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El "pensamiento Alicia" de Zapatero, desmenuzado por un filósofo

El "pensamiento Alicia" de Zapatero, desmenuzado por un filósofo

Tras el utopismo y la palabrería hueca de que hace gala el presidente del Gobierno hay algo más que una técnica política para no decir nada o imponer "como sea" sus ideas.

En el panorama del pensamiento español contemporáneo hay pocos autores cuya obra pueda presumir de una coherencia lógica interna similar a la del Gustavo Bueno. Por citar uno, en el orden del pensamiento político y jurídico el desaparecido Álvaro d´Ors puede compararse al filósofo asturiano en la determinación de estructurar un orden de los saberes conforme a una terminología clara y definida: propia y personal, pero comprensible por todos porque hunde sus raíces no en su subjetividad, sino en la universalidad del conocimiento.

Hemos hablado de coherencia, de lógica, de orden, de terminología clara y definida... es decir, de la antítesis del "pensamiento Alicia" de José Luis Rodríguez Zapatero al que ha consagrado Bueno su última obra. Y es que una de las virtudes de este catedrático de la Universidad de Oviedo es aplicar su discurso a cuestiones candentes de la actualidad, como hizo en ensayos que ya son clásicos como El mito de la cultura, España frente a Europa, Panfleto contra la Democracia realmente existente, Telebasura y democracia y El mito de la Izquierda.

Pero ¿puede ser Zapatero objeto de reflexión filosófica? Estas páginas demuestran que sí. El presidente del Gobierno no es ni tiene por qué ser un intelectual, pero la indefinición de sus conceptos (da igual que sea nación que Alianza de Civilizaciones, paz que diálogo) no es casual. "El pensamiento Alicia", dice Bueno, "sólo tira de un hilo de la madeja, sin querer saber nada de los otros hilos en los que está enredado, y por esto ese pensamiento es simplista". Da igual que se aplique a realidades sociales (matrimonios entre homosexuales) que a juicios históricos (memoria selectiva): el "pensamiento Alicia" encuentra un lado de la realidad, lo convierte en el único, y a partir de él define la receta mágica.

Bueno estudia esta forma de pensar propia del sofista en distintos ámbitos de la realidad y la cultura: la Alianza de Civilizaciones, la mujer, el diálogo, el franquismo, los derechos de los simios, la solidaridad, la memoria histórica, el pluralismo cultural, España, la democracia y el humanismo. En cada uno de ellos, el pensar zapateril (que Bueno no siempre toma del presidente, sino de otras múltiples formas en que se expresa) es diseccionado sin piedad. Esto es, con el rigor de la lógica y sin concesiones a generalidades o sentimentalismos.

Como el autor no es un autor ligero, sino exigente con sus lectores, el resultado es demoledor: de Zapatero y su palabrería hueca no queda nada que salvar, porque no esconde realidad alguna. "Un pensamiento que, apoyándose en las semejanzas indudables que existen entre las golondrinas y los murciélagos, y despreciando las diferencias esenciales, se empecina en llamar golondrinas a los murciélagos... es un pensamiento, sin duda, necio".

Lo peor es que una nave dirigida por un "pensador Alicia", dice Bueno, está condenada a estrellarse.

Es muy saludable que existan pensadores que sepan explicar la realidad cotidiana desde los grandes principios metafísicos. A quienes no les importa que en una obra rigurosa y profunda de pensamiento, como es ésta, se pueda hablar sin complejos, e incluso con desenfado, de Pepiño o de Sabino Arana. Lo cual explica la popularidad de su autor y de su compromiso, muy políticamente incorrecto, con la verdad de las cosas.

Carmelo López-Arias

El Semanal Digital, 1 de noviembre de 2006

AMERICA ALONE, DE MARK STEYN: El suicidio de Occidente

AMERICA ALONE, DE MARK STEYN: El suicidio de Occidente

Mark Steyn es un conocido ensayista canadiense pero afincado en la Costa Este de los Estados Unidos. Impenitente viajero, sus artículos se ven publicados en diversos medios, desde Vanity Fair al semanario neoconservador Weekly Standard, pasando por Libertad Digital. No es muy conocido por nuestros lares, pero debería serlo. Su estilo es directo, vibrante, punzante. Y las ideas que defiende no lo son menos. Su última obra, America Alone, se fundamenta en una sola idea, simple pero potente y preocupante: Occidente como concepto está muerto, y como realidad humana se está suicidando. América se va a ver sola ante los retos del mundo en unos pocos años. De hecho, y a decir verdad, más que América sola, el título debiera haber sido América abandonada, idea que hace más justicia a las tesis y sentimientos expuestos.

 

La línea argumental es clara: lo que hoy conocemos como Occidente no va a sobrevivir a este siglo XXI que nos toca vivir. Es más, buena parte de esta comunidad liberal, sobre todo en Europa, desaparecerá mucho antes. Tanto que quizá nos toque verlo.

 

El suicidio de Occidente que nos avanza el autor nada tiene que ver con las visiones apocalípticas a que nos tienen acostumbrados –hartos, por mejor decir– ecologistas, conservacionistas y demás antiglobis. Ni Occidente ni el mundo morirán por falta de petróleo y demás recursos naturales. Ni las hambrunas amenazarán el boom demográfico. Ni vendrá a echar el cierre una nueva glaciación que suceda a un previo calentamiento terrestre. La cuestión es mucho más simple, y eso es lo que nos viene a recordar este libro de Steyn: en el futuro no habrá que preocuparse de todas esas predicciones porque para cuando se materialicen, si es que lo acaban haciendo, no habrá casi nadie en nuestro entorno –porque, no lo olvidemos, somos los occidentales quienes nos preocupamos por todas esas cosas, no los chinos, los árabes o los nigerianos– para sufrirlas: habremos desaparecido mucho antes.

 

¿Cómo eso? Para Mark Steyn es muy sencillo de explicar y de entender: simplemente, los occidentales, al menos buena parte de ellos, con la sola excepción de los americanos, ni crecemos ni nos multiplicamos, sino todo lo contrario. No es ilógico para una sociedad no sólo secularizada, sino sobre todo postcristiana y postbíblica. Pero no por consistente deja de ser menos suicida.

 

Como el autor nos recuerda, la tasa de reposición social, esto es, la cantidad de niños que una mujer fértil debe tener para que una población dada se mantenga, es decir, que ni crezca ni se reduzca, es de 2’1. En ese sentido, el mundo, globalmente considerado, está actuando más que bien. El problema es que esa "eficacia" está desigualmente repartida y eso va a causar un ajuste global jamás visto. Los países que están a la cabeza en cuanto a tasa de reposición se refiere son Somalia, Nigeria, Afganistán y Yemen, con 6’91, 6’83, 6’78 y 6’75 hijos por mujer, respectivamente. Y ahora, los que están a la cola: Alemania, Rusia, Italia, Japón y España. Entre el 1’3 y el 1’1. ¿Sorpresa?

 

El Instituto Nacional de Estadística posiblemente argüiría que los datos que usa Steyn han quedado relativamente obsoletos y que el crecimiento de la población en parte de Europa se está recuperando. Particularmente, en España se habría alcanzado el 1’34 en el último año. Pero, para desgracia nuestra y refuerzo de las tesis de Mark Steyn, este crecimiento se debe al aumento de la población emigrante y a los mayores índices de natalidad que sostienen frente a los nativos españoles. Nada mejor que un paseo por las plantas de obstetricia y ginecología de nuestros hospitales públicos para comprobarlo in situ.

 

Por tanto, y de acuerdo con Steyn, aunque todo el mundo acabe asumiendo la actual apatía demográfica de los países avanzados y occidentales, aquellas sociedades o pueblos que sucumban a ella más tarde gozarán de una gran ventaja competitiva. Esta ventaja competitiva es más que importante en la sustentación de las tesis de Steyn, puesto que para que América se quede sola es condición imprescindible que el resto de Occidente la abandone de una forma u otra.

 

Así como el mundo es hoy más islamista que hace dos décadas, Europa es también más musulmana que hace 20 años; aún peor: dadas las tendencias demográficas, todavía lo será más dentro de otros 20 años. Cierto, las mujeres musulmanas en suelo europeo reducen rápidamente su alta natalidad, pero, con todo, la tasa más baja a la que han llegado de 2’9 hijos. Lo que quiere decir que, mientras en una generación italianos y españoles reducen su número a la mitad, los musulmanes seguirán doblándose en Europa durante bastante tiempo. La pregunta que se hace el autor, ¿qué impacto tendrá este crecimiento desigual y sostenido durante décadas?, es más que apropiada.

 

Para Mark Steyn el problema fundamental es la cerrazón y ceguera de los europeos ante nuestro futuro. Preferimos discutir interminablemente sobre arreglos institucionales, sobre multitud de cuestiones irrelevantes o secundarias y nos dejamos seducir por la falsa idea de que todo seguirá más o menos como está. Estamos ciegos. Si la demografía se vuelve islámica, tarde o temprano Europa será del Islam. No más Unión Europea, sino, más bien, Unión Euroarábica.

 

En America Alone se recogen suficientes muestras de qué significaría eso porque ya se está empezando a sufrir en muchos rincones de Europa: un cineasta asesinado, una parlamentaria que se tiene que exiliar a América, un local gay asaltado, una paliza a chicas "díscolas", el asesinato de judíos por el mero hecho de serlo… Una Europa islamizada no sería más light, todo lo contrario. De ahí que sean más sorprendentes las manifestaciones de solidaridad con la cultura islámica de grupos europeos de izquierda o feministas, justo las primeras comunidades que sufrirían el asalto del totalitarismo islámico.

 

Y esa es la segunda gran tesis de Mark Steyn: lo verdaderamente importante en esta lucha histórica entre Occidente y el islamismo es la debilidad de los occidentales, especialmente de los europeos, para defender los principios con que se ha creado y en que se basa Occidente. El Islam tiene su fuerza, sin duda, sobre todo si se materializa en la forma de terroristas suicidas, pero es más fuerte en la medida en que nosotros somos más condescendientes, retraídos y cobardes. Nuestra debilidad es el alimento de su fuerza.

 

Si uno hace un discurso crítico con el Islam es inmediatamente tildado de xenófobo y racista. Pero nada de la crítica que se hace al Islam tiene que ver con la raza. Tiene que ver con la cultura social y política que se deriva de la práctica del Islam. A nadie nos molesta un indio o una india vestida a su manera. Porque la India es una nación democrática. El burka o el velo por nuestras calles es ofensivo por sus connotaciones de rechazo a los valores más básicos que nos han servido de identidad, como europeos, como occidentales, como avanzados, como liberales y como progresistas.

 

Como el propio Steyn dice, si el 100% de la población cree de verdad en la democracia liberal, poco importa el color de la piel o que haya minorías o mayorías de color. Pero si una sociedad está dividida y separada por culturas donde una parte sí cree en la libertad individual y la otra no, que los primeros sean mayoría o minoría es de una gran importancia.

 

La parte más endeble del libro de Steyn tiene que ver con sus recomendaciones. Su prosa mordaz y colorida se vuelve más gris y menos definida. Posiblemente porque nadie tenga soluciones listas para los problemas a que nos enfrentamos y nos enfrentaremos. Al menos Steyn sabe que mientras la población europea nativa se encoge en beneficio de la emigración, los Estados Unidos acaban de superar los 300 millones, y que llegará a los 500 en algún punto de la mitad del siglo. Igualmente, no aborda más que de pasada el agrio debate que sobre la identidad nacional y la inmigración está teniendo lugar en la propia Norteamérica.

 

Con todo, el libro es meridianamente claro: América y Europa han elegido caminos distintos para el futuro. Y eso nada tiene que ver con Bush y con Chirac, mucho menos con ZP.

 

Lo más curioso es el análisis demográfico que hace Steyn de los Estados Unidos: demócratas los que están en crisis demográfica y republicanos los más dinámicos poblacionalmente hablando.

 

America Alone es una obra fácil de seguir y de leer, con una prosa periodística que hace que se pasen las páginas con rapidez, lleno de anécdotas, pero no por eso menos serio y consistente. Para todos los que queremos que Europa no se quede sola, antes que la propia América, se trata de una lectura, más que interesante, necesaria. Como reza el subtítulo: es el fin del mundo tal y como lo conocemos. Ni más ni menos.

 

 

MARK STEYN: AMERICA ALONE. Regnery Publishing (Washington DC), 2006; 256 páginas.

Por Rafael L. Bardají

Libertad Digital, suplemento Libros, 27 de octubre de 2006.

'La ideología invisible; el pensamiento de la nueva izquierda radical, por Jesús Trillo-Figueroa

'La ideología invisible; el pensamiento de la nueva izquierda radical, por Jesús Trillo-Figueroa

El socialismo español no es como el de antes: nihilismo, feminismo y radicalismo ideológico han hecho del PSOE algo muy especial.

El autor de este ensayo es de sobra conocido por el público español, más por el protagonismo político de su hermano que como pensador consumado. No por ello estas páginas dejan de tener interés, pues abordan un tema sumamente interesante: la deriva ideológica del socialismo tras la caída del muro de Berlín.

 

Frente a el pragmatismo de la tercera vía, adoptado por Blair, algunas propuestas del socialismo español son el fruto de un larvado proceso ideológico. El estructuralismo, el posestructuralismo y los deconstructivistas remodelaron las tesis marxistas hasta tal punto que transformaron el marxismo en una sutil ideología, por no decir psicología.

 

Marcuse, Habermas, Foucault o Derrida, entre otros, iniciaron un proceso de deconstrucción de toda la cultura y del lenguaje hasta tal punto que la cultura moderna se ha transformado en una agente del nihilismo imperante. El propio Derrida, relativizador de todo lenguaje como medio de aproximación a la verdad, afirmaba una única realidad “no deconstruible”: “Lo que permanece irreductible a toda deconstrucción, lo que permanece indeconstruible como posibilidad misma de la deconstrucción es quizá una cierta promesa de emancipación; quizá es la formalidad de un mesianismo estructural, un mesianismo sin religión, incluso un mesianismo sin mesianismo”.

El análisis de estos autores y escuelas se hacen imprescindibles para entender la tesis con la que arranca este libro: a pesar de la crisis del marxismo político, la izquierda -sobre todo en España- mantiene una “hegemonía cultural”. La derecha debe entonar su mea culpa por haber dejado el ámbito de la cultura y del pensamiento en manos de la izquierda.

 

En este sentido, este libro es un loable intento de poner un poco de orden en el mundo de las ideas. Aunque, sin embargo, Jesús Trillo intenta que todo el análisis de fondo tenga una aplicación práctica a la hora de entender las evoluciones del socialismo español, a partir de la victoria electoral en 2004.

 

Ello lleva a que la lectura del libro quede a veces innecesariamente interrumpida por algunos incisos prescindibles referidos a la política actual en España. No obstante el libro guarda un cierto orden en tres partes claramente (¿excesivamente?) diferenciadas.

 

En la primera parte se analiza la evolución del socialismo español. Esta parte del texto es demasiado esquemática y quizá recurre a excesivas generalizaciones.

 

Una segunda parte, más conseguida y madura, atiende a las transformaciones y hegemonías culturales de la izquierda en general.

 

Una última parte intenta penetrar en el análisis, más sociológico, de las entrañas del partido socialista. Este análisis se centra especialmente en el triunfo de las corrientes feministas más radicales dentro de la ejecutiva del partido. Zapatero no deja de ser un neoconverso a las tesis feministas. Junto al feminismo, la “nueva izquierda radical” se ha construido a base de los restos de partidos de izquierda radical integrados en el PSOE o los “nuevos movimientos sociales”: colectivos de homosexuales, pacifistas, antiglobalizadores o ecologistas.

A pesar de que el libro es irregular, su lectura es recomendable pues ayudará al lector a darse cuenta de que las ideas siguen moviendo el mundo y la política. Además, y es de agradecer en un libro de estas características, no se realiza ninguna apología gratuita de la “democracia” desde la derecha. De ridículos, los menos posibles.

 

La ideología invisible. El pensamiento de la nueva izquierda radical.
Jesús Trillo-Figueroa
LibrosLibres,

Madrid, 2005

377 páginas

Alfonso Carlos Amaritriain

 

Forum Libertas, 29 de septiembre de 2006

REEDICIÓN DEL CLÁSICO DE ARENDT. Los orígenes del totalitarismo

REEDICIÓN DEL CLÁSICO DE ARENDT. Los orígenes del totalitarismo

En agosto de 1936, el oscuro régimen nazi organizaba unos JJOO pensados para dar propaganda a la nueva Alemania, al nuevo hombre alemán. Aún entonces los más despistados buscaban confiados el acuerdo y el pacto con Hitler; los más suspicaces vieron en los desfiles y la coreografía del Estado Olímpico de Berlín el tenebroso futuro de Europa. Advirtieron que tal propaganda era una característica esencial del nuevo régimen totalitario. La propaganda duró hasta el suspiro final, cuando los soviéticos izaron la bandera de la hoz y el martillo sobre un Reichstag en ruinas.

Pero un régimen totalitario es además un régimen de terror; de un miedo de tal intensidad que paraliza, que destruye cualquier esperanza. Veinte años después de los desvaríos olímpicos hitlerianos, otro totalitarismo ocupaba su lugar. En 1956 Hungría clamaba contra la opresión soviética; en aquel verano el PCUS nombró a Erno Gero (años antes coautor, con Orlov, del crimen de Andreu Nin) presidente del país. Entre agosto y octubre, Gero trabajó con Andropov, entonces joven promesa de la KGB, en el sometimiento de Budapest, afianzando el régimen de terror inaugurado por Lenin, perfeccionado por Stalin y perpetuado con celo hasta 1989.

Medio siglo después de un acontecimiento, y setenta del otro, en 2006 se celebra el centenario del nacimiento de Hannah Arendt. Como las grandes figuras, Arendt es profusamente citada pero escasamente leída. Nacida en Königsberg en octubre de 1906, es sin duda una de las figuras intelectuales del siglo XX. Discípula de Heidegger en Marburgo, pudo así sumergirse después en los abismos de la existencia humana; dirigida por Karl Jaspers, dedicó su tesis doctoral a San Agustín, lo que le llevó a elaborar también una filosofía moral de la trascendencia.

En una Europa convulsa, conoce a Raymond Aron, que le ayudará a escapar a Francia en 1933; allí conocerá a Walter Benjamin. Posteriormente se trasladó a Estados Unidos y adquirió la nacionalidad norteamericana; enseñó, entre otras, en las universidades de Chicago y Princeton.

Murió, consagrada como figura intelectual, en 1975. Entre sus obras, bien conocidas y bastante discutidas, figuran Salvar la patria judía (1948), Sobre la revolución (1963), La condición humana (1969) y La vida del espíritu (1971).

Los orígenes del totalitarismo fue publicado por primera vez poco después de la guerra, en 1948, y se convirtió en uno de los primeros libros sobre la materia. Después, la pervivencia del régimen bolchevique a las puertas de Europa motivó más de media docena de ediciones. Hoy, Alianza Editorial reedita la obra de Arendt, en sus tres volúmenes: "Antisemitismo", "Imperialismo", "Totalitarismo"; la violencia racial, la violencia por el poder, la dominación por la violencia.

Quiere la casualidad esta última reedición aparezca en el año de la memoria histórica, del rearme atómico de Irán, del desatado odio antiisraelí y del pacto con ETA. Casualidades de la época, hoy parece un libro imprescindible, no sólo para el presente, sino para el futuro; la izquierda, que dice reivindicar a Arendt en cuestiones menores, olvida siquiera extraer la enseñanza más sencilla de la obra, quizá porque muestra sus propios horrores.

Arendt profundiza en los mecanismos totalitarios por excelencia, la propaganda y el terror. La tesis que mantiene sobre el totalitarismo es ya conocida por intelectuales e historiadores: la disolución y corrupción de las organizaciones, grupos y clases sociales que forman el entramado de la sociedad civil conlleva en la vida moderna la aparición de movimientos de masas que ocupan su lugar; con una nueva lógica: la de la fuerza y el poder, la de la total ausencia de límites y escrúpulos políticos o morales. En el movimiento totalitario el individuo logra la acción y la movilidad que la sociedad ha dejado de proporcionarle, pero no de prometerle cínicamente; le proporciona una vida pública tan brillante como atrayente.

Cuando ello ocurre, el individuo aislado y desarraigado, el pequeño comerciante, el profesor o el obrero pasan a convertirse en masa; a partir de ese momento darán rienda suelta a todos los demonios del hombre: la atracción por el delito y el mal, la realización de prejuicios ancestrales, la entrega de la voluntad y el entendimiento al nuevo jefe político. Hoy, a los herederos del siglo de Treblinka, Tuol Slang o Katyn no debe extrañarnos que el Mal se abrace con entusiasmo y libertad: "La voluntaria inmersión del yo en fuerzas suprahumanas de destrucción parecía ser un escape a la identificación automática con funciones preestablecidas dentro de la sociedad a su profunda banalidad" (pág. 462). La libertad muere en medio de un estruendoso aplauso.

Si esto es así, los horrores desatados por Stalin y Hitler no son una macabra curiosidad histórica, sino una forma de gobierno susceptible de repetirse. En nuestra época el nazismo se ha convertido en un mito catártico que representa el Mal aislado sobre la Tierra y calma nuestras conciencias ante el presente y el futuro. Pero, si seguimos a Arendt, bolchevismo y nacionalsocialismo no son rarezas históricas; fueron perversiones posibles de la era moderna, la del vértigo técnico, la vorágine industrial y la maraña burocrática. Y éstos son hoy tan reales como en 1936 o 1956: "Puede ser erróneo suponer que la inconstancia y el olvido de las masas significa que se hallan curadas de la ilusión totalitaria, ocasionalmente identificada con el culto a Hitler o a Stalin; lo cierto puede ser todo lo contrario" (pág. 432).

El valor del libro de Arendt es que no es un libro de historia. Contiene una advertencia para generaciones presentes y futuras: el virus totalitario está aquí desde principios del siglo pasado, y ha venido para quedarse. Hoy, sólo su incapacidad para abandonar definitivamente la era medieval separa a los movimientos islamistas del totalitarismo auténtico de nazis y bolcheviques. La ideología la poseen, con creces: una interpretación completa y cerrada de la historia, independiente de la experiencia diaria, con una lógica volcada sobre sí misma y autosuficiente. Es el desarrollo científico lo que desconocen. Pero la falla tecnológica es un hecho contra el que la globalización, los cibercafés en Teherán o Casablanca y Al Yazira vienen en ayuda de los demagogos islámicos.

El mecanismo del terror se observa hoy en la CNN, pero se lee en Hannah Arendt. Las masas islamistas se lanzaron a la calle vitoreando la matanza de Mohamed Atta el 11-S, prometiendo quemar la Dinamarca del Jyllands-Posten, clamando por aniquilar Israel. En las mezquitas los demagogos eliminan cualquier oposición moderada y tratan de dirigir a las masas árabes, desarraigadas y desharrapadas, contra los enemigos seculares.

Los Ben Laden o los Nasralá perfeccionan al hombre-masa, lo embrutecen moralmente y lo lanzan contra el enemigo, tal y como lo hacía Himmler. Ofrecen al desesperado ser protagonista de la historia, aunque sea de una historia de destrucción: "Para ellos, la violencia, el poder, la crueldad, eran las capacidades supremas de unos hombres que habían perdido definitivamente su lugar en el universo y eran demasiado orgullosos para anhelar una teoría del poder que les reintegrara sanos y salvos al mundo" (pág. 462).

Pero el régimen totalitario no agota su horror dentro de sus fronteras: Alemania y Rusia se repartieron Polonia a dentelladas y buscaron el Imperio ario o la Revolución socialista por todo el mundo. Hoy Irán se expande por Líbano, China busca devorar Taiwán; Corea, amedrentar a sus vecinos. Buscan el dominio exterior, y lo hacen desde la certeza histórica de su ideología: "Los regímenes totalitarios dirigen realmente su política exterior sobre la consecuente presunción de que, con el tiempo, lograrán este objetivo último, y no lo pierden nunca de vista por distante que pueda parecer o por seriamente que puedan chocar sus exigencias 'ideales' con las necesidades del momento" (pág. 562). El totalitario puede no conquistar el mundo, pero lo incendia en su implacable intento.

Hannah Arendt advierte sobre algo más: el peligro totalitario aparece cuando el pueblo se muestra apático e indiferente ante la política diaria. El individuo aislado, impotente ante la política de la mediocridad, el relativismo y el cinismo de una política degradada por las debilidades partidistas y parlamentarias, abraza la solución que le ofrece el movimiento totalitario. Por eso, lejos de los mitos buenistas cultivados en Europa, para Arendt "la característica principal del hombre-masa europeo no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales normales" (pág. 445). Y esta característica es esencialmente moderna, tan susceptible de repetirse en el siglo XXI como en los años 30 del siglo pasado.

Hoy, la sociedad construida en nombre de la libertad asfixia a los individuos, los encadena mediante la burocracia, el pensamiento débil, el hedonismo desenfrenado y paralizador. Ese y no otro es el principal apoyo psicológico de la ficción totalitaria, "el resentimiento activo contra el statu quo que las masas se niegan a aceptar como el único mundo posible" (pág. 535).

Tal diagnóstico parece tan cierto ayer como hoy, y nos pone ante la inquietante pregunta acerca de la posibilidad de un futuro oscuro y tenebroso del que no estamos vacunados. Y ello porque los movimientos totalitarios, la violencia desenfrenada, el dominio total mediante la propaganda y el terror son tan posibles hoy como el siglo pasado. Advierte Arendt cómo ante ellos sólo cabe una respuesta única de la derecha y de la izquierda; ésta última, hoy, parece olvidar la advertencia de la autora y se lanza complacida a jugar con fuego en nombre del ansia infinita de paz, de la paz absoluta y de la alianza de civilizaciones.

Algunos han visto en la obra de Arendt una interpretación histórica de unos hechos ya pasados; olvidan que el siglo XXI es heredero tanto del progreso como de la barbarie del XX. El totalitarismo es una forma de dominación genuinamente moderna, genuinamente contemporánea, propia de unas sociedades cada vez más incapaces de pensar en ello. Si esto es así, si Arendt tiene razón cuando afirma que existe una naturaleza totalitaria, entonces Los orígenes del totalitarismo nos valdrá tanto para pensar el presente como para preocuparnos por el futuro.

Hoy como entonces, sólo la libertad, la capacidad ilimitada e infinita del hombre para hacer frente a lo inevitable, se interpone entre nosotros y los viejos demonios del hombre.

ÓSCAR ELÍA MAÑÚ, analista del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).

HANNAH ARENDT: LOS ORÍGENES DEL TOTALITARISMO. ALIANZA EDITORIAL, 2006; 695 páginas.

Libertad Digital, suplemento Libros, 8 de septiembre de 2006

EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN: Lenin, el exterminador

Mientras Stalin es recordado como el carnicero que mandó asesinar a millones de personas, Lenin ha pasado a la historia como el pacífico revolucionario que implantó el comunismo en Rusia. Sin embargo, amenazó con eliminar al "80% de la población" para alcanzar sus fines.

Con ocasión de la reedición de su libro El Estado y la revolución, analizaremos la verdadera faz de uno de los más importantes socialistas de todos los tiempos.

Como todo revolucionario, Lenin aparece en los libros de texto como un hombre preocupado por la penosa situación de sus compatriotas; ahora bien, en realidad, y al igual que personajes como Che Guevara o Mao Tse Tung, odiaba a la Humanidad.

A pesar de que atacara el capitalismo porque, a su juicio, bajo tal sistema sólo los ricos eran libres, y de que prometiera destruir el Estado para acabar con el aparato de opresión por excelencia, llegó a considerar que el hambre cumplía "una función progresista", porque conseguía que los campesinos "reflexionasen acerca de los hechos fundamentales de la sociedad capitalista" (sic). Como dijo el socialista Pekanov, Lenin "confundió la dictadura del proletariado con la dictadura sobre el proletariado".

Durante los siete años que duró su mandato al frente de la URSS, la sangre se derramó sin contención. Bastaba, como decía en sus discursos y escritos, con que una persona se opusiera a la revolución para ponerlo "contra la pared". Ya no se trataba de latifundistas y millonarios, sino de cualquiera que no demostrara su adhesión inquebrantable a la Revolución.

Su policía secreta, la Cheka, modelo que posteriormente fue utilizado por el PSOE de Largo Caballero y el PCE de Carrillo, pasó a cuchillo alrededor de 500.000 personas, de las cuales la mayor parte eran campesinos.

Cuando no se ejecutaba a los disidentes se los internaba en campos de concentración. El éxito del universo concentracionario soviético inspiró a los nazis para su empresa de exterminio de los judíos.

Ya en El Estado y la revolución anticipa Lenin la importancia que otorga a las convulsiones y a la represión para alcanzar la "liberación de la clase oprimida". Como muestra, baste un botón: "La fuerza especial de represión del proletariado por la burguesía debe sustituirse por una fuerza especial de represión de la burguesía por el proletariado".

Al margen de esta continua invocación a la acción armada, Lenin no realiza un estudio, siquiera somero, sobre la teoría de la explotación o la ley de hierro de los salarios. Si acaso, sólo algunas exégesis de textos de Engels y Marx, sobre la Comuna de París o la destrucción del Estado, lo cual resulta extraño en un libro de uno de los autores más relevantes dentro del marxismo. Es más, Lenin hasta sorprende en ocasiones por su incapacidad para desarrollar la teoría socialista sistemáticamente.

En cambio, lo que nos encontramos en este patético intento de presentar el ideario marxista son constantes imprecaciones y argumentos ad hominem contra los anarquistas y los socialdemócratas.

Sólo por este motivo merecería la pena olvidarse de esta obra… si no fuera porque nos recuerda que durante mucho tiempo las ideas que movieron a este sujeto fueron reputadas como científicas, y sus críticos de fascistas.

Por Gorka Echevarría Zubeldia

Lenin: El Estado y la revolución. Alianza Editorial, 2006; 183 páginas.

Libertad Digital, suplemento Libros, 21 de julio de 2006

El libro de Arnaldo Otegi

Propósito del libro: En el contexto de la nueva situación creada en Euskadi tras las elecciones al Parlamento Vasco de Abril del 2005, y dado el vuelco del escenario político vasco por la oferta política y de paz de Batasuna y el alto el fuego permanente proclamado por ETA, el libro de Otegi posee un interés indudable, aunque a estas alturas las claves del mensaje político y de las situaciones posibles sean habas contadas y, por tanto, no pueden enseñarnos muchas novedades. El libro parece elaborado con la intención de insuflar de optimismo a una militancia que ha vivido durante años instalada en el desencanto y la pérdida paulatina de motivación. No hay duda que la radical ciaboga de noviembre del 2004 en Anoeta, y la posibilidad, regalada en bandeja, de romper la barrera de la ilegalidad y presentarse en las elecciones del Parlamento Vasco, hace reverdecer los laureles de un MLNV duramente castigado desde los diversos frentes legal, político y policial. El libro de Otegi es, en ese sentido, un canto a las esencias tradicionales del MLNV y una evocación de la historia de los últimos 30 años, dejando atrás las sombras del franquismo y valorando la política desde el mismo principio de la transición democrática en Euskadi y España. Es, también, un relato pormenorizado de la alternativa que ofrece el MLNV al pueblo vasco en la que se propone una nueva política de alianzas y un nuevo proceso de institucionalización, basado en los organismos creados por el MLNV para ello, y se plantea la posibilidad de un "proceso de paz" (en el cual, como afirma Otegi –p. 234-, todavía no nos encontramos) que, por los indicios que da este libro, promete ser de una dilatación casi interminable. No es extraño que el jefe de la unidad popular Batasuna, creada por la organización original del MLNV; ETA, plantee un proceso político largo y complicado que puede revertirse en cualquier momento, en coherencia con la idea de Guerra Popular Prolongada maoísta que es patrimonio tradicional del movimiento. Todo sea al servicio de que la lucha armada prolongue, lo más posible, su efecto de amedrentamiento y de distorsión del orden político democrático. Porque para eso fue puesta en acción. Y porque durante el mismo periodo de tregua, la lucha armada está presente, como amenaza de su recomienzo. Este plus armado en ninguna parte es más visible que en el caso de Irlanda, donde el IRA y el Sinn Feinn, dentro de un proceso de paz con muertos, con persistencia de extorsión a empresarios, con aherrojamiento de las comunidades a los servicios de orden de los grupos paramilitares, han conseguido ponerse en el centro del escenario dosificando al máximo sus concesiones y persistiendo en actividades ilegales de reaprovisionamiento. Un poco de historiaOtegi comienza su relato retrospectivo trayendo a colación un episodio insignificante de la historia de Euskadi, pero al que se le pretende dotar de gran importancia. Este episodio es la reunión en Chiberta, el mayo 1977, entre algunos partidos, entre los que se contaban también ETAm y el PNV. Y dice: "La izquierda abertzale hizo una propuesta nítida a la salida del franquismo, buscó en Txiberta una alianza de todas las fuerzas democráticas vascas en torno al derecho de autodeterminación y les propuso abrir una interlocución de carácter nacional que buscara la ruptura con el franquismo e instalar en el país un escenario de democracia. Esa fue la propuesta de la izquierda abertzale que después ha mantenido constantemente a lo largo de treinta años" (p. 18). Para dotar de mayor vigor dramático a este escenario Otegi cita una anécdota de la reunión en la que José María Beñaran, Argala, el jefe político de ETAm por aquel entonces, "puso una pistola encima de la mesa para decir "la lucha armada se acaba si aquí hay un acuerdo que permita abrir una negociación como pueblo con el Gobierno español". Es decir, no había en la posición de ETA una estrategia de defensa numantina de la lucha armada" (p. 20). La opción del PNV de apostar por su estrategia institucional y legalista, avalada por la existencia del Gobierno Vasco en el exilio, de pactar con el gobierno español la restauración de ese organismo creado durante la 2ª República y un consiguiente estatuto de autonomía –estrategia en la que convenían otros partidos de influencia en Euskadi, como el PSOE- es considerada, de esta manera, como responsable de la pervivencia de la acción de ETA. A ese respecto, afirma Otegi que, por su apuesta autonómica "es la estrategia del PNV la que ha generado el sufrimiento" (p. 21).Las afirmaciones de Otegi entremezclan cosas verdaderas y falseamientos evidentes de la realidad. Pues si es verdad que en los últimos treinta años ETA y el conjunto del MLNV han repetido propuestas que responden, en general, al tenor descrito por Otegi (y la propuesta de Anoeta no es más que un indisimulado maquillamiento de este planteamiento), no es cierto que ETA, en ningún momento, planteara en serio –más allá de gestos de cara a la galería y a las viñetas de la historia- la desaparición de la lucha armada bajo las condiciones de una democracia representativa, como la que se gestó en el estado español durante aquellos años. En noviembre de 1974, con motivo de la escisión entre ETAm y ETApm, la primera de las organizaciones elabora su documento fundacional, el denominado Agiri (ETAren agiria). Este documento fue obra del histórico líder José María Beñaran Ordeñana (Argala), citado por Otegi como adalid del desarme a cambio de determinadas condiciones. Es un documento interesante, puesto que se inscribe en la conciencia de una segura transición del régimen franquista al de una democracia representativa. Tras hacer un breve balance de las distintas familias políticas del franquismo, y tras constatar que el sector ultra se encontraba en franca minoría, el escrito se detiene en la cuestión del asesinato de Carrero Blanco y afirma: "Su muerte habría de significar (...) la verificación de la irreversibilidad del proceso democrático". Es decir: no sólo se afirma el hecho "irreversible" de la creación de un sistema de democracia parlamentaria tipo liberal sino que la propia acción de ETA había contribuido a ello. Por otro lado:"(...) el desarrollo de la estrategia aceptada en la V Asamblea, no nos ha llevado a una situación de guerra popular de liberación, sino que, junto a la lucha del resto de los pueblos del Estado Español, nos ha conducido a las puertas de un proceso democrático burgués (...) El pueblo vasco no ha conseguido crear un ejército popular de liberación, pero su lucha junto a la de los pueblos vecinos, y los límites que el desarrollo económico impone la estructura dictatorial del Estado, impiden a la oligarquía continuar sosteniendo el sistema fascista".A las puertas de la transición democrática, ETAm plantea claramente que su acción armada ha servido de acelerador del proceso de descomposición del régimen franquista, y que ello, además, ha sido positivo. Aunque el objetivo contemplado en la V Asamblea, que era la creación de un "ejército popular de liberación" como fruto de "una situación de guerra popular de liberación" no se había conseguido. Tras apuntar los dos aspectos de la coyuntura en la que se encuentra, el problema residiría en cual tendría que ser el papel de la lucha armada, de la violencia, en el contexto de la nueva situación que se avecinaba: "(...) tampoco podemos jugarnos todas las cartas a la democracia (que de ningún modo puede considerarse el marco político donde los trabajadores vascos puedan ser libres) porque ello significa liquidar el único elemento verdaderamente inasimilable por la burguesía, la única garantía de conseguir nuestros objetivos finales: la lucha armada".El Agiri de 1974 contemplaba la necesidad de encuadrar a la masa social dispersa que quería apoyar la alternativa política de ETA. Pero, asimismo, remarcaba el papel de la lucha armada como "garantía de conseguir nuestros objetivos finales" ya que constituía "el único elemento verdaderamente inasimilable por la burguesía". La función de la lucha armada, pues, dentro de la nueva situación, poseía una doble perspectiva: combinarse con la acción política y de masas derivada de la efervescencia popular de aquellos años; y señalar el punto de no retorno de la lucha, en cuanto a la lucha armada como elemento no sujeto a la jurisdicción de ningún tipo de orden democrático "burgués". Por un lado, la acción política y social de los órganos encuadradores de la autodenominada "izquierda abertzale" debía acogerse a los beneficios de un régimen de libertades "burgués"; pero, por otro, la lucha armada constituiría la fuerza ejemplificadora de reserva que impediría que la dinámica general del movimiento fuese asimilada por los mecanismos de integración del nuevo orden.Por todo esto, está claro que para ETA (y para el conjunto del MLNV) –en contra de lo que de forma deliberadamente confusa pretende dar a entender Otegi cuando dice que "no había en la posición de ETA una estrategia de defensa numantina de la lucha armada" - la lucha armada es un elemento medular e irrenunciable, ya que sostiene una cuestión de principio: el principio de ruptura con el orden "burgués", con el orden de la democracia representativa. Aquí, una vez más, vemos traslucirse el nulo nacionalismo de ETA que se escuda en el planteamiento de un acuerdo con planteamientos formalmente nacionalistas para justificar la adaptación de la violencia a las nuevas circunstancias de un régimen democrático cuyo advenimiento, además, se atribuye como mérito propio. El MLNV y el nacionalismo vascoEste libro es notable por una serie de cuestiones que explicita Otegi. Si bien algunas de ellas han sido dichas en ocasiones diferentes, hay otras que merece la pena subrayar por su espíritu novedoso. En relación con el PNV, Otegi afirma que, "si tiene un modelo es diferente al nuestro. Legítimo, pero diferente al nuestro. Entonces, nosotros no podemos llegar a un acuerdo con el PNV ni en materia de proyecto final –cosoberanía versus independencia- ni en modelo social" (p. 198). Y lo repite: "cada cual tiene modelos diferentes para la construcción de este país en los social, en lo nacional y en lo institucional" (p. 200). Dice también que el MLNV se posiciona en contra de "los modelos de UPN y PNV en su apuesta por la partición territorial y falta de soberanía." Si bien eso es algo que quedaba claro por las praxis opuestas entre el nacionalismo vasco y el MLNV en lo referente a la opción institucional y sus visiones diferentes de lo que son los derechos humanos, resulta reconfortante que Otegi quiera quitarse la máscara de hijo pródigo e iguale a UPN y al PNV en lo que, para él, resulta lo fundamental: el posicionamiento de derecha, de representación de una determinada clase social en el ámbito de la CAV y de Navarra, de ambos partidos. Afirma de forma terminante que "la izquierda abertzale" "rompió con esta tradición etnicista y basada en criterios raciales (de Sabino Arana). Eso se rompió ya en el franquismo, cuando la izquierda abertzale se decantó por posiciones de izquierda, abiertamente incompatibles con criterios etnicistas" (p. 211). Resulta evidente que, entonces, la violencia de ETA nada tiene que ver con los criterios etnicistas atribuidos a Sabino Arana pero que, a pesar de todo, sigue siendo violencia. No quiero abundar más en este tema que, creo, queda bastante claro con la cita de Argala. Sólo señalar el que Otegi habla de la "violencia estructural" de los estados, ante la cual la violencia de ETA es una "violencia de respuesta" (p. 204), y dice que, además de en Euskadi, "eso es una evidencia en Palestina, en Irlanda, en El Salvador, en Colombia..." (p. 185), extendiendo el mapa de las preferencias ideológicas del MLNV y lavando la cara a la violencia de ETA en función de la constatación de una opresión global. Esta claro que el "modelo" del PNV está basado en la instauración del Gobierno Vasco, como primera institución vasca con vocación nacional, y en todo el capital simbólico y político derivado de la guerra del 36 y de la resistencia durante el franquismo y contra el nazismo (cosa que Otegi niega, pero que afirman testigos de la época, como Txillardegi). La valoración de Otegi, que es la del MLNV, respecto a la restauración del Gobierno Vasco y la consecución de un estatuto de autonomía es abiertamente negativa. Otegi niega el valor positivo del Concierto Económico (p. 146), de la existencia de una Policía Vasca (p. 144), de la existencia de una televisión pública vasca (p. 145) y ni siquiera entra a valorar Osakidetza, la enseñanza pública y la universidad en euskara derivada del Estatuto de Gernika. El "modelo" de Batasuna se basa, en cambio, en instituciones u organismos como el Foro Nacional de Debate (p. 129) o Udalbiltza (p. 74), que han sido creados por el propio MLNV y donde la representatividad de los partidos políticos queda desdibujada dentro de un marasmo de organismos sectoriales del MLNV. Es evidente la voluntad que muestra Otegi de negar legitimidad y capital simbólico a las instituciones verdaderas del país y de ensalzar sus propias construcciones, gobernadas por la burocracia del MLNV. Es por ello que parte de la insistencia de Batasuna y de Otegi en la cuestión de la territorialidad es una de las formas de, bajo el pretexto de un concepto jacobino como el de la "territorialidad", otorgar legitimidad a esas instituciones del MLNV creadas ad hoc en la conciencia de que deben sustituir a las otras. Es por ello que Otegi repite una y otra vez que la mayor virtualidad del acuerdo de Lizarra-Garazi es dar por muerto el Estatuto de Gernika. Pretende, así, construir su modelo sobre las ruinas de nuestro pueblo y de nuestro autogobierno. Cinismo y derechos humanosUno de los componentes fundamentales del discurso de Arnaldo Otegi es el uso metodológico del cinismo. Otegi, que se considera marxista (p. 222), es consciente de que su visión del mundo es diametralmente opuesta a la del resto del arco político, y eso se nota en la forma que tiene de valorar las cosas. Por ello algunas de sus afirmaciones pueden parecer al resto de los mortales que viven en Euskadi cuanto menos escandalosas. Pero son afirmaciones coherentes con una postura ideológica, con unos valores, o mejor dicho, con unos anti-valores, ya que los valores del MLNV, como los de cualquier grupo marxista revolucionario, se definen siempre en combate con los valores establecidos, en este caso con respecto a los valores de la democracia representativa tal como se entiende en Occidente. Cuando habla de la necesidad de "una auténtica revolución cultural, una revolución ética y de los valores (p. 229) y de "sustituir el paradigma neoliberal por el socialista" nos está afirmando la aplicación presente del MLNV de sus "valores", entre los cuales se cuentan la valoración positiva de la violencia de ETA, la estrategia contraria a las instituciones vascas, la consideración de los derechos colectivos con exclusión de los individuales, etc. Por no mencionar la connotación siniestra que tiene el uso del término "revolución cultural", cuyo original en China supuso una depuración y masacre que se llevó la vida de millones de personas.Reivindicando la excepcionalidad del MLNV respecto al resto de los grupos políticos actuantes en Euskadi, Arnaldo Otegi llega a decir que "todo el mundo sabe que los partidos se financian ilegalmente, salvo, curiosamente, la izquierda abertzale" (p. 148). Resulta paradójico que el cobro del "impuesto revolucionario" y la muy presente andanada de bombas y amenazas a empresarios y sus familiares sea considerado, por parte de Otegi, como "legal", ya que, seguramente, así entiende la labor que hace ETA extorsionando a tantos cientos e incluso miles de empresarios y profesionales diversos. Más allá de que la gestión de Batasuna en muchos pueblos ha seguido el patrón de la opacidad más absoluta, de uso del poder municipal para perjudicar y favorecer a determinadas personas, con cargos de candidaturas del movimiento encausados por casos de corrupción. Pero resulta claro que, en contra de lo que se llega a decir cuando se denuncian "actitudes mafiosas" por parte del MLNV, el objetivo fundamental del movimiento no es el dinero. Y, en ese sentido, la afirmación de Otegi no deja de ser razonable: cuando se dispone del poder sobre la vida y del bienestar de miles de personas, y se condiciona la vida política por medio de la combinación de medios políticos y militares, el dinero llega a ser algo secundario. Es la voluntad de consecución y ampliación este poder sobre las personas y las cosas de lo que se alimenta el espíritu del MLNV.Otra afirmación controvertida es la denuncia de acciones determinadas de la Ertzaintza en aplicación de la ley de partidos y en contra de manifestaciones de Batasuna. Otegi llega a decir lo siguiente: "Quiero imaginar que, si en este país se habilita alguna vez un proceso de resolución del conflicto, también habrá que poner encima de la mesa el tema de la Ertzaintza, sobre sus responsabilidades, sobre su vocación de futuro y sobre cómo se convierte de verdad en una policía democrática. De esa violencia también quiere hablar la izquierda abertzale" (p. 145). La omisión, por parte de Otegi, de que los ertzainas son objetivo de ETA y el asesinato por parte de este grupo armado de una decena de los mismos, así como los ertzainas gravemente heridos y mutilados por la acción de manifestaciones de simpatizantes del MLNV, y el acoso domiciliario y callejero al que se ve sometida la policía vasca, confirma su cinismo metodológico que pretende enturbiar el juicio moral mediante el sectarismo político.Finalmente, Otegi señala como un gran paso por parte de ETA el levantamiento de la amenaza de muerte contra cargos políticos y públicos del PSOE y del PP. Resulta sarcástico que tras los atentados islámicos del 11m –y la necesaria reconsideración del asesinato político tras esa fecha, que supone la irrupción, en el estado español, del terrorismo global- y tras los inmensos problemas operativos que muestra ETA en estos últimos años, se pretenda vender algo que corresponde al mero pragmatismo, nacido de la inconveniencia y de cierta medida de impotencia, como un gesto o un paso positivo, cuando ETA está haciendo de la necesidad virtud. Es necesario remarcar que el cinismo e inhumanidad que muestra Otegi es estricto producto de su ideología política, que no reconoce a las personas individuales como sujetos de derecho. A lo largo de su libro, Otegi habla innumerables veces del reconocimiento de "todos los derechos de los vascos y las vascas". Pero cada vez que se refiere a ello habla de estrictos derechos colectivos (derechos sociales, derecho de autodeterminación…) y no cita, en ninguna ocasión, la existencia de derechos individuales o derechos de la personas individuales. Es por ello que cuando dice que su objetivo es un modelo sociopolítico, un socialismo, centrado en "el hombre", Otegi habla en términos de una determinada "humanidad" (identificada en exclusiva, además, con su facción política y sus homologados internacionales) y no de seres humanos individuales, con todo lo que tiene de abstracción y, por tanto, de insensibilidad frente al dolor humano cuando este se da en el campo de lo que el considera es el enemigo. Lo peor es cuando esa insensibilidad se trata de vender como sensibilidad, como cuando Otegi habla del asesinato de Miguel Angel Blanco y afirma que "no se puede pensar que la izquierda abertzale es un islote. Es más, es especialmente sensible al sufrimiento porque vive el sufrimiento en primera persona (…) el conflicto se expresa a veces con esas consecuencias que alteran el ánimo de todo el mundo y el suyo [el del MLNV] en primer lugar" (p. 58). Ese doble lenguaje, de magnificar lo que se consideran agravios contra los propios (en el caso de las acciones de la Ertzaintza) y de usar eufemismos (y apuntarse el tanto de la sensibilidad) cuando se trata del dolor causado, mediante el asesinato, por los miembros del MLNV, es la imagen de marca de la degeneración moral de todo un movimiento, que ha normalizado este tipo de reacciones y de lenguaje. Que proceso de pazDigamos primero que el cambio que se da en Anoeta no es de planteamientos (que es remodelación de la Alternativa KAS y la Alternativa Democrática de ETA) sino de interlocutores: la propuesta la hace Batasuna, y no ETA. ETA no es ya la vanguardia que abre el camino a base de muertos. La iniciativa corresponde a Batasuna y ETA se constituye en el omnipresente elemento disuasorio. Pero los avances se tienen que dar en el terreno del juego estrictamente político. Otegi pone especial empeño en remarcar los aspectos metodológicos de la cuestión porque es en ese terreno donde se juegan esos avances. Y el principal objetivo de Otegi es negar la existencia de órganos de representatividad democrática en los distintos territorios vascos como motor de su propio modelo de construcción que con el Foro Nacional de Debate y Udabiltza ya posee dos embriones, alrededor de los cuales giran los organismos creados por el MLNV y que constituyen su anti-estado en marcha. Decía Marshall MacLuhan que la mejor manera de predecir el futuro es mirar al pasado. Tras el anuncio de "alto el fuego permanente" por parte de ETA, y en la conciencia de lo que ETA proclama como la antesala de "un proceso democrático en Euskal Herria", dos son los ejemplos que nos cita Otegi como modelos retrospectivos de lo que nos puede venir: la negociación de Argel y el Pacto de Lizarra. La interpretación que hace Otegi de estos dos hechos tiene la máxima importancia. Nos comunica algo de sus intenciones reales respecto a esta nueva etapa. Refiriéndose a las luces y las sombras de la negociación de Argel, y señalando "la gran conquista de Argel. El Estado español reconoce la interlocución de ETA y la legitima como agente político" (p. 28), Otegi afirma "que un proceso de negociación es un proceso de lucha de distinta manera. Que la lucha no se acaba al llegar a una mesa, sino que la propia negociación es la lucha política expresada de otra manera". Respecto a Lizarra-Garazi, y refiriéndose al PNV, dice Otegi que "intencionadamente o no, se pretendió vender que ETA necesitaba una pista de aterrizaje y que iban a hacer un teatrillo para darle una salida (...) Había continuas declaraciones sobre la pista de aterrizaje, a las que nos veíamos obligados a responder diciendo que, en realidad, era la pista despegue para la construcción de este país" (p. 74). La conclusión es que, en el caso de Lizarra-Garazi, "cometimos el error de dar al PNV excesivo poder de condicionar el propio proceso. Ese es un error que no volveremos a cometer" (p. 75). Estos datos extraídos de las lecciones que Otegi y por extensión Batasuna sacan de esas dos ocasiones sirven para extraer dos conclusiones: la negociación/negociaciones que se den en las mesas o foros que sean constituyen "un proceso de lucha de distinta manera", con lo cual el acuerdo constituye un factor secundario y de lo que se trata es seguir la lucha "de otra manera". La segunda conclusión es que no nos encontramos en un proceso que vaya a ser interpretado, desde el MLNV, como "una pista de aterrizaje" sino, muy al contrario, como "una pista de despegue". Y volvemos al planteamiento de Argala de 1974. El gran problema de ETA y sus organizaciones derivadas era, entonces, que la acción represiva se cebaba en los organismos políticos y sociales nacidos a partir de ETA. Era necesario para la organización, junto a la acción ilegal y clandestina, la existencia de unas organizaciones legales, dentro del marco de una democracia representativa en el estado español. Tras la ilegalización de Batasuna en el 2002, el MLNV tiene que reconstruir el esquema diseñado por Argala. La presencia de EHAK en el Parlamento Vasco marca un paso hacia delante; el próximo paso es la presencia en instituciones de base como son los ayuntamientos. Gracias al libro de Arnaldo Otegi, sabemos que estos movimientos, incluyendo el alto el fuego permanente de ETA, son fruto de una comunicación entre Batasuna y el PSOE de hace cinco años, una comunicación con "niveles blindados, que es algo importante. Hemos hablado en todas las ocasiones, pasara lo que pasara" (p. 131). Afirma también de que nos encontramos en una época, no "de gestos unilaterales, sino de gestos pactados" (p. 133). Es importante señalar las características de "blindaje" de interlocución, y de que los movimientos de los que somos testigos obedecerían, por lo general, a esa naturaleza de ser "gestos pactados" en el sentido de algo acordado de antemano pero no explicitado ningún documento.El problema reside en deducir cuando puede terminarse esta dinámica de blindaje y de gestos pactados, cual es el punto de ruptura posible. Primeramente, hay que señalar que Otegi nos plantea un proceso largo en el tiempo ("nos tomamos esto con la debida calma", p. 242, "será un proceso largo en el que habrá obstáculos y parones", p. 238, "un proceso de estas características va a ser un proceso largo", p. 234), en consonancia con la perspectiva de Guerra Popular Prolongada que es constitutiva de la ideología del MLNV. En segundo lugar, el propio Otegi señala que este proceso puede frustrarse (p. 243). También que "la izquierda abertzale está en bloque en esta apuesta" (p. 243). Finalmente, hace un planteamiento de lo que considera que son condiciones irrenunciables de este proceso, el planteamiento previo que todos deben aceptar de una forma u otra. "Las bases sólidas, los principios fundamentales, están resumidos en el Acuerdo Democrático de Bases. Ese acuerdo de garantías recíprocas tiene que recoger cuáles son los principios y los compromisos compartidos por todos durante el proceso, cuál es el objetivo de ese proceso y del acuerdo que queremos suscribir a futuro, cuál es la composición de la mesa y cuál es el método de la toma de decisiones, y cuál es la implicación internacional que necesita este proceso. Esas son las bases sólidas. Y se pueden resumir en que el proceso debe garantizar la participación efectiva del conjunto de ciudadanos del conjunto del país" (p. 239). Otegi mezcla diferentes géneros de lenguaje, donde se combinan aspectos metodológicos y condiciones que, de tapadillo, se plantean como irrenunciables, tales como "la implicación internacional" y "la participación efectiva del conjunto de ciudadanos del conjunto del país", entendida esta como participación de los ciudadanos de la CAV, de la Comunidad Navarra y de Euskadi Norte. Y sigue remachando "nosotros consideramos que los principios de ese acuerdo no tienen que ser alterados (…) El documento en sí no es un tótem para nosotros, pero sí los principios fundamentales para la solución democrática del conflicto que recoge el Acuerdo" (p. 240). Otegi rechaza cualquier solución que suponga "reformas estatutarias" (p. 135), y plantea que el PSOE "tiene que aceptar (…) que aquí hay un pueblo que tiene derecho a decidir".Cuando es interrogado Otegi acerca de la disposición del PSOE a llegar a un acuerdo de estas características, los argumentos que utiliza son de inferencia e interpretación: "El PSOE, el Gobierno español, está inmerso en una reforma del Estado que responde, por un lado, a sus contradicciones intrínsecas y, por otro, a la lucha de la izquierda abertzale en todos estos años. Estoy seguro de que cualquier gobernante sensato tiene que pensar que ya metidos en gastos… Lo lógico es que aproveche para solucionar este conflicto, que además le dará réditos si consigue la paz" (p. 134). Dado que nos encontramos con un largo proceso, donde ya se han dado gestos, pactados o no, (presencia de EHAK en el Parlamento Vasco, documento del parlamento español para negociar con ETA, alto el fuego permanente de ETA…) y donde, presumiblemente, estos seguirán produciéndose durante largo tiempo, es lícito preguntarse si este proceso puede romperse dado que tanto los presupuestos que explícitamente plantea el PSOE como los que ahora nos trae Otegi no parecen poder compatibilizarse en ningún momento. Esta no es una cuestión baladí, que se soluciona diciendo que cada una de las partes rebajará sus posiciones, ya que la política tanto en Euskadi como en España se encuentra en un momento de especial complicación que puede ser aprovechado por todos los aventadores de tempestades. ¿Se romperá la cuerda? ¿Cuándo podría ocurrir eso? Lo que está claro es que Otegi quiere dilatar el proceso en la medida de su conveniencia y tratará de recuperar el status de legalidad y la presencia en las instituciones para Batasuna. Según Otegi parece que aquí como en Lizarra-Garazi la kale borroka no entraría en los términos de tal alto el fuego ya que, refiriéndose a la misma, afirma que "hay que entender que cualquier tipo de proceso va a encontrarse con obstáculos por parte de los estados y que va a haber a veces respuestas de carácter popular" (p. 73). Por otro lado, hay indicios de que la recaudación del "impuesto revolucionario" se hará por medio de otros agentes y con otro tipo de amenazas. Como Irlanda, las estructuras de la violencia seguirán en pie en tanto va dilatándose el "proceso". El libro de Otegi nos ofrece un proceso interminable, sometido a la agenda política de Batasuna, con construcción de instituciones para sustituir a las presentes, con el objetivo de la "autodeterminación" como horizonte. Una "autodeterminación" evidentemente ficticia y táctica, ya que presupone, en el proyecto de Batasuna, la participación de la CAV, de Navarra y de Euskadi Norte en la misma. Y como conseguir tal logro, en las actuales circunstancias, es improbable, por mucho que Otegi pretenda sembrar expectativas y por mucho que haya nacionalistas inocentes que están dispuestos a gastar las suelas de sus zapatos siguiendo la estela de su iniciativa, tenemos ya visualizado el esquema de ruptura del proceso, en el mismo punto en el que ETA recomenzó la lucha armada en 1999.También es verdad que las circunstancias han forzado a ETA a plantear un alto el fuego permanente. Pese a que el MLNV no da muestras de renunciar a nada, ni siquiera a la lucha armada, nos encontramos ante la oportunidad de un periodo de tiempo en el cual la amenaza de muerte ha sido cancelada. Eso es algo positivo. La acción de los partidos democráticos y la actitud del pueblo vasco serán decisivas para que la perspectiva unilateral del MLNV no trate de romper el proceso a su conveniencia, tal como ocurrió en 1999. Esperemos que la experiencia pasada sirva para algo. Imanol Lizarralde Goiz Argi, Nº 38, abril de 2006

“ETA pro nobis”: ¿el pecado original de Iñaki Ezkerra?

Iñaki Ezkerra, con su libro “ETA pro nobis, el pecado original de la Iglesia vasca”, lanza un ataque en toda regla contra el nacionalismo vasco sirviéndose de la Iglesia, a la que instrumentaliza a tal fin. Esta es una de las principales conclusiones a la que se llega tras la lectura de ese texto que, no obstante, tiene notable interés.

El periodista y escritor bilbaíno, fundador del Foro de Ermua, juzga a la Iglesia católica vasca en un intento regular, oportunista y perpetrado con desafecto; en este ensayo –de irrespetuoso título- publicado el presente año por Planeta, Ezkerra, agnóstico declarado, trata de analizar las relaciones pasadas y presentes entre el nacionalismo y una parte importante del clero. Les acusa con generalización extensiva de numerosas infamias, cometidas por convergencia de intereses con el mismo nacionalismo, profundamente enquistado en esa sociedad hace decenios.
Concediendo el beneficio de la duda a un impulso bienintencionado, su actitud de fondo en cambio es sectaria, por no delimitar los problemas en su justo término; probablemente un católico habría abordado estas cuestiones, menos simplista y más equilibrada y constructivamente.
A pesar de encontrarlo provocador, irreverente y tendencioso, el libro es sugerente y de lectura recomendable si se acomete con espíritu abierto. Su propia portada es chocante e impacta visualmente: una serpiente enroscada a la Cruz; esta imagen, jugando a confusión con el anagrama de la banda terrorista y diseñada con criterios descaradamente comerciales, supone un recurso “fácilón” pero resulta ofensiva.
Volviendo al libro, éste es duro en momentos y deja una sensación de amargura y desasosiego ante la debilidad del hombre, tras el señalamiento continuo desde su atalaya, de serias faltas contra la ética cometidas flagrante ó presuntamente por católicos en Euskadi; a su cabeza, prelados y presbíteros por su “alianza tácita” con el nacionalismo (colaboración que según Ezkerra oscila desde la pasividad u omisión hasta la plena connivencia).
Los sucesivos y serios escándalos que se airean, producen abatimiento y falta de crédito en la institución eclesial; sensaciones afortunadamente transitorias. Pues el cuadro al que nos remite, de una Iglesia menos inclinada al mensaje evangélico y más preocupada por mantener su estructura apegada al mundo, me parece desde luego poco honesto por extremado, además de sombrío y pesimista.
Se deduce que las “saludables” motivaciones del autor no están exentas de un –entendible- resentimiento hacia la visión nacionalista; Ezkerra se auto eleva a garante de la verdad y justicia, al verter sus opiniones gratuitas sobre las culpas de la Iglesia, entre ellas su contribución en la gestación de esta corriente totalitaria.
Ezkerra es incapaz de tener en cuenta por su jactanciosa condición de agnóstico, algo primordial: la Iglesia es mucho más que una asociación humana; es una realidad también divina y santa, constituida por Cristo, compuesta por hombres pero por poseer carácter sobrenatural, no determinada por el pecado. Recordemos según Mt. 16,18: ..sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”
Al margen pues de los evidentes prejuicios generados por el agnosticismo o ateísmo plasmados en el texto, éste ofrece elementos positivos: las víctimas y la dificultad que sienten los no nacionalistas para vivir con dignidad en el País Vasco; así, rescata del olvido historias de personas que experimentaron el peor destierro interior: dramas que deberían movernos a la caridad como acompañamiento.
Ezkerra nos presenta, atrevida pero interesantemente, el proceso de asimilación de postulados cristianos por el PNV, instrumentándolos y envenenando las conciencias con persistencia “maligna”; convirtiendo a esta ideología en una religión sustitutiva ya reciclada donde la noción del mal se ha relativizado ante lo que es supremo: la patria vasca.
Ezkerra refiere en detalle la complicidad entre una mayoría del electorado nacionalista y esta religiosidad mermada por la identificación con un proyecto político de base étnica. Incluye como apoyo opiniones coincidentes emitidas por personajes solventes como el historiador Fernando García de Cortázar e incluso el nacionalista “moderado” J. Arregui.
El autor relata, con parcialidad netamente anti-nacionalista (postura respetable) pero también anti-eclesial (disfrazada de denuncia de la hipocresía), el fenómeno social del acoso, sutil a veces y otras brutal -siempre continuo-, a quienes no son partícipes de los postulados aranistas. El libro es una colección de poco selectivas invectivas contra la Iglesia –especialmente guipuzcoana y vizcaína-, desde un punto de vista pretendidamente neutro y desapasionado. Ezkerra se asigna una libertad de conciencia que le proporciona su condición de no-militante religioso; me pregunto si anti-cristiano. El autor ataca directamente puntos de la Fe como el perdón y la esperanza, cómodamente y justificado por situarse fuera de la praxis y obediencia católica. El libro no obstante está bien documentado; pero sospecho se nutre subjetivamente de un evidente izquierdismo, por asomar frecuentemente “tics” anticlericales difíciles de ocultar.
Ezkerra plantea la permeabilidad entre iglesia y nacionalismo vasco, lo que puede creerse tras conocer algunos casos con que nos ilustra; no dudo de la verosimilitud de estas auténticas persecuciones contra la disidencia, pero sí discrepo de su enjuiciamiento inmisericorde y genérico a prácticamente toda la “organización” eclesiástica, por colaborar obviamente con la cultura impuesta por el nacionalismo: todo ello se afana en demostrarlo con abundancia de datos. Pero omite que las obras las realizan las personas, y no parece justo achacar a un “colectivo” entero compuesto por todos los fieles y no sólo por sacerdotes, los indiscutibles defectos de una parte, amplia y notoria, de sus pastores.
Ezkerra es desigualmente combativo con figuras como el ex-obispo Larrea, pero sobre todo carga contra Setién y el actual titular donostiarra, Uriarte; a estos últimos los designa nacionalistas practicantes con leves matices diferenciadores. También vapulea a Blázquez aunque con menor virulencia, dispensándole por estar maniatado orgánicamente dentro de su diócesis bilbaína. Y no deja escapar una hipercrítica traducción de fragmentos del famoso prólogo a La Iglesia ante el terrorismo, elaborado por Fernando Sebastián; el arzobispo de Pamplona no sale bien parado de un estudio sobre su texto deliberadamente reduccionista. Asimismo, clama contra los “mandos intermedios” del clero que se mueven en la penumbra y con soltura, entre las aguas poco compatibles del nacionalismo y la pertenencia a la Iglesia.
Ezkerra desarrolla por tanto la idea del nacional catolicismo vasco, al que compara con el franquismo sociológico; en ocasiones su teoría parece aguda a pesar de las reticencias con que acojo las sentencias de quien persevera en su agnosticismo -¿excusa?- y se proclama no hostil contra la Iglesia.
Ciertamente se puede compartir que el nacionalismo vasco es una opción incomprensible por su visión maniquea, y que el grado de simbiosis con el catolicismo de ámbito vasco logrado por la manipulación de dirigentes como Arzalluz es obscena y nada inocente. Lamentablemente, esta ideología sigue reteniendo y atrayendo a quienes han prostituido ¿involuntariamente? su percepción ética y libre albedrío, al absorber del entorno ambiental; quedando así en su alineación, inmunizados ante la desolación del contrario.
Tampoco estoy de acuerdo en su cauta defensa del marxismo, cuando la Iglesia ha repetido certeramente, que tras el mundo criminal de ETA y el MLNV subsiste un radicalismo izquierdista de base comunista-leninista, conglomerado además con componentes maoístas, trotskistas... que niega a Dios y lo sustituye por un proyecto político. Concediendo prioridad a implantar una república socialista, se desprecia la vida ajena, eliminado su carácter sagrado, y se sacrifica cuando suponga un obstáculo para alcanzar la independencia de Euskal Herria (la “mentira histórica” de J. Mayor Oreja).
Ezkerra persiste en denunciar al omnipresente nacionalismo (con origen en la delirante quimera del fanático Sabino Arana) por ser germen de odio; así como la execrable manipulación de unas creencias religiosas sinceras y arraigadas en la sociedad, contaminándolas impúdicamente en su beneficio. Igualmente acusa a la Iglesia vasca, excluyendo sólo a unos pocos resistentes, de seguidismo en aspectos como la utilización intolerante del euskera en la educación.
Es evidente que algunas informaciones descritas, provenientes de medios eclesiales, provocan perplejidad e indignación; pero con madurez de juicio uno puede censurar o compadecer a las personas sin pisotear lo que está por encima. Contrariamente a lo que vierte el autor, no veo contradicción entre aceptar lo que es un mal concreto, y un amor a la Iglesia que traspasa los límites de quienes la integramos.

El subtítulo “El pecado original de la Iglesia vasca” ya nos avanza que el autor se centra en pasar el microscopio moral exclusivamente sobre el terreno eclesial y su responsabilidad en la situación actual. Ezkerra quiere mostrar su versión de la perversidad del silencios y equívoco lenguaje empleado por cualificados representantes de la Iglesia, en declaraciones que disecciona; las causas graves que rechaza son: equidistancia entre verdugos y víctimas, falta de piedad hacia los que son hostigados, comprensión para los presos. Califica a la misma Conferencia Episcopal española de actuar de modo timorato, con demasiada prudencia y a remolque de los acontecimientos.
Para explicar todo ello, Ezkerra se adentra en terrenos filosóficos y seudo-teológicos comparando la historia judeocristiana con el idílico sueño de un paraíso terrenal vasco, alterando valores y conceptos como el pecado. Siguiendo este artificial razonamiento, el autor llega tan lejos como a presumir que el católico nacionalista asume la “inevitabilidad” de las acciones de ETA y se considera co-responsable.
Por otro lado, son de admirar las partes destinadas a exponer la valiente actuación de los movimientos cívicos que luchan contra el miedo; se describe el difícil nacimiento del “Foro de El Salvador”, de inspiración cristiana y presidido por el P. Jaime Larrinaga. Y se puede compartir la reclamación pública a recuperar el papel merecido por las víctimas del terrorismo. Asimismo destaco positivamente, el homenaje brindado al testimonio de sacerdotes y laicos represaliados, según él, por miembros de la jerarquía “oficial” que innegablemente contemporizan con el partido de Sabin Etxea.
A la vez que se agradece el riguroso esfuerzo recopilador realizado por el autor, al investigar para denunciar lo que es inicuo, y sacando a relucir el sufrimiento real de personas con nombres y apellidos, lamento la ausencia de una mínima clemencia –misma carencia que él reprocha- hacia quienes son acusados sin posibilidad de defenderse. Tampoco aprecia el todo, al adolecer de incluir ejemplos del repetido e insistente posicionamiento contra la violencia de la Iglesia (sin entrar a valorar a personas controvertidas y polémicas como Setién); así, se detecta un mensaje atravesado por grandes dosis de escepticismo y desconfianza.
En suma, no puedo adherirme a muchas de las premisas lanzadas por el autor, como achacar prácticamente a toda la Iglesia altas cuotas de fariseísmo y acatamiento servil al poder de turno, en este caso el nacionalismo, e insinuar su poca convicción democrática; Ezkerra incluso salta de nuestras fronteras para equiparar el caso vasco con la –según él- proximidad eclesial al dictador Pinochet.
Son dignos de mención los fragmentos en los que osadamente el escritor interpreta las palabras de Jesucristo y otros pasajes del Nuevo Testamento, contraponiendo el significado que él les otorga, a la Tradición de la Iglesia; aleccionando a todos los católicos acerca de errores y lagunas de autenticidad.
Ezkerra nos propone como objetivo para vencer mejor la injusticia social del ideario nacionalista, las iniciativas exclusivamente laicas y civiles prescindiendo de cualquier trascendencia; la acción puramente humana, valiosa y necesaria pero incompleta, al margen de las creencias. Con lo que pone su deseo de futuro en soluciones que excluyen a la Gracia (instrumento definitivo para el cambio en los corazones, desde la petición al Único que puede vencer al dolor y la muerte).
Para los que nos sentimos dentro de la Iglesia universal, me permito reproducir una cita reciente –no incluida en el libro- de Juan Pablo II. El Papa ha definido con firmeza y autoridad moral (preocupado por el resurgimiento de distintas formas de racismo contra la dignidad y la vida) a las ideologías nacionalistas excluyentes, como “gangrena” de la humanidad; eso sí aceptando el legítimo patriotismo y salvando a la persona: La paz sólo puede realizarse cuando se sobrepasan visiones del hombre y de la sociedad basadas en la raza, en el nacionalismo o, más generalmente, en la exclusión de los demás. La globalización debe llevar a un rechazo de todo conflicto armado, del nacionalismo exacerbado y de toda forma de violencia.
Vicente Ochoa
(agosto de 2002)

Arbil, anotaciones de pensamiento y crític, Nº 59-60, julio-agosto de 2002

Los curas de ETA: la Iglesia vasca entre la cruz y la ikurriña

Una pormenorizada crónica periodística de varias décadas de vida española marcadas por una relación conflictiva y parasitaria: Iglesia católica y nacionalismo vasco.

Jesús Bastante es un periodista, especializado en información religiosa, que cuenta, pese a su juventud, con una dilatada experiencia profesional desarrollada en medios eclesiales. Con ese capital, publicó, ya en 2004, un libro a tener en cuenta con motivo de este «especial» dedicado a Foro El Salvador: Los curas de ETA. La Iglesia vasca entre la cruz y la ikurriña (prólogo de José Bono, La Esfera de los libros, Madrid, 428 páginas); la larga crónica de una de las expresiones más problemáticas y dolorosas de la actual Iglesia española.

Han sido numerosos los libros dedicados a esta tortuosa relación entre nacionalismo vasco e Iglesia local. No obstante, hemos escogido, de entre todos ellos, a éste, por ser una excepción en su tratamiento: no en vano, también contempla a aquellas realidades católicas que no han seguido la uniformidad nacionalista con que se ha pretendido anegar a la totalidad de la Iglesia en estas tierras.

Partiremos, para mejor exponer los contenidos de este texto, de la siguiente pregunta previa: el nacionalismo vasco y el catolicismo, ¿son consustanciales e inseparables? Evidentemente, no. La Iglesia es anterior al nacionalismo y éste último se ha nutrido, además, de diversas y, en ocasiones contradictorias, corrientes vitales y de pensamiento: marxismo, ecologismo, contracultura, etnicismo...

No obstante, durante muchos años y casi sin discusión, aparentaron ser inseparables. Inmenso error. Pero aquello cambió, aunque cueste reconocerlo; hasta el punto de que el mayor núcleo de ateos militantes del Estado español se encuentra entre los jóvenes de una izquierda abertzale, estructurada desde ETA, que se ha alimentado de nacionalismo-revolucionario, marxismo-leninismo, feminismo radical, ideologías «emancipatorias» de todo tipo, ecologismo extremo, etc.

Un dato, de particular trascendencia en cualquier caso, emerge de la marea de nombres, fechas, documentos y circunstancias que nos desgrana el autor en su texto: la feligresía católica vasca, progresivamente, es, en sus convicciones políticas, menos nacionalista y más española. Por el contrario, importantes núcleos del clero, de los religiosos, y de las estructuras diocesanas, mantienen –siempre según el autor- un marcado tono nacionalista; aunque muy envejecidos. Sin duda, ese «intentar marchar al ritmo del pueblo y de su cultura», que llevó a tanto clérigo a posturas nacionalistas y radicales (una actitud que, conviene recordarlo, no ha sido un fenómeno exclusivamente vasco), en la actualidad les está alejando de la sociedad. Una paradoja histórica que muestra sin tapujos la verdadera naturaleza del nacionalismo y los perniciosos efectos de esa ideología en sus expresiones más totalitarias.

Pero, en esta atribulada Iglesia local, no todo ha sido unanimidad nacionalista, y así lo destaca el autor. Foro El Salvador, la entidad que agrupa a un núcleo organizado de católicos vascos movilizados frente al nacionalismo totalitario y excluyente, surgió, como una voz profética, en defensa apasionada de las víctimas del terrorismo; denunciando contundentemente la infección nacionalista del cuerpo eclesial. Nació con múltiples dificultades; desconociendo muchos de los católicos españoles, todavía hoy, su realidad y planteamientos. Se les acusó, incluso, de incurrir en algunos de los mismos vicios –por ellos denunciados- practicados por los nacionalistas; así como de romper, nada menos, la unidad eclesial. Transcurrido un tiempo, algunas de sus exigencias han sido recogidas por la propia Conferencia Episcopal Española en su instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y sus consecuencias, de 22 de noviembre de 2002. Y no podía ser de otra manera; recordemos la larga sucesión de posicionamientos, claros y sin ambigüedades de ningún tipo, pronunciados a lo largo de todos estos años, recogidos en La Iglesia frente al terrorismo de ETA (BAC, Madrid, 2001), una voluminosa compilación de textos efectuada por José Francisco Serrano. La historia, con el tiempo, contribuye a colocar a cada uno en su sitio.

En este contexto, de oposición a algunas actitudes eclesiales contaminadas por el nacionalismo, también encontramos cierto protagonismo de seglares católicos vascos, aunque cada uno con sus matices: Carlos García de Andoin, José Luis Orella, Inmaculada Castillo de Gortázar, Javier Elzo... Y no olvidemos otra circunstancia: ¡la mayoría de las víctimas del terrorismo etarra eran católicas!

No obstante, la vida de la Iglesia, a lo largo de todos estos años, no ha estado determinada únicamente por la política asfixiante que se denuncia en el libro. No olvidemos su inmenso trabajo en la cultura, la educación, la sanidad, entre los marginados... Por ello, es bueno alejar, un poco al menos, el prisma de la política para intentar entender qué ha ocurrido desde una perspectiva más global. De esta forma, podremos extraer una conclusión: aquellos grupos cristianos que se han dejado arrastrar por la ideología nacionalista han perdido, progresivamente, la sustancia de la fe. Tengamos presente, por otra parte, la meritoria, y en ocasiones callada, labor de pastores abnegados, como Fernando Sebastián en Navarra y el propio Ricardo Blázquez en Bilbao, quienes están aportando nuevos aires a sus ámbitos respectivos.

En este sentido, la Iglesia, al igual que toda la restante sociedad vasca, también ha sido víctima del impacto de la ideología nacionalista en su ser. Otra víctima más. En tanto le interesaba, el nacionalismo se ha alimentado de múltiples recursos de la Iglesia, de las actitudes de algunos de sus pastores y de muchas gentes bienintencionadas, para, posteriormente, prescindir de todo ello; o, desde otras corrientes nacionalistas más radicales, recurrir a modernas ideologías de moda que, presuntamente, cabalgan a lomos de la historia. El nacionalismo, ante todo, es eso: nacionalismo. Y cualquier compañero de viaje será vampirizado en aras de su proyecto totalitario y excluyente.

Esa es la lección. Para la Iglesia, para España, para todos los vascos.

Por Fernando José Vaquero Oroquieta