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El día que me fusilen

El día que me fusilen Invitado por el Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid, pronuncié el sábado una conferencia sobre educación. Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan ya conocen sobradamente mi preocupación por este asunto, que juzgo primordial. Me había precedido en el uso de la palabra la viceconsejera de Educación, doña Carmen González, que en un determinado momento de su discurso se había referido de pasada a los «valores tradicionales» como algo sometido a revisión. Fuera por esta mención, o bien porque me presentaba Fernando Jiménez Guijarro, un querido profesor de Latín, decidí vertebrar mi conferencia sobre la defensa del concepto de «tradición», que como todos sabemos significa «entrega» o «transmisión». No existen otros valores, en el estricto sentido de la palabra, sino los tradicionales, los que entregamos a quienes vienen detrás de nosotros como llave para interpretar la realidad, para responder a los retos que la realidad nos plantea. La educación, a fin de cuentas, es la expresión máxima de la tradición: el maestro entrega a su discípulo un criterio para enjuiciar la realidad, una estructura de valores y significados que lo protege de la intemperie. Sólo cuando al discípulo se le ha hecho esa entrega es posible acicatear su libertad de juicio, para que luego él pueda someter los valores que le han sido entregados a inquisición y controversia, incluso a negación; cuando, por el contrario, no se le entrega ningún criterio ni valor, o los que se le entregan son contradictorios, se le condena al caos y a la desorientación. Acto seguido, hilvané un alegato a favor de las Humanidades, que son las disciplinas que, al vincularnos con el pasado, nos enseñan a descifrar el presente. Cuando un joven no conoce su propia historia, cuando ignora la genealogía de su propio idioma, cuando le han sido escamoteadas las disciplinas que le muestran la filiación de las arduas conquistas sociales, morales o jurídicas que adornan su cultura, se le está usurpando el derecho a saber quién es; y cuando uno no sabe quién es ya se ha convertido en víctima potencial de cualquier adoctrinamiento político travestido de «educación para la ciudadanía». Completada mi vindicación de la traditio, no me recaté de hacer un alegato a favor de la auctoritas (del supino del verbo augere, que significa «hacer crecer»): no existe educación posible sin reconocimiento de la autoridad del maestro; y ese reconocimiento actúa como un acicate para el discípulo, que sólo cuando siente que alguien le hace crecer halla en el proceso educativo una vocación de exigencia y esfuerzo.

 

 

Por supuesto, sabía que mi conferencia era sumamente provocadora. Hablar de tradición y autoridad constituye una herejía inadmisible para quienes han convertido la educación en una charca de ranas que ha desgraciado ya a varias generaciones; para quienes, embriagados por un apetito de destrucción, aspiran a arrasar el cuerpo social desde sus cimientos, fabricando remesas de jóvenes aturdidos por el relativismo y la banalidad, carnaza para el adoctrinamiento. Estos concienzudos destructores sociales, amparados en delicuescentes teorías pedagógicas, han logrado, como aquellos sastres de la fábula, convencernos de que el rey está vestido; cuando aparece alguien que se atreve a burlarse de la desnudez del rey se revuelven como basiliscos, pues saben que el día en que por fin aceptemos que nos hemos equivocado se les habrá acabado el chollete. Pero el chollete no se les acaba de momento (quizá cuando por fin se les acabe ya habrán completado su designio destructivo), y cualquier voz que se atreva a exponer desnudamente la magnitud del destrozo los enardece hasta el espumarajo. A esto ya estamos acostumbrados; y confesaremos que nada nos complace más que contemplar cómo algunos se transforman en la niña del exorcista, mientras nos oyen hablar. Pero el otro día, al acabar mi intervención, alguno me asaltó e increpó, con esa seguridad que otorga saberse el amo de la finca; con escasas razones y una infinita munición de odio. Supe que, si hubiesen podido fusilarme, lo habrían hecho; sé que lo harán en cuanto puedan. Sólo ruego que, llegado ese trance, un segundo antes de recibir la descarga del plomo, tenga el valor de dispensarles la misma sonrisa irónica que el otro día engalanaba mis labios.

 

Juan Manuel de Prada

ABC, 18 de abril de 2007

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