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Historia. Para no olvidar

FRANCO-HITLER: LA TÁCTICA DE BERTOLDO

FRANCO-HITLER: LA TÁCTICA DE BERTOLDO

Así pues, Hitler mismo desmiente las enrevesadas construcciones  de nuestros lisenkos, al señalar su prioridad, durante varios cruciales meses, en conseguir  la entrada inmediata de España en guerra. Y Franco, como queda igualmente de manifiesto, tuvo como prioridad abstenerse de entrar en aquellos momentos,  con lo cual salvó al país (y a los anglosajones) de una catástrofe. El interés del dictador alemán  no radicaba, claro está, en la ayuda que pudiera prestarle el ejército español,  pues sabía de sobra sus malas condiciones, así como las de la  economía del país en general. De hecho,  se quejaba de que Franco no cesaba de pedir, sin dar  a cambio más que buenas palabras. Lo interesante para Hitler era el permiso de paso hasta Gibraltar. En Suecia, las tropas alemanas circulaban sin trabas hacia y desde Noruega o Finlandia, sin perjuicio de su neutralidad, pero tal caso no se repetía en España: aquí una situación pareja significaba necesariamente la beligerancia.

 

Resuelta esta cuestión en lo esencial (aunque siempre habría que matizar muchos extremos), debemos examinar la cronología de la relación entre Franco y Hitler, pues las actitudes mutuas cambiaron de forma muy palpable, a veces bruscamente, en aquellos años.  La historiografía lisenkiana presta muy poca atención a la primera declaración de neutralidad de Franco, ya en 1938, en plena guerra civil y durante la crisis de Munich, cuando pareció a punto de estallar la guerra europea. Tal declaración despertó indignación en Berlín y en Roma, que ayudaban en aquel momento a los nacionales y la vieron como una prueba escandalosa de ingratitud.  Pero Franco la hizo por dos razones: una obvia,  alejar el peligro de una invasión francesa por los Pirineos. Otra, menos mencionada,  la idea de que una contienda entre las democracias y los fascismos supondría un desastre para toda Europa, del que solo sacarían beneficio Stalin y los movimientos revolucionarios.

 

Franco detestaba semejante eventualidad,  pero no se hacía ilusiones al respecto. A finales de mayo de 1939, cuando muchos pensaban que el choque europeo podría aplazarse o evitarse, advirtió de la proximidad del mismo,  “más terrible de lo que la imaginación alcanza”, porque  destruiría “los puntos vitales de la nación, las fábricas y las comunicaciones”.  Por ello,  cuando la contienda mundial comenzó efectivamente, a principios de septiembre, se apresuró a pedir la paz y a declarar de nuevo la neutralidad española. No podía hacerle ninguna  gracia, además, la agresión  concertada de nazis y soviéticos contra la católica Polonia.  En la ocasión declaró: “Con la autoridad que me da el haber sufrido durante casi tres años el peso de una guerra para la liberación de mi patria, me dirijo a las naciones en cuyas manos se encuentra el desencadenamiento de una catástrofe sin antecedentes en la Historia,  para que eviten a los pueblos los dolores y tragedias…” Con la contienda en marcha,  apelaba “al buen sentido y responsabilidad de los gobernantes para encaminar todos los esfuerzos” a  no extenderla.  Se trataba, volvió a insistir al final del año, de “una lucha estéril”, cuyo resultado, venciera quien venciere,   “será igual de catastrófico”.

 

Vale la pena comparar esta actitud con la de Mussolini, ya ligado a Hitler por el “Pacto de acero”, pero muy desconfiado de la ventura que pudiera salir de ahí,  según  cuenta Ciano: “Haré como Bertoldo –decía  el Duce--. Aceptó la condena  a muerte con la condición de escoger el árbol apropiado para ser ahorcado. Es inútil decir que no encontró nunca ese árbol. Yo aceptaré entrar en guerra, reservándome la elección del momento oportuno” que muy bien podría no llegar nunca: “Deseo ser yo solo el juez, y mucho dependerá de la marcha de la guerra”.

 

Sin embargo en 1940 se produjo el  increíble y decisivo cambio. Ya habían sido harto impresionantes la rápida victoria alemana sobre un ejército polaco nada  desdeñable, en septiembre de 1939,   y la conquista de Dinamarca y Noruega con fuerzas muy reducidas y sin dominio del mar, en abril de 1940. Pero en mayo, las tropas de Hitler barrían en pocas semanas a los ingentes ejércitos francés y británico,  además del belga y el holandés. Era algo absolutamente pasmoso, nunca visto.  Nada  que ver con la I Guerra Mundial, a cuya experiencia se atenía el análisis de Franco, admirador por otra parte del ejército francés.  Nada de una larga contienda de desgaste, nada de  arruinamiento del continente y desesperación de las masas, nada de peligro revolucionario. La URSS había aprovechado para ocupar a su vez los países bálticos y una parte de Rumania, pero eso era todo, y no estaba en condiciones de explotar la situación creada en el occidente europeo. Más aún, el Kremlin había felicitado con extraordinaria efusividad a Hitler por su victoria y había contribuido algo  a ella, movilizando a los comunistas franceses para sabotear  el esfuerzo defensivo de su país frente a la invasión nazi.

 

Aquello trastornaba de modo radical todas las perspectivas. Lo más racional y razonable  para Franco era cambiar  su actitud, por todas las poderosas razones ya expuestas en el artículo anterior.  Un nuevo orden se anunciaba en Europa, y nada le convenía menos que marginarse de él. Lo mismo pensó Mussolini, que aprovechó el momento para abandonar el método de Bertoldo y elegir, por fin, el árbol del que había de ser ahorcado. El Caudillo, a pesar de la tremenda tentación, adoptó una  posición bastante más prudente: precisamente la de Bertoldo. A través de los momentos de mayor o menor tentación se percibe con claridad el hilo conductor de su política: él elegiría el momento de la intervención, según marchara  el conflicto.    

 

También Hitler cambió su actitud hacia Franco de forma bastante radical. En un primer momento, mientras esperaba que Churchill aceptara la paz, no le interesaron Gibraltar ni, por tanto, la postura española, y pensaba en el Mediterráneo como esfera de influencia de su aliado Mussolini. Pero  al mostrarse Inglaterra irreductible, Franco empezó a influir en la estrategia alemana. Hitler pensó incluso en un gran engaño, prometiendo a Franco cuanto quisiera, sin intención de cumplirlo,  para arrastrarle a la lucha. Pero el fundado temor de que tal promesa trascendería y perjudicaría sus relaciones con la Francia de Vichy le empujó a una política irresoluta. En octubre de 1940 viajó a Hendaya y a Montoire para obtener la intervención de Franco y de Pétain y no consiguió ninguna; a continuación marchó rápidamente a Florencia para detener a Mussolini en su insensata invasión de Grecia, y llegó tarde. Fueron tres auténticos reveses a manos de sus aliados o amigos, reveses de gran trascendencia sobre el curso de la guerra, aunque ello apenas pudiera vislumbrarse entonces. Poco después, fracasada de momento la invasión de Inglaterra, y con Italia sufriendo graves derrotas en Libia y en Grecia, la política de Berlín en relación en relación con  España se volvió ansiosa. Como resume el historiador N. Goda, durante ocho meses, hasta finales de febrero de 1941, Hitler persiguió la intervención española, “con energía y coherencia, con numerosos cambios y alteraciones”. Solo entonces abandonó provisionalmente la Operación Félix para concentrarse en la invasión de la URSS.  El abandono provisional iba a convertirse en definitivo.

 

El mismo dictamen vale para la política de Franco, sus cambios y alteraciones dentro de  una línea principal de acción seguida con tenacidad y coherencia.  Mantener el rumbo en aguas tan turbulentas  y con tales fuerzas en juego exigió, desde luego, una habilidad sobresaliente,  que nuestros lisenkos, los Ángel Viñas, Moradiellos, Reig y demás no consiguen apreciar, obsesionados en demostrar la ineptitud y simpleza de  quien, insistamos, venció a todos sus enemigos, una y otra vez, a lo largo de cuarenta años. ¿Será excesiva la sospecha de que la simpleza, inducida por prejuicios y fobias,  se encuentra más bien en tales analistas?  

 

PIO MOA


FRANCO ANTE HITLER

FRANCO ANTE HITLER La carta de Hitler destruye además la retorcida pretensión de que en la conferencia de Hendaya, dos meses y medio antes, Hitler no había mostrado mayor interés ni presionado a Franco para que entrase en la guerra. El propio Führer lo aclara sin lugar a dudas: “Cuando nos reunimos, mi prioridad era convencerle a Vd., Caudillo, de la necesidad de una acción conjunta de aquellos Estados cuyos intereses, al fin y al cabo, están indisolublemente asociados”. Una prioridad.

 

Pero Franco pensaba de otro modo. Hizo llegar a Berlín un memorando con desorbitadas peticiones de material de guerra, cereales y vehículos, y sólo contestó a Hitler veinte días más tarde, aplazando todavía otros diez días la entrega de la carta. La cual, con extraña insolencia ante quien tanto le había insistido en la importancia del factor tiempo, empezaba así: “Su carta del 6 de febrero me induce a contestarle de inmediato”. El resto, pese a las protestas de lealtad y fe en la victoria germana, no podía causar mayor decepción a Hitler.

 

El dictador alemán se había molestado en demoler la argumentación dilatoria de Franco: “Alemania ya se declaró dispuesta a suministrar también alimentos –cereales—en las máximas cantidades posibles tan pronto España se comprometiera a entrar en la guerra (…) Porque, Caudillo, sobre una cosa debe haber absoluta claridad: estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte y en estos momentos no podemos hacer regalos ¡Por ello sería una falsedad afirmar que España no pudo entrar en la guerra porque no recibió prestaciones anticipadas!” [subrayado en el original]. Ofrecía de inmediato cien mil toneladas de cereales y señalaba la poca solidez de las excusas de Franco. Éste había insistido en la necesidad de alimentos, pero, recuerda Hitler, “Cuando yo volví a hacer constar que Alemania estaba presta a comenzar el envío de cereales, el almirante Canaris recibió la respuesta definitiva de que tal suministro no era lo decisivo, pues no podía alcanzar un efecto práctico su transporte por ferrocarril. Luego, tras haber dispuesto nosotros baterías y aviones de bombardeo en picado para las islas Canarias, se nos dijo que tampoco esto era decisivo, ya que las islas no podrían sostenerse más de seis meses, por la escasez de provisiones”.Con lógica y cierta exasperación, Hitler había concluido: “Que no se trata de asuntos económicos sino de otros intereses queda patente en la última declaración, pretendiendo que también por causas meteorológicas no podría realizarse un despliegue [en España] en esta época del año (…) No puedo entender cómo sería imposible por razones meteorológicas lo que antes se quiso considerar imposible por razones económicas (…) No creo que el ejército alemán se vea dificultado en un despliegue de enero por el clima, que para nosotros no tiene nada de extraño”.

 

La argumentación hitleriana era bien clara, pero Franco, en su respuesta, la pasaba simplemente por alto, reiterando que la economía “es la única responsable de que hasta la fecha no se haya podido fijar el momento de la intervención de España”. E interpretaba de forma casi ofensiva las frases de Hitler sobre la pérdida de tiempo y de ocasiones estratégicas: “El tiempo transcurrido hasta ahora no es tiempo totalmente perdido. Desde luego que no hemos recibido tanta cantidad de cereales como la que Vd. nos ofrece (…) pero sí una parte de las necesidades diarias del pueblo para el pan cotidiano”. Exponía el deseo de que “las negociaciones se aceleren todo lo posible. Para este fin le he enviado hace unos días algunos datos sobre nuestras necesidades” (las exageradas peticiones recientes), y añadía, para mayor injuria: “Estos datos se pueden revisar de nuevo, ordenar, justificar y volver a tratar sobre ellos”, con el fin de “llegar a una decisión rápida” (¡!). Con auténtico descaro explicaba su observación sobre la meteorología como “solamente una respuesta a su indicación, pero en ningún caso un pretexto para aplazar indefinidamente lo que en el momento adecuado será nuestro deber”. Mostraba su acuerdo con el cierre de Gibraltar, pero exigía el simultáneo de Suez. Negaba que sus reivindicaciones coloniales fueran abusivas, “mucho menos cuando se tienen en cuenta los enormes sacrificios del pueblo español en una guerra que fue precursora de la guerra actual”. En fin, “El acta de Hendaya, permítame que se lo diga (…) debe considerarse hoy como obsoleta”. El acta especificaba el compromiso español de entrar en guerra, aunque sin fecha definida.

 

Según la peculiar interpretación de Preston, la carta de Franco “revela entusiasmo por la causa del Eje”. Hitler, desde luego, la entendió de otro modo, y no es de extrañar. Aun más curiosa esta consideración del historiador inglés: “El 26 de febrero Franco respondió por fin a la carta de Hitler de hacía tres semanas. Con la caída de Yugoslavia y Grecia ante el general Rundstedt y con Rommel reforzando las fuerzas del Eje en el norte de África, Franco estaba de humor para volver a la subasta, pero su precio se había elevado”. La situación era la contraria. Las campañas de Rundstedt y Rommel no comenzarían hasta casi un mes y medio más tarde, y en aquel momento el Eje se hallaba ante el fracaso de la batalla de Inglaterra y las tremendas derrotas italianas en África. Precisamente estos hechos impulsaban en mayor medida a Hitler a buscar la intervención de España.

 

La carta de Franco obliga a replantearse sus verdaderas motivaciones. Tenía, por fuerza que estar de acuerdo con Hitler en que sus intereses caían del lado del Eje, en que las democracias “nunca le perdonarían su victoria” en la guerra civil, y en que la derrota alemana significaría el fin del franquismo. Sabía que Alemania solo podía abastecerle parcialmente, pero también que una Inglaterra acosada estaba en la misma situación, y además interesada en reducir a España a la penuria, como realmente hacía.

 

Y no solo contaban los intereses generales, sino también la máxima probabilidad, por entonces, de la victoria germana. Hitler había fracasado, al menos de momento, en la invasión de Inglaterra, pero Churchill no podía pensar siquiera en invadir el continente para vencer a su enemigo. Solo podía tratar de ganar tiempo hasta que interviniera Usa, y antes de que ello ocurriera podía haber recibido tales golpes que se viera obligado a pedir la paz. Sin duda la contienda traería a España hambre masiva y la probable pérdida de las Canarias y otros daños, pero, en la perspectiva de una victoria final del Eje, serían sacrificios pasajeros, que no podían preocupar a un dictador sediento de sangre e insensible a los sufrimientos de las masas, según suele presentársele (contra muchas evidencias). Por otra parte, la promesa churchilliana de sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas, valía también para España en una situación extrema. Por tanto, entrar en guerra permitiría a Franco participar en el Nuevo Orden europeo, mientras que abstenerse le llevaría a chocar con un Führer defraudado y hostil, que lo derrocaría sin mucho trabajo.

 

Parece poco creíble, pues, la imagen de un Caudillo empeñado en preservar la no beligerancia, como le han presentado algunos franquistas posteriormente. Todas las razones militaban para él, en principio, a favor de la guerra. Y seguramente era sincero cuando la prometía al Führer. Entonces, ¿por qué no cumplía? Probablemente era menos sincero cuando afirmaba que no pensaba dejar que alemanes e italianos corrieran con la sangre y los sacrificios para sacar tajada en el último momento. En realidad era eso, justamente, lo que quería, como él había indicado a Serrano Súñer: guerra corta, sí, sin vacilar; guerra larga, solo cuando estuviera prácticamente resuelta. Y como la guerra se prolongaba, había que esperar el momento oportuno. De una guerra larga España podría salir vencedora al lado de Alemania, pero exhausta y destrozada, y por ello supeditada por completo al auténtico vencedor. Franco tenía constancia de las ambiciones nazis de satelizar España, y eso nunca lo aceptó, aunque se viera obligado a hacer concesiones ocasionales. Él quería llegar al Nuevo Orden con la mayor fortaleza posible, y sus exigencias coloniales en África formaban parte de ese designio.

 

Por supuesto, Franco no podía ignorar los muy graves contratiempos que ocasionaba a sus amigos, y no cabe pensar que deseara sabotearlos. Pero obraba en la confianza de que no les causaba perjuicios irreversibles. Por otra parte le interesaba la victoria hitleriana… pero no tan apabullante que redujera al resto del continente a la impotencia. Así, pese a desear hacerse con varias colonias francesas, le convenía una Francia potente, como contrapeso a la hegemonía alemana. Y una Italia fuerte, a pesar de que sus planes sobre el Magreb entrasen en conflicto con los españoles. Algo parecido cabe decir de Inglaterra, con la cual procuraba mantener relaciones aceptables, a pesar de todo. De ahí que su política se nos presente como una serie de medidas contradictorias. Hacía ofertas y promesas a Berlín, y al mismo tiempo buscaba acuerdos y créditos en Londres y Washington; proclamaba su amistad con Mussolini, pero tomaba medidas en Tánger y Marruecos contra los intereses italianos; exigía parte del imperio francés, pero procuraba mantener buenas relaciones con la Francia de Vichy; afirmaba que su acercamiento a Portugal perseguía alejar a éste de la órbita inglesa, cuando cualquiera podía entender lo contrario…

 

En realidad, la situación no podía ser más compleja, y creo que solo teniendo en cuenta los embrollados y contradictorios intereses en juego se pueden entender las aparentes contradicciones de la política franquista. El eje de ella consistía en entrar en la guerra solo en el momento oportuno y con los menores sacrificios para España; mientras tanto, procuraba ganar tiempo y no perder bazas, lo cual implicaba asumir serios riesgos, como el de una invasión de la Wehrmacht o un asfixiante bloqueo británico. Al final, el momento oportuno nunca llegaría, y este cálculo oportunista demostró ser, finalmente, el más prudente y beneficioso para todos. Menos, paradójicamente, para sus amigos del Eje.

 

Pio Moa

 

El origen de la libertad en la historia

El origen de la libertad en la historia

Decía Frederick Forsyth –ese excelente escritor de inteligentes bestsellers–, en una reciente entrevista, que desde que tiene uso de razón había sentido amenazada continuamente su vida por fuerzas impersonales que ni le conocían: Hitler, luego la URSS y finalmente el islamismo; no había tenido más remedio que acostumbrarse. Eso denota un inusual clarividencia, a la par que una laudable serenidad ante las fuerzas del mal, fuerzas que no son otras que las que amenazan nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad, ésta última extinta –¡ay!– de toda dignidad en estos tiempos.

 

Si hiciéramos una encuesta a pie de calle, o simplemente repasáramos alguna reciente, veríamos que esta muestra de sentido común brilla por su abismal ausencia: la inmensa mayoría del común no se siente amenazada por tales cosas, en todo caso remite sus temores al poderío estadounidense como principal amenaza para la paz mundial. Esto es así en España y en la vieja Europa, con matices diferenciales que no anulan lo principal: está fuertemente arraigada la creencia de que el pacifismo blandurrio de Europa es la mejor defensa contra esas amenazas a las que se ha acostumbrado Forsyth, pero que no ha dejado de sentir.

 

Nuestra libertad se considera un bien natural, del que no hace falta apropiarse para disfrutarlo. Sin embargo, es un bien muy poco natural que existe sólo si un Estado se apropia de su defensa y acota el campo en el que sus ciudadanos lo disfrutan, sabiendo que en el mundo son muy escasas las zonas donde realmente existe. No es, por lo tanto, un bien privado otorgado por nadie en el nacimiento: es un bien público, en pugna con otros, que sólo se encuentra en nuestra civilización reciente después de un largo proceso de decantación, nada pacífico, por cierto. Y los primeros países que lo obtuvieron no lo hicieron mediante el levantamiento de una revolución contra el antiguo régimen, sino por un pacto con él de dignificación del pasado, pues en lo mejor de la tradición se encontró el punto de apoyo, la idea germinal, de la sociedad civil libre. Cada nación encontró su camino en su pasado, y la que intentó repudiarlo y empezar de nuevo, pasó por periodos de terror y de deshonor luego laboriosos de recomponer.

 

Esto puede tomarse como una simple conjetura o como una constatación de la historia. Si se respetan las evidencias –las prioridades cronológicas–, hay que asumir que antes que fuera efectiva la libertad hubo un estado que protegía la seguridad de sus ciudadanos, y que sin esa seguridad, sin esa nación, sin esas tradiciones, no hubiera crecido la libertad. En cierta medida, es el triunfo del pesimismo hobbesiano frente al buen salvaje de Rousseau, triunfo ahora puesto patas arriba por la opinión dominante, opinión que alientan sin cesar unos líderes políticos de una talla moral infame. Y de esa observación serena, una conclusión ineludible es que no hay libertad si no hay una nación formada en el cristianismo.

 

Cuando ahora se despelleja sin piedad a dictadores que no han tenido más remedio, en un pasado reciente, que levantarse en armas para restituir esos valores, pisoteados por la revolución, de la seguridad nacional y la libertad, no se tiene en cuenta lo que decía Burke: "No quiero decir, Dios me libre, que la virtud de esos hombres debía de tomarse como contrapeso de sus crímenes, pero sí que procuraban algún correctivo a sus defectos". Esos hombres salvaron lo más básico, sin lo cual no hay libertad.

 

Luis Hernández Arroyo

Libertad digital, 27 de diciembre de 2006

HITLER ANTE FRANCO.

HITLER ANTE FRANCO. Hace años un conocido mío me enseñó un artículo escrito por él, rebosante de indignación por los tratos secretos de Franco con Hitler y Mussolini, que a su juicio habían ligado a España a la suerte del Eje.

--Claro -- le repliqué --, y por eso España entró en la guerra mundial, fue arrasada por los bombardeos de los alemanes y los Aliados, y finalmente el régimen de Franco sucumbió junto con los de Hitler y Mussolini. Todo el mundo lo sabe.

-- ¡Pero hombre! ¡Si hoy está clarísimo que si Franco no entró en guerra no fue porque él no quisiese, sino porque no le convino a Hitler…!

 

El articulista tenía ideas muy claras. Había leído a Preston y a Antonio Marquina, y despreciaba sin ambages a Ricardo de la Cierva, cuya lectura le parecía innecesaria. Y como Reig da la vara con el tema, lo trataré con alguna amplitud.

 

Sin duda alguna, mantener a España fuera de la guerra fue un mérito histórico trascendental, un inmenso beneficio para España y aun mayor, probablemente, para las potencias anglosajonas. Ahorró a nuestro país torrentes de sangre, lágrimas y devastación, ante lo cual el hambre de aquellos años, sobre todo la del invierno del 40-41, resulta un coste menor; y libró a los Aliados de un desastre que podría haberles llevado a la derrota. Obviamente, el máximo responsable de la política española en aquellos años lo es también de tales hechos, tanto más valorables por cuanto la izquierda perseguía el objetivo opuesto: meter a España en la contienda mundial, después de haber intentado prolongar la civil con el mismo fin, sin reparar en las destrucciones y nuevos cientos de miles de muertos que habría acarreado.

 

Pero el odio lisenkiano a Franco es tal que prefiere conceder el crédito de tal ventura al mismísimo Hitler, una monstruosidad muy en línea con su imagen de un Frente Popular democrático. Con Franco se rompe una norma elemental: la responsabilidad mayor de una victoria o de una derrota, de un éxito o de un fracaso, recae en quien ostenta la dirección, aun si es un subordinado el ejecutor más inspirado o el autor del plan, o si intervienen sucesos imprevistos. Franco venció, hasta su muerte, a sus muchos y peligrosos enemigos militares y políticos, y no obstante miles de intelectuales, a izquierda y derecha, lo pintan como un sujeto mediocre, gris e inepto ¡Sus éxitos se deberían, siempre, a cualquier persona o circunstancia menos a él…!

 

La interminable polémica en torno a la política de Franco hacia Hitler viene distorsionada de raíz por dos enfoques falsos: el de los lisenkos y asimilados, y el de algunos franquistas empeñados en presentar al dictador español desafiando y burlando al nazi. Como nos ilustra Marquina, la idea de que Franco resistió a Hitler y los alemanes fueron engañados por los gobernantes españoles es ridícula. Desde luego. Pero mucho más ridícula la tesis de que fue Hitler y no Franco el “culpable” de la paz de España. Según ella, Hitler habría tenido un interés muy relativo, o ninguno, por la beligerancia española, y era Franco quien insistía en ella. En algún momento, Hitler la habría aceptado, pero el precio exigido por el Caudillo le había parecido excesivo, por lo que lo habría rechazado sin problemas, máxime cuando su atención se dirigió pronto a la invasión de Rusia. De este modo, involuntario pero efectivo, habría salvado a nuestro país de las ansias belicistas de Franco y de la correspondiente masacre.

 

A mi juicio ningún documento clarifica mejor el conjunto de las relaciones y actitudes hispano-germanas que la larga misiva escrita por Hitler a Franco el 6 de febrero de 1941. El documento merece la máxima atención analítica de cualquier historiador serio. Hitler exponía la enorme trascendencia de la conquista de Gibraltar, bastante bien comprendida por él, al contrario que por muchos comentaristas: “Habría dado un vuelco inmediato a la situación en el Mediterráneo”; “Habría ayudado a definir la historia del mundo”. Y no exageraba mucho. La toma de Gibraltar habría inutilizado prácticamente la base británica de Malta, impedido la entrada o salida de barcos ingleses en el Mediterráneo occidental y respaldado con la máxima eficacia la prevista ofensiva de Rommel en Libia. Y tenía una dimensión global mucho mayor, pues abría paso a la ocupación de la costa occidental norteafricana, impidiendo un posible desembarco inglés o anglouseño (que ocurriría). Además, en la concepción del almirante Raeder, habría permitido al ejército alemán conquistar el norte de África hasta el petróleo de Oriente Medio, creando una tenaza desde el sur sobre la Unión Soviética, cuya invasión estaba prevista para unos meses después. Esta tarea se hallaba muy al alcance del ejército alemán, incluso de una fracción de él, pues, como pronto se demostraría, el ejército inglés no era todavía enemigo para la Wehrmacht.

 

La importancia otorgada por el Führer a Gibraltar explica su frustración y amargura ante las dilaciones de Madrid: “Si el 10 de enero hubiésemos podido cruzar la frontera española, hoy estaría Gibraltar en nuestras manos”; “Se han perdido dos meses, y en la guerra, el tiempo es uno de los más importantes factores. ¡Meses desaprovechados muy a menudo no se pueden recuperar!”; “¡Lamento profundamente, Caudillo, su parecer y actitud!”. Realmente Franco estaba causando a Hitler unos daños estratégicos de la máxima trascendencia, como percibía con nitidez el interesado, que también reprochaba al español, razonablemente, sus excesivas ambiciones en África: “Me permito indicar que la mayor parte del inmenso coste en sangre en esta lucha lo soporta hasta ahora Alemania en primer lugar, y luego Italia, y ambos, a pesar de ello, solamente han presentado modestas reivindicaciones”.

 

Sospechando que Franco se estaba “vendiendo” por los alimentos británicos, Hitler le prevenía de que Inglaterra no tenía intención de ayudarle sino solo de “retrasar la entrada de España en guerra, de paralizarla y con ello incrementar sus dificultades permanentemente y así poder finalmente derrocar al actual régimen español”; aparte de que aun si Inglaterra, “en un arrebato sentimental nunca visto hasta ahora en su historia, quisiera pensar de otro modo, no le sería posible ayudar realmente a España (…) en una época en que ella misma está obligada a rigurosas reducciones en su nivel de vida”, las cuales irían en aumento. En fin, insistía Hitler, “Estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte”, y “En esta histórica confrontación debemos atender a la suprema lección de que en tiempos tan difíciles más puede salvar a los pueblos un corazón valeroso que una al parecer inteligente precaución”.

 

Es difícil expresarse con mayor claridad y deshacer con mayor contundencia la impresión creada por Preston, Marquina y tantos otros. Pero a nuestros tuñonianos y asimilados les da igual. Ellos saben mejor que Hitler lo que Hitler pensaba y quería, como les ocurre con Azaña, con Largo Caballero o con cualquiera.

 

No menor interés tiene el tono general del documento, persuasivo y casi implorante tras haber fracasado, diez días antes, una conminación de Ribbentrop con carácter casi de ultimátum; un tono que asombra aún más cuando Franco le respondiera con otra carta casi insolente. Ante los graves perjuicios que España estaba causando a sus planes, Hitler tenía poder muy sobrado para imponer sus intereses por la fuerza, y sin embargo no lo hizo. No invadió la península, aunque estuvo tentado de hacerlo. Sabemos aproximadamente por qué: la invasión le hubiera sido fácil, pero temía verse enfangado en una reedición del laberinto napoleónico a sus espaldas, mientras preparaba el ataque a Rusia desde Europa. Por lo tanto creyó que solo le convenía atacar Gibraltar con el permiso de Franco, y sus esfuerzos se dirigieron a ello, alternando la conminación y la persuasión. Probablemente cometió un error, comparable, por sus efectos, a su vacilante planeamiento de la batalla de Inglaterra.

 

La carta del Führer demuele también, como veremos, las argucias, más bien que argumentos, con que el Caudillo justificaba sus demoras, lo cual obliga a replantearse la verdadera actitud de éste, así como su evolución.

 

PIO MOA.

Tres "conflictos" distintos y una sola víctima verdadera esta Navidad

Tres "conflictos" distintos y una sola víctima verdadera esta Navidad

Palestina, el Líbano e Irak padecen males similares ante una situación internacional donde la paz que mueve a Zapatero es sólo una palabra, y los cristianos resultan ser siempre víctimas.

 

Hoy nace Cristo, pero en el mundo no hay paz. No es una novedad, porque así ha sido desde que el mundo es mundo y así será hasta que deje de ser; la propia y sabia tradición cristiana está muy lejos de todo utopismo pacifista, y prefiere solucionar de modo práctico los problemas reales de la gente concreta. Aunque Zapatero no lo haya entendido, la meta no es la Paz, perfecta y abstracta –que además no es de este mundo- sino la búsqueda de paz posible allí donde hay dolor y muerte.

 

En Palestina no hay paz. No la hay porque ni se recuerda cuándo la hubo, y no se debe al enfrentamiento entre unos Buenos maravillosos y unos Malos perversos: hay muchos intereses, bandos y opiniones, no sólo étnicos ni religiosos, entreverados hace milenios. Los judíos más o menos radicales, hoy con Ehud Olmert, y los árabes, pero también chiíes y sunníes, laicos en Al Fatah con Abu Mazen (Mahmud Abás) contra integristas de Hamas con Ismael Haniye, y así sucesivamente. Una guerra con múltiples combinaciones, y una sola consecuencia constante que complace a todos los que hoy tienen las armas: la discriminación, el exterminio o el exilio de los cristianos de Tierra Santa, siempre víctimas. ¿Es esto, sea paz o guerra, lo que los españoles quieren y el Gobierno de Juan Carlos I debe proteger?

 

En Líbano, una versión corregida y aumentada de lo mismo. Pero no nos dejemos considerar por abstrusas consideraciones económicas, estratégicas o ideológicas que sólo pueden complacer en un despacho con calefacción a miles de kilómetros de distancia. La única consecuencia constante de todos los conflictos habidos en Líbano desde 1918 ha sido el empeoramiento de la posición de los cristianos, jalonado por el sacrificio de los varones de la familia Gemayel y ahora acompañado del riesgo que corren los soldados españoles. He ahí las víctimas, también cristianas, también cercanas por varias razones a España, también olvidadas.

 

¿Y Mesopotamia? Irak podría ser distinto, desde luego, pero el fracaso imperial de Estados Unidos, que tantas incomprensibles e infantiles alegrías produce en quienes viven a la sombra de ese imperio, tendrá muchas consecuencias, de las que la primera está siendo la huida de las milenarias comunidades cristianas y hasta católicas. ¿Gana algo España con esa situación, de la que en parte es responsable por la huida gallinácea de Zapatero? ¿Será el futuro más justo o más pacífico? Probablemente no, y con seguridad será un futuro aún peor para quienes hoy, como nosotros, celebran la Navidad.

 

Cristo ha nacido para todos, pero corresponde a los cristianos anunciar esa noticia de paz, y hacerlo en paz, y crear la paz –con la justicia- allí donde estén. En torno a los Santos Lugares tres conflictos complejos y crueles rompen la paz, y allí donde Cristo nace mueren cada día hombres y mujeres en Su nombre. A los cristianos occidentales de nuestro tiempo nos cabe sobre todo una responsabilidad que nos será exigida antes o después: suceda lo que suceda el siglo XXI no puede ser el de la desaparición del nombre de Jesús de las tierras que van del Nilo al Tigris. Todo lo demás –poder, riqueza- importa menos ante el sufrimiento de estas víctimas olvidadas por todos.

 

Pascual Tamburri

El Semanal Digital, 25 de diciembre de 2006

MEMORIA DEL TERROR SOVIÉTICO. El hombre que eligió la esclavitud

MEMORIA DEL TERROR SOVIÉTICO. El hombre que eligió la esclavitud

(Para Rosana). Mi primer recuerdo de Valentín González proviene de las Convulsiones de España de Indalecio Prieto, otro testimonio que convendría "redescubrir, reeditar y repensar". Allí se denuncia, por boca de el Campesino, la maniobra de los agentes soviéticos para sacar al socialista del Gobierno. No dudaron entonces en sacrificar tanto Teruel como al legendario combatiente comunista, quien ya en esas fechas había dado muestras de rebeldía contra los enviados de Stalin.

 

Las referencias épicas al Campesino en la bibliografía sobre la Guerra Civil y las enigmáticas menciones a su rebelión contra Líster durante su exilio en la URSS proporcionan a su biografía un aire de acertijo que reclama ser resuelto. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué las fotografías de este simpático barbudo de jersey grueso y rostro afilado iban siempre acompañadas de una arcana mención a su posterior ruptura con el PCE?

El interés histórico y literario despertado por el Campesino es el tema del prólogo de Federico Jiménez Losantos a esta reedición de Vida y muerte en la URSS (1950). Entre otras cosas, FJL revela su propia fascinación por el personaje, de quien Solzhenitsyn había hecho mención en Archipiélgago Gulag y cuya leyenda habría inspirado una novela a un preso político. La introducción subraya, además, el misterio que rodea a algunos capítulos de la vida de Valentín González.

En tal contexto, la narración de los diez años que este comunista pasó en la Unión Soviética, su paso por la Lubianka, el Gulag y los horrores que describe sorprenderán a quien se acerque por primera vez a una obra de denuncia del terror soviético. Incluso cabría preguntarse si todo lo aquí relatado es cierto. Sin embargo, basta un somero repaso a las investigaciones publicadas en las últimas décadas, y reseñadas en la primera parte de El libro negro del comunismo (1997), para darse cuenta de que el Campesino no exageró. Y si a esto le sumamos las obras de Solzhenitsyn, Robert Conquest y Robert Service, redescubiertas para el gran público gracias al magistral Koba el Temible (2003) de Martin Amis, el veredicto no puede ser otro que la confirmación de la veracidad de todo lo denunciado por Valentín González, que por otra parte ya se anunciaba en el profético Mi viaje a la Rusia soviética (1921) del socialista Fernando de los Ríos.

No sólo en Europa, también en los EEUU se produjo una sorprendente labor de ocultación de las miserias del "socialismo real", por parte de compañeros de viaje y palomas troyanas. También allá hubo un Proceso Kravchenko, el protagonizado por la revista The Nation, a la sazón dirigida por el republicano español Álvarez del Vayo, contra su antiguo editor artístico, Clement Greenberg, tras denunciar éste el sesgo prosoviético de la publicación. Mientras tanto, y a pocos metros de distancia, Commentary, la revista editada por el American Jewish Committee, denunciaba las atrocidades bolcheviques en unos conmovedores y epatantes textos hoy tristemente olvidados.

A estos y otros acontecimientos parece aludir el Campesino cuando clama, en el párrafo final de sus memorias, contra los escépticos, cuya actitud equivale, "de hecho, a una complicidad, porque el Kremlin y su quinta columna lo explotan hábilmente para enmascarar su política, desencadenar sus agresiones y preparar su dominación mundial".

Nada de lo contado por el Campesino es nuevo. Con la excepción del barojiano relato de sus infructuosos intentos de huida de la URSS a través de la frontera con Irán, todo había sido destapado por otros. Sin embargo, para el neófito en bolchevismo estas memorias constituyen una valiosísima aproximación a algunos de los más terribles mecanismos del terror rojo; entre ellos, los célebres lavados de cerebro llevados a cabo en la Lubianka, la atmósfera de delación y espionaje a que la temible NKVD sometió al pueblo ruso y la auténtica ley de la jungla imperante en la Unión Soviética, una sociedad de castas en la que el bandidismo fue para muchos el único recurso para sobrevivir. Y, subyacente a estos y otros asuntos, como el genocidio en el Báltico, Ucrania y el Cáucaso, y el Gulag y sus "¡veintitrés millones de esclavos!", el frío y despasionado rigor burocrático con que todo esto se llevó a cabo, algo que incluso hoy en día muchos confunden con un supuesto "alto rendimiento" del sistema político soviético.

Asimismo, el énfasis de el Campesino en la situación de sumisión de la mujer, obligada a menudo a recurrir a la prostitución como medio de subsistencia, derriba uno de los últimos mitos sobre el bolchevismo, que con tanta pericia manejan en la actualidad las plañideras del Muro de Berlín.

El lector familiarizado con la literatura sobre el bolchevismo encontrará, además de todo esto, ilustrativas y clarificadoras alusiones a los métodos usados por la Komintern y la Kominform para asegurarse la sumisión de los partidos comunistas a sus dictados. A este respecto, la entrevista de Indro Montanelli, realizada en el refugio parisino de Valentín González en 1950, y de la que se desprende la misma fascinación ambivalente que el Campesino ha suscitado en tantos, es otro acierto de la presente edición. En ella Gorkin, el transcriptor de los recuerdos de Valentín González, expresa su temor a que su amigo pudiera ser objeto de represalias por parte de los soviéticos, a lo que el héroe comunista replica: "Pero si los rusos vienen a luchar contra Francia o Italia o Alemania, yo estaré aquí con un automático en las manos".

Afortunadamente, no hizo falta que ni él ni nadie empuñaran los fusiles contra los soviéticos en las calles de Roma o París. El imperio soviético se derrumbó, a pesar de los cien años que Javier Tusell y otros le habían augurado, y tras de sí dejó uno de los mayores desastres humanos y ecológicos de la historia. Nunca antes el ser humano había sido capaz de destruir tanto en tan poco tiempo.

Es por esto que el esfuerzo de memoria histórica de Ciudadela es un eficaz antídoto contra la paradoja del sabio que no dice lo que sabe y el necio que no sabe lo que dice. Tal vez algún día veamos el mundo como es, y no como somos nosotros.

Por ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.

VALENTÍN GONZÁLEZ (EL CAMPESINO): YO ESCOGÍ LA ESCLAVITUD. Ciudadela, Madrid, 2006, 240 páginas. Prólogo de FEDERICO JIMÉNEZ LOSANTOS.

 

 

Libertad Digital, suplemento Libros, 22 de diciembre de 2006

¡Viva Pinochet!

¡Viva Pinochet!

Contaba mi padre, allá por los años 30, que en un dramón que tenía mucho éxito en un teatro madrileño el protagonista era un canalla, un facineroso, un castigador y un violador, lo peor de lo peor, vaya, y que en una función, mientras, como de costumbre, el público femenino se estremecía y el masculino gruñía, alguien, en voz alta y clara, soltó: "¡Y a mí que ese tipo me resulta simpático!".

No diré que a mí Augusto Pinochet me resultara simpático, pero con motivo de su muerte he oído y leído tantas sandeces, mentiras, exageraciones y cobardías que me han entado ganas de gritar: "¡Basta ya!".

Pinochet hizo en vida, al menos, dos cosas que ningún otro dictador latinoamericano, o asiático, ha hecho, que yo sepa. Teniendo el poder absoluto, aceptó que se organizara una consulta para cambiar de régimen y volver a celebrar elecciones. Él y los suyos hicieron campaña para que nada cambiara. Perdieron. Y Pinochet acató los resultados. Se celebraron elecciones, las ganó Patricio Aylwin y el dictador aceptó abandonar su poder absoluto. Se limitó a permanecer como jefe del ejército por un breve periodo, y luego pasó a ser senador vitalicio, o sea, un cargo meramente honorífico. No conozco un solo dictador que haya hecho nada semejante; tan democrático, a fin de cuentas.

Pero hay más, y mejor para el nivel de vida de los chilenos. Porque solucionó, o permitió que se solucionara, la gravísima crisis económica que sufría el país. Los actuales alaridos sectarios pretenden hacernos olvidar que el Gobierno de Salvador Allende había conducido Chile a la ruina, y la argucia según la cual "los burgueses estaban descontentos, pero el pueblo no" es pura mentira. Los mineros del norte, los camioneros y otros trabajadores se declararon en huelga casi permanente, los barrios populares se manifestaban a diario, con las famosas caceroladas, etc. Fue, creo, la primera vez que un régimen supuestamente democrático, el de Allende, arruinaba totalmente un país, y que un dictador solucionaba notablemente la crisis. Desde luego, basándose en las teorías liberales de Milton Friedman y con la ayuda técnica de los en su día famosos Chicago Boys.

Eso no quita para decir que hubo una represión monstruosa, dirán nuestros progres. También hay que relativizar, no según el concepto de una sociedad liberal, que condena todo tipo de represión, sino en comparación con otras dictaduras. Sin hablar de los totalitarismos comunista y nazi y sus millones y más millones de muertos, recordaré que los barbudos cubanos de Fidel y Raúl Castro, Guevara y demás lo primero que hicieron al llegar triunfalmente a La Habana fue fusilar a 500 personas, y públicamente, en la calle, para demostrar que su "libertad" había triunfado. Tres mil víctimas en el debe del pinochetismo: es la cifra que se sigue barajando estos días; cifra muy probablemente exagerada, teniendo en cuenta las habituales exageraciones que la progresía viene lanzando contra Pinochet. Para justificar su acusación de "régimen de terror", están obligados a exagerar.

Aunque me dé náuseas esta siniestra contabilidad de víctimas, trátese de Chile o de cualquier otro país, debo decir una vez más que, si se compara con otras dictaduras, no es nada; si la comparación es con el ideario liberal, es intolerable. Pero resulta que Pinochet es un dictador de derechas y anticomunista, y no se le perdona nada, ni lo realmente ocurrido ni lo inventado. Si fuera de izquierdas, progresista o comunista, como otro muerto, Fidel Castro, otro gallo nos cantara.

Apuesto –inútilmente, porque nadie apostará contra mí– a que el día de los funerales del tirano Castro, que no sólo ha matado, encarcelado, censurado y robado mucho más que Pinochet, sino que puso el mundo al borde de la guerra con el asunto de los cohetes nucleares, los comentarios necrológicos serán ditirámbicos; puede que con algún matiz cursi, o de hipócrita reserva, pero nada comparable a lo que hemos leído con motivo de la defunción del general Pinochet.

No creo que sea muy estrafalario considerar que los primeros interesados por Pinochet y su dictadura son los chilenos. Pues bien, los chilenos –o, más bien, sus gobiernos y sus autoridades políticas y judiciales– jamás le han juzgado y encarcelado. Y ha sido enterrado con honores militares, no nacionales, ¡faltaría más!, pero no como un perro o un criminal. Es cierto que sufrió un acoso judicial grotesco, teniendo en cuenta su edad y su alejamiento del poder, pero siempre terminó en agua de borrajas, lo cual demuestra que no existía una verdadera voluntad política para juzgarle por lo alto y condenarle. La única vez que estuvo brevemente en la cárcel fue en Londres, y no por petición del pueblo-unido-jamás-vencido chileno, sino de un juez español, Baltasar Garzón, que en innumerables ocasiones ha demostrado que su carrera personal le importa más que la Justicia.

Sería demasiado largo hacer aquí el recuento de todos los dictadores y caudillos que ha sufrido América Latina, pero de inmediato puede constatarse que el peor, el más tirano, el que ha durado más años, es Castro, no Pinochet, que aceptó abandonar el poder pacíficamente, repito.

Perón, en su primera etapa de poder –la "etapa Evita", digamos–, fue a todas luces un dictador, pero no fue sanguinario; en la segunda, la "etapa Isabelita", Argentina sucumbió al caos, no sólo por culpa de Perón: peronistas montoneros se enfrentaban a tiros con peronistas antimontoneros, y terciaban las milicias sindicales, asimismo peronistas, que asesinaban a diestro y siniestro, hasta que el ejército puso orden, ¡y vaya orden!, peor que en Chile. Aunque no me quepa la menor duda, teniendo en cuenta lo que es Venezuela y lo que es Hugo Chávez, de que las elecciones en este país no son limpias, el caso es que Chávez aún no las ha suprimido; Castro, hace tiempo.

Que quede bien claro que, como liberal, no tengo el menor complejo, al revés, para condenar todas las dictaduras, de izquierdas como de derechas, militares como religiosas, pero eso no me impide ver cuáles son las peores, las más asfixiantes, las más sangrientas, que no son siempre, ni mucho menos, las de derechas.

Concluiré con un par de cositas sobre la actualidad y dos dictadores aún en vida. El tirano Sadam Husein está en la cárcel, se lo merece, condenado a muerte por la matanza de unos 140 chiitas, cuando sus víctimas se cifran en decenas de miles, y su proceso se convierte en un interminable aquelarre, y las cosas trascurren de tal forma en Irak que no sería totalmente imposible que volviera un día al poder... ¿Por qué no se le ha fusilado ya?

El segundo dictador al que me refiero es el presidente iraní, Ahmadineyad, el más peligroso de todos en la actualidad, que, siguiendo las enseñanzas de sus dos maestros, Hitler y Jomeini, se mofa descaradamente del mundo entero, de la ONU, de la UE, y se dota sin remilgos de armas nucleares, mientras se discute si nuclear civil o no. Además, se permite el lujo de organizar concursos de caricaturas antisemitas y conferencias internacionales para "demostrar" que el Holocausto sólo es una gigantesca estafa judía, puesto que jamás existió. Y no sólo promete borrar Israel del mapa, sino que a través de Hamás y Hezbolá le ataca, con la colaboración de Siria. Y las chancillerías occidentales, los políticos, los medios, y hasta el cretino de James Baker, si bien le consideran "mal educado", afirman en su mayoría que es un factor de estabilidad o, en todo caso, una potencia con la que es necesario "negociar".

Ante esos dos monstruos, Pinochet, en comparación, me resulta casi humano, y el futuro me parece más negro que en 1939. No he hablado de la dictadura de Franco. Para otra vez será. No corre prisa. Ha muerto.

Por Carlos Semprún Maura

Libertad Digital, suplemento Exteriores, 19 de diciembre de 2006

Investigaciones modernas sobre Jesús de Nazaret

Investigaciones modernas sobre Jesús de Nazaret


Por el padre Raniero Cantalamesa, ofmcap.

ROMA, sábado, 2 de diciembrede 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario que el padre Raniero Cantalamesa, ofmcap., ha enviado a Zenit a propósito del libro, publicado en Italia, por Corrado Augias y Mauro Pesce bajo el título Investigación sobre Jesús (Inchiesta su Gesú, Mondadori, 2006).

Predicador del Papa desde 1980, el padre Cantalamessa fue anteriormente profesor de Historia de los Orígenes Cristianos en la Universidad Católica de Milán, así como miembro de la Comisión Teológica Internacional.

* * *

P. Raniero Cantalamessa



INVESTIGACIONES MODERNAS SOBRE JESÚS DE NAZARET



1. En la estela del ciclón

El ciclón «El Código da Vinci» de Dan Brown no ha pasado en vano. En su estela están floreciendo, como siempre ocurre en estos casos, nuevos estudios sobre la figura de Jesús de Nazaret con la intención de desvelar su verdadero rostro, cubierto hasta ahora bajo el manto de la ortodoxia eclesiástica. Hasta quien de palabra se distancia de esto, se muestra influenciado de varias maneras.

A tal filón pertenece en Italia el libro de Corrado Augias y Mauro Pesce, un periodista de fama y un historiador de profesión, Investigación sobre Jesús (Inchiesta su Gesú, Mondadori, 2006). Éste se presta a una valoración global de toda la literatura sobre el «verdadero Jesús de la historia» que se publica a chorros en Europa y en América y sigue inspirando novelas, películas y espectáculos. Lo examino con la intención de aportar un poco de claridad sobre toda la cuestión, en nombre de la «Historia de los orígenes cristianos» que enseñé durante años en la Universidad Católica de Milán.

Existen, como es natural, diferencias entre uno y otro autor, entre el periodista y el historiador. Pero no quiero caer yo mismo en el error que, más que cualquier otro, compromete, en mi opinión, esta «investigación» sobre Jesús, que es el de tener en cuenta única y exclusivamente las diferencias entre los evangelistas, jamás las convergencias. Parto entonces de lo que es común a los dos autores, Augias y Pesce. Se puede resumir así: existieron, al principio, no uno, sino varios cristianismos. Una de sus versiones tomó ventaja sobre las demás; estableció, según el propio punto de vista, el canon de las Escrituras y se impuso como ortodoxia, relegando a las demás al rango de herejías y suprimiendo su recuerdo. Sin embargo actualmente podemos, gracias a nuevos descubrimientos de textos y a una rigurosa aplicación del método histórico, restablecer la verdad y presentar finalmente a Jesús de Nazaret por aquello que fue verdaderamente y que él mismo intentó ser, esto es, algo totalmente diferente de lo que las diversas Iglesias cristianas han pretendido hasta ahora que fuera.

Nadie contesta el derecho de historiadores a acercarse a la figura de Cristo, prescindiendo de la fe de la Iglesia. Es lo que la crítica, creyente y no creyente, lleva haciendo desde hace al menos tres siglos con los instrumentos más refinados. La cuestión es si la presente investigación sobre Jesús recoge de verdad, aún de forma divulgativa y accesible al gran público, el fruto de este trabajo, o si en cambio obra de partida una drástica elección dentro de él, acabando por ser una reconstrucción de parte.

Considero que, lamentablemente, éste segundo es el caso. El filón elegido es el que va desde Reimarus a Voltaire, a Renan, a Brandon, a Hengel, y hoy a críticos literarios y «profesores de humanidades», como Harold Bloom y Elaine Pagels. Completamente ausente está la aportación de la gran exégesis bíblica, protestante y católica, desarrollada en la post-guerra, en reacción a las tesis de Bultmann, mucho más positiva acerca de posibilidades de sacar, a través de los evangelios, al Jesús de la historia.

En los relatos de la pasión y muerte de Jesús, por poner un ejemplo, en 1998 publicó Raymond Brown («el más distinguido entre los estudiosos americanos del Nuevo Testamento, con pocos rivales a nivel mundial», según el New York Times) una obra de 1608 páginas. Fue definida por los especialistas del sector como «la medida según la cual todo futuro estudio de la Pasión será medido», pero de tal estudio no hay rastro en el capítulo dedicado a los motivos de la condena y de la muerte de Cristo, ni figura en la bibliografía final, que refiere distintos títulos de obras en inglés.

Al uso selectivo de los estudios le corresponde una utilización igualmente selectiva de las fuentes. Los relatos evangélicos son adaptaciones posteriores cuando desmienten la propia tesis; son históricos cuando concuerdan con ella. Hasta la resurrección de Lázaro, a pesar de estar atestiguada sólo por Juan, se toma en consideración, si puede servir para fundar la tesis de la motivación política y de orden público del arresto de Jesús (pág. 140).

2. ¿Pero qué dicen los apócrifos?

Entremos en el debate más directo de la tesis de fondo del libro. Ante todo a propósito de los descubrimientos de nuevos textos que habrían modificado el marco histórico sobre los orígenes cristianos. Se trata esencialmente de algunos evangelios apócrifos descubiertos en Egipto a mediados del siglo pasado, sobre todo los códices de Nag Hammadi. Sobre ellos se realiza una operación bastante sutil: retrasar lo más posible la fecha de composición de los evangelios canónicos y adelantar lo más posible la fecha de composición de los apócrifos para poderlos usar como fuentes válidas alternativas a los primeros. Pero aquí se choca contra un muro no fácilmente salvable: ningún evangelio canónico (tampoco el de Juan, según la crítica moderna) se deja fechar más allá del año 100 después de Cristo, y ningún apócrifo se deja fechar antes de tal año. (Los más osados llegan, con conjeturas, a fecharlos al inicio del III o a mediados del siglo II).

Todos los apócrifos sacan o suponen los evangelios canónicos; ningún evangelio canónico lo hace respecto a un evangelio aprócrifo. Por poner un ejemplo actualmente más en boga: de los 114 dichos de Cristo en el Evangelio copto de Tomás, 79 tienen un paralelo en los Sinópticos, 11 son variaciones de las parábolas sinópticas. Sólo tres parábolas no están atestiguadas en otro lugar.

Augias, tras la estela de Elaine Pagels, cree poder superar esta desviación cronológica entre los Sinópticos y el Evangelio de Tomás, y es instructivo ver de qué manera. En el Evangelio de Juan se asiste, según el autor, a un claro intento de desacreditar al apóstol Tomás, a una verdadera persecución contra él, comparable a la de Judas. Prueba: ¡la insistencia en la incredulidad de Tomás! Hipótesis: ¿el autor del Cuarto Evangelio no quiere tal vez desacreditar las doctrinas que ya en su tiempo circulaban bajo el nombre de apóstol Tomás y que confluirán después en el evangelio que lleva su nombre? Así se supera la desviación cronológica. Se olvida, de esta manera, que el evangelista Juan pone precisamente en boca de Tomás la más conmovedora declaración de amor a Cristo («Vayamos también nosotros a morir con él») y la más solemne profesión de fe en él: «¡Señor mío y Dios mío!» que, según muchos exegetas, constituye la coronación de todo su evangelio. Si Tomás es un perseguido por los evangelios canónicos, ¡qué decir del pobre Pedro con todo lo que refieren de él! A menos que no haya ocurrido, también en su caso, para desacreditar los futuros apócrifos que llevan su nombre...

Pero el punto principal no es tampoco el de la fecha; es el de los contenidos de los evangelios apócrifos. Dicen exactamente lo contrario de aquello por lo que se invoca su autoridad. Los dos autores sostienen la tesis de un Jesús plenamente introducido en el judaísmo, que no intentó innovar nada respecto a aquél; pero los evangelios apócrifos profesan todos, unos más y otros menos, una ruptura violenta con el Antiguo Testamento, haciendo de Jesús el revelador de un Dios diferente y superior. La revaloración de la figura de Judas en el evangelio homónimo se explica en esta lógica: con su traición, él ayudará a Jesús a liberarse del último residuo del Dios creador, ¡el cuerpo! Los héroes positivos del Antiguo Testamento pasan a ser negativos para ellos, y los negativos, como Caín, positivos.

Jesús es presentado en el libro como un hombre que sólo la Iglesia posterior elevó al rango de Dios; los evangelios apócrifos, al contrario, presentan un Jesús que es verdadero Dios, pero no verdadero hombre, habiendo revestido sólo la apariencia de un cuerpo (docetismo). Para ellos, lo que representa dificultad no es la divinidad de Cristo, sino su humanidad. ¿Se está dispuesto a seguir los evangelios apócrifos sobre este terreno suyo?

Se podría alargar la lista de equívocos en el uso de los evangelios apócrifos. Dan Brown se basa en ellos para avalar la idea de un Jesús que exalta el principio femenino, que no tiene problemas con el sexo, que se casa con la Magdalena... ¡Y para probar esto se apoya en el Evangelio de Tomás donde se dice que, si quiere salvarse, la mujer debe dejar de ser mujer y hacerse hombre!

El hecho es que los evangelios apócrifos, en particular los de matriz gnóstica, no fueron escritos con la intención de narrar hechos o dichos históricos sobre Jesús, sino para transmitir cierta visión de Dios, de sí mismos y del mundo, de naturaleza esotérica y gnóstica. Basarse en ellos para reconstruir la historia de Jesús es como basarse en Así hablaba Zaratustra no para conocer el pensamiento de Nietzsche, sino el de Zaratustra. Por esto en el pasado, aún siendo ya conocidos casi todos, al menos en amplios pasajes, nadie pensó jamás en poder utilizar los evangelios apócrifos como fuente de informaciones históricas sobre Jesús. Sólo nuestra era mediática, en búsqueda exasperada de primicias comerciales, lo está haciendo.

Existen, ciertamente, fuentes históricas sobre Jesús fuera de los evangelios canónicos, y es extraño que se dejen prácticamente fuera de esta «investigación». La principal es Pablo, quien escribe menos de treinta años después de la desaparición de Cristo y después de haber sido un orgulloso opositor suyo. Su testimonio sólo es discutido a propósito de la resurrección, pero para ser naturalmente desacreditado. No obstante, ¿qué hay de esencial en la fe y en los «dogmas» del cristianismo que no se encuentre ya atestiguado (en su sustancia, si no en la forma) en Pablo, esto es, antes de que él tuviera tiempo de absorber elementos ajenos? ¿Se puede, por ejemplo, definir no histórico y fruto de la preocupación posterior de no alarmar a la autoridad romana el contraste entre Jesús y los fariseos y la propia mentalidad legalista de un grupo de ellos, sin tener en cuenta lo que dice Pablo, quien fue uno de ellos y que precisamente por esto había perseguido encarnizadamente a los cristianos? Pero sobre esto volveré más adelante, hablando de la historia de la Pasión.

3. Jesús: ¿judío, cristiano o las dos cosas?

Llego ahora al punto principal compartido por los dos autores. Jesús fue un judío, no un cristiano; no intentó fundar ninguna religión nueva; se consideró enviado sólo para los judíos, no también para los paganos; «Jesús es mucho más cercano a los judíos religiosos de hoy que a los sacerdotes cristianos»; el cristianismo «nace nada menos que en la segunda mitad del siglo II».

¿Cómo conciliar esta última afirmación con la noticia de los Hechos de los Apóstoles (11,26) según la cual, no más de siete años después de la muerte de Cristo, en torno al año 37, «en Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”»? Plinio el Joven (¡una fuente no sospechosa!), entre los años 111 y 113, habla repetidamente de los «cristianos», de quienes describe la vida, el culto y la fe en Cristo «como en un Dios». En torno a los mismos años, Ignacio de Antioquía habla cinco veces del cristianismo como diferente del judaísmo, escribiendo: «No es el cristianismo el que ha creído en el judaísmo, sino el judaísmo el que ha creído en el cristianismo» (Carta a los Magnesios, 10,3). En Ignacio, esto es, a inicios del siglo II, no sólo encontramos atestiguados los nombres «cristiano» y «cristianismo», sino también el contenido de ellos: fe en la plena humanidad y divinidad de Cristo, estructura jerárquica de la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos), hasta una clara alusión al primado del obispo de Roma, «llamado a presidir en la caridad».

Antes aún, por lo demás, de que entrara en el uso común el nombre de cristianos, los discípulos eran conscientes de la identidad propia y la expresaban con términos como «los creyentes en Cristo», «los del camino», o «aquellos que invocan el nombre del Señor Jesús».

Entre las afirmaciones de los dos autores que acabo de referir hay una que merece considerar seriamente y discutir aparte. «Jesús no intentó fundar ninguna religión nueva. Era y siguió siendo judío». Absolutamente verdadero: en efecto, tampoco la Iglesia, en rigor, considera el cristianismo como una «nueva» religión. Se considera junto a Israel (una vez se decía injustamente «en lugar de Israel») la heredera de la religión monoteísta del Antiguo Testamento, adoradores del mismo Dios «de Abraham, de Isaac y de Jacob». (Tras el Concilio Vaticano II, el diálogo con el Judaísmo no lo lleva adelante el organismo vaticano que se ocupa del diálogo entre las religiones, ¡sino el que se ocupa de la unidad de los cristianos!). El Nuevo Testamento no es un inicio absoluto, es el «cumplimiento» (categoría fundamental) del Antiguo. Por lo demás, ninguna religión ha nacido porque alguien haya intentado «fundarla». ¿Acaso Moisés intentó fundar la religión de Israel, o Buda el budismo? Las religiones nacen y toman conciencia de sí después, por parte de aquellos que han recogido el pensamiento de un Maestro y lo han hecho razón de vida.

Pero hecha esta precisión, ¿se puede decir que en los evangelios no hay nada que haga pensar en la convicción de Jesús de ser portador de un mensaje nuevo? ¿Y sus antítesis: «Habéis oído que se dijo..., pero Yo os digo» con las que reinterpreta hasta los diez mandamientos y se pone al mismo nivel que Moisés? Ellas llenan toda una sección del evangelio de Mateo (5, 21-48), esto es, ¡el mismo evangelista sobre el que hace palanca, en el libro, para afirmar el pleno judaísmo de Cristo!

4. ¿Llegado para los judíos, para los paganos o para ambos?

¿Tenía Jesús la intención de dar vida a una comunidad suya y preveía que su vida y doctrina tendrían continuidad? El hecho indiscutible de la elección de los doce apóstoles parece precisamente indicar que sí. Aun dejando de lado el gran mandato: «Id por todo el mundo, predicad el evangelio toda criatura» (alguno podría atribuirlo, en su formulación, a la comunidad post-pascual), no se explican de otra forma todas aquellas parábolas cuyo núcleo originario contiene justamente la perspectiva de una ampliación a las gentes. Piénsese en la parábola de los viñadores homicidas, de los trabajadores de la viña, en lo dicho respecto a que los últimos serán los primeros, o sobre muchos que «vendrán de Oriente y de Occidente para sentarse en la mesa con Abraham», mientras que otros serán excluidos, y otras innumerables afirmaciones...

Durante su vida Jesús no salió de la tierra de Israel, excepto alguna breve escapada a los territorios paganos del Norte; pero esto se explica con su convicción de haber sido enviado ante todo para Israel, para después impulsarle, una vez convertido, a acoger en su seno a todas las gentes, según las perspectivas universalistas anunciadas por los profetas. Es muy curioso: existe todo un filón del pensamiento judío moderno (F. Rosenzweig, H. J. Schoeps, W. Herberg) según el cual Jesús no habría venido para los judíos, sino sólo para los gentiles; según Augias y Pesce en cambio él habría venido sólo para sólo para los judíos, no para los gentiles.

Hay que agradecer a Pesce que no acepta liquidar la historicidad de la institución de la Eucaristía y su importancia en la comunidad primitiva. Éste es uno de los puntos en los que más emerge el inconveniente señalado al principio, el de tener en cuenta sólo las diferencias, y no las convergencias. Los tres Sinópticos y Pablo unánimemente atestiguan el hecho casi con las mismas palabras, pero para Augias esto cuenta menos que el hecho de que la institución sea callada por Juan y que, al referirla, Mateo y Marco tengan «Ésta es mi sangre», mientras que Pablo y Lucas tienen «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre».

La palabra de Cristo: «Haced esto en memoria mía», pronunciada en tal ocasión, recuerda a Éxodo 12,14 y muestra la intención de dar al «memorial» pascual un nuevo contenido. No por nada Pablo en poco tiempo hablará de «nuestra Pascua» (1 Co 5, 7), distinta de la de los judíos. Si a la Eucaristía y a la Pascua se añade el hecho incontrovertible de la existencia de un bautismo cristiano desde el día siguiente a la Pascua, que progresivamente sustituye a la circuncisión, tenemos los elementos esenciales para hablar, si no de una nueva religión, de una forma nueva de vivir la religión de Israel. En cuanto al canon de las Escrituras, es cierto lo que afirma Pesce (pág. 16) respecto a que el elenco definitivo de los actuales veintisiete libros del Nuevo Testamento fue fijado sólo con Atanasio en el año 367, pero no se debería silenciar el hecho de que su núcleo esencial, compuesto por los cuatro evangelios más trece cartas paulinas, es mucho más antiguo; se formó hacia el año 130 y al final del siglo II goza ya de la misma autoridad que el Antiguo Testamento (fragmento Muratoriano).

«Igual Pablo, como Jesús, -se dice- no es un cristiano, sino un judío que permanece en el judaísmo». También esto es cierto; ¿no dice acaso él mismo: “¿Son judíos? ¡También yo! ¡Hasta yo más que ellos!”? Pero esto no hace más que confirmar lo que acabo de advertir sobre la fe en Cristo como «cumplimiento» de la ley. Por un lado Pablo se siente en el corazón mismo de Israel (del «resto de Israel», precisará él mismo); por otro se separa de él (del judaísmo de su tiempo) con su actitud hacia la ley y su doctrina de la justificación mediante la gracia. Sobre la tesis de un Pablo «judío y no cristiano» sería interesante oír lo que piensan los propios judíos...

5. Responsable de su muerte: ¿el Sanedrín, Pilato o los dos?

Merece discusión aparte el capítulo del libro de Corrado Augias y Mauro Pesce sobre el proceso y la condena de Cristo. La tesis central no es nueva; comenzó a circular después de la tragedia de la Shoa y fue adoptada por aquellos que propugnaban en los años sesenta y setenta la tesis de un Jesús zelote y revolucionario. Según ésta, la responsabilidad de la muerte de Cristo recae principalmente, incluso tal vez exclusivamente, en Pilato y la autoridad romana, cosa que indica que su motivación es más de orden político que religioso. Los evangelios han disculpado a Pilato y han acusado de aquélla a los jefes del judaísmo para tranquilizar a las autoridades romanas al respecto y mantenerlas amistosas.

Esta tesis nació de una preocupación justa que hoy todos compartimos: cortar de raíz todo pretexto de antisemitismo que tanto mal ha causado al pueblo judío por parte de los cristianos. Pero la ofensa más grave que se puede hacer a una causa justa es defenderla con argumentos erróneos. La lucha contra el antisemitismo hay que situarla en un fundamento más sólido que una discutible (y discutida) interpretación de los relatos de la Pasión. La ajenidad del pueblo judío, en cuanto tal, a la responsabilidad de la muerte de Cristo reposa en una certeza bíblica que los cristianos tienen en común con los judíos, pero que lamentablemente por muchos siglos fue extrañamente olvidada: «El que peque es quien morirá; el hijo no cargará con la culpa de su padre, ni el padre con la culpa de su hijo» (Ez 18,20). La doctrina de la Iglesia conoce un solo pecado que se transmite por herencia de padre a hijo, el pecado original, ninguno más.

Ya asegurado el rechazo del antisemitismo, desearía explicar por qué no se puede aceptar la tesis de la total ajenidad de las autoridades judías respecto a la muerte de Cristo y por lo tanto de la naturaleza esencialmente política de ella. Pablo, en la más antigua de sus cartas, escrita en torno al año 50, da, de la condena de Cristo, la misma versión fundamental de los evangelios. Dice que los «judíos son los que dieron muerte a Jesús» (1 Ts 2,15), y sobre los hechos acontecidos en Jerusalén poco tiempo antes de su llegada a la ciudad él debía estar mejor informado que nosotros, los modernos, habiendo, en un tiempo, aprobado y defendido «encarnizadamente» la condena del Nazareno.

Durante esta fase más antigua el cristianismo se consideraba aún destinado principalmente a Israel; las comunidades en las que se habían formado las primeras tradiciones orales confluidas después en los evangelios estaban constituidas en su mayoría por judíos convertidos; Mateo, como observan también Augias y Pesce, está preocupado por mostrar que Jesús ha venido a cumplir, no a abolir, la ley. Si había por lo tanto una preocupación apologética, ésta habría debido inducir a presentar la condena de Jesús como obra más bien de los paganos que de las autoridades judías, a fin de tranquilizar a los judíos de Palestina y de la diáspora en relación con los cristianos.

Por otro lado, cuando Marcos y, con seguridad, los demás evangelistas escriben su evangelio ya ha sucedido la persecución de Nerón; ello habría debido impulsar a ver en Jesús a la primera víctima del poder romano y en los mártires cristianos a quienes habían sufrido la misma suerte que el Maestro. Se tiene una confirmación de ello en el Apocalipsis, escrito después de la persecución de Domiciano, en el que Roma se hace objeto de una invectiva feroz («Babilonia», la «Bestia», la «prostituta») a causa de la sangre de los mártires (Ap 13 ss.). Pesce tiene razón al divisar una «tendencia anti-romana» en el evangelio de Juan (pág. 156), pero Juan es también quien más acentúa la responsabilidad del Sanedrín y de los jefes judíos en el proceso contra Cristo: ¿cómo se concilia esto?

No se pueden leer los relatos de la Pasión ignorando todo lo que les precede. Los cuatro evangelios atestiguan, se puede decir que en cada página, un contraste religioso creciente entre Jesús y un grupo influyente de judíos (fariseos, doctores de la ley, escribas) sobre la observancia del sábado, sobre la actitud hacia los pecadores y los publicanos, sobre lo puro y lo impuro. Jeremías demostró la motivación anti-farisaica presente en casi todas las parábolas de Jesús. El dato evangélico es tanto más creíble en cuanto que el contraste con los fariseos no es en absoluto general y por prejuicio. Jesús tiene amigos entre ellos (uno es Nicodemo); le encontramos a veces comiendo en casa de alguno de ellos; éstos aceptan al menos hablar con él y tomarle en serio, a diferencia de los saduceos. Sin excluir por lo tanto que la situación posterior haya influido en cargar ulteriormente las tintas, es imposible eliminar todo contraste entre Jesús y una parte influyente del liderato judío de su tiempo, sin desintegrar completamente los evangelios y hacerlos históricamente incompresibles. ¡El encarnizamiento del fariseo Saulo contra los cristianos no había nacido de la nada y no se lo había llevado consigo de Tarso!

Sin embargo, una vez demostrada la existencia de este contraste, ¿cómo se puede pensar que ello no haya jugado papel alguno en el momento del ajuste final de cuentas y que las autoridades judías se hubieran decidido a denunciar a Jesús ante Pilato únicamente por temor a una intervención armada de los romanos, casi a su pesar?

Pilato no era ciertamente una persona sensible a razones de justicia, como para preocuparse de la suerte de un desconocido judío; era un sujeto duro y cruel, dispuesto a reprimir con sangre el más mínimo indicio de revuelta. Todo ello es muy cierto. Pero él no intenta salvar a Jesús por compasión hacia la víctima, sino sólo por porfía contra sus acusadores, con los cuales estaba en marcha una guerra sorda desde su llegada a Judea. Naturalmente esto no disminuye en absoluto la responsabilidad de Pilato en la condena de Cristo, que recae sobre él no menos que sobre los jefes judíos.

No es cosa, sobre todo, de querer ser «más judío que los judíos». De las noticias sobre la muerte de Jesús, presentes en el Talmud y en otras fuentes judaicas (por más que sean tardías e históricamente contradictorias), emerge algo: la tradición judía jamás ha negado una participación de las autoridades religiosas del tiempo en la condena de Cristo. No ha fundado la propia defensa negando el hecho, sino en todo caso negando que el hecho, desde el punto de vista judío, constituyera delito y que su condena hubiera sido una condena injusta. Una versión, ésta, compatible con la de las fuentes neotestamentarias que, mientras por una parte sacan a la luz la participación de las autoridades judías (de los saduceos tal vez más que de los fariseos) en la condena de Cristo, por otra parte frecuentemente la excusan, atribuyéndola a ignorancia (Lc 23,34; Hch 3, 17; 1 Co 2,8). Es el resultado al que llega también Raymond Brown, en su libro de 1608 páginas sobre «La muerte del Mesías».

Una nota marginal, pero que toca un punto bastante delicado. Según Augias, Lucas atribuye a Jesús las palabras: «Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí» (Lc 19, 27), y comenta diciendo que «es en frases como éstas que cobran fuerzas los partidarios de la “guerra santa” y de la lucha armada contra los regímenes injustos». Hay que precisar que Lucas no atribuye tales palabras a Jesús, sino al rey de la parábola que está narrando, y se sabe que no se pueden trasladar tal cual de la parábola a la realidad todos los detalles del relato parabólico, y que en cualquier caso hay que trasladarlos del plano material al espiritual. El sentido metafórico de aquellas palabras es que aceptar o rechazar a Jesús no carece de consecuencias; es una cuestión de vida o muerte, pero vida y muerte espiritual, no física. La guerra santa no tiene nada que ver.

6. Un balance

Es hora de cerrar esta lectura crítica mía con alguna reflexión conclusiva. No comparto muchas respuestas de Pesce, pero le respeto reconociéndole pleno derecho de ciudadanía a una investigación histórica. Muchas de ellas (sobre la actitud de Jesús hacia la política, los pobres, los niños, la importancia de la oración en su vida) son incluso iluminadoras. Algunos de los problemas suscitados -el lugar de nacimiento de Jesús, la cuestión de los hermanos y de las hermanas de él, el parto virginal- son objetivas y debatidas incluso entre historiadores creyentes (lo último no entre los católicos), pero no son los problemas con los que permanece o cae el cristianismo de la Iglesia.

Menos justificada en una «investigación» histórica sobre Jesús me parece la atención con la que Augias recoge todas las insinuaciones sobre presuntos vínculos homosexuales existentes entre los discípulos, o entre él mismo y «el discípulo que amaba» (¿pero no tenía que estar enamorado de la Magdalena?), como también la detallada descripción de escabrosos sucesos de algunas mujeres presentes en la genealogía de Cristo. De la investigación sobre Jesús se tiene la impresión de que se pasa a veces a habladuría sobre Jesús. Pero el fenómeno tiene una explicación. Siempre ha existido la tendencia a revestir a Cristo con los ropajes de la propia época o de la propia ideología. En el pasado, si bien discutibles, se trataba de causas serias y de gran aliento: el Cristo idealista, socialista, revolucionario... Nuestra época, obsesionada con el sexo, no logra pensar en él más que enfrascado en problemas sentimentales.

Considero que el hecho de haber situado juntas una visión de corte periodístico declaradamente alternativa con una visión histórica también radical y minimalista ha llevado a un resultado en conjunto inaceptable, no sólo para el hombre de fe, sino también para el historiador. Al final de la lectura, uno se pregunta: ¿cómo lo hizo Jesús, que no trajo absolutamente nada nuevo respecto al judaísmo, que no quiso fundar ninguna religión, que no realizó ningún milagro ni resucitó más que en la mente alterada de sus seguidores, cómo lo hizo, repito, para convertirse en «el hombre que ha cambiado el mundo»? Una cierta crítica parte con la intención de disolver estos ropajes puestos a Jesús de Nazaret por la tradición eclesiástica, pero al final el tratamiento se revela tan corrosivo que disuelve hasta a la persona que está bajo ellos.

A fuerza de disipar los «misterios» sobre Jesús para reducirle a un hombre ordinario, se acaba por crear un misterio aún más inexplicable. Un gran exegeta inglés, hablando de la resurrección de Cristo, dice: «La idea de que el imponente edificio de la historia del cristianismo sea como una enorme pirámide situada en vilo sobre un hecho insignificante es ciertamente menos creíble que la afirmación de que todo el acontecimiento –el dato de hecho más el significado inherente a él– haya ocupado realmente un lugar en la historia comparable al que le atribuye el Nuevo Testamento» (Ch. H. Dodd).

¿La fe condiciona la investigación histórica? Innegablemente, al menos en cierta medida. Pero creo que la incredulidad la condiciona enormemente más. Si uno se aproxima a la figura de Cristo y a los evangelios como no creyente (es el caso, creo entender, por lo menos de Augias) lo esencial ya está decidido de partida: el nacimiento virginal no podrá sino ser un mito, los milagros fruto de sugestión, la resurrección producto de un «estado alterado de la conciencia», y así sucesivamente. Algo sin embargo nos consuela y nos permite seguir respetándonos recíprocamente y continuar el diálogo: si nos divide la fe, nos une en compensación «la buena fe». En ella los dos autores declaran haber escrito el libro y en ella aseguro yo que lo he leído y discutido.

Padre Raniero Cantalamessa

[Ex profesor de Historia de los Orígenes Cristianos
en la Universidad Católica del Sagrado Corazón]

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
ZS06120201