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Foro El Salvador

El gran engaño: la ideología de género

El gran engaño: la ideología de género

La ideología de género es una patraña insostenible. Posiblemente una de las mayores de la historia solo equiparable al mito de la superioridad de las razas. A pesar de ello, sus planteamientos han contaminado en gran medida nuestra cultura, y en el caso especialísimo de España constituyen la doctrina fundamental del gobierno.

 

La llamada perspectiva de género, el generismo, afirma que la humanidad no se divide en hombres y mujeres, sino que tal diferencia es fruto de una construcción social determinada. Predica que esta construcción condena a la mujer a la inferioridad.

 

Pretende convencernos de que no existe un atractivo natural entre hombres y mujeres, sino que esto es fruto de una presión social. No existe el sexo masculino ni femenino como forjador de actitudes y caracteres sino que la sexualidad es polimorfa y transformable.

 

Una mujer en un cuerpo de hombre, un hombre en un cuerpo de mujer, homosexuales, bisexuales, transexuales, travestis y heterosexuales, todas son posibilidades equivalentes del ser humano.

 

Esta parida es contraria a todo conocimiento científico y, obviamente, a toda antropología humana. No es un feminismo porque no persigue la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, sino que simplemente consigue la igualdad a base de eliminar la condición de hombre y de mujer.

 

Considera una fuente de opresión a la familia, ve con malos ojos la maternidad, y vitupera a toda la cultura judeocristiana (y evidentemente, junto a ella, el legado del helenismo). Liquida toda antropología conocida con la pretensión de construir una nueva.

 

Ahora mismo se ha publicado en español un libro de Louann Brizendine, El cerebro femenino. Esta señora es psiquiatra por Harvard, licenciada en medicina por Yale y realiza sus investigaciones en neurobiología en Berkeley.

 

En su libro dice muchas cosas sabidas y algunas nuevas. Pero vale la pena traerlo a colación porque es mujer y antigua feminista. Lo que explica es muy simple: existe un cerebro masculino y un cerebro femenino, son distintos y procesan aspectos fundamentales de la vida de forma distinta (y muchos otros de igual manera), y ello explica diferencias naturales que si son bien comprendidas ayudan a una complementariedad magnífica, y si no lo son, precisamente porque se considera que no debe existir diferencias, son fruto de conflicto.

 

La propensión de las mujeres a hablar entre ellas y comentarse “secretos”, por ejemplo, es real y es propiciada porque genera una reacción en el celebro que produce flujos de dopamina y oxitocina extraordinariamente placenteros, y que no se da en los hombres.

 

Una síntesis reduccionista del discurso de la doctora Brizendine es que “nosotras intuimos mejor pero ellos actúan mejor”. Cita el ejemplo de que enseñando imágenes sucesivas de un rostro, los hombres solamente saben detectar “que está triste cuando aparecen las lágrimas”, las mujeres detectaban este estado, en un 90%, cuatro o cinco fotogramas antes.

 

Las relaciones sexuales también son procesadas de manera muy distinta, y si eso no se entiende es difícil comprender nada: “para las mujeres, los preliminares (en las relaciones sexuales) es todo lo que sucede durante las 24 h. anteriores a la penetración. Para un hombre es lo que ocurre, tres minutos antes”.

 

Es posible diferenciar un celebro de mujer de uno de hombre en pleno funcionamiento a través de las imágenes que aporta la neurobiología.

 

En resumen, una vez más lo obvio: se nace mujer o se nace hombre, esta diferencia –otra vez lo obvio- no significa superioridad sino capacidades distintas en determinados planos y no diferenciadas en otros, porque entre ambos sexos existe la común unidad del ser humano.

 

El que la cultura predominante niegue todo esto y pueda convivir al lado de la ciencia, el que el gobierno monte sus leyes y discursos sobre la patraña del generismo y la gran mayoría diga amén, solo expresa, para utilizar una palabra pasada de moda, la alienación de nuestra sociedad.

 

Josep Miró i Ardèvol

Forum Libertas, 23 de marzo de 2007

Triste aniversario

Triste aniversario


Mañana, 22 de marzo, se cumple un año del anuncio hecho por ETA de su "alto el fuego permanente". Doce meses después, los españoles nos encontramos mucho peor: más divididos, más desconfiados de nuestro Gobierno y menos libres. Y lo más preocupante: Zapatero no atiende a los hechos, sólo a su proyecto.

 

Parece que ha pasado no un año, sino un siglo desde el pasado 22 de marzo, cuando unos encapuchados leían un comunicado y una voz de mujer anunciaba un "alto el fuego permanente". ¿Qué ha pasado en todos estos meses?, ¿nos encontramos mucho mejor o peor que hace un año?, ¿ha servido para algo este supuesto alto el fuego?

 

Si estas preguntas se las hiciéramos a Zapatero respondería, con su incansable optimismo, que estamos mejor, que está mereciendo la pena este proceso. Pero hay que ser muy ciego como para reconocer, con objetividad y también con dolor, que estamos mucho peor.

 

Es real y cierto que en estos meses la violencia no ha cesado. No ha parado la extorsión a los empresarios vascos y navarros, y la violencia callejera se ha incrementado y se ha llevado por delante la vida de un anciano, Ambrosio Fernández, que falleció por intoxicación. Además, ETA acabó con la vida de dos personas, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, cuando puso el bombazo en la T4 de Barajas.

 

Pero la enumeración de los hechos continúa: el brazo político de ETA, Batasuna, se ha convertido en un verdadero interlocutor político, las víctimas del terrorismo han sido despreciadas por el Gobierno y también, por primera vez, un Ejecutivo ha tenido que reconocer su cesión a un chantaje de ETA al conceder la prisión atenuada para el sanguinario terrorista De Juana Chaos, "para evitar males mayores", ante la indignación de la mayoría.

 

Sólo con la concatenación de estos hechos, sería suficiente como para responder que estos 12 meses de supuesta tregua no han merecido la pena. Pero es que además, este mal llamado proceso de paz, mimado por Zapatero, ha acarreado graves consecuencias, como la ruptura total del consenso entre los dos principales partidos políticos, la incertidumbre por el futuro de nuestro modelo de Estado -para ello habría que preguntárselo a los navarros-, así como la cada vez más creciente fractura y crispación social.

 

Estamos peor que hace un año y Zapatero parece comportarse como si toda esta enumeración de hechos no hubiera existido. Los censura. El presidente tiene claro su proyecto y quiere seguir adelante, pese lo que pese y caiga quien caiga. Quizás lo peor que le pueda pasar a un país es tener a un presidente que se cree un iluminado y no atiende a los hechos. Todavía peor: quiere imponer su proyecto por encima de los hechos.

 

En este triste aniversario, habría que decirle al presidente: gracias por intentarlo, pero no ha merecido la pena.

 

Raquel Martín

Páginas Digital, 21 de marzo de 2007

 

Desconfía del enemigo que ofrece treguas

Desconfía del enemigo que ofrece treguas

«ENTRE almena y almena/ quedado se había un morico/con una ballesta armada/ y en ella puesto un cuadrillo. / En altas voces decía, /que del real lo han oído,/ «tregua, tregua, adelantado,/ por tuyo se da el castillo.»/ Alza la visera arriba/ por ver al que tal le dijo./ Asestárale a la frente, /salido le ha el colodrillo». Viejos tesoros de nuestra literatura que ya nadie lee, precisamente por ser tan desesperadamente actuales. Los versos pertenecen al romance fronterizo que narra la muerte del adelantado Diego de Rivera durante el cerco de Álora, en 1434. Nuestros romances nunca llevan una moraleja explícita, pero no es difícil sacar de sus historias enseñanzas prácticas. La de éste es sencillísima: desconfía del enemigo que ofrece treguas cuando tú vas ganando. Bien claro se lo decía Aristóteles a Alejandro en otro de los grandes y olvidados libros de España: «qui en fazienda quiere a otro perdonar/ después mismo se quiere con su mano matar».

Pero sería demasiado pedir a los políticos un repaso de los clásicos que nunca leyeron en clase porque ese día tuvieron huelga o se los cambiaron por actividades de Conocimiento del Medio. Bastaría que entendiesen el sentido y la función del concepto, lo que tampoco es el caso. Cuando la guerra estaba aún ritualizada, las llamadas «treguas de Dios» interrumpían la lucha en determinadas fechas del año litúrgico. La secularización de la cultura confinó el significado de la tregua en el orden pragmático, y así se define, por ejemplo, en el DRAE: «suspensión de armas, cesación de hostilidades, por determinado tiempo, entre los enemigos que tienen rota o pendiente la guerra». Los tres rasgos característicos de tal definición han estado ausentes en la supuesta tregua de ETA anunciada hace justamente un año: no se dio cesación de hostilidades ni se determinó la duración de la misma (los terroristas colaron el oxímoro de «tregua permanente», un absurdo semántico que tiene la virtud garantizada de tranquilizar a los ilusos), ni -con independencia de las negociaciones secretas entre los socialistas y la banda- hubo acuerdo público y formalizado, entre las partes interesadas, sobre las condiciones de la tregua susodicha. Es decir, nunca hubo tregua. ¿Cómo iba a haberla, si no hay guerra? Guerra y paz son, en lo que al terrorismo abertzale se refiere, puras metáforas. Al Qaida, el 11 de septiembre de 2001, tenía detrás un Estado, el de los talibanes afganos, y, por tanto, hablar de «guerra contra el terrorismo», como lo hizo entonces la administración Bush -sin entrar en la cuestión del posterior desarrollo de los acontecimientos- estaba plenamente justificado. No así en el caso de ETA: «lucha antiterrorista» y «guerra contra el terrorismo» no son expresiones equivalentes, entre otras cosas, porque la guerra enfrenta ejércitos y concluye con la desmovilización, medien o no tratados de paz.

La lucha antiterrorista se lleva a cabo desde las instancias policiales y judiciales ordinarias, con o sin colaboración de los ciudadanos. Si tiene éxito, termina con la erradicación del terrorismo, que no es sinónimo de pacificación, toda vez que el terrorismo abertzale no actúa -al contrario que el terrorismo islamista- en el seno de una población movilizada para la guerra.

La pregunta que hay que hacerse es por qué el poder ejecutivo, a lo largo del último año, se ha empeñado en moverse en el plano de la metáfora, convirtiendo la lucha antiterrorista en un «proceso de paz» y admitiendo la validez -condición en teoría necesaria para emprender dicho proceso- de la improbable tregua «permanente» anunciada por ETA. Cabe proponer, por supuesto, multitud de hipótesis: desde la mayor o menor coerción que la banda pueda ejercer sobre el Gobierno y el partido que lo sostiene, mediante la amenaza de desvelar acuerdos secretos, hasta la dependencia política del PSOE respecto de los nacionalismos proclives a un final negociado del terrorismo, pasando por la particular obsesión mesiánica del presidente Rodríguez Zapatero, cuyas ansias infinitas y universales de paz parecen haberse resignado a lo doméstico, tras el fiasco de su política exterior (pues, aunque su retórica megalómana de la pacificación mundial volvió a asomar con ocasión del cuarto aniversario de la invasión de Irak, el secretario de organización del PSOE, con su acostumbrada ausencia de sentido del ridículo, lo ha devuelto a la cruda realidad española, donde no hay otras cuestiones internacionales de interés que las que puedan ser utilizadas de inmediato contra el PP).

Dejando al margen estas y otras verosímiles conjeturas (por ejemplo, el peso de la frustración ancestral de los socialistas vascos, incapaces de atraerse al electorado de la sedicente izquierda abertzale), puede explicarse la errática y absurda política del Gobierno durante el último año, en lo que a ETA respecta, como el resultado de cierta homología -¿por qué no hablar de afinidades electivas?- entre la estrategia de Batasuna y la del Gobierno de Rodríguez Zapatero.

La primera aspira a completar la destrucción de la democracia en el País Vasco, excluyendo del mismo a los no nacionalistas mediante la radicalización de las exigencias de lealtad al proyecto etnicista de la Euskal Herria independiente, unificada y euscaldún. La estrategia gubernamental contempla una modificación restrictiva del sistema político actual, que excluiría a la derecha nacional como alternativa de poder.

En el caso de Batasuna, el objetivo sólo puede alcanzarse a través de la presión terrorista sobre el sector no nacionalista de la población vasca (y navarra) y el chantaje sostenido al Estado, con vistas a una claudicación escalonada del mismo, todo ello maquillado por un discurso bélico que presenta la «lucha armada» como resultado de un «conflicto» derivado de la «opresión histórica» de «Euskal Herria» por el Estado español. El Gobierno, por su parte, juega asimismo en dos frentes: la estigmatización del PP como «extrema derecha» -operación en la que resulta esencial el recurso a una «memoria histórica» cuya proyección sobre el presente revele la persistencia del «conflicto civil» superado en la Transición- y el vaciamiento del pacto constitucional de 1978, interpretado como una imposición del franquismo a las fuerzas verdaderamente democráticas. En este último aspecto, durante la primera parte de su legislatura, además de ciertas iniciativas orientadas a erosionar valores tradicionales de carácter moral y religioso, los socialistas impulsaron una política territorial favorable a los nacionalismos secesionistas y rompieron tácitamente el acuerdo antiterrorista con la oposición. No es táctica muy distinta a la descrita por Franz Neumann en su Behemot, el gran estudio sobre la destrucción de la democracia en la Alemania nazi: una gradual imposición de medidas destinadas a ir preparando a la ciudadanía para un cambio de sistema. Táctica que aquí ha fracasado a causa del atentado de ETA en Barajas y de la escandalosa excarcelación de De Juana Chaos. ETA y el Gobierno han rebasado con mucho lo que, en cada uno de los casos, parecía tolerable, y una buena parte de los españoles ha comenzado a comprender que el precio exigido por el «proceso de paz» era demasiado alto.

JON JUARISTI
ABC, 22 de marzo de 2007

La debilidad de UPN, la debilidad del marco

La debilidad de UPN, la debilidad del marco

Resulta muy paradójico que después de lograr una movilización como la realizada el sábado por UPN y CDN, con una implicación del PP que deja dudas sobre quién era el convocante, Miguel Sanz se descuelgue con una oferta a la defensiva como la trasladada el lunes, por segunda vez, al PSN. Sanz le propone de nuevo repartirse los cargos a cambio de «blindar Navarra». Nada nuevo: lo que Sanz plantea es prorrogar una estrategia desarrollada en Nafarroa desde los años 80 y que no ha tenido éxito. La constatación de que el marco actual no fue decidido por la ciudadanía navarra está más viva que nunca, y esa entente sólo ha traído a Nafarroa una derechización imparable, el ataque ininterrumpido a sus señas de identidad (euskara, Ley de Símbolos) y la carcoma de la corrupción incesante y al más alto nivel. La oferta de Sanz retrata a UPN como un gigante con pies de barro. Pese a la magnitud de la convocatoria, la derecha navarra ha sabido leer la situación y parece consciente de que no posee la mayoría social, que en las calles de Iruñea sólo hubo dos partidos, ningún sindicato y sólo grupos de ultraderecha como Falange, Foro Ermua o AVT. Y sabe que la marcha constituyó una expresión de españolismo que pone en entredicho su supuesta defensa de la decisión los navarros. Los próximos meses van a ser absolutamente decisivos, pero no cabe perder de vista que la clave no está en un UPN que maniobra a la desesperada, sino en un PSOE que tiene en su mano la opción de un cambio político que devuelva la palabra y la decisión a la ciudadanía navarra.

 

Gara, 21 de marzo de 2007

Para Juan Manuel de Prada: Iglesia y derecha política

Para Juan Manuel de Prada: Iglesia y derecha política

Dice este escritor espléndido en el diario ABC:

“Que en vísperas electorales se exhume un catálogo fotográfico publicado en 2003 nos hace dudar sobre la sinceridad de los denunciantes, a quienes no parecen mover tanto las creencias o sentimientos religiosos que en tal catálogo se ultrajan como el propósito de perjudicar electoralmente a la facción política adversa.

Como católico, empiezo a estar un poco hartito de que la facción opositora enarbole con oportunismo la Cruz cuando olfatea réditos electorales y luego la guarde en el desván de los cachivaches obsoletos cuando le conviene posar de moderno y de laico ante la galería.

 

Y estoy más hartito todavía de que las jerarquías eclesiásticas actúen de mamporreros y hasta de arietes en trifulcas políticas que benefician a la derecha, la misma derecha que durante ocho años de mandato permitió, por ejemplo, que en España se abortase a mansalva.

 

Las jerarquías eclesiásticas deberían advertir que están siendo utilizadas políticamente, recordando que la Iglesia no es de izquierdas ni de derechas, sino de Cristo. Y, si tan preocupadas están por el desvío que la sociedad española muestra hacia el ideal de vida cristiano, deberían empezar por desvincularse de los energúmenos que desde posiciones derechistas inspiran pensamientos y actitudes anticristianas.

 

La Iglesia española está creando un monstruo, una derecha sin Dios que acabará infligiéndole un daño irreparable, si es que no se lo ha infligido ya”.

 

Creo que lo anterior no es mal resumen del artículo de Juan Manuel de Prada. Y lo primero que tengo que hacer es felicitarle por su contenido (luego iremos con los matices). Lo único que me asombra es que golpee donde Hispanidad lleva golpeando desde hace dos lustros, justo cuando el mismo De Prada se encarga de ponernos como no digan dueñas, eso sí, ante quien corresponde, para no romper el círculo de silencio sobre este periódico al que me refiero en el artículo dedicado al undécimo aniversario de Hispanidad.

 

Plasmada la felicitación al señor De Prada, vamos con los ‘peros’. Son tres:

 

En primer lugar, la percha utilizada. En periodismo, una percha es la noticia de actualidad que permite una reflexión más atemporal. Jodó, Juan Manuel, hijo, podías haberte buscado otra percha. Porque verás, me importa un bledo que se ‘exhume’ un catálogo fotográfico de 2003 en vísperas de elecciones -siempre estaremos en vísperas de elecciones-. Lo que me importa es que el tal catálogo sobrepasa todo lo admisible, en un país en el que señor Presidente del Gobierno critica las caricaturas danesas de Mahoma pero se abstiene de comentar la montoyada española. Si existen intereses electorales como si no: leña al Montoya, al Gobierno Ibarra financiador y a los hipócritas de Moncloa.

 

Totalmente de acuerdo, en la utilización que el PP hace de la Iglesia y de los católicos. Y totalmente de acuerdo que los polvos de Aznar trajeron los lodos de ZP. Por decirlo de algún modo, el Gobierno Aznar nos situó al borde del abismo, ZP no ha hecho más que dar un paso hacia delante. Pero eso es culpa del PP, no de la Iglesia. Ciertamente, lo que debe pedir la jerarquía al Partido de Mariano Rajoy es coherencia. Sencillamente. Y lo que debería hacer la Jerarquía es no ponerse al teléfono cuando, en nombre del PP, llama don Eduardo Zaplana, un verdadero desastre para la imagen de la Iglesia. Pero eso no es ser mamporrero de la derecha. Recuerde, señor De Prada, que el culpable del chantaje no es el chantajeado, sino el chantajista.

 

Respecto a los energúmenos… Mi opinión es que los dos principales energúmenos que se están aprovechando de la Iglesia no son políticos, sino periodistas. Hablo del dúo dinámico, formado por Federico Jiménez Losantos y Pedro J. Ramírez (¡Ah! ¿Se refería usted a ellos, señor De Prada? Pues entonces dígalo, buen hombre, dígalo, así no quedará hueco para el equivoco). De acuerdo, Ahora bien…

 

El tercer ‘pero’, es el propio ABC, donde usted presta sus servicios. Porque claro, Ramírez y Losantos han secuestrado la COPE, y es de justicia exigir a la Jerarquía, su propietario, que les despida de forma fulminante, aunque ello suponga una temporal caída en audiencia. Pero no es Vocento quien debe denunciarlo. Vocento es el grupo que destrozó en su beneficio la Editorial Católica, tras la más brutal tomadura de pelo a la Iglesia que se recuerda; el mismo grupo que intentó quedarse con la COPE, y encima baratita, no puede dar lecciones de coherencia. Es más, señor De Prada, no olvide usted que esa derecha sin Dios, esa derecha pagana, está representada en España por buena parte del PP, ciertamente, entre otras cosas por el frívolo de su presidente, pero también hay dos medios que responden a los ideales de esa nueva derecha sin Dios: El Mundo -y Jiménez Losantos, que hablamos de un matrimonio transitoriamente indisoluble- y Vocento. ¿O pretende usted, por citar a la cabeza más publica de la Iglesia española, que monseñor Cañizares se fíe de los socios de Berlusconi en Tele 5, como hacedores de un periodismo católico? De humedades, señor de Prada, hablaremos luego.

 

Pero tiene usted toda la razón cuando afirma que la Iglesia no es de la izquierda ni de la derecha. Es más, a pesar de esa metástasis que nos ha tocado en suerte como Presidente del Gobierno, sigo pensando, con Chesterton, que el enemigo de la Cristiandad no está en Moscú, sino en Nueva York. Sólo que de eso tampoco podemos culpar a la Jerarquía, ¿no le parece?

 

Eulogio López

Hispanidad.com, 20 de marzo de 2007

CARLISMO VERSUS NACIONALISMO. Navarra, foral y española

CARLISMO VERSUS NACIONALISMO. Navarra, foral y española

El carlismo tiene hoy muy mala imagen, y muy mala prensa. Se dice que es un tradicionalismo atávico fundado en un patriotismo local medieval y en un integrismo católico, y, por tanto, una oposición furibunda a todo atisbo de modernidad liberal en España. No pocos piensan que el nacionalismo vasco, incluido el terrorista, no es sino una variedad evolutiva del carlismo. Puede, sin embargo, que este análisis sea demasiado superficial y tosco, y que las cosas sean bien distintas.

Ya comprendo que no es de buen tono, en los tiempos que corren, intentar penetrar en el espíritu de fondo del tradicionalismo carlista, pero creo que no queda más remedio que hacerlo. Pues la cuestión es, a mi juicio, que, más allá de sus determinaciones históricas concretas –más allá de la cuestión de la legitimidad sucesoria, más allá incluso de su oposición al constitucionalismo moderno liberal–, yace en el fondo del tradicionalismo carlista un espíritu que forma parte esencial e irrenunciable de la historia espiritual y moral de España. Y es que el carlismo supo captar el sentido de la muy singular forma en que se constituyó históricamente nuestra nación.

Debido a las circunstancias concretas de su formación histórica –la inexorable confluencia de los grandes reinos cristianos en su reivindicación, común e independiente, de la unidad hispánica visigótica previa frente a la invasión musulmana–, España fue adquiriendo una morfología histórica muy singular, que contrasta con la de cualquier otra nación política moderna de Europa.

España, ciertamente, antes que ser una nación política más, analogable a las de su entorno, fue un proyecto espiritual (o metapolítico) universal, en cuanto que católico, de fraternidad comunitaria ilimitada entre fraternidades comunitarias locales; una fraternidad que, por tanto, no quería ni podía limitarse a sus iniciales fronteras geográficas ibéricas, sino que, movida por su propio impulso, universal en cuanto que católico, se veía impulsada a extenderse ilimitadamente por el orbe. De ahí que ya antes, pero sobre todo después, de la unificación nacional realizada por los Reyes Católicos los patriotismos locales, lejos de ser incompatibles con el patriotismo común español, siempre hayan requerido y exigido a éste como garantía de su propia existencia.

Los patriotismos locales y el patriotismo español, lejos de oponerse, se han conjugado inexorablemente en la formación histórica de España. Ésta es la singularidad histórica a la que desde siempre supo ser fiel, en su espíritu último, el tradicionalismo carlista.

Por lo demás, creo que no está de más recordar que este doble patriotismo comunitario trajo consigo una forma propia de liberalismo, hispano en cuanto que católico, anterior y distinto al moderno y puramente económico del librecambio (aunque no necesariamente incompatible con él). Un liberalismo que descansaba en la liberalidad o generosidad propia de la vida comunitaria local (generosidad que, por su propio impulso, no podía dejar de propagarse entre las distintas comunidades de su órbita espiritual) y que servía de freno a toda posible intromisión del Estado en las libertades y formas comunitarias de vida tradicionales, así como en la libertad y dignidad de cada persona.

En este sentido, puede que el viejo tradicionalismo español no resulte una rémora tan atávica y oscurantista, sobre todo cuando pensamos en que el moderno Leviatán –ése cuyo prototipo hemos de cifrar en la Revolución Francesa– ha mostrado sobradamente una irrefrenable compulsión totalitaria a hacer y deshacer en la vida civil y en la de las personas.

Sólo cuando se alcanza a ver esta singularidad de la morfología histórica de España, a la que el tradicionalismo carlista supo ser fiel en su espíritu último, pueden comprenderse las diferencias esenciales que lo distinguen del nacionalismo vasco. La tenue línea de continuidad genética que pueda haber entre uno y otro no debe impedirnos ver la nítida discontinuidad estructural que los separa.

Puede, en efecto, que el nacionalismo vasco prosiguiera, en el ámbito territorial que inventó, con la defensa carlista del patriotismo local, pero se dejó por el camino ni más ni menos que el sentido español de dicha defensa, reduciendo de paso el contenido de ésta a su forma más siniestra y pervertida: el racismo.

Sabido es que el señor Sabino Arana llegó a delirar con la idea de una presunta raza vasca incontaminada por ninguna otra, ni española ni del resto del mundo, como fundamento de su programa político nacionalista, organizado en torno a un odio racista sistemático hacia España.

Difícilmente se puede pervertir más el espíritu hispano, en cuanto que católico, del viejo carlismo español. El nacionalismo vasco es intrínsecamente racista, y por eso es siempre potencialmente terrorista. No es de extrañar, entonces, que llegara a combinarse, en una de sus facciones, siempre útiles al conjunto, con una de las formas más depuradas del terrorismo totalitario moderno, la debida a los métodos marxistas revolucionarios de guerrillas de liberación nacional, formando de ese modo una mixtura tan siniestra en la teoría como letal en la práctica.

Una vez comprendidas estas profundas e insoslayables diferencias entre el carlismo español y el nacionalismo vasco, puede que comencemos a vislumbrar, con una nueva esperanza acaso no esperada, el horizonte que se nos abre a todos los españoles en el momento mismo en que la bestia del nacionalismo vasco se ha decidido a ir a por Navarra. Pues lo cierto es que el viejo reino de Navarra es el único que tendría derecho histórico a incluir en su unidad política buena parte de las tierras vascongadas, justo aquéllas que ingresaron en la historia de la mano de la historia de Navarra, y con ello en la historia de España, y por lo mismo en la historia universal; así como otras partes vascongadas deberían ser políticamente integradas en la vieja Castilla por las mismas razones históricas (en realidad, las provincias vascongadas no deben tener derecho a otro tipo de unidad más que a la propia de una suerte de comarca de tipo folclórico).

Así pues, puede que esta vez el nacionalismo vasco haya pinchado en hueso, en el hueso de la sustancia histórica de España, acaso mucho mejor representada hoy por Navarra, la vieja tierra foral española, que por el conjunto de nuestra debilitada y acobardada España constitucional. Y puede que las palabras con que el presidente de la Comunidad Foral terminó su discurso en la manifestación del pasado sábado tengan un fondo y un alcance históricos mucho más profundos de lo que podamos imaginar: "Viva la libertad de Navarra, viva Navarra foral y española".

Sí, ya sé que el carlismo tiene hoy muy mala imagen –y muy mala prensa–. Pero, no sé, tengo para mí que puede que la bestia artificial y antiespañola del nacionalismo vasco haya comenzado a cavar su propia tumba donde el viejo carlismo arraigó con tan honda fuerza, en las viejas tierras navarras, forales y españolas.

JUAN B. FUENTES, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Libertad Digital, suplemento Ideas, 21 de marzo de 2007

Ciudadanos salta a la política nacional y concurrirá a las generales

Ciudadanos salta a la política nacional y concurrirá a las generales

El partido de Albert Rivera dará la batalla en las legislativas, donde buscará un hueco que podría restar votos a PSOE y PP con un mensaje nacional que aporte "sentido común" a la política.

Una veintena de medios de comunicación se han congregado este martes en Madrid para asistir a la convocatoria de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, en un acto en el que se ha anunciado que se presentarán a las elecciones generales de marzo de 2008. En la rueda de prensa celebrada en el teatro Alcázar, el partido que lidera Albert Rivera se ha presentado como una formación política de ámbito nacional (así figura en sus Estatutos) que desde su constitución -dos meses antes de las autonómicas en Cataluña, donde obtuvieron tres escaños- ha logrado alcanzar los 4.500 afiliados en toda España, de ellos 400 sólo en Madrid.

El propio Rivera y el coordinador de la agrupación constituida en Madrid, Fernando Landecho, han expuesto los objetivos que se ha marcado Ciudadanos a nivel nacional. La formación se define como "constitucionalista" y se presenta con el ánimo de aportar buenas dosis de "razón" y de "sentido común" a la política nacional tras la brecha abierta entre los dos principales partidos, PSOE y PP -a los que podrían restar votos- y para que ésta deje de depender de las minorías nacionalistas.

 

Ésa es la razón por la que Ciudadanos se autodefine como un partido "transversal" –señalan fuentes consultadas- de ideología "socialdemócrata" y "liberal-progresista". Un partido de "centro", entre cuyos principios destacan la defensa de la libertad y de la igualdad. La formación, que nació en Cataluña, se define como "no-nacionalista" y se ha mostrado muy crítica con las reformas estatutarias impulsadas por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

 

En contra de lo que se pensó en un primer momento, Ciudadanos no tiene intención de presentarse en Madrid para los comicios del 27 de mayo, pero sí empezar a trabajar en la capital como "sitio estratégico" para centrarse de lleno en las generales, cuyo pistoletazo de salida darán en su segundo Congreso, a celebrar el próximo mes de julio, justo un año después del primero.

 

Lo que sí parece confirmado es que Ciudadanos se presentará a las municipales -además de en la mayoría de los municipios en Cataluña- en las ciudades de Salamanca y Alicante. La formación tiene ya agrupaciones en las comunidades de Valencia, Murcia, Castilla y León, Galicia, Andalucía, País Vasco, Aragón y Navarra. Entre sus reivindicaciones destacan la aprobación de las listas abiertas con la reforma de la Ley Electoral para hacer una democracia "más participativa", señalan las mismas fuentes.

 

El Semanal Digital, 21 de marzo de 2007

El firme regreso al catolicismo de intelectuales y escritores franceses

El firme regreso al catolicismo de intelectuales y escritores franceses

El «fenómeno Bernanos» envuelve al mundo de la cultura, donde cada vez hay más conversos

Los intelectuales franceses siguen la senda de Georges Bernanos

MADRID- Sopla un viento nuevo de fe en la laicísima Francia. Las letras francesas siguen las huellas de Claudel, Péguy, o Mauriac, los grandes conversos de la tradición literaria, y cada vez son más las novelas, guiones y ensayos en los que la fe cristiana vuelve a ser protagonista.

Hace tiempo que escritores de la talla de Michel Tournier o Dider Decoin demostraron que la fe aumentaba su talento y, siguiendo su misma senda, está surgiendo una nueva generación de autores creyentes, nuevas figuras de la escena literaria y filosófica cuyas obras buscan la consonancia con el mensaje evangélico. El periodista Daniele Zappalá explica en el diario «Avvenire» que, en el caso de la escritora Sylvie Germain ha sido su búsqueda sobre la mística cristiana y la frecuente costumbre de acudir la Biblia lo que le ha llevado a la conversión. La aclamada autora de la reciente novela «Magnus» ha visto cómo su obra está empezando a seducir no sólo en Francia sino más allá de sus fronteras.

Hace algunos días, en las páginas del diario francés «Le Figaro», otro talentoso y pluripremiado escritor de la nueva literatura francesa, François Tallandier, ha intentado esbozar y enumerar las razones de su silenciosa conversión al catolicismo, después de años de profundo escepticismo: «Quizás por el esplendor de Bourges, que le daba a Stendhal alas para ser cristiano. Quizás por la modesta dulzura de la iglesia románica de Ennezat. Quizás porque un día, escuchando pronunciar la palabra “católico” con el desprecio de quien cree que no necesita más razones, me he cansado y he dicho abiertamente: “Soy católico”», explica.

También Jean Claude Gillebaud está volviendo a la fe, después de unos años de éxito como periodista. Golpeado por la obra de filósofos como René Girard y la atmósfera de recogimiento del mundo monástico, acaba de publicar dos ensayos sobre la importancia de creer. «Cómo he vuelto a ser cristiano» es el título del más significativo.

Católicos sin complejos

El recorrido creativo de Fabrice Hadjadj es también un punto de referencia en la cultura francesa. Escritor e intelectual de cultura judía y nombre árabe, se ha convertido al catolicismo «tras una fase de nihilismo». Un reciente ensayo suyo analiza con pasión e ironía su indiferencia hacia la muerte de las sociedades occidentales a la vez que lanza una llamada a la alegría fundada sobre las razones de la fe.

Pero quizá la figura más controvertida es la del controvertido escritor Maurice Dantec, que dice inscribirse en el ámbito «futurista». Hace poco que este intelectual excéntrico, admirado por la crítica, se ha atrevido a gritar en público que «no hay futuro para la humanidad fuera de Cristo».

Junto a todos ellos, más allá de las fronteras francesas, se sitúa el dramaturgo belga Eric-Emmanuel Schmitt, o filósofos como Bernard Sichére y Jean Louis Chrétien, que han llegado al catolicismo tras un largo camino a través del escepticismo. En definitiva, son cada vez más los escritores e intelectuales que han redescubierto la trascendencia, que han experimentado la conversión y «vuelven» a la fe tras un largo exilio en el desierto del nihilismo. Hoy, sin temor alguno, se declaran católicos sin ningún complejo.

 

M. V.

La Razón, 21 de marzo de 2007