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El suicidio de Rajoy (imitar errores del PSOE al borde del abismo)

El suicidio de Rajoy (imitar errores del PSOE al borde del abismo) "Un gobierno democrático no puede ir a la guerra a no ser que tenga al país de su parte, y hasta que no cuente con un apoyo general no debe ponerse en una situación en la que, sin combatir, no haya retirada. La dificultad de conseguir el apoyo de la opinión pública frente a los esfuerzos [de los pacifistas] produce un retraso en lo más peligroso del envío de refuerzos. La guerra se agrava debido al partido pacifista, y así esos humanitarios caballeros son responsables personalmente de la pérdida de vidas."

Idoia Rodríguez ha muerto en combate por España. José Antonio Alonso puede vestir el santo como le venga en gana a José Luis Rodríguez Zapatero, pero los hechos son los que son: en Afganistán hay una guerra, España tiene soldados en zona de combate porque el Gobierno consideró necesario que así fuese y, como siempre pasa en las guerras, hay riesgos, hay bajas y hay muertos.

Negar alguno de esos hechos es un insulto al honor de los que arriesgan sus vidas llevando nuestro uniforme y es una ofensa a la inteligencia. Son soldados, matan y mueren en nombre de España porque la nación los envió allí a cumplir una misión. Y por eso tiene razón Mariano Rajoy al pedir claridad al Gobierno, y al pedir que la condecoración a la caída sea la que corresponde a una misión de combate.

 

Ahora bien, Rajoy, o mejor dicho su entorno, incurre en esto en una muy grave contradicción, que resulta casi tan hiriente como la hipocresía gubernamental. Efectivamente, en Afganistán hay guerra, estamos en medio de ella, tiene pinta de empeorar y a la opinión pública no le gusta. Pero lo mismo, dejando aparte la hojarasca jurídica menor, sucedía en Irak. Zapatero es lamentable, todo él, porque hace en Afganistán lo que le llevó a encadenarse a la pancarta cuando Aznar lo hacía en Mesopotamia. Pero ¿hay alguien que quiera tan mal a Rajoy como para empujarlo a la demagogia pacifista?

 

El otro día José María Aznar preocupó a la derechita y escandalizó a la derechona reconociendo que en Irak no había "armas de destrucción masiva" en 2003. Felicidades; ¿y de verdad hacen falta cuatro años para asumir en público algo que en privado –y en esta casa- sabíamos desde el principio? España fue a Irak con sus Fuerzas Armadas –no con una ONG, aunque Federico Trillo dijese unas cuantas simplezas en ese sentido a pesar de ser militar de carrera- porque nuestras alianzas internacionales así parecían aconsejarlo. El Gobierno, en nombre del interés nacional, así lo decidió. Sobraba el resto, pero tuvieron miedo de la gente.

 

Si Aznar tenía miedo de los ciudadanos, Zapatero tiene pánico. En una sociedad burguesa y acomodada una guerra difícilmente va a ser popular por sí misma. Aún más impopular que la guerra es, sin embargo, el engaño; explicar las razones y convencer a la gente de una necesidad militar es complicado, pero enmarañar las cosas es mucho peor. Y todavía peor es pretender que dos situaciones iguales son diferentes.

 

La víctima, injustamente, puede ser Rajoy. La tentación de cabalgar los miedos y cobardías colectivos del país está ahí pero ¿y después? Si Rajoy hiciese eso todos los enemigos interiores y exteriores de España sabrían que Gobierno y Oposición están unidos por el miedo y que, incluso cuando consideran imprescindible usar la fuerza, la palabra "guerra" les produce urticaria electoral.

 

A veces un gobernante tiene que tomar decisiones, por su país, que necesitan explicación porque el pueblo no las asume sin más. Si izquierda y derecha se ponen de acuerdo en la blanda presunción de la paz eterna, es mejor disolver los Ejércitos a hacerles soportar payasadas como la de la semana pasada. Un hombre de Estado debe tener el coraje de ponerse ante la gente y decir la verdad aunque pueda parecer dura e impopular en principio. Espero, sobre todo, que Rajoy no se deje aconsejar mal porque podríamos terminar mal todos.

 

(Por cierto, el antipacifista cuyas palabras nos han servido de inicio fue uno de los grandes defensores de la democracia moderna: Winston S. Churchill).

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 26 de febrero de 2007

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