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Resistencia ciudadana: el sistema se pudre, la gente despierta

Resistencia ciudadana: el sistema se pudre, la gente despierta Crece la impresión de que el país anda cabeza abajo: criminales protegidos, leyes inútiles, mayorías heridas en beneficio de minorías… Pero la resistencia ciudadana ya es una realidad.

 

Están pasando cosas gravísimas y con un punto grotesco, alucinante, como en una de esas pesadillas que nos asaltan tras una digestión gruesa. La sensación de que todo se rompe viene extendiéndose de manera imparable. Las conciencias más sensibles lo perciben con agudeza dolorosa; otros muchos prefieren entumecerse la conciencia con televisión y consumo, para no sentir. A fin de cuentas, a Zapatero habrá que reconocerle el mérito de haber hecho patente lo latente, de haber levantado el telón sobre el cáncer que venía corroyéndonos en secreto, de habernos dado a todos el empujón final: disolver la nación bajo la presión separatista, reducir la Constitución a una parodia de ley, invertir los criterios morales generalmente aceptados, transformar la educación en estabulación de masas, resucitar lo peor que tenemos detrás por incapacidad de mirar hacia delante, sustituir la cultura por la farándula, qué sé yo; cosas que venían pasando desde mucho tiempo atrás, pero que sólo ahora se han manifestado con total crudeza. Y uno puede vivir con una grieta en el techo, pero las cosas se complican cuando la techumbre cede y constatas que te has quedado a la intemperie.

 

¿Alucinación catastrofista? Pues no, mire, oiga. Estamos en un país donde, por ejemplo, no puedes fumar en ningún lado, pero puedes abortar a barra libre. Si echas por ahí el humo que te ensucia los pulmones, eres poco menos que un criminal; pero si arrojas al cubo de la basura los cadáveres desmembrados de fetos de siete meses, te protege la ley. La contraposición parece demagógica, ¿verdad? Lo terrible es que es real como la vida misma. Estamos en una sociedad extraordinariamente restrictiva en mil cosas, pero asombrosamente indulgente con otras que, sin embargo, son muchísimo más graves. Extiéndase la misma contradicción a cuantos terrenos se desee, desde la rendición ante el chantaje de un criminal hasta la subvención de pornografía antirreligiosa. Es obvio que aquí hay algo que funciona mal: cuando una sociedad persigue menudencias pero tolera crímenes, cuando extrema la ley para ciertos asuntos de rango menor pero la anula para otros de gran fuste –cuando eso ocurre, estamos ya enfangados en la ciénaga de la injusticia, en un mundo puesto del revés, en un lugar donde sólo cabe huir o resistir (para pasar a la ofensiva).

 

Ojo, que aquí no estamos hablando de una batalla de carácter confesional. Por ejemplo, que la comunidad autónoma de Madrid permita abortar niños de siete meses no es algo que afecte únicamente a ciudadanos católicos con un especial grado de conciencia sobre la vida nonata, sino que nos concierne a todos, a cualquiera que aún no haya perdido el sentido natural de lo que vale una vida. También por ejemplo, que un Gobierno de alucinados sectarios pretenda determinar la formación moral de los alumnos no es algo que deba incomodar sólo a quienes no comparten la ética zapateriana, sino que tiene que despertar la resistencia de cualquier ciudadano celoso de su libertad; porque aquí el problema no es qué doctrinas quieran meter en la cabeza de los críos, sino que lo grave está en que alguien ose invadir terrenos que deben permanecer bajo la radical soberanía de las personas. Este tipo de desafíos va incluso más allá de la fe; alcanzan también a quien no la tiene. Y así sucesivamente.

 

Aviso para navegantes: podemos desesperar tranquilamente –o sea, trágicamente- de la capacidad de nuestro sistema para regenerarse. Hace falta una fe infinita para pensar que esta gente que nos gobierna –políticos, financieros, tiburones mediáticos- va a limpiar la habitación que ella misma ha ensuciado. ¿No veis cómo se revuelven, histéricos, ante el menor síntoma de resistencia, ya se trate de unas banderas españolas al viento o de una protesta ciudadana en defensa de un belén? Levantan la voz trémula –pero acostumbrada a mandar- y arrojan el grito de alarma: "Fascistas", "franquistas" y demás repertorio de lo políticamente correcto. ¡Tantos años con esa gaita! No nos damos cuenta de lo que mandan estos señores hasta que nos topamos con el guardia de la porra. Entonces vemos que, en realidad, no nos enfrentamos con una oligarquía, con un partido, ni siquiera con una corriente social, sino que es un sistema entero el que nos amenaza: una democracia de ficción, unos partidos encerrados sobre sí mismos, un caciquismo de la prensa o de la Administración o del dinero (¡o de los tribunales!) cuya supervivencia depende de que se mantenga intacto el orden de las cosas –y, sobre todo, de que la "mayoría silenciosa" siga en silencio.

 

Pero si nuestro sistema no puede regenerarse ya, porque está podrido, sin embargo la gente, la sociedad, sí puede limpiar el suelo. Hay cosas que no tienen pase. Y en ese sentido, en los últimos meses empiezan a aparecer signos verdaderamente esperanzadores. Es esperanzador, por ejemplo, que los ciudadanos salgan a la calle sublevados por el "escándalo De Juana", que la gente redescubra sus banderas, que los padres de familia se planteen la objeción de conciencia ante la asignatura de "educación para la ciudadanía". ¿Echamos la vista atrás? Todo esto empezó como manifestación de malestar y pronto se convirtió en señal de resistencia. La Boca Caliente profiere advertencias contra la estrategia del PP. No, Pepiño, no: ¡ya quisiera el PP! Lo que se está moviendo aquí es algo mucho más profundo. La irresponsabilidad de un Gobierno muy mediocre ha despertado la resistencia de los ciudadanos. No hay más secreto que ése. La ola no la mueve Rajoy: es una parte importante de la ciudadanía quien la empuja; el PP sólo surfea. Y si la ola no se deshace, también la derecha política tendrá que dar cuentas de sus responsabilidades –de sus complicidades.

 

Hace unos meses apelábamos a la resistencia. Ya está aquí: es eso que estamos viendo en la calle. Pero el baile no ha hecho más que empezar.

 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 23 de marzo de 2007

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