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UPN ¿mansedumbre o maquiavelismo?

UPN ¿mansedumbre o maquiavelismo?

Análisis nº 215   |  13 de Septiembre de 2007

 

2003: UPN y el Frente de la Paz

 

En 1995, un PSN humillado por la corrupción generada por sus gobiernos, no tenía más opción que coger el camino de la oposición. Hundido moralmente por los resultados electorales, perdió primero los votos y, hambriento de poder, perdió después los principios. A la desmoralización que siguió a la era de Urralburu y Otano siguió la inmoralidad de unos pactos que hoy son difícilmente justificables.

 

El Frente de la Paz se conformó frente al Gobierno de Aznar y cristalizó en la coalición del No a la Guerra. Pero la coalición distaba mucho de ser una coalición pacifista; simplemente había cambiado el signo de la hostilidad política, lo había desplazado de los límites constitucionales a los límites progresistas. Codo con codo tras la pancarta, se configuraba un nuevo bloque que rompía con el constitucional inaugurado en 1978.

 

Entonces cometió UPN el primer error; marchó junto a socialistas, comunistas y batasunos en protesta por la guerra de Irak. ¿Creyó Miguel Sanz que así se libraría del estigma que ya por entonces acompañaba a Aznar? Probablemente sí; durante un tiempo, recordó la postura ante la guerra de UPN, distinta a la del Partido Popular. ¿Creyó, cuando se manifestaba junto a socialistas y nacionalistas, que marchaba por la paz? De ser así, era el único; el resto de compañeros de viaje lo hacía en realidad contra la misma derecha que en Navarra él representaba.

 

La respuesta la tuvo poco después; tan pronto como el PSOE comenzó a clamar contra el autoritarismo y el belicismo de Aznar, el PSN comenzó a denunciar el autoritarismo de Sanz. Éste no pudo librarse de la tormenta ideológica que azotaba al Gobierno del PP; UPN no comprendió que no era una tormenta, ni contra la guerra, ni contra Aznar. Se trataba de los nuevos vientos ideológicos que soplaban para el Partido Socialista; vientos que ya entonces habían aupado a la cabeza del PSE a quienes defendían el pacto político con ETA y la anexión de Navarra.

 

En consecuencia, en su Congreso de 2004 el PSN hizo abrazó con entusiasmo el espíritu del Pacto del Tinell. Aún así, nadie en UPN planteaba crítica alguna a Zapatero o el PSOE. Nada hacía sospechar a los regionalistas la emboscada que se les estaba preparando, pese al desprecio con que, desde el principio, Rodríguez Zapatero trató a Miguel Sanz. Desprecio que se fue intensificando; la representante de Nafarroa Bai despachaba habitualmente con el Presidente del Gobierno, que evitaba reunirse con el Presidente de la Comunidad Autónoma, pese a que éste se lo pedía.

 

2006: un proceso anexionista

 

Por fin, en marzo de 2006 ETA declaró el alto el fuego permanente y se inició el “proceso de paz”. La versión oficial de los contactos fue tan inmaculada como sospechosa. Rodriguez Zapatero habría recibido una carta de ETA pidiéndole iniciar contactos; estos se habrían producido entre la declaración de marzo de 2006 y noviembre del mismo año. Al comienzo, ETA habría manifestado su intención de hablar sólo de desarme y reinserción. Ello hasta las reuniones de julio de 2006 en las que habría exigido la autodeterminación y la territorialidad; se habría roto la negociación y ETA, primero asesinaría el 30 de diciembre, y despues rompería el alto el fuego.

 

Lo cierto es que las informaciones posteriores han demostrado que la versión oficial era falsa. Más bien se sucedieron de manera contraria. En primer lugar, los contactos entre parte del PSE y Batasuna fueron frecuentes durante los últimos diez años. Lo cierto es que una parte de los socialistas vascos defendían ya entonces, como lo hacen hoy, el pacto político con la banda terrorista ETA. La negociación política con ETA no fue un asunto estratégico; fue un convencimiento ideológico.

 

La llegada de Rodríguez Zapatero a la secretaría general del PSOE fue seguida de la salida de Nicolás Redondo Terreros de la secretaría general del PSE, y su sustitución por quienes llevaban años negociando con Batasuna. En aquel entonces (año 2001), nadie imaginaba una tregua de ETA; pero por entonces, Rodríguez Zapatero estaba haciendo suyos los postulados nacionalistas, entre ellos el de la anexión de Navarra a Euskadi. Certeza conocida hoy y que en su momento pasó desapercibida para todos; los dirigentes de UPN no podían saber que en 2001 Rodríguez Zapatero inciaba el camino del Anschluss en Navarra. En 2006 la cosa estaba, sin embargo, bastante más clara.

 

Durante el año 2006, los dirigentes de UPN parecieron pasar de la inquietud a la alarma; cuando todos los indicios apuntaban a que Rodríguez Zapatero estaba negociando Navarra con Josu Ternera,  UPN y parte de la derecha navarra sacaron la conclusión precipitada; el PSN se mantenía fiel a la Constitución y al Amejoramiento. Y Navarra permanecería al margen de las negociaciones entre los socialistas vascos y ETA. En consecuencia, la voz de alarma sonó muy tarde. Sin embargo, no demasiado; la campana sonó en marzo de 2007. y lo hizo con toda su fuerza.

 

2007: blanqueando a Nafarroa Bai

 

A estas alturas es dificil negar que Rodríguez Zapatero defiende la anexión de Navarra incluso en público. Lo cierto es que el presidente del Gobierno hizo suya la doctrina de J. Eguiguren acerca del papel de Navarra en la resolución del conflicto vasco ya en 2001, cuando nadie adivinaba la ofensiva sobre el Viejo Reyno ni los pactos de 2006 con ETA.

 

En febrero de 2007, las informaciones que llegaban ofrecían pocas dudas; el proceso se había “estancado” porque ETA quería un órgano común con capacidad política tan pronto como los nacionalistas vascos llegaran al poder en Navarra. Despacio, despacio, les suplicaban los negociadores socialistas. Unos y otros estaban de acuerdo en lo fundamental; un gobierno nacional-socialista en Navarra, una progresiva euskaldunización del territorio y un órgano político común. Sólo los plazos los separaban, en espera de acontecimientos.

 

A principios de año, las noticias ya permitían esbozar el plan trazado; el pacto entre PSN y Nafarroa Bai era ya un secreto a voces, que incluso los protagonistas reconocieron tras las elecciones. El Ayuntamiento de Pamplona iría a manos de la anexionista Uxúe Barkos; el Gobierno de Navarra para el PSOE y Fernando Puras. En la medida de lo posible, cada institución con presencia mayoritaria de los propios. Logrado el pacto, iniciada la anexión, los tratos con ETA recibirían un impulso determinante; ése parecía ser el camino de la paz.

 

A tal fin, el Frente de la Paz se puso de nuevo en marcha; a la deslegitimación de UPN acompañó el blanqueo masivo de Nafarroa Bai. De los regionalistas se afirmaba su carácter autoritario, contrario al pluralismo; las mismas acusaciones que en 2003 condenaron a Aznar ante el despiste de Sanz. De los anexionistas se repetía su carácter transversal, pluralista, democrático y social. Desde TVE, Tele 5, El País o ETB, se alertaba sobre el peligro de involución democrática si ganaban los liberal-conservadores; al tiempo, se depositaba la voluntad democrática en los nacional-socialistas de Nafarroa Bai.

 

A principios de 2007, la izquierda española cargaba junto al nacionalismo vasco contra la derecha navarra; Gara, ETB, Diario de Noticias, Deia entusiastas junto a El País, Cuatro, El Periódico o RNE. A tal fin, contaban con la colaboración entusiasta del diario El Mundo, cuya edición vasca lleva años incluyendo Navarra como la cuarta provincia. De repente, todo el mundo sabía quién eran Uxúe Barkos o Patxi Zabaleta, festejados y alentados a lo largo de toda España; por el contrario, pocos conocían a los candidatos regionalistas, que representaban a el triple de ciudadanos y eran silenciados por la coalición gubernamental.  

 

Marzo de 2007 o “teníamos razón”

 

Los regionalistas no parecían darse aún por aludidos; mediáticamente cercada, UPN cedía palmo a palmo en la batalla por la opinión pública. Anquilosada tras demasiados años de Gobierno, lastrada por una clase empresarial y política crecida al abrigo del poder, la derecha navarra se mostró incapaz de reaccionar ante la ofensiva desatada en su contra. Así las cosas, en marzo de 2007 las posiciones estaban claras; había un pacto con ETA sobre Navarra, y habría un pacto del PSOE con los anexionistas tras el 27M.

 

Así las cosas, la convocatoria de la manifestación del 17 de marzo en Pamplona marcó un antes y un después en la historia reciente del Vuejo Reyno. Cien mil personas marcharon defendiendo la Constitución y el Amejoramiento, esto es, los derechos y libertades tanto como la personalidad de Navarra. La bandera española dejó de ser tabú en las calles de la opulenta Pamplona.

 

El panvasquismo en pleno montó en cólera; ¿acaso no tenían sólo ellos derecho a llenar autobuses en el País Vasco para abarrotar Navarra? Durante treinta años, el panvasquismo llenó las calles navarras de ikurriñas, dentro de un plan que aún une tanto al PNV como a ETA. Acostumbrados al monopolio total e indiscutible de las calles, los anexionistas vieron con preocupación a cien mil personas enarbolando banderas forales y constitucionalistas por las calles navarras.

 

La demostración del 17 de marzo indignó al anexionismo vasco, provocó quejas desairadas; también a la izquierda española, que ya entonces había sellado el pacto con el nacionalismo respecto a Navarra. El 17 de marzo mostró una desconocida capacidad de UPN de convocar a los navarros. Sin embargo, se asustó; hizo suyo el discurso de anexionistas y progresistas, según los cuales era la derecha la que crispaba la sociedad con su manifestación. Al mismo tiempo, los socialistas acusaban a UPN de acusarles injustamente de tener perfilado un pacto que hoy sabemos que tenían perfectamente perfilado.

 

El golpe del 27M y un agosto interminable

 

Así las cosas, el 27M entraba en juego lo que Mayor Oreja ha denominado UTE entre el PSOE, ETA y PNV.  Por las informaciones de que disponemos, todo estaba preparado para dar un golpe definitivo en Navarra el día después de las elecciones; Ayuntamiento de Pamplona para Nafarroa Bai, Gobierno de Navarra para el PSOE. Al fondo el sueño que une a PNV, EA, Aralar y ETA; ver a Miguel Sanz expulsado del Palacio de Navarra.

 

Así las cosas, el 28 de mayo, los navarros se levantarían sumergidos en lo que los anexionistas llamaban ya, sin disimulo, una “nueva cultura política”; un golpe total y certero al sistema constitucional y al Amejoramiento navarro. Total en la medida en que NaBai por un lado y Rodríguez Zapatero por otro habían anunciado su intención de superar ambos marcos legales; certero en la medida en que lo instantáneo del pacto, la rapidez de los acuerdos post-electorales –de hecho pre-electorales-, no tendrían marcha atrás y serían definitivos.

 

El 27 de mayo, era un cambio revolucionario lo que estaba preparado para Navarra. Un cambio rápido y certero en las instituciones, una sonrisa a cambio de una toma del poder que cambiara la faz de Navarra a medio o largo plazo. En la vorágine de los pactos postelectorales, el golpe en Navarra pasaría más desapercibido, tanto más cuanto más rápido fuese; así estaba pactado. Pero algo falló; las negociaciones se dilataron demasiado en el tiempo, el golpe quirúrjico se convirtió en un lodazal que cubrió de noticias todo el verano. ¿Por qué?

 

Los resultados de Pamplona asustaron al PSOE; la legalización de las listas de ANV había logrado el resultado buscado, impedir la mayoría absoluta de Yolanda Barcina por unos pocos votos. Pero había introducido otro problema; el bloque PSN-NaBai era ya insuficiente para acabar con la regionalista sin contar con los votos de ETA. Pactar con los enemigos de la Constitución y del Amejoramiento era una cosa; hacerlo además con los asesinos de miles de personas, navarros y españoles era demasiado obsceno aún para quienes lo hacían por debajo de la mesa.

 

El atasco en Pamplona se trasladó inmediatamente a las negociaciones en el Parlamento; si el PSN no entregaba Pamplona a cambio de Navarra, tendría que ceder más en el Gobierno regional. Las exigencias de los anexionistas se elevaron, hasta hacerse difícilmente soportables para un partido nacional. En consecuencia, el golpe electoral preparado por PSOE y Nafarroa Bai para el 27M perdía fuerza cada día, cuando los periódicos y las emisoras de radio abrían con el “tema navarro” y aumentaba una polémica que PSN y Nafarroa Bai querían evitar a toda costa en el pasado.

 

Agosto; la hora de Sanz

 

Elegido presidente del Gobierno de Navarra gracias a la abstención socialista, Miguel Sanz rebajó la intensidad de su discurso, apeló a la unidad constitucional y a la tradicional cooperación entre UPN y PSN. Dando marcha atrás, UPN y PP sacaron el tema de la “tradicional lealtad”, esperando despertar en los perdedores el mismo sentimiento.

 

Sanz llegó incluso a pedir disculpas por las “exageraciones” de antes de las elecciones, por advertir de unos pactos que paradójicamente estaban ya demostrados. Llegó el esperpéntico episodio del grupo propio de UPN en el Congreso; idea aceptable a condición de no proponerla tras las amenazas del PSOE. Quienes se habían batido el cobre por defender a UPN, veían defraudadas sus esperanzas en nombre de la consecución del poder.

 

Mientras UPN se retractaba de una campaña en la que de ser culpable lo fue por ser demasiado blando, el PSOE elevó el tono de su discurso, y Rodríguez Zapatero amenazaba; la política en Navarra la harían entre NaBai y el Partido Socialista. Los dirigentes del PSN ubicaron su discurso a medio camino entre el desprecio y la burla; desprecio ante quienes consideraban que usurpaban su gobierno. Burla ante quienes se arrastraban ahora en búsqueda de clemencia.

 

Así, la derecha, desde COPE o Libertad Digital, montaba en cólera contra el ya presidente navarro; a la izquierda, los medios del Frente de la Paz ni disimulaban ni disimulan los pasos a dar; El País y la SER justifican ya la moción de censura que derribará a Sanz tras las generales. Al tiempo que enfadaba a los suyos, Sanz tendía la mano a quienes no tienen la más mínima intención de estrechársela. ¿Está subiendo Miguel Sanz voluntariamente al cadalso?

 

Conclusión; ¿la hora del maquiavelismo?

 

A día de hoy, una certeza parece imponerse; tras discursos grandilocuentes, PSOE-PSN y NaBai han anunciado que van a jugar la carta de la desestabilización de Navarra, de acoso y derribo, disimulado o no, contra el Gobierno de UPN. Con un Gobierno en La Moncloa que desprecia profundamente a la derecha navarra en cuanto derecha, y un nacionalismo vasco que la desprecia en cuanto navarra, las declaraciones de Miguel Sanz tras su toma de posesión lo asemejan a la víctima de un sacrificio anunciado.

 

En otoño de 2007, el Gobierno de Navarra es un Gobierno cercado, rodeado por quienes no creen en la legitimidad de UPN para gobernar a los navarros. Por quienes tampoco creen en la existencia real de Navarra. A los ojos de parte de la derecha navarra y española, Miguel Sanz se ha convertido en un personaje débil en lo moral y en lo político. Por toda España cunde la certeza de que tras las elecciones generales, el pacto con ETA será reactivado, los socialistas instalarán en el poder a los nacionalistas, y el futuro de Navarra será oscuro. La izquierda y el anexionismo se frotan las manos, y a lo sumo, piden paciencia a los suyos mientras levantan el patíbulo.

 

Así las cosas, el optimismo queda reducido a la confianza en que las virtudes políticas de Miguel Sanz estén a la altura de las de sus depredadores. Más allá de un discurso que divierte al Frente de la Paz y preocupa e indigna a muchos de los suyos, la pregunta que se abre paso obsesivamente es si Miguel Sanz ha abrazado el maquiavelismo más que sus opositores, si está decidido a usar el florete más que sus verdugos, a que la seda del guante esconda una fría y despiadada determinación. Si Miguel Sanz ha firmado o está dispuesto ha hacerlo, un pacto con el diablo donde los escrúpulos desaparezcan ante la guerra fría que se avecina en Navarra.

 

De las trincheras políticas, la del gobierno es la más segura de todas. Maneja medios humanos y materiales, nombra funcionarios, elige secretarios generales y forma equipos según su conveniencia.  Maneja las instituciones, reparte el presupuesto, configura la administración. En tiempos de tormenta política, el gobierno es el mejor resguardo, siempre y cuando se afronte el temporal y se fuerce al otro a sufrir en la intemperie. El Gobierno de Navarra proporciona a Miguel Sanz una capacidad de maniobra política que supera con creces a la de PSN y NaBai juntos, y que, en conjunción con el PP, iguala la de Rodríguez Zapatero.

 

El Gobierno propone, dispone, reparte y ordena la comunidad política; más allá de los discursos grandilocuentes, de las justificaciones legitimadoras, el arma de UPN para frenar el sacrificio es poderosa, a condición de aceptar el reto, de prepararse para el combate diario y en todos los frentes que le ha sido declarado.  En marzo Sanz sacó a la calle a cien mil navarros, en una gesta sin precedentes. Meses después consiguió un apoyo superior al jamás conseguido por su partido. Hoy, el asunto nada tiene que ver con las preferencias. UPN está situado en el centro de una guerra fría a la que no puede escapar. Los navarros han puesto en sus manos unos poderosos instrumentos para librarla; ¿se ha puesto ya en marcha para defenderlos?

 

¿Es Miguel Sanz la víctima que parece ante la política anexionista de Rodríguez Zapatero, Imaz o Patxi Zabaleta? ¿Asistimos a la muerte anunciada de un Gobierno, y tras él de un régimen político y de un Viejo Reyno? Rodríguez Zapatero, ETA y el PNV libran de buen gusto una guerra fría en Navarra que en buena medida ellos han declarado. Está por ver si Miguel Sanz ha abrazado el maquiavelismo y va a dar batalla total desde el Gobierno o si esperará mansamente a que otros tomen las decisión de acabar con él. La cosa no parece haber hecho más que empezar.

 

 

 

 

Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.

 

http://www.gees.org/articulo/4437/

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