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ANÁLISIS DEL NACIONALISMO VASCO

Por José Luis Orella

 

En el caso del País Vasco, el nacionalismo se encuentra en período de concentración de las diversas opciones nacionalistas, después de su afán de canibalizar el electorado de su vecino batasuno. El nacionalismo quiere volver a la situación de hegemonía que le llevó a ser ante los sucesivos gobiernos nacionales el único interlocutor válido de esta región, olvidando a otros dos sectores, el socialista y el derechista, ambos sin veleidades separatistas. No obstante, el nacionalismo del PNV se enfunda en un militante europeísmo que llevó en su momento al carnavalesco espectáculo de pedir a las instituciones europeas el cambio de la bandera europea de doce estrellas a trece, por creer que éstas representaban a los países miembros. Lo peor es que tal moción no se podía hacer porque las doce estrellas no representan a los países que entonces conformaban la Comunidad Económica Europea, su diseñador lo hizo por otro ideal más elevado.

 

A parte de folclorismos, el nacionalismo vasco viene defendiendo un entusiasta europeísmo, a través de su histórica adscripción a la organización democristiana. Aunque, siempre que se vea a Euskadi como un representante del mismo talante que cualquier otro Estado-nación miembro. Para ello reivindica su derecho a la autodeterminación y el fin de los actuales estados en beneficio de una Unión Europea que únicamente utilice como interlocutores válidos a las naciones con carácter étnico o lingüístico como es el caso vasco. No obstante, esta reivindicación se sustenta en pies de barro, porque no cuenta con la historia a su favor, ni con el apoyo popular, ni con la razón de sus propias argumentaciones que se contradicen con las más democráticas de la Unión Europea.

 

La actual población vasca es plural en su sentido político y cultural, siendo menos de un veinte por ciento la que posee condición de bilingüe, y mejor no saber el del carácter étnico porque muchos de los nacionalistas quedarían fuera sin remisión. En sus propios orígenes, los dirigentes juntaron apellidos tan poco vascos como Horn (holandés), Chalbaud (francés), Sota (santanderino) o Monzón (aragonés). A parte de que una Europa con criterios etnicistas iría en contra de los principios fundadores de la comunidad europea, el discurso de este calibre del nacionalismo vasco, sólo es utilizable en pocas ocasiones ante un electorado interno muy fiable.

 

Por otro lado, el País Vasco necesita para sus sectores económicos en crisis un interlocutor con peso en la Unión Europea, los astilleros, la siderurgia, la ganadería y el sector pesquero son muy importantes en la sociedad vasca y han sido de los más perjudicados con la unión a la comunidad. El que el nacionalismo vasco, pretenda ser ese representante suena a sorna por la falta de peso político debido a la escasez de habitantes, la crisis económica y el tamaño del País Vasco. Si el problema de España, es que no tiene peso frente a Francia y Alemania, y por eso nos hemos aliado a ellas desde 1986, imaginémonos que influencia real puede tener una hipotética Euskadi independiente, cuando países como Dinamarca o Países Bajos son meras comparsas del marco alemán. La única posibilidad es que el PNV, por su proximidad con el partido republicano de EEUU, intente ser un caballo de troya de los intereses americanos en Europa a través de su amistad con el lobby del medio oeste.

 

De todas formas, la crisis de la gran industria y su reestructuración han permitido deslastrarse de sectores declinantes que utilizaban mano de obra foránea, votantes de opciones políticas no nacionalistas, y que recibían subvenciones cuantiosas. La pequeña y mediana industria que ha sobrevivido es ahora más capaz y ágil, y puede competir con mejores oportunidades en el exterior, por lo que busca mercados alternativos al nacional, para no depender exclusivamente de él. Pero el precio es alto y la región sufre una de las cotas de paro más altas de España[1].  Además, la región tiene que sufrir el terrorismo del nacionalismo radical que con su discurso vertebrado en la vasquidad de los trabajadores y la españolidad del empresariado, ha producido una fuga de capitales a otras zonas de España, provocando con sus secuestros y asesinatos una gran inestabilidad social que impide la inversión de un capital móvil extranjero, que quisiese establecerse en una zona con una mano de obra especializada. (Recientemente la publicación del plan Ibarretxe a provocado una caída del 83 % de las inversiones extranjeras). La forzada emigración de hombres con capacidad de liderato empresarial es un fenómeno que ha redundado en una progresiva industrialización de las regiones vecinas, como Cantabria, Rioja o dentro de la propia Comunidad Autónoma Vasca, de Alava, la provincia menos nacionalista.

 

Como el objetivo primordial del nacionalismo vasco es la independencia, en lo que difieren los terroristas y los detentadores del poder autonómico es en la manera de llegar a ella, el discurso social es vago y sin conjeturas que comprometan, del modo que los parados se deben conformar con un mensaje ilusionante en la comunidad nacionalista, mientras ven que su economía se ve gradualmente insertada en un sistema neoliberal donde la competitividad y la insolidaridad son las reglas principales[2]. Los grupos radicales son los grandes beneficiados al ofrecer a los jóvenes víctimas de la crisis económica un calor afectivo y la posibilidad de evacuar sus problemas contra un enemigo exterior, el odiado "español".

 

Si los gobiernos europeos se preocupan principalmente por su inserción en Europa en las mejores condiciones económicas y sociales posibles para estar en el pelotón de cabeza, los nacionalistas vascos desde sus propias instituciones procuran potenciar los sectores que apuntalan su poder, con independencia de la política europeísta. De este modo, en vez de estimular a la pequeña empresa que debe emigrar por el clima de violencia imperante y a la falta de ayudas económicas, el euskera recibe la parte de león de las subvenciones. El dinero invertido en la difusión del euskera hace que la enseñanza sea una fuente de empleo y que sus empleados se conviertan en una clientela fiel al nacionalismo. Su utilización exclusiva como instrumento político suscita el rechazo de una gran parte de la población, que sufre discriminación laboral por la no aceptación del aprendizaje de una lengua, que no esta a la altura de servir de vehículo comunicador en el mundo altamente tecnificado de hoy. Por otra parte, la difusión cultural que la Unión Europea fomenta con el intercambio de estudiantes y la colaboración en estudios de alta investigación se ven constreñidos por los intereses partidistas del nacionalismo, contrarios en el plano cultural a toda universalización del saber, como estiman las autoridades europeas.

 

La defensa a ultranza de los argumentos lingüísticos por el nacionalismo vasco son acordes con su nacionalismo etnicista, porque se complementan estos argumentos con los raciales. La lengua es diferente al ser diferente el tronco racial de cada pueblo[3]. La afirmación identitaria ofrece una política de autoafirmación nacional, acreditada mediante la prueba equivoca de los apellidos, el uso de la lengua o determinadas formas físicas, Xabier Arzalluz, principal dirigente del PNV,  afirma poder distinguir un vasco en la calle, de uno que no lo es[4].

 

El nacionalismo vasco ha utilizado las teorías evolucionistas y difusionistas amalgándolas con la paleontología, la lingüística, el mito y el folklore[5], contribuyendo a crear un discurso idealista que seduce a la población en la creencia de pertenecer a una comunidad de características superiores a las de sus vecinos. Las teorías etnicistas aportan un sentido de unidad a la comunidad y de solidaridad entre sus miembros, y ayuda a canalizar la agresividad originada por la situación económica deplorable contra un enemigo "exterior", el centralismo mestizo.

 

El gobierno vasco en su reivindicación de asumir mayores capacidades que le lleven al establecimiento de un estado dentro de otro, (plan Ibarretxe) llegó a exigir ya en 1994, el derecho a establecer sus propios vínculos con la Unión Europea, a participar en el Consejo de Ministros Europeos, al reconocimiento oficial de una oficina  del gobierno vasco en Bruselas, a tener una representación permanente en la delegación española y al derecho a recurrir al Tribunal de Justicia Europeo[6]. Estas reivindicaciones culminan el proceso de nacionalización iniciado con el control de las instituciones públicas y educativas del interior del territorio del que se desea obtener la soberanía. Con la toma del poder de las instituciones regionales, el control de las fuentes de ingresos, una clientela política fiel, se puede pasar a formar la comunidad imaginada por el nacionalismo. Pero este paso únicamente se puede dar por medio de la formación de un Estado nacional[7]. La proclamación de un Estado Libre Vasco conformaría de manera oficial un Estado vasco que en breve plazo podría romper sus lazos con España, mientras una parte de su población mantiene la doble nacionalidad.

 

No obstante, para el nacionalismo vasco el europeísmo es una excusa para diluir el Estado central y tener la oportunidad de recrear un estado vasco soberano en igualdad de derechos a los demás integrantes de la Unión Europea. No obstante, el nacionalismo no sabe explicar con que derecho puede exigir la anexión de Navarra, un reino con su propia personalidad histórica, que fue independiente, que forma parte de España, y que no quiere ser anexionada al ente estatal de esa nueva Euskadi. Para ello debe contar con la formación de candidaturas electorales conjuntas de PNV-EA y Aralar. De este modo la concentración del voto abertzale con el nacionalista puede repetir el éxito de obtener representación parlamentaria en Madrid y un grupo parlamentario nacionalista a nivel foral, no manchado por la violencia, que forme una alianza a la catalana con Izquierda Unida y un PSN favorable a las tesis de Pasqual Maragall.


[1] José Forné, Las dos caras del nacionalismo. San Sebastián, 1995. pág. 89

[2] Idem, pág. 130

[3] Idem, pág. 120

[4] Ramón luis Acuña, Las tribus de Europa, Madrid, 1997. pág. 336

[5] José Forné, Las dos caras...pág. 46

[6] Michael Keating, Naciones...pág. 190

[7] José Forné, Las dos...pág. 131

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