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Homilía de monseñor José Ignacio Munilla en la Marcha por la Paz en Euskadi, en Azánzazu

Homilía de monseñor José Ignacio Munilla en la Marcha por la Paz en Euskadi, en Azánzazu

Muy queridos hermanos, que compartimos la gracia de ser hijos de Dios. Pido para todos nosotros y para quienes traemos en nuestro corazón, la bendición de nuestra madre la Virgen de Aránzazu.

Como hemos recordado al inicio de la subida, nuestra Diócesis ha hecho un largo recorrido en pos de la paz. Algún día sabremos –¡cuando estemos en Dios!- la influencia que la oración ha tenido en el final del terrorismo. No en vano decimos que “la fe mueve montañas”. Hoy hemos subido a Aránzazu para dar gracias a María por los pasos dados en el camino de la paz, pero también queremos perseverar en nuestra oración de súplica: Le pedimos a nuestra Madre que se complete el proceso del fin de la violencia iniciado, con la entrega de las armas por parte de ETA y con su disolución. Le pedimos el milagro de la sanación de tantas heridas abiertas por la violencia. Le pedimos el don de la reconciliación en nuestro pueblo, al mismo tiempo que nos comprometemos con esta tarea.

Se han abierto unas expectativas que miramos con esperanza, al mismo tiempo que nos preguntamos cuáles deberían ser nuestras aportaciones en este nuevo camino… Desde el sentir de la Iglesia Católica, entendemos que existen cuestiones que deben ser discernidas desde las instancias políticas, ante las que la Iglesia no toma partido. En efecto, la Iglesia sigue el debate político sobre la pacificación desde una distancia prudencial, consciente de que no está llamada a entrometerse en el terreno de la legítima pluralidad política. Pero igualmente, somos también conscientes de que el reto de la pacificación tiene múltiples dimensiones que conciernen de lleno al mensaje evangélico que Cristo nos ha encomendado. Respecto a esto último, la Iglesia está llamada a predicar el mensaje de Cristo a tiempo y a destiempo, ya resulte políticamente correcto o incorrecto.

Conviene que profundicemos en un aspecto muy concreto del debate social sobre la pacificación, que toca muy de cerca al mensaje cristiano, y por lo tanto a la Iglesia. Me refiero a la siguiente cuestión: ¿Hay que ser cristiano para arrepentirse y pedir perdón? No cabe duda de que en el Evangelio  Jesucristo llama a la conversión y al perdón. Pero, ¿se trata de un mensaje únicamente para los creyentes?

Ciertamente, pensamos que el arrepentimiento y la petición de perdón son valores inherentes a la dignidad humana, y por lo tanto, necesarios para todos los hombres y mujeres, que procuran en su conciencia el discernimiento entre el bien y el mal. Pero el hecho de que tal obviedad sea cuestionada en nuestros días -a veces incluso por personajes destacados de la vida social- manifiesta claramente que la cultura secularizada tiene serias dificultades a la hora de mantener los valores éticos, cuando da la espalda a su fundamento religioso. Con esto no queremos negar la existencia de una autonomía del orden ético en un estado aconfesional. Muy al contrario, pensamos que el reconocimiento de un orden ético natural, es fundamental para la ordenación de una convivencia regida por el principio del bien común. Pero, paradójicamente, hoy constatamos cómo la misma ley natural está siendo rechazada y negada de forma explícita, precisamente en nombre de un laicismo mal fundamentado.

Como decía Chesterton: “Cuando quitamos lo sobrenatural, no encontramos lo natural, sino lo antinatural”. O dicho de otro modo, cuando se niega o se excluye a Dios, ¡no queda ni el hombre! En palabras del célebre teólogo conciliar Henri de Lubac: “Un humanismo que expulsa a Dios, degenera en un humanismo inhumano”. Se trata de una experiencia que concuerda con una de las afirmaciones principales de la Constitución ‘Gaudium et Spes’ del Concilio Vaticano II y con la primera encíclica (‘Redemptor Hominis’) del beato Juan Pablo II: “Jesucristo es quien revela al hombre su propia vocación y dignidad”. Obviamente, se trata de una convicción que ya estaba presente con otras formulaciones en la tradición de la Iglesia. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino afirma en su Summa Theologica que “sin la gracia de Jesucristo el ser humano no es capaz de cumplir la integridad de la ley moral a lo largo de toda su vida”.

Por ello, llegamos a la conclusión de que la mayor contribución que la Iglesia puede hacer al debate ético de nuestros días es, precisamente, seguir predicando el mensaje de Jesucristo en su integridad. Será nuestra gran aportación a la pacificación y a la reconciliación, ya que de esta forma ofrecemos a la sociedad el Evangelio como “levadura” dentro de la “masa” de la ética social, que posibilita la pervivencia de los valores naturales inherentes a la dignidad humana.

Por todo ello, desde este Santuario hacemos un llamamiento para que el fin del terrorismo vaya acompañado de actitudes de humildad y de arrepentimiento. De lo contrario -no nos cansaremos de decirlo- existiría el riesgo de que el fin de la violencia fuera un mero cálculo de conveniencia, y entonces el odio perviviría en nuestra sociedad más allá de este fin de la violencia.

El “reconocimiento del daño causado”, no deja de ser una mera constatación de un hecho histórico. Es necesario dar un paso más, sin miedo a entrar en la valoración ética del daño causado. Hay algo mucho más determinante que el cese de las armas: ¡el cambio de los corazones! Algunos pensarán que este planteamiento es maximalista y, por ello, utópico. Pero nosotros creemos que es el único camino posible, y que, además es factible. Los cristianos estaremos junto a quienes quieran emprender este camino interior, de consecuencias tan positivas para toda la sociedad. Como pastor de la Iglesia, estoy a disposición de cada hombre y mujer que quiera buscar la verdad que sana y que reconcilia. ¡Porque quienes creemos en Dios, creemos también en el hombre!     

http://revistaecclesia.com/content/view/33913/1/

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