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Raúl Guerra Garrido, escritor y Premio Nacional de Literatura: «Si no se tiene en cuenta el miedo en el País Vasco, todo lo que se negocie será falso»

Raúl Guerra Garrido, escritor y Premio Nacional de Literatura: «Si no se tiene en cuenta el miedo en el País Vasco, todo lo que se negocie será falso»

El escritor, que publicará «La soledad del ángel de la guarda», una novela sobre un escolta, es un testigo de los primeros años de la resistencia civil contra el terrorismo

 

«Un nacionalista entiende sólo la negociación dándole la razón; en cuanto no se la das, eres un intolerante», dice el escritor

 

Siento pudor al oír hablar a Raúl Guerra Garrido: es como ver a alguien desnudo, mejor dicho, despojado de su ropa a la fuerza. El dolor, por más sangrante, es íntimo, y la literatura le protege. Hace años que quiere escribir una novela «posterrorista». Cree que no llegará ese momento. Guerra Garrido es un testigo incómodo de una crónica negra de la política: la exclusión de una parte de la sociedad vasca por su desapego inquebrantable al nacionalismo hegemónico. Su testimonio viene de la prehistoria de la resistencia civil al terrorismo. Muy a pesar suyo, fue el primer escritor que trató en una novela el terrorismo vasco en «Lectura insólita de “El capital”». Era 1976 y la lista de este macabro género sigue siendo muy escasa. Estudió la carrera de Farmacia en Madrid, donde nació, y llegó a Guipúzcoa a trabajar en la industria en los primeros años sesenta. «Esa epopeya individual pero a la vez muy colectiva es lo que me sedujo del País Vasco y por lo que probablemente me quedé y es lo que siempre me ha interesado escribir. Pero literariamente, la aparición de la violencia me ató del todo», dice.

-Cuando en 1970 escribió «Cacereño», su primera novela, no podía imaginar que casi cuarenta años después seguiría hablando del País Vasco y no precisamente desde el costumbrismo.

-Nadie imaginó lo que nos esperaba, incluso a pesar de que el atentado de Carrero Blanco me produjo un enorme enfado, porque sabía que se iba a pagar un precio por ese asesinato, porque la izquierda se iba a creer que ETA era de los nuestros.

Hablar para poder vivir

-¿Cómo es posible que en uno de los lugares más desarrollados de Europa y del mundo, impere la irracionalidad política?

-Creo que en todas las sociedades donde existe un diferenciación, de tipo racial, religiosa o lingüística, siempre hay alguien que se aprovecha y levanta la bandera del «nosotros» contra los «otros». Es una maldición. En una sociedad como la vasca, industrializada, muy compleja y con un gran nivel económico, no puedes aspirar a crear un país unívoco, aunque se ha conseguido transmitir esa unidimensionalidad: vasco es igual a nacionalista y esto lo hemos asumido todos. En nuestro Parlamento hay un Grupo Vasco, que es el del Partido Nacionalista Vasco. Y el resto de los vascos que hay en el Parlamento, ¿qué son? Por cierto, hay bastantes más que en el Grupo Vasco. Esa situación podemos trasladarla a todo, así de sencillo, y cuando se produce esa diferencia entre «nosotros» y los «otros» es cuando surge la irracionalidad más terrible.

-¿Cuál es su estado de ánimo después del atentado en el aeropuerto de Barajas y de la ruptura de la tregua?

-Pues el mismo que antes: malo y pesimista. Es un aburrimiento infinito. Alguien dijo que no hay nada más agotador que explicar lo obvio. Si alguien quiere entender la situación vasca sólo tiene que ver la televisión vasca o irse al Goyerri. Nada de eso se entiende si no es a través del miedo. Si eliminas el factor miedo, todo lo que hagas, discutas o negocies estará sobre unas bases falsas. Son terroristas y por lo tanto han impuesto el terror. Si me piden un artículo sobre la situación de hoy, a unas semanas de romper la supuesta tregua de ETA, daría una fotocopia de un artículo de hace diez, veinte, incluso treinta años. Lo que está sucediendo es una repetición «ad nauseam».

-¿No estamos mejor entonces que hace una año, como ha dicho el presidente del Gobierno?

-Yo estoy hablando de decenas de años y llevo mucho escribiendo sobre el terrorismo en mis novelas. A mí me interesan las situaciones individuales, ese miedo que no aparece nunca y que no es objeto de artículos de fondo pero que he visto en amigos, en vecinos, en gente anónima. Un miedo que forma parte de mi próxima novela, «La soledad del ángel de la guarda». Los escoltas existen en el País Vasco y no son seres arcangélicos de los que nadie habla, ni el terrorista es tampoco otro ser arcangélico. Todos hemos nacido en un sitio, de un padre y una madre y la gente te conoce.

-Creo que no le gusta hablar de esto.

-Soy escritor, he escrito libros donde expongo con dureza lo que pienso sobre el terrorismo vasco, en «La carta» o en «La costumbre de morir», incluso en «Lectura insólita de “El capital”», que publiqué en 1976 y donde narraba el secuestro de un industrial y sus lecturas en el zulo del libro de Marx para pasar el tiempo. Con ella gané el Premio Nadal y algunos dijeron que era una novela oportunista... Es decir, me ha tocado hablar cuando he tenido que defender la vida. Soy como aquel chiste sobre la guerra de Vietnam que decía «mi capitán, han llegado los voluntarios; pues que los desaten». Pues algo parecido soy yo. He querido mantener la dignidad, entendiendo por dignidad querer ser uno mismo cuando te ponen muy difícil ser uno mismo.

Cumplir la penitencia

-Nunca se ha querido hablar abiertamente de ETA, como si ocultando su nombre borrásemos su existencia o, lo que es más absurdo, para evitar darle publicidad, y se han escrito pocas novelas y se ha hecho un escasísimo cine. Usted es de los pocos novelistas que lo ha hecho.

-Eso es miedo. La gente tiene miedo a hablar, así de sencillo. Hubo una época tremenda, en los primeros ochenta, cuando asesinaban a gente todos los días, que lo horrendo y lo que te echaban en cara no era el asesinato, sino que hablases de ello. De ahí viene esa desidia. La primera edición de «La carta», la más dura de mis novelas, es de 1990, y no se atrevieron a publicarla y tuve que editarla en otra editorial y acabó descatalogada. Los hermanos Cela, que eran dueños de Alfaguara, no consintieron que en «Cacereños» apareciera la palabra ETA. Habría que preguntar algo básico para comprender este problema y el momento que vivimos: ¿cuántos miembros de tu familia o amigos ha matado ETA? Yo he visto a un amigo íntimo tirado en el suelo con dos tiros en el pecho y dos en la cabeza y luego viene la Policía y te dice que podías haber sido tú. Su delito era haber escrito un artículo. Eso sucedió en este siglo, hace muy poco. Es decir, el miedo está extendido, el terror ha triunfado. Si a uno no le gusta el terrorismo -como, por ejemplo, tampoco que bombardeasen con napalm en Vietnam-, no comprenderá de qué va este problema. Reconozco que sigo impresionado con la muerte de José Luis López de la Calle.

-Antes que miedo, ¿no existe una incomprensión de lo que está sucediendo?

-Me acuerdo de una larga conversación en un curso de verano de El Escorial donde estaba Mario Benedetti. Hubo una charla muy larga sobre el País Vasco y además con gente que se creía esa idea romántica del mundo «abertzal». Al final, Benedetti me dijo: «Te puedes creer que no entiendo nada». Pues vas bien, le dije, si después de dos horas no entiendes nada, vas por el buen camino. ¿Es compatible la extrema izquierda con el nacionalsocialismo? ¿Desde cuándo los oprimidos son los que mandan? ¿Desde cuándo en un Parlamento los que necesitan llevar escolta son la oposición, no el Gobierno?

-¿Usted cree que algún día se podrá llegar a la reconciliación...?

-... nunca me ha gustado la palabra reconciliación.

-La utilizo intencionadamente porque está en la cultura política de la transición española y sabemos lo que quiere decir.

-Yo no me he salido jamás del concilio, quien se haya salido del concilio democrático, que vuelva. Pero ellos, que son muy católicos, saben muy bien cómo la iglesia concede el perdón. Si se lo concede Dios, por qué no se lo vamos a conceder nosotros, pero hay un sistema: propósito de la enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor y, lo más interesante, la penitencia.

-¿Cree que puede desarrollarse, como suele decirse en los últimos meses, un «escenario de paz»?

-Se puede convivir con una úlcera de estómago y hay personas que conviven con un cáncer. Es verdad que en la sociedad civil no se da la ferocidad antagónica que existe en el mundo político, pero se han creado dos comunidades. Sólo hace falta ver un par de días ETB para comprender qué quiere decir que hay dos comunidades. Por ejemplo, es una televisión que no puede dar la noticia de un Premio Nacional de Literatura, como fue mi caso, pero que tampoco dio el fallecimiento de Julio Caro Baroja y donde tampoco se hablará de un libro de Savater...

-Precisamente Savater escribía en un reciente artículo después de la bomba de Barajas que este «proceso de paz» se había montado bajo la ilusión de que los perseguidos en el País Vasco habían dejado de serlo.

-Hace tiempo, creo que en 1984, montamos el Colectivo Miguel de Unamuno y una revista, «Cuaderno de Alzate», luego el Foro Ermua, ¡Basta ya! ... El resultado es el mismo: no saben no contestan. Efectivamente, no estábamos tan bien como lo pintaban. Reconozco que soy pesimista porque sólo nosotros estamos dispuestos a buscar un término medio. Defendimos el Estatuto de Autonomía, la universidad vasca y no sé cuántas cosas más y firmé centenares de manifiestos... ¿qué más tengo que firmar ahora? Un nacionalista entiende una negociación sólo dándole la razón, en cuanto no se la das, eres un intolerante.

-¿No cree que la aparición de las víctimas -la parte fundamental en el drama junto al asesino- es el elemento distorsionante, incluso molesto para algunos, en este «proceso»?

-Lo que pasa es que antes el amenazado y el muerto, por definición, eran culpables. Es como el sida: si lo tienes es porque has hecho algo malo y no te queda otra que asumir el castigo. Gracias a los movimientos civiles esto ha cambiado. A mí me dicen: es que te opones a la paz. Sí, radicalmente. Hace años celebramos los 25 años de paz, lo que no querría era morirme celebrando los 75 . En las manifestaciones que hacíamos en el País Vasco no se gritaba paz, sino libertad, porque vivimos en una situación predemocrática. Todavía no han habido unas elecciones donde no haya candidatos, los de PP y los de PSE, que se jueguen la vida.

Cómodamente extranjero en todas partes

«Me siento cómodamente extranjero en todas partes». Lo dice en Madrid, donde nació en 1935. «Jugaba al futbol en el solar de Felipe II, que era mi territorio, en lo que había sido la antigua plaza de toros. Acabada la guerra, los parques de atracciones eran los descampados». Vive en San Sebastián desde los primeros años sesenta. Su farmacia, atacada en numerosas ocasiones por los grupos proetarras, fue destruida en un incendio. Decidió resistir. Ha terminado «La soledad del ángel de la guarda», una novela sobre un guardaespaldas, que no pensaba escribir, pero en la que arroja nuevas preguntas: «¿Quién vigila al vigilante?, y otra que a veces me he hecho: ¿soy todavía de los nuestros?». Es un hombre de ciencia que escribe, lo que acaba destilando un convencimiento poco dogmático, casi escepticismo. «Siempre me ha interesado el ámbito de la industria y el trabajo y creo que en algunos de mis libros queda plasmada esa impronta de la épica industrial, que prolongo en “Castilla en canal”, que es una mirada a la Ilustración, a la razón, a la manera como Goethe definió la Ilustración, la mayoría de edad del hombre donde se impone la razón y se racionaliza el trabajo. Ésa ha sido mi fe, la de un ilustrado, a pesar de que hoy hablar de las virtudes de la razón para solucionar problemas parece retrógrado. Eso es lo que nos hace salir de las cuevas, aunque a veces me pregunte por qué salimos».

Manuel Calderón

La Razón, 29 de enero de 2007

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