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Sarkozy

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Si la soberbia de Chirac no lo impide, y parece difícil a estas alturas que pueda impedirlo, Nicolás Sarkozy será investido clamorosamente como candidato del centro-derecha francés a la presidencia de la República. En medio de la grisura dominante en el panorama político europeo, hay que admitir que la figura de Sarkozy ejerce una cierta fascinación, pero hay algo más. En Francia se juegan algunas de las partidas más importantes del ajedrez político-cultural de los próximos años en Europa, y de la victoria o derrota de este nuevo astro dependen bastantes cosas.

 

Hijo de un aristócrata húngaro forzado a abandonar su país y de una mujer griega de religión judía, Sarkozy reúne los elementos típicos de la grandeur francesa, pero al mismo tiempo rompe con la mayoría de los tópicos transversales a toda la casta política de la V República. Brillante, chispeante, con la dosis necesaria de ironía y una sólida base cultural, parece un hombre de mundo pero al tiempo cultiva sus raíces espirituales y culturales a la vista de todos: no es de extrañar que despierte envidias e incluso odios enconados, especialmente en sus propias filas.

 

Pero lo importante es identificar los núcleos del discurso de Sarkozy, que hacen especialmente sugestiva su candidatura. En su famoso libro La República, las religiones, la esperanza , propone una nueva laicidad abierta, en agudo contraste con el caduco laicismo republicano que ha dominado el panorama francés durante los dos últimos siglos. Sarkozy reconoce la aportación positiva de las religiones al bien común, y añade que éstas ofrecen a los ciudadanos algo que necesitan y que ningún Estado puede dar, ya que son fuente de sentido y de esperanza. De esta forma rompe con uno de los tabúes más arraigados en el imaginario de la República, y toma postura en uno de los debates esenciales de este siglo: el lugar de lo religioso en la esfera pública, y por tanto, el significado sustancial de la libertad religiosa en las democracias avanzadas.

 

Pero el candidato en puertas ha roto con más tabúes. Por ejemplo el del papel invasor y abusivo del Estado en la vida económica y social, algo que acomuna en Francia a izquierda y derecha, y que está en el fondo de la crisis de crecimiento y liderazgo que padece nuestro vecino del norte. Citemos también la visión atlántica de la política internacional que postula Sarkozy, dando carpetazo al diletantismo chiraquiano en esta materia, heredado del general De Gaulle. Para Sarkozy, la alianza con los Estados Unidos es esencial para Europa y para la defensa de las libertades, y no una mera carga que hay que sobrellevar.

 

Sólo con estos tres núcleos de interés, ya merece especialísima atención la carrera del aspirante Sarkozy. Entre otras cosas, porque se renovaría el viejo eje franco-alemán con un significado bien distinto del que había tenido en los últimos tiempos: la pareja Merkel-Sarkozy promete interesantes novedades para todo un continente confuso y falto de liderazgo. Pero no vendamos la piel del oso antes de cazarlo: para llegar a la meta deberá sortear primero los cuchillos desenvainados en sus propias filas por el dúo Chirac-Villepin, que no se resiste a abandonar la vieja política que ha empantanado a Francia en la última década. Y después, deberá superar una dura confrontación con Sègoléne Royal, la esperanza blanca de los socialistas galos, que por cierto pregona a todos los vientos su admiración por Zapatero. Con eso ya está dicho lo que se pone en juego en las próximas presidenciales de Francia.

 

José Luis Restán

Páginas Digital, 11 de enero de 2007

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