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Familia sí, con cultivo de la fe

Familia sí, con cultivo de la fe La celebración de la Familia Cristiana que tendrá lugar este domingo en la Plaza de Colón de Madrid se produce en una situación paradójica. La ley del divorcio exprés, impulsada por el Gobierno de Zapatero, ha fomentado que nuestro país sea uno de los que registra más rupturas matrimoniales en toda Europa. Y, sin embargo, todas las encuestas reflejan que la familia es una de las instituciones más valoradas. Benedicto XVI acaba de recordar en su mensaje para el comienzo de año que la familia es la primera comunidad en la que se experimenta el perdón, el sentido de la justicia y de la paz. Estas experiencias tienen importantes consecuencias en el terreno de la cohesión social. Es un fenómeno que se reconoce con facilidad. Sin embargo, a muchos también se les presenta la vida familiar como algo muy difícil. La estabilidad de las relaciones entre el hombre y la mujer, la fidelidad mutua y la tarea de educar en libertad a los hijos a menudo parecen cargas demasiado pesadas. Ante esta situación es inútil volver la mirada hacia otro lado. A los católicos no nos puede bastar con repetir fórmulas y eludir mirar de frente a los problemas.

 

Buena parte de la actual crisis de la familia tiene mucho que ver con un modo de educar y de vivir la fe que ha dado por supuestas las razones que permiten a un hombre y a una mujer entender su relación como un ángulo abierto hacia el Misterio de Dios, como un lugar que, disponible a la fecundidad, está llamado a ser ámbito de construcción social, de pasión por el mundo.

 

El amor que marido y mujer se profesan no tiene por qué convertirse, con el tiempo, en una tumba, en el recuerdo de un deseo de plenitud frustrado o, en el mejor de los casos, en un resignado pacto de no agresión mutua y de compromisos morales. Es ante la necesidad humana, en este caso la necesidad de que el amor sea verdadero y perdurable, cuando la fe se muestra realmente conveniente y significativa. La fe en este caso tan concreto, pero tan decisivo, nos enseña a reconocer en la persona amada el signo del Único que puede satisfacer por completo nuestro afecto y nuestro deseo de felicidad. La celebración por la Familia Cristiana tiene sentido en la medida en que es ocasión para dar testimonio de que este hecho es posible.

 

En España durante mucho tiempo ha faltado una política familiar adecuada porque a esta institución se la ha considerado como un “fenómeno privado”. En los últimos años se ha producido un cambio interesante gracias a la labor de asociaciones e instituciones que han surgido desde abajo. Esta realidad incipiente estará completa si cada uno desde su tradición -los católicos desde la nuestra- recupera la experiencia que hace posible que el ámbito familiar sea un lugar de humanización. Los cambios políticos reales siempre dependen de un cambio cultural.

 

José Miguel Oriol

ABC, 30 de diciembre de 2007

 

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