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La traición de la izquierda

La traición de la izquierda

La transición ha estallado por los aires por culpa de la izquierda. Esta es la tesis de César Alonso de los Ríos quien, en su último libro, una antología de sus artículos en ABC, advierte de que “la izquierda ha dado por acabada la reconciliación que puso en marcha el PCE a finales de los 50”.

 

La propia historia del autor da buena cuenta de que algo ha sucedido en la izquierda desde 1975. Algunos intelectuales como él, Juaristi o Cristina Losada, acabaron por dejar el progresismo porque se percataron de que sus camaradas estaban aceptando una aberración: aliarse con los nacionalistas para destruir España.

 

Para el socialismo patrio, España equivale a inquisición, franquismo, antieuropeísmo e incultura mientras que los nacionalismos periféricos representan la vanguardia porque se oponen a aquélla. Se cumple así uno de los preceptos del manual del perfecto progresista, “alinearse con los enemigos de España”, en palabras de De los Ríos.

 

Este esquema mental, derivado de la reacción al franquismo y el complejo de buena parte de la derecha, tiene un incentivo adicional. Si se rompe España, la derecha jamás podrá gobernar un Estado vacío de competencias y 17 mini estados con su cohorte de príncipes y bufones.

 

Por eso, puntualiza el autor, interesa más la derrota del PP que la de ETA. A los etarras se les sigue viendo como aquellos valientes que mataron al nefando Carrero Blanco, redimidos del estigma de Hipercor por no haber sido los autores del 11-M, según la versión oficial. En el caso de colgarse la medalla de la paz, algo harto improbable, entonces no habría forma de apear al presidente de su poltrona.

 

Para conseguir que la gente acepte la rendición total, la secesión de Euskadi y la entrega de Navarra, Zapatero ha concedido el marchamo de nación a Cataluña, con el consiguiente apuñalamiento de la Constitución del 78. Al fin y al cabo, el Estatut tenía los mismos ingredientes soberanistas que el Plan Ibarretxe, aprobado, como es bien sabido, por la “izquierda abertzale”, como llaman el presidente y sus medios afines a los partidarios del terrorismo.

 

El plan revolucionario se está ejecutando con implacable destreza. Cuando lleguen las siguientes elecciones, si triunfara el PP, César Alonso de los Ríos prevé “guerra sin cuartel entre los territorios, ya naciones soberanas”. De facto, en esta democracia de Zapatero no cabe otra alternancia que no sea “gobierno socialnacionalista o caos”.

 

Entretanto, se está reivindicando una legitimidad en términos guerracivilistas y no por la supuesta solidaridad y justicia social que dice defender la izquierda. Así se reconocen herederos del Frente Popular y tachan a la derecha de franquista.

 

Con el pasado impecable, si uno se atiene a las hagiografías de la II República y olvida los libros de Moa o Payne, esta nueva izquierda excita las inquinas pasadas y se dedica a airear los muertos del bando republicano. Lo exige la memoria histórica dado que, en palabras de uno de los intelectuales de Zapatero, que cita el autor, “la democracia nació marcada por un pacto con la injusticia y la mentira”.

 

Es difícil albergar algo de optimismo con este desolador panorama en el que el propio César Alonso de los Ríos ve pocas salidas que no pasen por que el PP llegue al poder y desande el camino estatutario. Lamentablemente, este horizonte parece lejano porque la izquierda tiene muchos voceros y ningún complejo. La derecha, en cambio, no tiene apenas medios de comunicación y le sobran los complejos.

 

Al final de su prólogo, este periodista se pregunta si puede llegar a quebrarse “un Estado con cinco siglos de existencia formal y muchos más de realidad histórica”. Para evitar el hundimiento de esta nave percibe que habrá “que echar por la borda a quienes trabajan para ello”. Pero, ¿qué sucede cuando quienes dirigen el barco son precisamente quienes quieren su naufragio?

 

Probablemente, a esta pregunta sólo la pueda responder De los Ríos en otro libro. Hasta entonces, “Yo digo España”, aparte de ser un título provocativo, es una obra que ofrece las claves de lo que sucede en esta nación y que por eso merece ser leída, especialmente por quienes están llamados a encabezar la rebelión a bordo.

 

César Alonso de los Ríos. Yo digo España: Contra la disolución nacional alentada por la izquierda. Editorial Libros Libres. Madrid, 2006. 251 páginas.

 

Por Gorka Echevarría Zubeldia

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 8 de diciembre de 2006

NUEVA OBRA DE JESÚS LAÍNZ: Grandes españoles, vascos y catalanes

NUEVA OBRA DE JESÚS LAÍNZ: Grandes españoles, vascos y catalanes

Algo se está moviendo en España cuando, tras décadas de inexplicable miedo reverencial ante los separatismos, se publican constantemente nuevos títulos de todo tipo de autores –políticos, periodistas, economistas, historiadores– que los denuncian desde múltiples enfoques y con todo suerte de argumentos.

Una de las aportaciones más destacadas ha sido, sin duda, "Adiós, España", de Jesús Laínz, obra de la que afirmó Stanley G. Payne que se trataba de la "más completa guía sobre la mayoría de estos problemas que haya aparecido nunca en un solo libro".

De la artillería de este autor nos llega ahora un segundo envite, "La nación falsificada", eficazmente dirigida, de nuevo, a la línea de flotación del artificio separatista. A través de un amenísimo repaso por las vidas de sesenta ilustres vascos y catalanes, Laínz vuelve a dejar en evidencia a todos esos falsificadores que, desde los tiempos de Arana y Prat de la Riba hasta los de Ibarretxe, Pujol y Maragall (que no ha sabido leer correctamente ni a su abuelo) no han hecho otra cosa que atentar contra la historia e identidad de vascos y catalanes mientras se presentaban como sus más fervientes adoradores.

Estamos ante un libro sobre historia, sí, pero también – de modo implícito– ante una despiadada crítica de los políticos que han llevado a cabo, o al menos permitido, tanta mentira y falsificación histórica para obtener beneficios electorales y económicos amparados en un discurso pseudohistórico difícilmente sostenible.

A los que conozcan el anterior libro del autor no hará falta recordarles la irónica agilidad de su prosa, que hace de "La nación falsificada" un recorrido histórico trepidante, como una novela de aventuras a la vez que un estudio sostenido con una documentación incontestable y, en muchas ocasiones, sorprendente.

Entre otros detalles pueden subrayarse la muy desconocida proclama de Rafael Casanova el 11 de septiembre de 1714 llamando a los barceloneses a dar su vida "por la libertad de toda España"; los versos y cantos patrióticos en vascuence durante la Guerra de la Independencia, la de África o la de Cuba; y el texto que un amargado y arrepentido Valentín Almirall escribió poco antes de su muerte y que ha sido tapado por los nacionalistas por motivos obvios.

La amenidad de "La nación falsificada", que ilustra la españolidad histórica del País Vasco y Cataluña a través de la vida de un treintena de vascos y una treintena de catalanes, se ve apoyada, además, por las extraordinarias caricaturas que de cada personaje ha realizado Julen Urrutia. Recuerden el nombre de este joven dibujante vasco: su calidad y vis cómica no son comunes.

En suma, un libro muy necesario para unos tiempos agitados. Lean este libro y difúndanlo: el conocimiento, el sentido común, la verdad y la justicia sólo vencen cuando los que las sostienen se ponen manos a la obra. De lo contrario, vencerán sus enemigos.

Jesús Laínz, La nación falsificada, Ed. Encuentro, Madrid 2006, 517 pags

Por Santiago Abascal

 

Libertad digital, suplemento Libros, 1 de diciembre de 2006

Hanna Arendt: Sobre la revolución

Hanna Arendt: Sobre la revolución

Si bien la obra de teoría política más conocida e influyente de Hannah Arendt es "Los orígenes del totalitarismo" (1951), pienso que su contribución más original se manifestó en su libro "Sobre la revolución", publicado en 1963. Allí Arendt desarrolló tres planteamientos de gran relevancia. El primero es la distinción entre los conceptos de "libertad" y "liberación".

El segundo su aseveración de que los empeños dirigidos a resolver la cuestión social por medios políticos conducen a la tiranía y al terror. El tercero su convicción de que el proceso de independencia de los Estados Unidos ha sido la única verdadera revolución, pues instauró un efectivo y perdurable espacio para el ejercicio de la libertad. En cambio, la Revolución Francesa, que inauguró la incesante búsqueda de "liberación", inventó también el despotismo justificado a través de la utopía.

 

Según Arendt, la libertad significa la admisión y participación de las personas en el espacio político-público, y la protección de una esfera inviolable de derechos individuales en el marco de un gobierno limitado. La idea de "liberación" es diferente, pues se refiere a la resolución de la denominada cuestión social, al logro de la abundancia, la "felicidad" y la superación de los requerimientos materiales de la gente. La Revolución Francesa, sostiene Arendt, definió su sendero en función de alcanzar la "liberación" del sufrimiento y hallar consuelo a la piedad que las penurias del pueblo suscitaban en los dirigentes. En marcado contraste, la Revolución Americana se orientó a fundar la libertad, establecer instituciones equilibradas y duraderas, y garantizar un gobierno de leyes y no de hombres.

Las grandes revoluciones sociales del siglo XX, inspiradas por el marxismo, tuvieron su origen en el legado francés y la cuestión social. Como escribe Arendt, Lenin fue el legítimo heredero de Robespierre y ambos carecieron de una adecuada noción de lo que significa la libertad. Al intentar poner fin a las necesidades y construir un mundo de forzada igualdad, los utopistas de la "liberación" siembran por doquier su pretensión iluminada, que en nombre de las necesidades insatisfechas del pueblo les lleva a doblegar a los que se oponen a sus presuntamente nobles designios. Sin embargo, y para fortuna del mundo entero, la idea de libertad como acceso al espacio político-público, con límites al poder del gobierno, derechos esenciales e inviolables de los individuos, y balance institucional germinó en Estados Unidos hasta convertirle en una poderosa República, caracterizada por la continuidad constitucional, la masiva prosperidad y la promesa de libertad para los individuos.

"Sobre la revolución" es desde luego una obra mucho más densa y persuasiva de lo que una breve reseña puede revelar. No obstante, la médula espinal de su argumentación se sintetiza en las ideas esbozadas. En primer término, que el concepto de libertad se distingue nítidamente de la ficción "liberadora" a que nos han acostumbrado todas las revoluciones modernas, a partir de la Revolución Francesa. En segundo lugar, que el proyecto central de esas revoluciones, que procura resolver la llamada cuestión social por medios políticos, está destinado finalmente a la opresión, las persecuciones y la exclusión de los que de un modo u otro se interponen en el camino de los portadores del "mensaje" y poseedores de la "verdad". Por último, que una verdadera revolución tiene que ser política y definirse mediante la instauración de la libertad, entendida a su vez como la implantación de un espacio público al que accedan las personas bajo un gobierno limitado, garantía de derechos y equilibrio de poderes.

Ciertamente, la evolución histórica de los Estados Unidos ha evidenciado significativos tropiezos, que incluyeron una guerra civil, mas tales desafíos han surgido del rumbo pautado inicialmente por el proyecto político de la libertad y de la lucha contra los obstáculos que esa concepción de libertad ha enfrentado. De este punto se deriva posiblemente la brecha fundamental entre el decepcionante curso histórico latinoamericano y el progreso y estabilidad norteamericanos, pues en América Latina nos ha seducido de manera prioritaria un sueño de "liberación" y no hemos entendido que el paso previo y necesario para comenzar a avanzar es la libertad. Por ello, nuestros dirigentes y pueblos se encuentran enfrascados en un reiterado fracaso, que nos impide ser libres y nos condena a un siempre errático tratamiento de la cuestión social.

 

Aníbal Romero es profesor de ciencia política, de la Universidad Simón Bolívar.

@ AIPE

El Semanal Digital, suplemento Ideas, 6 de diciembre de 2006

En el crepúsculo de (algunas) mentiras

En el crepúsculo de (algunas) mentiras

La vida política e intelectual española se asfixia entre mentiras y escrúpulos. Costará mucho trabajo removerlos, pero no será imposible. Hay muchos españoles que no están dispuestos a aceptar y pasar por Eso. Eso, la Gran Mentira, ya no puede durar.
Ya no puede durar el mito de Transición, una vulgar Repartición de poder.
Ya no puede durar la pseudohistoria de la Monarquía del 22 de noviembre, empalmada con la de la República trágica. Tampoco tendrá ya larga vida la damnatio memoriae del franquismo, estólida denigración de una generación española.
¿Qué decir de la Nación? Esta seguirá siendo una, hasta que tal vez desaparezca o se eclipse, destino de todas las manifestaciones del espíritu humano. Certus an, incertus quando. Pero hasta ese momento habrá tal vez lugar para abandonar la triste monserga de la voluntaria destruyción de la patria. La supervivencia histórica de la nación española no depende de la Carta otorgada de 1978. Mucho menos de los Preámbulos de los Estatutos de Autonomía. Alfilerazos a un elefante.

La nación, o el recuerdo suyo que todavía vibra en nuestros coetáneos, ha sobrevivido a los noventayochos y a los ayacuchos. ¿No ha de sobrevivir a un Presidente frívolo o insensato? ¿No ha de sobrevivir a una promoción de universitarios o intelectuales venales? ¿A cien películas guerracivilistas deleznables? ¿A la literatura antifranquista? También, por qué no, a los agoreros del tradicionalismo eterno.

El problema no lo tiene la nación, que es, como tal vez escribiría Zubiri, una de esas cosas que nos acontece. El problema político de la España de hoy no es en realidad o no es sólo nacional -el 14-M (dentro de no mucho nos preguntaremos ¿de qué año?) es una fiesta infantil al lado del 711 d. C., el 1648 d. C. o el 1824 d. C.-
La corajina nacionalista oculta en realidad la desamortización del Estado. Esa es la verdadera cuestión. La nación sobrevivió a los caídos en las guerras civiles del siglo XIX. Lo que no sobrevivió, porque entre otras razones malamente existía, fue el Estado.
En 1936-39 se inicia un nuevo periodo histórico. En aquellos años ha arraigado nada menos que el Estado, forma política que nunca antes de Franco ha tenido verdadera existencia en el solar de los españoles. Desbastar el Estado, destruir el Estado es regresar directamente al siglo XIX. El Estado es justamente aquello que es preciso apuntalar, incluso contra el falseamiento juridicista de la constitución. ¿Dónde se concebiría una interpretación constitucional, como la patrocinada por el Gobierno actual, cuya meta fuese el desapoderamiento del Estado?
Han de ayudar a clarificar las cosas páginas como las del inteligente Jesús Laínz, en las que reza: «Washington, Jefferson y compañía no les dijeron a los ingleses que querían separarse de ellos porque tenían tal o cual peculiaridad étnica, histórica, lingüística, literaria, folclórica, moral o gastronómica que los hacía distintos. Simplemente querían mandar ellos». Desapoderar un Estado para erigir otro. Esa reflexión debería ahorrarnos perder el tiempo descifrando el misterio de los nacionalismos vascos, catalán, gallego, andaluz, etc. La cuestión de fondo es el problema del eterno político: la apropiación del poder. Con un razonar neomaquialeniano sería más fácil, también mucho más noble, la contienda con los enemigos del Estado.

Jesús Laínz, La nación falsificada. Ilustraciones de Julen Urrutia. Madrid, Ediciones Encuentro, 2006, 517 pp.

Por Jerónimo Molina

http://www.empresaspoliticas.blogspot.com/, 1 de diciembre de 2006

El oscense Fernando López Barber publica un libro sobre los últimos cristianos de Irán e Irak

El oscense Fernando López Barber publica un libro sobre los últimos cristianos de Irán e Irak El oscense Fernando López Barber ha publicado un libro fruto de una investigación periodística titulada "En busca de los últimos cristianos de Irán e Irak", en el que explica en forma de crónica de viajes sus estudios y sus experiencias durante los cien días que buscó en Irán, Irak, Siria y Turquía los últimos supervivientes de la civilización a la que se debe la invención de la rueda y de la ciudad.

"Ni los asirios fueron exterminados hace tres milenios, ni Oriente Medio está exclusivamente habitado por musulmanes", afirma el autor de esta obra, editada por Barrabés Editorial, y en la que se describen remotos y bellos monasterios turcos levantados por comunidades de eremitas en los primeros siglos de la cristiandad.

El libro cuenta también como el autor compartió mesa, dormitorio y paupérrimos villorrios del Azerbaiyán persa. Fernando López Barber ha viajado en seis ocasiones a Oriente Medio para dar testimonio de la existencia de un grupo de hombres y mujeres a los que califica de "reliquia antropológica".

"No hay mejor ejemplo de valor y resistencia que el de esta pequeña comunidad perseguida y hostigada durante treinta siglos", asegura. En su opinión, el libro "es mucho más que una crónica de viajes sobre la patria de los últimos cristianos orientales; es, antes que nada, un libro sobre los supervivientes que han resistido como cristianos, al Islam; como ciudadanos, a los déspotas más sanguinarios, y como comunidad nacional, a la caída de los imperios neoasirio y babilonio".

El autor subraya también que este libro no va contra nadie. "Este no es un libro contra los musulmanes o los turcos; contra los kurdos o los persas; contra los árabes o los cristianos de Bizancio. Este es un libro contra la intolerancia, la brutalidad y la estulticia", explica.

FERNANDO LÓPEZ BARBER

Fernando López Barber nació en Huesca en 1967. A lo largo de sus 20 años de trayectoria profesional ha firmado alrededor de 5.000 artículos de prensa en diferentes medios de comunicación y ha dirigido dos largometrajes documentales emitidos por medios como Telemadrid.

Además, ha coordinado varias publicaciones y es autor de un par de ensayos sobre el periodismo social y el Tercer Mundo. Sus esfuerzos profesionales se han concentrado de forma permanente en dar a conocer la situación de los colectivos sociales más desfavorecidos y en rescatar de la invisibilidad forzosa a las minorías sin padrinos ni mentor en el mercado de la información.

EUROPA PRESS

La discriminación positiva en el mundo: un error y a veces un crimen

La discriminación positiva en el mundo: un error y a veces un crimen

Gota a Gota acaba de publicar uno de los más recientes libros de Thomas Sowell: La discriminación positiva en el mundo.

Gota a Gota acaba de publicar uno de los más recientes libros de Thomas Sowell: La discriminación positiva en el mundo, que puede considerarse un añadido a los trabajos a los que más esfuerzo y dedicación ha dedicado el autor: sus obras sobre raza, cultura y economía.

En ellas define primero y confirma después sus tesis sobre la aplicación de la teoría económica a grupos humanos heterogéneos examinando el destino de diversos grupos étnicos o culturales a lo largo y ancho del mundo. Sus principales obras en este campo son Race and Culture, Migrations and Cultures y Conquests and Cultures, a las que habría que añadir este libro, sus primeros trabajos Markets and Minorites y Ethnic America y su reciente Black Rednecks and White Liberals.

El término raza se usa muchas veces, incluso cuando no existen diferencias étnicas de consideración. Así, se ha hablado de raza para diferenciar, por ejemplo, a los ingleses de los irlandeses y a los alemanes de los eslavos. Esa diferencia que lleva a hablar de distintas razas no está en el color de la piel o de los ojos, sino en que las razas (más bien culturas) disponen de ciertas habilidades y comportamientos característicos, que llevan allá donde van, sea emigrando o conquistando.

Aunque las culturas no marcan indeleblemente a los individuos y son susceptibles de cambio, aun lentamente, existen y debemos tenerlas en cuenta si queremos examinar tanto los indudablemente diferentes comportamientos de distintos grupos en un mismo país como las similitudes entre las conductas de miembros del mismo grupo en distintas partes del globo. No es casualidad que los alemanes hayan creado fábricas de cerveza (y de pianos) en infinidad de países, o que ya los peruanos llamaran "chinos" en los años 50 a las tiendas de ultramarinos que ahora pueblan nuestras ciudades y son regentadas por individuos de esa nacionalidad.

Es bajo ese contexto, desarrollado en anteriores obras –y quizá dado en exceso por sabido en ésta–, que Sowell estudia la discriminación positiva. Y es que un prejuicio que está en la raíz de todos los programas que buscan equilibrar la representación racial en el mundo académico o empresarial consiste en asumir que todos los grupos son iguales y que, por tanto, si los porcentajes de cada uno en la educación superior o en los puestos directivos de las empresas no reflejan su porcentaje de población total es que existe una discriminación que ha de ser corregida. No obstante, lo difícil es encontrar ejemplos en que se haya dado alguna vez ese perfecto reflejo; por no decir imposible: Sowell no ha encontrado ninguno en las décadas que lleva estudiando la materia.

Quizá hubiese sido adecuado presentar un pequeño resumen de los cientos de ejemplos que ha expuesto Sowell en sus anteriores trabajos sobre raza y cultura, para una mejor comprensión de los hechos por parte de quienes no conocen al autor, que –dado que ésta es su segunda obra traducida a nuestro idioma– son todos, excepto los cuatro gatos que lo hemos leído en inglés.

Este libro está concebido como un estudio sobre las políticas de discriminación positiva –cuotas, preferencias, uso de una sola lengua en la educación o la administración– en varios países; el objetivo es extraer las consecuencias que se derivan de ellas, obviando los argumentos morales a favor o en contra. Y es que casi nadie, ya esté a favor o en contra de la discriminación positiva, suele examinar los resultados de su aplicación. Para averiguarlos Sowell nos presenta los casos de la India, Malasia, Sri Lanka, Nigeria y los propios Estados Unidos. Y, como no debería extrañar a nadie, las consecuencias resultan ser nefastas.

Empezando por las más leves, la discriminación positiva provoca que tanto los individuos como los grupos, en lugar de recibir la legislación pasivamente, actúen para beneficiarse de ella. En 1960 los indios americanos entre 15 y 19 años eran 50.000; veinte años después, los indios americanos entre 35 y 39 años eran 80.000... En Australia el número de aborígenes aumentó un 42% en cinco años. Hubo políticos en la India que se hicieron adoptar por intocables para poder ocupar los escaños reservados a esa minoría. Los beneficios de la legislación india, concedidos a intocables y "otras clases atrasadas", provocaron que el número de "clases atrasadas" se multiplicara.

La discriminación positiva también provoca la marcha de los perjudicados, como sucedió con buena parte de la minoría china en Malasia. Además, los beneficiados pueden ver mancillados sus logros como producto de una cuota. El mismo Sowell ha agradecido en más de una ocasión la suerte que tuvo por haber nacido y comenzado su carrera profesional cuando los negros ya no sufrían demasiada discriminación en Estados Unidos pero antes de que sus logros fueran despreciados por ser atribuidos a la discriminación positiva. (Por cierto, el pasado martes los votantes de Michigan decidieron, en referéndum, prohibir la discriminación positiva. La iniciativa fue promovida por una mujer blanca rechazada por la universidad de ese estado en 1995, que asegura que habría sido admitida si hubiera sido negra, india o hispana).

Sin embargo, la consecuencia más grave es el fomento del odio racial, que llevó en el caso extremo de la antigua Ceilán a provocar una guerra civil entre tamiles y cingaleses. Cabe advertir que Ceilán había sido uno de los países más estables y pacíficos en tiempos coloniales. Todo empezó por la petición de que en la administración se exigiera a los funcionarios el conocimiento del cingalés, y que éste fuera el único idioma que se empleara en ella y en la educación.

En Nigeria, las políticas de discriminación positiva llevaron al intento de independencia de Biafra y al exterminio de un millón de personas en la guerra subsiguiente.

Y es que la discriminación positiva no es un juego de suma cero. Sowell pone un ejemplo: suponga que se presentan 300 candidatos a 150 puestos, de los cuales 10 están reservados a minorías. Se sentirán agraviados los 150 que no sean escogidos, pese a que, en buena lógica, 140 de ellos no hubieran accedido a puesto alguno.

Sin embargo, la pregunta clave sigue sin contestarse. Pese a esos problemas, ¿funciona la discriminación positiva? Pues no. Los beneficiados no suelen ser los que peor están, sino los mejor situados de entre los grupos beneficiados, la "flor y nata" de esos colectivos, que no la necesitan. Y supone un incentivo para que los beneficiarios no se esfuercen por mejorar y exijan cada vez mayores prebendas del Estado. Implantadas como políticas temporales, su fracaso ha llevado siempre a extender su duración indefinidamente.

Pese al título, este libro resulta más útil para contemplar las consecuencias que han tenido en otros países políticas como las llevadas a cabo por algunos de nuestros gobiernos autonómicos en relación a la lengua que para evaluar lo que comúnmente llamamos "discriminación positiva" en España, la aplicada a la mujer. Sowell dedica poco espacio a ese caso concreto; es en su libro Civil Rights, Rhetoric or reality? donde le presta más atención.

Por otro lado, la traducción de Gota a Gota es, en general, demasiado literal, lo que resta fuerza a la prosa muchas veces irónica de Sowell. Y resulta irritante que los traductores llamen Malaisia a Malasia, algo sin duda correcto pero que sólo tiene por costumbre El País. No obstante, quizá el mayor problema de la traducción es que obvía que en Estados Unidos se llama "acción afirmativa" a la discriminación positiva durante la explicación de cómo fue cambiando en ese país el significado del término a lo largo de los años, porque sin ese matiz parece incomprensible.

A pesar de la traducción, el torrente de datos que aporta Sowell y los claros e impecables razonamientos que extrae de ellos merecen la pena, a poco que uno esté interesado en la materia.

THOMAS SOWELL: LA DISCRIMINACIÓN POSITIVA EN EL MUNDO. Gota a Gota (Madrid), 2006; 296 páginas.

Publicado por Daniel Rodríguez Herrera el 13-11-2006 en www.libertaddigital.com

EL GEN DE DIOS. ¿El nuevo ateísmo?

EL GEN DE DIOS. ¿El nuevo ateísmo?

Una nueva iglesia empieza a elevar su voz en algunos medios de comunicación angloparlantes. Sus obispos son personalidades científicas de gran calado mediático. Es la iglesia de los no creyentes, que ha decidido pasar de la resistencia pasiva al debate activo en los medios transmitiendo su concepción materialista de la creencia religiosa.

Esta semana han coincidido las revistas Wired y Time en llevar a sus portadas esta nueva tendencia al reduccionismo. "El nuevo ateísmo", titula la primera; la segunda, "Ciencia versus religión".

Uno de estos personajes dedicado al empeño intelectual de demostrar los fundamentos físicos de la espiritualidad y, por ende, negar la espiritualidad misma es Dean Hamer, genetista del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos y autor de otras aproximaciones previas al genoma de lo intangible (La ciencia del deseo, por ejemplo).

En El gen de Dios, que ahora edita en español La Esfera de los Libros, realiza su aproximación más seria hasta la fecha en esta dirección.

Se trata de un ensayo científico y no de un libro de divulgación. Está, pues, escrito desde la experiencia subjetiva de un investigador embarcado en la aventura vital de encontrar el sustrato bioquímico a las experiencias trascendentes, emocionales o intelectuales que no son producto directo de nuestro mecanismo físico vital: el deseo, la ira, el placer, la emoción… y ahora la fe.

Hamer construye la primera parte del libro sobre la base de que la experiencia mística es una consecuencia de nuestra posición evolutiva en el mundo. A medio camino entre la herencia genética y el ambiente, la religiosidad, sea cual fuere su signo, está íntimamente emparejada con una suerte de procesos neuroquímicos, localizados principalmente en la actividad de ciertas monoaminas y en el trasiego de sustancias neuroreceptoras en el cerebro. Esto no es nada nuevo: de hecho, es la base de buena parte de las tradiciones místicas no religiosas avezadas en el uso de sustancias naturales psicotrópicas para generar estados alterados de conciencia.

Lo que supone una novedad en Hamer es su decidida apuesta por la dotación genética como factor provocador de tales experiencias. En concreto, el autor cree haber localizado en uno de los muchos polimorfismos del gen VMAT2 el origen de esta actividad espiritual. La variante a3305C de dicho gen tiene el "privilegio" de ser denominada por el autor "el gen de dios".

Valorar la pertinencia o no de estas investigaciones exigirá al lector estar al tanto de la literatura genética más actual, por lo que el libro no convencerá a nadie que no engrose ya las filas del nuevo ateísmo y servirá de poco para aquellos que quieran acercarse a la genética del comportamiento humano por primera vez.

De modo que no estamos, precisamente, ante un libro de divulgación, sino ante una pieza más del argumentario intelectual de la nueva y poderosa corriente materialista que ha llegado a las portadas de las revistas en Estados Unidos esta semana.

Cuestión aparte será la valoración de la pertinencia científica de estas investigaciones. Liderados por Richard Dawkins, esta nueva generación de ateos militantes ha decidido pasar a la acción. No se contentan con no creer en Dios, sino que han dado el salto a los medios para convencer al mundo de su "no existencia". ¿Pero puede realmente la ciencia probar la no existencia de todo lo que no existe? El debate está servido.

Por Jorge Alcalde

DEAN HAMER: EL GEN DE DIOS. La Esfera (Madrid), 2006; 302 páginas.

Neocons

Neocons

De un tiempo a esta parte el término neocon (o neoconservador) se ha hecho común en el debate político. Se utiliza siempre como un insulto y con el ánimo de deslegitimar a quien se quiere ofender. Según nos dicen, es cosa de cábalas, lógicamente protagonizadas por judíos, en las que el culto a la guerra es sólo comparable a no sabemos cuántas cosas más. Con mucho, donde más uso se hace de él es en el entorno de Prisa.

Estos cachorros de falangistas se trasformaron en marxistas tras una ardua e intensa lectura de uno de los estudios filosóficos más interesantes de la segunda mitad del siglo XX, la breve introducción de Marta Harnecker al marxismo Los conceptos elementales del materialismo histórico. Caído el Muro de Berlín y disuelta la Unión Soviética, tuvieron que buscar mejor cobijo ideológico y, con la misma intensidad intelectual y el mismo compromiso ético, se reconvirtieron en progresistas, una corriente amorfa carente de un programa positivo pero siempre dispuesta a atacar cualquier escuela liberal-conservadora. Con el mismo rigor con que se hicieron marxistas y luego se transformaron en progres critican hoy el neoconservadurismo.

Los denominados neocons normalmente no se reconocen a sí mismos bajo este título y no se sienten parte de un grupo. Sin embargo, de hecho lo son. No aspiraban a crear una escuela de pensamiento; sencillamente, defendían sus posiciones en las batallas culturales que han caracterizado la historia reciente de Estados Unidos. Son, por encima de todo, un fenómeno norteamericano, una expresión de la fractura interna del Partido Demócrata tras la crisis moral producida por la guerra de Vietnam.

Después del ascenso de McGovern, y la consiguiente derrota de Jackson, los demócratas iniciaron una nueva etapa de su historia caracterizada por el relativismo moral, las políticas de discriminación positiva y las estrategias de apaciguamiento. Con el giro a la izquierda, un importante núcleo de intelectuales decidió marcar distancias y, finalmente, instalarse entre los republicanos. Algunos se quedaron, como el ya difunto senador Moynihan, que cedió su asiento en el Senado a Hillary Clinton, o el también senador Liberman. Otros, la mayoría, se incorporaron al Partido Republicano de la mano del también ex demócrata Ronald Reagan.

Son varios los libros que el lector puede encontrar en los anaqueles de la librerías anglosajonas sobre el fenómeno neoconservador. El último de ellos es del joven historiador británico Douglas Murray, de apenas 27 años. Su libro no es mucho mejor que algunos de sus precedentes, pero tiene unas características que lo hacen especialmente atractivo para el público español o en lengua española. Murray no ha participado en las citadas guerras culturales, escribe desde Europa, con un trasfondo histórico e ideológico bien distinto, y además lo hace desde una generación que irrumpe ahora en la vida pública. Con Murray el neoconservadurismo se hace más asequible y fácil de entender para alguien que no sea norteamericano. Tanto en su dimensión histórica como de actualidad.

Dejando a un lado episodios concretos de interés limitado para un europeo, Murray se centra en los aspectos fundamentales, enmarcándolos en un trasfondo histórico suficiente, sin agobiar al lector con citas y datos. El eje es la tensión entre Derecho Natural y Derecho Positivo, con su inevitable corolario en el debate sobre el relativismo moral. De lo general se pasa a lo particular, a sus efectos en educación, integración, bienestar o política exterior.

Esa perspectiva europea implica una continua reflexión sobre la validez de los postulados de esta escuela para el Viejo Continente. A la pregunta de qué es un neocon, Richard Perle contestó en Madrid, ante una audiencia de universitarios, que no era otra cosa que un clásico liberal-conservador. La respuesta implicaba, una vez más, el rechazo a la palabreja. No quieren ser vistos como un grupo, sino como parte de una corriente mucho más amplia. Pero hay que reconocer que la equiparación con el término liberal-conservador es insuficiente.

Tanto en la tradición política norteamericana como en la europea ha habido liberal-conservadores amorales, inmorales y morales. La aportación básica de la escuela neoconservadora es, precisamente, el carácter moral que imponen a cada acto, como expresión de los valores de la democracia. Ese compromiso siempre ha existido en Europa y ha estado presente en los partidos de esta tendencia, aunque sólo como una actitud política más. En ese sentido, Perle tenía razón. Como ha señalado en alguna ocasión Manuel Coma, un neocon es un "realista" con principios.

La escuela neoconservadora es profundamente europea, y sus postulados no pueden extrañar a nadie que tenga una cierta formación en nuestra propia historia. En el Viejo Continente prima hoy el relativismo, y de ahí los problemas que padecemos. La experiencia de nuestros equivalentes norteamericanos nos puede ser de gran utilidad para afrontar los retos que tenemos ante nuestros ojos y que no podemos obviar.

Por Florentino Portero

DOUGLAS MURRAY: NEOCONSERVATISM. WHY WE NEED IT. Encounter Books (Nueva York), 2006; 247 páginas.

Libertad Digital, suplemento Libros, 23 de noviembre de 2006