutras de cotización y consumo. ¿Y esto es el progreso de la humanidad?

 

Por eso hay que reivindicar a las madres de familia; contra la patulea progresista.

 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 2 de marzo de 2007

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