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“ETA pro nobis”: ¿el pecado original de Iñaki Ezkerra?

Iñaki Ezkerra, con su libro “ETA pro nobis, el pecado original de la Iglesia vasca”, lanza un ataque en toda regla contra el nacionalismo vasco sirviéndose de la Iglesia, a la que instrumentaliza a tal fin. Esta es una de las principales conclusiones a la que se llega tras la lectura de ese texto que, no obstante, tiene notable interés.

El periodista y escritor bilbaíno, fundador del Foro de Ermua, juzga a la Iglesia católica vasca en un intento regular, oportunista y perpetrado con desafecto; en este ensayo –de irrespetuoso título- publicado el presente año por Planeta, Ezkerra, agnóstico declarado, trata de analizar las relaciones pasadas y presentes entre el nacionalismo y una parte importante del clero. Les acusa con generalización extensiva de numerosas infamias, cometidas por convergencia de intereses con el mismo nacionalismo, profundamente enquistado en esa sociedad hace decenios.
Concediendo el beneficio de la duda a un impulso bienintencionado, su actitud de fondo en cambio es sectaria, por no delimitar los problemas en su justo término; probablemente un católico habría abordado estas cuestiones, menos simplista y más equilibrada y constructivamente.
A pesar de encontrarlo provocador, irreverente y tendencioso, el libro es sugerente y de lectura recomendable si se acomete con espíritu abierto. Su propia portada es chocante e impacta visualmente: una serpiente enroscada a la Cruz; esta imagen, jugando a confusión con el anagrama de la banda terrorista y diseñada con criterios descaradamente comerciales, supone un recurso “fácilón” pero resulta ofensiva.
Volviendo al libro, éste es duro en momentos y deja una sensación de amargura y desasosiego ante la debilidad del hombre, tras el señalamiento continuo desde su atalaya, de serias faltas contra la ética cometidas flagrante ó presuntamente por católicos en Euskadi; a su cabeza, prelados y presbíteros por su “alianza tácita” con el nacionalismo (colaboración que según Ezkerra oscila desde la pasividad u omisión hasta la plena connivencia).
Los sucesivos y serios escándalos que se airean, producen abatimiento y falta de crédito en la institución eclesial; sensaciones afortunadamente transitorias. Pues el cuadro al que nos remite, de una Iglesia menos inclinada al mensaje evangélico y más preocupada por mantener su estructura apegada al mundo, me parece desde luego poco honesto por extremado, además de sombrío y pesimista.
Se deduce que las “saludables” motivaciones del autor no están exentas de un –entendible- resentimiento hacia la visión nacionalista; Ezkerra se auto eleva a garante de la verdad y justicia, al verter sus opiniones gratuitas sobre las culpas de la Iglesia, entre ellas su contribución en la gestación de esta corriente totalitaria.
Ezkerra es incapaz de tener en cuenta por su jactanciosa condición de agnóstico, algo primordial: la Iglesia es mucho más que una asociación humana; es una realidad también divina y santa, constituida por Cristo, compuesta por hombres pero por poseer carácter sobrenatural, no determinada por el pecado. Recordemos según Mt. 16,18: ..sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”
Al margen pues de los evidentes prejuicios generados por el agnosticismo o ateísmo plasmados en el texto, éste ofrece elementos positivos: las víctimas y la dificultad que sienten los no nacionalistas para vivir con dignidad en el País Vasco; así, rescata del olvido historias de personas que experimentaron el peor destierro interior: dramas que deberían movernos a la caridad como acompañamiento.
Ezkerra nos presenta, atrevida pero interesantemente, el proceso de asimilación de postulados cristianos por el PNV, instrumentándolos y envenenando las conciencias con persistencia “maligna”; convirtiendo a esta ideología en una religión sustitutiva ya reciclada donde la noción del mal se ha relativizado ante lo que es supremo: la patria vasca.
Ezkerra refiere en detalle la complicidad entre una mayoría del electorado nacionalista y esta religiosidad mermada por la identificación con un proyecto político de base étnica. Incluye como apoyo opiniones coincidentes emitidas por personajes solventes como el historiador Fernando García de Cortázar e incluso el nacionalista “moderado” J. Arregui.
El autor relata, con parcialidad netamente anti-nacionalista (postura respetable) pero también anti-eclesial (disfrazada de denuncia de la hipocresía), el fenómeno social del acoso, sutil a veces y otras brutal -siempre continuo-, a quienes no son partícipes de los postulados aranistas. El libro es una colección de poco selectivas invectivas contra la Iglesia –especialmente guipuzcoana y vizcaína-, desde un punto de vista pretendidamente neutro y desapasionado. Ezkerra se asigna una libertad de conciencia que le proporciona su condición de no-militante religioso; me pregunto si anti-cristiano. El autor ataca directamente puntos de la Fe como el perdón y la esperanza, cómodamente y justificado por situarse fuera de la praxis y obediencia católica. El libro no obstante está bien documentado; pero sospecho se nutre subjetivamente de un evidente izquierdismo, por asomar frecuentemente “tics” anticlericales difíciles de ocultar.
Ezkerra plantea la permeabilidad entre iglesia y nacionalismo vasco, lo que puede creerse tras conocer algunos casos con que nos ilustra; no dudo de la verosimilitud de estas auténticas persecuciones contra la disidencia, pero sí discrepo de su enjuiciamiento inmisericorde y genérico a prácticamente toda la “organización” eclesiástica, por colaborar obviamente con la cultura impuesta por el nacionalismo: todo ello se afana en demostrarlo con abundancia de datos. Pero omite que las obras las realizan las personas, y no parece justo achacar a un “colectivo” entero compuesto por todos los fieles y no sólo por sacerdotes, los indiscutibles defectos de una parte, amplia y notoria, de sus pastores.
Ezkerra es desigualmente combativo con figuras como el ex-obispo Larrea, pero sobre todo carga contra Setién y el actual titular donostiarra, Uriarte; a estos últimos los designa nacionalistas practicantes con leves matices diferenciadores. También vapulea a Blázquez aunque con menor virulencia, dispensándole por estar maniatado orgánicamente dentro de su diócesis bilbaína. Y no deja escapar una hipercrítica traducción de fragmentos del famoso prólogo a La Iglesia ante el terrorismo, elaborado por Fernando Sebastián; el arzobispo de Pamplona no sale bien parado de un estudio sobre su texto deliberadamente reduccionista. Asimismo, clama contra los “mandos intermedios” del clero que se mueven en la penumbra y con soltura, entre las aguas poco compatibles del nacionalismo y la pertenencia a la Iglesia.
Ezkerra desarrolla por tanto la idea del nacional catolicismo vasco, al que compara con el franquismo sociológico; en ocasiones su teoría parece aguda a pesar de las reticencias con que acojo las sentencias de quien persevera en su agnosticismo -¿excusa?- y se proclama no hostil contra la Iglesia.
Ciertamente se puede compartir que el nacionalismo vasco es una opción incomprensible por su visión maniquea, y que el grado de simbiosis con el catolicismo de ámbito vasco logrado por la manipulación de dirigentes como Arzalluz es obscena y nada inocente. Lamentablemente, esta ideología sigue reteniendo y atrayendo a quienes han prostituido ¿involuntariamente? su percepción ética y libre albedrío, al absorber del entorno ambiental; quedando así en su alineación, inmunizados ante la desolación del contrario.
Tampoco estoy de acuerdo en su cauta defensa del marxismo, cuando la Iglesia ha repetido certeramente, que tras el mundo criminal de ETA y el MLNV subsiste un radicalismo izquierdista de base comunista-leninista, conglomerado además con componentes maoístas, trotskistas... que niega a Dios y lo sustituye por un proyecto político. Concediendo prioridad a implantar una república socialista, se desprecia la vida ajena, eliminado su carácter sagrado, y se sacrifica cuando suponga un obstáculo para alcanzar la independencia de Euskal Herria (la “mentira histórica” de J. Mayor Oreja).
Ezkerra persiste en denunciar al omnipresente nacionalismo (con origen en la delirante quimera del fanático Sabino Arana) por ser germen de odio; así como la execrable manipulación de unas creencias religiosas sinceras y arraigadas en la sociedad, contaminándolas impúdicamente en su beneficio. Igualmente acusa a la Iglesia vasca, excluyendo sólo a unos pocos resistentes, de seguidismo en aspectos como la utilización intolerante del euskera en la educación.
Es evidente que algunas informaciones descritas, provenientes de medios eclesiales, provocan perplejidad e indignación; pero con madurez de juicio uno puede censurar o compadecer a las personas sin pisotear lo que está por encima. Contrariamente a lo que vierte el autor, no veo contradicción entre aceptar lo que es un mal concreto, y un amor a la Iglesia que traspasa los límites de quienes la integramos.

El subtítulo “El pecado original de la Iglesia vasca” ya nos avanza que el autor se centra en pasar el microscopio moral exclusivamente sobre el terreno eclesial y su responsabilidad en la situación actual. Ezkerra quiere mostrar su versión de la perversidad del silencios y equívoco lenguaje empleado por cualificados representantes de la Iglesia, en declaraciones que disecciona; las causas graves que rechaza son: equidistancia entre verdugos y víctimas, falta de piedad hacia los que son hostigados, comprensión para los presos. Califica a la misma Conferencia Episcopal española de actuar de modo timorato, con demasiada prudencia y a remolque de los acontecimientos.
Para explicar todo ello, Ezkerra se adentra en terrenos filosóficos y seudo-teológicos comparando la historia judeocristiana con el idílico sueño de un paraíso terrenal vasco, alterando valores y conceptos como el pecado. Siguiendo este artificial razonamiento, el autor llega tan lejos como a presumir que el católico nacionalista asume la “inevitabilidad” de las acciones de ETA y se considera co-responsable.
Por otro lado, son de admirar las partes destinadas a exponer la valiente actuación de los movimientos cívicos que luchan contra el miedo; se describe el difícil nacimiento del “Foro de El Salvador”, de inspiración cristiana y presidido por el P. Jaime Larrinaga. Y se puede compartir la reclamación pública a recuperar el papel merecido por las víctimas del terrorismo. Asimismo destaco positivamente, el homenaje brindado al testimonio de sacerdotes y laicos represaliados, según él, por miembros de la jerarquía “oficial” que innegablemente contemporizan con el partido de Sabin Etxea.
A la vez que se agradece el riguroso esfuerzo recopilador realizado por el autor, al investigar para denunciar lo que es inicuo, y sacando a relucir el sufrimiento real de personas con nombres y apellidos, lamento la ausencia de una mínima clemencia –misma carencia que él reprocha- hacia quienes son acusados sin posibilidad de defenderse. Tampoco aprecia el todo, al adolecer de incluir ejemplos del repetido e insistente posicionamiento contra la violencia de la Iglesia (sin entrar a valorar a personas controvertidas y polémicas como Setién); así, se detecta un mensaje atravesado por grandes dosis de escepticismo y desconfianza.
En suma, no puedo adherirme a muchas de las premisas lanzadas por el autor, como achacar prácticamente a toda la Iglesia altas cuotas de fariseísmo y acatamiento servil al poder de turno, en este caso el nacionalismo, e insinuar su poca convicción democrática; Ezkerra incluso salta de nuestras fronteras para equiparar el caso vasco con la –según él- proximidad eclesial al dictador Pinochet.
Son dignos de mención los fragmentos en los que osadamente el escritor interpreta las palabras de Jesucristo y otros pasajes del Nuevo Testamento, contraponiendo el significado que él les otorga, a la Tradición de la Iglesia; aleccionando a todos los católicos acerca de errores y lagunas de autenticidad.
Ezkerra nos propone como objetivo para vencer mejor la injusticia social del ideario nacionalista, las iniciativas exclusivamente laicas y civiles prescindiendo de cualquier trascendencia; la acción puramente humana, valiosa y necesaria pero incompleta, al margen de las creencias. Con lo que pone su deseo de futuro en soluciones que excluyen a la Gracia (instrumento definitivo para el cambio en los corazones, desde la petición al Único que puede vencer al dolor y la muerte).
Para los que nos sentimos dentro de la Iglesia universal, me permito reproducir una cita reciente –no incluida en el libro- de Juan Pablo II. El Papa ha definido con firmeza y autoridad moral (preocupado por el resurgimiento de distintas formas de racismo contra la dignidad y la vida) a las ideologías nacionalistas excluyentes, como “gangrena” de la humanidad; eso sí aceptando el legítimo patriotismo y salvando a la persona: La paz sólo puede realizarse cuando se sobrepasan visiones del hombre y de la sociedad basadas en la raza, en el nacionalismo o, más generalmente, en la exclusión de los demás. La globalización debe llevar a un rechazo de todo conflicto armado, del nacionalismo exacerbado y de toda forma de violencia.
Vicente Ochoa
(agosto de 2002)

Arbil, anotaciones de pensamiento y crític, Nº 59-60, julio-agosto de 2002

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