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Cuestión de presión

Cuestión de presión Terminó agosto y los columnistas de guardia parecían exhaustos. Tan solo Florencio Domínguez, en “La Vanguardia”, tenía fuerzas para abordar el proceso vasco. El resto prefirió mirar a Joan Clos, que resulta menos complicado.

Domínguez hablaba de las últimas declaraciones de Josu Jon Imaz en relación al acercamiento de presos y constataba que «sería, según la lógica de Josu Jon Imaz, un gesto de buena voluntad para facilitar el avance hacia la paz, ofreciendo algún tipo de satisfacción a los miembros de Batasuna y a su base social».

Llegado a ese punto, se preguntaba el columnista sobre la naturaleza de esa «presión». Y, claro, se contestaba él solito: «La presión, si nos fijamos en los mensajes públicos de los líderes de la izquierda abertzale, sería resultado de la frustración que están sufriendo sus seguidores ante las reiteradas prohibiciones judiciales a las actividades de Batasuna que impiden que este partido pueda funcionar como si fuera una formación legal. Es una frustración que ha aparecido como consecuencia del conflicto entre la realidad política y judicial y las elevadas expectativas que se han generado en las bases del entorno etarra a causa de la reiteración de mensajes radicales y triunfalistas por parte de los dirigentes de Batasuna y de la propia ETA».

La pelota rebota siempre en el mismo tejado y así resulta que, según Domínguez, «si hay frustración, es una frustración inducida por los propios dirigentes de Batasuna. Es el resultado de tanto mensaje intransigente que ha sido justificado durante meses con el argumento de que se trataba de discursos para el consumo interno. Los cuadros y militantes de Batasuna han vivido semanas en un ambiente de euforia, convencidos de que estaban ganando por goleada la batalla política en su enfrentamiento con el Estado».

No se le ocurre, ni por asomo, pensar que no hay más presión que la que la sociedad pueda ejercer para que se respeten los derechos de los presos, esos que son pisoteados cada mañana, en cuanto se corre el cerrojo de sus celdas y se enciende la luz en el despacho de algún juez. No alcanzan a ver la realidad.

Por eso se entiende que apuesten por seguir por la misma y errática senda: «No hay por tanto ninguna garantía de que hacer otra concesión vaya a cambiar la estrategia de la izquierda abertzale. De hecho, durante la tregua de 1998-1999, se produjo el acercamiento de 130 presos de ETA y la excarcelación de otro centenar de reclusos que estaban en prisión preventiva, sin que ello alargara la tregua un solo día más». La terminarán liando.

 

Maite Soroa

Gara, 1 de septiembre de 2006

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