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Tres tristes destinos para un Zapatero en "máxima alerta"

Tres tristes destinos para un Zapatero en "máxima alerta"


María Teresa Fernández de la Vega reconoce que las Fuerzas de Seguridad del Estado están en "máxima alerta". Se lo traduzco: el "proceso" va mal. ¿Es una buena noticia? Me temo que no, porque la cosa va mal para el presidente de nuestro Gobierno, no para ETA. Si después de años de conversaciones el "proceso" se atasca, todo lo que Zapatero ha dado, prometido y comprometido, que no puede ser poco, sólo contribuye a reforzar a ETA. Así que en el mejor de los casos hemos perdido el tiempo y en el peor, y más probable, perderemos más cosas. Pero Zapatero tiene a quién parecerse.

Dicen algunos que este sujeto se parece a Neville Chamberlain, el hombre del paraguas, que volvió de su primer viaje en avión en 1938 con la promesa de una paz duradera. Peace in our time, y todo eso. Pero la comparación no es justa, porque al fin y al cabo lo que Chamberlain, Daladier y Mussolini garantizaron a Hitler en Munich no era injusto. Negociaron Estados rivales pero ninguno renunció a sus principios esenciales, se diga lo que se quiera. Hasta pudo haber salido bien. La paz se hizo imposible desde lo de Praga en marzo siguiente y lo de Moscú en agosto. Chamberlain, buscando la paz, quiso salvar además su imperio, y terminó salvando al menos la democracia. No es el caso de Zapatero.

Algunos insisten en comparar a Zapatero con John Fitzgerald Kennedy. No crean, no sólo lo hacen los propagandistas de su dudoso idealismo progresista, sino que también se puede hacer en tono crítico. Al fin y al cabo creó tensiones sin precedentes dentro de Estados Unidos, estuvo a punto de desencadenar una guerra mundial, consolidó una dictadura comunista en Cuba y enredó a su país en la guerra de Vietnam, tras el asesinato de Ngo Dinh Diem por no ser lo bastante demócrata. Pero Kennedy fue un patriota, que luchó voluntariamente en su Marina durante toda una guerra y que, bien o mal, siempre buscó el bien de su país.

Yo lo siento, pero en nuestra historia el mayor parecido lo tiene con un noble de sangre real, el conde don Julián, y con un obispo hermano de rey, don Oppas. Anteponer el interés personal (familiar o de partido) al de la comunidad; servirse de los enemigos internos y externos de la paz para derrotar al adversario político; y estar dispuesto a pagar a costa de todos el precio de esas alianzas, que ponen en riesgo el futuro común. Es un escenario de "máxima alerta", pero no es una novedad.

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 30 de noviembre de 2006

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