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Sarkozy se atreve

Sarkozy se atreve El próximo domingo se resuelve uno de los dilemas más sugestivos de la política europea de los últimos años. Los electores franceses, que han demostrado una pasión desconocida por estos pagos, deberán decantarse por el nuevo liderazgo encarnado por Nicolás Sarkozy, o por el glamour de Ségolène Royal, que no esconde sus simpatías hacia Zapatero.

 

Un síntoma del profundo calado que ha cobrado esta campaña presidencial es el hecho de que ambos candidatos hayan polemizado sobre la herencia cultural (y por tanto, también política) del Mayo del 68. El candidato de la derecha, Nicolás Sarkozy, se ha atrevido a lanzar una demoledora crítica contra el sesentayochismo, desafiando un viejo tabú según el cual esa filosofía, convertida también en costumbre política, era poco menos que intocable, una especie de “segunda revolución francesa”. Y es cierto que, aunque los viejos principios de ley y orden del “gaullismo” se impusieron momentáneamente a las algaradas de aquella primavera infausta, la victoria cultural de la revolución se ha hecho patente con el paso de los años. Eso es precisamente lo que ha denunciado Sarkozy en el discurso de culminación de su campaña (que algunos califican de histórico): la sombra más o menos silente, pero siempre efectiva, de aquel Mayo que pretendió “matar al padre” (a la tradición católica, a la idea de nación, a la institución familiar, a los maestros…) y que consagró un relativismo del que, por ejemplo, Zapatero es un alumno verdaderamente aventajado.

 

Es llamativo que Sarkozy se haya atrevido a ser iconoclasta con el 68 en plena campaña, aun a riesgo de perder algunos apoyos en el centro bienpensante. Pero más llamativo aún, si cabe, ha sido la reacción de Madame Royal, defendiendo la herencia sesentayochista. Tenía otras opciones, porque abierta ya la brecha por Sarkozy, la candidata socialista podría haber consumado la ruptura con las viejas inercias de la política francesa, reivindicando las esencias de una izquierda no contaminada por el radicalismo cultural que introdujo aquel episodio. Pero ahora, cada uno ha quedado en su sitio: Royal sueña con la política de “extensión de derechos” de su amigo Zapatero y sigue anclada a los mitos del Estado salvador y del anti-atlantismo; Sarkozy propone una recuperación de la sociedad civil, una laicidad positiva y abierta, y la recuperación de la fibra moral de Francia.

 

No se trata de canonizar a Sarkozy, del que muchos advierten su ambición (raro sería que un aspirante a presidir la República no la tuviera) o su agresividad (quizás porque se atreve a romper los moldes de lo políticamente correcto), e incluso sus devaneos amorosos. Pero en el actual panorama europeo, marcado a fuego por la anemia moral, la confusión cultural y el imperio del relativismo, su discurso es algo más que un chorro de aire fresco. Representa un espacio de convergencia posible entre laicos y católicos, entre liberales, conservadores e incluso gentes que proceden de la izquierda (ahí están Max Gallo y André Glucksman) críticos con un discurso tributario de aquel marasmo que todavía encandila a Ségoléne. Europa entera se oxigenará, o se enmohecerá todavía más. La solución, el domingo.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 3 de abril de 2007

 

 

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