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La importancia de llamarse Recaredo. Marchando una de godos

La importancia de llamarse Recaredo. Marchando una de godos

Corría el año 589, que diría el otro, cuando el rey visigodo Recaredo se convirtió al catolicismo romano. ¡Vaya tostón!, dirá el biotipo LOGSE. Pues no: por aquello de Recaredo, entre otras cosas, es España lo que es. Ahora acaba de explicar el asunto con mucho detalle Santiago Castellanos en Los godos y la Cruz. Recaredo y la unidad de Spania (Alianza Ed.). El libro ilustra sobre un hecho decisivo de la Historia de España. Y es un libro interesantísimo, bien escrito, claro, divulgativo, completo. Una maravilla.

Hay una cita que a Santiago Castellanos le gusta mucho. Es de Fernando el Católico y dice así: “Ha más de setecientos annos que nunqua la Corona de España estuvo tan acrecentada ni tan grande como agora”. El Rey hablaba con tales palabras de la monarquía visigoda. Porque fueron ellos, estos germanos con fama de brutos y de daga fácil, los que recogieron los pedacitos de la Hispania romana, la recompusieron y terminaron convirtiéndola en otra cosa. Otra cosa que sería ya España, tras aquel enojoso paréntesis que fue la Reconquista. Y por eso los reyes católicos, cuando terminaron de ganarle a los moros el último pedazo de tierra hispana, pudieron compararse con la gloria de Recaredo.

 

Castellanos (Logroño, 1971) es profesor de Historia Antigua en la Universidad de León. Su tema son los godos. A ellos dedicó su tesis doctoral. En este libro, Los godos y la Cruz, ha tenido la cortesía de contarlo todo muy clarito, “dirigido al gran público”, como dice él. Cosa más necesaria que nunca cuando, como ocurre hoy, el gran público ya no sabe quién es ni de dónde viene. Un libro que hay que leer.

 

 

“Es indiscutible –dice al autor- que en el siglo VI se produjo un gran pacto entre el poder político y la Iglesia cuyo resultado fue la conversión de Recaredo al catolicismo, una conversión que proyectó, a modo de propaganda, con la idea de unidad”. Con la derrota del reino suevo en el territorio de la antigua Gallaecia y el abandono del arrianismo -que negaba la naturaleza divina de Cristo- se produjo una unidad política y religiosa de toda la Península Ibérica, pero “con enormes limitaciones”, advierte Castellanos: “ante la primera gran amenaza, la de los musulmanes, se disuelve como un azucarillo”. Porque aquella unidad “no fue lo suficientemente fuerte como para abrochar todos los poderes locales”.

 

En todo caso, fueron los godos quienes crearon una primera conciencia de unidad política. Primero, con las leyes de matrimonios mixtos de Leovigildo, que supusieron el fin de la separación entre las comunidades hispanorromana e hispanogoda. Después, con esta conversión de Recaredo que examina Castellanos, y que supuso la unificación religiosa. Por último, con la unificación jurídica acometida por Chindasvinto y Recesvinto, ya en 654. Esta fue la gran aportación de los godos. A mediados del siglo VII, Inglaterra aún no existía, Italia estaba deshecha, Francia y Alemania aún tendrían que conocer las divisiones y reconstrucciones de la herencia imperial. Pero en España, en un territorio que era prácticamente el mismo que forman hoy España y Portugal, teníamos una unidad política que era la monarquía visigótica, una unidad religiosa que era el catolicismo romano, una unidad cultural sobre la base del legado grecorromano y germánico, y además una unidad jurídica con un código común.

 

 

Ya sabemos que aquello acabó como el rosario de la aurora: dos facciones enfrentadas, guerra civil, unos que llaman en su auxilio a los musulmanes del norte de África, los moros que llegan, se quedan y desmontan el edificio… Los visigodos étnicos, asentados sobre todo en Castilla la Vieja, Galicia y León, también en Cataluña, se disolverán poco a poco en la nueva España que empieza a formarse al calor de la Reconquista. Pero precisamente esa nueva España elegirá reconocerse en la herencia goda. Y desde entonces hasta hoy. Ahí reside la importancia de llamarse Recaredo.

 

J.J.E.

El Manifiesto, 4 de junio de 2007

 

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