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Foro El Salvador

Blázquez contraprograma al Foro de Ermua

Blázquez contraprograma al Foro de Ermua

 

El obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, ha programado una manifestación este sábado en Bilbao, coincidiendo con la que ha convocado el Foro de Ermua en Madrid. Bajo el lema “Muévete por la paz. Zure pausoa, bakerako hauspoa”, Blázquez leerá en la plaza de la catedral un mensaje eclesial ante la “delicada situación en la que nos encontramos con respecto a la tan ansiada, y a la vez esquiva paz que nuestro pueblo viene anhelando”.

Con esta convocatoria, según informó el Obispado, se quiere subrayar que “no somos meros espectadores, sino protagonistas de una u otra manera” de la lucha contra el terrorismo. Según el manifiesto que se leerá en la convocatoria, “el camino hacia la paz exige moverse”. “Es preciso dar pasos, proseguir tareas e incluso abrir caminos inéditos”, indica.

 

Cristianos por la paz

Los obispos explicaron que la comunidad cristiana “es compañera de camino de quienes buscan la paz y la reconciliación”. En este sentido, el acto “invita a mirar también los pasos de otras personas y quiere animar a sumarse a otras iniciativas y propuestas que se ofrecen en medio de nuestra realidad”.

 

Mirar críticamente

La Conferencia Episcopal señaló que “es necesario mirar críticamente, sin ingenuidad, al pasado con compasión, al presente con ternura y al futuro con confiada esperanza”, por lo que pretenden, con esta convocatoria, que todas las comunidades cristianas y, en general, el conjunto de la sociedad, participen en este acto, que coincide en tiempo y hora con la manifestación contra el terrorismo del Foro de Ermua.

 

Foro El Salvador, contra la convocatoria

La iniciativa no ha sido bien recibida por otros grupos religiosos, como el Foro El Salvador, que agrupa católicos no nacionalistas del País Vasco y Navarra. Este Foro ha indicado a Blázquez que “la Iglesia debía romper los vínculos que tiene el País Vasco con el nacionalismo” ya que esta conexión “le impide muchas veces ser fiel al mensaje evangélico”. Según Jaime Larrínaga, presidente de la agrupación, “son tiempos de hablar de justicia y libertad, más que de paz, porque aquí no hay ninguna guerra”.

 

V.V.

Elplural.com, 3 de febrero de 2007

En cuanto a mis tesis…

En cuanto a mis tesis…


Termino aquí la serie de artículos dedicados al señor Reig Tapia y sus compañeros de aventura, Preston, Viñas y demás. Como no parecen haber entendido mucho de mis libros --quizá ni los hayan leído--, y ello se nota mucho en sus intentos de crítica, procuraré resumirles algunas de mis tesis

 

1.- He distinguido en la España contemporánea tres ciclos de sesenta-setenta años cada uno, caracterizados por el intento de asentar una convivencia estable en paz y libertad. Dos de esos ciclos fracasaron en sendas repúblicas, desastrosamente demagógicas, y el tercero corre grave riesgo de terminar de modo parecido a manos de quienes quieren enlazar nuestra democracia actual con lo peor de la anterior república, es decir, con el Frente Popular. Esta periodización, como todas, es en parte arbitraria, pero bastante útil, creo, para enfocar nuestros avatares históricos. Tampoco sugiero que una república sea necesariamente nefasta, aunque hasta ahora sí lo haya sido en España.

 

2.- La II República, de 1931-36, puede entenderse como el último efecto del fracaso del régimen liberal de la Restauración. Contra la tendencia habitual en la izquierda y en el franquismo, considero el balance de la Restauración, con todas sus deficiencias, muy positivo tanto económicamente (prosperidad creciente) como políticamente (libertades). De haberse mantenido, España se habría evitado muchas tragedias.

 

3.- Entiendo también que la responsabilidad por el fracaso de la Restauración recae en primer lugar sobre los movimientos mesiánicos y desestabilizadores (socialismo, anarquismo y separatismos) en auge desde la crisis moral del 98; en segundo lugar a lo que José María Marco ha llamado “traición a la libertad” por parte de los intelectuales punteros de la época (Azaña, Ortega, Costa etc.), los cuales, también desde el 98, dejaron a la Restauración sin respaldo moral e ideológico, y apoyaron los mesianismos; y en tercer lugar a defectos del régimen que éste no pudo superar debido a los continuos y violentos embates de sus enemigos. La mayor parte de la historiografía de izquierda y de derecha ha centrado su análisis en tales defectos, dejando en la sombra los otros dos factores, e incluso justificando las acciones y denuncias mesiánicas, u omitiendo su fondo totalitario o antidemocrático. Hoy va cambiando esa tendencia historiográfica.

 

4.- En 1923, los enemigos de la Restauración habían llevado a esta a una crisis revolucionaria, a la cual respondió el golpe de Primo de Rivera, saludado con alivio casi universal. La dictadura de Primo, muy ligera, presidió la época de más rápida modernización del país hasta los años 60. Pero políticamente fue estéril, y la marcha del dictador dio paso a una transición que se vería desbordada por el republicanismo.

 

5.- La legitimidad de la II República no procede de unas elecciones municipales, que además perdieron los republicanos, sino de la quiebra moral de la monarquía, que les entregó el poder. La II República nació, pues, legítimamente y como una democracia liberal. Pero en ella tomaron pronto el mayor protagonismo las mismas fuerzas revolucionarias, jacobinas y separatistas que habían arruinado la Restauración. Estas tuvieron entonces su oportunidad histórica y pudieron mostrar lo que valían.

 

6.- El fruto de la acción jacobina y revolucionaria fue, en el primer bienio, un constante rebasamiento de la legalidad, y violencia creciente (quemas de conventos, bibliotecas y aulas, Ley de Defensa de la República, insurrecciones anarquistas y represiones brutales, vulneración de las libertades en la misma Constitución so pretexto de lucha contra la Iglesia, etc.); en el segundo bienio, aquellas fuerzas asaltaron la legalidad republicana cuando el pueblo, tras la convulsa experiencia del primer bienio, dio el poder a las derechas. Las izquierdas y nacionalistas catalanes concibieron su sangriento asalto de octubre de 1934 como una guerra civil, la cual empezó entonces por esa razón, porque cuajó en auténtica guerra en Asturias, y porque sus promotores no cambiaron básicamente sus posiciones después de haber sido vencidos. De ahí que cuando volvieron al poder, tras las anómalas elecciones de febrero del 36, liquidaran la Constitución mediante un proceso revolucionario desde la calle y la ilegalidad permanente desde el gobierno.

 

7.- Contra toda una infundada corriente historiográfica, la derecha y la Iglesia no respondieron con violencia (salvo la Falange) a las continuas agresiones y desmanes que sufrían, y en octubre de 1934 defendieron la legalidad republicana a pesar de sus defectos. La corriente golpista fue insignificante y sin apenas apoyo, como demostró en 1932 el ridículo golpe de Sanjurjo (un general que había ayudado a traer la república mucho más que la mayoría de los líderes republicanos, también debe recordarse). Pero las demagogias y violencias vividas inclinaron progresivamente a la derecha, que había aceptado la república en principio, a soluciones autoritarias.

 

8.- El alzamiento de julio del 36 no se hizo contra una democracia ya inexistente, sino contra un proceso revolucionario y los abusos de poder del gobierno, intolerables en cualquier régimen de libertades. Contra las tesis lisenkianas, no fue la guerra la que destruyó a la democracia, sino que la destrucción de la democracia por las izquierdas y los separatistas causó la guerra civil. Con la experiencia republicana habían quedado muy pocos demócratas, tanto en la derecha como en la izquierda, y esos pocos eran por completo impotentes frente al impulso revolucionario.

 

9.- La propia dinámica de la guerra acentuó los rasgos autoritarios en la derecha. Fue una contienda entre revolución y contrarrevolución, no entre demócratas y fascistas o reaccionarios, como grotescamente mantiene la historiografía lisenkiana. De creer a esta, como ya he dicho, la democracia en España habría estado en las buenas manos de Stalin y de sus agentes del PCE, de los marxistas, anarquistas, racistas y compañía. Solo tal pretensión ya define la honradez intelectual de sus sostenedores.

 

10.- El régimen franquista fue una dictadura autoritaria, incomparablemente mejor, con todos sus defectos, que las totalitarias a que han aspirado o con las que han simpatizado las izquierdas españolas. Haciendo el balance global, debe reconocerse que el franquismo derrotó a la revolución, libró a España de la guerra mundial, derrotó el intento posterior de resucitar la guerra civil (el maquis), fue apaciguando los viejos odios y dejó un país próspero. Con ello creó las bases de una democracia muchísimo más estable y real que la república.

 

11.- Ni el franquismo ni su oposición, mayoritariamente comunista y terrorista, eran democráticos. Sin embargo la transición fue posible gracias a la evolución, dentro de la dictadura, de un creciente sector reformista y liberalizante. La transición recibió el ataque de una oposición que se identificaba con al Frente Popular y se empeñada en la ruptura. Pero la oposición rupturista fracasó y hubo de aceptar finalmente la transición.

12.- Los mayores peligros para la democracia, desde la transición, han sido el terrorismo, diversos grados de complicidad con él en varios partidos, el terrorismo desde el gobierno, las oleadas de corrupción y el sostenido socavamiento de la independencia judicial y de la propia Constitución. Todas estas amenazas proceden fundamentalmente de aquellos partidos que se sienten herederos del Frente Popular y de los enemigos del régimen liberal de la Restauración; su falsificación de la historia también ataca la democracia, al tratar de recuperar los odios del pasado. Son esos partidos los que hoy están provocando una grave crisis de la convivencia en paz y en libertad conseguida después del franquismo.

 

En fin, cada una de estas tesis puede desarrollarse en otras derivadas, que las justifican más en detalle. Pero con esto basta, espero, para orientar a Reig y sus acompañantes, y quizá para incitarles a leer con mayor atención los libros que critican tan a la ligera. El observador percibirá que no hay en ellas nada de franquismo, ni de Arrarás, ni de “extrema derecha” etc., aunque en algunos puntos coincidan. Esas coincidencias, cumple señalarlo, no vienen en mis libros de la propaganda franquista, sino, precisamente, de una extensa documentación de las izquierdas. Y, no lo olvidemos, el mismo Arrarás desvirtúa los hechos en mucha menor medida que nuestros alborotados y a su modo encantadores lisenkos.

 

Pio Moa.

El 44% de las víctimas de la violencia doméstica fueron hombres

El 44% de las víctimas de la violencia doméstica fueron hombres

Para Monserrat Comas no existe la presunción de inocencia del varón denunciado por malos tratos

 

El día Internacional contra La violencia de genero ( debería llamarse doméstica) la señora Monserrat Comas presidenta del observatorio "contra la violencia de género" (es decir sólo contra la mitad de la violencia, la que ejerce el hombre sobre la mujer, pero nunca al revés) hacía unas manifestaciones públicas en las que declaró lo siguiente.."ahora los maltratadores son detenidos y juzgados en 48 horas".

 

Según se desprenden de estas palabras para la presidenta de este observatorio feminista no existen hombres que sean inocentes de las imputaciones sobre violencia de género. Es gravísimo que una mujer que ocupa un cargo con tanto poder (donde está en juego con las medidas que emanan de ese organismo el que a muchos hombres inocentes se les arruine su vida para siempre) y con mayor agravante al ser conocedora del derecho, que no utilice la palabra PRESUNTO. Ella dice que los maltratadores son detenidos y enjuiciados en 48 horas, omite decir PRESUNTOS.

 

Ayer se pudo leer en este diario las últimas declaraciones públicas de esta señora a los medios... "siete de cada diez maltratadores son condenados"... quiere decir según lo que manifiesta esta mujer que todos los hombres denunciados ya son maltratadores por el simple hecho de haber sido denunciados y ser hombres, sólo que condenan nada más que a 7, pero los otros 3 no es que sean inocentes, sino que son maltratadores no condenados.. INAUDITO, INCREIBLE, lo más preocupante de esto no es la barbaridad y la bestialidad que ha dicho esta señora, sino que desde su cargo y con esas ideas puede decidir el futuro y la vida de cientos de miles de hombres en España, que con esas barbaridades que dice ,y en base a eso, luego el gobierno crea leyes en ese sentido, leyes que a día de hoy han arruinado la vida a cientos de miles de hombres inocentes y que ha generado cientos de suicidios de varones a los que se les ha endosado el estigma de maltratador, se les ha desterrado de sus casas, hijos, trabajos, amigos, pertenencias, dignidad, etc..etc....y como además no existe un Instituto para el hombre, ni concejalías para el hombre, ni abogados gratuitos para los hombres, ni nada que ayude a un hombre en estas circunstancias, muchos de ellos acomete el suicidio, son acorralados y despojados de todo por lo que han luchado durante toda su vida de forma criminal e injusta. Este observatorio es sesgado, sexista, tuerto, y discriminatorio, y habida cuenta de lo que dice quién lo preside, en un estado de derecho y con una constitución en vigor, debería ser abolido junto con su presidenta, porque ese observatorio vulnera el art.14 de la Constitución española.

 

Estamos asistiendo a un incremento de casos de violencia doméstica, una espiral destructiva alimentada por la discriminación al hombre, la manipulación a menores y el mal uso de la Ley de Violencia de Género para obtener ventajas en casos de conflicto. Las estadísticas confirman que la mujer no es la única maltratada: el 44% de las víctimas mortales de 2005 fueron hombres (Ministerio de Interior), con un repunte espeluznante de hombres suicidados en situación de divorcio (72 en 1999 y 630 en 2004, según el INE). Y sobre todo, 20.000 niños cada año son manipulados por sus progenitores divorciados (97% mujeres). Nos encontramos ante una bomba de relojería colocada y activada en los cimientos de nuestra sociedad. Queremos apelar a los poderes políticos a que no esperen a la derogación de la LVG por el Constitucional para promover leyes basadas en la igualdad y el diálogo, custodia compartida y mediación familiar, y la aplicación del fondo de garantía para impago de pensiones de alimentos.

 

Javier Díaz Pérez

 

Cartas al Director, Hispanidad.com, 31 de enero de 2007

Holocausto. Recuerdo y representación

Holocausto. Recuerdo y representación

La globalización del recuerdo del Holocausto constituye hoy en día un paradigma de memoria ejemplar. Al mismo tiempo, los debates y polémicas sobre la representabilidad de la Shoah no hacen sino valorizar la libertad de expresión. Por el contrario, defender la especificidad de Auschwitz para a continuación trazar paralelismos imaginarios y construir amalgamas identitarias revela todas las falacias y equívocos que subyacen al concepto de memoria histórica de los actuales gobernantes de España. Un perfecto ejemplo de "abuso de la memoria", del que este libro no está exento.

 

Tampoco está libre del temor que la revolución de la información y el desarrollo tecnológico despiertan en parte de la izquierda. Basta recordar las admoniciones contra la modernización contenidas en el Manifiesto comunista y puestas al día por la Escuela de Frankfurt, una de las principales referencias del autor en su teorización sobre los medios de comunicación, la producción cultural y las identidades colectivas.

A juicio de Baer, éstas se encuentran amenazadas por el caos creado por el "crecimiento desproporcionado de la información", algo que debe combatirse por la memoria. Argumento ahistórico –o antihistórico– y autoritario, pues pretender la fijación de una "cultura cívica global" es imposible sin un ejercicio previo de censura y canonización. ¿A quién corresponde dictar lo que debe o no ser recordado? ¿Debe haber interpretaciones proscritas?

Son cuestiones que el autor deja sin resolver, aunque celebra –de forma algo ingenua– que la construcción de la memoria haya dejado de ser monopolizada por el Estado. Sin embargo, algunos pensamos que ha ocurrido todo lo contrario, especialmente en nuestro país –por no mencionar la parte del mundo que ha vivido y sigue viviendo bajo regímenes totalitarios y teocráticos–, donde una versión oficial de la historia por decreto ha sido reemplazada en leyes ordinarias y estatutos de autonomía por otra igual de parcial y engañosa que criminaliza a quien la cuestiona. Si a esto le unimos el afán por recrear una España partida en dos identidades políticas puras e irreconciliables, una absolutamente buena y otra inherentemente perniciosa, estaríamos conformando justo el tipo de abuso de la memoria contra el que el libro alerta.

Sin embargo, ni las incoherencias teóricas ni la prescindible presentación de Reyes Mate, algunas de cuyas afirmaciones no dejan de resultar sorprendentes en un intelectual y maestro de su talla, restan valor pedagógico a esta obra como fuente de información y reflexión sobre el recuerdo del Holocausto. Ni el simplismo del filósofo a la hora de tratar la guerra civil española –el primer episodio de la lucha contra el fascismo– ni su apego a la historiografía soviética sobre la Segunda Guerra Mundial –conflicto saldado, según él, por los países aliados con la ayuda de los Estados Unidos– consiguen ensombrecer la brillante y esclarecedora investigación en torno a la representación de la Shoah contenida en Holocausto…

Este discurso chocante e inopinado resulta además útil a la hora de ilustrar el doble error de olvido y camino errado que Mate denuncia respecto a los españoles y la "cuestión judía", precisamente el que él elige para tratar otros episodios de la historia.

Volviendo a la memoria del Holocausto, tras su invisibilidad durante la posguerra, debida según Baer a la conversión de Alemania en aliado y a los erróneos paralelismos entre Hiter y Stalin –hipótesis débil, sobre todo si pensamos en el persistente silencio de la URSS–, se produce en los años 60 y 70 una singularización del genocidio judío. Eventos como el juicio contra Adolf Eichmann (1961), el proceso de Auschwitz (1963-65) y la posterior apropiación del Holocausto como elemento identitario de la comunidad judía americana, sobre todo a través de la obra del superviviente Eli Wiesel, convierten la Shoah en un fenómeno misterioso y por ende irrepresentable.

Este status cambia de forma radical a partir de 1978, fecha de emisión de la serie televisiva Holocausto e inicio del controvertido proceso de "americanización" y "globalización" de la Shoah. Comienza en esos años un debate en torno a los límites de la representación y la banalización de la Shoah en el que el relativismo posmoderno y el revisionismo histórico, que Baer considera un eufemismo de las tesis negacionistas –y en el que parece incluir al historiador Ernst Nolte, imputación harto exagerada–, han jugado un importante papel como creadores de confusión, por no mencionar las sempiternas críticas contra el capitalismo formuladas por los marxistas Marcuse y Adorno, quien incluso llegó a "descubrir" las conexiones estructurales entre la industria cultural y el antisemitismo.

Los capítulos más interesantes e instructivos son los dedicados al papel del cine, la fotografía y la museística en la representación del Holocausto. Así, se narra la polémica suscitada por la serie Holocausto (1978) y los largometrajes La lista de Schindler (1994) y La vida es bella (1998), y se da cuenta de las críticas que estas producciones recibieron desde la revista francesa Cahiers du Cinema, cuyos articulistas denunciaron la incorporación de elementos de la cultura americana y la ruptura de un supuesto canon de sobriedad establecido por Lanzmann en Shoah (1982), obra creada como respuesta a Holocausto. Este academicismo es sin embargo puesto en duda por Baer, para quien la existencia de una "dicotomía válida entre memoria trivial y seria" es cuanto menos cuestionable.

Por lo que respecta a la fotografía, su profusión como medio de reeducación de la población alemana por parte de los aliados en la posguerra no causó el efecto deseado, pues los alemanes no se vieron como responsables; además, los errores en la clasificación del material proporcionaron argumentos a los negacionistas. Más efectiva como instrumento pedagógico fue la exposición, en 1955, de las imágenes tomadas por los propios militares alemanes, que entre otras cosas derribó los mitos de la ignorancia del pueblo y de la pureza del ejército del Reich.

Por último, las transformaciones sufridas por algunos de los museos y salas dedicados al Holocausto reflejan el interés por favorecer un encuentro emocional y la inmersión en la historia; no obstante, se podría caer en el sentimentalismo, la estridencia y la trivialización.

A todas estas discusiones subyace el espinoso tema de la estetización del horror, algo común a las representaciones artísticas de casi todos los tiempos y a lo que el Holocausto no ha sido ajeno. Hasta qué punto es inútil sustraer la Shoah a esta modalidad creativa es una reflexión obligada, a la que Holocausto… exhorta y a la que aporta algunas claves fundamentales.

El libro se cierra con un interesante capítulo sobre España y la memoria del Holocausto, tema incómodo debido a las relaciones de Franco con Hitler y al desconocimiento del tema judío en nuestro país. Si a esto le sumamos la conversión de las víctimas en verdugos, discurso difundido en los últimos años por una parte nada marginal de la izquierda, incluidos importantes políticos del PSOE –fenómeno llamativo sobre el que el autor pasa de puntillas–, el paulatino cambio que Baer percibe, y cuya máxima expresión sería la declaración por parte del Gobierno socialista del Día Oficial de la Memoría del Holocausto –aquí sí parece relevante la mención de unas siglas partidistas–, se antoja excesivamente optimista.

Las últimas páginas están dedicadas al memorial de Rivesaltes, cruce de memorias entre los judíos y los republicanos españoles huidos del franquismo e internados en Francia y un modelo de referencia positivo que intenta soslayar los conflictos que generan las memorias grupales e identitarias. Esfuerzo sin duda loable y que por desgracia se echa en falta en algunos de nuestros intelectuales más importantes, que anteponen militancia a ilustración y propaganda a información, y que bien por descuido, ignorancia o fervor partidista no hacen sino echar leña al fuego de un debate artificioso y fútil debido, precisamente, al dirigismo estatal.

En este contexto, sustituir memoria por amalgama sólo introduce una nueva aporía en la de por sí enredada cuestión de la historia española reciente.

ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.

ALEJANDRO BAER: HOLOCAUSTO. RECUERDO Y REPRESENTACIÓN. Losada (Madrid), 2006, 267 páginas.

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 3 de febrero de 2007

Representación tetral en Pamplona: La muralla, de Joaquín Calvo Sotelo. Domingo 4 de febrero.

Representación tetral en Pamplona: La muralla, de Joaquín Calvo Sotelo. Domingo 4 de febrero.

TEATRO SOCIAL: La Muralla

DÍA: domingo 4 de febrero de 2007

HORA: 19:00h

LUGAR: Salón Mikael.

COLABORACIÓN ECONÓMICA: 2 euros

La obra de teatro La muralla (Calvo Sotelo, 1954) es una crítica sobre temas candentes, basada en hechos verídicos.

 

Gracias a las triquiñuelas de un oficial de notarías, Don Jorge Hontanar, oficial del ejército de ocupación, usurpa la herencia de su padrino a un hijo natural del mismo, a favor del cual había testado. Quince años después, tiempo de la acción, la hacienda ha dado una situación de privilegio a la familia del actual titular. Un ataque al corazón, y el consejo del cura del pueblo, impelen a don Jorge a restituir lo robado. Pero, como dice el propio autor, "el fariseísmo y el egoísmo" familiares y casi sociales levantan alrededor esta metafórica muralla que da título a la obra.

 

Se destaca la valentía del autor al plantear, en los años cincuenta, la corrupción de los vencedores, aunque fuese individualizadamente. Fue representada en más de cinco mil ocasiones y traducida a varios idiomas. La noche del estreno el autor tuvo que salir a saludar en 28 ocasiones.

 

La obra está basada en hechos verídicos y plantea el enfrentamiento entre los deseos más nobles de un hombre arrepentido que quiere restituir lo que ha robado y la muralla levantada a su alrededor. Importantes personajes de la Iglesia han visto en esta obra de teatro la mejor expresión de las dificultades con las que se encuentra el hombre a la hora de plantearse su vida cristiana.

 

Es una obra valiente. Lo fue en los años cincuenta y lo es hoy.

 

Las familias tenemos la oportunidad de pasar una agradable tarde de teatro y, a la vez, de pensar en los profundos interrogantes que nos va a plantear.

 

Estamos seguros que nadie va a quedar indiferente.

¿Nueva Derecha? O la reinvención del populismo frente al vacío de la izquierda

¿Nueva Derecha? O la reinvención del populismo frente al vacío de la izquierda

Nuestra historia podría empezar quizá con una narración casi epopéyica sobre un vasto movimiento de tierras que amenaza con remover la historia. La emergencia de un nuevo movimiento político del que apenas podemos describir la fórmula: una combinación de innovación y conservadurismo, de agresividad rupturista y apelación a valores de rancio olor caduco. Este movimiento, que aspira a constituirse en un polo hegemónico de la política de nuestro tiempo, puede ser nombrado por convención --y sólo por esto- como “ND” (a partir de ahora, ND), designando así un conglomerado histórico que inaugurara quizá el reaganismo en Estados Unidos y el thatcherismo en Europa, pero que sin duda tiene prolongaciones tan diversas y complejas como las que corresponden a los movimientos sísmicos que mueven las placas tectónicas.

 

El argumento --tan previsible como eficaz- que normalmente se vierte para explicar el irresistible ascenso de la derecha renovada es que su poder se debe menos a la instauración de una máquina demoledora de toda resistencia como, en primera instancia, a su capacidad para generar adhesiones y producir medios de subjetivación que hacen de la ND algo “más popular” que la izquierda. Por eso es mucho más conveniente hablar del ascenso de una nueva hegemonía, en términos de Gramsci (constelación de poderes y de ideas capaz de presentarse como interés general), e intentar comprender la química de este nuevo bloque de alianzas, que reutilizar los viejos clichés izquierdistas sobre la estulticia del pueblo, la alienación generalizada o un subrepticio fascismo de masas. La voluntad hegemónica se manifiesta fundamentalmente en relación y en contra de las derechas clásicas, por medio del desmarque de la extrema derecha de corte netamente fascista y de la democracia cristiana, a quienes acusa de ser, respectivamente, extremista o pusilánime.

 

Tres rasgos salientes son inmediatamente reconocibles en la ND:

 

 

1. En el orden de los discursos y en la tonalidad de las prácticas, la marcada agresividad de la ND. Una ofensiva que hace de la derecha moderada, democristiana, comprometida con el estado social de la década de 1960, un pálido fantasma de otro tiempo, que ciertamente todavía circula como el viejo papel moneda, pero que tiende a desaparecer en el mercado del mainstream. Contra ésta y sus representantes (por ejemplo en España, las líneas políticas de Gallardón, Arenas o Piqué han sido minorizadas tras el ascenso de los neoconservadores Acebes, Zaplana, Aguirre, etc.), la ND, en sus discursos y en sus propuestas, no sólo trata de quebrar el viejo juego de reglas políticas, sino que adopta sin ambages la imagen invertida de la revolución permanente. Escenifica una pieza teatral en la que su papel es el de la vieja fuerza ordenadora en un mundo inestable y amenazado, sometido a terrorismos de enorme ubicuidad y a fuerzas morales perversas (la reintroducción de categorías morales en política es quizá una de las principales innovaciones de las nuevas ideologías conservadoras). El diagnóstico de la ND sólo puede recetar así una permanente contrarrevolución que trate de restaurar un orden dañado y corrompido (el que se deduce de las crisis derivadas de la reestructuración capitalista de las últimas décadas), que naturalmente exige medidas tan drásticas como la guerra (contra el terrorismo, desde luego, pero también contra la delincuencia, la droga o cualquier elemento susceptible de convertirse en “enemigo interno”) y la autodefensa preventiva (que supone la ruptura de los viejos ordenes jurídicos garantistas y el advenimiento de la policía y las medidas de excepción como norma de gobierno). Contra el pensamiento postmoderno, la ND escenifica una puesta en escena de valores sustantivos, fuertemente morales, en sociedades erosionadas en parte (y ésta es la paradoja) por la propia política desarrollada bajo sus criterios (el neoliberalismo). La ND genera así un curioso círculo virtuoso de autolegitimación.

 

 

2. En el orden de las percepciones subjetivas (sobre las que se construyen los proyectos de hegemonía), la ND parece representar mejor los problemas de amplios sectores sociales de lo que lo hace una izquierda cada vez más autocomplaciente. De hecho, el proyecto neoconservador se construye a partir de la fragilidad y derrota de los movimientos sociales, tanto los tradicionales ligados a la clase obrera como los nuevos protagonizados por minorías, ecologistas, feministas y el amplio elenco de comunidades y formas de vida emergentes de la vasta experimentación del 68 y la contracultura. La izquierda institucional que siguió a esta derrota (muchas veces orquestada con su absoluta complicidad), y que en muchos casos se hizo con el gobierno durante los años 80 y 90, ha utilizado la herencia del 68 como simple recurso ideológico de su propia legitimación. Numerosos comentaristas y ensayistas repiten que las llamadas élites liberales viven en realidades paralelas, que sus discursos y sus prácticas atraviesan sólo de forma tangencial las preocupaciones y los intereses corrientes y, en general, que este cuerpo social minoritario se ha blindado en un estatuto privilegiado. Una lectura que parece congruente con los análisis que señalan el extremado corporativismo de las burocracias sindicales, la esclerotización del viejo sistema de partidos y la escasa permeabilidad de los medios de comunicación y de sus élites culturales a la emergencia de nuevos fenómenos sociales y políticos. En este contexto, la ND se puede presentar, como antes lo hiciera la izquierda, como adalid del hombre común, de sus expectativas y sobre todo de sus miedos, en un espacio (el viejo espacio de las clases medias y el Estado asistencial) que efectivamente se está desmoronando. Esto es lo que le otorga su carácter populista.

 

 

3. La ND opera en el contexto de la innovación comunicativa, de la revolución mediática y de la emergencia de nuevas formas de expresión. Su principal audacia consiste en haber entendido esa nueva realidad como oportunidad política, reinventando la publicística como arma de propaganda. De nuevo, la ND aprovecha el contexto de crisis que dejó por un tiempo en la cuneta al proyecto conservador, esto es, la crisis de los sistemas de representación política tradicionales. En cierta medida, en un mundo altamente fragmentado y en el que los viejos grupos sociales y las instituciones que constituían la esfera pública han naufragado definitivamente, el universo mediático se apunta como la única esfera pública tangible, más aún que los sistemas de representación tradicionales: no en vano, en las manifestaciones convocadas por la ND en España no se jalea tanto al PP como a la COPE. La ND (aún en la era Internet y en la pluralidad de voces que se reconocen en ella) explota este universo como medio de comunicación directo con una sociedad que en buena medida carece de espacios autónomos de expresión. Y sobre esta ausencia descubren la comunicación como arte de la performance (en una línea evolutiva de la vieja propaganda) y la retórica como herramienta de construcción de realidad.

 

 

El modelo precedente (radicalidad y moralismo, populismo y nueva inteligencia comunicativa) parece encajar bien en el caso de los neocons estadounidenses o del gobierno Berlusconi, paradigma del uso provechoso de los medios como herramienta de hegemonía política más allá de las mediaciones institucionales y de los mecanismos de representación. Pero, ¿es un modelo de explicación aplicable a algunas de las realidades políticas españolas? O, en otras palabras, ¿existe un campo de innovación de la derecha más allá de la imagen tradicional conservadora, españolista, católica, sociológicamente franquista, de la derecha española?

 

La respuesta, por paradójica que parezca, es que esta ND, como una específica versión del “vodevil hispano”, existe acá; y que la agresividad de la política de la última legislatura del gobierno Aznar, y sobre todo de los consensos (hasta los atentados del 11-M) que supo generar, ya muy alejados del centrismo de su primera legislatura, en cierto modo es inexplicable sin la incorporación de algunos de los elementos señalados antes.

 

Sin embargo, la punta de lanza de esta ofensiva se encuentra en la propia esfera comunicativa y no inmediatamente en el medio político convencional: en la emergencia de un conglomerado de medios de comunicación de gran audiencia, promovido por un grupo de periodistas y ensayistas. Este conjunto de periodistas y opinadores profesionales se sitúan a la vanguardia neoconservadora, por delante del PP. De hecho, en ocasiones es el partido quien es utilizado por la ND mediática (invirtiendo el paradigma de la manipulación informativa que la izquierda suele denunciar), aunque habitualmente se puede reconocer una relación simbiótica entre la derecha mediática y su representación partidista. El sector más reconocible, la versión hispana más agresiva si se quiere de la ND, podría englobar a un buen número de sectores del periódico El Mundo, pero desde luego las experiencias más originales e interesantes deberían encontrarse en Libertad Digital, en Radio Intereconomía, en los programas de La COPE y en firmas como Pío Moa, Jiménez Losantos, Gabriel Albiac, Cesar Vidal, Alberto Recarte, etc.

 

Una evidencia, que sólo en apariencia es sorprendente y señala por sí sola la novedad de la ND, aunque sólo sea en términos sociológicos, es que la mayor parte de sus protagonistas declaran un manifiesto origen izquierdista. Son antiguos tripulantes de las experiencias políticas más extremas de la década de los 70: en este pull amplio de nombres, se reconocen muchos ex-maoístas de línea dura, ex-leninistas que en los viejos tiempos ejercían un purismo insufrible y libertarios con antiguas posiciones provocadores, además de un largo etcétera de otras apuestas radicales que llevaron a muchos a justificar el aventurismo armado o incluso a emprender en primera persona algunas de aquellas empresas, hoy tan decididamente “terroristas”.

 

Uno de los legados vivos de esta herencia es que su estilo de comunicación no es ajeno a algunas tradiciones izquierdistas. Aunque con una retórica exactamente opuesta a la de sus años de juventud, beben de la tradición publicística de la extrema izquierda. En oposición al formalismo informativo de los medios serios, de la distinción entre opinión e información, reinventan el lenguaje periodístico, apuestan sin vergüenza por una comunicación que calcula sus efectos en términos políticos, que decidida y descaradamente quiere producir realidad. A propósito de cada punto central de la agenda del país, despliegan una estrategia comunicativa que busca menos la “verdad”, con toda la parcialidad de la palabra, que aprovechar cualquier oportunidad de manera instrumental y populista para ampliar su influencia y generar una corriente de opinión favorable.

 

No practican un periodismo de información, y mucho menos de investigación, en el que la interpretación se funda a veces en una ardua acumulación de pruebas y datos. Tampoco buscan un escenario, por aparente que sea, de neutralidad del juicio, contraponiendo posiciones y argumentos. Su voz es declaradamente parcial, la acusación y la denuncia se utilizan como un arma que, a falta de pruebas, trata de producir sospecha sobre los discursos del enemigo. Retórica y simplificación son rasgos clave.

 

El uso de la soflama, del sarcasmo, la hipérbole permanente respecto a las amenazas, la exaltación en la expresión, la indignación moral, se vuelven moneda corriente en un esquema argumental a veces extremadamente sencillo y pobre, uno de los elementos esenciales de su éxito. Esta actividad comunicativa se comprende mejor en relación a algunos acontecimientos concretos. Por ejemplo, el 11-M, reinterpretado como una suerte de golpe de Estado, es un campo de juego perfecto, en el que se recurre a toda clase de connivencias imposibles y de interpretaciones conspiranoicas. La derecha populista es capaz de afirmar, indistintamente, que la autoría está relacionada con ETA, con la masonería de influencia francesa, con los servicios secretos de Marruecos, con los mandos de la policía y la guardia civil, con redes del narcotráfico a pequeña escala... ¡e incluso con la conjunción diábolica de todos ellos! “Buscar la verdad” es el lema, pero lo único realmente importante es desgastar la imagen del PSOE y sugerir que éste llegó al poder de manera ilegítima.

 

El origen izquierdista de los actores principales de la ND y su actual trayectoria reflejan el tránsito de toda una generación inmersa en los procesos de lucha y politización durante los años 70, que se impregna sucesivamente de la atmósfera de “desencanto” durante los años 80 y más tarde del resentimiento producido por los largos años de gobierno aplastante del PSOE. La destrucción caníbal de la extrema izquierda tras las elecciones del 79, la extrema torpeza del PCE y la fragilidad del desarrollo de IU y, sobre todo, la prepotencia del “socialismo en el gobierno” dieron al traste con la posibilidad de cualquier continuidad política de la experiencia de los años setenta.

 

La propia composición del “bloque hegemónico” durante el gobierno socialista confirma en términos de prestigio y posición económica el vacío político de una parte de la generación que lucha en los 70. En efecto, la expansión de los cargos públicos en el Estado de la autonomías, la consolidación de un élite cultural (esencialmente, en torno a la industria cultural, la expansión de los mass media y la creación de la red de instituciones culturales públicas) y la promoción de pequeños y medianos empresarios a la categoría de proveedores y clientes del Estado (especialmente en la construcción y en el sector financiero), dejó a un sector no despreciable de ambiciosos “escaladores sociales” y de “intelectuales con pretensiones” en la cuneta de aquellos años “dorados”. Un sector de gente que, por juventud, falta de agilidad a la hora de aprovechar el ascenso institucional del PSOE u honestidad, con carreras vocacionales de escaso rendimiento, en términos de capital simbólico o económico, se quedaron “sin premio” y al margen del clima de optimismo, muchas veces chabacano, de lo que se conoció como los años del “pelotazo”. En ese sector de gente se encuentran muchos de los adalides de la ND y buena parte de su público.

 

En otras palabras, y aquí se encuentra la clave de la ampliación de su público o de su éxito social, la retóricas de la COPE, Albiac o Intereconomía explotan un determinado “régimen de las pasiones” caracterizado por el resentimiento hacia los “ganadores” de los años 80: por esa razón, el disparo apunta siempre a los lugares comunes del “progresismo” como herencia ideológica de la instauración democrática. Una tarea ciertamente sencilla y que presenta grandes probabilidades de éxito social, porque simplemente desvela la propia mezquindad de la constitución genética de la democracia española.

 

Igualmente, el ataque al lenguaje “políticamente correcto” defendido por la izquierda se convierte en una tarea de desenmascaramiento del cinismo que esconde. Por el contrario, el uso directo de argumentos homofóbos, clasistas o racistas “deja de ocultar la realidad”, “llama a las cosas por su nombre” y expresa lisa y llanamente “lo que muchos piensan y no se atreven a decir”. La superioridad mediática de la ND frente a la cultura progre se basa en la sustancia de sus enunciados, por perversos que sean, frente a la retórica vacía y la carcasa liberal de las “clases medias progresistas”, que no alcanza ni de lejos a hablar al corazón de los efectos sociales de la gran transformación capitalista de las últimas décadas (precarización generalizada de la vida, etc.).

 

En el terreno de los valores, se repite incansablemente la “fórmula mágica” de que la raíz de todos los problemas sociales se encuentra en los valores permisivos y libertarios de la época licenciosa del 68: en materia educativa, la falta de disciplina y la acomodaticia pasividad social generan la crisis de la escuela; en lo relativo a la familia, la ausencia de valores fuertes, como el compromiso, multiplican los casos de hogares destrozados o “aberraciones” como el matrimonio gay, etc.

 

Pero es en la lucha contra los nacionalismos menores o “periféricos” donde la ND adquiere una mayor eficacia. Sin disimular un españolismo acérrimo, la crítica se dirige a negar la legitimidad de una situación política dominada por cierto foralismo de nuevo cuño. Implacables contra el etnicismo y las situaciones de privilegio económico y fiscal de las “naciones históricas” frente al resto del país, desvelan toda una trama de clientelas políticas y económicas y la rancia atmósfera cultural promovida por los gobiernos autonómicos. La ampliación de las clientelas políticas, culturales y económicas en torno a las comunidades autónomas fue uno de los pilares constitutivos del “bloque hegemónico” tras la transición española. Paradójicamente, la ND se presenta así como adalid de la España constitucional, rememorando incluso los viejos ideales republicanos de la igualdad ante la ley y de la igualdad de oportunidades de la personas y de las regiones, sin que tristemente nadie parezca oponerles argumentos más fuertes en términos de democracia y de construcción de singularidades lingüísticas y sociales que no se clausuren en realidades exclusivamente identitarias.

 

La audacia informativa de la ND no se especializa únicamente en los ataques a la izquierda “oficial”. Quizá una de sus mayores provocaciones consista en reformular la posición de la derecha en la historia del país, reivindicando para sí una tradición democrática y liberal que “sólo se vio truncada por la fuerza de la necesidad y el irresuelto golpismo e insurreccionalismo de la izquierda” (que hoy se expresa en los “separatismos”, las “complicidades con el terrorismo”, la legitimación neoestalinista de Castro, Corea del Norte, Sadam, Chávez o Evo Morales --todos juntos, por supuesto, en el mismo paquete). De igual modo, este revisionismo histórico encuentra un campo de expansión inusitado, que aprovecha la propia debilidad de las interpretaciones al uso de las dos grandes bisagras del siglo: la guerra civil y la Transición a la democracia. La guerra y la imposición de la dictadura se presentan desde la ND como una respuesta necesaria al golpe “izquierdista” de la revolución del 34 y a la inestabilidad social y política impuesta por las organizaciones de izquierda. Básicamente, atacan la visión liberal republicana o la interpretación historiográfica animada durante la década de 1970 por el izquierdismo más oficial (próximo igualmente al PCE o al PSOE), que considera el levantamiento como un golpe de estado contra un régimen legítimamente constituido, pero que ignora igualmente la riesgosa e imprudente política de los gobiernos republicanos (una república de “orden”, que pronto consiguió la oposición de los movimientos libertarios pero que a un tiempo abrió todos los frentes sociales: el laicismo, la reforma del ejercito, ciertas medidas antioligárquicas, etc.), el doble juego retórico del PSOE y la UGT (a caballo entre el apoyo a Primo de Rivera y el radicalismo revolucionario, siempre más retórico que real) y, en general, la estrecha identificación de su base social en las clases medias urbanas...

 

Respecto a la Transición, la ND defiende una línea de continuidad con el franquismo más liberal y “aperturista”, una evolución “natural” del fin del régimen. En cierta medida, se podría decir que el revisionismo histórico de la ND, ciertamente de escasísimo calado científico, pero de enorme éxito social (las pequeñas novelas de Pio Moa y Cesar Vidal se venden por decenas de miles), se construye sobre una base histórica común a cierta izquierda: el olvido, compartido con la versiones “al uso” de la izquierda oficial, de la capacidad constituyente y democrática de los movimientos sociales, banalizados como “antifranquismo universitario” y relegados a un segundo plano ante el savoir faire de las élites políticas conscientes de la oportunidad de negociar. Algo que evidencia, por inconsciente que sea esta omisión, una voluntad de eludir un problema de fondo de la transición y la democracia: el establecimiento del sistema de partidos pasaba inevitablemente por desactivar los procesos de autonomía y autoorganización que abrieron brechas en el régimen franquista y socializaron una cultura democrática en el sentido más lato del término.

 

Respecto a si existe un verdadero think tank de la ND española, se puede decir que no se ha traspasado todavía el nivel de la propaganda y la retórica, y que quizá éste no sea uno de sus objetivos. En el terreno teórico no se propone nada innovador: por ejemplo, un marco de reformas políticas que pudiese impulsar inesperadamente un nuevo imaginario político, un proceso de subjetivación inédito como el que en su tiempo representaron el fascismo o las corrientes de la derecha republicana del siglo XIX. Desde luego, la ND española carece de la audacia de los neocons americanos, con su proyecto de reordenación imperial del planeta. De hecho, sus afirmaciones programáticas defienden filiaciones que sólo de forma muy superficial se pueden considerar modernas. El liberalismo de todos (en un sentido que entronca con la tradición liberal doctrinaria española) y el catolicismo de alguno parecen ser elementos que quieren destacar una filiación genética con una tradición política liberal, formalmente democrática, que históricamente tiene expresiones puramente defensivas del status quo (los largos años de la Restauración monárquica que siguieron a la I República). En este sentido, la reinvención de la tradición liberal que propugnan (véanse el “catolicismo liberal” de Losantos, la declaración de principios de la FAES [1] ), se debe ver menos en términos sustantivos o programáticos que como recurso defensivo de lo que ha representado ese liberalismo doctrinario o moderado en la historia del país: la defensa del status quo social, el conservadurismo político y el reforzamiento del propio bloque hegemónico. Su mejor arma, como hemos explicado, es el populismo: el juego permanente y sistemático de detección y desmantelamiento de los “agujeros” del discurso izquierdista.

 

Sin demasiada vocación de videntes acerca del futuro de estas formas de expresión populistas, podríamos decir que es más que probable que este discurso haya tocado techo, que su “activismo” no consiga fomentar/redirigir el resentimiento de masas, e incluso que este experimento, que no deja de ser patéticamente primitivo (recursos a un casticismo y un españolismo inveterado, retóricas demasiado retorcidas y conspiranoicas, un sarcasmo fácil y poco inteligente), se agote en sí mismo como resultado de la pérdida de su “efecto de novedad”. Puede ocurrir también incluso que, en su afán por escorar lo más a la derecha posible la representación institucional de la derecha, la ND deje de ser funcional a su polo político, el Partido Popular, y éste se vea en la necesidad de construir una imagen de mayor seriedad y más centrista para gobernar. Pero más allá de su improbable éxito, lo que sin duda evidencia es el enorme vacío de la izquierda, el colapso de la imaginación política en la construcción de alternativa y oposición (incluso a nivel exclusivamente discursivo) y la irremediable crisis social de las instituciones de representación. En definitiva, se podría decir que la ND ha impreso en un negativo el campo político posible para la construcción de una nueva autonomía social.

 

 

Emmanuel Rodríguez es autor de El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrópolis de la abundancia (Madrid, Traficantes de Sueños, 2003). En Archipiélago puede leerse: “la rehabilitación de la política” (nº 41); junto a Zyab Ibañez, la entrevista a Richard Sennett que se publicó en el número 48 con el título de “La flexibilidad laboral: aparato ideológico y dispositivo disciplinario”; en el nº 54 “Límite y tragedia. La libertad en Castoriadis; en el nº 55 “España: zero tollerance”; y en el número 62, “Ecología del la metrópolis. Algunas notas para un programa de investigación”.

 

 

© Emmanuel Rodríguez e Hibai Arbide, 2006. Este artículo ha sido publicado en el número 72 de la revista Archipiélago bajo una licencia Creative Commons. Reconocimiento-NoComercial SinObraDerivada 2.5. Se permite copiar, distribuir y comunicar públicamente el texto por cualquier medio, siempre que sea de forma literal, citando la fuente y sin fines comerciales.

 

 

 

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[1] Al servicio de España y de sus ciudadanos, FAES busca fortalecer los valores de la libertad, la democracia y el humanismo occidental. El propósito es crear, promover y difundir ideas basadas en la libertad política, intelectual y económica”

 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=42224

Zapatero tiene bastante miedo, y por una vez tiene también razón

Zapatero tiene bastante miedo, y por una vez tiene también razón

No le gusta que la calle se le ponga enfrente, y eso es lo que va a ocurrir el día 3 en Madrid, a convocatoria del Foro de Ermua, para exigir que sea la justicia el fundamento de la paz.

 

El próximo sábado las víctimas del terrorismo y una larga lista de asociaciones opuestas a todo lo que representa ETA convocan una manifestación en Madrid, Por la libertad. Derrotemos juntos a ETA. No a la Negociación. El Foro de Ermua, la AVT y otros convocantes no han tenido en los últimos años ningún amparo de las instituciones del Estado y se han financiado por sus propios medios; mejor dicho, por los medios de la gente de la calle que presta su colaboración en dinero y en trabajo a la lucha contra la rendición a ETA.

 

Zapatero tiene miedo. La calle no es ya de la izquierda, ni de los nacionalistas, y la calle quiere paz, pero una paz basada en la justicia y en la victoria de la verdad. Zapatero tiene miedo, porque ha buscado una ficción de paz basada en la aceptación de ETA como interlocutor legítimo, y se está encontrando con una España que, precisamente porque quiere paz, no quiere lo que Zapatero y el nacionalismo vasco ofrecen.

 

Desde luego, como ha escrito Javier Nagore Yárnoz, "no es lícito pensar en la guerra [la violencia] como solución de los problemas, pero es obligatorio prevenirse contra un enemigo que no piensa en licitudes". ETA no quiere la paz, sino su victoria, y la victoria del nacionalismo vasco sería la derrota conjunta de España, de la libertad y de la justicia. Parecen conceptos demasiado elevados y etéreos, pero en el pulso de la calle, en la movilización popular que se anuncia para el sábado y que media docena de veces ya ha puesto en evidencia los desatinos de Zapatero, las cosas están muy claras: en los palacios del poder anida la tentación de rendirse para satisfacer intereses de partido, de ideología y de empresa; y entre la gente cunde un descontento que una vez más va a salir a la calle.

 

Los gobiernos no son legítimos por el simple hecho de ser formalmente legales. Zapatero obtuvo el poder entre el 11 y el 14 de marzo de 2004 de modo legal que Mariano Rajoy y la derecha política reconocieron como legítimo de manera inmediata. Pero esa legitimidad, en todo caso, debe conservarse; y no hay poder legítimo si no preserva la unidad del pueblo y si no garantiza el orden y la libertad frente a quienes los amenazan con las armas y con el separatismo. La paz no es lo que Zapatero busca y defiende, ya que confunde paz con ausencia de muertes –y en Barajas hemos visto cómo el PSOE no consigue ninguna de las dos cosas-, mientras que sin justicia no puede haber paz verdadera. Zapatero tiene miedo, porque cientos de miles de españoles van a recordarle, una vez más y sin excusa posible, que "la defensa de la paz ha exigido siempre el riesgo [de la violencia]". Zapatero tiene que escuchar la voz de la calle, a la que teme, o renunciar.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 1 de febrero de 2007

Batasuna tilda a Uxue Barkos de «diputada de Rubalcaba Bai»

Batasuna tilda a Uxue Barkos de «diputada de Rubalcaba Bai»


Batasuna ironizó ayer sobre la posición mantenida por la diputada de Nafarroa Bai Uxue Barkos en sus entrevistas con el Gobierno español al indicar que «se ha convertido en la diputada de Rubalcaba Bai». Para la formación independentista, la reunión que mantuvo anteayer con el ministro del Interior evidencia el papel de la coalición «como aliado incondicional del Gobierno en su política hacia Euskal Herria».

«Lejos de defender los derechos políticos que Madrid ha arrebatado a Navarra y al conjunto de Euskal Herria, Uxue Barkos se dedica a rendir pleitesía al ministro español de la Policía avalando su nefasta gestión del proceso», indica en una nota de prensa.

 

Batasuna resalta que «pidieron el voto para defender en Madrid la identidad vasca de Navarra y se están dedicando a avalar la política de negación e imposición». Y reivindica, por contra, que «la prioridad de los abertzales y demócratas deben ser sumar fuerzas en favor de los mínimos democráticos».

 

Gara, 1 de febrero de 2007