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Foro El Salvador

Opinión y análisis

Las preguntas sobre la tregua de ETA que el Gobierno no quiere oír

Hoy los nacionalistas vascos celebran su Aberri Eguna, que puede adquirir una singular relevancia debido a la tregua declarada por ETA. El entorno político de los terroristas, reunido en Pamplona, meta de las ambiciones nacionalistas, ya ha dado un anticipo de las propuestas de creación de una "mesa de partidos" que se repetirán de diversas formas en esta jornada, dejando claro que el punto de partida es "el reconocimiento de Euskal Herria", lo que en su peculiar lenguaje significa la anexión al País Vasco de Navarra y de parte del departamento francés de los Pirineos Atlánticos.

En vísperas de esa celebración, ha vuelto a desatarse la polémica entre los dos grandes partidos nacionales sobre lo que el Gobierno y los nacionalistas llaman "el proceso de paz". Mientras la secretaria de Asuntos Sociales del PP, Ana Pastor, pedía al Gobierno explicaciones sobre las medidas que piensa adoptar si se confirma que las cartas enviadas por ETA a empresarios navarros suponen una extorsión, el secretario de Organización del PSOE, José Blanco, exigía del PP apoyo decidido y colaboración leal para ese proceso "sin hacer preguntas que no tienen respuesta".

La exigencia de confianza ciega en las negociaciones que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero mantiene con los terroristas a espaldas de la opinión pública en realidad no va dirigida sólo al PP, sino al conjunto de la sociedad española. El señuelo para conseguir la aceptación de semejante acto de fe es, como Blanco repitió ayer, que "la paz está más cerca que nunca", de manera que a quien formula preguntas comprometidas se le señala como alguien que pone obstáculos a aquélla.

Esta deriva irracionalista del discurso político, basada en la manipulación de los deseos de la mayoría de los españoles de que termine el terrorismo, es altamente preocupante, como lo son también las indicaciones de distintos dirigentes socialistas a los jueces para que tuerzan la aplicación de la ley en atención a los circunstancias supuestamente distintas que habría provocado la tregua de ETA. La propia legalidad democrática se pone en cuestión con tal de no perturbar la apariencia de una "paz" que no parece incompatible, como no lo fue en ninguna de las anteriores treguas etarras, con la continuación por la banda de sus actividades de extorsión y armamento.

Frente a esto, corresponde al PP, como única fuerza real de oposición que representa a casi la mitad de los españoles, la responsabilidad de mantener los principios del Estado de Derecho y la dignidad de las víctimas, sin dejarse arrastrar por un escenario político en el que ha puesto todas sus esperanzas electorales el Gobierno, pero que le puede costar muy caro a la sociedad española si esos principios no se respetan.

El Semanal Digital, Editorial, 16 de abril de 2006

 

ETA no ha cambiado ni de fines ni de métodos

La banda terrorista ETA no ha suspendido sus actividades, no ha cambiado de métodos y no ha renunciado a ninguno de sus objetivos. En los últimos días han aparecido pruebas de todo esto, firmadas por la misma ETA.

El martes se conoció el contenido del último boletín interno de ETA. En este
Zutabe
, los dirigentes terroristas explicaban a sus militantes –y a toda la población, ya que el texto se filtró interesadamente- que ETA sigue exigiendo la entrega de Navarra, la retirada de las Fuerzas Armadas y de Seguridad y la autodeterminación, todo esto precedido de la excarcelación de los criminales detenidos y de la legalización de Batasuna. Sin cambios.

El presidente de la Confederación de Empresarios de Navarra,
José Manuel Ayesa
, reveló el pasado miércoles que empresarios vascos y navarros están recibiendo cartas amenazantes de ETA, en las que, siguiendo la costumbre del llamado "impuesto revolucionario", los terroristas exigen cantidades de dinero para "financiar el proceso de paz". Aunque cambien las palabras empleadas, tampoco en esto ETA ha cambiado.

Cuando ETA anunció el vigente alto el fuego, el Gobierno de
José Luis Rodríguez Zapatero
se comprometió, antes de dar cualquier paso, a asegurarse de que los terroristas cesaban realmente todas sus actividades. ETA no ha matado ni atentado en estas semanas, pero sigue organizándose, armándose y, según se ve, financiándose. El grupo terrorista sigue actuando, y sigue recurriendo al miedo para coaccionar a los ciudadanos vascos y navarros.

ETA no sorprende. Siempre ha actuado de la misma manera, y naturalmente aprovecha los periodos de inactividad armada para reforzarse. Así sucedió con la "tregua trampa" de 1998 y 1999, durante la cual los terroristas no abandonaron el chantaje ni el terrorismo callejero.

El nuevo ministro de Interior,
Alfredo Pérez Rubalcaba, tiene la tarea institucional de garantizar la seguridad de los españoles. Mientras que en grandes partes de la sociedad vasca y de la navarra no haya libertad, se sufran coacciones o no se puedan expresar todas las opiniones, el alto el fuego no pasará de ser una mascarada. Deben prevalecer los intereses de los ciudadanos sobre las conveniencias pasajeras de los partidos políticos.


Editorial de El Semanal Digital, 14 de abril de 2006

El juicio objetivo e imparcial de Mario Mauro ante la mal llamada «tregua» de ETA.

Quienes pretenden aplicar el método científico al ámbito de las Ciencias Humanas parten de los peligros de la casi inevitable subjetividad, de todo investigador, o escritor, como una de las principales dificultades para llegar a cualquier conclusión verídica y compartida.

Por ello proponen diversas medidas que, aplicándolas a la investigación en cuestión, asegurarían una mayor objetividad; que difícilmente podría darse entre los afectados de manera directa por el fenómeno o la situación  de que se trate.

Acaso por ello, cuando tratamos de desentrañar las claves de una noticia, si seguimos tales premisas de manera absoluta, podemos caer en un problematicismo metódico que cuestione por completo nuestra elemental objetividad, empujándonos hacia un relativismo que impide afirmar con convicción cualquier proposición.

Para evitarlo, los seguidores de dicho método propugnan, entre otras normas, que el investigador no se encuentre implicado directamente en un fenómeno dado: ser observadores externos, ajenos, fríos y, si puede ser, indiferentes. De esta manera, si bien venimos afirmando en nuestro caso, y con convicción, determinados análisis y juicios de valor ante la mal llamada «tregua» de ETA –no en vano se trata únicamente de la suspensión temporal de una parte de sus actividades terroristas-, es juicioso preguntarse si, tal vez, la pasión nos ciega y la subjetividad propia de nuestra innegable implicación personal, nos determinan indefectiblemente. Pero ello, sin llegar hasta el extremo de la duda total: estéril, por definición.

Por ello, hemos querido escuchar lo que opina Mario Mauro, vicepresidente del Parlamento Europeo -en una entrevista realizada por Fernando Toda para el semanario ALBA (Nº. 79, 7 al 13 de abril de 2006) con motivo de su presencia en la Convención Católicos y Vida Pública recientemente celebrada en Barcelona- en torno a esta cuestión. Lo reproducimos literalmente.

«Pregunta: En España hay una gran expectación ante el anuncio de la tregua de ETA. ¿Cómo ha vivido Europa el comunicado de la banda terrorista?

Respuesta: Con mucha prudencia. Esta acción aparentemente unilateral no dice nada sobre cambiar su estrategia en relación al futuro del País Vasco. Además, existe el temor de que sea un instrumento táctico para imponer el control sobre la sociedad. También se tiene preocupación porque ETA no ha renunciado a nada ni ha pedido perdón. Y existe cierta perplejidad, porque España ha hecho ver a Europa que ETA no es más que un grupo terrorista, pero ahora se habla de político».

Imparcial, ajeno, sin implicación personal en el «conflicto»…, pero contundente, conciso y particularmente clarividente.

No podríamos haberlo resumido y expresado mejor. Para nuestra satisfacción como analista. Para nuestra intranquilidad como ciudadano.

Fernando José Vaquero Oroquieta


 
Página Digital, 11 de abril de 2006

¿Hay una «solución irlandesa» para el país vasco?

ESTÁ muy bien que el presidente Zapatero desee investigar el proceso de la paz en Irlanda y aprender de ello. Ha sido un éxito en la lucha contra el terrorismo. Pero si está buscando una «solución irlandesa» para el País Vasco, encontrará que el arreglo reciente que ha tenido lugar en el Ulster no es exactamente la «solución irlandesa» deseada por los nacionalistas vascos. La «solución irlandesa» buscada por ellos no es la del Ulster del siglo XXI, sino la del Estado Libre de Irlanda, negociada con el Gobierno británico en 1922.

El caso irlandés históricamente tenía mucha importancia para el PNV, tanto por su éxito político como por los lazos económicos entre el País Vasco y Gran Bretaña, que en cierto sentido acercaron más a los vascos a los asuntos británicos. Sobre todo durante los años veinte del siglo pasado, cuando el empeño nacionalista y secesionista irlandés fue coronado con éxito, sirvió como modelo e inspiración tanto para los nacionalista vascos como para los catalanistas de izquierdas. El hecho de que los nacionalistas irlandeses no consiguieran reestablecer de un modo eficaz el idioma gaélico fue lo de menos.

Tampoco el hecho de que no había casi semejanza alguna entre los casos de Irlanda y el País Vasco les detuvo. Irlanda fue históricamente una isla y un país totalmente separado de Inglaterra, luego conquistado directa y brutalmente por la fuerza de las armas, primero en parte durante la Edad Media, y luego totalmente durante los siglos XVI y XVII. La mayor parte de la tierra de la isla fue usurpada directamente por la nueva clase dominante inglesa, y la mayor parte de la población reducida a la servidumbre. No había nada parecido a la larga historia de asociación política semiautónoma y participante de las provincias vascas con la Corona de Castilla, una asociación que dejaba intactas las propiedades, la economía y la sociedad vascas, con un sistema elaborado de fueros negociado y establecido precisamente por esta misma Corona al fin de la Edad Media. Aunque finalmente más y más campesinos irlandeses consiguieron emanciparse en cuanto al acceso a la propiedad durante la segunda mitad del siglo XIX, la «guerra sucia» que tuvo lugar en Irlanda entre 1919 y 1921 no fue una campaña terrorista como la de ETA, sino una guerrilla contra una potencia colonialista, como la que ocurrió en el sur de los Estados Unidos contra Gran Bretaña entre 1779 y 1781, o en España contra las tropas de Napoleón, cuando se inventó, o al menos se popularizó, la palabra «guerrilla».

El problema que afrontaban ambas partes cuando se negoció la autonomía total para Irlanda tenía que ver con el sector discrepante o lealista de la población. En cierto sentido, esto fue más fácil en Irlanda que en el País Vasco, porque la porción de la población que deseaba mantener la misma relación con Gran Bretaña era minoritaria, y en muy gran parte concentrada en una sola región. Por contraste, el porcentaje -por otra parte, en muchos casos sorprendentemente valiente- de la población del País Vasco actual que no desea someterse a lo que se llama (solamente con una cierta exageración, aunque no completamente) el «nacionalismo totalitario» es bastante más grande. Otra diferencia es que el nacionalismo irlandés, aunque muy violento en su lucha antibritánica, no era «totalitario» en sus procedimientos internos, sino bastante más tolerante que el vasco, y no imponía controles lingüísticos, etc.

El arreglo de 1922 no concedía la independencia a Irlanda, sino la condición de «Commonwealth» igual a Canadá, Australia, Nueva Zelanda y África del Sur. Seguía formando una parte del imperio, y el Rey británico era todavía jefe del Estado. Los condados protestantes del Ulster estaban separados completamente, una secesión menor dentro de la secesión mayor.

Esta solución -muy imperfecta desde el punto de vista nacionalista-abrió paso a un año de guerra civil irlandesa entre los radicales y los moderados que controlaban el Gobierno nuevo en Dublín. El asesinato en emboscada de Michael Collins, el gran jefe del Irish Republican Army (IRA) que había ganado su guerrilla antibritánica, fue perpetrado por los nacionalistas radicales, aunque pronto depusieron las armas.

El jefe de los radicales, ahora olvidado generalmente por la opinión española, fue un profesor de matemáticas de instituto, de apellido español: Eamon de Valera. Éste nació en Nueva York, hijo de padres inmigrantes -español él, irlandesa ella- . Después de la muerte repentina del joven padre español, la viuda regresó a Irlanda con su hijo, que fue educado en la más pura ortodoxia nacionalista irlandesa.

De Valera -«Dev», como se le llamaba entre el público- volvió pronto a la legalidad y a la lucha puramente política. En 1932 llegó a ser elegido con apoyo mayoritario como presidente de Gobierno en Dublín, mientras el Estado Libre de Irlanda seguía formando técnicamente parte del imperio británico, pero cuatro años después promulgó una constitución nueva para Irlanda que no hizo la menor mención de la Corona británica ni del imperio. Fue esencialmente el paso a la independencia total, y no fue impugnado por el Gobierno británico.

En términos generales, esta es probablemente la «solución irlandesa» deseada por el PNV y ETA -naturalmente, sin el estorbo de la secesión de ningún Ulster vasco-. No ofrece nada, naturalmente, al sector democrático de la población de las tres provincias, y el progresivo abandono de este sector de parte del Gobierno español constituye uno de los problemas más hirientes y neurálgicos de las relaciones actuales con el País Vasco.

Hay una responsabilidad democrática con los derechos de los sectores democráticos que no se puede eludir.

Hubo una ocasión, en 1933, en la que Álava actuó como «el Ulster vasco», y aún más. Entonces la oposición alavesa a ser dominada por las dos provincias de mayor población e industria frustró totalmente el tercer intento de elaborar un estatuto de autonomía en la Segunda República, autonomía que no fue obtenida hasta después del comienzo de la Guerra Civil. Ha sido por eso, para reafirmar la identidad vasca de la provincia, por lo que la capital de la Euskadi actual está en Vitoria y no en Bilbao o en San Sebastián.

Naturalmente, los nacionalistas pretenderán más. No estarán satisfechos de extender aún más el dominio que ya ejercen sobre el País Vasco, no concediendo la misma tolerancia al sector democrático que ellos siempre se reclamaban por sí mismos. Ni siquiera estarán satisfechos con la expansión máxima de los términos de la autonomía, ni meramente con algún vago reconocimiento verbal del estatus de «nación».

El nacionalismo radical siempre tiende al totalitarismo y al imperialismo. Así, insistirán de un modo unilateral en la extensión de su proceso político a una Navarra que, con respecto a la inmensa mayoría de sus habitantes, no quiere tener nada que ver con ello. Los nacionalistas insistirán, como mínimo, en imponer su propio referéndum sobre los navarros, que no lo desean para nada, si no es que pretenden interferir aún más en los asuntos navarros. Para ellos es Navarra, y no su propia población democrática -la que rechaza el nacionalismo extremista-, lo que constituye el «Ulster vasco».

Por STANLEY G. PAYNE, Profesor emérito de la Universidad de Wisconsin

 

 

| LA TERCERA DE ABC |
1 de abril de 2006

 

 

 

La tarea más complicada para lidiar con la tregua le toca a Rajoy

 

Por Antonio Martín Beaumont

 

(de www.elsemanaldigital.com, 23 de marzo de 2006)

La idea de que mientras rija el "alto el fuego" no va a haber asesinatos ha alegrado al pueblo español, y eso dificulta la misión del PP de recordar que no puede haber cesiones a la banda.

23 de marzo de 2006.  La tregua de ETA, "alto el fuego permanente" en los términos de la banda terrorista, ha creado esperanzas en el conjunto de la sociedad española. Es natural y bueno que sea así: a nadie le agrada ser extorsionado, amenazado y humillado, y nadie mentalmente sano desea ver sangre en las calles. Todo lo que nos aleje de ese escenario, que ha sido el de los últimos cuarenta años por culpa de ETA, es buena noticia. No hay duda.

Otra cosa es que para llegar al final de ETA no puede pagarse, por muchas razones políticas y morales, ningún precio. Ya que, entre otras cosas, ETA tiene una larga historia detrás de treguas rotas y de promesas incumplidas, además de que sería difícil explicar que cuatro décadas y casi mil muertos después se cede ante su chantaje. Para ese viaje no necesitábamos alforjas, diría un castizo: acabar con ETA cediendo ante los terroristas es algo que cualquier Gobierno anterior podía haber hecho y ninguno hizo.

Pero el problema para el partido de la oposición -sólo hay uno, a día de hoy, y es el PP- es cómo conjugar la necesaria cautela, derivada de una experiencia que sólo él atesora, al parecer, con la explosión de alegría y esperanza que la noticia ha causado en el pueblo español. Como con la "tregua trampa" de 1998 y 1999, el PP tiene ante sí una etapa muy difícil de contención. Y esta vez, además, en la oposición.

Mariano Rajoy, naturalmente, acudirá la semana que viene a la cita con José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa, aunque ya asume que el Gobierno no va a convocar –aún- el Pacto Antiterrorista. Y en este caso, como en otros, el líder de la oposición tiene que conservar la sangre fría, pensar en términos políticos, analizar el sentimiento de ilusión que el anuncio etarra despierta en la gente y dar con la fórmula mejor para mantenerse firme para evitar que el Gobierno ceda al pago de cualquier precio político impensable y, ya estratégicamente hablando, que el PSOE rentabilice en exclusiva la tregua.

El "número uno" del PP puede de momento aferrarse a que en el comunicado de ETA nada dice que la tregua sea definitiva, y a que la banda se ha rearmado y reorganizado en estos meses, lo que hace pensar en futuras acciones. Si Rajoy pide prudencia, debe ser escuchado.

Pero la mala noticia para el PP es que -no por casualidad- la tregua llega justo después de la reforma estatutaria catalana, es decir, justo después de que las Cortes hayan aceptado que en España puede haber varias naciones. Eso es, claramente, la mejor baza negociadora de Zapatero y si los españoles ven que eso va a traer la "paz" de nada van a servir por parte del PP ni los lamentos ni los argumentos jurídicos complejos.

El PP tiene por delante una etapa complicada, en la que los intereses de ETA y los del PSOE coinciden. Mao decía aquello de "si te pisan conviértete en alfombra". Sin llegar tan lejos, los populares pueden convertir este obstáculo en una ventaja y en un trampolín. Encontrar la fórmula adecuada para comunicar con la gente, sin asustar pero sin aceptar engaños, es ahora la tarea fundamental que tiene por delante Mariano Rajoy; y por supuesto dar con las personas adecuadas para hacerlo. Intentar otra cosa sería un suicidio, y si alguien no lo recuerda puede preguntar a José María Aznar por la anterior tregua terrorista.


Por qué el "alto el fuego" de ETA no es una buena noticia

ETA es una banda terrorista, esto es, una organización armada. Su fuerza está en las armas. Si ahora dice que las hará callar por un tiempo, eso sólo puede significar una cosa: que ha encontrado bazas mejores para lograr sus propósitos, bazas que le permitirían alcanzar sus objetivos con menos riesgo. Tales bazas sólo puede habérselas proporcionado el Gobierno. No puede considerarse tranquilizador.

En esos propósitos de ETA, en sus objetivos, está el meollo de la cuestión. ETA mata por un programa de carácter político. Ese programa contempla, con carácter fundamental, la autodeterminación del País Vasco (como paso previo a la independencia), la anexión de Navarra y la excarcelación de los terroristas presos. ETA no ha rebajado sus exigencias. En consecuencia, hay que preguntarse por qué ETA piensa que hoy puede acercarse a esos objetivos sin matar. Y eso hay que preguntárselo al Gobierno, que, además, en los tres frentes ha enviado señales al mundo etarra. ¿Qué ha comprometido exactamente ZP en el "proceso de paz"?

Lo que ETA ha anunciado es un "alto el fuego permanente". Un alto el fuego es ese trance en el que ambos contendientes suspenden los tiros –pero sin dejar de tener el arma en la mano. Una situación así nunca puede ser "permanente", porque ninguna fuerza puede congelarse en una exhibición inmóvil. Por definición, el alto el fuego es un ínterin que sólo tiene dos salidas posibles: o la rendición, entregando las armas, o la reanudación de las hostilidades. Sabemos que ETA no desea rendirse porque no ha dejado de rearmarse. Por consiguiente, la amenaza continúa.

El alto el fuego, también por definición, es bilateral: nadie levanta el arma si el enemigo sigue disparando. ETA habla de "alto el fuego" y no añade "unilateral" (algo que sí hizo cuando la tregua con Aznar). Por consiguiente, hemos de pensar que la nueva situación implica también un "alto el fuego" por parte del Gobierno. Eso sólo podría traducirse en la suspensión de la actividad antiterrorista del Estado. He aquí una nueva pregunta que hay que dirigir al Gobierno ZP, máxime si tenemos en cuenta que desde hace largos meses no hay ni una sola detención de etarras en suelo español: ¿estamos también nosotros en "alto el fuego"?

Más allá del deplorable júbilo de los medios progubernamentales, conviene tener presente que estamos ante una banda armada que se encuentra, hoy, en su mejor momento desde hace años y con más influencia política que nunca. Esa influencia se la ha otorgado el Gobierno al alimentar las expectativas sobre un "proceso de paz". Como esa "paz" depende enteramente de la voluntad de ETA, los terroristas tienen al Gobierno en sus manos: un solo atentado mortal y ZP se hundirá. El PSOE, que lo sabe, hará lo imposible para contentar a ETA. Y ETA, que, por supuesto, también lo sabe, hará lo imposible para coaccionar al PSOE.

Y los hay que todavía están contentos.

Por José Javier Esparza
 (de www.elsemanaldigital.com, 23 de marzo de 2006)

La ETA, más fuerte que nunca.

 

Por Pío Moa

 

 (de Libertad Digital, 22 de marzo de 2006)

En la última etapa de Aznar, la ETA se hallaba acosada,  fracasando una y otra vez en sus atentados, con su financiación semidestrozada y proscrito su aparato político. La hazaña se había logrado partiendo de un principio muy simple: la aplicación de la ley a los criminales: aunque parezca mentira, fue  la primera vez  que se hacía desde la Transición.  Antes se perseguía a la banda bajo el supuesto de que no existía “solución policial”, sino “política”, y, por consiguiente, la vía policial –la legal en un estado de derecho-- se supeditaba a la busca de acuerdos con los jefes terroristas. Ello significaba la quiebra de la ley y la legalización del asesinato como modo de hacer política. Era la vía preconizada desde el principio por el grupo PRISA y seguida vergonzantemente por todos los gobiernos, de derecha o de izquierda.  Vergonzantemente, porque mentían a los ciudadanos negando sus tratos fraudulentos con la ETA, para ser desenmascarados de vez en cuando por los ufanos terroristas.  La “vía política” consistió, en todos sus puntos, en una estafa a la democracia.  Por el contrario, los gobiernos de Aznar demostraron que sólo la vía legal daba resultados y acercaba el fin de la pesadilla.

En tales circunstancias, la llegada del gobierno  actual ha sido la mejor noticia que haya tenido la ETA en  su historia: tras verse al borde del abismo,  ha podido recomponer sus aparatos y sus finanzas, se ha rearmado, ha probado que podía golpear donde y cuando quería, y ha logrado una parte muy sustancial de sus proclamados objetivos: liquidar la Constitución y abrir un proceso constituyente, o más bien desconstituyente,  hacia la desintegración de España y de la democracia,  que destruya todo lo construido desde la Transición. No es probable que se conforme con lo ya obtenido, pero ya ha adelantado un enorme trecho.

Los terroristas  y los separatistas jamás habrían logrado acercarse tanto a sus objetivos con sus solas fuerzas. Precisaban la colaboración de una fuerza nacional,  y en los penúltimos tiempos de Aznar eso parecía imposible. El PSOE  había optado por una política  rara en él, renunciando a la  mezcla de claudicación y terrorismo (GAL), para adherirse a la línea legalista de Aznar,  en el Pacto Antiterrorista y por las Libertades.  Ello cegaba las salidas a los pistoleros y a los demás separatistas,  y establecía la base obvia de cualquier estado que aspire a sostenerse: una plataforma de principios  inatacables (democracia y unidad nacional), sobre los que hacer política, e impidiendo hacer política contra ellos. Sin embargo,  esa actitud socialista duró muy poco, y las mismas fuerzas que presionaban por la “solución política”,  provocaron un cambio radical de postura: determinaron  como  enemigo fundamental al PP, no a los asesinos y secesionistas,  y buscaron la alianza o complicidad  de estos últimos para atacar directamente la Constitución. Una inversión completa del anterior pacto. Todos juntos organizaron grandes campañas desestabilizadoras.

La maniobra, no sé si elaborada con detalle,  se ha  producido del siguiente modo. En primer lugar, el Plan Ibarreche-Ternera,  plan separatista aunque conservase una ficción de unidad, útil para mantener a las Vascongadas en la Unión Europea. El plan fracasó aparentemente en el Parlamento, aunque sólo llevarlo a él ya pisoteaba la Constitución. Entonces  entró el juego el plan B, de los separatistas catalanes, equivalente al anterior. La aprobación del estatuto secesionista catalán traería consigo, inevitablemente,  la del plan Ibarreche-Ternera y un proceso de disgregación del país.  Así, por una vía ligeramente indirecta,  la alianza del PSOE con los secesionistas y los terroristas está destruyendo aceleradamente la Constitución.

No es casual que la ETA declare su tregua cuando unas Cortes envilecidas, a impulsos de un gobierno anticonstitucional,  aprueban  la disgregación de España en seudonaciones. La tregua anterior se dio en una situación de debilidad de la banda, y como un modo de  ganar tiempo para rehacerse. La actual es toda una declaración de triunfo: la ETA se siente muy próxima a ganar la partida. Durante dos años ha advertido al gobierno de Zapatero: “tienes que ir hasta el final, o atente a las consecuencias”. Y Zapatero y los suyos van cumpliendo,  como hicieron después del 14-M con los islámicos. La ETA se siente más cerca que nunca de sus objetivos. Sus largos años de crímenes parecen tener por fin recompensa, y ésta sólo podía dárselo un gobierno enemigo y conculcador de la Constitución, es decir, de las libertades y de la unidad de España;  es decir,  un gobierno ilegal, porque lo es todo aquel que no guarda y hace guardar la ley, aunque haya salido de unas elecciones.

Algunos ingenuos se preguntan cómo es posible esta colaboración. Muy simple: el rojo Zapatero y la ETA tienen la misma concepción de base: la idea de que las democracias  --identificadas con “la derecha” o “el imperialismo”-- crean un “océano de injusticia y de pobreza”. Discrepan en los métodos para combatir la “injusticia”, pero  se trata de una diferencia menor. En lo fundamental, en atacar a los causantes, según su trastornado juicio, de ese “océano”, están de acuerdo.

Y el pobre Rajoy diciendo que apoyará al gobierno para que no pague un precio político a los terroristas.  Y luego llama bobo a Zapatero… El precio político está ya pagado en gran parte, señor lince, a costa de la ley; otra cosa es que la ETA quiera más todavía. Siga usted “mirando al futuro”, a ver si nos aclara algún día qué es lo que ve.