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A su imagen y semejanza

A principios de junio, el Ministerio de Educación tenía ya preparado un primer borrador del contenido de la asignatura “Educación para la ciudadanía”. El borrador confirma los temores de muchos hacia una asignatura pensada como herramienta para tratar de imponer obligatoriamente una moral de Estado a todos los ciudadanos, como expresó el portavoz y secretario general de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino. No es casualidad que, a medida que la asignatura de Religión pierde peso y presencia en la escuela pública, irrumpe en los planes de estudio esta materia recién creada, como un sucedáneo que intenta sustituir los restos de una tradición cristiana por la nueva religión del Estado.

En este sentido, resultan especialmente reveladoras las manifestaciones al respecto del secretario general de la Federación de Enseñanza de la UGT, Carlos López, para quien la diferencia entre la asignatura de Religión y la Educación para la Ciudadanía radica en que la primera es una materia para un determinado segmento de la sociedad, mientras que la segunda transmite “valores no excluyentes para ninguna capa social”.

Justamente al contrario, una defensa de la asignatura de Religión que quiera ser consistente debe incidir en que es una materia que trata de aquello que más interesa verdaderamente al hombre, a cualquier hombre independientemente de su raza, credo, cultura o condición social. Y lo que más le interesa es responder a las preguntas elementales sobre la existencia: ¿Quién soy yo?, ¿cuál es el significado de mi existencia?, ¿cuál es el sentido de todo lo que me rodea?, ¿por qué tengo este deseo inagotable de amor, justicia, belleza, verdad y libertad?

Estas preguntas y deseos son la esencia y a la vez la mayor grandeza que puede alcanzar todo ser humano, como genialmente expresa el poeta italiano Leopardi: “El no poder quedar satisfechos con ninguna cosa de la tierra, ni siquiera, por así decirlo, con la tierra entera; considerar la amplitud inabarcable del espacio, el número y el tamaño maravillosos de los mundos y encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad de nuestro espíritu; imaginar el número infinito de los mundos, y el universo infinito, y sentir que nuestro ánimo y deseo son aún mayores que este universo; y acusar siempre a las cosas de insuficiencia y nulidad, y padecer falta y vacío, y también tedio, paréceme el mayor signo de grandeza y nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana”.

¿Qué clase de sistema educativo es aquél que deja fuera precisamente aquellas cosas que importan a los hombres? Es algo que ya intentó responder Chesterton en la Inglaterra de principios del siglo XX: “Si existe entre nosotros algo que se asemeje al asno, que deliberadamente es portador de anteojeras, es precisamente el educador ilustrado, que siempre está haciendo esfuerzos nerviosos para eludir tener que divulgar conocimientos de cosas que sabe y que son, precisamente las que los hombres han deseado saber con más empeño desde el principio del mundo”.

A propósito de las reacciones que estaba suscitando la lectura del borrador de la Educación para la Ciudadanía en distintas instituciones y asociaciones, la ministra de Educación Mercedes Cabrera dejó escapar esta frase: “La mayoría son puntos de vista muy aceptables porque giran en torno a la creación de ciudadanos”. Ésta es la razón por la que ya no caben las preguntas decisivas sobre la existencia. Los hombres ya no necesitarán preguntarse por su creador, porque ese papel lo ocupa el Estado al arrogarse la capacidad de crear, de generar a los ciudadanos a su imagen y semejanza. Aun así, ¿sería capaz el Estado de concedernos un segundo más de vida?

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 26 de junio de 2006

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