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Zapatero ha convertido el PSOE en una secta destructiva

Zapatero ha convertido el PSOE en una secta destructiva

Rígida disciplina interna. Fe inquebrantable en el gurú. Laminación despiadada del disidente. Protección contra toda "contaminación" exterior. En la cúspide, un hombre musita: "Ommm…".

 

9 de marzo de 2007. "¡Tú y los de tu secta, tú y los de tu secta!". Se lo decía Hermann Tertsch a la lenguaraz María Antonia Iglesias –"atención al disco rojo"- en el debate de Buruaga en Telemadrid. "Tú y los de tu secta". Y no se refería a Prisa, evidentemente. Se refería a esta especie de nueva secta que ha surgido en torno a la revisión zapaterista del socialismo español. Porque es verdad: Zapatero ha convertido el PSOE en una secta destructiva.

 

Sí, claro, todos los partidos tienen algo de sectario: esa tendencia al ombliguismo, esa proscripción del debate a fondo, ese imperativo de obediencia a pies juntillas, también la tendencia a ver al prójimo como un enemigo virtual. Pero no, no: lo del PSOE de Zapatero es distinto. Subrayo: el PSOE de Zapatero, porque esto, antes, no pasaba, o pasaba mucho menos. El PSOE siempre ha tenido algo de partido-Iglesia, es verdad. Y no pocas veces ha resuelto sus cismas a balazos, como cuando los bolcheviques de Largo Caballero se liaron a tiros con Indalecio Prieto en aquel mitin de Écija porque el gordo predicaba moderación; Prieto no habría saldo vivo si los escuadristas de La Motorizada no hubieran repelido con fuego el fuego (y después, los mismos de La Motorizada participaron en el asesinato de Calvo Sotelo: ¡qué difícil es entender al PSOE!). Son viejas historias, por supuesto; ahora la sangre no llega al río. Pero el modelo del partido-Iglesia ha seguido funcionando; de hecho, a eso se debe el enorme potencial ofensivo del socialismo español.

 

Ahora bien, una cosa es una Iglesia y otra cosa es una secta. ¿Dónde está la diferencia? Decía mi viejo maestro Jean Varenne que, en el fondo, una iglesia es una secta que ha triunfado. Eso es así en la religión y también en esa metáfora de la religión que es la política partitocrática. Lo que no es habitual es el camino inverso, es decir, que una Iglesia en la cumbre de su poder comience a comportarse como una secta. Una Iglesia es una asamblea, tiende a extenderse y a reunir; por el contrario, lo propio de la secta es secar (en el sentido de "cortar") y seguir, es decir, cortar con el mundo y seguir al líder. Cuando una secta prolifera y se extiende, esto es, se abre, puede convertirse en Iglesia. Lo contrario es inusual. Pero eso es lo que le está pasando a ese partido-Iglesia que es el PSOE.

 

La secta se caracteriza por una serie de rasgos muy precisos. La autoridad del gurú es esencialmente incontestable, bajo las más graves penas. El número de los elegidos es deliberadamente exiguo, en nombre de la fidelidad. La relación del grupo con el entorno exterior se radicaliza en una suerte de paranoia. El discurso interno se maximaliza, se extrema, se lleva a sus últimas consecuencias. La secta, separada del mundo por una especie de "cordón sanitario" que ella misma establece –para protegerse de toda contaminación-, vive enteramente en sí y para sí, obsesionada con la propia pureza y con la maldad intrínseca del enemigo. Agrupa a los fieles en torno a una convicción fanática y exige a todos que la mantengan. Como la exigencia es cada vez más fuerte y la convicción es cada vez más radical, también las disidencias aumentan. La excomunión se convierte entonces en práctica cotidiana. En el campo político, es un proceso muy frecuente en algunos movimientos totalitarios; mucho más raro es verlo en agrupaciones teóricamente democráticas.

 

Zapatero ha convertido el PSOE en una secta destructiva. Ha planteado como verdades de fe argumentos cada vez más insostenibles, de manera que ya sólo es posible mantenerlos desde el fanatismo y la ceguera. Ha rodeado al gurú de una intangibilidad que roza lo supersticioso, lo cual necesariamente alimenta disidencias. Ha suspendido todo debate interno en nombre del "proyecto", de manera que cualquier disidente se convierte en traidor. Ha arrojado sobre el rival la marca infamante que se graba a hierro en el infiel, y así ha convertido a media España en enemigo metafísico. Ha exigido a los propios fieles obediencia acrítica e irracional a los postulados del gurú, dando así lugar a un penoso espectáculo de envilecimiento intelectual y moral. Antes, votar socialista era una opción política; ahora, es un compromiso que se presenta como acto de fe.

 

El camino más frecuente en las sectas destructivas es que su número vaya disminuyendo a medida que el proceso sectario se agudiza. En ocasiones, como sabemos, los fieles se suicidan de manera ritual mientras el gurú huye con el dinero.

 

Pazzzz. Ommmm…

 

José Javier Esparza

El Semanal Digital, 9 de marzo de 2007

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