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Sonrisas para el juicio

El lugar en el que el terrorista es juzgado le ofrece una oportunidad de justificar la supuesta motivación política de sus crímenes. No es extraño que lance proclamas y amenazas que sobrecogen a quienes escuchan la frialdad con la que se jacta de bárbaros asesinatos. ¿Qué pasa realmente por la mente del terrorista en esos momentos?.

 



Hace unos días, la Prensa publicaba la fotografía del etarra Francisco José Ramada durante su juicio en la Audiencia Nacional. Junto a él aparecía su compañera, Sagrario Yoldi. Ambos sonreían frente a los magistrados que les han juzgado por su participación en el secuestro del industrial guipuzcoano José María Aldaia, que permaneció privado de libertad entre mayo de 1995 y abril de 1996. En dicha foto los rostros de felicidad de los responsables de la tortura de un ser humano durante tan largo periodo no reflejaban la crueldad de sus actos. Con frecuencia, los integrantes de la banda terrorista muestran un semblante risueño y desafiante en el momento de ser juzgados, recurriendo también en ocasiones al insulto, componiendo todo ello un escenario especialmente doloroso para los familiares de las víctimas. En semejante contexto puede enmarcarse el comunicado que el mes pasado emitió la Asociación de Víctimas del Terrorismo: «Ante la soledad en muchos casos y las difíciles circunstancias que los familiares de las víctimas del terrorismo tienen que afrontar cuando se realiza el juicio contra los asesinos terroristas en la Audiencia Nacional, a quienes acompañan numerosos miembros de las diversas organizaciones de apoyo a los presos terroristas, esta asociación da inicio a un proyecto basado en el acompañamiento a los juicios de las víctimas del terrorismo».

Para el terrorista, el juicio representa otro escenario más en el que se dirime el conflicto al que alude constantemente con el objeto de argumentar y racionalizar sus acciones. El lugar en el que el terrorista es juzgado por ese Estado al que se enfrenta violentamente, así como el mismo procedimiento en sí, le ofrece una oportunidad de justificar la supuesta motivación política de sus crímenes. No es por ello extraño que los acusados lancen proclamas e incluso amenazas que sobrecogen a quienes escuchan la frialdad con la que se jactan de bárbaros asesinatos. Ante estas actitudes cabe preguntarse qué pasa realmente por la mente del terrorista en esos momentos y qué otros factores subyacen bajo un comportamiento público que mucho tiene de escenificación.

Así, por ejemplo, un antiguo miembro del grupo terrorista IRA responsable del asesinato del protestante Kenneth Leneghan en 1976 revelaba años después el tremendo impacto que le causó la presencia durante el juicio del padre del asesinado, que dejó en su memoria un imborrable y devastador recuerdo. El asesino de Leneghan tampoco ha olvidado la imagen del cuerpo desplomándose a cámara lenta mientras vaciaba el cargador de su pistola y cómo al iniciar la huida cuatro cuerpos se desangraban sobre el asfalto. «Podías haber sido tú mismo si hubieras pasado por allí y te hubieses topado con nosotros», recuerda el asesino para exponer el efecto indiscriminado de su acción. Tan sólo unas horas más tarde, las fuerzas de seguridad le detendrían e interrogarían durante varios días antes de ser acusado de asesinato. Las huellas que dejó en el coche le habían delatado.

Su comparecencia ante el juez fue la de un joven envalentonado y desafiante. Su frialdad y arrogancia sólo se vieron amenazadas cuando descubrió en la sala la presencia del padre de esa persona a la que había asesinado cobardemente. Su mirada se clavó en aquel anciano para reparar en el rostro de un hombre triste, cansado, que acababa de recibir la noticia del asesinato de su hijo. Recuerda todavía con absoluta nitidez su vestimenta: un abrigo deshilachado y una camisa vieja. Era un hombre pobre e indefenso que le hizo sentirse avergonzado de su crimen. Mientras estos pensamientos recorrían su mente, su conciencia le atormentaba: había asesinado al hijo de ese hombre frágil que aparecía ante él completamente destrozado y con una enorme dignidad.

Unas horas antes, este mismo asesino se había sentido decepcionado porque únicamente había logrado asesinar a una sola persona. Siempre había pensado que, si le detenían, al menos debía ser por el asesinato de más de una persona, pues, en su opinión, una pena en prisión no merecía menos. Sin embargo, ante la presencia silenciosa y humilde de ese anciano abatido tuvo que afrontar por primera vez sentimientos de culpa. Reconoce que intentó vencerlos con una actitud arrogante jactándose de nuevo de su crimen y de su hipotética efectividad. No obstante, treinta años después sigue sin olvidar el rostro arrugado de aquel anciano y desea que ojalá jamás le hubiese arrebatado a su hijo. Asegura que lo que entonces consideró como una hazaña nunca lo fue y que no contribuyó un ápice al objetivo idealista y vago de liberar Irlanda. Sí sirvió en cambio para provocar otras muertes y para que otros desearan verse liberados de asesinos como él.

«¿Qué cojones sabía yo de política a los dieciocho años? ¿Qué cojones puede saber de política un crío a los dieciocho años?», se pregunta, a la vez que admite que el adoctrinamiento nacionalista alimentó el fanatismo y la manipulación de otros jóvenes como él. El verdadero alcance de la supuesta motivación política de hombres y mujeres que mataron por el IRA la sintetizaba uno de ellos cuando aludía a su incipiente activismo con estas palabras: «Yo era muy pro republicano sin saber lo que el republicanismo era realmente». Muchos son los antiguos convictos del IRA que admiten que militantes de mayor edad les inculcaron una «educación política» totalmente deformada que posteriormente instrumentalizaron para justificar sus crímenes. De esa manera lograban interpretar sus actos como legítimos y necesarios eludiendo así hacer frente a la humanidad de sus víctimas y a la inmoralidad de sus crímenes.

Como en el caso de este ex preso del IRA, bajo la bravuconería que muchos etarras despliegan ante el juez se esconde una realidad escasamente romántica que objetivamente es susceptible de provocar un nulo orgullo y halago, a pesar de sus intentos por demostrar lo contrario. En contraste con esa exaltación de la violencia en la que muchos etarras convierten sus juicios, es útil recordar las declaraciones de uno de ellos, Eugenio Irastorza, al abandonar la cárcel tras cumplir veintitrés años de condena, pues reflejaban un innegable fracaso que expone la patética teatralidad con la que a menudo ensalzan el terrorismo los integrantes de ETA.

En una entrevista publicada en 'Gara' en septiembre de 2003, respondía así a la pregunta de si creía que la situación política había cambiado durante su tiempo en prisión: «No mucho. Precisamente, durante la comida comentábamos que en el momento en que yo salgo entran otros cuatro. Los avances que ha conseguido la izquierda abertzale han supuesto una serie de cambios, pero en lo sustancial apenas ha variado. La negación de los derechos de Euskal Herria sigue siendo la misma que cuando yo comencé. Ves cómo nuevas generaciones se van incorporando. Yo entré siendo un chaval, y ahora están entrando chavales que no habían nacido cuando yo entré. Y eso se hace duro, porque ves el coste tan grande que supone reivindicar los derechos de nuestro pueblo. Pero sobre todo sientes orgullo del pueblo al que perteneces y de la gente que tienes». Ese cuestionable orgullo de pertenencia a un pueblo que rechaza mayoritariamente al grupo terrorista ETA es el pobre balance que a este antiguo activista le queda después de pasar media vida en prisión tras asesinar a Dionisio Imaz, propietario de un taller, en abril de 1979. Es muy revelador que la opinión de otros excarcelados atribuya una similar ineficacia a la violencia de ETA. Después de treinta años de terrorismo, realmente pocos éxitos más allá del sufrimiento generado pueden exhibir, al igual que Irastorza, esos etarras que sonreían días atrás en la Audiencia Nacional antes de ser condenados por el secuestro y tortura de un ciudadano vasco.

Rogelio Alonso es autor del libro “Matar por Irlanda. El IRA y la lucha armada”, publicado en 2003 por Alianza Editorial.

Rogelio Alonso, EL CORREO, 8/5/2004

 

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