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Enemigos de la paz

La paz y la resolución del conflicto exigen la derrota política de ETA, lo que obliga a impedir que la organización terrorista y su entorno obtengan la legitimación que pretenden mediante una narrativa del conflicto y de sus supuestos métodos de resolución que algunos sectores de opinión aceptan de manera acrítica.

 



ETA, al igual que otros grupos terroristas, recurre constantemente a un lenguaje con el que, con claros fines propagandísticos, pretende transformar y elevar su imagen. De ese modo intenta construir una “guerra de fantasía” en la que sus activistas aparecen como combatientes de una contienda en la que el único terrorismo practicado sería el del Estado. Mediante una retórica que persigue revestir sus crímenes de respetabilidad y legitimidad, la organización terrorista se arroga la representación de todo un pueblo con el fin de justificar una violencia obviamente anti democrática. De ahí que sus comunicados y documentos internos estén repletos de una terminología conducente a interpretar sus asesinatos no como la elección libre y deliberada de quienes los cometen, sino como una inevitable imposición que se derivaría del denominado “conflicto”. Así ETA declara responder a las constantes “ofensas” al pueblo vasco y a la “situación de opresión de Euskal Herria”, asesinando y amenazando, pero también intentando contrastar su crueldad con una aparente compasión, como cuando dice desear la paz o cuando advertía que golpearía “de lleno” a la industria turística española sin poder “garantizar que quien se meta en una zona de guerra no resulte dañado”. De acuerdo con esa visión del mundo la responsabilidad de la violencia no recae sobre la organización terrorista, sino sobre otros actores, tal y como han venido explicando los comunicados de ETA y de sus representantes políticos. No es extraño que éste haya sido el discurso dominante por parte de la banda y de su entorno. Más preocupante resulta que los medios de comunicación lleguen a verse seducidos por un lenguaje que también persigue deformar la realidad sirviendo en última instancia a los intereses de la organización terrorista.

Ha sido habitual para quienes perpetran actos de terrorismo recurrir al lenguaje con el objeto de construir aparatos de justificación de su violencia sirviéndose para ello de medios de comunicación y de discursos políticos. Con esa finalidad no es extraño que términos como la paz y el diálogo se utilicen con gran profusión y con una intencionalidad muy determinada, volviéndose a veces contrarios a su significado natural y constituyéndose a menudo en instrumentos de propaganda que son manipulados por organizaciones y dirigentes terroristas en la búsqueda de esa legitimidad de la que generalmente carecen. Los fenómenos terroristas nacionalistas que han tenido lugar en Irlanda del Norte y el País Vasco ofrecen abundantes muestras de esta instrumentalización. Numerosos han sido los esfuerzos que el IRA, el principal grupo terrorista norirlandés, y su brazo político, el Sinn Féin, han llevado a cabo con el fin de desprenderse de la negativa imagen que su violencia les confería. Para ello conceptos como la paz y el diálogo han sido ampliamente tergiversados, siendo ejemplar en este sentido el papel del más importante de los líderes de la citada organización terrorista, esto es, Gerry Adams. A lo largo del llamado “proceso de paz” en Irlanda del Norte, muchos han sido los medios de comunicación que consciente o inconscientemente han ayudado al denominado movimiento republicano irlandés, compuesto por el Sinn Féin y el IRA, a instrumentalizar los citados términos en beneficio de quienes han hecho un uso sistemático y deliberado de la violencia durante décadas.

Sirva de ejemplo la entrevista a Gerry Adams publicada por la revista irlandesa VIP Magazine en su número 39 de septiembre de 2002. En la portada de un medio de comunicación de estilo y finalidad muy similar a la conocida revista Hola, Adams ocupaba una preeminente posición, siendo su fotografía central considerablemente superior a las otras tres que aparecían en cada una de las esquinas y que correspondían a un célebre presentador de televisión, a una familia de aristócratas y a una modelo. El risueño retrato del dirigente terrorista daba paso a una “exclusiva mundial” en páginas interiores consistente en una amplia entrevista realizada por Mary Johnston. En ella la periodista no mencionaba ni una sola vez al grupo terrorista IRA, al frente del cual ha permanecido Adams desde la primera mitad de la década de los setenta. En cambio, la nefasta entrevistadora prefería plantearle al hombre responsable de la muerte de decenas de seres humanos cuestiones como qué es lo que le hace reír y llorar. El periodista Fintan O’Toole resumió con precisión el efecto de semejante manipulación al señalar que la entrevista poseía una clara intencionalidad política, pretendiendo contribuir a la reconstrucción de la imagen pública de Adams, para lo cual se decidió pasar por alto descaradamente su sangriento pasado (The Sunday Times, 23 de febrero de 2003). Lamentablemente la citada revista servía los intereses del presidente de un partido que fue incapaz de atraerse el respaldo de la población irlandesa, ni en el sur ni en el norte de la isla de Irlanda, mientras el IRA asesinaba indiscriminadamente. Es útil recordar que el propio Adams reconoció durante la década de los ochenta que “en el Sur el Sinn Fein es tratado como un paria por los líderes de todos los demás partidos políticos”. Por ello los republicanos han insistido en identificar al IRA y al Sinn Fein con la búsqueda de la paz con la esperanza de que semejante presentación contribuiría a ocultar sus verdaderas intenciones durante décadas y una realidad insoslayable: quienes ahora se identifican como pacifistas y dialogantes son precisamente quienes han negado a lo largo de muchos años tan nobles métodos al recurrir a la violencia con el objeto de imponer sus objetivos políticos sobre la mayoría de la población irlandesa.

En nuestro propio país tenemos también muestras de ese ensalzamiento y transformación del líder terrorista realizados desde la ausencia de rigor político, histórico y periodístico, como se aprecia en algunas de las entrevistas a Adams publicadas recientemente. En una de ellas (El País, 16 de enero de 2005), el periodista definía a Adams del siguiente modo: “Ninguna otra persona ha estado más entregada a la tarea de alcanzar la paz mediante el diálogo”. El mismo periodista, John Carlin, en otra amplia entrevista al dirigente terrorista (El País, 2 de abril de 2006), indicaba lo siguiente: “Ya se detectó la tendencia pacifista de Adams en 1979, cuando, tras haber pasado casi cinco años en una cárcel británica, sorprendió a sus propios correligionarios al poner sobre la mesa que había llegado la hora de complementar la lucha armada –o lo que otros llamaban terrorismo- con la política-”. Curioso y falso “pacifismo” el de Adams que optó por “complementar” el terrorismo con la política consciente de la necesidad de reforzar la violencia del grupo terrorista por él dirigido con un mayor desarrollo de su brazo político. Evidentemente es totalmente incierto que Adams haya estado entregado a “la tarea de alcanzar la paz mediante el diálogo” manteniéndose al frente de una organización terrorista que todavía hoy sigue activa. Como se desprendía de tan peculiar entrevista, Adams “el pacifista” no abandonó el terrorismo, sino que lo “complementó” con la actividad política buscando una mayor eficacia del movimiento terrorista que lideraba.

Adams es presentado como un “estadista” de prestigio internacional que incluso habría tenido “una participación mucho más activa, y a mucho más alto nivel de lo que se ha sabido hasta ahora en el intento de hallar una solución pacífica al conflicto vasco” (El País, 2 de abril de 2006). Exagerada reivindicación sin duda, tal y como demuestra la propia entrevista en la que no se aporta ni una sola prueba que permita atribuir semejante actuación al dirigente del IRA y del Sinn Fein. Mientras en dicha entrevista casi se incitaba al lector a mostrar gratitud a Adams por el reciente alto el fuego de la organización terrorista ETA, la realidad mostraba un escenario diferente. Cierto es que el IRA ha abandonado sus asesinatos sistemáticos, pero no sus actividades de financiación y recopilación de inteligencia que ahora, como reconocen las fuerzas de seguridad, utiliza para su estrategia política dirigida por el Sinn Fein. Por lo tanto, el Sinn Fein ha optado por las vías políticas, pero sin renunciar a la contribución de las actividades ilegales del IRA, que continúa al servicio del partido político garantizándole beneficios mediante la promesa de una desaparición de la banda que nunca llega, al ser dicho objetivo la fuente de concesiones hacia quienes supuestamente habrían de conseguirlo. Es decir, las vías políticas emprendidas no son en absoluto democráticas, al operar el partido político con el apoyo criminal, logístico y financiero de una organización ilegal, propiciando un escenario que seduce a ETA y a Batasuna.

Junto a Adams, otro personaje involucrado en el proceso norirlandés ha recibido un amable tratamiento de su figura. Alec Reid, plenamente identificado con los intereses nacionalistas en Irlanda del Norte y el País Vasco, ha sido presentado por numerosos medios como un generoso pacificador. El dominical británico The Observer lo describía el pasado 19 de marzo como “una figura clave en los esfuerzos por impedir que el proceso de paz colapse” en el País Vasco. Debe destacarse que en la información del periódico británico en ningún momento se utilizaban términos como terrorismo o terrorista para referirse a la situación en la región o a la organización terrorista ETA. En cambio se hablaba de “las esperanzas de alcanzar el final de cuatro décadas de guerra de guerrillas”, a pesar de que “los militantes vascos todavía desean un estado separado”. El comienzo del artículo remitía a la huelga general convocada tras la muerte de dos activistas del “grupo separatista”, omitiéndose mencionar el reducido poder de convocatoria del mismo y el consecuente y manifiesto fracaso de la jornada. Sin embargo, el selectivo uso de la actualidad no le impedía al periodista recordar seguidamente que “el mes pasado ETA hizo público un comunicado en el que pedía diálogo y negociación con el gobierno de Madrid indicando que esa era la única vía hacia delante”.

El testimonio de Alec Reid, uno de los autores de la Declaración de Lizarra que tan poco contribuyó a la paz en el País Vasco, resultaba revelador: “No podemos perder esta oportunidad histórica para lograr la paz, pero ETA no va a aceptar algo que no vea. ETA necesita saber cómo va a ser la mesa de la negociación política, quien participará en ella, cómo se votarán las decisiones, si el gobierno español aceptará el resultado. Además ETA necesita saber cuándo sucederá. Una vez se haga público todo esto, ETA parará”. Estas eran las palabras de quien insiste en definirse como un mediador neutral a pesar de toda la abundante evidencia en contra, como recuerdan sus declaraciones considerando a ETA, no como “el principal problema”, sino como “un síntoma del problema” (El Correo, 28/12/2005), o aquella otra en la que enfatizaba que “el gobierno español es el principal problema para la resolución del conflicto” (El Correo, 30/5/2002). Como ya es habitual en las declaraciones de tan parcial interlocutor, ETA queda eximida de toda responsabilidad por la resolución de un conflicto que realmente se manifiesta de manera fundamental en la existencia de una organización terrorista que coacciona y condiciona las vidas de los ciudadanos y los procesos políticos. Semejante interpretación de la realidad aplica los mismos mecanismos de difusión de responsabilidad y de transferencia de culpa de los que la organización terrorista también se ha servido durante décadas. En función de ella, por ejemplo, los asesinados por ETA merecían serlo como consecuencia del “conflicto”. Tampoco es muy diferente a la lógica articulada por Arnaldo Otegi cuando expuso que “aquí hay una clase política a la que no le interesa resolver el conflicto” tras acusar a los partidos democráticos de “escupir” a ETA cuando ésta había “dicho que tiene voluntad para acabar con la guerra”. De todo ello puede llegar a deducirse que quienes no se avienen al modelo que la banda desea imponer en un momento de declive y de considerable debilitamiento operativo y político, deben ser vistos como “los enemigos de la paz”.

Es ésta una expresión que también ha sido hábilmente utilizada por dirigentes del IRA y del Sinn Fein como Gerry Adams y Martin McGuinness. Cuando en Irlanda del Norte han surgido voces que replicaban que lo verdaderamente perjudicial para la paz era asumir como imprescindible que no todos los actores respetaran las mismas reglas democráticas al reclamar que el uso de la violencia reportara beneficios del que los auténticos demócratas no disfrutaban, se enfrentaban con frecuencia a la crítica de quienes les acusaban de obstaculizar el camino de la paz. Así, la ruptura del alto el fuego del IRA en 1996 fue interpretada por ciertos políticos y periodistas como la responsabilidad del primer ministro británico del momento, John Major, coincidiendo de ese modo con la propia interpretación del grupo realmente responsable de reanudar el terrorismo. Lo mismo ha ocurrido con el desarme del IRA, tildándose de “enemigos de la paz” a quienes han exigido tan razonable requisito. El término “enemigos de la paz” también ha sido empleado en España por algunos partidos con el objeto de criticar a sus adversarios políticos, acusados asimismo de “erigir obstáculos para la paz”, incurriéndose por tanto en un beneficioso ejercicio para la organización terrorista, verdadero enemigo de la paz. Algunos jueces también han sido amenazados con semejante descalificación si no se suman a un “proceso de paz” en el que decisiones políticas arbitrarias habrían de prevalecer sobre la justicia y los principios democráticos. De ese modo, bajo el pretexto de la búsqueda de la paz, se intentan consolidar esquemas que eluden la realidad en torno al terrorismo: ETA ha violado sistemáticamente los derechos humanos, de ahí que la paz y la resolución del conflicto exijan su derrota política. Esta derrota obliga a impedir que la organización terrorista y su entorno obtengan la legitimación que intentan lograr mediante la reproducción de una narrativa del conflicto y de sus supuestos métodos de resolución como los que algunos sectores de opinión aceptan de manera acrítica. Oportuno parece recordarlo dado que ETA no ha desaparecido aún de la escena política habiendo declarado tan solo un “alto el fuego” que en absoluto equivale a su disolución.


(Rogelio Alonso es profesor de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de 'Matar por Irlanda. El IRA y la lucha armada' -Alianza Editorial-)

Rogelio Alonso, BASTAYA.ORG, 18/4/2006

 

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