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Foro El Salvador

Iglesia católica

En román paladino

Hay quien necesita una sola palabra, bien colocada, para dejarse entender. Es lo que suele suceder con el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián. Preguntado sobre el alto el fuego de ETA, Sebastián ha pedido que se anteponga el adjetivo “peculiar” y se pongan comillas al “proceso de paz, mal llamado así”.

 

Porque aquí “no hay guerra entre dos bandos, sino el Estado y una organización terrorista que mata por la espalda”. Una vez más, el arzobispo de Pamplona demuestra que no hace falta mucha retórica para decir las cosas con claridad, esa misma claridad que se echa en falta estos días en los discursos del Gobierno y de sus socios, abonados al optimismo por decreto.

 

Es verdad que Sebastián no ha dicho nada radicalmente nuevo, pero lo dice con un peso moral y una contundencia que nos hace escuchar sus reflexiones con una música de inusitada frescura. Un ejemplo más: “deseamos que ETA y el terrorismo desaparezcan del mapa español, y a partir de ahí todo será más razonable”. De nuevo la elección de la imagen muestra todo su valor, porque no es lo mismo confiar en la buena voluntad de los mentores de ETA (escúchese al cura Reid) que desear que ETA desaparezca del mapa.

 

Claro que esto quizás suene a sutileza hispánica a los oídos de un irlandés. En todo caso, lo que no está nada claro es que ETA quede fuera de juego en el consabido proceso. Por el contrario, parece que cuando sale por una puerta entra con renovados bríos por la ventana, y lo que no consiguió con su violencia cruel puede conseguirlo ahora sin desenfundar las pistolas, mediante el chantaje político. Pero dicho queda: para que las cosas fuesen razonables, primero tendrían que desaparecer del mapa como organización terrorista.

 

Una última reflexión de Monseñor Sebastián nos revela de nuevo el porqué de su largo liderazgo episcopal. Me refiero a sus reflexiones sobre la aportación fundamental de la Iglesia en la desaparición del terrorismo: la educación moral de la juventud, inculcar el no matarás en las conciencias y curar las heridas provocadas por el terrorismo. Ésa es, ha dicho, la tarea de la Iglesia todos los días del año, y si alguna vez la sociedad española se libera de esta lacra será fundamentalmente por su claridad de conciencia moral.

 

Cierto que caben otras aportaciones técnicas de la Iglesia, si acaso alguien las pidiera, pero serían siempre subsidiarias de la tarea fundamental. Y en todo caso, como afirma con cierta retranca el arzobispo navarro, “no creo que los obispos seamos llamados a ello”.

José Luis Restán

 

Páginas Digital, 27/04/06

 

No está enviado por la Iglesia el sacerdote irlandés «negociador» en el terrorismo de ETA

TOLEDO/MADRID, lunes, 24 abril 2006 (ZENIT.org).- El vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Antonio Cañizares, ha confirmado que el sacerdote irlandés Alec Reid, que «aparece como negociador en el tema de ETA, no está enviado por la Conferencia Episcopal Española, ni por la Conferencia Episcopal Irlandesa ni por la Santa Sede».

Recogió estas declaraciones del arzobispo de Toledo la emisora COPE el jueves pasado, durante la rueda de prensa de presentación del I Congreso diocesano de Educación.

El purpurado añadió que cuanto haga el citado presbítero irlandés, quien medió en el conflicto de Irlanda del Norte, «es cosa muy particular suya».

«No se puede decir que la Iglesia como tal, a través de este sacerdote redentorista, que me merece todos los respetos, está siendo portavoz de la Iglesia», recalcó.

Igualmente hizo hincapié el purpurado español en que lo que es necesario es «que ETA se disuelva ya, y que el terrorismo no es negociador», sino «asesino y extorsionador».

Desde su formación en los años sesenta, el grupo terrorista y separatista ETA ha asesinado a más de ochocientas personas y ha herido a miles en España. El mes pasado publicó un comunicado en el que anunciaba lo que denomina un «alto el fuego permanente».

Este lunes, monseñor Fernando Sebastián (arzobispo de Pamplona) se refirió al «mal llamado» --según sus propias palabras-- proceso de paz iniciado por el gobierno español tras el comunicado de la banda terrorista ETA en el que anunciaba el «alto el fuego permanente».

Como recoge Veritas, el prelado puntualizó que no se puede hablar de proceso de paz propiamente dicho porque «no hay guerra entre dos bandos, sino una organización terrorista que mata por la espalda»; por este motivo prefirió hablar de «final del terrorismo».

Aunque monseñor Fernando Sebastián valoró el «alto el fuego» de ETA como un «alivio para todos», añadió que detrás de este anuncio hay muchos interrogantes porque «no sabemos cuánto va a durar y qué va a haber después».


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Ricardo Blázquez asegura que la sociedad vasca desa la paz pero que no debe olvidarse a las víctimas

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, resaltó que el alto el fuego anunciado por ETA ha originado "esperanza y alivio" y opinó que la sociedad vasca "desea profundamente la pacificación". Así, instó a las autoridades a trabajar para lograr la desaparición de ETA y del terrorismo y defendió hacerlo sin olvidarse de las víctimas.

En una entrevista emitida hoy por la TVG, que fue recogida por Europa Press, monseñor Blázquez aludió a que el anuncio del alto el fuego hay que verlo con "precaución y con cautela por experiencias anteriores que resultaron fallidas", pero opinó que la "esperanza" que ha suscitado "se va afianzando".

En el proceso de pacificación del País Vasco, expresó la "disponibilidad" de la Iglesia a colaborar en la medida que pueda, "primero rezando" para que "el Señor nos de la Paz", pero también "hablando", para que la reflexión "vaya por los mejores cauces" con el objetivo "de que la paloma de la paz levante el vuelo y lleve a esa tierra y a otras la rama de olivo".

Sin entrar en si debe haber un diálogo con ETA, el presidente de la Conferencia Episcopal manifestó que quienes tienen "la responsabilidad" de afrontar este proceso, "las autoridades y los líderes de los partidos políticos", deben ver "la forma de llevarlo adelante".

QUE DESAPAREZCA "DEFINITIVAMENTE" ETA

En relación con este asunto, Ricardo Blázquez quiso recordar que las víctimas son "un testimonio doloroso" de una violencia "muy injusta" y que su presencia y "el recuerdo de los muertos" tiene que "hacer pensar el desafío tan grande que existe para conseguir la paz".

"Creo que la sociedad vasca desea profundamente la paz, y yo confío, estoy seguro, de que contribuirá a que la paz se vaya afianzando poco a poco", aseveró. "Lo importante es que ETA, definitivamente, desaparezca y desaparezcan sus acciones que han costado tanto dolor a tantas familias y a la sociedad entera", afirmó.

El presidente de la Conferencia Episcopal Española opinó que existe "una deuda histórica" con las víctimas del terrorismo, ya que "hasta muy tarde no han sido atendidos por ninguna institución", y consideró que la propia sociedad debe "reflexionar" sobre ello.

NOMBRAMIENTO DE VÁZQUEZ, "UNA MANO TENDIDA"

Por otra parte, monseñor Blázquez reconoció que las relaciones entre Gobierno e Iglesia son "correctas", pero puntualizó que eso "no quiere decir que no haya cuestiones en las que no estemos de acuerdo". Constató que el ejecutivo que preside José Luis Rodríguez Zapatero, en varias ocasiones en las últimas semanas y en los últimos meses, ha mostrado su "deseo" de que transcurra de una forma "más fluida" y la Iglesia "siempre hemos manifestado esta disponibilidad".

Apuntó que el nombramiento del ex alcalde de A Coruña, Francisco Vázquez, como embajador español ante la Santa Sede ha sido percibido por la Iglesia "como una mano tendida y un puente para este viaje", en alusión a la mejora de las relaciones. También reconoció que hubo "otros gestos".

De todas formas, declaró que la decisión del gobierno de Zapatero de autorizar los matrimonios entre homosexuales "nos ha entristecido a todos" y calificó esta medida como "un paso excesivamente radical". El presidente de la Conferencia Episcopal Española reivindicó que el matrimonio a lo largo de la historia es "la unión de un varón y una mujer para la mutua complementación y la transmisión de la vida", por ello declaró que "intentar definirlo de otra manera es excesivo".

Religión Digital, 20 de abril de 2006 

El cardenal Cañizares desautoriza al sacerdote irlandés Alec Reid como mediador de la Iglesia en el alto el fuego de ETA

El vicepresidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, afirma que el sacerdote irlandés Alec Reid, que "aparece como negociador en el tema de ETA, no está enviado por la Conferencia Episcopal Española, ni por la Conferencia Episcopal Irlandesa ni por la Santa Sede". Cañizares quiere dejar claro que "lo que haga" este sacerdote irlandés "es cosa muy particular suya".

 

En rueda de prensa, monseñor Antonio Cañizares, también vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, se refería así a las afirmaciones realizadas recientemente por Alec Reid sobre el proceso iniciado en España a raíz de la declaración “del alto el fuego permanente” por parte de ETA.

 

 Así, adujo que el sacerdote no ha sido enviado ni por la Conferencia Episcopal Española, ni por la irlandesa ni por la Santa Sede, y que, por tanto "todo lo que haga y diga, será una causa particular suya" que desvinculó de la Iglesia Católica, al alegar que Reid "no es portavoz" de la Institución en ese sentido. De hecho, preguntado por la autoridad que representa, insistió en que "únicamente la suya". Cañizares aprovechó igualmente para reiterar la necesidad de que ETA "se disuelva" y desaparezca, bajo la premisa de que "el terrorismo no es negociador, sino asesino y extorsionador".

 

 

 

También, el cardenal y arzobispo de Toledo y Primado de España, ha expresado su gran preocupación por la unidad de España, un bien moral que es "necesario preservar" y que está en "grave riesgo". Monseñor Antonio Cañizares, en rueda de prensa, ha precisado que al decir España y su unidad me refiero fundamentalmente a una historia común compartida, a una cultura, a unas raíces y a una forma de entender la vida y de situarse ante ella, y todo eso es irrenunciable y todo eso se está poniendo en muy grave riesgo".

 

Religión Digital, 20 de abril de 2006

Instrucción Pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias.

Madrid, noviembre de 2002

Índice

Introducción
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)

I. El terrorismo, forma específica de violencia armada

II. El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico

III. Juicio moral sobre el terrorismo
a) El terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable
b) El terrorismo es una estructura de pecado
c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos

IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como “terrorismo”

V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA

Conclusión
La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)

Introducción

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)

1. Proclamar el Evangelio a todos los pueblos, sin distinción de lengua, raza o nación (cf. Ap 5, 9), y llevar a todos los hombres y mujeres al encuentro con Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6), es la misión de la Iglesia en el mundo. Los cristianos, que saben que en Cristo está la vida y que la vida es la luz de los hombres (cf. Jn 1, 4), sienten como propios los gozos y los sufrimientos de toda persona humana. «Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» [1] . Por eso, cuando la dignidad de la persona queda ultrajada porque se atenta contra su vida, contra su libertad o contra su capacidad para conocer la verdad, los cristianos no pueden callar. Los obispos, como sucesores de los apóstoles, tenemos de modo singular la responsabilidad de ofrecer a todos los hombres, creyentes o no, la luz del Evangelio, anunciando que para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1). Liberados por Él del pecado, que divide a los hombres, todos podemos encontrarnos en una convivencia verdadera: Jesucristo es nuestra paz (Ef 2, 14). Desde Él discernimos y enjuiciamos los caminos de la auténtica paz a la vez que la violencia e injusticia que la hacen imposible.

2. En España, el terrorismo de ETA se ha convertido desde hace años en la más grave amenaza contra la paz porque atenta cruelmente contra la vida humana, coarta la libertad de las personas y ciega el conocimiento de la verdad, de los hechos y de nuestra historia. Sobre tan doloroso tema, esta Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, en comunión con el Santo Padre, Juan Pablo II [2] , y en continuidad con las anteriores intervenciones de la propia Conferencia y de diversos miembros del episcopado español [3] , ofrece la presente Instrucción Pastoral a los católicos y a todos los que deseen prestarle atención. Damos así cumplimiento a una de las acciones previstas en el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española para el cuatrienio 2002-2005 [4] y animamos a todos a trabajar sinceramente, según las posibilidades de cada cual, para eliminar la lacra social del terrorismo y consolidar la convivencia en la libertad y el respeto de los derechos humanos [5] .

3. El profeta Isaías advierte del peligro del oscurecimiento de la conciencia en su capacidad de discernir el bien: ¡Ay de los que al mal llaman bien, y al bien llaman mal; que de la luz hacen tinieblas, y de las tinieblas luz! (Is 5, 20). El mismo Jesucristo avisa: si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad! (Mt 6, 23).

Ante un dilema moral, adoptar intencionadamente una actitud ambigua cierra el camino a la determinación de la bondad o de la maldad de una realidad o de una conducta. La Iglesia considera una de sus obligaciones básicas iluminar las conciencias, como maestra y testigo del Evangelio, para que puedan alcanzar con seguridad y sin error la verdad moral capaz de guiar la vida [6] .

Al proceder ahora al análisis moral del terrorismo, en particular del de ETA, deseamos prestar este servicio a la Iglesia primero y a la vez a la sociedad. A pesar de las reiteradas condenas que la inmensa mayoría de personas y grupos sociales hacen de la violencia terrorista, a veces se observan ambigüedades que ocultan el enjuiciamiento moral coherente de la asociación terrorista.

4. Presentamos una valoración moral del terrorismo de ETA que va más allá de la condena de los actos terroristas, tratando de descubrir sus causas profundas. Nos lo exige nuestro ministerio pastoral, una de cuyas principales tareas es ayudar a la formación de la conciencia de los cristianos y de todas las personas que buscan en la Iglesia una luz para la vida. Lo esperan con razón quienes se sienten angustiados e indefensos ante el problema más grave de nuestra sociedad.

Analizamos el terrorismo de ETA a la luz de la Revelación y de la Doctrina de la Iglesia, y lo calificamos como una realidad intrínsecamente perversa, nunca justificable, y como un hecho que, por la forma ya consolidada en que se presenta a sí mismo, resulta una estructura de pecado. Emitimos un juicio moral sobre el nacionalismo totalitario que se halla en el trasfondo del terrorismo de ETA, porque no se puede entender el uno sin el otro.

I. El terrorismo, forma específica de violencia armada

5. Entendemos por terrorismo el propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante el uso sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria. Al hablar de terror nos referimos a la violencia criminal indiscriminada que procura un efecto mucho mayor que el mal directamente causado, mediante una amenaza dirigida a toda la sociedad. Las acciones terroristas no se refieren sólo a un acto o a algunas acciones aisladas, sino a toda una compleja estrategia puesta al servicio de un fin ideológico. Juan Pablo II ha señalado que:

“No se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo, entendido como propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de terror y de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce como motivación de esta acción inhumana cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los actos del terrorismo nunca son justificables“ [7] .

Esta aproximación nos permite captar que la maldad del terrorismo es más profunda que la de sus actos criminales, ya de por sí horrendos. Existe una intención inscrita en esos actos que busca un efecto mayor con el fin de aterrorizar a una sociedad y hoy, incluso, al mundo entero. El terrorismo busca una “utilidad” más allá de sus crímenes; intenta que un grupo muy reducido de personas mantenga en tensión a toda la sociedad, obteniendo una amplia repercusión política, potenciada por la publicidad que obtienen sus nefandas acciones. Los terroristas cuentan con que su actividad criminal es “rentable” en términos políticos y, por eso, la justifican como “necesaria” en virtud de sus propios objetivos. No pueden ocultar la naturaleza lamentable de sus acciones, pero tratan de darles un “sentido” político que las haría, en su opinión, legítimas.

El recurso al terror, junto con el intento de su justificación política ante la sociedad a la que se aterroriza es lo que da un carácter específico a la violencia terrorista que la distingue de otros tipos de violencia.

6. La naturaleza del terrorismo es, por tanto, diversa de la guerra o de la guerrilla. Esta diferencia ha sido reconocida por diversos organismos internacionales que entienden que incluso en la guerra deben ser perseguidos los actos terroristas [8] . Si las acciones de guerra, nunca deseables, pueden ser reconocidas en algún caso como respuesta legítima, cuando sea proporcionada frente a la agresión injusta, el terrorismo nunca podrá ser considerado como una forma de legítima defensa, precisamente porque no es una respuesta proporcionada, sino el ejercicio indiscriminado de la violencia contra toda clase de personas. Es, por principio, una amenaza para todos, pues todos son, de hecho, considerados como “culpables”, y podrían ser sacrificados en aras de objetivos políticos “superiores”. De ahí que no se pueda aceptar de ningún modo la equiparación del terrorismo a la acción de guerra. Tal equiparación no corresponde a la realidad y no es justa.

7. El terrorismo es, también, diverso de la simple delincuencia organizada. Las organizaciones terroristas suelen mantener contactos con diversas agrupaciones delictivas. Pero, mientras otros grupos de delincuentes sólo tienen como fin el propio lucro, el terrorismo tiene fundamentalmente una finalidad política que presenta como justificativa de sus acciones, a las que trata de dar la mayor publicidad posible, a diferencia de lo que hace la delincuencia ordinaria.

8. Dentro de la ideología marxista-revolucionaria, a la que se adscriben muchos terrorismos, entre ellos el de ETA, es normal querer justificar sus acciones violentas como la respuesta necesaria a una supuesta violencia estructural anterior a la suya, ejercida por el Estado. A su juicio, la violencia de Estado sería la violencia originaria, verdadera culpable de la situación conflictiva, en la medida en que es anterior a todas las demás y puede ser ejercida con más medios. Hay que denunciar sin ambages esta concepción inicua, contraria a la moral cristiana, que pretende equiparar la violencia terrorista con el ejercicio legítimo del poder coactivo que la autoridad ejerce en el desempeño de sus funciones. A la vez se debe manifestar también la inmoralidad de un posible uso de la fuerza por parte del Estado, al margen de la ley moral y sin las garantías legales exigidas por los derechos de las personas.

II. El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico

9. Una vez definido el fenómeno del terrorismo, podemos constatar en qué consiste su maldad específica y última, a saber: en atentar contra la vida, la seguridad y la libertad de las personas, de forma alevosa e indiscriminada, con el fin de llegar a imponer su proyecto político, presentando sus actos criminales - el terror - como justificables por su interpretación ideológica de la realidad. El terrorismo no niega que sus actividades sean violentas y que están cargadas de consecuencias lamentables, pero las justifica como necesarias en virtud de la supuesta grandeza del fin perseguido. Es una explicación ideológica de la violencia criminal en el peor sentido de la palabra “ideológica”, es decir, encubridora de algo injustificable [9] .

El terrorismo persigue la extensión del terror para producir una situación de debilidad del orden político legítimo, que le permita imponer sus criterios por la fuerza, a costa del atropello de los derechos humanos más elementales, como son el derecho a la vida y a la libertad. Este fin no puede ser compartido jamás.

10. Por todo ello, es muy importante calificar con precisión a una organización como terrorista. A causa de la relevancia de la ideología presente en toda asociación terrorista, estas agrupaciones se encaminan a hacer plausible una argumentación ideológica mediante la deformación del lenguaje, usando un discurso que, al ser difundido sistemáticamente, dificulta en gran medida el análisis sereno de la realidad del terrorismo y el reconocimiento del objeto moral en cuestión. Es necesario “dar a cada cosa su propio nombre” [10] y hablar con claridad y precisión del terrorismo, como de un problema específico irreductible. Hay que tener una idea clara de lo que el terrorismo es para poder hacerse un juicio adecuado sobre la moralidad del mismo.

III. Juicio moral sobre el terrorismo

11. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9). Con esta frase Caín se niega a aceptar la responsabilidad de la suerte de Abel y esconde la tragedia de un asesinato que quiere ocultar. Si Adán buscó esconderse de Dios después de haber pecado, Caín busca escapar de la responsabilidad ante su crimen. Un elemento fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el juicio moral de sus acciones justificándolas ideológicamente. Esto se hace, en particular, mediante el método que se denomina de la transferencia de la culpa, que consiste en culpabilizar a quienes se oponen al terrorismo de ser los causantes de la violencia que los terroristas mismos ejercen.

La Doctrina de la Iglesia nos da luz en este punto y nos permite calificar netamente al terrorismo como una realidad perversa en sí misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males sociales, reales o supuestos. Es más, hace posible que apreciemos hasta qué punto el terrorismo es una estructura de pecado generadora ella misma de nuevos y graves males [11] .

a) El terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable

12. El Magisterio de la Iglesia es unánime al declarar que el terrorismo, tal como lo hemos definido anteriormente, es intrínsecamente malo, y que, por tanto, no puede ser nunca justificado por ninguna circunstancia ni por ningún resultado [12] . En este sentido, volvemos a repetir la condena que hicimos en 1986, en la Instrucción Pastoral Constructores de la paz:

“El terrorismo es intrínsecamente perverso, porque dispone arbitrariamente de la vida de las personas, atropella los derechos de la población y tiende a imponer violentamente el amedrentamiento, el sometimiento del adversario y, en definitiva, la privación de la libertad social” [13] .

El terrorismo merece la misma calificación moral absolutamente negativa que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente, prohibida por la ley natural y por el quinto mandamiento del Decálogo: no matarás (Ex 20, 13). Los católicos saben que no pueden negar, o pasar por alto, este juicio sin contradecir su conciencia cristiana y, en consecuencia, sin ir contra la lógica de la comunión de la Iglesia [14] .

Denunciar la inmoralidad del terrorismo forma parte de la misión de la Iglesia como un modo de defender la dignidad de la persona en un asunto de la máxima repercusión social. No se puede aceptar en el caso del terrorismo la posibilidad reconocida por la Doctrina social de la Iglesia de la legitimidad de una revolución violenta cuando se la considera el único medio de defensa ante una injusta opresión sistemática y prolongada [15] .

13. La calificación moral del terrorismo, absolutamente negativa, se extiende, en la debida proporción, a las acciones u omisiones de todos aquellos que, sin intervenir directamente en la comisión de atentados los hacen posibles, como quienes forman parte de los comandos informativos o de su organización, encubren a los terroristas o colaboran con ellos; quienes justifican teóricamente sus acciones o verbalmente las aprueban. Debe quedar muy claro que todas estas acciones son objetivamente un pecado gravísimo que clama al cielo (Gn 4, 10) [16] .

El llamado “terrorismo de baja intensidad” o “kale borroka” merece igualmente este juicio moral negativo. En primer lugar, porque sus agentes actúan movidos por las mismas intenciones totalitarias del terrorismo propiamente dicho. En segundo lugar, porque las actuaciones de este terrorismo de baja intensidad están frecuentemente coordinadas con las del terrorismo de ETA, ya que en la lucha callejera se preparan sus futuros agentes, como demuestra la experiencia, y con ella se destruye abusivamente el patrimonio común, se perturba la paz de los ciudadanos y se amenaza su seguridad y libertad. Ninguna consideración puede justificar esta forma de violencia, mantenida artificialmente, con el fin de sostener la influencia del terrorismo y extender socialmente sus ideas.

14. La presencia de razones políticas en las raíces y en la argumentación del terrorismo no puede hacer olvidar a nadie la dimensión moral del problema. Es ésta la que debe guiar e iluminar a la razón política al afrontar el problema del terrorismo. El olvido de la dimensión moral es causa de un grave desorden que tiene consecuencias devastadoras para la vida social. Siempre existirán pretendidas o reales razones políticas que resulten capaces de seducir el juicio de algunos presentando como comprensible e incluso plausible el recurso al terrorismo. Pero lo que es necesario aclarar es que nunca puede existir razón moral alguna para el terrorismo. Quien, rechazando la actuación terrorista, quisiera servirse del fenómeno del terrorismo para sus intereses políticos cometería una gravísima inmoralidad. Esto supondría aceptar una vez más el principio inmoral: “El fin justifica cualquier medio” [17] (cf. Rm 3, 8).

15. Tampoco es admisible el silencio sistemático ante el terrorismo. Esto obliga a todos a expresar responsablemente el rechazo y la condena del terrorismo y de cualquier forma de colaboración con quienes lo ejercitan o lo justifican, particularmente a quienes tienen alguna representación pública o ejercen alguna responsabilidad en la sociedad. No se puede ser “neutral” ante el terrorismo. Querer serlo resulta un modo de aceptación del mismo y un escándalo público. La necesidad moral de las condenas no se mide por su efectividad a corto ni largo plazo, sino por la obligación moral de conservar la propia dignidad personal y la de una sociedad agredida y humillada.

b) El terrorismo es una estructura de pecado

16. Al emitir el juicio de moralidad sobre el terrorismo, es necesario precisar – como hemos hecho - que se trata de un acto intrínsecamente perverso. Pero con esta afirmación no está aún suficientemente explicitada la maldad moral del terrorismo.

La multiplicación y continuidad de acciones criminales, el intento de justificarlas mediante la propaganda política y la transferencia de la culpa, que pretende presentar tales acciones como respuesta a una violencia originaria, dan lugar a una estructura de violencia moralmente perversa. Esta conjunción entre el terror y la ideología va más allá de las acciones criminales concretas que los terroristas perpetran. Además, persigue y, desgraciadamente, consigue con frecuencia, una perversión sistemática de las conciencias. Por tanto, al hablar del terrorismo debemos entenderlo como una estructura de pecado. “Las estructuras de pecado son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado social” [18] . Siguiendo la doctrina de Juan Pablo II, una estructura de pecado es el resultado de una efectiva intención de alcance social que se dirige no sólo a la comisión de actos intrinsecamente malos, sino que busca la deformación generalizada de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable. O, en palabras del propio Papa, estructura de pecado es:

“la suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, y parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar”[19].

17. Más en concreto, se pueden aplicar al terrorismo las siguientes afirmaciones de Juan Pablo II, referidas a la “cultura de la muerte”, reiteradamente denunciada por él. La maldad del terrorismo no se circunscribe sólo a los actos que realiza,

“también se cuestiona, en cierto sentido, la “conciencia moral” de la sociedad. Ésta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la “cultura de la muerte”, llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas “estructuras de pecado” contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida” [20] .

La presencia del terrorismo difunde en torno suyo una verdadera “cultura de la muerte” en la medida en que desprecia la vida humana, rompe el respeto sagrado a la vida de las personas, cuenta con la muerte injusta y violenta de personas inocentes como un medio provechoso para conseguir unos fines determinados e impulsar de este modo un falso desarrollo de la sociedad. La vida humana queda así degradada a un mero objeto, cuyo valor se calcula en relación con otros bienes supuestamente superiores [21] .

En definitiva, el terrorismo es un rostro cruel de la “cultura de la muerte” que desprecia la vida humana por pretender el poder “a cualquier precio” [22] , y que coloniza las conciencias instalándose en ellas como si se tratara de un modo normal y humano de ver las cosas.

c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos

18. El terrorismo busca dos efectos directos y negativos en la sociedad: el miedo y el odio. El miedo debilita a las personas. Obliga a muchos a abdicar de sus responsabilidades, al convertirse en objeto de posibles acciones violentas. No nos referimos sólo a los asesinatos, sino también a las amenazas, insultos y actos violentos que hacen imposible en la vida cotidiana la convivencia en paz y libertad, hasta el extremo de comprometer la propia legitimidad de los procedimientos democráticos. No pocos son víctimas de una espiral de terror o de extorsión económica, soportadas dolorosamente. Ceder al chantaje de la violencia, por temor, lleva a la sociedad (individuos, grupos, instituciones, partidos políticos) a no enfrentarse con suficiente claridad al terrorismo y a su entorno, de forma que los terroristas monopolizan, con frecuencia, el dinamismo de la vida social y el significado político de algunos acontecimientos. Además, se llega a aceptar como inevitables violencias menores que extienden el clima de crispación y confrontación.

19. El miedo favorece el silencio. En una sociedad en la que la violencia y su presencia cercana acumulan la tensión, determinados asuntos no pueden abordarse en público por miedo a graves consecuencias. Esto se nota sobre todo en el uso tergiversado del lenguaje. El peor de los silencios es el que se guarda ante la mentira [23] , pues tiene un enorme poder de disolver la estructura social. Un cristiano no puede callar ante manipulaciones manifiestas. La cesión permanente ante la mentira comporta la deformación progresiva de las conciencias.

20. Junto con el miedo, el terrorismo busca intencionadamente provocar y hacer crecer el odio para alimentar una espiral de violencia que facilite sus propósitos [24] . En primer lugar, atiza el odio en su propio entorno, presentando a los oponentes como enemigos peligrosos. Fomenta con insistencia el recuerdo de los agravios sufridos y exagera las posibles injusticias padecidas. Ya se sabe que presentar un enemigo a quien odiar es un medio eficaz para unir fuerzas, por un sentido grupal de defensa en común.

En este contexto, la legítima represión de los actos de terrorismo por parte del Estado es interpretada como una opresión insufrible de un poder violento o de una potencia extranjera. Por el contrario, la verdad que debemos recordar es que la autoridad legítima debe emplear todos los medios justos y adecuados para la defensa de la convivencia pacífica frente al terrorismo.

21. Más allá de su propio entorno, los terroristas tratan también de provocar el odio de quienes consideran sus enemigos, con el fin de desencadenar en ellos una reacción inmoderada que les sirva de autojustificación y les permita continuar con su estrategia de extensión del terror y de transferencia de la culpa.

La espiral del odio y del terror se manifiesta, en particular, en sensibilidades exacerbadas a las que les es difícil hacer un análisis de la realidad. Genera así un clima de crispación en el que cualquier detalle hace surgir una respuesta violenta, también la violencia verbal. La implantación del odio y de la tensión en la vida social es, evidentemente, un triunfo notable del terrorismo. Reaccionar con odio indiscriminado frente a los crímenes de ETA, en la medida en que divide a la sociedad en bandos enfrentados e irreconciliables es favorecer los fines de los terroristas, aceptar sus tesis del conflicto irremediable, preparar y facilitar la aceptación y el reconocimiento de las pretensiones rupturistas.

22. Otra consecuencia perniciosa de la espiral del odio y del miedo que el terrorismo genera es la “politización” perversa de la vida social, es decir, la consideración de la vida social únicamente en función de intereses de poder. De este modo la tensión se extiende a los hechos más nimios de la vida cotidiana: todo resulta relevante para la descalificación de aquéllos cuya opción política no coincida con los planteamienteos auspiciados por los terroristas. Esta presión del día a día juega un papel decisivo en la deformación de las conciencias que conduce a relativizar el juicio moral que el terrorismo merece.

Un aspecto especialmente importante en el que se evidencia esta perversa “politización” es el olvido que, con frecuencia, sufren las víctimas del terrorismo y su drama humano. Atender a las personas golpeadas por la violencia es un ejercicio de justicia y caridad social y un camino necesario para la paz. Tampoco los presos por terrorismo dejan de ser objeto de una “politización” ideológica que oscurece su problema humano. La Iglesia reconoce sin ambages la legitimidad de las penas justas que se les imponen por sus crímenes, a la vez que defiende, con no menos fuerza, el respeto debido a su dignidad personal inamisible.

23. El terrorismo se muestra como una estructura de pecado, y es una cultura, un modo de pensar, de sentir y de actuar, aun en los aspectos más corrientes del vivir diario, incapaz de valorar al hombre como imagen de Dios (cf. Gn 1, 27; 2, 7). Y cuando esa cultura arraiga en un pueblo, todo parece posible, aun lo más abyecto, porque nada será sagrado para la conciencia.

Al pronunciar nuestro juicio moral queremos mostrar que es posible una valoración neta y definitiva del terrorismo, por encima de las circunstancias coyunturales de un momento histórico.

IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como “terrorismo”

24. Una primera aproximación a ETA muestra la complejidad del fenómeno. El grupo denominado ETA es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria, inserta en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo totalitario que persigue la independencia del País Vasco por todos los medios. Si se desea acertar en la valoración moral de ETA, será necesario tener en cuenta esta realidad en su totalidad.

25. ETA manifiesta una hiriente crueldad en toda su actividad. En la memoria de todos están los casos de secuestros y de asesinatos a sangre fría y a plazo marcado, así como agresiones y crímenes contra personas de toda índole y condición. No se trata de “errores de cálculo” ni de casos que se les hayan “ido de las manos”. Tampoco podemos admitir que la diversificación de las víctimas suponga que algunas de ellas fueran “justos objetivos militares”, mientras que otras serían tan sólo efectos colaterales indeseados.

La crueldad de ETA sirve siempre a la estrategia terrorista que hemos descrito y calificado más arriba: la implantación del terror al servicio de una ideología en toda la sociedad y la creación de una espiral de muerte, de odio y de miedo reactivo y adormecedor de las conciencias.

Aplicando a ETA y a otras organizaciones con similares características ideológicas el calificativo moral de “terrorista”, afirmamos que son intrínsecamente perversas en cuanto organización, ya que su modo de juzgar la realidad, la dirección de sus acciones y su estructura interna, están orientados a la provocación y difusión del terror.

V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA 26. La presente Instrucción Pastoral no pretende ofrecer un juicio de valor sobre el nacionalismo en general. Nos ceñimos al juicio moral del nacionalismo totalitario, en la medida en que constituye el transfondo del terrorismo de ETA. No es posible desenmascarar, en efecto, la malicia de ETA sin ofrecer una clarificación moral sobre el transfondo político-cultural del terrorismo etarra y su incidencia en la convivencia entre los pueblos de España.

27. “La nación – dice Juan Pablo II - es la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura” [25] . Ahora bien, las culturas no son nunca de por sí compartimentos estancos, y deben ser capaces de abrirse unas a otras. Están constituidas ya de antemano a base del rico intercambio del diálogo histórico entre ellas. Todas necesitan dejarse impregnar por el Evangelio [26] .

28. Las naciones, en cuanto ámbitos culturales del desarrollo de las personas, están dotadas de una “soberanía” espiritual propia y, por tanto, no se les puede impedir el ejercicio y cultivo de los valores que conforman su identidad [27] . Esta “soberanía” espiritual de las naciones puede expresarse también en la soberanía política, pero ésta no es una implicación necesaria. Cuando determinadas naciones o realidades nacionales se hallan legítimamente vinculadas por lazos históricos, familiares, religiosos, culturales y políticos a otras naciones dentro de un mismo Estado no puede decirse que dichas naciones gocen necesariamente de un derecho a la soberanía política [28] .

29. Las naciones, aisladamente consideradas, no gozan de un derecho absoluto a decidir sobre su propio destino. Esta concepción significaría, en el caso de las personas, un individualismo insolidario. De modo análogo, resulta moralmente inaceptable que las naciones pretendan unilateralmente una configuración política de la propia realidad y, en concreto, la reclamación de la independencia en virtud de su sola voluntad. La “virtud” política de la solidaridad, o, si se quiere, la caridad social, exige a los pueblos la atención al bien común de la comunidad cultural y política de la que forman parte. La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión.

30. En consecuencia, no es moral cualquier modo de propugnar la independencia de cualquier grupo y la creación de un nuevo Estado, y en esto la Iglesia siente la obligación de pronunciarse ante los fieles cristianos y los hombres de buena voluntad [29] . Cuando la voluntad de independencia se convierte en principio absoluto de la acción política y es impuesta a toda costa y por cualquier medio, es equiparable a una idolatría de la propia nación que pervierte gravemente el orden moral y la vida social [30] . Tal forma inmoderada de “culto” a la nación es un riesgo especialmente grave cuando se pierde el sentido cristiano de la vida y se alimenta una concepción nihilista de la sociedad y de su articulación política. Dicha forma de “culto” está en relación directa con el nacionalismo totalitario y se encuentra en el transfondo del terrorismo de ETA.

31. Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos [31] , acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común. Se trata de una opción que, en ocasiones, puede mostrarse especialmente conveniente. El amor a la propia nación o a la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una opción política nacionalista.

La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales.

Los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la convivencia.

32. Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones [32] .

El nacionalismo en que se fundamenta la asociación terrorista ETA no cumple las condiciones requeridas para su legitimidad moral, puesto que necesita absolutizar sus objetivos para justificar sus acciones terroristas; pretende imponer por la fuerza sus propias convicciones políticas atropellando la libertad de los ciudadanos; y llega a eliminar a los que tienen otras legítimas opciones políticas. Por todo ello, el nacionalismo de ETA es un nacionalismo totalitario e idolátrico.

El nacionalismo totalitario de ETA considera un valor absoluto el valor “pueblo independiente, socialista y lingüísticamente euskaldún”, todo ello además interpretado ideológicamente en clave marxista, ideología a la cual ETA somete todos los demás valores humanos, individuales y colectivos, menospreciando la voluntad reiteradamente manifestada por la inmensa mayoría de la población.

33. La organización terrorista ETA enarbola la causa de la libertad y de los derechos del País Vasco, al que presenta como una nación sojuzgada y anexionada a la fuerza por poderes extranjeros de los que sería preciso liberarla. Ésta es la causa que considera como supuestamente justificadora del terror que practica. Sin embargo, el nacionalismo de ETA y de sus colaboradores ignora que todo proyecto político, para merecer un juicio moral positivo, ha de ponerse al servicio de las personas y no a la inversa. Es decir, que la justa ordenación de las naciones y de los Estados nunca puede constreñir ni vulnerar los derechos humanos fundamentales, sino que los tutela y los promueve. De modo que no es moralmente aceptable ninguna concepción para la cual la nación, el Estado o las relaciones entre ambos se pongan por encima del ejercicio integral de los derechos básicos de las personas.

La pretensión de que a toda nación, por el hecho de serlo, le corresponda el derecho de constituirse en Estado, ignorando las múltiples relaciones históricamente establecidas entre los pueblos y sometiendo los derechos de las personas a proyectos nacionales o estatales impuestos de una u otra manera por la fuerza, dan lugar a un nacionalismo totalitario, que es incompatible con la doctrina católica.

34. Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el Magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado [33] . A diferencia de la nación, el Estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia de cada Estado es normalmente el fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares.

35. España es el fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear no sería prudente ni moralmente aceptable.

La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente, los obispos españoles afirmábamos: “La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos” [34] . Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico.

Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder, local o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria.

Conclusión
La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)

36. Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19). Con esta libertad hablaban los primeros cristianos ante los jueces que les imponían silencio. Actuaban como personas realmente liberadas por Cristo del pecado, y por eso no se sentían atemorizados por nadie ni por nada: ni por los poderosos, ni siquiera por la muerte. Hemos querido escribir esta Instrucción con esa misma libertad. Deseamos animar así a todos los cristianos a ejercer la libertad para la que Cristo nos ha liberado (cf . Ga 5, 1).

37. En el mundo tendréis tribulaciones. Pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Las dificultades para acabar con el terrorismo y construir la paz son grandes. Los poderes que se hallan implicados en este grave problema, así como los sentimientos de rencor y confrontación que siguen provocando hacen de la solución del mismo un asunto tan arduo como urgente. Ante los signos persistentes de tensión social y de dificultad de convivencia, la Iglesia propone una verdad moral insoslayable. No será fácilmente comprendida por algunos. Pero sin la verdad no será posible la paz. Además, es necesario que todos nos comprometamos en la construcción de la paz. Construir la paz es tarea de todos y de cada uno [35] . Hacemos un llamamiento especial a los educadores (padres, catequistas, profesores y maestros) para que pongan todo su empeño en la noble tarea de formar a las generaciones más jóvenes, advirtiéndoles de la maldad del terrorismo y animándoles a construir una sociedad donde se vivan los principios morales que garanticen el respeto sagrado a la persona.

38. La primera responsabilidad de la Iglesia es anunciar que sólo en Jesucristo encuentra el hombre la salvación plena. Educar para la paz que nace del encuentro con el Señor y con la Iglesia es una tarea urgente, especialmente entre los más jóvenes. Así como donde anida la semilla de la ideología terrorista se esteriliza la vida cristiana, donde, en cambio, crece y madura la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo prevalece el amor a los demás, el deseo sincero de paz y de reconciliación. La pertenencia a la Iglesia y la educación en la fe no son maduras mientras no se expresen en un discernimiento moral acertado de situaciones tan graves como la del terrorismo. Este discernimiento es una muestra del vigor y coherencia de la fe profesada.

39. Ante el terrorismo de ETA la Iglesia proclama de nuevo la necesidad de la conversión de los corazones como el único camino para la verdadera paz [36] . La valoración moral que hemos propuesto se ha de comprender dentro de esta llamada explícita a la conversión, que es sólo posible una vez reconocida la maldad intrínseca del terrorismo y una vez gestada la voluntad expresa de reparar los perniciosos efectos que causa su actividad.

40. Ante cualquier problema entre personas o grupos humanos, la Iglesia subraya el valor del diálogo respetuoso, leal y libre como la forma más digna y recomendable, para superar las dificultades surgidas en la convivencia. Al hablar del diálogo no nos referimos a ETA, que no puede ser considerada como interlocutor político de un Estado legítimo, ni representa políticamente a nadie, sino al necesario diálogo y colaboración entre las diferentes instituciones sociales y políticas para eliminar la presencia del terrorismo, garantizar firmemente los legítimos derechos de los ciudadanos y perfeccionar, en lo que sea necesario, las formas de organizar la convivencia en libertad y justicia.

41. La Iglesia en España, reconociendo y agradeciendo el esfuerzo de todos los que trabajan por una mejor convivencia, ofrece su contribución a esta tarea llevando a cabo las acciones específicas de su misión pastoral. En cuanto depositaria y administradora de los bienes de la salvación, que ha recibido de su Señor, corresponde a la Iglesia sanar las enfermedades morales que provoca el fenómeno terrorista. En el sacramento de la Eucaristía, de modo especial, los cristianos se encuentran con Cristo, quien los introduce en su comunión, escuela de caridad sin fronteras, de paz inquebrantable y de reconcialición de los hombres entre sí y con Dios. Las comunidades cristianas, encontrando su fuerza en la Eucaristía, deben ofrecerse como centros de comunión de las personas, donde se rechace sin equívocos el terrorismo, y donde se comparta la fe capaz de abrir a quienes la profesan a la fraternidad entre los hombres y entre los pueblos, con una cercanía, ayuda y solidaridad especial con las víctimas del terrorismo.

42. Entre las primera obligaciones de los cristianos y de sus comunidades se encuentra este acompañamiento y atención pastoral de las víctimas del terrorismo. Es una exigencia de justicia y de caridad estar a su lado y atender las necesidades y justas reclamaciones de las personas y de las familias que han sufrido el zarpazo del terrorismo. Sentimos como propia la preocupación de los que viven en un estado constante de amenaza o de presión violenta, conscientes de que ignorar la realidad de las ofensas padecidas es pretender un proceso ilusorio, incapaz de construir una convivencia en paz.

43. La Iglesia, además, guiada por el Espíritu de Jesucristo, se sabe necesitada siempre de la gracia, y acude constantemente a la fuente de la misericordia y del perdón, que es Dios. Al mismo tiempo, invita continuamente a ofrecer y recibir el perdón, consciente de que «no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» [37] . El perdón no se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Por el contrario, el perdón conduce a la plenitud de una justicia que pretende la curación de la heridas abiertas [38] . El perdón que puede alcanzar la paz verdadera es un don de Dios, por eso se ha de pedir en la oración:

«La oración por la paz no es un elemento que “viene después” del compromiso por la paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios» [39] .

No puede haber una pastoral de la paz sin momentos fuertes de oración, personales y comunitarios.

44. La esperanza no defrauda (Rom 5,5). Ésta es la convicción que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en la misericordia de Dios, único capaz de tocar el corazón de los hombres, infundiéndoles sentimientos de paz. «La esperanza que sostiene a la Iglesia es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar, se transforme realmente, con la gracia de Dios en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz» [40] .

Convocamos, una vez más, a los que han recibido el don de la fe a la oración pública y privada por la paz; a la oración por las víctimas del terrorismo y por sus familiares, y por los propios terroristas; a la oración para que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a los gobernantes en sus decisiones y acciones; a la oración por la conversión de los corazones.

“Que se eleve desde el corazón de cada creyente, de manera más intensa, la oración por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas trágicamente y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra continúan agraviando e inquietando. Que no queden fuera de nuestra oración aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y al hombre con estos actos sin piedad: que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal que ocasionan, de modo que se sientan impulsados a abandonar todo propósito de violencia y buscar el perdón. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz que sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la misericordia” [41] .

En este “Año del Rosario”, ponemos nuestra oración, con filial devoción, en las manos de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, invocándola como Reina de la paz, para que Ella nos conceda pródigamente los dones de su materna bondad y nos ayude a ser una sola familia, en la solidaridad y en la paz.


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 1.

[2] Ya Pablo VI (Audiencia General del 27.9.1975) había condenado expresamente el terrorismo en España. Juan Pablo II lo ha hecho repetida y enfáticamente: antes de su Visita pastoral de 1982, dos veces durante aquel viaje – primero en Toledo (4. 11.1982) y luego en Loyola (6.11.1982) - y, entre otros muchos momentos, con ocasión del Encuentro de Oración por la Paz de Vitoria-Gasteiz (13.1.2001).

[3] Recordamos sólo algunas de estas intervenciones: de la Asamblea Plenaria, Ante el momento presente (1974), “La Verdad os hará libres” (Jn 8,32) (1990), Moral y sociedad democrática (1996) y La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (1999). De la Comisión Permanente, Reconciliación, repudio a la violencia e Iglesia sociedad-civil (1975), Nota sobre algunas situaciones que vive el país (1975), Nota ante la actual situación española (1977), La responsabilidad moral del voto (1979), Comunicado por causa de los “atentados terroristas que se repiten casi a diario entre nosotros” (1979), Ante el terrorismo y la crisis del país (1981), Constructores de la Paz (1986) e Impulsar una nueva evangelización (1990). Son importantes también las intervenciones de los Presidentes de la Conferencia Episcopal en sus discursos inaugurales de diversas Asamblea Plenarias, como las siguientes: XXX (1978), XXXII (1979), XXXIV (1981), LIII (1990), LXIII (1995); LXXIV y LXXV (2000), LXXVI y LXXVII (2001), LXXVIII (2002). Se pueden encontrar también otras intervenciones sobre este tema en: J. F. Serrano Oceja (Ed.), La Iglesia frente al terrorismo de ETA, Presentación del Cardenal A. Mª Rouco Varela y Epílogo de Monseñor F. Sebastián Aguilar, B. A. C., Madrid 2001, XXXIV + 823 páginas.

[4] Cf. Conferencia Episcopal Española, Una Iglesia esperanzada. ¡Mar adentro! (Lc 5, 4), Plan Pastoral 2002-2005, 58. 78, Edice, Madrid 2001.

[5] Cf. Nota de Prensa Final de la CLXXXIX Reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (19.6.2002).

[6] Juan Pablo II recuerda en su Carta Encíclica Veritatis splendor que la determinación de la moralidad de los actos por su objeto es uno de los servicios específicos que la Iglesia presta al mundo. No hay otro camino para evitar la gran confusión que lleva consigo la mentalidad utilitarista o consecuencialista, cuando justifica fácilmente como mal menor cualquier efecto que conduzca al fin deseado; cf. Carta Encíclica Veritatis splendor, 83.

[7] Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 24; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297.

[8] Ya el 16 de noviembre de 1937 por la Convención de Ginebra y por la ONU con la Declaración del 18 de diciembre de 1972.

[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 24.

[10] Cf. San Jerónimo, Epístola, 82,3 (Madrid 1993, BAC 530,872).

[11] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297; Juan Pablo II, Mensaje en el aniversario del 11-S, (14.9.2002).

[12] Cf. Juan Pablo II, Mensaje en el aniversario del 11- S, (14.9.2002); cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2297.

[13] Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral Constructores de la paz, 96, BOCEE 9 (1986) 18; cf. Juan Pablo II, Homilía en Drogheda (Irlanda), (29.9.1979).

[14] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica. Evangelium vitae, 57, afirmación que goza de la calificación de doctrina de fe divina y católica; Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal aclaratoria de la fórmula conclusiva de la profesión de fe (29.VI.1998), 5 y 11: cf. Ecclesia 2.902 (18. VII. 1998) 1086-1089.

[15] Cf. Pablo VI, Carta Encíclica Populorum progressio 31; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis conscientiae, 79.

[16] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1867.

[17] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor, 80.

[18] Catecismo de la Iglesia Católica, 1869.

[19] Juan Pablo II, Carta Encíclica, Sollicitudo rei socialis, 36; Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia , 16.

[20] Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 24.

[21] El Papa Juan Pablo II ha recordado cómo del olvido de Dios se sigue el desprecio de la vida humana (Carta Encíclica Evangelium vitae, 22):“... cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el concilio Vaticano II: «La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida» [Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 36]. El hombre no puede ya entenderse como «misteriosamente otro» respecto a las demás criaturas terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a «una cosa», y ya no percibe el carácter trascendente de su «existir como hombre». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad «sagrada» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su «veneración». La vida llega a ser simplemente «una cosa», que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable”.

[22] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 37.

[23] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor, 1.

[24] Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático (12.1.1979): “vencer el virus de la violencia manifestado en formas de terrorismo y represalias invitan a desterrar el odio”.

[25] Juan Pablo II, Discurso en la Sede de la UNESCO (2-VI-1980), 14.

[26] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, 37

[27] Cf. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (5-X-1995), 8: “El derecho a la propia lengua y cultura, mediante las cuales un pueblo expresa y promueve lo que llamaría su originaria “soberanía” espiritual. … Toda nación tiene también consiguientemente derecho a modelar su vida según las propias tradiciones, excluyendo, naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales, y, en particular, la opresión de las minorías. Cada nación tiene el derecho de construir el propio futuro proporcionando a las generaciones más jóvenes una educación adecuada”.

[28] Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático (14-I-1984), 3-4: “En cambio, países soberanos que hace mucho tiempo que son independientes, o que lo son desde hace poco, se ven amenazados alguna vez en su integridad por la contestación interior de una parte que hasta llega a considerar o bien a pedir una secesión. Los casos son complejos y muy diversos y cada uno de ellos pediría un juicio diferente, según una ética que tenga en cuenta a la vez los derechos de las naciones, fundados en la cultura homogénea de los pueblos, y los derechos de los Estados a su integridad y soberanía. Deseamos que más allá de las pasiones –y de todas maneras evitando la violencia-, se llegue a formas políticas bien articuladas y equilibradas que sepan respetar las particularidades culturales, étnicas, religiosas y, en general los derechos de las minorías”. Cf. también Catecismo de la Iglesia Católica, 2239.

[29] Basta recordar en este sentido la intervención de Juan Pablo II y de la Conferencia Episcopal Italiana expresando su estima por la unidad del Estado italiano y criticando las actitudes que disgregan la unidad social; cf. Lettera ai vescovi italiani circa le responsabilità dei cattolici di fronte alle sfide dell´attuale momento storico (6 de enero de 1994). Cf. Comunicato della Presidenza della CEI, 30-VI-1992. Noticiario CEI 5/1992, pp. 183-186; cf. Juan Pablo II, Discurso ante el Parlamento de Italia (14.11.2002).

[30] Pio XI, Carta Encíclica Mit brennender Sorge, 12: “Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a ésta”.

[31] Cf. Juan XXIII, Carta Encíclica Mater et Magistra, 262.

[32] Empezando por Pío XI en el ambiente prebélico: cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi arcano (23.12.1922), 12; Discurso a la Curia Romana (24-XII-1930); A los alumnos de Propaganda fide (21-8.1938).

[33] Cf. Pío XII, Radiomensaje al Pueblo helvético (21.IX.1949): “En nuestra época, en la que el concepto de nacionalidad del Estado, exagerado a menudo hasta la confusión, hasta la identificación de las dos nociones, tiende a imponerse como dogma”; cf. también: Juan Pablo II, Discurso en la Sede de la UNESCO (2-VI-1980), n. 14; e Idem,Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (5-X-1995), 8: “teniendo en cuenta la dificultad de definir el concepto mismo de “nación”, que no se identifica a priori y necesariamente con el de Estado”.

[34] LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (26.11.1999), 7. Comunicado de la XXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (28.2.1981), Amenaza a la normalidad constitucional. Llamada a la esperanza, 2: “Es de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la confianza en las instituciones, todo ello en el respeto de los cauces y principios que el pueblo ha sancionado en la Constitución”.

[35] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1998, 7.

[36] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, 38.

[37] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2002

[38] Cf. Juan Pablo II, Ibid., 3.

[39] Cf. Juan Pablo II, Ibid., 14.

[40] Juan Pablo II, Ibid., 1.

[41] Juan Pablo II, Ibid., 15; cf. también las invitaciones del Papa en los Mensajes anuales con ocasión de la Jornada mundial de la Paz


Los obispos afirman que sólo les vale la disolución y desaparición de la banda.

Los prelados vascos, sin embargo, reciben la noticia con «verdadera esperanza» y alivio.

Madrid- El secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Juan Antonio Martínez Camino, manifestó ayer que es «insuficiente» la tregua anunciada por la banda terrorista y pidió la disolución la banda terrorista. Martínez Camino, que hizo esta valoración tras presentar el Nomeclátor 2006 de la CEE, afirmó que «nos alegramos de que los terroristas hagan pública su voluntad de no matar, extorsionar y de, suponemos, no seguir ejercitando las demás acciones terroristas. ¡Qué menos! Pero nos parece poco», añadió el portavoz de la CEE, que subrayó que «ETA debería anunciar su disolución y su desaparición. Eso es lo que esperan los ciudadanos de bien», según informa Servimedia.

Martínez Camino también dijo que «parece evidente que ETA no puede, de modo alguno, poner precio de ningún tipo al respeto a los derechos fundamentales de las personas, ni al funcionamiento normal de las instituciones democráticas, que son las que tienen la legitimidad y la encomienda de velar por la solidaridad y por el bien común de España». En este sentido, Martínez Camino se remitió a los números 35 y 40 de la «Instrucción pastoral sobre la valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y sus consecuencias». El número 35 de la citada pastoral reza que «España es el fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear no sería prudente ni moralmente aceptable».


ETA no es interlocutor. Por su parte, el punto 40 afirma que «ante cualquier problema entre personas o grupos humanos, la Iglesia subraya el valor del diálogo respetuoso, leal y libre como la forma más digna y recomendable, para superar las dificultades surgidas en la convivencia. Al hablar de diálogo, no nos referimos a ETA, que no puede ser considerada como interlocutor político de un Estado legítimo, ni representa políticamente a nadie, sino al necesario diálogo y colaboración entre las diferentes instituciones sociales y políticas para eliminar la presencia del terrorismo, garantizar firmemente los legítimos derechos de los ciudadanos y perfeccionar, en lo que sea necesario, las formas de organizar la convivencia en libertad y justicia», añade el citado número.
   
Finalmente, Martínez Camino expresó «la cercanía y la solidaridad de la Iglesia con las personas que sufren y que han sufrido las consecuencias de las acciones terroristas de ETA, de sus asesinatos, de sus extorsiones, de sus imposiciones y de sus amedrentamientos de todo tipo. La Conferencia Episcopal está con las víctimas del terrorismo».


Bien distinta de la de la Conferencia Episcopal Española es la percepción que de la tregua tienen los obispos vascos, que manifestaron haber recibido «con verdadera esperanza» el alto el fuego y expresaron su apoyo a los gobernantes y representantes políticos que, en estos momentos, «tienen en sus manos la especial responsabilidad de conducir la construcción democrática de una sociedad justa y en paz».


En un comunicado conjunto, el obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, el de San Sebastián, Juan María Uriarte, y el de Vitoria, Miguel Asurmendi, aseguraron que, en la medida en que este anuncio vaya a suponer una renuncia definitiva a la violencia, experimentan, junto con la sociedad vasca, «una sensación de alivio y una expectativa de que éste pueda ser un paso importante en el camino hacia una plena pacificación y reconciliación».


Los prelados afirmaron que, a pesar de que intentos anteriores de pacificación no han llegado a dar «el fruto deseado», contemplan la nueva situación como una «oportunidad» de construir la convivencia social entre todos «desde la pluralidad legítima y democrática». «Todos los ciudadanos estamos llamados a contribuir a crear un clima social en el que se aleje definitivamente de nuestras relaciones el recurso a la violencia», añadieron.
 

R.N. (La Razón, 23 de marzo de 2006).

Uniformidad y etnicidad vasca, frente al universalismo cristiano.

El nacionalismo vasco es una doctrina política que ha ido mutando en la historia sus argumentos dialécticos en función de la necesidad del momento. En nuestros días, el nacionalismo es para muchos de sus votantes la traducción a la política de su amor al paisaje conocido, lengua, costumbres y tradiciones propias. No obstante, el término esconde una aceptación diferente, como es el rendir culto a la nación por encima de los derechos de los individuos y de la verdad histórica.

Por José Luis Orella Martínez (Prof. Universidad San Pablo-CEU)

El nacionalismo vasco es una doctrina política que ha ido mutando en la historia sus argumentos dialécticos en función de la necesidad del momento. En nuestros días, el nacionalismo es para muchos de sus votantes la traducción a la política de su amor al paisaje conocido, lengua, costumbres y tradiciones propias. No obstante, el término esconde una aceptación diferente, como es el rendir culto a la nación por encima de los derechos de los individuos y de la verdad histórica.

Pero los interrogantes son muchos en torno a un movimiento político, que no cuenta con la representación exclusiva de la sociedad vasca, y que en el origen nutricio de sus ideas se contradice con los principios fundamentales del liberalismo democrático, respetuoso con los derechos de la persona. Desde siempre, el nacionalismo vasco se ha arrogado la exclusiva representación de los intereses sociales, económicos, culturales, educativos, laborales y políticos del pueblo vasco. Por que se considera el único que defiende una concepción de la nación como ente abstracto, único e indivisible, a la que los individuos de la sociedad que la forman, quedan subordinados sin límites al interés general de la nación a redimir.

Su concepto de humanidad va ligado a la creencia de que la lengua, raza, costumbres y religión determinan el carácter primordial de un grupo social, como para darle el calificativo de nación. Al tener ésta el derecho inalienable de alcanzar su soberanía política, en pie de igualdad al resto de los países, la supuesta nación oprimida por un ente político superior, tendría la necesidad de hacer valer su identidad nacional a través de un movimiento político. Este organismo sociopolítico tendrá la única misión de obtener por las vías que considere necesarias la consecución de la independencia, porque la soberanía nacional es un valor primordial que esta por encima de los derechos más elementales de la persona como tal.

Estos individuos serán calificados de ciudadanos de una comunidad nacional si reúnen los requisitos que el movimiento político cree son los más acreditativos e indispensables de la identidad nacional. Estas características son culturales y lingüísticas, pero en el caso del nacionalismo vasco también étnicas. Una nación sólo puede llegar a su madurez política, en el caso de que la totalidad de la sociedad asuma las características identitarias de la comunidad nacional. Para ello, el nacionalismo se puso como fin prioritario lograr la homogeneidad cultural, racial y lingüística de la sociedad dentro de los límites territoriales prefijados como pertenecientes a su comunidad nacional.

Construcción de la nación.
 
Sin embargo, el camino que hay que recorrer para consumar la maduración nacional de una sociedad, sólo se puede realizar a través de su educación. El primer objetivo de una política nacionalista es establecer la capacidad identitaria en la persona. La autoafirmación de un individuo como miembro de una comunidad nacional se puede lograr cuando la educación se compromete a la transmisión de los valores patrióticos a la totalidad de la sociedad.

El elemento más concienciador de pertenencia a una comunidad diferenciada es la difusión de aquellos elementos que ayudan a crear un mayor distanciamiento con el resto de la comunidad nacional española, como la lengua. En este caso, la lengua vasca  reuniría los factores identificativos del pueblo vasco. El euskera representaría de esta forma, la expresión más lúcida del alma vasca, no sería un producto de la cultura, sino un absoluto trascendental fundado en la necesidad metafísica[1].

En palabras de Luis de Eleizalde, uno de los primeros colaboradores de Sabino Arana en el naciente nacionalismo vasco: “El idioma es la verdadera y genuina tradición nacional, es el espejo del complejo intelectual del alma, es el fiel inventario de los conocimientos del pueblo, la más exacta representación del carácter y de la civilización nacionales... Su léxico pobre o copioso, altivo o encanallado, nos da preciosas indicaciones sobre la mentalidad, la moralidad, la suma de conocimientos y las etapas de la evolución del pueblo”[2].

Sin embargo, la utilización del aprendizaje de una lengua para vertebrar una conciencia nacional, de modo semejante a lo que los pioneros sionistas realizaron con el hebreo para hacer posible el sueño de Israel, tiene efectos secundarios. La solución para preservar la supervivencia de la comunidad nacional esta en el derecho de la lengua más débil y autóctona a desarrollarse marginando a la extraña de los ámbitos oficiales. La comunidad nacional se definiría basándose en un solo grupo lingüístico, excluyendo de la participación a los miembros exclusivamente castellanoparlantes[3]. Aunque la voluntad individual deba quedar sometida a la voluntad nacional dirigida por las directrices del partido nacionalista.

El euskera, “como signo más visible y objetivo de identidad de nuestra comunidad... es el instrumento de integración plena del individuo en ella a través de su conocimiento y uso y de parte esencial de un patrimonio cultural, del que el pueblo vasco es depositario[4]. La aplicación práctica de esta medida se realiza a través de la educación, competencia que es ejercida por la autoridad autonómica. La instrumentalización de la lengua en función de la creación de una conciencia nacional se realiza a través de la obligatoriedad de la enseñanza en euskera en escuelas, institutos de enseñanza secundaria y universidades. Sin embargo, la aplicación de esta medida provoca la polarización de la sociedad en ciudadanos de primera por su euskaldunización, y de segunda por su carencia del distintivo nacional más preciado.

A pesar de todo, los medios encomendados a la profunda transformación lingüística y nacional del País Vasco son de primer orden. Téngase en cuenta que la población que tiene un carácter bilingüe representa al 10 % de la sociedad vasca. De este modo en el campo educativo, la partida dedicada a la euskaldunización del sistema educativo (programa IRALE) esta en torno a los 5.800 millones de pesetas, que supera con creces a los 1.600 dedicados a política científica o los 113 millones requeridos para la enseñanza en lenguas oficiales de la Unión Europea[5]. Aunque la demanda social no exista, de los 350.000 periódicos diarios que se leen, el 1 % son en euskera, en los sumarios recogidos por la ertzaintza en los tres primeros años un 0’4 % eran en la lengua de Aitor, y únicamente un 0’6 % de las declaraciones de la renta presentadas en la haciendas forales. La misión pedagógica de la lengua esta en crear una conciencia de nacionalidad uniforme conforme a unos criterios marcados por unos principios políticos.

De este modo, la única forma de hacer nación y crear una conciencia favorable a una identidad nacional alejada del actual marco político es mediante la instrumentalización a ultranza del sistema educativo y la demanda artificial como cualidad imprescindible para acceder a un puesto de trabajo. Ante este clima de imposición lingüística, donde la reconversión industrial ha destruido parte del tejido profesional del País Vasco, la oferta mayoritaria laboral ofrecida por las instituciones autonómicas ha permitido una mayor sensibilización de la sociedad hacia el euskera. La obligatoriedad del perfil lingüístico ha sido la verdadera espoleta que ha concienciado a la población de su interés en resaltar un modo de ser vasco acorde con los presupuestos ideológicos del nacionalismo.

En esta función de euskaldunización de la sociedad, se encuentra AEK, que es la principal institución de alfabetización de adultos, es un organismo privado que recibe cuantiosas subvenciones de la administración autonómica por su finalidad social. Sin embargo, como la concienciación nacional que realiza a través de su pedagogía es crítica con el gobierno autonómico, porque una parte considerable de su personal docente proviene de la militancia activa en la izquierda abertzale, hubo la necesidad de organizar desde las instituciones públicas una organización oficial. Desde el gobierno autonómico se organizó, HABE, de la que fue su primer director el actual diputado nacionalista, J. González de Txabarri, para alfabetizar en las normas marcadas desde el partido en el poder.

Del mismo modo, la enseñanza de la historia planteaba un gran problema. Según la constitución de 1978, la educación tiene por objeto el desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y deberes fundamentales. No obstante, la comunidad autónoma vasca al recibir la competencia de educación tiene la facultad de determinar el 55 % de los contenidos de la enseñanza secundaria. Este hecho ha sido aprovechado desde el partido en el poder para introducir medidas que potencien la presencia de elementos propios de la cultura vasca e inculquen en los estudiantes la pertenencia a una comunidad nacional diferenciada de la española. De esta forma, la historia estudiada debe subrayar los periodos más contemporáneos, por que antes no existía nacionalismo, y valorar de forma aislada aquellos hechos que impidan integrar a la sociedad vasca en un contexto histórico más amplio.

Este criterio ha sido llevado con total intransigencia. Los libros de Historia elaborados por las editoriales han sido examinados para proceder a su aceptación o rechazo en el uso del libro por los alumnos. De este modo, el CEI-IDC (Instituto para el desarrollo curricular y la formación del profesorado), encargado por el departamento de educación, universidades e investigación, es el que valora la idoneidad del texto educativo. De forma preferente se busca las cuestiones fundamentales de la historia de Euskal-Herria en el ámbito de las relaciones con el Estado español[6].

Como ejemplo se llega a criticar la afirmación de que la presencia francesa en 1808 acentuó el sentimiento de pertenencia de los españoles a una comunidad nacional, al no contraponer de algún modo ninguna solicitud de adhesión vasca al imperio francés. [7] Sin embargo, no se podía labrar esa excepcionalidad porque no la hubo. Del mismo modo, en cuanto se realiza alguna afirmación xenófoba del fundador del nacionalismo vasco es suprimida por entrar en contradicción con los principios de la educación para la paz, pues ofrece una visión de enfrentamiento dentro de la comunidad vasca que debe ser superada en la sociedad y fundamentalmente en el mundo educativo[8].

No obstante, una visión parcial y subjetiva de la historia no es sólo privativa del ámbito oficial. En el servicio diocesano de formación del laicado del Obispado de Bilbao, el informe realizado sobre “El País Vasco y su Iglesia, protagonismo de una historia singular” para el plan de formación de laicos, redactado en 1994, resulta lleno de errores y opiniones fuera de contexto. De este modo, la Iglesia es enjuiciada por no tener sensibilidad social, no formar intelectuales católicos y ser la propia causante de que durante la guerra civil fuese perseguida. A parte de entrar en errores de bulto, como que la anexión de Navarra a Castilla fue realizada por Carlos V, el autor critica el proceso de beatificaciones del actual Pontífice Juan Pablo II. En cuanto al fenómeno de la violencia terrorista, no deja de mostrar su comprensión en las acciones realizadas durante el franquismo.

En definitiva un informe en el cual, a parte de su tendenciosidad resulta inaceptable en cuanto su rigor histórico. Sin embargo, el obispado tomó nota del asunto, encargando a sus técnicos un informe interno para adecuar el texto a la verdad y transmitir una visión adecuada de la historia[9]. Del mismo modo, en el parlamento vasco los diputados no nacionalistas consiguieron aprobar la petición en octubre de 2000, a la Real Academia de la Historia de un informe valorativo sobre los textos de historia estudiados en la comunidad. Este organismo ya había acusado a las instituciones autonómicas de favorecer los aspectos separadores en los libros de texto. En cuanto al País Vasco, subrayaba esta tendencia, reforzada por una xenofobia hacia lo no vasco[10].

A pesar de todo, en el mundo educativo no se han seguido estas rectificaciones, más bien al contrario. Los profesores que en sus enseñanzas podían entrar en contradicción con los planteamientos de construcción nacional de Euskal Herria, no sólo no han tenido apoyo oficial, sino que se han encontrado solos frente a la presión ejercida contra ellos por los activistas radicales del sindicato de estudiantes Ikasle Abertzaleak. Organismo que no sólo no es reprendido, sino que recibe apoyo oficial, como sucede con el decanato de la Facultad de Filología de la UPV.

Este apoyo oficial a la sensibilidad patriótica de algunos alumnos ha propiciado que profesores como Fernando Savater y Aurelio Arteta, responsables de Ética y Filosofía en al UPV de San Sebastián o el de Estética, Mikel Iriondo, hayan sido amenazados y violentados. En cuanto a Jon Juaristi, catedrático de Filología, Mikel Azurmendi, de Historia de las Religiones; y Txema Portillo de Historia Contemporánea, han tenido que exiliarse por hacerse imposible realizar ninguna labor docente, por las amenazas y la presencia de los violentos dentro de la clase. El actual rector de la UPV, Manuel Montero, catedrático de Historia Contemporánea, ha sido amenazado repetidamente por sus declaraciones y apoyo a los compañeros docentes, que han demostrado una actividad negativa al proceso de concienciación nacional.

En cuanto a las instituciones privadas, como la Universidad de Deusto, se llegó a la contradicción de escuchar al decano de la Facultad de Sociología, en su discurso de inauguración del año académico, hablar sobre los valores universales de la educación universitaria y a continuación oír al Lendakari del gobierno vasco resaltar la función futura de una universidad vasca, como la de Deusto, en integrarse en su hábitat local y proporcionar aquellos cuadros que la sociedad vasca necesitase, olvidando su papel cosmopolita[11].

La misión formativa que la universidad realiza y en concreto, la que se orienta en el humanismo cristiano, tiene una trascendencia universal que se contradice en todos los términos con la función estrecha que los responsables educativos de algunas autonomías pretenden para las finalidades políticas de sus partidos.

Formación universal y pluralismo cultural.

Sin embargo, aunque resulte comprensible la voluntad de autodefensa que se levanta por doquier ante la tendencia a la globalización, ante el peligro de uniformización, ante la despersonalización. La mundialización de los circuitos económicos y de los valores hace impracticable toda solución basada en la creación de fronteras étnicas, nacionales o religiosas[12]. La aparición de las nuevas tecnologías está produciendo una socialización mayor de ciertos valores comunes y la extensión del término aldea global de la cultura. En un contexto moderno como éste, la sociedad debe afrontar el reto con una gran apuesta por la investigación tecnológica, acompañada por una apertura de la universidad, como entidad formadora de la conciencia de un país, a las nuevas revoluciones culturales y técnicas originarias en un formato sin fronteras.

La madurez humana no es admisible en el momento presente sin una connotación de apertura y conciencia de universalidad. No basta la relación interpersonal con el propio grupo, ni siquiera con otros grupos de la misma etnia o cultura: se hace cada vez más necesaria la adquisición de una conciencia de pertenencia a una realidad universal y globalizadora, denominada universo. En esta línea estaría la cosmovisión de Teilhard de Chardin, en cuya argumentación había colocado las bases de una concepción global generalizadora e interdependiente de un universo en plena y constante evolución. Esta evolución estaría dominada por el sentido de complejidad, es decir, en ella se procedería de los seres más simples a los más complejos, llevando también aparejados grados progresivos de inmanencia y conciencia[13].

La concepción teilhardiana, concebida como una reflexión meta-científica a caballo entre lo científico y lo filosófico, apunta ya con claridad una necesaria conciencia de unidad en la diversidad, que nos aparta totalmente de los personalismos individualistas, fomentadores de una conciencia encorsetada en los estrechos límites de la propia pareja, grupo, etnia o ambiente cultural[14]. Hacia esa concepción globalizadora avanza la ciencia y la cultura en la actualidad en clara incompatibilidad con el discurso político de los nacionalismos micronacionalistas. La ampliación de conciencia constituye un elemento insustituible en el proceso de maduración psicológico, sino en gran medida contribuye también al fomento de comportamientos tolerantes, al avivar y fomentar una conciencia unitaria hacia los demás. Por eso la necesidad obligada de que la educación y especialmente la universidad, mantengan estos valores. No obstante, la dirección actual que las instituciones educativas en manos de nacionalistas lleva, va por la dirección contraria. El fomento exclusivo de los conocimientos locales, la uniformidad ideológica, lingüística y étnica del profesorado contribuyen de manera grave a un empobrecimiento del mundo universitario y cultural, como ocurre en el País Vasco.

Esta referencia da una visión de lo que un nacionalismo particularista espera de un centro de estudios superiores. La conquista del aparato educativo por los nacionalistas culmina en la Universidad, que responde a su fase final de nacionalización de la sociedad. Pero, en esta fase, la Universidad y los centros de enseñanza superior han perdido su saber universal y tienen como fin principal la formación de dirigentes políticos, económicos y de cuadros ideológicos, adictos al nacionalismo, que han de estructurar y cohesionar la sociedad[15]. Por tanto, cualquier veleidad de saber universal y enlace con la cultura globalizadora que vivimos, va en contra de los intereses inmediatos del nacionalismo, aunque estos vayan en contra de la sociedad real a la que pretenden dirigir.

La visión particularista de los nacionalismos se contradice con el avance de la cultura y con la línea política que esta llevando la integración europea. Es cierto que el desplome del comunismo despertó a ciertos movimientos nacionalistas, pero también lo es que la mayor preocupación de estos ciudadanos es la incorporación a Europa, formar parte de su sociedad. La televisión fomenta unos valores comunes y los ciudadanos del Este quieren equipararse a nosotros, y no conservar sus particularidades. Todos ellos defienden su occidentalidad histórica para obtener el reconocimiento en el presente. La mentalidad es común y se defienden los mismos valores democráticos, después del derrumbe de los sistemas comunistas de los países del Este. En las distintas naciones surgen similares problemas sociales y se les aportan parecidas soluciones. Europa es el conglomerado de naciones más homogéneo del mundo a pesar de las diferencias idiomáticas y culturales[16].

Las entidades minoritarias tendrán que afianzarse en el marco de una democratización general de la vida pública, tanto en el seno de los estados como a escala europea. Por muchas cesiones que las naciones-Estado hagan a las instituciones europeas por un lado, y a las administraciones regionales y locales por otro, las entidades estatales son las verdaderas protagonistas de la política europea.

La Unión Europea sólo puede tener éxito si se asienta sobre la realidad. La realidad del Viejo Continente está conformada por la Existencia de unas seculares instituciones políticas, sociales y culturales, producto de un dilatado proceso de gestación histórica que denominamos naciones-Estado. Por ello, como señaló José María Aznar en el debate sobre Europa en el Congreso de los Diputados el 3 de enero de 1994, sería ingenuo cambiar o modificar la naturaleza de la Unión Europea como una unión de estados. En el mismo sentido, poco antes, se había manifestado el Tribunal Constitucional alemán al considerar sólo compatible con la Ley Fundamental de Bonn, una unión cada vez más estrecha de los pueblos europeos, organizados como estados, y no un único estado, basado en el pueblo europeo[17]. La misma opinión que había expresado el general De Gaulle en 1963, al creer que una federación europea estaría dominada por los Estados Unidos, mientras que una unión de Estados quedaría bajo el dominio franco-alemán[18].

Por tanto, la tan renombrada Europa de los pueblos no dejaría de ser una utopía peligrosa de llevar a cabo. La prudencia exige no tomar decisiones que puedan trastocar el delicado equilibrio generado por la historia, la tradición y la acción humana. La Europa comunitaria que empezó siendo un club de seis ha pasado a ser de diez, doce y en la actualidad de quince. Con la posibilidad futura de multiplicarse gradualmente según los antiguos países del Este vayan adquiriendo unas economías de mercado y sistemas políticos, equivalentes a los de sus homólogos occidentales y puedan resistir la integración.

 Este crecimiento ya esta provocando las primeras peticiones para controlar el número de cargos de la comisión europea, para mantener su efectividad. Por ello, toda posible traslación de la representatividad europea de los Estados-nación a particularismos más pequeños, como ciento setenta y seis que propugnaban algunos iluminados de la política es inviable. Cada región europea goza de políticas-administrativas diferentes, disponen de distintas configuraciones económico-sociales y tienen un mayor o menor grado de conciencia nacional-regional, la equiparación similar de todos estos factores para reconducir Europa a una federación de regiones o pueblos, únicamente crearía una selva de complicaciones jurídicas en el plano normalizador.

De modo similar, Juan Pablo II ha predicado sobre lo bueno de sentirse miembro de una comunidad nacional, sin embargo, ha señalado como uno de los peores males de fin de milenio, la deificación de la nación[19]. La iglesia Católica como universal, pero respetuosa con las diferentes culturas del mundo guarda un exquisito equilibrio entre ser católico y sentirse miembro de una sociedad con unos rasgos propios definidores. No obstante, el hipernacionalismo nos lleva a la exclusión del otro y a favorecer la desigualdad de los seres humanos. Incluso el alejamiento de Dios junto con un grado excesivo de ideologización política en los niveles de la juventud conllevan a actitudes violentas y justificativas del terrorismo[20]. En respuesta, Juan Pablo II nos llama a los católicos a proseguir la presencia en el mundo educativo, a todos los niveles, para educar para esa nueva sociedad y dar testimonio público de nuestra Fe en un mundo donde la sumisión a los valores de la mayoría, van atando a las personas a un relativismo tiranizador.



[1] C. Martínez Gorriarán, “Sobre los orígenes del nacionalismo lingüístico” en  Cuadernos de Alzate, nº 16, (1997).

[2] L. de Eleizalde, “La nacionalidad vasca” en Euzkadi 13 de diciembre de 1914.

[3] M. Keating, Naciones contra el Estado. Barcelona, 1996, Pág. 79.

[4] Ley 10/1982 de normalización lingüística del euskera.

[5] A estas cantidades habría que sumarles las gastadas en traducciones oficiales, euskaldunización de personal  y pago de sus sustitutos, subvenciones a publicaciones exclusivas en euskera, presupuesto de EITB... Se calcula en 100 mil millones como gasto anual.

[6] Informe del CEI-IDC, irteera 1860, data 99/1/27 Bilbo, del 1 de febrero de 1999.

[7] Idem.

[8] Idem.

[9] Documento del Obispado de Bilbao del 11 de diciembre de 1998.

[10] Informe sobre los textos de Historia en los centros de Enseñanza Media. Real Academia de la Historia, Madrid, 2000.

[11] Discurso de apertura del año académico 1995-1996, realizado por el Lendakari José Antonio Ardanza en la Universidad de Deusto.

[12] R. L. Acuña, Las tribus de Europa.;(Barcelona 1993) 11

[13] Manuel Marroquín, "tolerancia e intolerancia: claves psicológicas de su desarrollo" en Memoria de Deusto 95/96. Deusto, (1995) 24

[14] Ibidem, pág. 25-26

[15] J. Forné, Las dos caras del nacionalismo; (Haramburu, San Sebastián 1995) 134-135

[16] Ramón Luis Acuña, Las tribus...pág. 413

[17] G. Gortázar, "El rescate de Europa" en Visiones de Europa; ( Madrid 1994) 96

[18] J. Monnet, Memorias...pág. 433-435

[19] G. Weigel, Biografia de Juan Pablo II. Testigo de esperanza; (Plaza Janes, Barcelona 1999) 924.

[20] Declaraciones de Monseñor Asurmendi, obispo de Vitoria, ante el atentado moral de M. Casado, asesinado el 22 de octubre en Vitoria. Este argumento ha sido ya divulgado por la Conferencia Episcopal Española.

La Iglesia católica y el terrorismo.

La Iglesia católica ha sido centro de muchas críticas por su supuesta ambigüedad frente al terrorismo. Tales críticas, ¿se ajustan a la realidad? Iglesia universal e Iglesias locales, ¿han seguido la misma línea?

Por José Ignacio Echaniz Valiente
La Iglesia católica ha mantenida siempre la misma postura ante toda manifestación de terrorismo, independientemente de las justificaciones política alegadas.
«No se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo, entendido como propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de terror e inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce como motivación de esta acción inhumana cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los actos del terrorismo nunca son justificables». Este contundente y claro párrafo fue redactado por Juan Pablo II en su carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis, de 1997, recogiendo el mismo criterio unánime que manifestó en numerosas ocasiones: recepciones a diplomáticos, visitas pastorales, documentos de todo tipo...
Pero, antes de profundizar en el criterio católico, podemos preguntarnos, ¿acaso tiene alguna relevancia hoy el juicio de la Iglesia en torno al terrorismo? Lo tiene y por varias razones: por seguir manteniendo, pese a haberse reducido considerablemente, cierta capacidad de influencia social y en la educación de numerosas conciencias individuales; por tratarse de una de las identidades colectivas más vivas que existe en España y en buena parte del mundo; por conservar una notable ascendencia moral también sobre personas y pueblos que no son católicos; por mantener un criterio unánime, destilado en una experiencia de dos mil años, que no se pliega a las modas dominantes; y, especialmente, por proponer un juicio moral global al terrorismo, en una época en que la propia moral es cuestionada en su misma existencia y aplicaciones prácticas.
Pocas instituciones humanas, en todo el mundo, mantiene un criterio, adaptado a las circunstancias y lugares concretos, tan unánime y elaborado en torno al terrorismo; incluso cuando le ha llevado a serios desencuentros con algunos sectores proclives al terrorismo procedentes de pueblos católicos. Pensamos en su radical condena del terrorismo en Irlanda del Norte cuando una organización, que gozaba y goza de bastante apoyo social, se arrogaba la representatividad y defensa de la población católica. Por otra parte, recordemos cómo numerosas organizaciones cívicas de todo el mundo se han constituido en defensa de los derechos humanos y de las víctimas del terrorismo y otras expresiones de la violencia política, desde ambientes católicos, pagando en muchas ocasiones un alto tributo en sangre por ello.
Este juicio, firme y sin ambigüedades, si bien han existido excepciones inevitables en un cuerpo social tan numeroso como plural en sus expresiones y contextos, es paralelo y coherente con su histórica condena al fenómeno del totalitarismo; no olvidemos la estrecha ligazón existente entre ambos. En 1931, Pío XI denuncia al fascismo italiano en Non abbiamo bissogno. En 1937 denuncia por medio de su encíclica Mit Brennender Sorge al nacionalsocialismo alemán. También condenará al comunismo en su encíclica Divini Redemptoris.
En España, durante unos años alcanzó cierta polémica la postura de la Iglesia católica al respecto, juzgada desde algunos sectores como poco decidida y ambigua, especialmente con motivo de su posición ante el llamado Pacto antiterrorista. Así, el vicepresidente primero del Gobierno en febrero de 2001 acusaba expresamente a la Iglesia de mirar hacia otro lado; lo que se sumaba a las críticas que se vertían desde hacía años contra la misma Iglesia vasca, marcada por la orientación nacionalista de buena parte de su clero y nefasta burocracia eclesial. Al recordar esta polémica, no podemos menos que alegar un hecho: desde los primeros atentados terroristas, las declaraciones, posicionamientos, manifestaciones, etc., emitidas con claridad y contundencia por la Iglesia, suman cientos de páginas. A José Francisco Serrano Oceja corresponde el mérito de haber compilado los textos más significativos, en la línea anterior, produciendo el voluminoso libro La Iglesia frente al terrorismo de ETA (BAC, Madrid, 2001). Pocas instituciones españoles, públicas o privadas, pueden presentar ante la sociedad española un repertorio tan completo, sistemático y puntual que avale una postura firme y coherente durante todas estas décadas.
No obstante, la Conferencia Episcopal se manifestó al respecto con un documento excepcional, seguramente uno de los más importantes que nunca haya elaborado: la Instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias (fechada el 22 de noviembre de 2002 con motivo de la LXXIX Asamblea Plenaria de la misma).
Se trata de un documento relativamente breve pero por completo recomendable: tanto para los creyentes, como para cualquier persona de buena fe. Allí se analiza y enjuicia al terrorismo globalmente y desde una perspectiva moral. Denso, sistemático, claro, riguroso. El texto, no obstante sus indudables méritos, pasó sin pena ni gloria. Hubiera sido deseable haberlo afrontado desde una postura analítica pluridisciplinar y desde diversos ámbitos sociales españoles no confesionales; en realidad, era una auténtica invitación al diálogo, al debate y a la búsqueda colectiva de soluciones. Pero, ya fuera por prejuicios ideológicos, falta de rigor o por apremios políticos e intelectuales más inmediatos, ciertamente se trata de un documento casi olvidado. Pero la responsabilidad no hay que buscarla únicamente fuera de la Iglesia. No en vano, ¿qué acogida se le ha dispensado en la propia Iglesia?, ¿se ha estudiado, debatido, difundido...?
En la primavera de 2005 vio la luz la obra colectiva titulada Terrorismo y nacionalismo. Comentario a la Instrucción pastoral «Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias» (BAC, Madrid, 2005).  Se trata de un estudio sistemático de la citada Instrucción pastoral efectuado por diez hombres y mujeres de la Iglesia española, intelectuales de primera fila, que, analizando la restante producción editorial español sobre el terrorismo, supone la aportación intelectual más compleja que se ha realizado durante décadas. Esperemos que disfrute de mejor suerte que el texto que lo originó.
Pero, después de estas reflexiones en torno a la oportunidad y pertinencia del texto en cuestión, destacaremos sumariamente algunos aspectos del mismo.
Estructurado en 44 breves puntos, califica al terrorismo como forma específica de violencia armada. Establece la pertinencia de un juicio de esta materia, que no es otro que el terror criminal ideológico. Lo califica, posteriormente, como «intrínsecamente perverso y nunca justificable», definiéndolo igualmente como una «estructura de pecado». Denuncia los dos efectos más importantes del terrorismo: el intento de extensión sistemática del odio y el miedo. Denuncia como inmoral «toda forma de colaboración» con el terrorismo. Juzga al nacionalismo totalitario como la matriz del terrorismo de ETA, determinando qué peligros concretos supone para la convivencia española. En el punto 29, al nacionalismo que pretende en todo caso la independencia por encima de todo se equipara, en el caso de las personas, a un «individualismo insolidario». Así, afirma que «La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión»; coincidiendo de esta manera con la doctrina emanada por el Derecho Internacional y Naciones Unidas al respecto.
Por último, la Iglesia se propone, dentro de un abanico de medidas tendentes a la conquista de la paz y de reflexiones específicamente religiosas, como instrumento de conversión para los terroristas y de acompañamiento de sus víctimas.
Hemos visto, por tanto, que la Iglesia católica ha condenado y condena con rotundidad y sin excepciones al terrorismo, enjuiciándolo como un conjunto de actos perversos y profundamente inmorales perpetrados contra el ser humano, su dignidad, su integridad y su vida; pero también contra la sociedad en su conjunto.
Las manifestaciones efectuadas en ese sentido por Juan Pablo II y Benedicto XVI en las últimas décadas, y en foros muy distintos, han sido innumerables. No es una casualidad que a la muerte del primero de ellos, católicos y no católicos, creyentes de todas las religiones, agnósticos y ateos, hayan coincidido en que fue uno de los mayores promotores de la paz a la vez que denunciaba la inmensa injusticia de cualquier manifestación de terrorismo, independientemente de la causa que alegue defender. Pero ese concepto de paz no se entiende como algo vacío de significado o una meta a alcanzar a cualquier precio. Los derechos humanos serían la otra cara de la paz, entendiéndola como la paz derivada de la justicia, la verdad, el amor a los demás, el apoyo a las víctimas, la búsqueda del bien común y la equidad en las relaciones internacionales.