Blogia
Foro El Salvador

Iglesia católica

Patriarca de Jerusalén en Belén: La guerra es el peligro para los cristianos

Patriarca de Jerusalén en Belén: La guerra es el peligro para los cristianos


Y no la mayoría musulmana o judía

BELÉN, lunes, 25 diciembre 2006 (ZENIT.org).- Al celebrar la misa en Nochebuena, el patriarca latino de Jerusalén, Su Beatitud Michel Sabbah, constató que la amenaza que provoca el éxodo de cristianos de Tierra Santa no son las mayorías --musulmana o judía-- sino la guerra.

En la homilía de la celebración eucarística, presidida en la iglesia de santa Catalina, junto a la Basílica de la Natividad, el patriarca respondió a los cristianos que piden noticias a los católicos de Tierra Santa sobre sus condiciones.

En presencia del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, sentado en primera fila, Su Beatitud Sabbah dijo que, por los mensajes que llegan de esos cristianos, se constata que «unos quieren vernos en peligro a causa de nuestras relaciones con los musulmanes. Otros quieren vernos pisados entre dos mayorías, musulmana y judía».

«Sí, la cuestión de la mayoría y de la minoría plantea un problema --reconoció--. Y en nuestras relaciones entre musulmanes y cristianos, no hemos alcanzado todavía el perfecto equilibrio, pero muchos esfuerzos son desplegados para llegar un día a la estabilidad querida».

«Pero la cuestión cristiana hoy en Tierra Santa no es en primer lugar una cuestión de minoría entre dos mayorías ni una cuestión de relaciones entre cristianos y musulmanes», afirmó.

«La cuestión de los cristianos y su suerte se juega hoy sencillamente con el conflicto que dura --siguió diciendo--. El verdadero peligro que amenaza hoy nuestro presente y nuestro futuro como cristianos en Tierra Santa y lleva a algunos de entre nosotros a emigrar es sencillamente la cuestión de la inestabilidad política que amenaza todo, la ocupación y todas sus consecuencias en cada aspecto de la vida».

Por eso, concluyó, «quien está verdaderamente interesado por nuestro destino y quiere ayudarnos, he aquí el campo donde es invitado a actuar: la estabilidad política, la justicia, la paz, el fin de la ocupación y la reconciliación».

«Ayudad a los dos pueblos a comenzar un nueva era de paz, de justicia y de reconciliación en la región, y el futuro de los cristianos estará asegurado», fue su exhortación de Navidad.

En esta Navidad ha descendido considerablemente el número de los peregrinos que han venido a Belén con respecto a los últimos años, según ha considerado el alcalde, Victor Batarseh.
ZS06122510

Monseñor Ricardo Blázquez: Navidad, fiesta cristiana y cuna de humanidad

Monseñor Ricardo Blázquez: Navidad, fiesta cristiana y cuna de humanidad
BILBAO, sábado, 23 diciembre 2006 (ZENIT.org). Publicamos la carta que ha escrito monseñor Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, con el título «Navidad, fiesta cristiana y cuna de humanidad».

Navidad, fiesta cristiana y cuna de humanidad



Una buena noticia: Llega Navidad que es una fiesta entrañable. Quizá muchos la han olvidado o nunca la han conocido; quizá algunos han cambiado el contenido de la fiesta; quizá a unos se les ha desvanecido su significación; quizá otros la ven muy distante, perdida en el pasado de su infancia. A todos anunciamos, en medio de muchas noticias preocupantes, la alegre noticia de Navidad. Merece la pena celebrar gozosamente el nacimiento de Jesús, el Salvador del mundo.

La Iglesia desde muy pronto, al menos desde la primera mitad del siglo IV, hizo coincidir el día del nacimiento de Jesús y el solsticio de invierno. Cuando las tinieblas alcanzan la mayor densidad, comienza a levantarse el “sol invicto”; cuando la noche domina sobre el mundo nace Jesús como luz indeficiente. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9,2). A media noche celebramos el nacimiento de Jesús que viene a iluminar las tinieblas del mundo. No sólo el universo se oscurece en la noche; también el corazón del hombre y la humanidad tienen sus tinieblas. ¿No carcomen como termitas el odio, el resentimiento y la venganza, que además impiden al hombre mirar con limpieza y compasión? Navidad es una fiesta de la luz. ¿No necesita nuestra sociedad y la humanidad entera que la luz de la verdad y del amor ilumine nuestro camino? Hay muchas cosas que nos hacen pensar con preocupación, que nos desconciertan y nos entristecen. ¡Ojalá sea Navidad como una ráfaga de luz sobre nuestro mundo! Desde hace algunos años, por iniciativa de la animación misionera, cuando se acerca la fiesta de Navidad, muchos niños con un simpático gesto se convierten en “sembradores de estrellas” en su entorno. ¡Que Jesús nacido como Sol del mundo haga que todos pasemos de ser portadores de amenazas e inquietudes a ser sembradores de luz, de esperanza y de paz!

Los cristianos celebramos la Navidad de Jesús como el nacimiento de la Vida. Dios mismo pronuncia sobre cada niño esta entrañable declaración: Tú eres mi hijo, envolviendo su fragilidad con el manto protector de una sublime dignidad; Navidad es el asombro permanente ante el misterio de la vida que nace, y el fortalecimiento de la repulsa del aborto que mata silenciosamente miles de vidas humanas en el seno materno. El ser humano no es producto de laboratorio, sino don sagrado. A cada hombre y mujer el mismo Dios nos dice: Recobra el gusto por la vida; no te sumerjas en el hundimiento de la tristeza; el Niño de Belén viene a comunicarte el sentido de la vida que recibimos como don y entregamos como donación generosa.

En torno al pesebre donde Jesús fue acostado los ángeles anunciaron la paz venida de lo alto. ¿No necesitamos escuchar aquel canto de Belén cada persona, cada familia, nuestra sociedad? “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!” (Is 52,7). Cuando constatamos la dificultad para hallar los caminos que conducen a la paz, ¿cómo no vamos a saludar a Jesús, el Rey de la paz, que viene a animar nuestra esperanza y a hacernos pacificadores? De la cuna del establo de Belén, donde descansa Jesús, mana una fuerza invencible para trabajar por la paz. Realmente necesitamos celebrar la fiesta de Navidad en nuestro mundo donde la miseria y las guerras siembran desolación.

Jesús recostado en el pesebre y acompañado de María y de José nos invita a mirarlo en silencio, a contemplarlo con espíritu sosegado y sin las prisas que agitan nuestra vida. Tres lecciones podemos aprender contemplando a Jesús en los nacimientos de nuestras casas y templos; la primera lección, fundamental lección, consiste en descubrir en Jesús recién nacido al Salvador de la humanidad e Hijo de Dios, es decir, que se iluminen los ojos de nuestro corazón para penetrar en el misterio de este Niño singular. Una segunda lección: Descubrir el encanto de la sencillez y de la sobriedad; Jesús nos enseña a vivir liberados de la esclavitud del dinero para poder convivir con los necesitados, ya que si las riquezas acaparan el corazón se cierran las manos a la generosidad. En Belén se escucha el clamor de los pobres, de los desamparados y de los excluidos. Y todavía otra lección, en que insisten mucho los pasajes evangélicos de la infancia de Jesús: La alegría y el gozo; la felicidad verdadera no equivale a ponerse alegres provocando artificialmente ese estado placentero, sino en poder recibir el testimonio laudatorio de la buena conciencia.

Si nuestros ojos se purifican con la contemplación de Jesús, podemos mirar a nuestro entorno compasivamente. Desde la adoración de Jesús nos acordamos de los matrimonios cuya convivencia es difícil, de las familias rotas, de las mujeres maltratadas y humilladas, de los niños que crecen sin amor. Belén es una medicina eficaz para la convivencia. En los últimos años hemos recibido muchos inmigrantes; me alegro de que los cristianos que viven entre nosotros hallen no sólo el apoyo en sus necesidades económicas y sociales, sino también la acogida pastoral en las comunidades cristianas y parroquias. Todos, ellos y nosotros, formamos la misma familia de la fe.

La fiesta de Navidad ha creado en nuestros pueblos de hondas raíces cristianas muchas manifestaciones culturales y sociales que nos resultan familiares. Últimamente un goteo constante de noticias sobre eliminación de símbolos religiosos nos llena de preocupación. ¿Por qué excluimos y rechazamos este patrimonio tan entrañable, recibido de quienes nos han precedido en la vida, en la fe y en la orientación de la existencia? La justificación que a veces se aporta para eliminar, por ejemplo, crucifijos o nacimientos es poco convincente: Para que quienes profesan otra religión o son increyentes no se sientan molestos en el Estado aconfesional. Pero el Estado, también el aconfesional como es nuestro caso, no puede excluir lo religioso de los ámbitos sociales perdiendo referencias y símbolos de la religión, ya que sería una forma de imponer el laicismo en la sociedad. Una sociedad como la nuestra, cuyos cimientos son profundamente cristianos, si renuncia a cultivar sus raíces, vivirá desarraigada y perderá vitalidad. Nuestras sociedades son en medida creciente pluriculturales y plurirreligiosas, dado que las migraciones caracterizan a nuestra época; pues bien, esta pluralidad no es respetada sumergiéndola en la invisibilidad, ocultándola en la privacidad y relegándola a la interioridad de cada uno, sino reconociendo abiertamente la diversidad tanto de personas como de grupos, en la intimidad del corazón y en las manifestaciones sociales, y conviviendo respetuosamente unos y otros en el marco del bien común. Sería un recorte indebido pretender conformar la vida social y ética sin los valores específicos de cada pueblo y cultura con el pretexto de que debemos ocultar lo más genuino para que nadie se ofenda. Si despojáramos a nuestros pueblos y ciudades de los testimonios que caracterizan su historia y cultura nos quedaríamos no con una sociedad más convivente sino una sociedad despojada y empobrecida. A nuestras sociedades les urge reflexionar sobre las bases de la convivencia entre ciudadanos creyentes e increyentes, de una religión y otra. La solución no puede ser recortar el derecho a la libertad religiosa, reduciéndola a la conciencia personal, a la sacristía o a la privacidad, sino reconocer la pluralidad como una oportunidad y ayudarle a que se armonice el derecho a la libertad religiosa con los demás derechos fundamentales del hombre que forman una especie de cosmos variado y libre. Nos interesa a todos que meditemos acerca del lugar de la religión en las sociedades democráticas, sin eliminar irrespetuosamente manifestaciones religiosas que no se imponen a nadie sino que recuerdan la historia propia y la profundidad de las tradiciones legítimas de la sociedad donde se vive y convive. ¿Sólo podemos ofrecer a los inmigrantes un trabajo para ganar más euros que en su tierra de origen? ¿Dónde quedarían sus valores culturales y religiosos? En estas condiciones sería obviamente impensable un diálogo interreligioso y un enriquecimiento mutuo de las diversas tradiciones católicas. A quienes llegan de otras latitudes no podemos decirles: “modernízate”, es decir, “entra en la cultura de la secularización”, dejando tus tradiciones, sino aporta tu legítima diversidad a la vida común. ¿Qué comunicamos los cristianos a los que llegan hasta nosotros el frío religioso que congela sus sentimientos o el calor humano y cristiano que los anima y calienta?

Navidad es una fiesta de la Iglesia que tiene un mensaje precioso y capaz de hablar también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo; es, demás, una fiesta con múltiples manifestaciones en la sociedad y en la cultura de nuestro pueblo, que a nadie podemos imponer, pero debemos defender contra los asaltos que padece.

Mons. Ricardo Blázquez Perez
Obispo de Bilbao
ZS06122303

Pronunciamiento de la Comisión de Paz de la Iglesia en Colombia

Pronunciamiento de la Comisión de Paz de la Iglesia en Colombia
BOGOTÁ, sábado, 16 diciembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el recién distribuido pronunciamiento de la Comisión de la Paz de la Iglesia en Colombia.


En el espíritu de la Navidad, que es siempre fuente de renovación y esperanza, al analizar las diferentes manifestaciones de violencia, las dificultades políticas e institucionales por las que atraviesa el país, así como las lamentables condiciones humanitarias, de pobreza e injusticia social que viven millones de colombianos y colombianas, la Comisión de Paz de Iglesia manifiesta:

1. La verdad representa una condición para curar las heridas de la violencia y restituir la dignidad a las víctimas, victimarios y la sociedad en general, en un escenario democrático transparente y con instituciones judiciales eficaces en sus investigaciones, imparciales en sus juicios y libres de todo tipo de presiones.

2. La Iglesia Católica ha estado y estará dispuesta a facilitar y acompañar a todos los procesos que conducen a la construcción de una Colombia reconciliada y en paz, para ayudar a superar las dificultades, juicios e intereses que generalmente constituyen el obstáculo para la construcción de la paz con justicia social.

3. La corrupción política es una de las más graves deformaciones del sistema democrático, porque traiciona los principios de la moral y las normas de la justicia social. Por tal razón, es nuestro deber como pastores rechazar cualquier forma de penetración ilegal y corrupción al interior del Estado.

4. La Comisión de Paz de Iglesia respalda y anima los esfuerzos que se adelantan actualmente por purificar y profundizar la legitimidad de las instituciones democráticas en Colombia. Este propósito requiere transparencia y voluntad política.

5. Exhortamos al Gobierno Nacional y al Ejército de Liberación Nacional a continuar sin vacilación por el camino del diálogo, con definiciones sustantivas y acuerdos de carácter humanitario que den fortaleza y sostenibilidad al proceso.

6. Instamos a los grupos de autodefensa, a sus miembros desmovilizados y a aquellos que se rehúsan a abandonar la violencia armada, para que se respete el sagrado derecho a la vida, retomen con transparencia los espacios de solución política y aprovechen esta oportunidad histórica para la verdad y la reparación como pasos indispensables para la paz y la reconciliación nacional.

7. Hacemos un llamado urgente al Gobierno Nacional y a las FARC-EP para que, como señal clara de una voluntad de paz, restablezcan los canales que conduzcan a la concreción de un acuerdo humanitario por quienes hoy se encuentran injustamente privados de la libertad.

Que en esta Navidad, el Niño de Belén bendiga a Colombia y le de la paz anhelada.



+ Luis Augusto Castro Quiroga
Arzobispo de Tunja
Presidente de la Conferencia Episcopal


Bogotá, D.C., 13 de diciembre de 2006
ZS06121603

ZS06121603

Benedicto XVI: En la lucha contra el terrorismo sigue vigente el derecho humanitario

Benedicto XVI: En la lucha contra el terrorismo sigue vigente el derecho humanitario


El pontífice lanza una reflexión sobre seguridad nacional y derechos humanos

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 12 diciembre 2006 (ZENIT.org).- El derecho internacional humanitario debe ser respetado tanto en las situaciones de guerra, como en la lucha contra el terrorismo, advierte Benedicto XVI.

Y ante las «formas inéditas de violencia» terrorista en tiempos de globalización, que han abierto nuevos escenarios en el planeta, el pontífice ha propuesto una reflexión de carácter jurídico, ético y cultural para ver cómo puede aplicarse el derecho internacional, garantizando la seguridad nacional.

En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, que tendrá lugar el 1 de enero de 2007, recuerda que los Estados se han comprometido al respeto del derecho internacional humanitario y constata que «lamentablemente» «este derecho no ha sido aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes».

Menciona en particular el conflicto que hace meses ha tenido como escenario el sur del Líbano, «en el que se ha desatendido en buena parte la obligación de proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar a la población civil».

«El doloroso caso del Líbano y la nueva configuración de los conflictos, sobre todo desde que la amenaza terrorista ha actuado con formas inéditas de violencia, exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho internacional humanitario y lo aplique en todas las situaciones actuales de conflicto armado, incluidas las que no están previstas por el derecho internacional vigente», subraya la misiva pontificia.

Según el obispo de Roma, «la plaga del terrorismo reclama una reflexión profunda sobre los límites éticos implicados en el uso de los instrumentos modernos de la seguridad nacional».

«En efecto, cada vez más frecuentemente los conflictos no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan grupos terroristas decididos a alcanzar por cualquier medio sus objetivos», constata.

«Ante los hechos sobrecogedores de estos últimos años», el pontífice explica que «los Estados deben percibir la necesidad de establecer reglas más claras, capaces de contrastar eficazmente la dramática desorientación que se está dando».

«La guerra es siempre un fracaso para la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad», advierte, recordando el magisterio de los últimos Papas.

«Y cuando, a pesar de todo, se llega a ella --reconoce--, hay que salvaguardar al menos los principios esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil, estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños y ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas de los conflictos».
ZS06121209

Las comunidades católicas en la India piden protección

Las comunidades católicas en la India piden protección


Tras los recientes episodios de violencia

NUEVA DELHI, lunes, 11 diciembre 2006 (ZENIT.org).- La comunidad católica de la India ha sido víctima en los últimos días de agresiones que han turbado la serenidad de los fieles del país, como el asesinato de un laico católico en Cachemira, una escuela católica saqueada en Tamil Nadu y la agresión a los profesores de otro colegio en Mysore, acusados de querer convertir a chicas hindúes.

La agencia misionera de la Santa Sede, «Fides», dejando espacio a fuentes de la Iglesia local, ha pedido no crear alarmismos e informó que «el clima general no ha cambiado. Nuestras actividades pastorales siguen con normalidad. Continuamos adelante con fe en la oración incesante, sabiendo que la gran parte de la población india no comparte estos ataques y está bien dispuesta hacia los cristianos».

Hace unos días, muchas comunidades católicas del país han lanzado llamamientos públicos y se han manifestado a favor de la libertad religiosa y de la armonía, intensificando la oración y pidiendo protección a las autoridades.

En el estado de Jammu y Cachemira, el líder laico católico Bashir Tantry fue asesinado por un matón no identificado. La policía piensa en un homicidio por motivos religiosos de un fanático, puesto que Bashir Tantry era un ex musulmán, convertido a la religión católica. La pequeña comunidad católica del estado, con su obispo monseñor Celestine Elampassery, ha pedido a la policía mayor protección y seguridad.

En Tamil Nadu, en el extremo Sur de la India, la escuela católica Santa Fátima de Omalur fue atacada y saqueada por un grupo de gamberros que quemaron biblias y devastaron la capilla.
La Federación de las Asociaciones Católicas del Tamil Nadu pidió a las autoridades detener a los responsables, que fueron localizados, e iniciar una investigación que verifique los hechos y a los cabecillas. La violencia estalló después de la noticia de la muerte de una chica que frecuentaba el instituto, por causas todavía sin verificar.

Los líderes católicos locales pidieron que el gobierno del estado tutele las instituciones escolares y sociales administradas por las minorías religiosas y presentaron una petición para la inmediata liberación de las religiosas que trabajan en la escuela Santa Fátima, detenidas sin ningún motivo.

El pasado 30 de noviembre, miembros del Bajrang Dal, ala juvenil del grupo extremista hindú Vishwa Hindu Parishad (VHP), entraron en el colegio femenino del Convento Avila, en Mysore, Karnataka, y asaltaron a varios miembros de la dirección, informa la agencia Compass. Los atacantes acusaron al colegio de intentar convertir a chicas hindúes.

Este colegio de secundaria, establecido por las hermanas carmelitas de Santa Teresa en 1954, tiene en torno a mil alumnas.

«Cuatro hombres entraron en mi despacho identificándose como del Bajrang Dal y VHP –dijo la directora del colegio, hermana Francina--. Uno de ellos abrió una bolsa y arrojó varios libros sobre mi mesa. Luego me preguntó por qué se estaba distribuyendo literatura sobre la fe cristiana en la cercana escuela hindú Sadvidya».

Cuando la hermana Francina negó conocer los libros o su contenido, otro miembro del VHP entró en su despacho con un hombre que identificó como Buta Singh, que no es empleado del colegio. Los extremistas dijeron que Singh estaba distribuyendo literatura cristiana por encargo suyo. Cuando Singh lo negó, los extremistas lo arrastraron fuera y lo golpearon repetidas veces.

Una horas después, unas 50 personas entraron en el recinto del colegio y empezaron a insultar verbalmente a los miembros de la dirección, acusándolos de conversión falta de ética.
Al aumentar la agresividad de la multitud, uno de los extremistas trató de abofetear a la hermana Francina. Cuando miembros de la dirección del colegio trataron de defenderla, los extremistas les golpearon gravemente.

Los extremistas también dañaron una imagen del niño Jesús en la propiedad del convento.
La policía llegó y pidió a los miembros de la dirección del colegio, a Singh y a los extremistas que les acompañaran a la comisaría. El subinspector Shanta Ramu dijo a la hermana Francina que se había cometido el delito de realizar actividades de conversión en el colegio. «El estaba claramente a favor del Bajrang Dal y los miembros del VHP», dijo la religiosa.

Más de 50 profesores del colegio han firmado una denuncia contra los atacantes. La policía arrestó sólo a un miembro del Bajrang Dal por destruir la estatua.

«Los ataques contra los cristianos están aumentando –dijo el padre K.A. William, canciller de la diócesis de Mysore--. El obispo Thomas Vazhapilly y yo hemos denunciado a la policía de Mysore el creciente número de ataques en el estado. Nos aseguró que se emprenderían las acciones necesarias».
ZS06121105

Los Franciscanos de Aranzazu denuncian que existe “miedo a negociar con ETA”

Los Franciscanos de Aranzazu denuncian que existe “miedo a negociar con ETA”

El mal llamado proceso de paz continúa y los franciscanos realizan un seguimiento continuo en sus publicaciones con artículos donde analizan y fijan su posición sobre los últimos acontecimientos del alto el fuego de la banda terrorista ETA

 

En un artículo en la revista Arantzazu, firmado por el fraile Iñaki Beristain, éste

denuncia que "hay miedo a la negociación y al diálogo". Los franciscanos del Santuario guipuzcoano de Aranzazu son los anfitriones de los encuentros entre el PSOE y ETA y denuncian que "hay miedo a la negociación y al diálogo", subrayando que "hay interés visible de colocarse en posiciones de ventaja cara a las conversaciones que se están produciendo o se vayan a producir".

 

A su juicio, "para obtener esa ventaja se puede uno valer de la violencia o de las víctimas o de lo que dicen que 'el pueblo' exige, del peligro de la vuelta atrás o de decir no a todo". Pero, ¿se puede permitir que ETA actúe como un interlocutor político más? El secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, el padre Juan Antonio Martínez Camino, ha puesto de relieve la postura que la Iglesia mantiene al respecto después de las "Orientaciones morales ante la situación actual en España" aprobadas en Asamblea Plenaria. De hecho, no puede haber ninguna “medida de gracia” a los integrantes de la banda terrorista ETA hasta que no renuncie al terror.

 

El padre Camino ha recordado en reiteradas ocasiones que el terrorismo “es intrínsecamente perverso, vulnera el derecho a la vida, a la libertad y es la muestra de la más dura intolerancia” por lo que no puede ser justificado de “ninguna manera” y añadió: “Quien trata a los terroristas como interlocutores políticos se convierte en cómplice de sus pecados”.

 

En otro escrito reciente del mes de diciembre, los franciscanos expresan su preocupación "por las dificultades que está viviendo el proceso hacia la paz". También el editorial del mes de octubre de la revista Arantzazu, que lleva por título 'Queremos una fiesta en paz', tiene por objeto analizar la situación que en aquel momento vivía el alto el fuego de ETA. El editorial pide a los políticos que "dejen de marear la perdiz" y que "hablen donde tengan que hablar y no nos trasladen a

través de la prensa sus follones y disensiones".

 

Análisis Digital, 11 de diciembre de 2006

El arzobispo de Pamplona analiza el Manifiesto del PSOE sobre Constitución y laicidad

El arzobispo de Pamplona analiza el Manifiesto del PSOE sobre Constitución y laicidad

Publicamos el análisis que ha hecho del Manifiesto del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sobre Constitución y laicidad monseñor Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo de Pamplona, y obispo de Tudela.

* * *

1º. Conviene reconocer desde el principio que es bueno poder contar con textos como éste en el que aparece manifiestamente el pensamiento de quienes tienen especial responsabilidad en la vida pública. Esta es la forma de poner en claro las ideas de cada uno y de facilitar un debate público, serio y objetivo.

2º. El Manifiesto organiza su argumentación en torno al concepto de laicidad. Lo primero que llama la atención es que a lo largo del texto no se encuentra ninguna definición de este concepto. La lectura atenta del mismo deja la impresión de que se confunde laicidad con laicismo. En todo caso, para avanzar en el diálogo tendríamos que ponernos de acuerdo en el significado de cada una de estas dos palabras. Para los católicos, normalmente, laicidad del Estado y de las instituciones políticas significa neutralidad ante las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. El Estado reconoce el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos y favorece su ejercicio, sin hacer suya ninguna religión en concreto ni discriminar a ningún grupo por razones religiosas. Entendida así, laicidad equivale a lo que podríamos llamar neutralidad religiosa positiva. Este concepto de laicidad ha sido expresamente aceptado por el magisterio reciente de la Iglesia y forma parte de la visión de la democracia hoy dominante en los ambientes católicos. En cambio, cuando hablamos de laicismo entendemos aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos, que debe ser protegido por los poderes públicos, sino que la considera más bien como una actividad peligrosa para la convivencia, que debe por tanto ser ignorada, marginada y aun políticamente reprimida.

3º. Si estos conceptos se aclarasen, podríamos estar de acuerdo en que la laicidad, rectamente entendida y ejercida, es garantía de libertad, igualdad y convivencia. La confusión de conceptos aparece cuando se recurre a un «minimo común ético constitucionalmente consagrado», que se presenta como fruto de la voluntad y soberanía de la ciudadanía, al que se atribuye un valor supremo y definitivo, sin sujeción a «ningún orden preestablecido de rango superior». Lo sorprendente es que, cuando se quiere describir este «mínimo común ético», no se hace a partir del texto constitucional ni de las convicciones o ideales morales de los ciudadanos que, en ejercicio de su soberanía, lo elaboraron, aprobaron y promulgaron, sino que es presentado en nombre de una concepción ideológica y laicista sobreañadida al texto constitucional e impuesta gratuitamente al conjunto de la población.

4º. A mi juicio, el defecto del raciocinio aparece cuando se intenta explicar la visión de conjunto. Los autores del Manifiesto quieren resolver el problema que la pluralidad cultural de los ciudadanos puede suponer para la convivencia. No hay duda de que es un fin bueno e importante. El error está en que, en vez de entender el ejercicio de la autoridad como un servicio al bien común de los ciudadanos, incluido el ejercicio de la libertad religiosa según sus convicciones religiosas y morales, se da por supuesto que las religiones no pueden proporcionar un conjunto de convicciones morales comunes capaces de fundamentar la convivencia en la pluralidad, sino que son más bien fuente de intolerancia y de dificultades para la pacífica convivencia. Por lo cual, para evitar los conflictos previsibles, es preciso recluirlas a la vida privada y sustituirlas en el orden de lo social y de lo público por un conjunto de valores denominados «señas de identidad del Estado Social y de Derecho Democrático», sin referencia religiosa alguna, impuestos desde el poder político, a los que se concede el valor de última referencia moral en la vida pública. En este contexto, descartadas las convicciones religiosas y morales de los ciudadanos como inspiradoras de la convivencia, corresponde al poder político configurar la nueva conciencia de los ciudadanos en sustitución de su conciencia religiosa y moral., por lo menos en lo concerniente a la vida social y política.

5º. En esta manera de razonar se oculta una visión empobrecida y desfigurada de la religión. Se da por supuesto que la conciencia moral fundada en la religión no es capaz de fomentar la convivencia en la pluralidad, por lo que la diferencia de religiones se ve como un peligro para la convivencia democrática. El Manifiesto dice: «Los fundamentalismos monoteístas y religiosos siembran fronteras entre los ciudadanos». ¿Se quiere decir con ello que los monoteísmos y las religiones en general son siempre fundamentalistas? Porque si fuera de otro modo no valdría el argumento. Nosotros pensamos que, al menos en lo que se refiere a la religión cristiana y católica, esta manera de ver las cosas no responde a la realidad y resulta objetivamente ofensiva. Fe cristiana y fundamentalismo son dos cosas distintas. Más todavía, cualquier religión, vivida auténticamente, no es fundamentalistas. Porque Dios no es fundamentalista. El fundamentalismo implica intolerancia, se vista de monoteísmo o de laicismo. Los católicos entendemos las cosas de otra manera. Basta leer algunos documentos del Concilio Vaticano II, algún resumen reciente de la Doctrina Social de la Iglesia o los documentos pertinentes de la Conferencia Episcopal Española. En el proceso político la realidad original son los ciudadanos, como sujetos libres, a la vez personales y sociales. Son ellos quienes libremente y según su manera de entender las cosas, se dan unas normas para regular su convivencia. Ellos construyen un sistema de convivencia según sus propias convicciones, culturales, religiosas, sociales y morales, como fruto de su voluntad de convivencia, que queda garantizada por las leyes y en último término por la conciencia moral de los ciudadanos y de los gobernantes. En consecuencia, quienes administran los bienes comunes y protegen el bien común de la convivencia tienen que interpretar los textos jurídicos y ejercer el poder de acuerdo con los textos aprobados, y en último término con las convicciones y los intereses de los ciudadanos que organizaron la convivencia para el bien de todos. No hay ninguna necesidad de que los poderes políticos impongan otro código moral ideológico, ajeno a los ciudadanos, por lo menos a buena parte de ellos, en sustitución de sus convicciones religiosas y morales, puesto que son estas mismas convicciones las que respaldan y garantizan el sentido vinculante de las normas comunes de convivencia. Quien conozca de cerca la versión actual de la moral social de la Iglesia, verá fácilmente que los cristianos no necesitamos prescindir de nuestra fe y nuestros criterios morales para tener un sentido tolerante y democrático de la convivencia. La proyección del amor al prójimo, norma suprema de nuestra conducta moral, al campo de las realidades políticas, es base suficiente y firme para fundamentar las necesarias actitudes de justicia, tolerancia y solidaridad. La dimensión social y política de la fe y de la caridad es esencial para nosotros. La fe en Dios descubre unas dimensiones nuevas de la vida personal y suscita un ideal de vida que abarca la totalidad de la vida personal, en su realidad más íntima, en las relaciones interpersonales y en toda clase de actuaciones. Es más, la veracidad del amor a Dios se comprueba por la sinceridad y efectividad del amor al prójimo.

7º. Esta proyección social y política de la fe y de la caridad es capaz de sustentar un orden democrático de convivencia en una sociedad libre y pluralista, con tal de que las religiones, asumidas libremente por los ciudadanos, adopten entre sí una posición respetuosa y tolerante y sean capaces de ampliar estas mismas actitudes hacia los sectores laicos no religiosos. Así es como nos situamos los cristianos. Por eso no podemos aceptar como justo el intento de recluir nuestras convicciones religiosas al ámbito de la vida privada, para imponernos como base y condición para la convivencia democrática unos valores y una interpretación de los textos constitucionales que eliminan nuestra visión religiosa de la vida y la manera de entender el bien común de quienes formamos parte de la sociedad. La convivencia en una sociedad religiosa y culturalmente plural no necesita un apoyo exterior a las religiones, impuesto autoritariamente desde fuera, basta con que los ciudadanos encuentren en sus respectivas conciencias religiosas fundamentos eficaces para el respeto a la libertad de los demás, actitudes claras y abiertas de tolerancia y colaboración. Según esta manera de ver las cosas, la laicidad del Estado consistirá en que el poder político respete y favorezca por igual el desarrollo de cada religión y de la visión laica de la vida, de forma proporcionada a su implantación y significación social, sin discriminar ni privilegiar a ninguna de ellas, dejando que cada grupo viva tranquilo según sus propias convicciones y valores. Si hay dificultades para fundamentar la convivencia, los poderes políticos tendrán que exigir a los líderes y responsables de cada grupo el desarrollo de esta conciencia de convivencia y tolerancia entre sus miembros. Lógicamente esto supone que tanto los ciudadanos religiosos como los laicos quieran convivir pacíficamente, supone también que las religiones sean capaces de desarrollar unos criterios morales capaces de fundamentar la convivencia con otras religiones y con los que no tienen ninguna religión. Como requiere también que los laicos reconozcan a la religión en general y a cada una de las religiones presentes, como elementos positivos de la convivencia. sin alimentar sospechas ni reticencias respecto de su capacidad de fundamentar un comportamiento tolerante y democrático. Desde el año 1971 la Iglesia española ha seguido en este punto un itinerario intachable. Si en la nueva situación de pluralismo religioso incipiente, favorecido por el crecimiento de la inmigración en estos últimos años, aparecen dificultades, tendremos que hacer todos, autóctonos y recién llegados, un esfuerzo de adaptación a la nueva situación.

8º. Es posible que los autores del Manifiesto piensen de otra manera y tengan la convicción de que las ideas religiosas son incapaces de fundamentar un comportamiento social aceptable. Tal manera de pensar se manifiesta cuando dicen, p.e., que sin la laicidad no hubieran podido ser consideradas como delitos algunas prácticas rechazables, como la ablación o la violencia familiar. Así se explica también que el texto entienda el concepto de laicidad como un verdadero laicismo, que no se conforma con la neutralidad religiosa del Estado, sino que lleva a desplazar las ideas religiosas y sustituirlas por otros valores sin referencia religiosa alguna. Estos valores, entendidos de manera absoluta, sin referencia a un orden moral objetivo, pueden ser interpretados como convenga en cada caso, hasta reconocer como verdaderos derechos algunas prácticas incompatibles con principios morales fundados en la recta razón y recogidos en la Constitución, tal es el caso, p.e., de la legitimación del aborto, la producción y destrucción de embriones humanos con fines interesados, el reconocimiento de los pactos de convivencia entre personas del mismo sexo como verdadero matrimonio, etc. Tales cosas no son fruto de la laicidad sino de la supresión de criterios verdaderamente morales en el ordenamiento de la vida pública y en el ejercicio de la autoridad. El futuro no está en un laicismo obligatorio, sino en el diálogo honesto y sincero de las religiones entre sí y con los sectores laicos.

9º. El protagonismo reconocido en el Manifiesto a los valores laicos de ciudadanía y convivencia, no solamente desplaza la influencia ética de las religiones, sino que se impone incluso sobre el sentido más obvio del texto constitucional. Varias expresiones del Manifiesto hacen pensar que sus autores argumentan más desde una ideología laicista, previa al texto constitucional, que a partir del texto objetivo de la Constitución de 1978. De otro modo no se explica la innecesaria equiparación de la Constitución de 1931 con la de 1978 como muestra de la «más alta plasmación» de la vida democrática del pueblo español. Da la impresión de que se quiere presentar la Constitución de 1931 como complemento y referencia interpretativa de la Constitución actualmente vigente. ¿Es que el ejercicio de la soberanía de la nación española que sustenta el texto constitucional de 1978 no fue suficiente? ¿No fue, al menos, tan pleno y eficaz como el de 1931? En el Manifiesto se presenta la laicidad como un principio esencial de la Constitución actual, pero este término no aparece en el texto constitucional, aunque sí esté presente esta idea con expresiones equivalentes. Se pretende definir las relaciones de las instituciones políticas con las religiones y con la Iglesia católica sin hacer la menor referencia al art. 16 de la Constitución vigente. Y se quiere también describir la naturaleza y la función social de la educación sin tener en cuenta ni aludir siquiera al art. 27 de nuestra Constitución.

10º. Finalmente, el ritmo y la estructura del texto hace pensar que está elaborado para justificar la existencia y la imposición de la nueva asignatura «Educación para ciudadanía». Se dice que los poderes políticos tienen que contribuir a formar las conciencias de acuerdo con el «mínimo común ético constitucional». Reconocer al poder político como legítimo formador de las conciencias de los ciudadanos puede ser una afirmación peligrosa. El recurso a ese mínimo ético constitucional implica algo que no se dice, que es la facultad de interpretar el sentido de esos principios éticos que se reconocer al poder político. Sin respetar los principios morales de los ciudadanos, ni siquiera el sentido evidente del texto constitucional. En cambio, una visión verdaderamente democrática de la cuestión obliga al poder político a respetar las convicciones religiosas y morales de los ciudadanos sin obligarnos a someter nuestra conciencia a los criterios o a las opiniones personales de los gobernantes. El texto afirma que el sistema educativo constitucional no prevé una «educación neutral», sino que intenta «trasmitir y promocionar» el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades necesarios para consolidar el régimen constitucional y la convivencia de todos. Contra esta manera de pensar decimos que «los principios democráticos de convivencia» nacen de las convicciones morales de los ciudadanos que inspiraron el texto de la Constitución. En consecuencia estos principios sobre los que se apoya la convivencia no pueden ser interpretados por el poder político desde otros principios añadidos y sobrepuestos al texto constitucional, sino que deben ser interpretados respetando las convicciones religiosas y morales de los ciudadanos y la consecuente y primaria responsabilidad educativa de los padres (artículos 16 y 27, 2 y 6). En consonancia con esto hay que decir que la Constitución de 1978 no tiene por qué ser interpretada desde la de 1931. Esta si es laica, y laicista. La actual no. Al final del recorrido se ve el valor esencial que en los proyectos del gobierno tiene la asignatura de «Educación para la ciudadanía». Si las religiones no son capaces de fundamentar la convivencia «porque siembran fronteras entre los ciudadanos», el gobierno tiene que mentalizar las nuevas generaciones con otros principios morales no religiosos «para consolidar y perpetuar la vigencia del propio régimen constitucional y la convivencia de todos». Uno no puede menos de preguntarse si esta manera de entender las cosas puede tener cabida en una mentalidad verdaderamente democrática.

11º. Este rápido análisis muestra que el debate entre laicistas y cristianos no es un debate banal, sino que afecta a graves cuestiones de antropología como la concepción de la libertad, el origen de los principios morales y en último lugar la existencia o no existencia de un Principio superior, que se hace presente en la historia humana, y que es a la vez autor de la vida y fundamento de la libertad y de la conciencia del hombre. Esto es precisamente lo que los cristianos reconocemos, con una inmensa gratitud, en Jesucristo, aceptado y adorado como Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, Señor y Salvador del mundo y de la historia. A pesar de todo los católicos pensamos que laicos o laicistas y católicos podemos convivir pacíficamente, como podemos también convivir fieles de distintas religiones, a partir del respeto a los derechos y obligaciones fundamentales derivados del reconocimiento del valor absoluto de la persona en una sociedad de hombres libres. Esta convivencia requiere un conjunto de convicciones comunes respetadas por todos, clarificado y enriquecido mediante el diálogo constante, sin necesidad de excluir las ideas religiosas del patrimonio cultural y social de la sociedad en la cual estamos todos integrados. Los ciudadanos católicos podemos decir a un gobierno realmente laico: déjennos ser católicos con todas las consecuencias, más todavía, ayúdennos a ser buenos católicos, porque de nuestra catolicidad nacen para nosotros los fundamentos de una sólida ciudadanía, abierta y sincera que estamos dispuestos a compartir con los demás grupos en un esfuerzo constante por construir y actualizar un patrimonio común respetuoso con las convicciones de todos.

12º. En resumen, el Manifiesto con el que los socialistas han querido conmemorar el XXVIIIº aniversario de la Constitución nos ofrece la posibilidad de un diálogo riguroso y sereno. Por el momento, con los debidos respetos, no me parece un texto bien elaborado, contiene confusiones importantes y esconde una concepción de la vida política injusta con la religión y excesivamente autoritaria. Un texto, además, que con apariencias laudatorias desplaza el valor y el verdadero sentido de la Constitución. Me gustaría que alguien me convenciera de lo contrario.

Pamplona, 09 de diciembre de 2006

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzpo. Pamplona, Obpo. Tudela
ZS06120903

Homilía del Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Vigilia de "La Inmaculada"

Homilía del Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Vigilia de "La Inmaculada"

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Con la Inmaculada Concepción comienza el tiempo nuevo de la esperanza.
Si con el tiempo de Adviento, la Iglesia emprende, cada año de nuevo, el camino de la esperanza, la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos señala a su vez dónde se encuentra la puerta para acertar en el camino de la esperanza, más aún, nos indica con la luz clara de la revelación divina que Ella misma ¡MARIA! es esa Puerta de la Esperanza. La Iglesia, incluso, no ha dudado nunca en invocarla como “MATER SPEI” –MADRE DE LA ESPERANZA–. Con su Inmaculada Concepción comienza un tiempo nuevo donde es posible la esperanza para los hombres de todos los tiempos, antes y después del Nacimiento de su Divino Hijo. Siempre pues que celebramos en el día de su Fiesta anual el Misterio de su Concepción sin mancha de pecado por gracia singular de Dios, retomamos el camino de la esperanza que nos lleva a la vida y felicidad verdadera, a la Gloria, si es que nos habíamos desviado de él o, en cualquier caso, nos reafirmamos en perseguirlo con nuevo vigor espiritual y con gozo creciente por sabernos más cerca de la meta: la de la santidad que es la forma verdadera para que el hombre consiga esa felicidad que tanto ansía y esa vida sin sombra ni ocaso a la que aspira en lo más íntimo de su corazón.

¿Por qué María, la Inmaculada Concepción, es la Puerta de la Esperanza, más aún, la Madre que ha engendrado en el mundo y para el hombre la esperanza? La inicial repuesta a esta pregunta, siempre estimulante e inquietante para los cristianos de todos los tiempos y, si cabe, más aún para el hombre contemporáneo, la encontramos en el Libro del Génesis, más concretamente en su relato del pecado de “los primeros padres” que acabamos de oír en la primera Lectura. Esa respuesta primera se descubre en la promesa del Dios Creador cuando el Señor Dios dice a la serpiente tentadora, figura de Satanás, el príncipe del mal: “establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Ge 3,15). Ciertamente la promesa se cumplirá más tarde cuando llegue aquella hora prevista en su Plan de Salvación en la que María, la Virgen de Nazareth, concebida sin pecado original, engendre en su purísimo seno al Hijo Unigénito de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo. Pero, también, con no menos certeza, hay que afirmar que el horizonte de la esperanza empieza ha abrirse como una aurora de luz recién amanecida en ese momento del Paraíso, en que el hombre cae y Dios se muestra ya dispuesto a que esa caída no sea irreversible y definitiva.

¿Qué había ocurrido? Pues que Adán, el padre de la humanidad, había desobedecido a Dios por la intervención de su mujer Eva, llamada a ser la Madre de los vivientes, que cede a la seducción de la serpiente. Ambos habían sucumbido no solamente a la tentación de la ruptura con su Creador, sino, incluso, a la halagadora mentira de Satanás que les aseguraba que serían como dioses, comiendo del fruto del árbol del bien y del mal: ¡desobedeciendo a Dios podían aspirar con éxito a ser como dioses! Las dudas y vacilaciones de Eva son disipadas pronto por el tentador, sirviéndose de una insidia, extraordinariamente sutil y eficaz, y de una inaudita soberbia y altivez: “¡No moriréis! –le dice a la mujer–. Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Ge 3,4-5). ¡Querer ser como dioses! Eh ahí el comienzo de una historia de pecado que va a llevar al hombre una y otra vez a su ruina espiritual y física, a la desesperación y a la muerte. A ese primer capítulo de la ruptura del hombre con Dios, que le ha creado a imagen y semejanza suya y lo ha llamado, por tanto, al conocimiento de la verdad y del bien y que le ha convocado a la libertad en el Amor, seguirán otros sin interrupción hasta hoy mismo. El hombre ha continuado rindiéndose a la tentación de pecar hasta el punto de autoconsiderarse y de autoproclamarse así mismo como “Dios”: la última instancia que decide sobre lo que es bueno y lo que es malo. Lo ha hecho y lo hace repetidamente tanto en su condición de sujeto individual, y para su propio gobierno personal, como cuando actúa como titular de poder y responsabilidades sociales y políticas.



La historia de la fe en Dios y la historia del hombre.

Muchas y muy variadas son las claves con las que se ha querido interpretar la historia universal: políticas, militares, culturales y económicas. Perspectivas legítimas todas ellas, pero parciales. La clave más importante para comprender la historia de la humanidad en toda su verdad es, sin duda, la de sus relaciones con Dios: ¡la historia del hombre gira en lo más hondo de sí misma en torno a la verdad de Dios! Se niega a Dios y se le falsea constantemente, pero al mismo tiempo se le busca con incesante afán en las circunstancias más angustiosas de la existencia personal y colectiva. Se intenta manipularle al servicio de los intereses egoístas del poder y del placer a costa de un reguero interminable de tiranías insoportables y de ruinas interiores y exteriores de pueblos y naciones y se sospecha en lo más recóndito de la conciencia que sólo Él pueda salvarnos. La pretensión de intercambiar a Dios por los ídolos fabricados por el hombre desemboca irremisiblemente en fracasos históricos que suscitan en el interior de los más clarividentes la conciencia moral de haberlo hecho mal: ¡de haber pecado! El curso de la historia humana se asemeja no pocas veces a un caminar en zig-zag a la búsqueda de la verdad de Dios, como principio y fin de todas las cosas y Creador amoroso del hombre, como fuente de la sabiduría y de la vida y como Autor de la ley moral, inscrita en la naturaleza del hombre. El acierto es escaso, como lo demuestra abundantemente la historia de las religiones. Las desviaciones de la verdadera ruta religiosa y moral que lleva al conocimiento del Creador a través del elocuente “lenguaje” de la creación, lo más frecuente. La tentación de la idolatría no acaba nunca de ser vencida y siempre se termina por el trueque falsificador de la verdad de Dios por la moneda contante y sonante del poder humano. La razón la busca entre sombras, enturbiada y obnubilada por las pasiones endémicas, propias de la índole humana. El acceso a la fe se va alejando del corazón y de la libertad del hombre como una actitud añorada, aunque finalmente imposible.


La historia de la negación de Dios superada en la plenitud de los tiempos por el “Sí” de la humilde Doncella de Nazareth, María, la Virgen Inmaculada.

Ni siquiera el Pueblo elegido por Dios, Israel, al que cuida Él como “una Madre” a lo largo de una historia de liberación exterior y de una constante iluminación interior por la palabra profética, es capaz de salir por sí solo de ese atolladero espiritual, al parecer, insalvable. ¿De dónde nos vendrá el auxilio, cantaba implorando y confiando su salmista? ¿Será algún día posible “cantar al Señor un cántico nuevo”? ¿Se podrán ver sus maravillas, “la victoria de su santo brazo” y el regalo de su misericordia y de su fidelidad en un futuro alcanzable para Israel? ¿Era posible realmente la esperanza? ¿Se podía esperar de verdad y con verdad al Mesías, prometido por los Profetas?

Efectivamente, la respuesta victoriosa de Dios, y con ella y por ella, la victoria del hombre sobre el pecado y sobre la muerte, no se iba a hacer esperar. De entre los humildes del pueblo y de entre las sencillas y piadosas doncellas de Israel iba a ser elegida una Virgen, concebida sin pecado, para ser la Madre del Hijo del Altísimo, de Jesús. Aquél día en que el Ángel Gabriel le anuncia que ha sido llamada para asumir esa Maternidad por la que va a llegar al mundo la salvación, con las palabras de un saludo desvelador de lo que había ocurrido con Ella desde el momento de su Concepción –“Alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo”–, la Aurora de la esperanza, visible desde el mismo día del pecado de Adán y Eva y de la predicción de la derrota final de “la serpiente”, se convierte en un amanecer desbordante de la Luz de Dios que va a embargar a la historia, al presente y al destino futuro del hombre con su Verdad y con su Vida, plenamente revelada y comunicada. Ella, MARÍA Inmaculada, era la nueva Eva, la verdadera Madre de los auténticamente vivientes: ¡de los santos, triunfadores definitivos en el combate con el Príncipe del Pecado y Autor de la muerte! Sí, Ella había herido mortalmente en la cabeza a “la serpiente tentadora del hombre”. Desde aquél día definitivo, del día del anuncio de que Dios reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin, se irán derramando irresistiblemente su gracia y su misericordia de Padre que está en los cielos a través de los Misterios de la Encarnación, Nacimiento, Vida, Pasión y Muerte en la Cruz de su Hijo Unigénito e Hijo de María, que culminarán en la Gloria de su Resurrección y en la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés sobre la Iglesia.

Desde ese momento, ya sabemos con certeza inconmovible lo que San Pablo proclamaba en su Carta a los Efesios: “que Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales”, “que hemos sido elegidos antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”.

Ahora sí es posible por ese derroche de gracia y de misericordia divinas conocer la verdad de Dios y de su plan de salvación para los hombres en toda su riqueza insondable, plenamente, como una definitiva Victoria sobre el Misterio del Mal, ofrecida y donada al hombre. ¡La Victoria de Dios puede y debe ser la Victoria del hombre!


La respuesta de la esperanza cristiana al laicismo contemporáneo: la fe humilde y fecunda de María Inmaculada.

Esa Victoria de Dios –¡la Victoria de “Dios que es Amor”!-, que puede ser y será nuestra Victoria, es lo que celebramos en esta Fiesta de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora en las circunstancias actuales del año 2006. En una sociedad fuertemente influida y condicionada por propuestas y visiones de la vida personal y social “sin Dios” Ella, María Inmaculada, se alza luminosa como el faro radiante de la auténtica esperanza. Más aún, nos aparece como la Puerta regia que nos abre el camino del Evangelio de la esperanza. La tentación de romper con Dios, presente y operante en todo el curso de la historia de la humanidad, adquiere una singular gravedad después de Cristo, “el Logos de Dios” –razón y palabra a la vez–, hecho carne y que habitó entre nosotros, pues supone un rechazo o, al menos, un cerrarse de la razón a la expresión definitiva y culminante de la Revelación. Al huir y evitar el hombre contemporáneo el encuentro con la fe, se recorta inexorablemente a sí mismo también el horizonte de su propia verdad como hombre: el conocimiento de su dignidad como persona y de los derechos fundamentales que le son inherentes y anteriores a la sociedad y al Estado y cuyo respeto y promoción constituyen la esencia del bien común. Es más, se socava los fundamentos éticos, prejurídicos de un Estado, que quiera plantear y realizar como Estado social y democrático de derecho. La experiencia de la historia reciente de Europa con el fenómeno de las dos grandes Guerras Mundiales y los Totalitarismos comunista-soviético y nacionalsocialista con sus secuelas de aplastamiento de los derechos humanos, de horror y de muerte en el siglo XX, alimentados por un laicismo radical y por su tesis central de la negación oficial de Dios, han puesto en evidencia a dónde lleva a la sociedad y a la comunidad política el desligarse de “la ley natural, fundada en la recta razón y en el patrimonio espiritual y moral históricamente acumulados” (CEE. Orientaciones Morales, 17). El Santo Padre viene invitando insistentemente a un diálogo franco y noble entre el pensamiento cristiano y el laicismo europeo, abierto al aprecio de las raíces cristianas de la historia de Europa máxime cuando ambos se encuentran ante un reto cultural, religioso y humano formidable: el del Fundamentalismo Islámico. Más aún, en su lección de Ratisbona y en su reciente viaje apostólico a Turquía, ha apelado a un diálogo entre Culturas y Religiones, abierto al ancho campo del “Logos”, “de la Verdad”, accesible a la razón y a la que tiende intrínsecamente la fe. La llamada de atención del Papa es más que una invitación: ¡es un apremio histórico!

Esa Verdad de Dios, revelada plenamente en Cristo, esa novedad de su Vida, mostrada en el don de su Amor, ese Camino de la Virgen Bendita entre todas las mujeres, la Inmaculada Concepción, la Madre del Señor, humilde y entregada a su Divina Voluntad, a su Amor, es lo que queremos anunciar y comunicar a toda la sociedad madrileña y muy singularmente a su juventud en esta Fiesta de la Inmaculada. Sí, a los jóvenes de Madrid del 2006/2007 queremos mostrarles con palabras, con hechos y testimonios vivos que Jesucristo es “el Camino, la Verdad y la Vida”, que a Él se llega fácilmente entrando por la “Puerta de la Esperanza” que es María Inmaculada, y que seguirle hasta la meta de la santidad en ese itinerario victorioso de su amor que culmina en la Cruz Gloriosa –¡no tengáis miedo a ser santos!, les decía a los jóvenes del mundo en Santiago de Compostela el 20 de agosto de 1989 Juan Pablo II– es también fácil e infinitamente gratificador si nos acogemos al amor de su Madre y nuestra Madre, la Madre de la Esperanza, la Inmaculada Virgen María, Virgen de La Almudena.

A m é n .