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¿Y si “no mereció la pena”?

La muerte del ex miembro de ETA Ramón Gil Ostoaga suscitó diferentes interpretaciones acerca de los motivos que culminaron en su suicido. Para algunos, la causa era evidente: «La presión del Estado, política y mediática» tras su excarcelación. Si bien este veredicto no explicaba convincentemente por qué el etarra había intentado en dos ocasiones previas acabar con su vida, permitía acallar otros interrogantes sobre tan trágico final. Aunque es obvio que sólo puede especularse sobre las motivaciones de sus actos, existe otra posible causa que no debería despreciarse. Así lo sugieren las palabras de un antiguo miembro del IRA que pasó doce años de su vida en prisión recogidas durante una entrevista con el autor como parte de un proyecto de investigación de próxima publicación: «Creo que si de pronto dijera 'no, no mereció la pena' tendría un enorme impacto en mí. No me entiendas mal, a menudo me siento y pienso: 'tengo cuarenta y dos años de edad, no tengo una puta mierda que mostrar por lo que he hecho en mi vida'. Podría decir: 'no, no ha merecido la pena'. Pero entonces el paso siguiente es: 'bueno ¿qué vas a hacer? ¿Suicidarte?'».

Cuando los miembros de organizaciones terroristas se enfrentan a las consecuencias negativas derivadas de las decisiones tomadas en el pasado es habitual que se esfuercen en evaluarlas de forma positiva con la intención de concluir que el sufrimiento mereció la pena. Esta dinámica no se manifiesta exclusivamente en los integrantes de dichos grupos, pues, como demostraron Aronson y Mills, es frecuente que las personas valoren de manera más benigna las elecciones que generan consecuencias negativas, ya que de lo contrario se genera un sentimiento de inutilidad difícil de afrontar. Así se aprecia muy nítidamente en muchos de quienes han militado en el IRA, siendo probable que también se dé en quienes asesinan por ETA.

Al ser preguntados sobre su participación en el IRA, algunos de los testimonios de antiguos miembros del grupo revelan claros intentos por reducir las inconsistencias que surgen cuando evalúan sus acciones y los resultados obtenidos con ellas, tanto a un nivel político como personal. Como podría haber ocurrido en el caso de Ostoaga, es común que se planteen de qué han servido los asesinatos cometidos y los sacrificios personales realizados en el nombre de una causa cuya materialización en absoluto se ve más cercana gracias a los mismos y que en gran medida se sustenta sobre agravios de limitada o nula objetividad. La muy real sensación de inutilidad y de haber desperdiciado toda una vida, la propia, así como las arrebatadas a los seres asesinados, constituye una peligrosa amenaza que los dirigentes de organizaciones terroristas no desean que madure entre sus subordinados.

Ante la posibilidad de que se extiendan actitudes que cuestionen la idoneidad y eficacia de la violencia, la organización proporciona certezas y dogmatismos que el militante suele aceptar como parte de la exigencia de lealtad con la causa y con quienes la propugnan. Asimismo, mediante esa aceptación, el activista erige cómodas defensas cognitivas frente a los factores con el potencial de llevarle a interrogarse sobre su propia implicación. Por ello se admite la censura y la presión sobre los disidentes que amenazan la cohesión del grupo, protegiéndose así los líderes de la crítica y de las dudas con objeto de evitar cuestionamientos que desafíen su liderazgo. De ahí también el interés en atraer al grupo a jóvenes en edades vulnerables y fácilmente manipulables.

Las palabras de otro antiguo preso del IRA son reveladoras de la complejidad que entraña cuestionar la trayectoria personal en semejantes organizaciones: «Pasé por un periodo muy intenso de autoanálisis desde 1995 en adelante. Implicó rabia, amargura, resentimiento, todo tipo de emociones que te puedas imaginar, porque tuve que examinar mi implicación personal (en el IRA) así como cosas en las que había tomado parte y cosas que había hecho... No sé si la mayoría de los republicanos llegarán a hacer ese autoanálisis, no te puedo decir. Creo que algunos sí que lo han hecho y creo que es lamentable que no sea de dominio público... Sí, los republicanos son muy reacios a llevar a cabo un autoanálisis del camino andado. Pero a lo mejor llega un día en el que se sientan y consideran con seriedad y honestidad el camino andado. Porque personalmente cuando yo miro al camino recorrido, en especial en el contexto de la prisión... aunque a mí me encarceló el Estado británico por mi resistencia contra el Estado británico, el trato que recibí por parte de la gente que deberías considerar como camaradas fue mucho peor que el trato que me dieron los 'screws' (funcionarios de prisiones)».

Este activista expone cómo la divergencia del pensamiento grupal genera serios problemas para el individuo que disiente, pues al hacerlo no sólo se está cuestionando la coherencia del comportamiento propio después de haber justificado el uso de la violencia, sino además la autoridad del grupo y la cohesión del mismo, desafiando la unanimidad en la que descansa su racionalización de la realidad. Como consecuencia de ello se puede llegar a dudar de que realmente la militancia 'mereciera la pena' y que la lucha armada fuera la única alternativa, demasiados interrogantes para una organización que exige sumisa obediencia pues, como explicaba otro ex integrante del IRA, «si piensas demasiado cuando eres un soldado confundes las cosas».

Por tanto, como se desprende de las siguientes palabras del citado militante del IRA, el cuestionamiento de la utilidad de la violencia se identifica como una amenaza: «Durante ese periodo del que hablo, cuando me sumergí en ese autoanálisis sobre de dónde venía, experimenté mucha rabia y amargura y todo lo demás, y en medio de una conversación con unos amigos uno de ellos me dijo: 'Lo que estás diciendo suena como si no hubiera merecido la pena'. Y no le contesté. No podía contestarle. Y después me puse a pensar sobre ello. Y en realidad me cabreé de que me hiciera esa pregunta... Tenía el atrevimiento de preguntarme o echarme en cara que estuviera sugiriendo que no había merecido la pena. Me han preguntado muchas veces si mereció la pena y la forma en la que respondo es la siguiente: 'Cuando sumas el sufrimiento, las muertes, los asesinatos, no... realmente no pienso que haya merecido la pena».

En algunos casos, los activistas evitan esa dolorosa dosis de realidad recurriendo a una especie de moralidad subjetiva. El cuestionamiento de la eficacia o utilidad de la violencia se resuelve con evasivas afirmaciones como «pensaba que era lo correcto». De ese modo se intenta eludir la responsabilidad por los actos violentos perpetrados y por las repercusiones de éstos. No obstante, es claro que una violación no deja de ser delito porque el agresor argumente que 'pensaba' que nada había de malo en su agresión.

En absoluto es extraño que quienes formaron parte del IRA entrelacen variables políticas, emocionales y morales cuando surgen interrogantes sobre sus conductas, como muestra el testimonio de uno de ellos: «Siento de veras que la gente haya tenido que morir, porque si no tuvieras sentimientos entonces no tendrías una motivación política detrás de ti, sería inmoral y serías simplemente un psicópata, lo estarías haciendo simplemente por gusto, no habría principios, no habría principios políticos, ni moralidad, ni nada». Por ello, tanto ETA como el IRA insisten en atribuir a sus crímenes una motivación política que desde su mentalidad los legitima y los hace necesarios a pesar del sufrimiento que provocan. ¿Pero qué sucede cuando un terrorista considera que esa supuesta motivación política es insuficiente para justificar los sacrificios personales y los crueles daños infligidos a las víctimas? En ese momento la lógica con la que se ha racionalizado la violencia se muestra incapaz de dar respuesta al dolor generado y éste deja de ser tan soportable, con las consecuencias que sugiere otro ex preso del IRA: «La gente utiliza diferentes mecanismos para hacer frente a las cosas y a lo mejor hay quien es capaz de darse la vuelta y decir: 'Lo siento de veras, he hecho esto y aquello'... Pero hay otras personas que piensan: 'Bueno, si empiezo a hacer eso, todos esos años que he pasado en el movimiento republicano... ¿para qué han servido?' Empiezan a cuestionarse a si mismos y ese es el problema».

¿Había Ramón Ostoaga empezado a cuestionarse a sí mismo?


Rogelio Alonso en El Correo, 15/12/2002

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