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La inmoralidad del terrorismo. Carta semanal del Arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco Vicente.

La inmoralidad del terrorismo. Carta semanal del Arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco Vicente. La lucha contra el terrorismo es un reto moral de toda la sociedad, y especialmente de sus representantes políticos. El terrorismo es la práctica del crimen con el fin de conseguir objetivos políticos, sociales o económicos mediante el terror, con la paralización y el sometimiento de la población y de sus instituciones legítimas.

 

Corresponde a la Justicia y a los poderes públicos la adopción de las penas y medidas para acabar con el terrorismo. Las personas que nos ocupamos y preocupamos por aportar criterios morales en nuestra sociedad no podemos permanecer callados ante la profunda inmoralidad del terrorismo. No caben ambigüedades: es objetivamente ilícita y repudiable cualquier colaboración con los terroristas, con los que los apoyan, encubren o respaldan en sus acciones criminales.

 

El terrorismo corrompe cuanto se relaciona con él, por lo que el final del terrorismo será consecuencia de su aislamiento y su derrota. Sin estas condiciones el fin del terrorismo es sólo aparente y engañoso. Dejar rescoldos de una mentalidad terrorista pone en peligro a toda la sociedad, porque en cualquier momento puede resurgir el incendio de la amenaza de muerte, de la violencia y de la intimidación que acorrala las libertades más elementales.

 

No debemos cansarnos en la lucha contra los que nos agreden desde el terror. Al contrario, debemos renovar nuestras convicciones. En fechas recientes, los Obispos hemos recordado que el terrorismo es una práctica intrínsecamente perversa, totalmente incompatible con una visión moral de la vida, justa y razonable. El terrorismo vulnera gravemente, y muchas veces de modo irreversible, el derecho a la vida y a la libertad, y muestra la más dura intolerancia y totalitarismo.

 

El gobierno, los partidos políticos y todas las instituciones tienen que trabajar con todos los medios legítimos para que llegue el fin del terrorismo, para que no acabe por imponer su lógica y su triunfo. Con el terrorismo no caben cálculos ni estrategias convergentes: no hay ningún tramo del camino que se pueda compartir con los que están dispuestos a matar de forma traicionera por imponer sus ideas.

 

También quienes formamos la Iglesia católica y todas las demás instituciones políticas y religiosas estamos obligados a colaborar específicamente en este inaplazable empeño. Nuestra contribución tiene una especial responsabilidad en la iluminación moral de lo que es el terrorismo y de la calificación moral que merece. No podemos consentir que la contaminación ideológica que practican los terroristas obscurezca el sentido moral de las personas de buena voluntad.

 

Hay un principio moral irrebasable a la hora de plantear posibles acercamientos a los terroristas: una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer de ningún modo a una organización terrorista como representante legítimo de sector alguno de la población, ni tenerla como interlocutora. Los contactos eventuales de la autoridad pública con los terroristas deben ceñirse a establecer las condiciones conducentes a la desaparición de la banda terrorista, en nuestro caso, a la desaparición de ETA y excluir todo lo referido a la organización política de la sociedad.

 

Para la normalización de la sociedad y para la reconciliación entre los ciudadanos, hay que exigir el cese absoluto de la violencia y la renuncia neta de los terroristas a imponer sus proyectos mediante la violencia. Sólo la renuncia seria y definitiva a utilizar la violencia y el terror puede considerarse como el punto de partida hacia la paz.

 

La respuesta de la sociedad frente a la amenaza terrorista no podrá ser suficientemente firme y efectiva, mientras no se apoye en una conciencia moral colectiva sólidamente arraigada en el reconocimiento de la ley moral natural que protege la dignidad y la libertad de las personas. Al tiempo, el testimonio de las víctimas es imprescindible para reavivar en todos nosotros la urgencia del respeto a la vida y a la libertad de todos los seres humanos, sin distinciones ni restricciones de tiempo ni de lugar.

 

Una vez más, quiero rogar a Dios por el fin del terrorismo y por la conversión de los terroristas, al mismo tiempo que quiero expresar todo el afecto, el respeto y la sincera solidaridad con las víctimas, con sus familiares y amigos, con todas las personas que han sufrido directa o indirectamente los golpes del terrorismo.

 

Con mi bendición y afecto,

 

Agustín García-Gasco Vicente (Arzobispo de Valencia).

 

Publicada en «Paraula-Iglesia en Valencia» el 10 de junio de 2007

 

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