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Tras el bombazo, tiempo de evidencias

Tras el bombazo, tiempo de evidencias

 

Hasta Juan Luis Cebrián reconoce que, después de la muerte de Carlos Alonso Palate y Diego Armando Espacio bajo los escombros del aparcamiento de la T4 de Barajas, es necesario un cambio. El hombre que dinamitó el frente constitucionalista, este martes en el diario El País ("El equilibio y el director de orquesta") corregía a Zapatero y le explicaba que no había estado a la altura, le reclamaba liderazgo para salir de una situación confusa.

 

Se van a cumplir tres semanas del bombazo y, lejos de disiparse la niebla de la confusión (es la palabra que utilizaba Ignacio Santa María el lunes en este mismo espacio), ahora la bruma se ve ennegrecida por el escepticismo e incluso por el cinismo. El debate parlamentario de este lunes no ha aportado claridad.

 

El presidente del Gobierno pidió excusas por el optimismo de finales de año; no asumió el error de fondo, el error de haber buscado un fin negociado a la violencia. Enredó con un nuevo pacto antiterrorista pensado para restarle al PP el liderazgo del descontento. La oposición estuvo dura pero previsible, no aportó las respuestas que muchos buscan. Por eso, más que nunca, es tiempo para recuperar las evidencias.

 

Frente a la tentación de dejarse vencer por el cansancio que provoca la clase política, frente a la tentación de un olvido dulce que delegue responsabilidades, la sociedad española tiene la ocasión de ponerse delante del aparcamiento destruido de la T4 para escuchar lo que dicen los cascotes que acabaron con la vida de nuestros dos compatriotas ecuatorianos. Frente a ese amasijo de hierros y de hormigón se hace evidente que el fin del terrorismo no puede alcanzarse sin justicia y que no podemos legar a nuestros hijos una sociedad construida sobre la mentira de una cesión.

 

Pero se hace también evidente –y de esto no habla nadie- que estamos ante el mal, ante el misterio de la iniquidad. Después de hacer un análisis detallado de la ideología perversa que alimenta a los etarras (construida a partes iguales de leninismo y nacionalismo) es evidente que ni toda la sociología ni toda la psicología explican por qué una panda de asesinos mata.

 

La sociedad española necesita reconocer, confesarse a sí misma, que desde hace tres décadas se encuentra ante el mal. Estamos ante un problema que no sólo requiere buena administración; nos concierne a cada uno de los españoles, reclama una respuesta construida no con los automatismos de un sistema que nos deje sestear en nuestro bienestar sino con las evidencias humanas de cada uno de los afectados. Y afectados somos todos.

 

La primera evidencia que despierta el mal es la necesidad de un cambio personal: “me concierne y porque me concierne requiere algo de mí”. La segunda evidencia que despierta el mal es la de la impotencia, la necesidad de que alguien lo venza, lo que la tradición cristiana llama redención.

 

La discreción que requiere una sociedad en la que se ha dado todo por supuesto no impide que aparezca con fuerza y claridad la hipótesis del Crucificado.

 

Fernando de Haro

Páginas Digital, 17 de enero de 2007

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