Blogia
Foro El Salvador

Opinión y análisis

El IPF analiza las ayudas a natalidad de los partidos: PP y PSOE quedan fatal

El IPF analiza las ayudas a natalidad de los partidos: PP y PSOE quedan fatal

CiU ofrece 1.000 euros por hijo y año, y otros 100 euros hasta los 6 años; el PP no concreta nada; el PSOE da calderilla, y sólo al 20% de las familias.

 

El Instituto de Política Familiar (www.ipfe.org) publicará en los próximos días su informe “La familia ante las elecciones del 9M. Análisis comparativo de los programas electorales”. A modo de resumen, se constata que los grandes partidos ofrecen aún ayudas familiares o de natalidad diminutas, sobre todo si se comparan con otras ayudas europeas, a pesar de la  clara relación entre falta de ayudas la familia y descenso de la natalidad e invierno demográfico.

 

“La natalidad seguirá siendo la asignatura pendiente en la próxima legislatura, ya que los dos grandes partidos de ámbito nacional -PP y PSOE- la han ignorado en sus respectivos programas electorales”, ha señalado Eduardo Hertfelder, presidente del IPF. Hay una propuesta más positiva, que es la de CiU.

 

CiU ofrece ayudas para todas las familias

 

Tan solo Convergencia i Unió ha realizado propuestas encaminadas a abordar desde una perspectiva universal -y por tanto, dirigida a todas las

familia- la problemática de la natalidad en España. En este contexto, propone prestaciones sociales por hijo a cargo de 1.000 euros por año, hasta los 18 años, así como la extensión de la paga de los 100 euros  a todas las familias con hijos y hasta los 6 años.

 

La oferta del PSOE: no alcanza al 80% de las familias

 

Según recoge el IPF, la única medida  que el PSOE ha anunciado para ayudar a la natalidad (maternidad y cuidado de hijos) es un leve y casi insignificante incremento en el límite de rentas, pasando de 11.000 €/año a 15.000€/año entre ambos cónyuges. El límite de ingresos que se especifica (15.000€/año) hace que el 80% de las familia con hijos en España no puedan acceder a esta ayuda. Más de 4,1 millones de familias con hijos menores de 18 años se quedarán sin esta ayuda. Y de hecho supone solo aumentar un 0,012% del PIB que se destina a la familia, con lo que España sigue siendo el país de la UE27 que menos ayuda a la familia.

 

El PP no ofrece nada concreto

 

El informe lamenta que el PP no concrete ofertas auténticas en ayuda a la natalidad o las familias. Aunque hay declaraciones genéricas de este partido de "converger con Europa en cuanto a los recursos públicos destinados a la familia", este compromiso no figura en ninguna medida concreta ni hacia la maternidad ni en las prestaciones sociales por hijo a cargo.

 

Por lo tanto, gane quien gane, en la próxima legislatura:

 

- España seguirá siendo el país de la Unión Europea que menos ayuda a la familia y uno de los países de la UE con menor tasa de fecundidad

 

- España seguirá dando una ayuda por hijo a cargo restrictiva y discriminatoria (en Europa la universalidad de las ayudas es un hecho; en España estas ayudas suelen darse sólo a bajos niveles de renta; son ayudas a la integración social, no apoyo a la familia)

 

- La inmensa mayoría de las familias con hijos (el 80%) quedarán sin prestación social por hijo a cargo,  al superar los niveles tan restrictivos de renta.

 

- Las cantidades que se dan seguirán siendo ridículas: 24,25 euros al mes (y sólo para rentas inferiores a 15.000 euros) según la propuesta del PSOE; la media en Europa es de 120 euros/mes y para todas las familias.

 

- Las cantidades que se dan quedan muy lejos del coste real de cuidado de un hijo, que se ha ido incrementando con el tiempo

 

 

Forum Libertas, 27 de febrero de 2008

El multiculturalismo, los islamistas y los ingenuos

El multiculturalismo, los islamistas y los ingenuos

En su libro "Los islamistas y los ingenuos", dos daneses critican una sociedad plural en que los inmigrantes y sus hijos no se integran.

 

El multiculturalismo ha entrado de nuevo a ocupar la atención de analistas,  medios de comunicación y dependencias gubernamentales de países europeos, americanos y, en menor medida, asiáticos.

 

En entrevista para el diario ABC español (3 de Febrero de 2008), los daneses Karen Jespersen y Ralf Pittelkow han evidenciado los factores de discordancia que siguen suponiendo políticas de gestión de la diversidad cultural como el multiculturalismo. De hecho, en su libro “Los islamistas y los ingenuos” (“Islamister og naivister”) critican ferozmente el concepto de multiculturalismo  y la falsa integración de los extranjeros o hijos de extranjeros que se establecen en Europa, especialmente musulmanes.

 

Ciertamente las respuestas de Jespersen y Pittelkow ameritan precisiones puntuales en cuanto a la concepción de los valores auténticamente tales, en la identificación de los valores que ellos consideran propios de Europa y en lo tocante a la relación entre libertad de expresión y respeto a la religión (uno y otro llaman derecho a criticar la religión, a las burlescas caricaturas del Jyllands-Posten sobre Mahoma entendiendo por libertad de expresión una mala expresión de la libertad).

 

 

 

 

En los últimos días, tras años de promoverla en lo secreto, exponentes musulmanes del Reino Unido han impulsado una campaña abierta que pretende la entrada en vigencia de la sharia de manera que los musulmanes puedan legislar en ese país a partir de ella.

 

The Sunday Telegraph (10 de Febrero de 2008) reportó dos comentarios significativos y de peso que manifestaban la polarización de la sociedad que en este campo suscitaba la polémica iniciativa. Por un lado el primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, haciendo ver –según él– “la inevitabilidad de la adopción de algunos aspectos de la sharia o ley islámica en Gran Bretaña”. Incluso, como reportaba la BBC en su portal de internet (11 de Febrero de 2008), defendió su apertura a la ley islámica ante el Sínodo general de la Iglesia de Inglaterra diciendo que es justo considerar la preocupación de las otras comunidades religiosas.

 

Por otro lado, el cardenal arzobispo católico de Westminster, Cormac Murphy-O'Connor, expresaba su oposición al afirmar: “Yo no creo en una sociedad multicultural”.

 

No nos entretenemos en el debate de licitud y validez que sugiere este tema (indirectamente, en líneas generales, lo abordamos en nuestro ensayo “Creer, migrar e integrarse” que se puede leer en el siguiente enlace) pero si destacamos el hecho real y no exclusivo que constituye, hoy por hoy, la realidad de muchos países: la pluralidad cultural.

 

El dato de hecho nos remite a la necesidad de una gestión del mismo. Y es que, aunque se suela confundir, multiculturalismo no es lo mismo que pluralidad cultural.

 

La pluralidad cultural es la realidad que se necesita gestionar. El multiculturalismo es un modo, una política de gestión de la pluralidad de las culturas.

 

¿Es el único y es válido? No. Hay otras maneras de encauzarlo, si bien también deberíamos examinar su validez. Así están, por ejemplo, la política de la asimilación donde el extranjero debe uniformarse a la cultura de la nación que lo aloja renunciando, de algún modo, a la anterior. A cambio recibe todos los derechos civiles.

 

La asimilación limitada trata de favorecer una asimilación lenta; se tolera el que se conserven aspectos de la cultura anterior. El “Meeting post” afirma la asimilación y unidad progresiva de todos.

 

Es decir, no es necesario obligar a los ciudadanos que llegan adopten apenas hacerlo el todo de la cultura que les recibe. El multiculturalismo, por último, privilegia el derecho de ser irreductiblemente diversos haciendo de un construido “derecho” a la diversidad un absoluto.

 

Siendo así, qué problema plantea el multiculturalismo? Primeramente es una utopía. Una sociedad implica unidad, una cohesión que camina junta al mismo destino.

 

El multiculturalismo promueve la división, infravalora la unidad y lleva a la creación de grupos-clanes cerrados. Empero, el error más grave se evidencia en el relativismo sobre el que se cimienta y a partir del cual sigue construyendo.

 

¿Y es que no todas las culturas son iguales? Más que a la igualdad, el relativismo nos remite a una valoración de la verdad que hay o no en ellas. Es innegable reconocer los valores universales que muchas de ellas poseen.

 

Sin embargo, no queda dicho que todas las manifestaciones propias sean dignas de respeto y mucho menos que debamos promoverlas y tolerarlas.

 

¿Quién estaría dispuesto a que se coman a su madre sólo porque en la cultura de los caníbales eso está bien visto?

 

¿Quién permitiría que apedrearan a su hija porque tuvo una relación fuera del matrimonio sólo porque esa es una manifestación de la cultura islámica?

 

¿Haría estallar a su esposa sólo porque en la cultura “X” inmolarse es una muestra de fe?

 

¿Está bien que maten a las niñas sólo porque en tal cultura prepondera el patriarcado o se pueden tener sólo cierto número de hijos?

 

Las culturas no son iguales. Unas son más perfectas y otras son perfeccionables; unas son ricas y otras pueden enriquecerse. No es imponer el proponer la verdad a quienes aún no la conocen en plenitud. Al contrario, es un rasgo de solidaridad e interés por el hombre.

 

El tema del multiculturalismo vuelve a estar en el punto de mira. Es verdad que las discusiones en congresos, debates o foros, mientras busquen la verdad, ayudarán de algo para llegar a conclusiones que marquen pautas de acción. Pero, en definitiva, de nada servirán mientras no se evidencie la necesidad de construir una civilización donde los auténticos valores liderados por el bien y la verdad ordenen y funden cualquier política encaminada a gestionar la diversidad cultural.

 

El peligro de errar en una aplicación viciada como el multiculturalismo tiene sus consecuencias negativas. Aún se está a tiempo de re-encauzar los caminos y sentar cimientos. Después, quizá sea demasiado tarde.

 

Jorge Enrique Mújica   

Forum Libertas, 18 de febrero de 2008

 

 

 

 

 

Gobierno: deja a la Iglesia en paz y ocúpate de nuestros problemas

Gobierno: deja a la Iglesia en paz y ocúpate de nuestros problemas

El presidente del gobierno y sus ministros, están en el puesto que ocupan porque se presupone que tienen la capacidad y la responsabilidad para abordar las necesidades y problemas de los ciudadanos y la sociedad española. Este presupuesto ha chocado en más de una ocasión con la práctica política.

 

Zapatero se ha desentendido en demasiadas ocasiones de lo que son las prioridades básicas, empezando por tener criterios claros por el presente y futuro de la economía y de nuestras relaciones internacionales –que hoy en día son una parte sustancial de los intereses económicos-, para abrir conflictos donde no existían.

 

Lo hace con un discurso burdamente hábil que consiste en generar la conflictividad, apelar al diálogo, e ignorar o descalificar como no dialogantes a los que aportan razones distintas a las suyas.

 

En todo estado de derecho las instituciones de la sociedad civil pueden y deben formular críticas al gobierno, sin otro límite que la libertad de expresión. Y este puede responder, debe hacerlo, pero en términos democráticos, es decir, razonables y razonados, sin descalificar.

 

En el caso concreto de la Iglesia católica, el gobierno español no actúa así, a pesar de que en buena lid debería asumir la crítica, de la misma manera que acepta el elogio y el apoyo político de la Junta Islámica, y no se siente con la obligación de decir que esto es una intromisión política.

 

También es grave que pretenda negar la representatividad de los obispos que hablan en nombre de la iglesia, porque entonces lo que está haciendo el gobierno es una acción de injerencia sobre instituciones de la sociedad civil, definiendo quien representa bien y quien no, a aquella institución.

 

Esto es absolutamente inaceptable, a menos que se tenga una visión totalitaria de la sociedad. En este segundo caso es evidente que las instituciones sociales son un reflejo del gobierno del estado, pero no es el caso en un régimen de libertades.

 

Los obispos tienen no solo el derecho sino el deber de orientar a los católicos ante unas elecciones. Es una práctica habitual en todo el mundo libre y debe además mantener una distancia crítica con el poder. Lo que ha hecho y dicho la Conferencia Episcopal no es nada singular en el ámbito de los países civilizados y sus contenidos no son en nada diferentes de lo que ha venido diciendo hasta ahora, como lo fue cuando criticó a la guerra de Irak o no quiso firmar el pacto antiterrorista a pesar de las presiones. ¿Es que en estos casos la Iglesia estaba del lado del PSOE o de Batasuna? Es evidente que no.

 

Lo que está haciendo el gobierno es exactamente utilizar a la Iglesia como un instrumento electoral para distraer la atención de los problemas sociales y económicos que tiene nuestro país, escudándose detrás de la veta agresivamente laicista de una parte de la sociedad española, excitándola, al tiempo que busca con otras cuestiones como el aborto o el matrimonio homosexual, o la introducción de la eutanasia en el debate, el que no se fije el centro de atención en la mala situación, las peores perspectivas y la escasa definición política y resolutiva a la que se enfrentan.

 

Por eso hay que exigir al gobierno que deje de atacar a la Iglesia y dedique el centro de su atención a lo que constituye su misión: afrontar nuestros problemas y dar respuestas para resolverlos.

 

Editorial de Forum Libertas, 3 de febrero de 2008

Los valores occidentales están vivos y deben ser defendidos del terrorismo

Los valores occidentales están vivos y deben ser defendidos del terrorismo Recibiendo en Castel Gandolfo los parlamentarios de la Internacional democristiana, Benedicto XVI ha definido el terrorismo un “fenómeno gravísimo que a menudo llega a instrumentalizar a Dios y desprecia de manera injustificable la vida humana”. Y añade: el terrorismo que ataca Occidente usa como “pretexto” la “recriminación de haberse olvidado de Dios, con la cual algunas redes terroristas tratan de justificar sus amenazas a la seguridad de las sociedades occidentales”.

 

Se trata de un retorno al discurso de Ratisbona del 12 de septiembre de 2006, ya ampliamente retomado en el reciente viaje apostólico en Austria. En Ratisbona el Papa había arrancado de un diálogo que había visto contrapuestos en 1391 en Ankara al emperador bizantino Manuel II Paleólogo y a un sabio musulmán. El emperador juega en campo ajeno, tras haber recibido una invitación que no puede rechazar de acompañarlo en una cacería del sultán turco Bayazet, cuyo amenazante ejército es mucho más poderoso que el suyo. Ciertamente Manuel no puede invocar el Evangelio o la teología frente a un público musulmán: propone entonces a su interlocutor de discutir no sobre la base de la fe, sino de la razón. El islámico acepta, pero el diálogo no cuaja porque Manuel y el persa tienen dos ideas distintas de la razón. Para el emperador griego la razón es el fundamento filosófico de todas las cosas. Para el musulmán este fundamento no existe – su Dios, Alá, “no depende de sus actos” y puede cambiar cada minuto las leyes que regulan el mundo, tan es así que todo conocimiento racional es incierto y provisional – y para él argumentar conforme a razón significa sencillamente citar hechos empíricos. Usa por tanto el argumento que piensa da por cerrada la discusión: la prueba de la superioridad del islam sobre el cristianismo es que los ejércitos del Profeta están ganando en todas partes, y el mismo imperio de Bizancio se ha reducido a un estado insignificante. Naturalmente tres siglos más tarde, cuando a partir de la batalla de Viena los musulmanes empezarán a perder, el argumento podrá dar la vuelta y ser dirigido contra ellos. Pero no es éste el punto. Para Manuel II – y para Benedicto XVI – la vida, los derechos humanos y la posibilidad de convivir entre religiones distintas están garantizadas sólo por una confianza en la razón como instrumento capaz de conocer la verdad. Si falta esta confianza, qué es la verdad es decidido por los ejércitos triunfadores, y hoy por quienes están mejor capacitados para poner bombas. La verdad – y Dios mismo, que es verdad – se convierten en simples funciones de la violencia.

 

 

 

El mundo nacido por aquélla confianza en la razón y en la verdad que ya en 1391 el islam había abandonado se llama Occidente. Hoy hay muchos, también entre los católicos, que contestan la noción de Occidente. Para algunos se trataría de un mito imperialista: Occidente jamás habría existido. Para otros Occidente habría dejado de existir: ya que ha ampliamente olvidado a Dios, habría perdido su razón de ser y no quedaría nada merecedero de ser amado y defendido. Benedicto XVI no se avergüenza de llamar Occidente con su nombre, y de denunciar como un “pretexto” la tesis – que no solamente es expuesta por los fundamentalistas islámicos – según la cual la sociedad occidental “sin Dios” ya no es sí misma. No: por muy enfermo que esté, Occidente no ha muerto. También en sus versiones más laicas y parciales, sus valores de razonabilidad y de libertad conservan la huella del origen cristiano. Por esto vale la pena defenderlo de la agresión terrorista. Y declararse, sin vergüenza, occidentales.

 

 

 

Massimo Introvigne

 

 

 

Traducción: Ángel Expósito Correa   

 

 

Publicado por Massimo Introvigne el 30-01-2008 en www.fundacionburke.org

El relativismo actual es insuficiente frente al terrorismo

El relativismo actual es insuficiente frente al terrorismo

                El conocido historiador Fernando García de Cortázar publicó en el diario madrileño ABC, el 17 de agosto de 2006, un largo e inquietante artículo titulado El desfile del perdón. A su juicio «La esencia de esta pos-modernísima moda del perdón es que las atrocidades siempre las cometen o un hermético puñado de fuerzas oscuras -el Estado, el colonialismo, el imperialismo yanqui, la globalización...- o los supuestos antepasados del rival político - los fascistas, los comunistas, los alemanes...». Una moda que actúa «Como si las responsabilidades individuales no existieran y siempre hubieran sido las circunstancias las responsables de las decisiones humanas, las acciones humanas y, sobre todo, el sufrimiento humano». Y concluía con un incisivo párrafo: «Después de vivir la pesadilla del juicio, la madre de Miguel Ángel Blanco dijo que casi no había podido mirar a la cara a sus asesinos: “Sólo podía mirarle a las manos. Una y otra vez. No podía dejar de pensar que con esas manos le habían quitado la vida a mi hijo”. Escribo estas palabras, y luego las digo mentalmente. Y las repito muchas veces. Como plegaria. Porque el futuro no puede surgir de disolver las responsabilidades individuales ni tampoco de borrar de la Historia la existencia de ETA, desarraigándola de las conciencias y creando un pasado con víctimas pero sin asesinos, sin verdugos, sin victimarios. Porque para que el ágora sustituya al templo y el futuro no esté ya secuestrado es preciso plantearse el terrible enigma de esas manos. No lavarlas en la ficción de una paz sin ojos sino repetirse y tratar de responder las preguntas que un día se hiciera Hannah Arendt en su libro Los orígenes del totalitarismo: ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha sucedido? ¿Cómo ha podido suceder?» Unos sintéticos párrafos que cuestionan muchas actitudes -colectivas e individuales- ante al terrorismo manifestadas en España durante décadas, y que cobran mayor trascendencia en el devenir del supuestamente extinto «proceso de paz» que hemos vivido recientemente en España. Una interpelación, en suma, que plantea el rol de la conciencia personal, la consistencia de la Ética actual y sus aplicaciones colectivas, ante las poliédricas expresiones del terrorismo.

 

Las razones últimas que sustentan la general y abstracta condena del terrorismo no son unánimes. De hecho, no son pocas las voces que reclaman la necesidad de remitirse a sus supuestas causas remotas, enmarcándolas en una violencia previa que lo provocaría inevitablemente; de modo que antes o después se acabaría «dialogando» con los terroristas.

 

Javier Mª. Prades López aborda científicamente la problemática planteada por García de Cortázar en su estudio «Imagen de Dios»: la antropología cristiana en el contexto del análisis del terrorismo y de sus causas, a partir de la página 282 de la obra colectiva Terrorismo y nacionalismo. Comentario a la Instrucción pastoral «Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias» (BAC, Madrid, 2005) de la siguiente manera: «En nuestra época se teoriza desde hace tiempo, y la cultura mediática divulga con grandes recursos, que el hombre como sujeto ha desaparecido o que, al máximo, su única tarea residual es el problematicismo crítico. Abundan las corrientes filosóficas en lo que genéricamente se llama postmodernidad, que explican de distintos modos cómo la única función que ha conservado la razón, frustrada su desmedida ambición constructora de sistemas en la modernidad, es precisamente su carácter de mera función crítica, “deponente”». Es el caso de G. Vattimo, abanderado del llamado «pensamiento débil», quien considera que el denominado «pensamiento fuerte», propio de la modernidad, se caracterizaba por hablar en nombre de la verdad, de la unidad y de la totalidad. Por el contrario, el «pensamiento débil» rechaza las categorías fuertes y las legitimaciones omnicomprensivas. De esta manera, el nihilismo se habría convertido en el horizonte vital de la humanidad, habiéndose derrumbado toda certeza última y verdad estable. Y conceptos como sujeto e historia habrían perdido su carácter unitario, por lo que debiéramos acostumbrarnos a vivir sin ansias en un mundo de medias verdades y sin deseo de alcanzar otras nuevas.

 

Pero, tan sesudas reflexiones, ¿tienen algo que ver con las existencias de los hombres y las mujeres de hoy? Pensamos que mucho.

 

Un prestigioso psiquiatra español, Enrique Rojas, en unas declaraciones efectuadas en la Universidad Austral, definía al pensamiento propugnado, entre otros muchos, por Vattimo, como el que «se relaciona con el mundo light: la manteca sin grasa, el café sin cafeína, el azúcar sin glucosa, el hombre sin sustancia que afirma “haz lo que quieras” y esto conlleva un costo terrible». Advertía, a su vez, que la afirmación de unos valores y, en concreto la ardua tarea de la educación en los mismos, no es una posición fácil, pues: «Cualquier sujeto que defiende unos criterios con cierta firmeza es un fundamentalista» para la moda intelectual actual (http://www.universia.com.ar/, 09/05/2005). En consecuencia, si carecemos de convicciones firmes, al no compartir una verdad común, ¿sobre qué valores asentamos la convivencia colectiva y la imprescindible capacidad de resistencia frente a las agresiones terroristas?

 

                La Ética, estudio filosófico de la moral, está en directa relación con la política; integrando ambas la Filosofía práctica. Actualmente se pretende edificar una ética civil a partir del cambiante consenso social y de transacciones, que también incorporan creencias políticas; de modo que los criterios morales pierden relevancia y capacidad para poder iluminar la vida pública. En consecuencia, asegura en la página 18 del antes mencionado libro Juan José Pérez-Soba Diez del Corral en su trabajo Introducción: óptica y unidad del documento, «A la persona le queda la impresión de la imposibilidad de alcanzar una razón ética por encima de determinados intereses parciales para aceptar sin fisuras cuestiones fundamentales para la construcción de la sociedad como es el respeto de la vida. Se ha extendido con el relativismo una cierta postura cínica según la cual toda declaración moral es un ideal inalcanzable que no vive casi nadie y que es farisaico proclamar». Así, continúa afirmando el autor, «la ausencia de un sistema de referencia de fondo, debilita a la sociedad para hacer frente a una ideología que se quiera imponer sistemáticamente» (página 16). Por otra parte, asegura que «No es tan fácil dar una solución cuando el ambiente general dentro de la ética, en especial la ética social, es fundamentalmente utilitarista. Entonces, una utilidad política cuyos fines se consideren justificados a priori, ya sea por un pretendido apoyo popular, o por un presupuesto ideológico, será la que dé los principios fundamentales al pensamiento presuntamente moral. Éste se convertirá inevitablemente en un razonamiento justificativo» (página 14). Y dado que la Ética civil presenta objeciones tan serias a su propia capacidad enjuiciadora del terrorismo, este autor afirma en la página 20 que «Afrontar un tema de tal calado requiere un pensamiento fuerte que supere el sistema de concesiones o de atenuantes que suele caracterizar la visión teñida de sociologismo de una ética comunicativa o de la relativización inherente a los acuerdos sociales».

               

Podríamos concluir que desde el relativismo moral de una Ética civil de mínimos, es lógico concebir al terrorismo como algo inevitable, con el que es necesario convivir, como un método de cálculo político incluso…, como un mal menor. Así, ciertos criterios estrictamente políticos prevalecerán sobre la perspectiva moral del problema.

               

Pero, vistos sus límites, debemos explorar algún terreno firme desde el que poder enjuiciar moralmente al terrorismo; una pretensión que mantiene, en su caso, la Iglesia católica, pues «esto es posible porque no se ha partido directamente de un análisis sociológico que cuenta con dificultades inmensas para dar lugar a un juicio sobre cualquier terrorismo por la gran cantidad de variantes dependientes de su génesis histórica y la situación cultural. Este juicio tiene su sentido preciso como superación de la interpretación marxista que hace imposible toda valoración definitiva de un acontecimiento antes del fin de la historia». Así lo propuso Juan José Pérez-Soba Diez del Corral en su estudio Juicio moral sobre el terrorismo, en la página 155 del libro referenciado; un juicio que parte de la antropología cristiana, que afirma la centralidad y dimensión moral de la persona por encima de cualquier ideología.

 

El terrorismo cuestiona la «conciencia moral de la sociedad», pues «Ésta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la “cultura de la muerte”, llegando a crear y consolidar verdadera y auténticas “estructuras de pecado” contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación social a un peligro y gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida». Así lo aseguró Juan Pablo II en el punto 24 de Evangelium vitae, su carta encíclica sobre el valor de la vida humana de 1995. Nada menos.

               

No se trata de una cuestión cerrada. Todo lo contrario. Es más, la existencia de tales debates, y de las consiguientes quiebras sociales, enjuician la salud moral de toda la sociedad, de sus bases de convivencia y de su voluntad de futuro. La persistencia del terrorismo, por tanto, contrasta también nuestro modelo social. Y no se trata de una cuestión puramente teórica. La actitud que se adopte, por ejemplo ante el proceso de diálogo con una organización terrorista, depende mucho de los presupuestos de partida. La primacía de lo político facilitará, también, el olvido de las víctimas, y puede no tener reparos en pagar un «precio político» por la paz. Se trata, por lo tanto, de un debate de trascendentales consecuencias.

 

                Por todo ello, bienvenido IV Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo, que ha tenido lugar en Madrid los días 22 y 23 de enero, organizado por la Universidad San Pablo–CEU. Pues a las víctimas les corresponde, antes que a nadie, el derecho a la palabra y el juicio moral.

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Análisis Digital, 25 de enero de 2008

EL NEOMARXISMO

EL NEOMARXISMO

 

Se podría pensar que con la «Perestroika», la caída del Muro de Berlín y la apertura del Este, el comunismo ha sido superado. De hecho, los países satélites del Pacto de Varsovia han sido liberados de la dominación soviética y cuentan hoy con estructuras democráticas similares a las del occidente europeo; el muro de Berlín cayó y las dos Alemanias se han reunificado. El sistema económico del comunismo ha sido sustituido por sistemas orientados a la economía social de mercado occidental. Incluso en China se asiste a transformaciones económicas sustanciales por más que permanezca en pie el modelo político. Lo de Cuba parece cuestión de tiempo… En cambio, también podemos constatar el auge que está alcanzando, bajo el liderazgo de Hugo Chávez, el « socialismo del siglo XXI» así como el protagonismo de Lula, Evo Morales, Kirchner, Nicanor Duarte, Rafael Carrera, Daniel Ortega y Rodríguez Zapatero. Estos izquierdistas de comienzos del siglo XXI idolatran a Fidel Castro, uno de los déspotas más sanguinarios de la historia, y buscan eternizarse en el poder mediante el cambio de la constitución de sus países y la reelección ininterrumpida. El socialismo sigue avivando el populismo, inspirando despotismo e intolerancia, sembrando el odio, debilitando la libertad y el imperio de la ley y frenando el progreso de los pueblos.

 

La interpretación de este hecho puede ir en la siguiente dirección: el comunismo en cuanto aplicación de una filosofía, de una concepción de la vida, es un principio que puede ser realizado de distintos modos, conforme a las distintas características de los diversos períodos históricos. Aún más, su acción se adapta de modo necesario a las condiciones históricas. Por tanto, si bien el comunismo bolchevique se derrumbó, el comunismo mantiene una vigencia histórica, bajo formas calificadas como neomarxismo, neocomunismo o neosocialismo. Aunque también podríamos hablar de neoconservadurismo o neoliberalismo. Sería el magma en el que se mueven todos los que se desenvuelven en el ámbito democrático, una ideología común que va más allá de la aparente división entre derechas e izquierdas. Hoy más que nunca aparece recompuesta la unidad de los vencedores en la Segunda Guerra Mundial, rota temporal y aparentemente durante los años de la Guerra Fría.

 

Como consecuencia de esa adaptación a la realidad, el modelo de insurrección bolchevique fue descartado para definir y asumir un modelo distinto, más complejo y más profundo pues compromete orgánica e integralmente las conciencias de las personas. De hecho, la estrategia de acción política directa dio paso a una estrategia de acción cultural indirecta, fundada en un proceso de transformación de las mentalidades.

 

Fue el propio Carlos Marx quien estableció el principio materialista dialéctico según el cual la infraestructura (economía/materia) determina la superestructura (cultura/espíritu), razón por la cual la revolución debía ser realizada por el proletariado contra la burguesía, es decir, de abajo hacia arriba. Con el afán de realizar la revolución mundial y observando las dificultades que enfrentó el proceso revolucionario en Rusia, Antonio Gramsci, Secretario General del Partido Comunista italiano (1891-1937), profundizó el principio del materialismo dialéctico y adaptó el comunismo a la realidad de Occidente.

 

 

La estrategia gramsciana

 

Gramsci desarrolló entonces el concepto de hegemonía ideológica consignando que el movimiento entre infraestructura y superestructura es de carácter dialéctico. Es decir, que si la infraestructura material determina la superestructura ideológica, política, cultural y moral, esta superestructura a su vez puede tener vida propia y actuar sobre la infraestructura.

 

Partiendo de tal premisa, estableció un modelo revolucionario según el cual la hegemonía cultural es la base de la revolución comunista, significando con ello que ésta depende de la capacidad que las fuerzas revolucionarias adquieran para controlar los medios que permiten dirigir la conciencia y conducta social. Una revolución así entendida consiste en modificar de manera imperceptible el modo de pensar y sentir de las personas para, por extensión, terminar modificando final y totalmente el sistema social y político.

 

La estrategia gramsciana estaba diseñada del siguiente modo:

 

1. Para imponer un cambio ideológico era necesario comenzar por lograr la modificación del modo de pensar de la sociedad civil a través de pequeños cambios realizados en el tiempo en el campo de la cultura. Había que construir un nuevo pensamiento, entendido como el modo común de pensar de la gente que históricamente prevalece entre los miembros de la sociedad. Para Gramsci, esto era más importante, y prioritario, que alcanzar el dominio de la sociedad política (conjunto de organismos que ejercen el poder desde los campos jurídico, político y militar).

 

2. Para lograr este objetivo era necesario adueñarse de los organismos e instituciones en donde se desarrollan los valores y parámetros culturales: medios de comunicación, universidad, escuela... Después de cumplido este proceso, la consecución del poder político caería por su propio peso, sin revoluciones armadas, sin resistencias ni contrarrevoluciones, sin necesidad de imponer el nuevo orden por la fuerza, ya que el mismo tendría consenso general.

 

Un modelo histórico de actuación de acuerdo con estos principios sería la mentalidad ilustrada preparando el terreno para lo que luego sería la Revolución Francesa y el liberalismo extendido por toda Europa y América gracias al cambio de pensamiento hegemónico promovido desde el siglo anterior.

 

3. Para tener éxito, habría que sortear dos obstáculos: la Iglesia Católica y la familia.

 

 

La Escuela de Frankfurt

 

La estrategia dispuesta por Gramsci fue proyectada por la llamada Escuela de Frankfurt, originalmente fundada en 1923 como Instituto para el Nuevo Marxismo y luego denominado Instituto para la Investigación Social para encubrir su objetivo sentido político.

 

Por autores como Georges Lukács, Max Horkheimer, Theodor Adorno, Wílhelm Reich, Erich Fromm, Jean Paul Sartre, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas, etc., se formula la doctrina del neomarxismo y a partir de él la izquierda elabora un concreto programa de acción estructuralista que logra una decisiva influencia en distintos campos del pensamiento, en la psicología (Lacan), la educación (Piaget) y la etnología (Levi Strauss), entre otros.

 

 

El neomarxismo regresa a Europa

 

Fueron básicamente estas elaboraciones ideológicas las que activaron y sustentaron el proceso revolucionario de los años sesenta del siglo XX, siendo particularmente efectivas entre los estudiantes de las Universidades de Francia y Alemania. Asimismo, estas ideas también serían la base tanto del llamado eurocomunismo como del neosocialismo desarrollado en distintas latitudes durante los años ochenta y noventa.

 

Estas raíces norteamericanas de la actual izquierda europea han sido expuestas con detalle por Paul Edgard Gottfried (La extraña muerte del marxismo, Ciudadela, Madrid, 2007) y es una de las circunstancias que explican la escasa repercusión que en los comunistas y socialistas ha tenido la caída de la Unión Soviética: ideológicamente estaban más vinculados a USA que a la URSS y, probablemente, un régimen «duro» que se presentaba como paradigma de la ortodoxia comunista resultaba para ellos un obstáculo más que una referencia.

 

 

Componentes de la mentalidad y de la estrategia neomarxista

 

El principio constitutivo de esta creencia radica en un materialismo que niega la existencia de un principio anterior y superior al hombre. Explícitamente se niega la existencia de un Dios creador, se rechaza la existencia del alma humana y, por tanto, de toda esencia y toda trascendencia del ser. Se impone un sistema teóricamente multiculturalista basado en un relativismo absoluto, el cual implica la negación de la existencia de verdades absolutas de validez universal.

 

Asumiendo tales premisas, ¿cómo se manifiesta concretamente este nuevo tipo de acción revolucionaria?

 

La aplicación de este sistema procura generar un ánimo hostil contra todo tipo de autoridad, contra toda forma de jerarquía y orden sea en el terreno religioso o en el civil. La autoridad se degrada sistemáticamente en la Iglesia, el Estado, la familia o la enseñanza. Este quebrantamiento del orden natural conduce a una completa pérdida de principios y un radical decaimiento en la moral. Se desencadenan las pasiones en los niños y adolescentes a través de una educación sexual estatal o de los medios de comunicación que gestan un ambiente de impureza omnipresente. A fin de romper la estructura del sistema social, se introduce un igualitarismo radical proyectado en la ideología de género que proclama la superación del actual modelo de sociedad mediante la transformación de la diferenciación sexual en puras categorías culturales y, por consiguiente, opcionales y elegibles.

 

Una vez destruido el universo de valores hasta entonces vigentes, su lugar está siendo ocupado por una nueva hegemonía: la de esa mentalidad, hoy dominante, sustrato permanente de una práctica política socialista que es, al mismo tiempo, la consecuencia y el principal motor del proceso.

 

Al servicio de esta estrategia se ponen medios tan dispares como la democracia, la demolición del Estado nacional, la inmigración, la infiltración y auto-demolición de la Iglesia, la memoria histórica, la educación para la ciudadanía o la cultura de la dependencia promovida por una gestión económica de los recursos dirigida por el Estado.

 

 

¿Hay alternativa?

 

Si existe, únicamente será posible en la medida que tenga lugar la recuperación de la hegemonía en la sociedad civil. Algo que implica la lucha por la Verdad, que no se impone por sí misma, y la capacidad de generar instrumentos coercitivos que, al amparo de la ley, actúen como freno de las tendencias disgregadoras.

 

Ángel David Martín Rubio

Conferencia pronunciada el día 24 de octubre de 2008, en la Universidad San Pablo-CEU, en el marco del ciclo “Conversaciones en el Valle”, organizado por la Hermandad del Valle de los Caídos

 

Francisco Vázquez y la ingeniería social de la izquierda.

Francisco Vázquez y la ingeniería social de la izquierda.

Nuestro flamante embajador en el Vaticano, el católico socialista, o socialista católico (aquí el orden de los factores sí altera el producto), Francisco Vázquez, ha rectificado en parte sus anteriores declaraciones, por las que criticaba la multitudinaria manifestación recientemente celebrada en defensa de la “familia cristiana”; desmarcándose así de la ofensiva desatada desde la izquierda contra la Iglesia católica.

 

De modo que, y refiriéndose a algunas de las reacciones producidas ante esa celebración del pasado 30 de diciembre, Vázquez aseguró que “Hubo excesos, pero después hubo excesos intencionados en la repuesta a aquel acto, porque hay sectores y personas con nombres y apellidos concretos que están empeñados desde hace tiempo en una cruzada anti-Iglesia, que intenta relegarla a una posición de silencio”. Unas afirmaciones cuanto menos sorprendentes, pues él, miembro destacado del PSOE, parece ignorar que esos sectores y esas personas “con nombres y apellidos concretos”, no son voces aisladas y sin peso en el seno de la izquierda, sino portavoces representativos y totalmente consecuentes con el pensamiento radical que nutre “su” propio partido. El suyo.

 

Hay que ser bastante ingenuo como para que esta polémica haya cogido desprevenido a nadie. La izquierda española, que nunca fue especialmente original ni creativa, viene experimentando un proceso de radicalización, fruto de las nuevas coordenadas ideológicas del progresismo planetario. Aunque haya descartado, en su conjunto, las teorías y prácticas del desaparecido “socialismo real”, se viene rearmando doctrinalmente con nuevas corrientes elaboradas desde la eclosión del 68: feminismo radical, pensamiento crítico, multiculturalismo relativista…

 

Es incuestionable que buena parte de las políticas de izquierda viene determinada por un maquiavelismo pragmático que persigue la conquista del poder y su conservación a toda costa. Pero no carece de convicciones. Acaso no sean muy numerosas, ni estén excesivamente elaboradas. Pero ahí están.

 

Esta nueva izquierda, cocida en la explosión antiautoritaria y antitradicional del 68, enlaza con algunas de las señas de identidad de las izquierdas: fundamentalmente, el objetivo de una utópica sociedad igualitaria en la que hayan desaparecido las relaciones de explotación y los grupos reaccionarios. Pero, aunque ya no sea la clase obrera el actor revolucionario por excelencia, una novedosa ingeniería social izquierdista trabaja desde la cultura, los medios de comunicación, determinados movimientos sociales y el poder político, por esos ideales “de siempre”; aderezados con consumismo y bienestar sobre una buena base de individualismo. Ah, la gauche champagne…

 

En este nuevo tránsito revolucionario, algunas organizaciones sociales son bienvenidas e impulsadas, como precursoras de ese “ineludible” cambio social: ciertos sindicatos, docentes críticos, autoproclamados defensores de la sanidad pública, secciones del movimiento antiglobalizador, organizaciones abortistas y feministas radicales, intelectuales progresistas, juristas alternativistas… Todos ellos forman esa “sociedad civil” que, junto al PSOE, persigue la transformación de las mentalidades, generando nuevas realidades sociales. Unas nuevas estructuras “liberadas” de los viejos mecanismos de explotación, de diverso adjetivo: patriarcal, oligárquico, capitalista, burgués, reaccionario, anticuado, facha…

 

En este contexto, ni las Iglesias, ni el movimiento pro-vida, ni los grupos identitarios españoles, ni el movimiento cívico de resistencia al terrorismo, ni los padres y madres “confesionales” de alumnos, ni los grupos de víctimas críticos con el actual poder, ninguno de ellos forma parte de esa “sociedad civil” amparada por la izquierda: y es que son estructuras sociales que hay que eliminar, o al menos, acallar. Así se progresa.

 

De nuevo, también para el actual socialismo, la Iglesia es un obstáculo para “el” progreso. Por motivos diferentes que para sus antecesores comecuras y fusilafascistas del siglo XX. Pero, en cualquier caso, la conciben como una estructura “superada” del pasado. Y la admitirá, únicamente, en la medida en que sea una realidad minúscula o que, al menos, una vez domesticada, ya no moleste.

 

Por ello, esas invocaciones a la “familia cristiana” les han indignado tanto: por situar en el centro del escenario social el “quid” de la cuestión. Por atreverse a plantear alternativas concretas, por dar la cara. Tal es la razón última de esta confrontación no buscada por la Iglesia.

 

Para la ingeniería social progresista es objetivo irrenunciable el cambio de las mentalidades mediante la aparición de nuevas formas sociales –decíamos- que “produzcan” individuos dóciles al poder, que comulguen con el pensamiento “políticamente correcto”; sujetos autodeterminados y liberados, los llaman. De ahí la importancia de la Educación para la Ciudadanía; tal y como la entiende esa izquierda que persigue la hegemonía cultural al más puro estilo gramsciano.

 

De modo que cuando se habla de “sociedad civil”, según de quien se trate, se estará refiriendo a conceptos de significación y función difícilmente conciliables.

 

Semejante concepción de la política y del cambio social arrastra a la nueva izquierda a unos comportamientos que, por no pocos observadores, son calificados como totalitarios. Y no puede ser de otra manera, no en vano, es toda una dialéctica de poder la que, en última instancia, le mueve, siendo su pretensión inevitable el control y dirección de toda realidad social. Un totalitarismo al que no le gusta las disidencias y que atribuye legitimidad de actuación en política a los actores que él determine según su conveniencia táctica. De ahí que, en estos momentos, nieguen visibilidad social y, en última instancia, política, a la Iglesia y a cualquier otro actor independiente.

 

Francisco Vázquez es muy libre, como cualquier ciudadano español, de obrar según sus personales convicciones e intereses. Es más, algunos de sus comportamientos, a lo largo de todos estos años, han sido de agradecer; acreditando cierta valentía y libertad personal. Pero tenemos que ser conscientes de las ideas operativas que modelan la realidad y de la naturaleza de sus compañeros de viaje. Si Francisco Vázquez quiere mirar hacia otro lado, es su problema. Pero que no pretenda vendernos la moto.

 

Fernando José Vaquero Oroquieta

Diario Liberal, 17 de enero de 2008



El surfista Zapatero

El surfista Zapatero La maratoniana entrevista que ha publicado el diario El Mundo con el presidente del Gobierno tiene la virtud de definir con más precisión algunos rasgos de la personalidad de José Luis Rodríguez Zapatero que ayudan a entender su cambiante y oscura gestión política.

Sus respuestas y sobre todo sus reacciones espontáneas ante algunas cosas que le suceden durante la charla con Pedro J. Ramírez revelan que el Zapatero real no se ajusta al retrato que a veces se ha pintado de él como gran ideólogo que, encerrado en su despacho, diseña fríamente una gran transformación de la sociedad española y de la estructura del Estado. El jefe del Ejecutivo es más bien un oportunista ambicioso que ha llegado al poder y se ha mantenido en él a lomos de una marea ideológica que se ha ido formando a lo largo de los últimos 30 años.

 

Zapatero es como un buen surfista que ha sabido encaramarse con su tabla a la cresta de unas olas que se empezaron a formar hace años y que ahora rompen con fuerza en las arenas de la política española arrastrando consigo a la conciencia colectiva. Durante estos cuatro últimos años ha surfeado, manteniendo el equilibrio, apoyándose algunas veces en partidos más moderados, más fieles a la Constitución, pero estableciendo sus principales alianzas con fuerzas extremistas del nacionalismo o de la izquierda, o bien grupos abiertamente antisistema.

 

Culturalmente, Zapatero se apoya en un pensamiento que se ha ido fraguando a lo largo de tres décadas. Son muchas las películas y novelas sobre la guerra civil y la posguerra las que han servido para crear una determinada visión mítica sobre la que se apoya la Ley de Memoria Histórica. Son muchas las películas y series de televisión que han servido para vender como algo normal y conveniente el individualismo, la soledad y las relaciones de interés sobre los lazos familiares y la amistad sincera, antes de poder sacar adelante leyes como la del matrimonio homosexual o el “divorcio-exprés”.

 

En este tipo de pensamiento confluyen la izquierda, buena parte del nacionalismo, el feminismo y el ecologismo, unidos en la creencia de ser los dueños del avance de la historia, del progreso, de la modernidad.

 

Oportunista obsesionado sólo con aquellos que le pueden mover la silla. Es muy ilustrativa su primera reacción ante el dato del 2% de superávit: “A más de uno le va a sorprender esta cifra…je, je”. Ésta no parece una reacción propia de alguien que debía considerarse presidente de todos los españoles, con la preocupación puesta en el interés general. Por eso sus acometidas más punzantes y las más habituales se dirigen siempre hacia un partido: el PP, por ser el único que puede disputar a los socialistas la victoria en las urnas y por tanto el acceso a la Moncloa. Es el enemigo a batir, más aún que aquellos que socavan el actual marco de convivencia, en los que el Gobierno se ha apoyado.

 

Pone los pelos de punta la pobreza de ideas que muestra el presidente cuando se le pregunta sobre la educación o las relaciones con la Iglesia. A pesar de decir que es el “tema más importante de la entrevista y en el que más ha trabajado”, las preguntas sobre la educación se las ventila hablando del alto índice de analfabetismo que había en España hace 30 años y de la importancia de aprender inglés, y deja traslucir en este asunto un conformismo muy preocupante.

 

De las polémicas suscitadas en torno a leyes como la del “divorcio-exprés” o el matrimonio gay sólo se defiende argumentando que el Gobierno ha cumplido los compromisos electorales del PSOE, pero lo cierto es que el matrimonio entre personas del mismo sexo con permiso para adoptar niños no estaba en el programa socialista, donde sólo figuraba una referencia a una ley de uniones de hecho. Un detalle que hace pensar que su calculada ambigüedad respecto a la cuestión del aborto se convertirá, en caso de que vuelva a presidir el Gobierno, en un apoyo a una ley de plazos que permita abortar en todos los supuestos.

 

Es excesivo considerar a Zapatero el responsable de la gradual desintegración del marco institucional y territorial, del deterioro de la familia y de la convivencia, del incremento del relativismo moral o de las ofensivas laicistas. No es el impulsor intelectual de todo eso, sino alguien que ha arrimado el ascua a la sardina, que ha aprovechado determinadas corrientes culturales e ideológicas en beneficio propio. Por ello, los empeños de quienes son conscientes de estas emergencias no deben centrarse tanto en derribar a Zapatero como en construir alternativas desde todos los ámbitos.

 

Ignacio Santa María

Páginas Digital, 14 de enero de 2008