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La memez de la semana: "Navarra no es el problema, sino la solución"

Arnaldo Otegi dixit. Y pixit, claro, si aplicamos la LOE socialista. Dejando para otro día la decadencia de la enseñanza, y del latín, la frase de Otegi no es de esta semana pero estos días se ha repetido, reiterado y explicado, y ahora podemos confirmar la conclusión: es una memez.

Al decir esto Otegi quiere decir –lo sabemos gracias a Zapatero también- que Navarra debe ser incluida necesariamente en la solución, en eso que se ha llamado el "proceso de paz". Claro, eso ya lo sabíamos antes de Otegi y de Zapatero, hace cuarenta años que ETA lo pide con las armas y más de un siglo que el nacionalismo vasco lo exige con sus mentiras. La frase de que "no hay solución al conflicto sin Navarra" es la clave del debate, y el anuncio de dónde puede llevarnos esta memez: al chantaje colectivo. Por este camino, veremos pronto cómo los navarros no nacionalistas son acusados de no querer la paz por no querer rendirse; y veremos tal vez cómo PSOE, ETA y aliados menores piden a los navarros un gesto "por la paz". Mal camino, pero por lo menos estamos avisados.

Ahora bien, sacada de su contexto la frase de Otegi no es ninguna tontería. Más aún, puede convertirse en la solución de un par de problemas que se anuncian para la vida en común de España, y también concretamente para la definición de la Derecha del futuro.

Navarra, como forma política, es la demostración práctica de que es posible unir el amor a la comunidad más cercana, el terruño, la gaita, y la lealtad a la gran comunidad, la patria, en términos modernos la nación, en términos clásicos la lira. Los fueros son una concreción particular de unos principios universales. No hay foralidad posible sin España, dado que ese derecho privativo emana de una preexistente "comunidad de comunidades". Y todo esto, el navarrismo, el foralismo, lejos de ser un resto del pasado, puede convertirse en un anticipo del futuro.

Jean Bodin decía que el Estado-Nación se distingue por el monopolio de la soberanía, entendida como indivisible e inalienable. Más recientemente esa soberanía se ha entendido como el monopolio de la violencia legítima, como la capacidad de determinar el estado de excepción o como el poder constituyente. Lo entendamos como lo entendamos, el Estado moderno y la nación liberal están en crisis entre nosotros. No se trata precisamente de la crisis actual de España, sino de la aparición de nuevos desafíos a las viejas formas políticas. A todo esto la izquierda está dando una respuesta nihilista, la negación de las identidades reales, la destrucción de la comunidad y del orden de la que Zapatero es una buena muestra. Y las derechas no saben qué hacer.

Es decir, entienden muy bien el problema, pues el Estado ha perdido su órgano exterior, las fronteras, y con él su capacidad de garantizar una "manera diferenciada de ser, de vivir, de creer, de convivir". La nación ya no es la comunidad con el monopolio de la política, ni el Estado es realmente soberano. Alain de Benoist –a quien el otro día entrevistaba en estas páginas José Javier Esparza, que también es navarro- llama federalismo a lo que en términos castizos llamaríamos foralismo y en rigor intelectual -de matriz católica- debemos llamar subsidiariedad. Ya que se trata de lo mismo, de construir "desde abajo", de pactar la convivencia imbricada de comunidades. Algo complicado, en una Europa y una España donde han desaparecido los absolutos. Ahora bien, precisamente en Navarra nunca llegaron a triunfar los absolutos. Navarra no es una región autónoma de fundamento constitucional, sino una comunidad de comunidades, surgida de una determinada forma de ser español, y basada en el respeto pactado de las diferencias. Una pervivencia medieval, y es que la sociedad feudal estaba organizada sobre la base del bien común, y en ella ni el derecho de propiedad ni ningún otro derecho era absoluto.

¿La solución es volver atrás en el tiempo? Nunca. El pasado es pasado, y nunca vuelve; es más, soñar su vuelta o trabajar para ella es la mejor manera de destruir los principios que se dicen defender. Ahora bien, resulta que la foralidad navarra ha sobrevivido, gracias precisamente a los liberal-conservadores de los siglos XIX y XX, al desafío de lo absoluto. Y ahora, ante la crisis de ese Estado, Navarra puede ser un modelo de convivencia que haga compatible la máxima autonomía con el máximo patriotismo.

Para el PP de Mariano Rajoy hay en Navarra -y en UPN- una respuesta concreta, práctica y no teórica, al desafío centrífugo. Al individualismo absoluto de los nacionalismos, y al nihilismo absoluto del internacionalismo, sería estéril oponer la mera conservación del modelo político actual. Pero si va a haber un nuevo modelo, hay aquí un precioso vestigio, vivo y eficiente, de cómo fueron las cosas y de cómo pueden volver a ser. Y en esa síntesis de contrarios, ese pacto y superación que permita a nuestro pueblo mirar a los desafíos del futuro en vez de anclarse en la división actual, el patriotismo español puede oponer Navarra como solución ejemplar. Gracias a Otegi, podemos atrevernos.

 

 

Pascual Tamburri

 

 

El Semanal Digital, 30 de abril de 2006

 

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