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¿Héroes románticos? Y un carajo de la vela. Piratas del Caribe: la gran mentira

¿Héroes románticos? Y un carajo de la vela. Piratas del Caribe: la gran mentira

Ni eran nobles, ni heroicos ni románticos: eran una banda de ladrones y asesinos que, por otro lado, hizo un enorme daño a España, frecuentemente bajo instigación de Inglaterra, Francia y Holanda. La serie de películas Piratas del Caribe, tan exitosa, ha puesto de moda permanente un asunto que deberíamos mirar con la mayor hostilidad. Esta canalla, que nos hizo la “guerra sucia” en beneficio de nuestros enemigos, no puede convertirse en modelo heroico de los niños españoles. La colonización cultural que padecemos no puede llegar tan lejos (ni tan bajo). Vamos a contar la verdadera historia de los piratas del Caribe.

Es un tema recurrente desde la literatura romántica: el pirata, preferentemente del Caribe, que va por la vida abriendo barrigas mientras canta himnos a su libertad. La serie de películas Piratas del Caribe, que anda ahora por su tercera entrega, está construyendo una mitología popular en torno a esta figura, mitología que arraiga particularmente entre los niños. Pero, ¿quiénes eran realmente los piratas del Caribe?

 

Enemigos de España

 

El Caribe se llenó de piratas y filibusteros por una sola razón: las enormes riquezas que España estaba extrayendo de América, la prosperidad general que habían alcanzado los virreinatos españoles. Prosperidad que despertaba la codicia no sólo de delincuentes marítimos, sino de las potencias enemigas de España. Los gobiernos y las compañías comerciales de Inglaterra, Francia y Holanda querían su parte del pastel. Como España tenía el monopolio de las rutas comerciales en el área, aquellos países decidieron alentar tanto la guerra de corso como la propia actividad pirata. La primera, el corso, con una finalidad militar: debilitar la potencia española. La segunda, la actividad pirata, con una finalidad puramente destructiva: aterrorizar a las colonias españolas. En cierto modo, los piratas hicieron la “guerra sucia” para ingleses, franceses y holandeses. Después, ya en el XVIII, se la harían éstos entre sí.

 

El primer gran ataque pirata tuvo lugar en 1521. Fue un francés nacido en Florencia, Jean Florin, quien capturó en las Azores el tesoro de Moctezuma II, enviado por Hernán Cortés desde México. Muchos siguieron el camino de Florin. Entre los franceses, el primer Pata de Palo, François Leclerc, y también Jacques Sore y Martín Cote. Entre los ingleses, John Hawkins, Francis Drake, Thomas Cavendish y el conde de Cumberland. Luego llegarán los holandeses, como Piet Heyn. De toda esta gente, unos eran piratas, delincuentes de la mar, y otros eran corsarios, marinos que trabajaban por encargo de la Corona. A juzgar por sus actos, no siempre es fácil percibir la diferencia. Filibusteros como Laurent de Graff, a quien los españoles llamaban Lorencillo por su baja estatura, terminaron como altos dignatarios de la corona francesa.

 

Y es que, a pesar de toda la literatura, es preciso deshacer el equívoco: los piratas y filibusteros no eran románticos héroes libertarios. Las experiencias de organización libertaria se limitan a momentos muy concretos y, además, por razones que tienen que ver más con el reparto del botín que con otra cosa. Es el caso de la Hermandad de la Costa, en la Isla de la Tortuga, que tantas fantasías ha inspirado. En realidad se trataba de una cofradía de tipo mafioso, exclusivamente masculina –no podían entrar mujeres en la isla- y que obedecía a un imperativo de supervivencia: para no matarnos entre nosotros por el botín, pongamos su protección en común.

 

Desde sus bases en la Isla de la Tortuga o en otros lugares de la costa americana, con la connivencia de ingleses y franceses, los piratas y los corsarios actúan con la única finalidad de incordiar a los españoles. Lo tenían fácil: España poseía mucho más territorio del que podía proteger, y sus barcos desplazaban más riqueza de la que podían custodiar. De hecho, lo que sorprende no son tanto los éxitos de los piratas como sus fracasos: es asombroso que, en semejante situación de superioridad, aquel enjambre flotante de ladrones y asesinos no fuera capaz de apoderarse de Cartagena de Indias o de Veracruz, ejes del tráfico comercial español. Para apoderarse de Pernambuco, los holandeses necesitaron movilizar una extraordinaria flota de 800 barcos de guerra y 67.000 hombres, financiada en buena medida con los beneficios obtenidos por la piratería de los diez años anteriores. Así nació la colonia de Nueva Holanda.

 

Criminales en “guerra sucia”

 

Las acciones de los piratas eran muy sencillas: llegar, robar, violar, torturar, matar, incendiar, marcharse. Es lo que hicieron en Panamá en 1671, por ejemplo. El pirata no era un guerrero, sino un depredador secundario. Cuando se le atacaba, huía; cuando se le plantaba cara con una fuerza suficiente, también. Sus éxitos se circunscribían siempre a ciudades costeras poco protegidas o a convoyes navales con defensa insuficiente.

 

Gente simpática, ¿verdad? Jean-David Nau, “El Olonés”, un desertor del ejército francés que se instaló como filibustero en las Antillas, acostumbraba interrogar a sus presos cortándoles el cuerpo en pedacitos. Cuando terminaba, les rajaba el pecho, extraía el corazón, lo masticaba y escupía las piltrafas al rostro de los demás prisioneros. Los españoles no pudieron cazar nunca al Olonés. Lo hicieron los indios: los kuna, un pueblo chibcha del sur de Panamá extremadamente agresivo, que habitualmente se aliaba con los piratas y contra los españoles. Pero el Olonés había dejado tanta sangre detrás que hasta los kuna le detestaban. Lo mataron lentamente, entre grandes sufrimientos.

 

El Olonés era un bárbaro canalla, y también un tipo muy listo, pero nunca habría podido desplegar toda su crueldad y toda su astucia durante tanto tiempo si no fuera porque la Corona francesa, en guerra contra España, le apoyó, le respaldó y encubrió sus rapiñas. O sea que muy independiente y muy pirata, muy “romántico” él, pero en realidad estaba trabajando para el Rey de Francia. Otro tanto cabe decir de los piratas ingleses, frecuentemente contratados en secreto por la corona británica para hacer estragos en las rutas españolas. Los filibusteros fueron, muchas veces, corsarios encubiertos. Su potencia ofensiva y su capacidad para aparecer exactamente allá donde más frágil era la defensa española, se debían, entre otras cosas, a la información que las potencias enemigas de España les habían proporcionado.

 

De hecho, la piratería en el Caribe se extinguió cuando a Inglaterra se le reconoció el derecho a mantener rutas comerciales en la zona. Eso fue en el tratado de Utrecht, en 1713. A partir de ese momento, los piratas se quedaron sin bases seguras: los ingleses comenzaron a perseguirlos. Hacia 1720, ya no quedaba ni un barco pirata en las aguas americanas. Desde el punto de vista inglés, habían cumplido su objetivo.

 

J.J.E.

El Manifiesto, 7 de junio de 2007

 

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