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Crisis en Líbano. De guerra en guerra

Crisis en Líbano. De guerra en guerra

 

La escasa atención internacional a lo que ha sucedido esta semana en Líbano quizás se deba al sentimiento de que no se puede esperar otra cosa del país, pero no por eso es menos importante, no sólo porque Líbano es como un Oriente Medio en pequeño sino sobre todo porque nada de lo que allí sucede puede aislarse del explosivo contorno, en causas y en consecuencias.

 

Los acontecimientos tienen todos los visos de ser el comienzo de la nueva guerra civil que se viene fraguando desde el asesinato por parte de Siria, directamente o por intermediarios, del jefe de Gobierno y líder suní Hariri, el 14 de febrero del 2005; pero puede que se queden, de momento, en una exhibición de fuerza por parte de la organización chíi Hezbolá, el Partido de Dios. Como exhibición resulta gratuita, porque nadie duda de que este partido es más fuerte que el Estado desde casi cualquier punto de vista, y en primerísimo lugar desde el militar. Lleva meses paralizando la elección del jefe del Estado porque quiere una mayor cuota institucional de poder en un país en el que el Estado se reparte por cuotas étnicas proporcionales a la composición de los años treinta. Desde 1932 no se ha vuelto a hacer un censo por las repercusiones políticas que tendría. Los chiíes han aumentado su parte en la población, y sería razonable que aumentaran su presencia en las instituciones. Pero su poder bruto es ya abrumador y sus conexiones con Siria e Irán de todo punto amenazadoras para el resto. Lo son también para los vecinos, Israel de forma inmediata y todo el mundo suní de Oriente Medio.

 

Tras la larga guerra civil que transcurrió entre 1976 y 1990, todas las milicias se desarmaron menos los palestinos, en el origen del conflicto, y Hezbolá, con el pretexto medio aceptado por los demás de que eran los guardianes de la seguridad libanesa frente al peligro israelí. Tras el asesinato de Hariri, el Kalashnikov ha vuelto a convertirse en artículo doméstico de primera necesidad y las demás facciones están reconstruyendo sus milicias, muy a la zaga del matón local chií.

 

Desde el jueves hasta el sábado, las potentes fuerzas de Hezbolá tomaron Beirut Oeste, suní e internacional, burgués y elegante. Atacaron la fortificada residencia de Hariri hijo –líder del conjunto gubernamental antisirio–, la del jefe de gobierno Siniora, sedes de partido, de televisiones y periódicos, para luego retirarse, aunque el conflicto parece extenderse a otras zonas. No buscan la guerra civil ni apoderarse del Estado por la fuerza. Sólo aumentar su influencia en él y neutralizarlo mientras tanto. Para los agredidos es un estímulo más para armarse. No han ofrecido apenas resistencia. No están preparados. Pero le han dicho a Hezbolá que ha perdido su legitimidad como guardián de la soberanía nacional frente a la amenaza israelí. Las ficciones pueden tener su importancia y ésta se ha desplomado aparatosamente.

 

Queda lo más importante. ¿Por qué ahora? Porque el Gobierno intentó utilizar al ejército, el gran ausente de la crisis, para controlar el sistema telefónico privado que los ingenieros iraníes han construido para el ejército chií. Es una parte esencial del complejo dispositivo militar desarrollado con vistas a la próxima guerra con Israel. No sólo Hezbolá tiene el doble de misiles de los que poseía en vísperas de la guerra de junio de 2006, nunca desmantelados en los 36 días de acciones bélicas. Son además de mayor alcance. También han reconstruido el sistema de bunkers subterráneos ante la voluntariamente ciega mirada de los cascos azules. El dispositivo tiene otros elementos claves. Las comunicaciones los conecta y potencia. En conjunto, son varias veces más fuertes que en el año 2006.

 

Pero esta respuesta es insatisfactoria. ¿Por qué el débil Gobierno creyó que podría utilizar al poco fiable ejército para una misión que manifiestamente le desborda? Aquí entramos en zona gris obscura, que para los propios libaneses es de intensa y rica especulación. Pero al menos podemos suponer con grado alto de seguridad que norteamericanos y franceses, con los israelíes detrás, le presionaron para que lo hiciera. Pero ¿por qué creyeron que podría? Esto ya es entrar en zona negra.

 

Por GEES

Libertad Digital nº 1465   |  12 de Mayo de 2008

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