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Alatriste, entre la gloria y la decadencia

Alatriste, entre la gloria y la decadencia

El director español Tano Díaz Yanes, respetado por propios y ajenos, se lanza a un modelo de "superproducción española" –la más cara de nuestra historia– para recrear la figura literaria del capitán Alatriste, ideado en cinco novelas por el escritor de moda Arturo Pérez-Reverte. Sin ser una película extraordinaria es lo suficientemente digna y audaz como para merecer un aplauso. Pero también algunas críticas.

Alatriste tiene virtudes y defectos. Entre sus virtudes está explicar a los chicos-logse que España no fue siempre el desastre que es hoy, que fue grande y poderosa, que estuvo sostenida por un pueblo creyente, y que condujo sus pasos de imperio mundial por las sendas de ideales y sacrificios. Dicho así suena a nacionalcatolicismo, pero la película también nos muestra los pecados y mezquindades de una España que a mediados del siglo XVII ya empezaba a rodar cuesta abajo hasta la ciénaga en la que se sumerge hoy. Un Felipe IV muy alejado de un modelo de rey digno, un Conde Duque de Olivares cegado por la miopía del poder, y cómo no, la Inquisición Española, el invento de toda la historia que más ha rentabilizado la izquierda occidental.

Los Tercios de Flandes son el telón de fondo de esta película de aventuras. Aventuras bastante bien resueltas –en ocasiones con brillantez, como el arranque del film-. Pero también es un retrato de la España austera, sufriente, pesimista, estoica. La España del Goya oscuro, de Baroja, de Unamuno, de Lorca, la España novia de la muerte (con perdón),... y la España cainita (Unamuno y Millán Astray eran tan españoles hasta la médula el uno como el otro). Una España que retrató Velázquez como lo retrata con absoluta maestría el iluminador Paco Femenía (el Goya de este año debería ser suyo) apoyado por una dirección artística y de vestuario impolutas.

El reparto es notabilísimo, aunque Pilar López de Ayala tiene un minúsculo papel para su talla interpretativa, quizá superior a la de Elena Anaya. Eduard Fernández, Echanove –que hace de Quevedo- y Javier Cámara –Conde Duque de Olivares- están estupendos. Mucha mala uva demuestra que el papel de clérigo inquisidor, el dominico Emilio Bocanegra, esté encarnado por una actriz (Blanca Portillo, la Agustina de Volver), para darle un cierto aire homosexual repelente. De hecho, ese clérigo –único representante de la Iglesia en el film– es el personaje más caricaturesco de todos. Qué se le va a hacer. Es la moda. Pero el mejor, sin duda, es Viggo Mortensen (Alatriste), que a pesar de no ser español ilustra a la perfección algunas de las notas más seculares y contradictorias del carácter hispano.

La violencia es realista, sucia, muy física, nada marcial –a pesar de estar dirigida por Bob Anderson, el que enseñó a luchar a Darth Vader–, el erotismo es moderado y creíble, la narración desigual, con altibajos, y la banda sonora maravillosa, sobre todo en sus partituras de guitarra española. El retrato de Madrid, sorprendente, inimaginable para los hijos del gallardonismo faraónico.

El tratamiento de la fe del español del siglo XVII es mucho más cojo. Tras la señal de la cruz y las oraciones piadosas no se perciben hombres de fe, sino más bien ateos modernos que conservan unas normas impuestas por el sistema. Pero tampoco Tano carga las tintas en ello, aunque sin duda perjudica la comprensión histórica del periodo. Una alusión a los catalanes, a los que se da la misma consideración que a los portugueses, es un guiño que agradará a los nacionalistas acomplejados. Ambos asuntos son claras concesiones a la aburrida corrección política.

Juan Orellana

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 7 de septiembre de 2006

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