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La fobia a la Iglesia de la izquierda

La fobia a la Iglesia de la izquierda

Por más que me he empeñado en escribir sobre el misterio de la Navidad, el misterio en el que Dios comienza a mirar a los ojos al hombre con ojos de hombre, no he podido. El diario El País no me deja. Cuando los obispos españoles publicaron la Instrucción Pastoral Orientaciones morales ante la actual situación de España no pocos fueron quienes se preguntaron cuál sería la respuesta de la izquierda anticlerical a aquel lúcido análisis.

 

El manifiesto en favor de la laicidad, una especie de principios fundamentales del movimiento de la Educación para la ciudadanía, supuso un punto y aparte significativo en la estrategia del PSOE no sólo por confundir las ideas –ligando de nuevo el monoteísmo con el fundamentalismo– sino por poner sobre el tapete el desiderátum del proyecto cultural, social y ético de los laicistas.

 

Durante unos cuantos días, un esforzado y voluntarioso líder de los cristianos socialistas se prodigó en artículos para explicar lo que había pasado con la Iglesia en la Segunda República. Vano intento, no hace falta más que fijarse en la lista de los mártires durante la Guerra Civil. Claro que se le olvidó escribir que el error principal de los republicanos, empujados por los radicales de los radicales, fue iniciar su proyecto de reforma de España y de los españoles por la aniquilación de la Iglesia. Y, además, lo hicieron en la calle, con lo que ni la Constitución república sirvió para establecer los marcos al desenfreno cristofóbico y eclesiofóbico de la izquierda más laicista y masónica. Si el Gobierno pretende sustituir la legitimidad de 1978, de la Constitución, por la legitimidad de 1931, no debe caer en el error de confesar públicamente que quien primero debe perder peso y fondo social es la Iglesia. Es cierto que han aprendido de la historia. Ahora con la Iglesia se llega a acuerdos y a lo cristiano se le persigue formalmente.

 

La última hazaña ha sido un reciente reportaje dominical del diario de los Polanco en el que se hablaba de los otros curas. ¿Quiénes son los unos y los otros? Pues hete aquí que ya sabemos que, como repetía un reciente editorial del diario de PRISA, no sólo los obispos son contradictorios, la Iglesia es una gran contradicción. Porque de entre los más de veinte mil sacerdotes hay una docena que salen en los periódicos diciendo que están a favor del matrimonio homosexual, del celibato opcional, del preservativo utilizado con sentido común (sic), de los pobres, de los marginados, de sí mismos, de sus amigos... Y todo este proyecto cultural está sazonado con críticas a la jerarquía de la Iglesia que está en manos –reportaje dixit– de los neocon. Los perfiles de esa nueva teología de la liberación modo hispánico coinciden con los presupuestos de no pocos seguidores a ultranza de un laicismo no sólo cristofóbico, también eclesiológico. El desprecio a lo cristiano en España siempre pasa por la primera estación del desprestigio y de la ridiculización de la Iglesia, máxime si la principal y primera eclesiofobia es la que practican unos pocos de dentro.

 

Dice y repite el diario pro-gubernamental que hay otra Iglesia dentro de la Iglesia. Una Iglesia más abierta hacia los paisajes de los valores del mayo del 68. ¿Acaso eso no es muy antiguo? Lo que existe no es una disidencia organizada; se da un ruptura de hecho con la comunión de la Iglesia, aunque sea implícita, más extendida de lo que parece. La libertad en la Iglesia nunca puede alcanzar los límites de lo que la define y configura como Iglesia católica. Si así fuera, dejaría de serlo, y se adscribiría a ese miliar de iglesias y sectas protestantes.

 

Señala el texto que si la Iglesia fuera una empresa –ni lo es, por gracia de Dios, ni lo puede ser–, a los cardenales Rouco y Cañizares habría que echarles de los cargos directivos. Lo curioso es que si no fuera por los cardenales Rouco y Cañizares, y por los que les precedieron, no se hubiera dado en España la correcta aplicación del Concilio Vaticano II y ahora estaríamos no ya peor, sino pésimamente. El laicismo de izquierdas no tiene bastante con las ideas; ahora se ensaña con la Iglesia en un ejercicio de eclesiofobia del que, sobre todo, hay que lamentar el apoyo de algunos de dentro.

 

Por José Francisco Serrano Oceja

 

Libertad Digital, suplemento Iglesia, 21 de diciembre de 2006

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