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Navarra, el precio de la traición

Navarra, el precio de la traición Cuarenta y ocho horas después de la excarcelación del sanguinario De Juana Chaos, el Gobierno ha vuelto a dar otra muestra inequívoca de que no hay nada que le detenga en su voluntad de continuar «como sea» el proceso de claudicación abierto por Rodríguez Zapatero so pretexto de amar la vida por encima de todas las cosas. El fiscal general del Estado, una vez más, ha mirado para otro lado, no sólo para satisfacer los deseos del Gobierno, sino por seguir fielmente la desatinada doctrina jurídica del juez Baltasar Garzón, que pretende hacernos creer que una cosa es la izquierda abertzale y otra muy distinta Batasuna.

A tenor del criterio de Garzón, el hecho de que en Pamplona la plana mayor de Batasuna hubiera presidido el mitin celebrado el pasado sábado en el pabellón del Anaitasuna e intervenido en él los principales dirigentes del partido disuelto, no lo convertía en un acto ilegal. Tampoco les ha importado nada a los responsables de hacer cumplir la ley que los organizadores del acto lo hubieran venido anunciando como el acontecimiento más relevante de la izquierda abertzale desde que, en noviembre de 2004, Batasuna hiciera pública en Anoeta su propuesta para resolver el conflicto.

No hubo en el Anaitasuna grandes novedades, salvo un aurresku en minifalda. Pero la lenidad gubernamental y del juez Garzón ha servido para que Batasuna haya puesto de manifiesto que el oscuro deseo del entramado etarra se concentra a corto plazo única y exclusivamente en Navarra. Otegi dejó bien sentado que aspiran a crear un nuevo «marco democrático para Euskal Herria» y a conseguir un «Estado vasco, socialista y euskaldún». Emplazó al presidente del Gobierno a tener un nuevo gesto de valor y negociar, «con responsabilidad política y ambición histórica», la creación de una «autonomía política» formada por los territorios de la Comunidad Autónoma Vasca y la de Navarra, y le regaló un caramelo envenenado: con Navarra dentro, el «conflicto político» quedaría resuelto. El ejercicio del derecho a la autodeterminación puede esperar. Para los terroristas, subyugar a Navarra es lo único importante.

Abundando en esta idea, Otegi proclamó que Navarra es «el pilar de Euskal Herria» y que, «sin Navarra, no queremos nada, nada, nada. Preferimos una autonomía de cuatro territorios para comprar garbanzos que una autonomía de tres territorios envuelta en un celofán de más y más competencias».

Batasuna ha enseñado sus cartas. Ya sabemos lo que quiere a corto plazo: Navarra dentro de Euskal Herria. ¿Y el Gobierno? Tengo la absoluta convicción de que Zapatero intentará convencer a la opinión pública de que Batasuna ha dado un gran paso hacia la paz. Cuando en junio del pasado año acudió al zaguán del Congreso para anunciar la apertura de las negociaciones con ETA, ya expresó su decisión de autorizar la creación de una mesa extraparlamentaria de agentes políticos, sociales, económicos y sindicales para negociar un nuevo estatus político para el País Vasco. Esto es, ni más ni menos, lo que le exige Batasuna. En consecuencia, a nada que ETA garantice que mientras se dialoga no habrá más atentados, al presidente dará paso a la constitución de esa mesa de Euskal Herria.

Zapatero manifiesta muy poco aprecio por Navarra. Ha hablado y está dispuesto a seguir hablando con terroristas, pero no ha sido capaz de recibir al presidente de la Comunidad Foral para informarle acerca de sus verdaderas intenciones. Cuando se le pregunta sobre Navarra, repite una y otra vez que respetará la voluntad de los navarros. Sin embargo, el presidente está empeñado en echar a UPN del Gobierno de Navarra en las elecciones de mayo.Para eso le basta con que, aunque sea por la mínima, el partido fuerista no logre la mayoría absoluta. En tal caso, podrá formarse un «gobierno de progreso» fruto de la coalición de socialistas y los integrantes del frente nacionalista cobijados bajo Nafarroa Bai (Aralar, Eusko Alkartasuna, el Partido Nacionalista Vasco y Batzarre). Dando por supuesto que los proetarras estarán presentes de una u otra forma en las elecciones, el candidato socialista necesitará además el voto de la izquierda abertzale.

A Zapatero no le importan en absoluto las devastadoras consecuencias que tendría para el mantenimiento de la identidad de Navarra y su condición española, así como para el progreso y el bienestar de los navarros, un gobierno sextapartito -sin contar Batasuna- con ideologías y programas heterogéneos y contradictorios. Los socialistas replican que todo esto son monsergas patrioteras de una derecha que se envuelve en las banderas de España y de Navarra porque teme perder el poder.

Pero no son elucubraciones interesadas. El pasado 15 de enero, en el transcurso del debate en el Congreso sobre el atentado de Barajas, Zapatero hizo público su idilio político con la diputada Barcos al anunciar su voluntad de llegar a acuerdos y entendimientos futuros con Nafarroa Bai por compartir plenamente su visión sobre Navarra.

Mucha gente se pregunta: ¿qué se puede hacer para evitar que Navarra sea el precio de la traición? Mi respuesta es invariable. Trabajar de forma incansable para convencer a la mayoría sociológica de Navarra, radicalmente contraria a la rendición ante Euskadi, de que la única garantía de que nadie pueda pagar tal precio reside en renovar, por mayoría absoluta, la confianza en el actual Gobierno foral en el próximo Parlamento. Por encima de consideraciones ideológicas o de partido, está el destino de Navarra. Y no se olvide que en una sociedad democrática las urnas tienen la última palabra.

Jaime Ignacio del Burgo

El Mundo, 5 de marzo de 2007

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