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Foro El Salvador

¿Guerra de sexos?

Desamoradas, degeneradas, desquiciadas

Desamoradas, degeneradas, desquiciadas

Gracias al PSOE y al PP, a Teresa Fernández de la Vega y a Ana Pastor, así como al gusto por el maquillaje de la sociedad mediática, las mujeres españolas, unas 22 millones, han caído en la cuenta, así, de repente, de que, en el fondo, no eran tan felices como creían ser. Por el contrario, ahora, justamente ahora, se han percatado de que el hombre –no en su sentido genérico, sino el varón concreto que tienen justo al lado-, las desprecia, humilla, golpea y violenta con actitud dolosa, saña infinita y perseverancia criminal.

No es broma. El Gobierno considera que en España existen 2 millones de mujeres maltratadas (¡¡¡!!!). El cálculo anterior –dos años atrás- era de 650.000, aunque una de las razones para ser considerado pérfido maltratador consistía en no cederle a la pareja el mejor sillón del salón del hogar a la hora de ver la tele (sic). Tiemblo sólo de pensar cómo han podido llegar a los dos millones. Hombres maltratados, ninguno, cifras marginales. Por eso, doña Teresa, la más popular, ha aplicado a las señoras, a todas las mujeres, a todas las amazonas, planteamientos y adjetivos que antes se reservaba para las víctimas del terrorismo etarra: “ellas nunca tienen culpa”- asegura, más cabreada que emocionada, Teresa Fernández de la Vega, introduciendo así una cuña del Estado, es decir, de la represión, en la liberada, es decir, la familia, quizás porque, vaya usted a saber por qué, a doña Teresa no le agrada, lo que se dice nada, la familia. Al menos, la familia fundada sobre el compromiso heterosexual, es decir, la única familia posible.

Doña Ana Pastor, como buen pepera, acude al quite, y fuerza a Mariano Rajoy a entrar en esta competición política en defensa de la mujer maltratada y afirma que el Gobierno ha fracasado. Esto es como la matanza de embriones humanos: la comenzó ella, doña Ana Pastor, como ministra de sanidad del Gobierno Aznar. Luego la ministra socialista Elena Salgado fue todavía más allá, más bruta ella, y ahora doña Ana está escocidísima porque le ocurre lo mismo que al navarro del chiste: ¿Qué dice el obispo que somos el segundo pueblo que más blasfema de Navarra? ¡Rediez, hemos de ser los primeros! Naturalmente, la ley ZP contra la violencia de género ha generado más violencia de género, entre otras cosas porque muchas mujeres se han apuntado a la llamada cultura de la queja continua -digo llamada porque no veo la cultura por sitio alguno- y con ello han convertido la convivencia de muchas parejas en un infierno.

El problema es que, aunque los altavoces mediáticos y lo políticamente correcto nos aturdan y entontezcan, ningún proyecto sale adelante si está montado sobre la mentira. Es como esos silogismos que parten de una premisa o de un dato falso, que luego se desarrollan con deducciones muy lógicas, pero que, al haber partido de una raíz falsa, acaban concluyendo, a pesar de toda su coherencia, verdaderas animaladas. Así, la gran mentira, la raíz falsa, de la que parte toda la campaña sobre la violencia de género es la de que el violento siempre es el hombre. Al menos en la sociedad actual, la mujer es mucho más violenta que el varón. Lo que ocurre es que, en esta y en cualquier otra sociedad del pasado, el varón se defiende utilizando la fuerza física… por la sencilla razón de que todos las personas, puestas a pelear, se acogen a las armas de las que disponen. Pero cuando llega la violencia física es porque antes ha habido más violencia, más humillaciones y más mala uva… no física. Por eso hay más mujeres maltratadas físicamente (repito, físicamente) que hombres, aunque esta estadística, con ayuda de doña Teresa Fernández de la Vega y doña Ana Pastor, podría llegar a cambiar, dado que la fuerza pública se ha situado de parte de la mujer para prevaricar contra el varón.

Tanto es así, que la llamada liberación femenina no es más que el producto del progreso técnico. ¿Por qué las mujeres han ido copando más poder en los siglos XIX y XX? Pues porque cuando el poder se decidía por la espada y la caballería, el hombre tenía todas las de ganar. Pero cuando un dedo basta para apretar el misil que puede matar a miles, lo mismo puede hacerlo un pulgar masculino que uno femenino. En economía ocurre lo mismo : cuando la fuerza bruta cede ante la mecanización, la mujer va subiendo en el escalafón.

Pero volvamos a la opresión del varón. El anuncio que nos rodea en el metro y en los medios informativos (la violencia de género se está convirtiendo en el mayor anunciante de España, por delante de El Corte Inglés) nos presenta a una mujer frágil, que nos confiesa desde el cartel: “Ya no me humilla más”. Esto me recuerda una frase muy repetida por las mujeres de hoy (por las buenas, no por las feministas, éstas no reconocen nada) que viene a explicar así la situación: “Puestas a ser malas, las mujeres somos más malas que los hombres”. El problema es que nadie es malo hasta que “se pone a ser malo”, por lo que el precitado tópico debe reproducirse así: “La mujer es más mala, tiene más mala leche, que el hombre”. O como recuerda el otro adagio, éste no feminista: ¿Qué es un gay? Uno que tiene la fuerza de un hombre y la mala leche de una mujer”.

La humillación más habitual en el mundo actual corre en sentido opuesto : es la mujer la que más humilla a su pareja y la que además, le somete al siguiente chantaje: “O vives como yo quiero o rompemos”. La prueba del nueve: el vuelco de la degradación familiar en Occidente consiste en que hoy es la mujer quien decide romper la familia en mucha mayor proporción que el hombre. Doña Teresa y doña Ana, que odian la familia, deben de estar muy contentas con el incremento de separaciones y divorcios, pero no estoy seguro de que su alegría reporte muchos bienes al conjunto de la sociedad.

El problema de la mujer actual es que ha caído en una peligrosa cascada de degradación: hoy muchas mujeres, no sólo las feministas, son mujeres desamoradas; por desamoradas, degeneradas moralmente; por degeneradas, desquiciadas.

Desamoradas: mujeres incapaces de entregarse (el amor no es más que entrega) y de comprometerse (el matrimonio no es más que compromiso). La entrega la consideran servilismo, y el compromiso, rendición.

Pero la moral no es más que caridad, es decir, amor, es decir, donación. Por tanto, si uno es incapaz de comprometerse acaba degenerando moralmente. Por eso la mujer actual, aun más que el varón, despotrica contra el compromiso de por vida, por eso homologa la pareja a una especie de contraprestación, y por eso se niega a tener hijos. Recuerde: el bebé lo exige todo y no ofrece nada, al menos nada material. De ahí, surge, en lógica consecuencia, todo los demás males, como el aborto. No olvidemos que la mayor violencia de género –y de cualquier otro tipo y denominación- la ejerce la mujer, con el asesinato del propio hijo de sus entrañas, en España en la proporción de 95.000 homicidios anuales.

Y el tercer paso es de aún más lógica inferencia: la mujer desamorada acaba siendo degenerada, pero la degenerada acaba tocada, esto es, termina siendo una mujer desquiciada, infeliz. Para demostrar este último punto no hacen falta argumentos: simplemente salgan a la calle y contemplen el panorama. La expresión –no la cara- es el espejo del alma.

Todo esto lo digo con mucha pena. No resulta reconfortante definir como desamorada, degenerada y desquiciada a la mitad de la humanidad. Pero lo cierto es que el virus feminista, una de cuyas consecuencias es privar de todo sentido de ecuanimidad y hasta de todo sentido racional- ha provocado el nuevo marxismo, que no es la guerra de clases, sino la guerra de sexos, mucho más letal que aquélla, pues convierte la batalla en global universal. En ella estamos, y alguien debe gritar que el emperador camina desnudo, pero el virus continúa haciendo estragos en la racionalidad humana. Además, no olvidemos que el feminismo siempre acaba en lesbianismo y que el objetivo de las feministas no es otra cosa que una sociedad de amazonas, un horror que supera al de cualquier tiranía conocida. No, la crisis no es la violencia de género –eso es una consecuencia- sino la degradación de la mujer. Y es una crisis terrible: ojalá pase cuanto antes, aunque me temo que la dormidera feminista bloquea el inicio de la solución: que la mujer sea consciente del origen de su amargura.

Y no hablo de doña Teresa y doña Ana, que conste.

Eulogio López

Hispanidad, 24 de noviembre de 2006

El feminismo como arma política

El feminismo como arma política

Hace unos días conocimos que un ayuntamiento de Madrid, gobernado por la izquierda, iba a cambiar la señalización de los pasos de peatones. A partir de ahora, el muñecote que representa al peatón será sustituido por la silueta de una mujer con trenza y falda.

Este domingo se difundía la noticia de otra nueva propuesta estrafalaria. El PSOE pretende llevar la paridad a las monedas, pues quiere que a partir de ahora se acuñen con representaciones femeninas. De hecho, ha propuesto que la primera sea Clara Campoamor, famosa militante socialista de aquellos años 30 en los que el socialismo era antidemocrático y terrorista... algo similar a los batasunos de hoy.

Ambas propuestas son claras manifestaciones del programa progresista para dividir a la sociedad. Hasta ahora, por ejemplo, nadie se había planteado el carácter discriminatorio de las señales de tráfico. De hecho, ni siquiera nos habíamos planteado si el monigote representado en las placas era un hombre o una representación asexuada. Sin embargo, la nueva propuesta ha creado una división donde no la había. Otro tanto pasa con las monedas. Ninguno había caído en que en la misma se encontraba efigie alguna masculina fuera de la de Juan Carlos. Sólo una vez aparecida la noticia, y al prestar atención a las monedas de diez céntimos, hemos podido descubrir que en efecto había un hombre representado: Don Miguel de Cervantes. No obstante, salvo las feministas radicales y los progres, nadie había considerado este hecho discriminatorio. Se ha creado otra división donde no la había.

Lo curioso, además, es lo absurdo de las medidas propuestas para salvar estas supuestas discriminaciones. Por una parte, se sustituye el muñecote por una silueta troquelada con falta y coleta, que curiosamente son los símbolos femeninos por excelencia, aquellos contra los que el feminismo y la progresía en armas llevan años de lucha. Y en cuanto a las monedas, se pretende reproducir la efigie de Clara Campoamor, que precisamente se opuso a la extensión del derecho de sufragio activo a las mujeres, por estimar que estas votarían a la derecha. No olvidemos que el derecho de voto para las mujeres lo consiguió la derecha en la II República y no la izquierda.

Sin embargo, se intentan ocultar realidades más acuciantes, como por ejemplo el hecho de que en 2005 11.000 los hombres sufrieron agresiones a manos de sus parejas. No obstante, estas agresiones no tienen la consideración legal de delito, y sí de falta, porque la ley de Violencia de Género, actualmente recurrida ante el Tribunal Constitucional, ha introducido en España el delito de autor, figura jurídica de invención nazi que consiste en la penalización de determinadas conductas no por su maldad intrínseca, sino sólo por las características de su autor. Así, si un hombre agrede a su mujer, es delito; sin embargo, si una mujer agrede a su marido, no lo es. Esto responde a una sola razón: la izquierda ha descubierto que el fundamento de la libertad individual es la familia. Si acaba con ésta, acabará con la libertad y podrá dominar a sus “súbditos” a su antojo. Para ello, al ser la familia altamente resistente a las agresiones externas, sólo le queda la vía de fomentar la división entre hombre y mujer. Y en eso está, no lo dudemos.

Editorial de Minuto Digital, 21de noviembre de 2006

Mujer criada por homosexual pide a gobiernos proteger matrimonio entre hombre y mujer.

Mujer criada por homosexual pide a gobiernos proteger matrimonio entre hombre y mujer.

MADRID, 12 Oct. 06 (ACI).- Una mujer canadiense que fue criada en un hogar homosexual se dedica ahora a asistir a otras personas que atraviesan por la misma situación y a pedir a los gobiernos del mundo que protejan el matrimonio entre hombre y mujer.


Según informa ForumLibertas.org, Dawn Stefanowicz vive en Ontario, Canadá, con su esposo de toda la vida y sus dos hijos, a los que ha educado en casa. Actualmente prepara su autobiografía y desarrolla un ministerio especial desde el sitio web (en inglés) http://www.dawnstefanowicz.com/: Brinda ayuda a otras personas que como ella crecieron a cargo de un padre homosexual y fueron expuestos a este estilo de vida.
Stefanowicz explica en el sitio web "cómo en su infancia estuvo expuesta a intercambios de parejas gays, playas nudistas y la falta de afirmación en su feminidad, cómo le hirió el estilo de vida en el que creció, y ofrece ayuda, consejo e información para otras personas que han crecido heridas en un entorno de ‘familia’ gay, un estilo de ‘familia’ que ella no desea para nadie y que cree que las leyes no deberían apoyar".
Su testimonio
En su relato, Stefanowicz explica que debido a una enfermedad grave de su madre debió quedar al cuidado de su padre homosexual cuando aún era una niña. "Estuve expuesta a un alto riesgo de enfermedades de transmisión sexual debido al abuso sexual, a los comportamientos de alto riesgo de mi padre y a numerosas parejas", relata.
"Incluso cuando mi padre estaba en lo que parecían relaciones monógamas, continuaba haciendo ‘cruising’ buscando sexo anónimo. Llegué a preocuparme profundamente, a amar y entender con compasión a mi padre. Compartía conmigo lo que lamentaba de la vida. Desgraciadamente, siendo niño unos adultos abusaron sexual y físicamente de él. Debido a esto, vivió con depresión, problemas de control, estallidos de rabia, tendencias suicidas y compulsión sexual. Intentaba satisfacer su necesidad por el afecto de su padre, por su afirmación y atención, con relaciones promiscuas y transitorias. Las (ex) parejas de mi padre, con los que traté y llegué a apreciar con sentimientos profundos, vieron sus vidas drásticamente acortadas por el SIDA y el suicidio. Tristemente, mi padre murió de SIDA en 1991", recuerda.
Según Stefanowicz las "experiencias personales, profesionales y sociales con mi padre no me enseñaron el respeto por la moralidad, la autoridad, el matrimonio o el amor paterno. Me sentía temerosamente acallada porque mi padre no me permitía hablar de él, sus compañeros de casa, su estilo de vida y sus encuentros en esa subcultura. Mientras viví en casa, tuve que vivir según sus reglas".
"Sí, amaba a mi padre. Pero me sentía abandonada y despreciada porque mi padre me dejaba a menudo para estar varios días con sus compañeros. Sus parejas realmente no se interesaban por mí. Fui dañada por el maltrato doméstico homosexual, las tentativas sexuales con menores y la pérdida de parejas sexuales como si las personas fueran sólo cosas para usar. Busqué consuelo, busqué el amor de mi padre en diversos novios a partir de los 12 años", sostiene.
Stefanowicz recuerda que "desde corta edad, se me expuso a charlas sexualmente explícitas, estilos de vida hedonistas, subculturas GLBT y lugares de vacaciones gay. El sexo me parecía gratuito cuando era niña. Se me expuso a manifestaciones de sexualidad de todo tipo incluyendo sexo en casas de baño, travestismo, sodomía, pornografía, nudismo gay, lesbianismo, bisexualidad, voyeurismo y exhibicionismo. Se aludía al sadomasoquismo y se mostraban algunos aspectos. Las drogas y el alcohol a menudo contribuían a bajar las inhibiciones en las relaciones de mi padre".
"Mi padre apreciaba el vestir unisex, los aspectos de género-neutro, y el intercambio de ropas cuando yo tenía 8 años. Yo no veía el valor de las diferencias biológicamente complementarias entre hombre y mujer. Ni pensaba acerca del matrimonio. Hice votos de no tener nunca hijos, porque no crecí en un ambiente de hogar seguro, sacrificial, centrado en los niños", señala.
Las consecuencias
"Más de dos décadas de exposición directa a estas experiencias estresantes me causaron inseguridad, depresión, pensamientos suicidas, miedo, ansiedad, baja autoestima, insomnio y confusión sexual. Mi conciencia y mi inocencia fueron seriamente dañados. Fui testigo de que todos los otros miembros de la familia también sufrían", sostiene Stefanowicz.
Ella asegura que sólo después de haber tomado las decisiones más importantes de su vida, empezó a darse cuenta de cómo la había afectado crecer en ese ambiente.
"Mi sanación implicó mirar de frente la realidad, aceptar las consecuencias a largo plazo y ofrecer perdón. ¿Podéis imaginar ser forzados a aceptar relaciones inestables y prácticas sexuales diversas desde corta edad y cómo afectó a mi desarrollo?. Desgraciadamente, hasta que mi padre, sus parejas sexuales y mi madre murieron, no pude hablar públicamente de mis experiencias", explica.
"Al final, los niños serán las víctimas reales y los perdedores del matrimonio legal del mismo sexo. ¿Qué esperanza puedo ofrecer a niños inocentes sin voz? Gobiernos y jueces deben defender el matrimonio entre hombre y mujer y excluir todos los otros, por el bien de nuestros niños", concluye Mujer criada por homosexual pide a gobiernos proteger matrimonio entre hombre y mujer.

Tierno Galván fue partidario de poner "límites" a la "desviación homosexual"

Tierno Galván fue partidario de poner "límites" a la "desviación homosexual"

http://blogs.periodistadigital.com/bokabulario.php, (15.11.06 @ 08:24:28. Archivado en Memoria histórica, Imperio Progre).

Enrique Tierno Galván, el modelo ético del PSOE, el viejo profesor, resistente al franquismo (ejem, ejem; fue catedrático de derecho constitucional en 1948), el primer alcalde democrático de Madrid, era lo que hoy se llamaría un homófobo.

En 1976, Interviú publicó una entrevista al entonces presidente del Partido Socialista Popular, Enrique Tierno Galván. Minuto Digital la ha recuperado y así conocemos lo que pensaba una personalidad de la izquierda sobre los homosexuales.

Es una desviación del instinto que está extendida. Digo que es una desviación porque no creo que el instinto tenga una formulación exclusivamente ideológica (sic). Creo que el instinto son los impulsos definidos por la educación.

No, no creo que se les deba castigar. Pero no soy partidario de conceder libertad ni de hacer propaganda del homosexualismo. Creo que hay poner límites a este tipo de desviaciones, cuando el instinto está tan claramente definido en el mundo occidental.

Tenemos experiencias muy radicales, como las del bajo imperio romano, en las que realmente se perdió el sentido pleno de cualquier jerarquía de valores por haber hecho unas concesiones totales en lo que se refiere a la moral.

Gracias a las hemerotecas, y a quienes las recorren, conocemos las contradicciones de nuestros próceres. Los socialistas que lincharon a Aqulino Polaino, ¿tendrían hace unos años las mismas ideas sobre los mariposones que Tierno? Ya hemos comentados en otros posts que el socialismo es cosa de hombres.

¿No quiere el Imperio Progre memoria histórica? Pues nada, nada, memoria para todos y basta de impunidad. ¡Cómo me gustaría que se recordase lo que los homosexuales de cuota decían hace unos años sobre el matrimonio y lo libres que eran ellos por rechazarlo! ¡Y también que los comunistas y maoístas en la clandestinidad solían difamar a quienes se marchaban diciendo que eran chivatos, drogadictos o maricones!

¿Por qué la izquierda ha pasado de fusilar y perseguir a los homosexuales –la Ley de Vagos y Maleantes que les castigaba la aprobó Azaña-, de estudiar curas para ellos, a entregarles sus partidos? ¿Alguien me lo puede explicar?

 

Hembrismo: El complemento indispensable

Hembrismo: El complemento indispensable

Un acto de maltrato es una agresión física o psicológica puntual de una persona sobre otra. Una persona maltratada, en cambio, es aquella que, simplemente, no sabe o no puede salir de una situación de permanente maltrato y que ha interiorizado ese rol de agente dominado. Este es el fenómeno que debía combatir la Ley de Protección integral contra la violencia de género (L.O. 1/2004) que entró en vigor en enero de 2005, pero se queda a medio camino. Además de carencias de personal y medios, se ha centrado en dar una respuesta parcial de naturaleza penal, incierta y tardía, a los maltratadotes, pero nada o muy poco ha hecho por las víctimas.

No sirve de nada convocar a sesudos especialistas a conferencias que tematizan a la mujer con sugerentes títulos, o establecer penas de prisión y medidas de alejamiento para hombres si luego las mujeres víctimas del maltrato solicitan un vis a vis íntimo con ellos en la cárcel. La delegada especial contra la violencia de género, Encarnación Orozco, admite que, pese a la Ley integral, hasta agosto de 2006 han sido asesinadas 51 mujeres en el Estado español, y que, ojo al dato, el 75% de las órdenes de alejamiento son incumplidas por las propias víctimas.

Hay que trabajar en la otra parte del binomio hombre-mujer, si queremos avanzar en una convivencia más justa, menos desequilibrada y menos agresiva para las mujeres. Sé bien que en este asunto no es políticamente correcto decir algunas cosas, pero no podemos seguir ignorando el hecho de que el papel ideológico patriarcal subsiste en la transmisión de símbolos que tanto el hombre dominante como una mujer dominada transmiten a sus hijos e hijas. La ley penal por sí sola no resuelve nada, si acaso lo pospone. Por eso es fundamental incidir en esta otra parte del binomio.

Así pues, tres de cada cuatro órdenes de alejamiento son incumplidas por mujeres que no saben, no quieren o no pueden liberarse de una dependencia psicológica, cultural, económica o social del maltratador. He ahí una ingente tarea del feminismo.

Porque el feminismo no puede reducirse a compartir el 50% de las tareas del hogar, sino que requiere en primer lugar implicarse en codecidir cuál es el 100% de decisiones y obligaciones de cuyo 50%, al menos, nos haremos cargo. Porque, por más que bienintencionados igualitarismos nos dijeran que hombres y mujeres somos iguales y que bastaba con la educación para que lo advirtiéramos, encontramos elocuentes ejemplos diarios de que eso no es cierto. Ni lo somos ni queremos serlo, sólo queremos tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. Y cuando la premisa mayor falla, el resultado está a la vista.

El feminismo de la diferencia (V. Sendón, por ejemplo) hace tiempo que viene incidiendo, a mi juicio muy acertadamente, en que diferencia no quiere decir discriminación o desigualdad sino distinta identidad. Hombres y mujeres no sólo nacemos con diferencias físicas palpables sino, y por eso mismo, con modos distintos de entender y afrontar nuestra existencia fugaz por este mundo. Nuestra diferencia sexual nos marca. Ya está bien de que niñas de 12 años deban sentarse junto a compañeros de esa misma edad y muy distinta madurez sexual y psicológica. Y que mientras ellas tratan de adquirir los tediosos conocimientos a que obliga una cada vez mayor carga lectiva, ellos se dediquen a expresarles lo que sus hormonas demandan. Hay otros ámbitos de socialización como el patio, fin de semana, extraescolares, etc.

No hay por qué reclamar una promiscuidad sexual no deseada para ser «iguales» a ellos. Ni ellos deben «feminizar» su sexualidad por no herir los sentimientos de sus compañeras sexuales. Querer ser iguales en derechos y expectativas no significa querer «lo mismo» ni a costa de lo que sea. Ya está bien de «liberar» a quien se siente medianamente feliz cuidando a sus propios hijos para dejar la piel en una oficina copiando el modelo del macho triunfador. Que no todo el mundo tiene que ir a la universidad para ser útil y culto. Que tan importante como el qué es el cómo y que deberíamos intentar crecer juntos, si esa mixitud fuera posible.

No es posible avanzar si no avanzamos todas y todos a la vez. Eso significa interactuar no sólo en la implementación de tareas sino, lo más importante, en la redefinición de modelos complementarios desde la propia identidad sexual.

Así es que vamos a empezar por el principio. Quién ha dicho que dos mujeres o dos hombres tienen derecho a concebir un niño o una niña sin su padre o madre biológica con tal de colmar un deseo o llenar un hastío existencial; y que, por tanto, ese nuevo ser nazca sin su completa identidad, sin un pasado genético. Debe reconocerse el derecho a un conocimiento y disfrute de nuestra identidad genética completa, y por tanto, a que no se nos imponga un progenitor A y uno B, sino a tener un padre y una madre. Otra cosa son las adopciones de quienes, por desgracia, han perdido a uno o a ambos progenitores y que, de seguro, van a ser bien atendidos y cuidados por parejas del mismo o de distinto sexo.

Queda dicho pues que no puedo coincidir sustancialmente ni con el denominado feminismo institucional ni con el de la igualdad. Me parece, sin embargo, que el denominado «feminismo de la diferencia» propone un paradigma más interesante, en algunas cuestiones, al intentar conjugar el respeto y la igualdad de oportunidades desde la diferencia. Esa diferencia que reivindican con orgullo las mujeres tiene que ser un conjunto de características que las hacen diferentes a los hombres, y obliga a los hombres a averiguar y a definir también cuáles son las que les caracterizan a ellos y les diferencian de las mujeres. Por eso, debo añadir, me aburren esos hombres que se pasan el día pidiendo perdón por serlo, tratando de ocultar y reprimir sus deseos y aspiraciones. Como si fueran responsables de los actos que hicieron sus antepasados, o contemporáneos, con las mujeres. Cualquiera de nosotros sólo es responsable de sus actos, no de los de los demás.

Las mujeres, por lo demás, no parecen precisar compañeros masculinos sumisos o inseguros de su identidad, antes bien, demandan hombres que compartan una existencia común desde la diferencia y el respeto. En definitiva, que se complementen y aporten mutuamente. Y, del mismo modo que el machismo precisa del complementario hembrismo para perpetuarse en la dominación, el ser mujer y el ser hombre deben aspirar a ser y crecer juntos desde la diferencia y desde el respeto a esa diferencia. Sólo así no vamos a poder evitar una agresión puntual pero sí, y esto es lo fundamental, el rol de maltratadas. Y sin maltratada no hay maltratador.

No puedo compartir la creencia de que determinados valores tengan sexo ­género, como se dice ahora­. La sensibilidad o las emociones no son valores «femeninos», ni la autoridad o la disciplina valores «masculinos». Son valores y por tanto criterios de pensamiento y conducta individual expresada socialmente. Y ya va siendo hora de entender que autoridad no significa autoritarismo, sino el básico respeto, por ejemplo, del discente hacia el docente. Y que disciplina significa saber decir no en lugar de comprar con unos euros el silencio de un menor que molesta.

Que educar es duro y difícil y que cuando ambos padres se implican en ello tiene que haber una custodia compartida en caso de ruptura de la pareja. Porque al querer implicar al hombre en la educación de los hijos la mujer debe saber renunciar a monopolizar ese espacio, al tiempo que a otros bienes de consumo, pues no debe haber hora extra laboral que reste tiempo a esa crianza compartida.

Y termino. Es preciso combatir la injusticia, toda injusticia y allí donde se produzca. Y la injusticia es básicamente abuso e imposición de intereses. Pero liberarnos de cualquier opresión requiere, en primer lugar, ser conscientes de nuestro papel de oprimidos. Cuando la mujer toma conciencia de su identidad y consustancial dignidad deja de ser una mujer maltratada. Entonces ha vencido a su maltratador. -

Javier Ramos Sánchez - Jurista y criminólogo

Gara, 9 de noviembre de 006

Dios ama también a los homosexuales

Dios ama también a los homosexuales

Por monseñor Demetrio Fernández, obispo de Tarazona

TARAZONA, sábado, 11 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la cara que ha escrito monseñor Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, con el título «Dios ama también a los homosexuales».
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Porque son personas, creadas por Dios para su gloria. Dios ama todo lo que Él ha creado y no desprecia a ninguna de sus criaturas. No hay personas de primera y personas de segunda. Ni menos aún, personas desechables. «Existo, luego Dios me ama inmensamente», puede decir toda persona, sea cual sea su condición, sea cual sea su situación.

En el principio, Dios creó al hombre, varón y mujer los creó. «Y vio Dios que era muy bueno». Dios no se arrepiente de ninguna de las criaturas que Él trae a este mundo. Y todos venimos a este mundo como fruto de un amor personal y creativo de Dios, en el que colaboran nuestros padres como pro-creadores, pero el Creador sigue siendo insustituiblemente Dios. Dios no se ha equivocado al crearnos a cada uno de nosotros.

Dios crea el alma espiritual, de manera única e irrepetible, como el principio que anima todo nuestro ser. No somos pura materia, o simple conjunto de reacciones químicas. Somos personas libres e inteligentes, que tienen alma, creada por Dios y dada directamente a cada uno. Somos un fruto del amor de Dios, y en nuestro propio crecimiento influyen muchas personas que nos rodean.

Pero en el origen de la historia de la humanidad entró el pecado, por iniciativa humana. La tentación del demonio fue sugerirle al hombre y a la mujer: «Seréis como dioses», y, fascinados por esta pretensión engañosa, ellos se apartaron de Dios, desobedecieron su santa ley, pecaron contra Dios y trastornaron toda la naturaleza creada. Este es el pecado original, con el que todos nacemos.

El pecado original introdujo un apagón universal, que sólo la luz de Cristo ha podido restaurar. A partir del pecado original, la naturaleza entera sufre un trastorno, un desequilibrio, que nos afecta a todos. Y dentro de la naturaleza, el hombre nace herido por el pecado. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, constata que esta imagen está enmarañada, desdibujada. No todo lo que al hombre se le ocurre, es bueno. Más aún, tiene muchas ocurrencias y sentimientos que van contra Dios, y que le hacen daño a sí mismo y a los demás.

Uno no elige su propio sexo, por más que lo diga el Parlamento. Sea cual sea su inclinación (dejemos ahora lo que haya de biológico, psicológico o educacional), debe aceptarse a sí mismo como es y debe vivir su sexualidad en un clima de castidad, que le enseñe a amar gratuitamente. La sexualidad humana también esta dañada por el pecado, y debe ser redimida por un amor creciente, para el que todo hombre cuenta con la gracia de Dios.

También una persona con inclinación homosexual es amada por Dios y está llamada al amor, que no necesariamente se expresa por el ejercicio de la sexualidad. Un mundo supererotizado hace más difícil vivir la castidad sin represión, pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y la redención de Cristo es gracia abundante para vivir la castidad con libertad, en la situación personal en la que cada uno se encuentre. La Virgen María, que fue librada de todo pecado, incluso del pecado original, es madre que nos ama a cada uno y entiende de estos temas. Mirándola a ella entendemos mejor la nueva humanidad a la que Dios nos llama. Ella es «dulzura y esperanza nuestra».

La ley de identidad de género recientemente aprobada en las Cortes, por la que uno puede cambiar de sexo es contraria a la verdad del hombre. Es una extorsión del plan de Dios, no ayuda a las personas con dificultad en este campo y siembra la confusión en el ambiente social donde vivimos. A un niño o a un joven hoy le es más difícil vivir el plan de Dios con estas leyes que enrarecen el ambiente. Por eso, hemos de buscar la luz donde se encuentra, en Cristo resucitado hombre nuevo, también para estos temas de sexualidad, que a tanta gente perturban.

Con mi afecto y bendición:
+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona
ZSI06111101

EEUU - Derrota del homosexualismo político

EEUU - Derrota del homosexualismo político

De manera paralela a los resultados electorales, en las recientes elecciones norteamericanas, se han dado numerosos referéndums en los distintos Estados.

Sin duda, el paquete más importante de este tipo de plebiscitos, por el número de Estados que representaban y las implicaciones políticas que posee a escala federal, se refería a la cuestión del matrimonio homosexual.

Concretamente ocho estados: Colorado, Idaho, Carolina del Sur, Dakota del Sur, Tennesse, Virginia, Wisconsin y Arizona, planteaban si se debía modificar su Constitución (en los Estados Unidos además de la Constitución federal existen, Constituciones para cada estado que pueden presentar diferencias muy substanciales entre si) para establecer el matrimonio como una institución que únicamente se realiza con la unión de un hombre y una mujer, evitando así, como ha sucedido en España, que una interpretación laxa de lo establecido cree el agujero por donde colocar el matrimonio homosexual (y el paralelismo con España también en esto es válido).

Cuando se redactaron estos textos constitucionales (en España o en EEUU) a nadie le pasaba por la cabeza la posibilidad de que pudiera existir un matrimonio entre personas del mismo sexo, de ahí una cierta imprecisión en el redactado.

De estos ocho Estados, una mayoría abrumadora, siete en total, ha votado a favor de esta enmienda, de manera que queda prohibida toda posibilidad de matrimonio homosexual. Hay que recordar que en las anteriores elecciones presidenciales este tipo de referéndum se produjo en otros lugares con resultados parecidos.

Solo en Arizona se ha rechazado la iniciativa de que el matrimonio sea exclusivamente entre un hombre y una mujer, pero con un margen tan reducido, 51%-49%, que obviamente las espadas siguen en alto para futuros intentos, con el añadido de que el referéndum no era para aprobar el matrimonio homosexual, sino para prohibirlo y, por consiguiente, está por ver que el gobierno de Arizona impulse una ley promoviéndolo.

La derrota del homosexualismo político, aquel que ha elevado a categoría social sus prácticas sexuales y que pretende que el conjunto de la sociedad se transforme para asumir como valores de la colectividad una peculiar práctica sexual, ha sufrido una derrota de proporciones extraordinarias.

Este resultado todavía cobra mayor importancia si se considera que ha venido inserido en una ola favorable al partido demócrata y, por consiguiente, en un clima político mucho más predispuesto a votar a favor del matrimonio homosexual.

No es que los demócratas tengan este punto en su plataforma, porque saben de los costes políticos que comporta, pero sí es cierto que hay diversos congresistas y senadores de este partido que defienden esta opción, entre ellas la que será presidenta del Congreso, Nancy Pelosi.

De esta manera EEUU se añade a la inmensa mayoría del mundo occidental que, respetando la libertad de los individuos, niega la posibilidad de que sus instituciones insustituibles socialmente valiosas, la primera de ellas el matrimonio, pierda todo su sentido para satisfacer el impulso del deseo.

En la línea habitual de intoxicación informativa, el presidente de la “asociación nacional de gays y lesbianas” Matt Foreman declaró que el resultado había sido un éxito.

Deseamos sinceramente al homosexualismo político que siga cosechando éxitos de este calibre.

Editorial de Forum Libertas, 10 de noviembre de 2006

Del varón domado al varón castrado

Del varón domado al varón castrado

Conozco a José Díaz Herrera desde hace muchos años. Para quienes hemos trabajado con él, es Pepe, uno de esos tipos a los que tienes que aceptar tal como son: cabezón, apasionado, ideológicamente errático y profesionalmente empírico –esto último no tiene por qué interpretarse como una virtud, pero suele ir acompañado de un cierto gusto por el rigor.

Acaba de escribir un libro, que enseguida se pondrá a la venta, bajo el título de “El varón castrado”. Es decir, que la cosa avanza, y así, hemos pasado de “El varón domado”, de Esther Villar –la primera fémina en darse cuenta de que sobre la mujer había caído una insufrible losa llamada feminismo- al varón castrado, en expresión más clara, concreta, concisa y plástica, de mi amigo Pepe. Para romper el hielo, Pepote ha publicado un artículo en el diario El Mundo que merece la pena devorar. Lo que más gracia me ha hecho son las palabras de la mujer-policía (antes mujer que policía), que considera imposible que una mujer apuñale a un varón, a pesar de estar viéndolo con sus propios ojos y que, al final concluye: lo que le habrá hecho ese hombre a esa mujer para ponerle así.

Y es que, en mi opinión, el problema más grave al que se enfrenta la sociedad del siglo XXI es la degeneración moral de la mujer, esa considerable catástrofe que ha generado una especie de pensamiento invertido, plenamente aceptado por la mayoría de las señoras y por todos aquellos hombres que lo que desean, principalmente, es utilizar a la mujer en lugar de comprometerse con ella. Y es sabido que, para destruir a la mujer, nada mejor que alabarla.

El pensamiento invertido al que me refiero se manifiesta de diversas formas, pero podríamos resumirlo en un mandamiento primero y genérico. Se trata de una perturbación en la razón colectiva, especialmente en las mujeres, según la cual, hoy, en 2006, bueno es aquello que hacen, piensan, dicen y, sobre todo, interesa a las mujeres, mientras que lo malo es lo que hacen los hombres. Esto ha generado un cretinismo femenino de asombrosa y eficiente extensión: la mujer de hoy considera que es más lista, más capaz, más buena que el hombre… por el hecho de haber nacido mujer. Es decir, que parte de esa degeneración es muy sencilla de explicar en castizo: la mujer se ha vuelto cretina.

Y así, con la doctrina feminista por bandera, hemos conseguido una mujer que mantiene su ancestral defecto -el egoísmo, producto del miedo- pero, a cambio, por aquello de la igualdad, ha importado el defecto más masculino: una soberbia tan infinita como tonta. Ahora, la mujer es tan soberbia como egoísta; es fácil prever el resultado final.

No, no estoy generalizando. Eso es lo malo. La vanguardia feminista, es decir, los elementos con más mala leche de toda la especie humana, ha conseguido lo mismo que ETA con una buena parte del pueblo vasco. Esto es, que se hagan realidad las palabras de Arzallus: unas menean el nogal y otras recogemos las nueces.

Las que rompen los matrimonios hoy son las mujeres en altísima proporción. Sus sacrosantos derechos –la mayor parte de las veces, caprichos- son más importantes que la familia. Es más, muchos hombres viven hoy un matrimonio-chantaje: o haces lo que yo te digo o rompo la baraja. Y el hombre hace lo que le dicen. El feminismo ha creado mujeres desamoradas que confunden amor y entrega con servidumbre y sumisión, y cuya concepción del matrimonio es una lucha por el poder. Desamoradas y faltas de ecuanimidad, tal y como se vive cada día en los famosos juzgados sobre violencia.

Más síntomas de degeneración. La mujer actual no admite maestros. Y esto ocurre hasta en las mejores. Por ejemplo, muchas mujeres cristianas admiten la doctrina de la Iglesia siempre que no choque con sus intereses feministas. Por ejemplo, entre cristianas practicantes se empieza a escuchar una frase que me pone los pelos como escarpias: el feminismo es un carisma: ¡Estamos perdidos!

Naturalmente, e l cretinismo femenino se deja ver en la obsesión por la mujer. Todo lo que deba triunfar debe girar alrededor de la mujer, especialmente de aquellos libros, películas o debates en los que se habla de la mujer marginada, marginación que dura unos cuantos millones de años. La primera víctima de esta actitud, que hace imposible la convivencia, es la familia.

Es lógico, Si la familia recibe hoy tantos ataques, si es considerada –incluso por mujeres bonísimas- enemigo de la liberación femenina, es por algo muy sencillo: la familia es la imagen en la tierra de la Santísima Trinidad: el Padre y el Hijo que generan –no engendran- al Espíritu Santo. La Suprema Unicidad de Dios toma la forma de tres personas emparentadas, como si el amor de Dios rebosara y necesitara alguien a quien amar, a quien entregarse.

Nota a pie de página: el presente artículo no ha sido revisado ni por la vicepresidenta del Gobierno Zapatero, doña Teresa Fernández de la Vega, ni por el ministro de Trabajo, Jesús Caldera, de quien puede decirse aquello de que “todavía hay algo más tonto que un obrero de derechas: un varón feminista”.

Eulogio López