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Multiculturalismo: el hecho y las interpretaciones

Multiculturalismo: el hecho y las interpretaciones

Para cualquier europeo, el hecho ineludible es un “encuentro/desencuentro” entre hombres de diversas culturas. Ya no es un episodio aislado, como en otros tiempos. La globalización lo ha convertido en un fenómeno de dimensiones planetarias y ha provocado migraciones de pueblos enteros. Para encontrar un escenario similar tendríamos que retrotraernos a las grandes migraciones que hubo en Europa, y a la época de los descubrimientos.

 

Como europeos, aún sentimos la obligación de favorecer positivamente la convivencia entre culturas diversas, precisamente debido al ímpetu universalista que históricamente han tenido nuestras tradiciones. No es la primera vez que nos encontramos con el deber de afrontar el problema de la relación entre lo particular (la propia cultura) y la universalidad de los derechos y de su fundación racional, sin exclusión ni discriminación. La novedad estaría en el contexto actual: una dialéctica entre multiculturalismo y globalización.

 

Ambas tendencias se critican entre sí porque en realidad son dos expresiones “insatisfechas” de una exigencia más profunda: el reconocimiento de aquella unidad cultural en la que particularidad y universalidad no se excluyen recíprocamente. Como es obvio, una globalización basada en factores tecnológico-instrumentales (comunicaciones, mercados financieros, deslocalización industrial) produce categorías comunes de lenguaje y pensamiento, pero esto no es suficiente para garantizar valores universales y fundar una convivencia humana. Sin embargo, ante los límites de tal insuficiencia objetiva, el multiculturalismo contrapone respuestas tendencialmente cerradas en localismos, igualmente incapaces de ofrecer las bases para una verdadera cultura humana.

 

El desafío que implican el multiculturalismo y la globalización no puede ser esquivado por las sociedades democráticas liberales. Y no basta con afrontarlo desde un punto de vista puramente político-judicial, por otro lado imprescindible. Nuestras sociedades necesitan llegar, en los aspectos educativos y culturales, al problema de la identidad antropológica partiendo de las identidades culturales y/o religiosas. No por casualidad Fernando Savater, al analizar las raíces culturales del terrorismo vasco, denunciaba una educación que había producido una “antropología demencial”.

 

Estamos obligados a profundizar en las raíces de las diferencias y de su unidad, según una antropología relacional, capaz de abrirse al otro hasta llegar a las últimas preguntas. Debemos confrontarnos sobre la concepción del hombre, de su razón y de su libertad, con su vida social, y las respectivas relaciones. Aquí entran los debates esenciales, también los de tipo jurídico, sobre la democracia y la nueva laicidad, para establecer dónde poner límites al poder democrático, en virtud de una relación justa entre la sociedad (con sus diversas identidades culturales, religiosas, sociales) y el Estado.

 

Volviendo al nivel social y cultural, en las últimas décadas han surgido varios modelos de respuesta. Los más conocidos son los modelos liberales con raíces en la ilustración europea. Son perspectivas diferentes y a veces contrapuestas, desde el republicanismo francés de corte estatalista-laicista al liberalismo anglosajón, más inclinado a la tolerancia de las diferencias y partidario del modelo multiculturalista. La cultura de matriz socialista-comunista no ofrece respuestas originales, en cuanto que descuidó las identidades culturales, porque la redujo a epifenómenos de las condiciones de producción. Muestra de ello es el debilitamiento de la identidad de los partidos y sindicatos que históricamente han sido expresión de la clase obrera y que hoy absorben un amplio abanico de identidades alternativas, también de carácter comunitario.

 

En el obligado debate educativo y cultural sobre la antropología el punto central es el “encuentro”. Esta categoría posee una fuerza singular, tanto descriptiva como teórica, en cuanto que puede darse en diferentes niveles. En primer lugar, permite identificar el hecho mismo de que los hombres no sólo se enfrentan sino que se encuentran, y por tanto se mezclan. Permite, por otra parte, superar o completar otras categorías, más conocidas pero objetivamente insuficientes, como las de la integración o asimilación. Y a partir del valor factual e ideal del encuentro entre hombres y culturas encuentra su justificación otra categoría conocida como “mestizaje”.

 

Que los hombres se encuentren depende del hecho de que la comunicación entre los que son diferentes es posible. Su condición de posibilidad es la existencia de una unidad tan original como la alteridad, una “universalidad antropológica” que es fundamento de la diversidad. La segunda categoría decisiva por tanto para el debate del multiculturalismo es la “experiencia elemental”, esa red de exigencias y evidencias que identifican el corazón del hombre, como experiencia reconocida y vivida en todas las culturas. Se debe describir y documentar desde dentro de las diversas perspectivas, en su capacidad de apertura a todos y de juicio crítico de la diversidad cultural.

 

Sobre estas bases antropológicas se pueden desarrollar las medidas jurídicas y políticas necesarias para frenar las pretensiones contrarias a la experiencia elemental y favorecer el testimonio de obras sociales capaces de encontrarse con el otro.

 

Javier Prades (profesor en la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid).

Páginas Digital, 4 de mayo de 2007

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