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Foro El Salvador

Libertad en euskera se dice Karol Woijtila: el Foro El Salvador, una respuesta católica a la violencia

El ejemplo del Papa como luchador católico polaco contra los diversos totalitarismos y su papel como intelectual le han aupado como un modelo a seguir para todos los resistentes católicos a cualquier tiranía. Su vida es un ejemplo reciente de la aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia en un contexto amenazante contra el católico comprometido. En el País Vasco actual, el dominio del nacionalismo sigue ahogando todo espíritu de libertad existente en la sociedad. Ante tal situación, un grupo de intelectuales católicos y jóvenes pretendieron dar una respuesta unánime y similar a la que en su tiempo varios jóvenes de Cracovia dieron ante las autoridades comunistas. Previamente se ofrece una breve descripción de cómo se organizó la resistencia vasca contra el nacionalismo

El nacimiento de una resistencia social al nacionalismo

La articulación de una resistencia social contra el terrorismo y una respuesta independiente frente al nacionalismo que adoptaba desde 1980 una posición hegemónica y totalitaria no va a tener forma hasta la década de los noventa.

La impunidad de los asesinatos de ETA, amparada por el silencio en la calle y los comentarios favorables de los simpatizantes de los demás partidos, sostendrá sus acciones.

Sin embargo, cuando después del exterminio de simpatizantes de derechas y miembros de cuerpos uniformados (militares y policías) empezaron a ser asesinados militantes históricos de la oposición de izquierdas al régimen de Franco, los media empezaron a transmitir a la sociedad vasca la idea de que ETA estaba "en guerra" con España, no sólo contra el régimen fenecido.

Aunque la sociedad vasca había respondido de manera esporádica en concentraciones masivas contra el terrorismo, como prueban las concentraciones contra el asesinato del ingeniero José María Ryan en 1981 y el del capitán Alberto Martín Barrios en 1983, la presencia regular de opositores a la violencia en la calle no llegará hasta 1987.

En 1987 se constituye Gesto por la Paz, un grupo de pocos activistas que se reúnen de manera silenciosa después de cada asesinato en un lugar concreto de vía pública.

Los activistas saldrán preferentemente de grupos cristianos de parroquias, siendo la primera iniciativa llevada por católicos en este sentido. El desarrollo del grupo fue en aumento y en cada localidad importante se fue organizando un grupo que se concentraba en silencio después de cada atentado.

No obstante, cuando también lo empezaron hacer con los atentados del GAL contra etarras y terroristas muertos en operaciones de detención por algún cuerpo policial, Gesto por la Paz empezó a tener opiniones encontradas dentro y fuera de la organización.

A pesar de todo, Gesto por la Paz consiguió ser en ese momento el grupo que capitalizaba la respuesta popular contra ETA al concentrarse todos los lunes, de julio a octubre de 1993, con ocasión de pedir la liberación Julio Iglesias Zamora. A los actos sumó la iniciativa de llevar en la solapa un lazo azul en señal pública de oposición al secuestro.

No obstante, cuando ocurrió el secuestro del empresario de Oyartzun (Guipúzcoa) José María Aldaya, que duró de mayo de 1995 hasta abril del año siguiente, las concentraciones de Gesto por la Paz fueron alteradas por la aparición de grupos contrarios que les gritaban y los ciudadanos que portaban lazos eran anotadas en listas, amenazados y algunos atacados por llevarlos.

A pesar de ello continuó el desarrollo de Gesto por la Paz que en la actualidad reúne a unos 150 grupos vascos y navarros.

La actitud abierta al "diálogo" y poco combativa contra los grupos violentos ha hecho que los miembros veteranos funden otros grupos que participan de la movilización de la sociedad vasca contra la violencia nacionalista, como Denon Artea, surgida en 1990 bajo el liderazgo de Cristina Cuesta, hija del delegado de Telefónica asesinado por ETA en Vizcaya, Bakea Orain o La Fundación.

En 1992 surgirá Elkarri, asociación liderada por el antiguo concejal de Herri Batasuna de Tolosa Jonan Fernández y que aparecía sobre la coordinadora Lurraldea, la cúal había intentado paralizar la construcción de la autovía de leizarán que uniría Pamplona con San Sebastián dos años antes.

El diálogo establecido entre Gesto por la Paz y Elkarri, que busca la independencia de Euskal-Herria a través de una vía política y negociada, ha imposibilitado el crecimiento social de la iniciativa de Gesto por la Paz.

Sin embargo, el espaldarazo definitivo de la sociedad contra el mundo terrorista fue el asesinato el día 12 de julio de 1997 del concejal del PP de Ermua, Miguel Angel Blanco. Su secuestro dos días antes y su posterior asesinato provocó una oleada de ataques a sedes y locales vinculados a la izquierda abertzale por la sociedad vasca que duró tres días.

No obstante, desde las instancias autonómicas, tanto los nacionalistas como protagonistas del momento como Carlos Totorica, alcalde socialista de Ermua, impidieron los actos de violencia contra los proetarras e incluso la fuerza pública vasca de la Ertzaina participó en la defensa de los locales de los independentistas con orden de actuar a los tres días.

El rechazo social generalizado fue común en toda España, con más de seis millones de manifestantes y aunó en el mismo sentimiento de pertenencia a una nación a toda España.

En el País Vasco los intelectuales y profesores vascos no quisieron que "el espíritu de Ermua" desapareciese después de la revuelta generalizada en la sociedad vasca. El 12 de febrero de 1998, estos intelectuales firmaban un manifiesto bajo el calificativo de Foro de Ermua, en el cual expresaban su rechazo a la violencia terrorista, pero también se criticaba la ausencia de libertades bajo el gobierno nacionalista.

Entre los firmantes de este manifiesto, cabe destacar a las siguientes personas:
Agustín Ibarrola, escultor, Fernando Savater, filósofo, Carlos Totorika, alcalde de Ermua, Mikel Azurmendi, antropólogo y portavoz del Foro; Catedráticos o profesores de la UPV: Manu Montero, José Mª Portillo, Carlos Martínez, Ricardo Miralles, Aurelio Arteta, Antonio Beristain, Javier Corcuera, Francisco Doñate, Emilio Fernandez, Santiago De Pablo. Otras adheridos fueron: Teresa Castells, librera, Cristina Cuesta, fundadora de Denon Artean, Fernando García Cortazar, Universidad de Deusto, J. Ramón Recalde, Universidad de Deusto, Xabier Garmendia, ingeniero, Xabier Gereño, escritor, Raul Guerra, escritor, Katy Gutierrez, parlamentaria, José Ibarrola, artista, Roberto Lertxundi, médico, Hortensia Santana, jurista, Fernando Tusell, economista, Marta Zabala, historiadora, José Luis López de la Calle, periodista.

El revulsivo que supuso que la intelectualidad vasca rompiese con el mundo nacionalista causó los ataques de los portavoces nacionalistas que inmediatamente intentaron desacreditar a los hombres de la cultura por su participación en un tema considerado tabú hasta entonces, la violencia en el País Vasco.

El 7 de mayo de 2000 Moría en Andoain, por balazos de un etarra, el periodista y fundador de Foro de Ermua, José Luis López de la Calle. Activista del PCE en la clandestinidad de la década de los setenta, con la democracia había sido militante del sindicato CCOO y miembro de Izquierda Unida. Este periodista de izquierda colaboraba con El Mundo y era uno de los pesos pesado del Foro de Ermua.

Después de su asesinato las acciones violentas contra obras artísticas de autores como Agustín Ibarrola y las presiones constantes en las aulas universitarias empujaron al exilio a varios profesores de la UPV como José María Portillo, Mikel Azurmendi, Jon Juaristi y Edurne Uriarte. Esta última después de un intento de asesinato con una bomba en el ascensor de la facultad.

Sin embargo, los intelectuales vascos reunidos en el Foro de Ermua reunían un espíritu común con la izquierda cultural del país, se necesitaba una respuesta similar en el mundo católico. Esencialmente para romper la imagen de un catolicismo como clientela cautiva del nacionalismo.

La respuesta católica, el Foro El Salvador

En este sentido, el 10 de junio de 1999 surgía el Foro el Salvador, organismo fundado por varios intelectuales católicos en contra de la violencia terrorista y que también acusaba al nacionalismo en general de pretender monopolizar las opiniones sociales en un nuevo totalitarismo contrario a los valores de la persona humana.

Este manifiesto, firmado por un centenar de personas, fue presentado por Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea, Antonio Beristain, director del Instituto Vasco de Criminología, Jaime Larrínaga, doctor en Historia y párroco de Maruri y José Luis Orella, profesor de Historia Contemporánea.

El colectivo estaba bien implantado en el mundo católico y contaba con representantes en todas las provincias vascas y Navarra. En un principio, antiguos alumnos y profesores de la Universidad de Deusto de ambos campus de Deusto (Vizcaya) y Mundaiz (Guipúzcoa) siguieron el ejemplo de insignes profesores como los jesuitas Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia, o el Antonio Beristaín, a su vez de Derecho Penal.

Al mismo tiempo, religiosos regulares y diocesanos se sumaron a la iniciativa en varias docenas rompiendo la imagen, fomentada por los media, de un clero seguidor unánime con el nacionalismo.

En el campo familiar, los colectivos de víctimas y perseguidos se aunaron a un grupo que defendía desde una posición confesional y de manera abierta la causa de sus familiares asesinados.

Y en el campo del activismo juvenil, el grupo vasco de ARBIL, foro que nació en Bilbao para la divulgación de los valores católicos a través de actividades culturales e internet, se sumaba en bloque al grupo católico.

Sin embargo, la aparición de El Foro El Salvador fue importante y rápidamente contestada por los nacionalistas al romper la "homogeneidad" de los católicos vascos y presentar una voz discordante con el nacionalismo vasco.

El Foro El Salvador aparecía con el claro fin de asociar a los católicos contra el totalitarismo nacionalista, como Solidaridad había hecho lo mismo en Polonia contra el comunismo.

La identidad con el Papa Juan Pablo II era total y por esta razón el punto más criticado por los nacionalistas vascos.

Muchas de estas asociaciones, nacidas en un clima de tensión, no solo perseguidas por la banda terrorista, sino también por las propias organizaciones nacionalistas y las administraciones públicas que dominan, que las han acusado de estar al servicio de España, decidieron coordinar sus esfuerzos en un intento de canalizar la iniciativa ciudadana.

De este modo, en 1999 nacía la Plataforma Basta Ya con el apoyo del Foro de Ermua, Foro El Salvador, Denon Artea y Asociación de Víctimas del Terrorismo. En esta Plataforma ejercería de portavoz el filósofo Fernando Savater, que inmediatamente fue amenazado.

Las iniciativas desarrolladas como concentraciones contra el terrorismo, manifiestos a favor de una educación en valores, desarrollo de actitudes respetuosas con la libertad y petición del voto para los partidos políticos que aceptaban la constitución fue recompensada con el Premio Sajarov de la Unión Europea, aunque la entrega del premio tuvo la desagradable noticia del abandono del acto de los eurodiputados pertenecientes al PNV, EA, EH y BNG.

Cumplida la primera misión de contención de la violencia, el colectivo cambió su nombre al año siguiente y en diciembre de 2000 pasó a denominarse Plataforma Libertad, en reivindicación de la igualdad de derechos para los ciudadanos vascos no nacionalistas.

De este modo, en las elecciones autonómicas se subrayó la ausencia de libertades y falta de igualdad de los candidatos y votantes, pero se pedía el respaldo a las opciones defensoras de un discurso identitario de la unidad de España.

En este colectivo formaban parte Asociación de Víctimas del terrorismo, Foro de Ermua, Foro El Salvador, Movimiento contra la Intolerancia y la Asociación por la Tolerancia, a los cuales se sumaron diversos colectivos, culturales, sindicatos, partidos políticos y asociaciones extranjeras.

El grupo católico ha sido uno de los que recientemente ha sido puesto en el punto de mira de la violencia.

Si sus miembros, hasta entonces habían sido coadyuvados a guardar silencio.

A partir del verano, el presidente del Foro El Salvador Jaime Larrínaga, párroco de Maruri (Vizcaya), pequeña localidad de 500 habitantes fue centro de amenazas escritas realizadas en papel oficial del ayuntamiento y firmadas con el consistorio nacionalista.

Desde entonces, el sacerdote ha tenido que ejercer su misión apostólica con un guardaespaldas y dormir en distintos domicilios.

La presencia en la realidad vasca de un Foro católico plantea en el presente una respuesta dinámica de los católicos vascos a una realidad en la que falta la libertad y donde la mitad de la sociedad necesita plataformas que defiendan sus reivindicaciones.

En esta lucha por la salvaguarda de los valores de la persona humana, los católicos no podían estar cruzados de brazos y el ejemplo vivo del Papa en Polonia fue el revulsivo necesario para hacer realidad la aparición de un grupo de intelectuales, sacerdotes y jóvenes comprometidos por su Fe, en la defensa de la libertad del hombre, ante un totalitarismo que margina sectores sociales en beneficio de los valores biologicistas.

En la actualidad, el Foro El Salvador se mantiene como conciencia activa de los perseguidos por el nacionalismo y mantiene un puente abierto de las víctimas con los obispos vascos, que de esta manera mantienen una postura de dirección de toda la comunidad católica, nacionalista o no, impidiendo la ruptura social e intentando servir de ejemplo de convivencia.

Para el futuro, la comunidad católica vasca quiere sentir como cuando se derribe definitivamente el muro del nacionalismo excluyente, el viento polaco sople con toda su fuerza en el País Vasco, vivificando una primavera necesaria en vocaciones, convivencia ciudadana y reconstrucción de una sociedad que en un tiempo fue modelo de catolicismo social.
 

José Luis Orella Martínez 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 63, noviembre de 2002.

 

Los falsos tópicos del “conflicto vasco”.

Sigue siendo lugar común, en muchos ambientes políticos y universitarios extranjeros, una serie de falsos tópicos sobre el carácter último del llamado “conflicto vasco”. En este artículo nos asomaremos a algunos de ellos.

 

Introducción.
La polémica desatada por Hebe de Bonafini, Presidenta de la asociación argentina “Madres de la Plaza de Mayo”, a causa de algunos de sus juicios de valor, emitidos con notable ligereza, respecto a la situación de los presos de la banda terrorista ETA, acusando al Gobierno español de “torturas, violaciones y ejecuciones”, ha puesto sobre el tapete la persistencia en algunos ámbitos internacionales de una serie de falsos tópicos. Tales, han alcanzado en esos medios, a fuerza de repetirse, carácter de verdad incuestionable.

 

Los falsos tópicos más comunes.
            En este breve artículo vamos a ver algunos de esos falsos tópicos con el objetivo de situar, en su contexto real, la violencia sufrida en el País Vasco y en el resto de España, a la que se superpone una estrategia secesionista de indudable trascendencia, desarrollada por todas las fuerzas nacionalistas vascas.

 

1. ETA es la expresión más radical de la lucha de los vascos por recuperar sus libertades perdidas.
            Históricamente no puede sostenerse la anterior afirmación. Al contrario, el País Vasco y Navarra son dos de los territorios que, pese a diversas vicisitudes históricas, han mantenido, en el conjunto de España, mayores niveles de derecho público y privado propios, así como un régimen económico particular –el concierto- que ha permitido un desarrollo económico superior a la media española. Y ello ha sido así no sólo en los últimos 25 años de democracia, sino también en épocas anteriores, consolidándose ese desarrollo económico ya en el franquismo.
            Por otra parte, el hecho de que hayan transcurrido 25 años desde la muerte de Francisco Franco, desmiente que se trate de un puñado de guerrilleros románticos levantados contra la dictadura franquista, desaparecida ya hace dos décadas y media. El tiempo impone, así, sus razones. Y más cuando, en su día, todos los presos de las distintas organizaciones armadas se vieron favorecidos por una amnistía que supuso la excarcelación de todos ellos.
2. Los vascos nunca han sido españoles.
            Vasconia y Navarra (ésta segunda muchos años en la órbita de dinastías francesas durante la Edad Media) han realizado una importante aportación humana e intelectual a la empresa española: ilustres militares, escritores y pensadores, altos funcionarios, descubridores y navegantes, santos y jerarcas de la Iglesia católica. Su mera relación nominal sería interminable. Pero pensemos en nombres como Unamuno, Pío Baroja, Francisco de Vitoria, San Ignacio de Loyola, Elcano, Zuloaga, Legazpi, Ramiro de Maeztu, Oquendo, Churruca, López de Ayala, Alonso de Ercilla, Samaniego, Antonio de Trueba, etc.
Es más y “a sensu contrario”: jamás ha existido un Estado vasco, si exceptuamos el efímero experimento -“in extremis”- al inicio de la guerra civil española, que agrupó solamente a las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya (Navarra y Alava se decantaron mayoritariamente por la causa nacional) en un contexto de total colapso y derrumbe del régimen republicano.
3. Euskadi = Irlanda.
            Irlanda, cuando fué invadida por los ingleses (en el siglo XI, aunque hasta el siglo XVI no se consolidó la dominación inglesa) ya reunía una serie de características que la diferenciaban de Inglaterra: unidad geográfica, conciencia nacional, unidad religiosa, cierta estructura de poder territorial. Por el contrario Euskadi, como tal, nunca ha existido hasta nuestros días, siendo un ente teórico imaginado por los hermanos Arana a finales del siglo XIX.
            Nunca ha existido en el País Vasco y Navarra, al contrario que en Irlanda, un conflicto religioso: sus pobladores han sido mayoritariamente católicos, incluso en mayor intensidad que el resto de la nación española.
Jamás se ha desarrollado en el País Vasco y Navarra una política  que buscara el sometimiento de las poblaciones autóctonas de la mano de unos pretendidos “ocupantes” españoles junto, a la pérdida añadida, de un expolio material: nunca ha existido un régimen colonial.
Los ingleses, al aplicar inicialmente el estatuto de colonia a Irlanda, establecieron la práctica de las “plantaciones”, consistente en la expropiación de las tierras de los originarios señores terratenientes, para que el Rey inglés distribuyera esas tierras según su criterio, en beneficio de los ocupantes y en detrimento de los propietarios católicos, que terminaron siéndolo a nivel minifundista. Un episodio histórico como el de la “hambruna de la patata”, de mediados del siglo XIX, que supuso la muerte de la cuarta parte de la población de la isla, no se ha producido en España. Esa dramática circunstancia histórica, en buena parte consecuencia de la injusta distribución de la propiedad de la tierra y de viciadas prácticas comerciales, era inimaginable en el País Vasco. Nunca se aplicó práctica análoga a la de las plantaciones. Al contrario, la propiedad de la tierra continuó en manos de los autóctonos, conservándose todo el derecho privado y un régimen de transmisiones patrimoniales específico, que permitió que todo el País Vasco estuviera jalonado de medianas propiedades, sin apenas minifundio y escaso latifundio.
Tampoco se ha llegado a “exportar” población foránea con el cálculo de controlar a los autóctonos y de expoliar a vascos y navarros. Al contrario, muchos hijos de emigrantes, en las últimas décadas, se han entregado en “cuerpo y alma” a la causa de la “liberación nacional de Euskadi” desde la trinchera terrorista y del nacionalismo más radical; lo que desmiente la existencia de un conflicto “étnico” y afirma una problemática en cuyo origen figura la ideología nacionalista y un indudable voluntarismo político como motores últimos.
4. Navarra es la madre de Euskadi.
            El Reyno de Navarra ha vivido dispares ámbitos territoriales: desde la afirmación de supervivencia plasmada en el reino de Pamplona-Nájera, motor a su vez de la reconquista cristiana desde los Pirineos, a ser el mayor reino cristiano de la península ibérica (con Sancho III el Mayor), pasando a constituir un pequeño territorio de poco más de 10.000 kilómetros cuadrados volcado hacia Francia durante parte de la Edad Media (de la mano de las dinastías francesas de Evreux, Champaña, Foix y Albret).
En ningún momento de su historia ha agrupado población exclusivamente vasca. Francos, judíos, musulmanes, castellanos, aragoneses: todos ellos han proporcionado una particular fisonomía humana a este territorio. Así, uno de los más ilustres y conocidos navarros fue el judío ribero Benjamín de Tudela, importantísimo viajero medieval.
            Por otra parte, en la actualidad, los navarros de forma mayoritaria y elección tras elección, se han decantado por un proyecto político autónomo dentro de la nación española y en continuidad con el marco histórico del “Fuero”; al igual que sus antepasados durante cinco siglos. Los navarros empeñados en integrar a su tierra en Euskadi nunca han superado el 30% del total de votos emitidos, tratándose de un electorado estancado porcentualmente, pese a la agresividad de sus múltiples manifestaciones y campañas en los diversos ámbitos sociales, culturales y políticos.

 

5. El nacionalismo vasco es católico.
            El primero en el tiempo, y principal partido político nacionalista, el Partido Nacionalista Vasco (EAJ-PNV), era confesional católico sin lugar a dudas. Su primer lema era “Jaungoikoa et Legizarra” (Dios y Leyes viejas, fueros) y en las elecciones republicanas de 1936 su estrategia electoral se basó en gran parte en la defensa de la religión católica. Ya en la Segunda República había surgido, como escisión del anterior, una pequeña agrupación política que aspiraba a un nacionalismo aconfesional, moderno, más orientado hacia las corrientes socializantes de Europa: Acción Nacionalista Vasca (ANV), cuyos continuadores forman parte actualmente de Herri Batasuna, la expresión política del “Movimiento Nacional de Liberación Vasco” (MNLV) impulsado por la organización terrorista ETA.
El PNV, en la actualidad, ha desdibujado sus originarias señas de identidad, al igual que tantos otros partidos del área demócrata cristiana. Pese a su condición de “socio fundador”, ha sido expulsado el día 10 de octubre de 2000 de la Internacional Demócrata Cristiana, por sus extrañas relaciones con la gran fuerza nacionalista vasca que impulsa el terrorismo, el MNLV organizado por ETA; a iniciativa del Partido Popular español.
Desde sus inicios, en el conjunto del MNLV, se ha producido un progresivo distanciamiento respecto de todo lo que significa la Iglesia católica. Apenas hay católicos en el MNLV y, los que lo son, están en general vinculados a las llamadas “Comunidades Cristianas Populares” y a la “Iglesia popular”. La mayoría “pagana”, por definirla de alguna manera, no sólo no se reconoce en las creencias de sus padres y abuelos sino que, de forma explícita, ha desarrollado una fuerte crítica a la Iglesia católica, calificada en algunos de sus medios como “religión extranjera”. En esa fractura se ha llegado, incluso, a pretender con múltiples fórmulas, a un reencuentro con el mundo pagano precristiano de los primitivos vascos, inventando rituales laicos en esa línea. Si bien el nacionalismo constituye la columna vertebral de esta fuerza emergente que aspira al liderazgo y control del conjunto del nacionalismo vasco, otros ingredientes ideológicos la han alimentado: marxismo crítico, “liberación” de la mujer, ecologismo en clave política, lucha contra los modelos familiares tradicionales,  anticolonialismo, diversas corrientes contraculturales (“rock radikal”, movimiento “okupa”, etc.).
Si algunos representantes cualificados de la Iglesia católica, todavía, han sido interlocutores en determinadas circunstancias recientes, ha sido así, no tanto por el peso real de la Iglesia en el conjunto de la sociedad vasca, mermado y claramente decreciente, sino por su parentesco personal concreto con miembros destacados del MNLV.

 

6. El nacionalismo vasco es moderado.
            El apartado anterior ya desmiente, en buena medida, la anterior afirmación desde una perspectiva meramente doctrinaria. Valoremos ahora la situación real desde la realidad de los hechos.
Cuando el PNV optó por la vía “autonomista”, durante la llamada “transición” española hacia la democracia, podía afirmarse que, al menos entonces, el PNV era un partido moderado. En la actualidad todo el nacionalismo vasco puede ser calificado de radical al optar, de forma clara, por la secesión y la independencia a corto o medio plazo de todos los territorios vascos, actualmente integrados en estructuras supranacionales extranjeras (España y Francia), sin descartar ningún medio, incluido el terrorismo. Todos los partidos nacionalistas comparten los fines (la independencia), aunque discrepan en el empleo de los medios; pues el PNV no practica el terrorismo, aunque sea consciente, tal como ha declarado su Presidente recientemente, que la autodeterminación es el precio político de la paz.  Para el MNLV, la violencia de ETA es el motor fundamental de la “construcción nacional vasca”, estrategia a la que intenta arrastrar al PNV y su escisión EA; lo que en buena medida está consiguiendo. Aquí radica otra de las diferencias con el conflicto irlandés: allí los moderados han acercado a las vías parlamentarias y políticas a los violentos y radicales (el SDLP ha incorporado a la vida pública al Sinn Fein). En el País Vasco, por el contrario, los radicales del MNLV han arrastrado al PNV y EA hacia una estrategia de confrontación y ruptura.

 

7. El Estado español, pese a ser formalmente una democracia, es un estado autoritario y centralista que intenta ahogar al pueblo vasco.
            Esta afirmación ya sólo se asume en ambientes radicales de izquierda y nacionalistas, al menos en sus expresiones más crudas. Pero algunos reflejos de este planteamiento asoman en medios académicos, políticos y mediáticos más abiertos. El Estado español es una democracia de corte occidental, plenamente integrado en las estructuras supranacionales del reducido “club” de naciones europeas y liberales, con el grado de descentralización más alto de Europa. Ninguna otra región europea, perteneciente a un Estado nacional de ese reducido “club”, goza del nivel de competencias, de todo tipo, que disfruta en la actualidad la Comunidad Autónoma Vasca y la propia Navarra. Esa crítica radical no se sostiene desde un estudio comparativo serio de la práctica de los regímenes políticos contemporáneos.

 

8. El euskera es el idioma de los vascos.
            Si somos fieles a la historia, el euskera no es el único idioma vasco. El castellano, en sus primeras manifestaciones escritas aparecidas en el territorio vecino de La Rioja, lo hace junto a los párrafos más antiguos escritos que se han encontrado del euskera. Así, el monje autor de las primeras “glosas” en castellano, también fue autor de los primeros escritos en euskera recuperados, pues al no dominar el latín necesitaba traducirlo a los idiomas que conocía: el romance castellano y el euskera. En ese sentido, los historiadores nos aseguran que las primeras manifestaciones del castellano se generaron también en Alava, además de en los territorios castellanos.
            En la actualidad el euskera, potenciado desde las administraciones e impuesto en el conjunto del sistema educativo, es el “batua” (unido), producto de una unificación de los dialectos euskéricos hablados en los diversos territorios en que sobrevivía a finales del siglo XIX, con la introducción de numerosísimos neologismos, en un intento de actualizar un idioma fragmentado que permanecía poco abierto a los cambios del mundo moderno.
            El intento, propiciado desde la Administración vasca y en parte secundado por algunos sectores de la misma Administración navarra, de imponer un idioma por encima de otro, privilegiando al euskera frente al castellano, es una manifestación más de la batalla cultural planteada cuyo sentido último es “hacer patria, hacer Euskadi”. No se trata, por lo tanto, de evitar la desaparición de un idioma antiquísimo, sino de imponer un modelo cultural monolítico en el que el castellano adquiera, progresivamente, rango de idioma marginal.

 

9. Los presos de ETA son presos políticos.
            En los inicios de la transición española hacia la democracia, todos los presos de ETA, en sus diversas ramas, fueron excarcelados gracias a una amnistía general. De forma simultánea se implantaba una organización territorial que anticipaba el régimen autonómico actual. Ello no supuso el fin de la “lucha armada”, sino que fue ocasión para la ofensiva más virulenta en la historia de la organización, ocasionando un elevado número de víctimas mortales por año entre sus presuntos adversarios: policías, guardias civiles, militantes o simpatizantes de partidos no nacionalistas, antiguos colaboradores del desaparecido régimen, empresarios, militares, incluso niños en atentados indiscriminados.
            Por ello, en la actualidad, permanecen en las prisiones españolas unos 500 miembros de ETA, disfrutando de un régimen de vida que no corresponde, en la práctica, al nominalmente impuesto, al alcanzar un “modus vivendi” beneficioso para sus intereses personales -mediante “negociaciones” seguidas con los directivos de diversas prisiones españolas- gracias al temor que inspira su organización.
            En España, en definitiva, no existen presos por delitos de opinión. Los presos de ETA lo están por delitos tales como asesinato, tenencia de explosivos, estragos, pertenencia y colaboración con banda armada, encubrimiento, labores de información o aprovisionamiento, etc.
            Todos los días se producen manifestaciones de apoyo a la independencia y a la propia organización terrorista ETA, sin que ello implique persecución con ingreso en prisión. El actual marco constitucional facilita que todas esas opiniones, contrarias al mantenimiento de la propia Constitución en vigor, se puedan manifestar libremente en cualquier medio de comunicación o ámbito social, salvo que implique un ejercicio directo de violencia física o material.
            Equiparar la condición jurídica y moral de los presos de ETA con los presos por opinión de otras latitudes del mundo, constituye una de las mayores mentiras puestas en circulación por el entorno y entramado de ETA, habiendo alcanzado un indudable éxito propagandístico de ámbito internacional.

 

10. Euskadi ha sido expoliada económicamente por España.
            El régimen económico de concierto, aludido en el punto primero de este artículo, ha aportado indudables beneficios materiales a los vascos, merced a unos mecanismos consistentes, buena parte de ellos, en peculiaridades fiscales que han permitido un despegue económico, basado en la explotación de los recursos naturales (minería) y la industrialización, en mayor medida que el resto de España. Para ello, el Estado español ha realizado enormes inversiones en infraestructuras (puertos, la carretera N1, principal vía de transporte y comercio con Europa y resto de la península, autopistas, aeropuertos, etc.). Este desarrollo económico ha permitido que mucha mano de obra, procedente de regiones deprimidas del interior de la península, se haya trasladado a las localidades próximas a las grandes industrias y astilleros del País Vasco, a la vez que una importante oligarquía autóctona (una parte de ella, de ideología nacionalista) se desarrollaba, permitiendo que las reinversiones de capital se realizaran en su propia tierra.
Llegada la crisis industrial, minera y naval de los años 70 y 80, la reconversión de esas áreas en recesión supuso la inversión de miles de millones desde el Banco de Crédito Industrial y demás organismos públicos encargados de la operación, evitando con ello una temida crisis social que no llegó a producirse. En definitiva, la asociación de los vascos con el resto de España ha generado indudables beneficios para ambas partes, sin que en ningún momento de la historia se haya planteado una estrategia de expolio económico que perjudicara a los naturales. Ya hemos visto, por otra parte, que el País vasco nunca fue colonia de una potencia extranjera (tipo Irlanda, o Argelia de mano de Francia).
Todo ello nos indica que, a nivel económico, el País Vasco ha formado parte de una España que ha contado con su peculiar régimen jurídico propio que, para algunos, suponía ventajas de partida en detrimento de otras regiones españolas.

 

11. Una Euskadi independiente es garantía de pluralidad e integración europea.
            Esa afirmación depende del modelo político y económico que prevaleciera en el futuro, de consumarse la secesión. No hay ninguna garantía de que, caso de una hipotética independencia, los sectores radicales de ETA se conformaran con un modelo de “democracia burguesa”, más cuando en esta lucha los mayores sacrificios personales han sido aportados por sus militantes, imbuidos de una ideología radical también en lo que a presupuestos económicos y sociales respecta. Las dudas sobre el modelo político generarían una indudable incertidumbre sobre la inserción europea e internacional de una hipotética república vasca, más cuando España y Francia vetarían su presencia en múltiples foros, sobre todo en el caso de una ruptura traumática, lo que no puede descartarse.
            La incidencia en los aspectos raciales y étnicos de la identidad vasca, periódicamente alegados como argumento para la construcción nacional desde el PNV (especialmente por parte de su Presidente Arzallus), no proporciona, precisamente, confianza en un proyecto de imprevisibles consecuencias. Si la condición de ciudadano vasco se somete al tamiz de la pureza racial o ideológica, ello podría acarrear dramáticas consecuencias concretadas en desplazamientos de población, abandono de empresarios, pérdida de capital e inversiones, etc. Todo ello sería observado con extrema atención desde las instancias unitarias europeas.
            Esas dudas sobre la viabilidad de una independencia vasca se acrecientan con la dependencia energética y en recursos básicos (agua, entre otros) del País Vasco con el resto de España; lo que proporciona más sombras que luces a este proyecto.

 

Conclusiones.
            El nacionalismo vasco, en su conjunto, viene desarrollando una ofensiva desde múltiples frentes, incluido el de la de imagen y propaganda, también a nivel internacional desde hace muchos años. Por el contrario, desde los medios gubernamentales españoles, ya con UCD, PSOE o PP en el Gobierno de Madrid, poco se ha hecho para contrarrestar tales campañas. Se ha avanzado algo en los últimos años, lo que ha permitido un posicionamiento claro de Francia en lo que a cooperación policial y judicial se refiere. Pero aquí se evidencia un hecho: al voluntarismo de la omnipresente militancia nacionalista vasca, apenas se oponen tímidos movimientos opositores, duramente discriminados y golpeados. En este sentido, el Foro de Ermua, Foro El Salvador, los colectivos de víctimas del terrorismo y algún otro grupo, como el Movimiento contra la Intolerancia, constituyen la estructuración progresiva de un frente cívico - cultural de resistencia ante la presión nacionalista. Esa resistencia es más visible en las grandes ciudades, mientras que en las localidades medianas y, no digamos ya en los pequeños núcleos rurales, el aparente predominio nacionalista es absoluto, no produciéndose, apenas, manifestaciones contrarias, viviendo los escasos militantes de los partidos constitucionalistas en un estado de clandestinidad.
            En el País Vasco y algunas zonas de Navarra, al igual que se decía respecto de la Edad Media, “el aire que se respira en las ciudades huele a libertad”.

 

Arbil, anotaciones de pensamiento y crítica, Nº 39, noviembre de 2000

 

Instrucción Pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias.

Madrid, noviembre de 2002

Índice

Introducción
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)

I. El terrorismo, forma específica de violencia armada

II. El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico

III. Juicio moral sobre el terrorismo
a) El terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable
b) El terrorismo es una estructura de pecado
c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos

IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como “terrorismo”

V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA

Conclusión
La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)

Introducción

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1)

1. Proclamar el Evangelio a todos los pueblos, sin distinción de lengua, raza o nación (cf. Ap 5, 9), y llevar a todos los hombres y mujeres al encuentro con Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6), es la misión de la Iglesia en el mundo. Los cristianos, que saben que en Cristo está la vida y que la vida es la luz de los hombres (cf. Jn 1, 4), sienten como propios los gozos y los sufrimientos de toda persona humana. «Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» [1] . Por eso, cuando la dignidad de la persona queda ultrajada porque se atenta contra su vida, contra su libertad o contra su capacidad para conocer la verdad, los cristianos no pueden callar. Los obispos, como sucesores de los apóstoles, tenemos de modo singular la responsabilidad de ofrecer a todos los hombres, creyentes o no, la luz del Evangelio, anunciando que para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado (Ga 5, 1). Liberados por Él del pecado, que divide a los hombres, todos podemos encontrarnos en una convivencia verdadera: Jesucristo es nuestra paz (Ef 2, 14). Desde Él discernimos y enjuiciamos los caminos de la auténtica paz a la vez que la violencia e injusticia que la hacen imposible.

2. En España, el terrorismo de ETA se ha convertido desde hace años en la más grave amenaza contra la paz porque atenta cruelmente contra la vida humana, coarta la libertad de las personas y ciega el conocimiento de la verdad, de los hechos y de nuestra historia. Sobre tan doloroso tema, esta Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, en comunión con el Santo Padre, Juan Pablo II [2] , y en continuidad con las anteriores intervenciones de la propia Conferencia y de diversos miembros del episcopado español [3] , ofrece la presente Instrucción Pastoral a los católicos y a todos los que deseen prestarle atención. Damos así cumplimiento a una de las acciones previstas en el Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal Española para el cuatrienio 2002-2005 [4] y animamos a todos a trabajar sinceramente, según las posibilidades de cada cual, para eliminar la lacra social del terrorismo y consolidar la convivencia en la libertad y el respeto de los derechos humanos [5] .

3. El profeta Isaías advierte del peligro del oscurecimiento de la conciencia en su capacidad de discernir el bien: ¡Ay de los que al mal llaman bien, y al bien llaman mal; que de la luz hacen tinieblas, y de las tinieblas luz! (Is 5, 20). El mismo Jesucristo avisa: si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad! (Mt 6, 23).

Ante un dilema moral, adoptar intencionadamente una actitud ambigua cierra el camino a la determinación de la bondad o de la maldad de una realidad o de una conducta. La Iglesia considera una de sus obligaciones básicas iluminar las conciencias, como maestra y testigo del Evangelio, para que puedan alcanzar con seguridad y sin error la verdad moral capaz de guiar la vida [6] .

Al proceder ahora al análisis moral del terrorismo, en particular del de ETA, deseamos prestar este servicio a la Iglesia primero y a la vez a la sociedad. A pesar de las reiteradas condenas que la inmensa mayoría de personas y grupos sociales hacen de la violencia terrorista, a veces se observan ambigüedades que ocultan el enjuiciamiento moral coherente de la asociación terrorista.

4. Presentamos una valoración moral del terrorismo de ETA que va más allá de la condena de los actos terroristas, tratando de descubrir sus causas profundas. Nos lo exige nuestro ministerio pastoral, una de cuyas principales tareas es ayudar a la formación de la conciencia de los cristianos y de todas las personas que buscan en la Iglesia una luz para la vida. Lo esperan con razón quienes se sienten angustiados e indefensos ante el problema más grave de nuestra sociedad.

Analizamos el terrorismo de ETA a la luz de la Revelación y de la Doctrina de la Iglesia, y lo calificamos como una realidad intrínsecamente perversa, nunca justificable, y como un hecho que, por la forma ya consolidada en que se presenta a sí mismo, resulta una estructura de pecado. Emitimos un juicio moral sobre el nacionalismo totalitario que se halla en el trasfondo del terrorismo de ETA, porque no se puede entender el uno sin el otro.

I. El terrorismo, forma específica de violencia armada

5. Entendemos por terrorismo el propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante el uso sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria. Al hablar de terror nos referimos a la violencia criminal indiscriminada que procura un efecto mucho mayor que el mal directamente causado, mediante una amenaza dirigida a toda la sociedad. Las acciones terroristas no se refieren sólo a un acto o a algunas acciones aisladas, sino a toda una compleja estrategia puesta al servicio de un fin ideológico. Juan Pablo II ha señalado que:

“No se pueden cerrar los ojos a otra dolorosa plaga del mundo actual: el fenómeno del terrorismo, entendido como propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, y crear precisamente un clima de terror y de inseguridad, a menudo incluso con la captura de rehenes. Aun cuando se aduce como motivación de esta acción inhumana cualquier ideología o la creación de una sociedad mejor, los actos del terrorismo nunca son justificables“ [7] .

Esta aproximación nos permite captar que la maldad del terrorismo es más profunda que la de sus actos criminales, ya de por sí horrendos. Existe una intención inscrita en esos actos que busca un efecto mayor con el fin de aterrorizar a una sociedad y hoy, incluso, al mundo entero. El terrorismo busca una “utilidad” más allá de sus crímenes; intenta que un grupo muy reducido de personas mantenga en tensión a toda la sociedad, obteniendo una amplia repercusión política, potenciada por la publicidad que obtienen sus nefandas acciones. Los terroristas cuentan con que su actividad criminal es “rentable” en términos políticos y, por eso, la justifican como “necesaria” en virtud de sus propios objetivos. No pueden ocultar la naturaleza lamentable de sus acciones, pero tratan de darles un “sentido” político que las haría, en su opinión, legítimas.

El recurso al terror, junto con el intento de su justificación política ante la sociedad a la que se aterroriza es lo que da un carácter específico a la violencia terrorista que la distingue de otros tipos de violencia.

6. La naturaleza del terrorismo es, por tanto, diversa de la guerra o de la guerrilla. Esta diferencia ha sido reconocida por diversos organismos internacionales que entienden que incluso en la guerra deben ser perseguidos los actos terroristas [8] . Si las acciones de guerra, nunca deseables, pueden ser reconocidas en algún caso como respuesta legítima, cuando sea proporcionada frente a la agresión injusta, el terrorismo nunca podrá ser considerado como una forma de legítima defensa, precisamente porque no es una respuesta proporcionada, sino el ejercicio indiscriminado de la violencia contra toda clase de personas. Es, por principio, una amenaza para todos, pues todos son, de hecho, considerados como “culpables”, y podrían ser sacrificados en aras de objetivos políticos “superiores”. De ahí que no se pueda aceptar de ningún modo la equiparación del terrorismo a la acción de guerra. Tal equiparación no corresponde a la realidad y no es justa.

7. El terrorismo es, también, diverso de la simple delincuencia organizada. Las organizaciones terroristas suelen mantener contactos con diversas agrupaciones delictivas. Pero, mientras otros grupos de delincuentes sólo tienen como fin el propio lucro, el terrorismo tiene fundamentalmente una finalidad política que presenta como justificativa de sus acciones, a las que trata de dar la mayor publicidad posible, a diferencia de lo que hace la delincuencia ordinaria.

8. Dentro de la ideología marxista-revolucionaria, a la que se adscriben muchos terrorismos, entre ellos el de ETA, es normal querer justificar sus acciones violentas como la respuesta necesaria a una supuesta violencia estructural anterior a la suya, ejercida por el Estado. A su juicio, la violencia de Estado sería la violencia originaria, verdadera culpable de la situación conflictiva, en la medida en que es anterior a todas las demás y puede ser ejercida con más medios. Hay que denunciar sin ambages esta concepción inicua, contraria a la moral cristiana, que pretende equiparar la violencia terrorista con el ejercicio legítimo del poder coactivo que la autoridad ejerce en el desempeño de sus funciones. A la vez se debe manifestar también la inmoralidad de un posible uso de la fuerza por parte del Estado, al margen de la ley moral y sin las garantías legales exigidas por los derechos de las personas.

II. El objeto del juicio moral: terror criminal ideológico

9. Una vez definido el fenómeno del terrorismo, podemos constatar en qué consiste su maldad específica y última, a saber: en atentar contra la vida, la seguridad y la libertad de las personas, de forma alevosa e indiscriminada, con el fin de llegar a imponer su proyecto político, presentando sus actos criminales - el terror - como justificables por su interpretación ideológica de la realidad. El terrorismo no niega que sus actividades sean violentas y que están cargadas de consecuencias lamentables, pero las justifica como necesarias en virtud de la supuesta grandeza del fin perseguido. Es una explicación ideológica de la violencia criminal en el peor sentido de la palabra “ideológica”, es decir, encubridora de algo injustificable [9] .

El terrorismo persigue la extensión del terror para producir una situación de debilidad del orden político legítimo, que le permita imponer sus criterios por la fuerza, a costa del atropello de los derechos humanos más elementales, como son el derecho a la vida y a la libertad. Este fin no puede ser compartido jamás.

10. Por todo ello, es muy importante calificar con precisión a una organización como terrorista. A causa de la relevancia de la ideología presente en toda asociación terrorista, estas agrupaciones se encaminan a hacer plausible una argumentación ideológica mediante la deformación del lenguaje, usando un discurso que, al ser difundido sistemáticamente, dificulta en gran medida el análisis sereno de la realidad del terrorismo y el reconocimiento del objeto moral en cuestión. Es necesario “dar a cada cosa su propio nombre” [10] y hablar con claridad y precisión del terrorismo, como de un problema específico irreductible. Hay que tener una idea clara de lo que el terrorismo es para poder hacerse un juicio adecuado sobre la moralidad del mismo.

III. Juicio moral sobre el terrorismo

11. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? (Gn 4, 9). Con esta frase Caín se niega a aceptar la responsabilidad de la suerte de Abel y esconde la tragedia de un asesinato que quiere ocultar. Si Adán buscó esconderse de Dios después de haber pecado, Caín busca escapar de la responsabilidad ante su crimen. Un elemento fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el juicio moral de sus acciones justificándolas ideológicamente. Esto se hace, en particular, mediante el método que se denomina de la transferencia de la culpa, que consiste en culpabilizar a quienes se oponen al terrorismo de ser los causantes de la violencia que los terroristas mismos ejercen.

La Doctrina de la Iglesia nos da luz en este punto y nos permite calificar netamente al terrorismo como una realidad perversa en sí misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males sociales, reales o supuestos. Es más, hace posible que apreciemos hasta qué punto el terrorismo es una estructura de pecado generadora ella misma de nuevos y graves males [11] .

a) El terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable

12. El Magisterio de la Iglesia es unánime al declarar que el terrorismo, tal como lo hemos definido anteriormente, es intrínsecamente malo, y que, por tanto, no puede ser nunca justificado por ninguna circunstancia ni por ningún resultado [12] . En este sentido, volvemos a repetir la condena que hicimos en 1986, en la Instrucción Pastoral Constructores de la paz:

“El terrorismo es intrínsecamente perverso, porque dispone arbitrariamente de la vida de las personas, atropella los derechos de la población y tiende a imponer violentamente el amedrentamiento, el sometimiento del adversario y, en definitiva, la privación de la libertad social” [13] .

El terrorismo merece la misma calificación moral absolutamente negativa que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente, prohibida por la ley natural y por el quinto mandamiento del Decálogo: no matarás (Ex 20, 13). Los católicos saben que no pueden negar, o pasar por alto, este juicio sin contradecir su conciencia cristiana y, en consecuencia, sin ir contra la lógica de la comunión de la Iglesia [14] .

Denunciar la inmoralidad del terrorismo forma parte de la misión de la Iglesia como un modo de defender la dignidad de la persona en un asunto de la máxima repercusión social. No se puede aceptar en el caso del terrorismo la posibilidad reconocida por la Doctrina social de la Iglesia de la legitimidad de una revolución violenta cuando se la considera el único medio de defensa ante una injusta opresión sistemática y prolongada [15] .

13. La calificación moral del terrorismo, absolutamente negativa, se extiende, en la debida proporción, a las acciones u omisiones de todos aquellos que, sin intervenir directamente en la comisión de atentados los hacen posibles, como quienes forman parte de los comandos informativos o de su organización, encubren a los terroristas o colaboran con ellos; quienes justifican teóricamente sus acciones o verbalmente las aprueban. Debe quedar muy claro que todas estas acciones son objetivamente un pecado gravísimo que clama al cielo (Gn 4, 10) [16] .

El llamado “terrorismo de baja intensidad” o “kale borroka” merece igualmente este juicio moral negativo. En primer lugar, porque sus agentes actúan movidos por las mismas intenciones totalitarias del terrorismo propiamente dicho. En segundo lugar, porque las actuaciones de este terrorismo de baja intensidad están frecuentemente coordinadas con las del terrorismo de ETA, ya que en la lucha callejera se preparan sus futuros agentes, como demuestra la experiencia, y con ella se destruye abusivamente el patrimonio común, se perturba la paz de los ciudadanos y se amenaza su seguridad y libertad. Ninguna consideración puede justificar esta forma de violencia, mantenida artificialmente, con el fin de sostener la influencia del terrorismo y extender socialmente sus ideas.

14. La presencia de razones políticas en las raíces y en la argumentación del terrorismo no puede hacer olvidar a nadie la dimensión moral del problema. Es ésta la que debe guiar e iluminar a la razón política al afrontar el problema del terrorismo. El olvido de la dimensión moral es causa de un grave desorden que tiene consecuencias devastadoras para la vida social. Siempre existirán pretendidas o reales razones políticas que resulten capaces de seducir el juicio de algunos presentando como comprensible e incluso plausible el recurso al terrorismo. Pero lo que es necesario aclarar es que nunca puede existir razón moral alguna para el terrorismo. Quien, rechazando la actuación terrorista, quisiera servirse del fenómeno del terrorismo para sus intereses políticos cometería una gravísima inmoralidad. Esto supondría aceptar una vez más el principio inmoral: “El fin justifica cualquier medio” [17] (cf. Rm 3, 8).

15. Tampoco es admisible el silencio sistemático ante el terrorismo. Esto obliga a todos a expresar responsablemente el rechazo y la condena del terrorismo y de cualquier forma de colaboración con quienes lo ejercitan o lo justifican, particularmente a quienes tienen alguna representación pública o ejercen alguna responsabilidad en la sociedad. No se puede ser “neutral” ante el terrorismo. Querer serlo resulta un modo de aceptación del mismo y un escándalo público. La necesidad moral de las condenas no se mide por su efectividad a corto ni largo plazo, sino por la obligación moral de conservar la propia dignidad personal y la de una sociedad agredida y humillada.

b) El terrorismo es una estructura de pecado

16. Al emitir el juicio de moralidad sobre el terrorismo, es necesario precisar – como hemos hecho - que se trata de un acto intrínsecamente perverso. Pero con esta afirmación no está aún suficientemente explicitada la maldad moral del terrorismo.

La multiplicación y continuidad de acciones criminales, el intento de justificarlas mediante la propaganda política y la transferencia de la culpa, que pretende presentar tales acciones como respuesta a una violencia originaria, dan lugar a una estructura de violencia moralmente perversa. Esta conjunción entre el terror y la ideología va más allá de las acciones criminales concretas que los terroristas perpetran. Además, persigue y, desgraciadamente, consigue con frecuencia, una perversión sistemática de las conciencias. Por tanto, al hablar del terrorismo debemos entenderlo como una estructura de pecado. “Las estructuras de pecado son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado social” [18] . Siguiendo la doctrina de Juan Pablo II, una estructura de pecado es el resultado de una efectiva intención de alcance social que se dirige no sólo a la comisión de actos intrinsecamente malos, sino que busca la deformación generalizada de las conciencias para la extensión de su maldad de modo estable. O, en palabras del propio Papa, estructura de pecado es:

“la suma de factores negativos, que actúan contrariamente a una verdadera conciencia del bien común universal y de la exigencia de favorecerlo, y parece crear, en las personas e instituciones, un obstáculo difícil de superar”[19].

17. Más en concreto, se pueden aplicar al terrorismo las siguientes afirmaciones de Juan Pablo II, referidas a la “cultura de la muerte”, reiteradamente denunciada por él. La maldad del terrorismo no se circunscribe sólo a los actos que realiza,

“también se cuestiona, en cierto sentido, la “conciencia moral” de la sociedad. Ésta es de algún modo responsable, no sólo porque tolera o favorece comportamientos contrarios a la vida, sino también porque alimenta la “cultura de la muerte”, llegando a crear y consolidar verdaderas y auténticas “estructuras de pecado” contra la vida. La conciencia moral, tanto individual como social, está hoy sometida, a causa también del fuerte influjo de muchos medios de comunicación social, a un peligro gravísimo y mortal, el de la confusión entre el bien y el mal en relación con el mismo derecho fundamental a la vida” [20] .

La presencia del terrorismo difunde en torno suyo una verdadera “cultura de la muerte” en la medida en que desprecia la vida humana, rompe el respeto sagrado a la vida de las personas, cuenta con la muerte injusta y violenta de personas inocentes como un medio provechoso para conseguir unos fines determinados e impulsar de este modo un falso desarrollo de la sociedad. La vida humana queda así degradada a un mero objeto, cuyo valor se calcula en relación con otros bienes supuestamente superiores [21] .

En definitiva, el terrorismo es un rostro cruel de la “cultura de la muerte” que desprecia la vida humana por pretender el poder “a cualquier precio” [22] , y que coloniza las conciencias instalándose en ellas como si se tratara de un modo normal y humano de ver las cosas.

c) La extensión del mal: odio y miedo sistemáticos

18. El terrorismo busca dos efectos directos y negativos en la sociedad: el miedo y el odio. El miedo debilita a las personas. Obliga a muchos a abdicar de sus responsabilidades, al convertirse en objeto de posibles acciones violentas. No nos referimos sólo a los asesinatos, sino también a las amenazas, insultos y actos violentos que hacen imposible en la vida cotidiana la convivencia en paz y libertad, hasta el extremo de comprometer la propia legitimidad de los procedimientos democráticos. No pocos son víctimas de una espiral de terror o de extorsión económica, soportadas dolorosamente. Ceder al chantaje de la violencia, por temor, lleva a la sociedad (individuos, grupos, instituciones, partidos políticos) a no enfrentarse con suficiente claridad al terrorismo y a su entorno, de forma que los terroristas monopolizan, con frecuencia, el dinamismo de la vida social y el significado político de algunos acontecimientos. Además, se llega a aceptar como inevitables violencias menores que extienden el clima de crispación y confrontación.

19. El miedo favorece el silencio. En una sociedad en la que la violencia y su presencia cercana acumulan la tensión, determinados asuntos no pueden abordarse en público por miedo a graves consecuencias. Esto se nota sobre todo en el uso tergiversado del lenguaje. El peor de los silencios es el que se guarda ante la mentira [23] , pues tiene un enorme poder de disolver la estructura social. Un cristiano no puede callar ante manipulaciones manifiestas. La cesión permanente ante la mentira comporta la deformación progresiva de las conciencias.

20. Junto con el miedo, el terrorismo busca intencionadamente provocar y hacer crecer el odio para alimentar una espiral de violencia que facilite sus propósitos [24] . En primer lugar, atiza el odio en su propio entorno, presentando a los oponentes como enemigos peligrosos. Fomenta con insistencia el recuerdo de los agravios sufridos y exagera las posibles injusticias padecidas. Ya se sabe que presentar un enemigo a quien odiar es un medio eficaz para unir fuerzas, por un sentido grupal de defensa en común.

En este contexto, la legítima represión de los actos de terrorismo por parte del Estado es interpretada como una opresión insufrible de un poder violento o de una potencia extranjera. Por el contrario, la verdad que debemos recordar es que la autoridad legítima debe emplear todos los medios justos y adecuados para la defensa de la convivencia pacífica frente al terrorismo.

21. Más allá de su propio entorno, los terroristas tratan también de provocar el odio de quienes consideran sus enemigos, con el fin de desencadenar en ellos una reacción inmoderada que les sirva de autojustificación y les permita continuar con su estrategia de extensión del terror y de transferencia de la culpa.

La espiral del odio y del terror se manifiesta, en particular, en sensibilidades exacerbadas a las que les es difícil hacer un análisis de la realidad. Genera así un clima de crispación en el que cualquier detalle hace surgir una respuesta violenta, también la violencia verbal. La implantación del odio y de la tensión en la vida social es, evidentemente, un triunfo notable del terrorismo. Reaccionar con odio indiscriminado frente a los crímenes de ETA, en la medida en que divide a la sociedad en bandos enfrentados e irreconciliables es favorecer los fines de los terroristas, aceptar sus tesis del conflicto irremediable, preparar y facilitar la aceptación y el reconocimiento de las pretensiones rupturistas.

22. Otra consecuencia perniciosa de la espiral del odio y del miedo que el terrorismo genera es la “politización” perversa de la vida social, es decir, la consideración de la vida social únicamente en función de intereses de poder. De este modo la tensión se extiende a los hechos más nimios de la vida cotidiana: todo resulta relevante para la descalificación de aquéllos cuya opción política no coincida con los planteamienteos auspiciados por los terroristas. Esta presión del día a día juega un papel decisivo en la deformación de las conciencias que conduce a relativizar el juicio moral que el terrorismo merece.

Un aspecto especialmente importante en el que se evidencia esta perversa “politización” es el olvido que, con frecuencia, sufren las víctimas del terrorismo y su drama humano. Atender a las personas golpeadas por la violencia es un ejercicio de justicia y caridad social y un camino necesario para la paz. Tampoco los presos por terrorismo dejan de ser objeto de una “politización” ideológica que oscurece su problema humano. La Iglesia reconoce sin ambages la legitimidad de las penas justas que se les imponen por sus crímenes, a la vez que defiende, con no menos fuerza, el respeto debido a su dignidad personal inamisible.

23. El terrorismo se muestra como una estructura de pecado, y es una cultura, un modo de pensar, de sentir y de actuar, aun en los aspectos más corrientes del vivir diario, incapaz de valorar al hombre como imagen de Dios (cf. Gn 1, 27; 2, 7). Y cuando esa cultura arraiga en un pueblo, todo parece posible, aun lo más abyecto, porque nada será sagrado para la conciencia.

Al pronunciar nuestro juicio moral queremos mostrar que es posible una valoración neta y definitiva del terrorismo, por encima de las circunstancias coyunturales de un momento histórico.

IV. A ETA hay que enjuiciarla moralmente como “terrorismo”

24. Una primera aproximación a ETA muestra la complejidad del fenómeno. El grupo denominado ETA es una asociación terrorista, de ideología marxista revolucionaria, inserta en el ámbito político-cultural de un determinado nacionalismo totalitario que persigue la independencia del País Vasco por todos los medios. Si se desea acertar en la valoración moral de ETA, será necesario tener en cuenta esta realidad en su totalidad.

25. ETA manifiesta una hiriente crueldad en toda su actividad. En la memoria de todos están los casos de secuestros y de asesinatos a sangre fría y a plazo marcado, así como agresiones y crímenes contra personas de toda índole y condición. No se trata de “errores de cálculo” ni de casos que se les hayan “ido de las manos”. Tampoco podemos admitir que la diversificación de las víctimas suponga que algunas de ellas fueran “justos objetivos militares”, mientras que otras serían tan sólo efectos colaterales indeseados.

La crueldad de ETA sirve siempre a la estrategia terrorista que hemos descrito y calificado más arriba: la implantación del terror al servicio de una ideología en toda la sociedad y la creación de una espiral de muerte, de odio y de miedo reactivo y adormecedor de las conciencias.

Aplicando a ETA y a otras organizaciones con similares características ideológicas el calificativo moral de “terrorista”, afirmamos que son intrínsecamente perversas en cuanto organización, ya que su modo de juzgar la realidad, la dirección de sus acciones y su estructura interna, están orientados a la provocación y difusión del terror.

V. El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA 26. La presente Instrucción Pastoral no pretende ofrecer un juicio de valor sobre el nacionalismo en general. Nos ceñimos al juicio moral del nacionalismo totalitario, en la medida en que constituye el transfondo del terrorismo de ETA. No es posible desenmascarar, en efecto, la malicia de ETA sin ofrecer una clarificación moral sobre el transfondo político-cultural del terrorismo etarra y su incidencia en la convivencia entre los pueblos de España.

27. “La nación – dice Juan Pablo II - es la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura” [25] . Ahora bien, las culturas no son nunca de por sí compartimentos estancos, y deben ser capaces de abrirse unas a otras. Están constituidas ya de antemano a base del rico intercambio del diálogo histórico entre ellas. Todas necesitan dejarse impregnar por el Evangelio [26] .

28. Las naciones, en cuanto ámbitos culturales del desarrollo de las personas, están dotadas de una “soberanía” espiritual propia y, por tanto, no se les puede impedir el ejercicio y cultivo de los valores que conforman su identidad [27] . Esta “soberanía” espiritual de las naciones puede expresarse también en la soberanía política, pero ésta no es una implicación necesaria. Cuando determinadas naciones o realidades nacionales se hallan legítimamente vinculadas por lazos históricos, familiares, religiosos, culturales y políticos a otras naciones dentro de un mismo Estado no puede decirse que dichas naciones gocen necesariamente de un derecho a la soberanía política [28] .

29. Las naciones, aisladamente consideradas, no gozan de un derecho absoluto a decidir sobre su propio destino. Esta concepción significaría, en el caso de las personas, un individualismo insolidario. De modo análogo, resulta moralmente inaceptable que las naciones pretendan unilateralmente una configuración política de la propia realidad y, en concreto, la reclamación de la independencia en virtud de su sola voluntad. La “virtud” política de la solidaridad, o, si se quiere, la caridad social, exige a los pueblos la atención al bien común de la comunidad cultural y política de la que forman parte. La Doctrina Social de la Iglesia reconoce un derecho real y originario de autodeterminación política en el caso de una colonización o de una invasión injusta, pero no en el de una secesión.

30. En consecuencia, no es moral cualquier modo de propugnar la independencia de cualquier grupo y la creación de un nuevo Estado, y en esto la Iglesia siente la obligación de pronunciarse ante los fieles cristianos y los hombres de buena voluntad [29] . Cuando la voluntad de independencia se convierte en principio absoluto de la acción política y es impuesta a toda costa y por cualquier medio, es equiparable a una idolatría de la propia nación que pervierte gravemente el orden moral y la vida social [30] . Tal forma inmoderada de “culto” a la nación es un riesgo especialmente grave cuando se pierde el sentido cristiano de la vida y se alimenta una concepción nihilista de la sociedad y de su articulación política. Dicha forma de “culto” está en relación directa con el nacionalismo totalitario y se encuentra en el transfondo del terrorismo de ETA.

31. Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos [31] , acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común. Se trata de una opción que, en ocasiones, puede mostrarse especialmente conveniente. El amor a la propia nación o a la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una opción política nacionalista.

La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales.

Los nacionalismos, al igual que las demás opciones políticas, deben estar ordenados al bien común de todos los ciudadanos, apoyándose en argumentos verdaderos y teniendo en cuenta los derechos de los demás y los valores nacidos de la convivencia.

32. Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones [32] .

El nacionalismo en que se fundamenta la asociación terrorista ETA no cumple las condiciones requeridas para su legitimidad moral, puesto que necesita absolutizar sus objetivos para justificar sus acciones terroristas; pretende imponer por la fuerza sus propias convicciones políticas atropellando la libertad de los ciudadanos; y llega a eliminar a los que tienen otras legítimas opciones políticas. Por todo ello, el nacionalismo de ETA es un nacionalismo totalitario e idolátrico.

El nacionalismo totalitario de ETA considera un valor absoluto el valor “pueblo independiente, socialista y lingüísticamente euskaldún”, todo ello además interpretado ideológicamente en clave marxista, ideología a la cual ETA somete todos los demás valores humanos, individuales y colectivos, menospreciando la voluntad reiteradamente manifestada por la inmensa mayoría de la población.

33. La organización terrorista ETA enarbola la causa de la libertad y de los derechos del País Vasco, al que presenta como una nación sojuzgada y anexionada a la fuerza por poderes extranjeros de los que sería preciso liberarla. Ésta es la causa que considera como supuestamente justificadora del terror que practica. Sin embargo, el nacionalismo de ETA y de sus colaboradores ignora que todo proyecto político, para merecer un juicio moral positivo, ha de ponerse al servicio de las personas y no a la inversa. Es decir, que la justa ordenación de las naciones y de los Estados nunca puede constreñir ni vulnerar los derechos humanos fundamentales, sino que los tutela y los promueve. De modo que no es moralmente aceptable ninguna concepción para la cual la nación, el Estado o las relaciones entre ambos se pongan por encima del ejercicio integral de los derechos básicos de las personas.

La pretensión de que a toda nación, por el hecho de serlo, le corresponda el derecho de constituirse en Estado, ignorando las múltiples relaciones históricamente establecidas entre los pueblos y sometiendo los derechos de las personas a proyectos nacionales o estatales impuestos de una u otra manera por la fuerza, dan lugar a un nacionalismo totalitario, que es incompatible con la doctrina católica.

34. Por ser la nación un hecho, en primer lugar, cultural, el Magisterio de la Iglesia lo ha distinguido cuidadosamente del Estado [33] . A diferencia de la nación, el Estado es una realidad primariamente política; pero puede coincidir con una sola nación o bien albergar en su seno varias naciones o entidades nacionales. La configuración propia de cada Estado es normalmente el fruto de largos y complejos procesos históricos. Estos procesos no pueden ser ignorados ni, menos aún, distorsionados o falsificados al servicio de intereses particulares.

35. España es el fruto de uno de estos complejos procesos históricos. Poner en peligro la convivencia de los españoles, negando unilateralmente la soberanía de España, sin valorar las graves consecuencias que esta negación podría acarrear no sería prudente ni moralmente aceptable.

La Constitución es hoy el marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Recientemente, los obispos españoles afirmábamos: “La Constitución de 1978 no es perfecta, como toda obra humana, pero la vemos como el fruto maduro de una voluntad sincera de entendimiento y como instrumento y primicia de un futuro de convivencia armónica entre todos” [34] . Se trata, por tanto, de una norma modificable, pero todo proceso de cambio debe hacerse según lo previsto en el ordenamiento jurídico.

Pretender unilateralmente alterar este ordenamiento jurídico en función de una determinada voluntad de poder, local o de cualquier otro tipo, es inadmisible. Es necesario respetar y tutelar el bien común de una sociedad pluricentenaria.

Conclusión
La esperanza no defrauda (Rm 5, 5)

36. Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19). Con esta libertad hablaban los primeros cristianos ante los jueces que les imponían silencio. Actuaban como personas realmente liberadas por Cristo del pecado, y por eso no se sentían atemorizados por nadie ni por nada: ni por los poderosos, ni siquiera por la muerte. Hemos querido escribir esta Instrucción con esa misma libertad. Deseamos animar así a todos los cristianos a ejercer la libertad para la que Cristo nos ha liberado (cf . Ga 5, 1).

37. En el mundo tendréis tribulaciones. Pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Las dificultades para acabar con el terrorismo y construir la paz son grandes. Los poderes que se hallan implicados en este grave problema, así como los sentimientos de rencor y confrontación que siguen provocando hacen de la solución del mismo un asunto tan arduo como urgente. Ante los signos persistentes de tensión social y de dificultad de convivencia, la Iglesia propone una verdad moral insoslayable. No será fácilmente comprendida por algunos. Pero sin la verdad no será posible la paz. Además, es necesario que todos nos comprometamos en la construcción de la paz. Construir la paz es tarea de todos y de cada uno [35] . Hacemos un llamamiento especial a los educadores (padres, catequistas, profesores y maestros) para que pongan todo su empeño en la noble tarea de formar a las generaciones más jóvenes, advirtiéndoles de la maldad del terrorismo y animándoles a construir una sociedad donde se vivan los principios morales que garanticen el respeto sagrado a la persona.

38. La primera responsabilidad de la Iglesia es anunciar que sólo en Jesucristo encuentra el hombre la salvación plena. Educar para la paz que nace del encuentro con el Señor y con la Iglesia es una tarea urgente, especialmente entre los más jóvenes. Así como donde anida la semilla de la ideología terrorista se esteriliza la vida cristiana, donde, en cambio, crece y madura la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo prevalece el amor a los demás, el deseo sincero de paz y de reconciliación. La pertenencia a la Iglesia y la educación en la fe no son maduras mientras no se expresen en un discernimiento moral acertado de situaciones tan graves como la del terrorismo. Este discernimiento es una muestra del vigor y coherencia de la fe profesada.

39. Ante el terrorismo de ETA la Iglesia proclama de nuevo la necesidad de la conversión de los corazones como el único camino para la verdadera paz [36] . La valoración moral que hemos propuesto se ha de comprender dentro de esta llamada explícita a la conversión, que es sólo posible una vez reconocida la maldad intrínseca del terrorismo y una vez gestada la voluntad expresa de reparar los perniciosos efectos que causa su actividad.

40. Ante cualquier problema entre personas o grupos humanos, la Iglesia subraya el valor del diálogo respetuoso, leal y libre como la forma más digna y recomendable, para superar las dificultades surgidas en la convivencia. Al hablar del diálogo no nos referimos a ETA, que no puede ser considerada como interlocutor político de un Estado legítimo, ni representa políticamente a nadie, sino al necesario diálogo y colaboración entre las diferentes instituciones sociales y políticas para eliminar la presencia del terrorismo, garantizar firmemente los legítimos derechos de los ciudadanos y perfeccionar, en lo que sea necesario, las formas de organizar la convivencia en libertad y justicia.

41. La Iglesia en España, reconociendo y agradeciendo el esfuerzo de todos los que trabajan por una mejor convivencia, ofrece su contribución a esta tarea llevando a cabo las acciones específicas de su misión pastoral. En cuanto depositaria y administradora de los bienes de la salvación, que ha recibido de su Señor, corresponde a la Iglesia sanar las enfermedades morales que provoca el fenómeno terrorista. En el sacramento de la Eucaristía, de modo especial, los cristianos se encuentran con Cristo, quien los introduce en su comunión, escuela de caridad sin fronteras, de paz inquebrantable y de reconcialición de los hombres entre sí y con Dios. Las comunidades cristianas, encontrando su fuerza en la Eucaristía, deben ofrecerse como centros de comunión de las personas, donde se rechace sin equívocos el terrorismo, y donde se comparta la fe capaz de abrir a quienes la profesan a la fraternidad entre los hombres y entre los pueblos, con una cercanía, ayuda y solidaridad especial con las víctimas del terrorismo.

42. Entre las primera obligaciones de los cristianos y de sus comunidades se encuentra este acompañamiento y atención pastoral de las víctimas del terrorismo. Es una exigencia de justicia y de caridad estar a su lado y atender las necesidades y justas reclamaciones de las personas y de las familias que han sufrido el zarpazo del terrorismo. Sentimos como propia la preocupación de los que viven en un estado constante de amenaza o de presión violenta, conscientes de que ignorar la realidad de las ofensas padecidas es pretender un proceso ilusorio, incapaz de construir una convivencia en paz.

43. La Iglesia, además, guiada por el Espíritu de Jesucristo, se sabe necesitada siempre de la gracia, y acude constantemente a la fuente de la misericordia y del perdón, que es Dios. Al mismo tiempo, invita continuamente a ofrecer y recibir el perdón, consciente de que «no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» [37] . El perdón no se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Por el contrario, el perdón conduce a la plenitud de una justicia que pretende la curación de la heridas abiertas [38] . El perdón que puede alcanzar la paz verdadera es un don de Dios, por eso se ha de pedir en la oración:

«La oración por la paz no es un elemento que “viene después” del compromiso por la paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios» [39] .

No puede haber una pastoral de la paz sin momentos fuertes de oración, personales y comunitarios.

44. La esperanza no defrauda (Rom 5,5). Ésta es la convicción que mueve a la Iglesia. Nuestra esperanza descansa en la misericordia de Dios, único capaz de tocar el corazón de los hombres, infundiéndoles sentimientos de paz. «La esperanza que sostiene a la Iglesia es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar, se transforme realmente, con la gracia de Dios en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz» [40] .

Convocamos, una vez más, a los que han recibido el don de la fe a la oración pública y privada por la paz; a la oración por las víctimas del terrorismo y por sus familiares, y por los propios terroristas; a la oración para que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a los gobernantes en sus decisiones y acciones; a la oración por la conversión de los corazones.

“Que se eleve desde el corazón de cada creyente, de manera más intensa, la oración por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas trágicamente y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra continúan agraviando e inquietando. Que no queden fuera de nuestra oración aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y al hombre con estos actos sin piedad: que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal que ocasionan, de modo que se sientan impulsados a abandonar todo propósito de violencia y buscar el perdón. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz que sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la misericordia” [41] .

En este “Año del Rosario”, ponemos nuestra oración, con filial devoción, en las manos de la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, invocándola como Reina de la paz, para que Ella nos conceda pródigamente los dones de su materna bondad y nos ayude a ser una sola familia, en la solidaridad y en la paz.


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, 1.

[2] Ya Pablo VI (Audiencia General del 27.9.1975) había condenado expresamente el terrorismo en España. Juan Pablo II lo ha hecho repetida y enfáticamente: antes de su Visita pastoral de 1982, dos veces durante aquel viaje – primero en Toledo (4. 11.1982) y luego en Loyola (6.11.1982) - y, entre otros muchos momentos, con ocasión del Encuentro de Oración por la Paz de Vitoria-Gasteiz (13.1.2001).

[3] Recordamos sólo algunas de estas intervenciones: de la Asamblea Plenaria, Ante el momento presente (1974), “La Verdad os hará libres” (Jn 8,32) (1990), Moral y sociedad democrática (1996) y La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (1999). De la Comisión Permanente, Reconciliación, repudio a la violencia e Iglesia sociedad-civil (1975), Nota sobre algunas situaciones que vive el país (1975), Nota ante la actual situación española (1977), La responsabilidad moral del voto (1979), Comunicado por causa de los “atentados terroristas que se repiten casi a diario entre nosotros” (1979), Ante el terrorismo y la crisis del país (1981), Constructores de la Paz (1986) e Impulsar una nueva evangelización (1990). Son importantes también las intervenciones de los Presidentes de la Conferencia Episcopal en sus discursos inaugurales de diversas Asamblea Plenarias, como las siguientes: XXX (1978), XXXII (1979), XXXIV (1981), LIII (1990), LXIII (1995); LXXIV y LXXV (2000), LXXVI y LXXVII (2001), LXXVIII (2002). Se pueden encontrar también otras intervenciones sobre este tema en: J. F. Serrano Oceja (Ed.), La Iglesia frente al terrorismo de ETA, Presentación del Cardenal A. Mª Rouco Varela y Epílogo de Monseñor F. Sebastián Aguilar, B. A. C., Madrid 2001, XXXIV + 823 páginas.

[4] Cf. Conferencia Episcopal Española, Una Iglesia esperanzada. ¡Mar adentro! (Lc 5, 4), Plan Pastoral 2002-2005, 58. 78, Edice, Madrid 2001.

[5] Cf. Nota de Prensa Final de la CLXXXIX Reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (19.6.2002).

[6] Juan Pablo II recuerda en su Carta Encíclica Veritatis splendor que la determinación de la moralidad de los actos por su objeto es uno de los servicios específicos que la Iglesia presta al mundo. No hay otro camino para evitar la gran confusión que lleva consigo la mentalidad utilitarista o consecuencialista, cuando justifica fácilmente como mal menor cualquier efecto que conduzca al fin deseado; cf. Carta Encíclica Veritatis splendor, 83.

[7] Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 24; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297.

[8] Ya el 16 de noviembre de 1937 por la Convención de Ginebra y por la ONU con la Declaración del 18 de diciembre de 1972.

[9] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 24.

[10] Cf. San Jerónimo, Epístola, 82,3 (Madrid 1993, BAC 530,872).

[11] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2297; Juan Pablo II, Mensaje en el aniversario del 11-S, (14.9.2002).

[12] Cf. Juan Pablo II, Mensaje en el aniversario del 11- S, (14.9.2002); cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2297.

[13] Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral Constructores de la paz, 96, BOCEE 9 (1986) 18; cf. Juan Pablo II, Homilía en Drogheda (Irlanda), (29.9.1979).

[14] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica. Evangelium vitae, 57, afirmación que goza de la calificación de doctrina de fe divina y católica; Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal aclaratoria de la fórmula conclusiva de la profesión de fe (29.VI.1998), 5 y 11: cf. Ecclesia 2.902 (18. VII. 1998) 1086-1089.

[15] Cf. Pablo VI, Carta Encíclica Populorum progressio 31; Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Libertatis conscientiae, 79.

[16] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1867.

[17] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor, 80.

[18] Catecismo de la Iglesia Católica, 1869.

[19] Juan Pablo II, Carta Encíclica, Sollicitudo rei socialis, 36; Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia , 16.

[20] Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 24.

[21] El Papa Juan Pablo II ha recordado cómo del olvido de Dios se sigue el desprecio de la vida humana (Carta Encíclica Evangelium vitae, 22):“... cuando se pierde el sentido de Dios, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado, como afirma lapidariamente el concilio Vaticano II: «La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida» [Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 36]. El hombre no puede ya entenderse como «misteriosamente otro» respecto a las demás criaturas terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en el restringido horizonte de su materialidad, se reduce de este modo a «una cosa», y ya no percibe el carácter trascendente de su «existir como hombre». No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad «sagrada» confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su «veneración». La vida llega a ser simplemente «una cosa», que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable”.

[22] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 37.

[23] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis splendor, 1.

[24] Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático (12.1.1979): “vencer el virus de la violencia manifestado en formas de terrorismo y represalias invitan a desterrar el odio”.

[25] Juan Pablo II, Discurso en la Sede de la UNESCO (2-VI-1980), 14.

[26] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, 37

[27] Cf. Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (5-X-1995), 8: “El derecho a la propia lengua y cultura, mediante las cuales un pueblo expresa y promueve lo que llamaría su originaria “soberanía” espiritual. … Toda nación tiene también consiguientemente derecho a modelar su vida según las propias tradiciones, excluyendo, naturalmente, toda violación de los derechos humanos fundamentales, y, en particular, la opresión de las minorías. Cada nación tiene el derecho de construir el propio futuro proporcionando a las generaciones más jóvenes una educación adecuada”.

[28] Cf. Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático (14-I-1984), 3-4: “En cambio, países soberanos que hace mucho tiempo que son independientes, o que lo son desde hace poco, se ven amenazados alguna vez en su integridad por la contestación interior de una parte que hasta llega a considerar o bien a pedir una secesión. Los casos son complejos y muy diversos y cada uno de ellos pediría un juicio diferente, según una ética que tenga en cuenta a la vez los derechos de las naciones, fundados en la cultura homogénea de los pueblos, y los derechos de los Estados a su integridad y soberanía. Deseamos que más allá de las pasiones –y de todas maneras evitando la violencia-, se llegue a formas políticas bien articuladas y equilibradas que sepan respetar las particularidades culturales, étnicas, religiosas y, en general los derechos de las minorías”. Cf. también Catecismo de la Iglesia Católica, 2239.

[29] Basta recordar en este sentido la intervención de Juan Pablo II y de la Conferencia Episcopal Italiana expresando su estima por la unidad del Estado italiano y criticando las actitudes que disgregan la unidad social; cf. Lettera ai vescovi italiani circa le responsabilità dei cattolici di fronte alle sfide dell´attuale momento storico (6 de enero de 1994). Cf. Comunicato della Presidenza della CEI, 30-VI-1992. Noticiario CEI 5/1992, pp. 183-186; cf. Juan Pablo II, Discurso ante el Parlamento de Italia (14.11.2002).

[30] Pio XI, Carta Encíclica Mit brennender Sorge, 12: “Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a ésta”.

[31] Cf. Juan XXIII, Carta Encíclica Mater et Magistra, 262.

[32] Empezando por Pío XI en el ambiente prebélico: cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi arcano (23.12.1922), 12; Discurso a la Curia Romana (24-XII-1930); A los alumnos de Propaganda fide (21-8.1938).

[33] Cf. Pío XII, Radiomensaje al Pueblo helvético (21.IX.1949): “En nuestra época, en la que el concepto de nacionalidad del Estado, exagerado a menudo hasta la confusión, hasta la identificación de las dos nociones, tiende a imponerse como dogma”; cf. también: Juan Pablo II, Discurso en la Sede de la UNESCO (2-VI-1980), n. 14; e Idem,Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (5-X-1995), 8: “teniendo en cuenta la dificultad de definir el concepto mismo de “nación”, que no se identifica a priori y necesariamente con el de Estado”.

[34] LXXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al siglo XX (26.11.1999), 7. Comunicado de la XXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (28.2.1981), Amenaza a la normalidad constitucional. Llamada a la esperanza, 2: “Es de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la confianza en las instituciones, todo ello en el respeto de los cauces y principios que el pueblo ha sancionado en la Constitución”.

[35] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1998, 7.

[36] Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, 38.

[37] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2002

[38] Cf. Juan Pablo II, Ibid., 3.

[39] Cf. Juan Pablo II, Ibid., 14.

[40] Juan Pablo II, Ibid., 1.

[41] Juan Pablo II, Ibid., 15; cf. también las invitaciones del Papa en los Mensajes anuales con ocasión de la Jornada mundial de la Paz


BREVE MANUAL DE HISTORIA DE LAS VASCONIAS

Por Rafael Ibáñez Hernández - Historiador

 

«Este pueblo puede elegir formar o no parte del Estado español, o formar parte del Estado español de una manera federal, o confederal, o como estado asociado».
Xavier Arzallus (ABC [Madrid], 3 de octubre de 1994)

 

La presentación del Plan Ibarretxe para la secesión del País Vasco —dejémonos de eufemismos, que ya va siendo hora— ha puesto sobre la mesa por enésima vez la cuestión de la antigua existencia de una nación vasca o de al menos un pueblo vasco diferenciado, con unos orígenes y una historia propios y sólo parcialmente comunes —por otra parte, de manera forzada, según el parecer de los nacionalistas— a la del resto de los pueblos del Estado español, como ellos dicen. Tanto se han repetido estas milongas que hoy resulta difícil desentrañar en la maraña de hábiles mentiras cuanto haya de verdad en esta cuestión.
Los problemas historiográficos planteados por el nacionalismo vasco para su propia autojustificación giran en torno a la supuesta existencia pretérita del País Vasco como una nacionalidad independiente de otras posibles en la Península Ibérica, el carácter forzado de su innegable vinculación con la monarquía castellana y su autonomía legislativa. Sin ánimo doctoral —numerosos son los maestros que sin duda podrían mejor enseñarnos—, trazaremos unas líneas suficientes para conocer el pasado de las Vasconias al margen de manipulaciones y mitos.

 

Los mitos del nacionalismo vasco
Vaya por delante que no deseamos desdeñar el papel de los mitos en la construcción de una conciencia nacional. Por reconocer algunos ejemplos que puedan sernos familiares, recordemos cuanto leímos sobre la presencia de Hércules en la Península Ibérica o la intervención de Santiago en la batalla de Clavijo. Los historiadores no nos atreveríamos a sostener hoy la certeza de tales mitos, no traspasaríamos la línea trazada por el reconocimiento de su valor para el fortalecimiento de la conciencia nacional española.
El componente romántico del nacionalismo vasco revigorizó el recurso a la mitología —práctica decaída en el siglo XVI— en defensa de la particularidad vasca, adecuando sus elementos a las necesidades impuestas por su propio discurso político. Así, partiendo de Flavio Josefo, tomará a los vascos como descendientes de Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, en una errónea identificación de éste —quien, según la tradición hebrea, sería responsable de la repoblación de la Iberia Oriental, es decir, Georgia— con Túbal-Caín, hijo de Lamek, impulsor según se dice en el Génesis de la industria metalífera. Esta tradición sobre el origen de la primitiva población íbera, que fue recogida por San Isidoro de Sevilla, Ximénez de Rada y el propio Alfonso X, ligará a los vascos —supuestos únicos supervivientes de la raza ibera— al pueblo de Dios, privilegio que se vería confirmado por su presunta resistencia a la romanización —con lo que ésta debía suponer de paganización— y la pronta cristianización de sus lugares como lógica consecuencia de la alianza con Dios, llegando a defender los impulsores de esta tradición que el propio Noé —a la vez que otorgaba los primitivos fueros vizcaínos— instruyó en la religión monoteísta en Vizcaya a sus descendientes, quienes incluso darían culto a la cruz. Tal origen bíblico del pueblo vasco, por otra parte, justificará la hidalguía universal de la que los vizcaínos harán gala y que sentará las bases para el supremacismo racial del moderno nacionalismo vasco. Además, con este mito se corroborará el valor del euskera, que llegará a ser considerado como creación divina, lengua hablada en el Paraíso, rescatada de la confusión de Babel y traída a la península por los descendientes de Noé.
La supuesta insumisión al poder romano de los vascos —cuya principal prueba hallan los tratadistas afines a esta corriente en la supervivencia del euskera— dará forma al vascocantabrismo. Se trata de la tradición acaso más vigorosa durante el Antiguo Régimen, que vinculaba la identidad de cántabros y vascos, de forma que estos asumían como propia la indómita tradición de aquellos.
Considerado Túbal antepasado común de todos los españoles en una tradición claramente monogenista, el aventurero vascofrancés Joseph Augustin Chao formulará un nuevo origen para el pueblo vasco, desligándolo de sus supuestas raíces semitas. Así nacerá el mito de Aitor, patriarca ario que sobrevivió a diversos cataclismos —entre ellos, el Diluvio Universal— para llegar a instalarse en la Península, donde instauró modelos de calendario y dio solar a la primitiva religión natural, fácilmente asimilable por otros autores al monoteísmo primitivo. Evidentemente, este mito —que mantiene cierta relación con el que otorga la paternidad del pueblo vasco a un caudillo de origen atlante— mantiene de forma muy patente sus componentes políticos doctrinarios, pero al mismo tiempo contará con una apariencia científica que le proporcionará cierto valor a partir de determinados datos mal interpretados.
Con todo, el peligro de la invención de la tradición vasca no está tanto en los mitos mismos como en la incorporación acrítica a la historia de las viejas leyendas medievales e incluso la manipulación o falsificación de fuentes. Entre estas últimas cabe señalar la pretendida Crónica de Vizcaya de 1404, según la cual las Guerras Cántabras tendrían su fin en un tratado de paz justificado por la imbatibilidad de los vascos, o el Cantar de los cántabros, que narraría la resistencia vascocántabra ante los romanos bajo la dirección de los supuestos caudillos Lekobide y Uchín Tamayo.
Sobre las fábulas legendarias que vinculan la conversión al cristianismo de los vascones con la supuesta jura de los viejos fueros por el rey Suintila (621-631), la presunción indómita de los vascones hallará un perfecto caldo de cultivo para su desarrollo legendario en la Reconquista. Así, aunque la Chanson de Roland y otras crónicas atribuyen a adversarios sarracenos la derrota de la retaguardia franca en el paso pirenaico de Roncesvalles durante el verano de 778, numerosas relaciones coetáneas identifican a los atacantes con combatientes vascones, que actuarían en venganza con el ataque previo de las tropas carolingias a Pamplona. Pese a que la tradición oral vasca no conserva memoria del suceso, en 1835 se hará público el apócrifo Altabizcarreco Cantua [Cantar de Altabizkar], que narraría esta gesta desde el punto de vista vascón. Más tarde, en el día de la festividad de San Andrés de 870, tendría lugar la legendaria batalla de Arrigorriaga, cuyo nombre —pedregal rojo en castellano— mudaría el del antiguo paraje de Padura por la cantidad de sangre enemiga que tiñó aquel solar, explicación legendaria para una apariencia que se debe al carácter ferruginoso de las rocas. El origen del combate estaría en la supuesta invasión astur-leonesa del territorio vizcaíno bajo el mando de un conde Munio —según unos autores— o del infante Ordoño, hijo de Alfonso III el Magno, en todo caso muerto en la batalla. Dejando a un lado la verosimilitud de más de un conflicto de frontera en aquella época y lugar, resulta imposible que el tal infante muriese en aquella ocasión —y hasta se le sepulcró en la iglesia del lugar— dado que ni siquiera había nacido, y aún después alcanzó los tronos de Galicia, de Portugal y de León, matrimoniando con Sancha, hija del rey navarro Sancho Garcés I. Pero la importancia de esta leyenda se justifica por su relación con el reconocimiento de la primitiva existencia la primera entidad política vasca: en agradecimiento a sus servicios, los vizcaínos, que recurrieron al caudillaje de un príncipe británico —hijo de un íncubo y una princesa céltica, nombrado Lope Fortún pero al que se conoce como Jaun Zuria [Señor Blanco] por la claridad de su piel, ojos y cabello—, pondrían en sus manos el Señorío en virtud de un pacto, proporcionando así un origen fabuloso a los históricos señores de Vizcaya y el régimen foral.
Algunas de estas leyendas que pergeñaron una supuesta tradición vasca penetraron en el moderno imaginario del nacionalismo a través de su reelaboración literaria a modo de novela histórica con evidentes pulsos románticos. De todos los títulos que la imprenta dio a las librerías, acaso sea Amaya o Los vascos en el siglo VIII de Francisco Navarro Villoslada el más representativo de todos, híbrido de leyendas sin apenas sustento histórico en el que se observan trazas de ruralismo, supremacismo racial con elementos antijudaicos, providencialismo... En definitiva, mimbres del nacionalismo sabiniano de finales del siglo XIX.

 

En las edades oscuras
Las excavaciones arqueológicas efectuadas en Santimamiñe, Urtiaga e Isturitz parecen probar la existencia de una cultura cromañona, llamada por algunos autores franco-cantábrica y éuscara por otros, cuyo asentamiento en los diferentes valles de las cordilleras pirenaica y cantábrica forzó la división en tribus y aun etnias diversas. Entre éstas surgieron los barskunes montañeses, principalmente cazadores y ganaderos, que a medida que descendieron y se asentaron en la cuenca del Ebro se iniciaron en la agricultura, asumiendo no pocas prácticas celtíberas: culto animista, elección de un jefe de guerra de entre los miembros de las castas superiores, gobierno por un consejo de ancianos...
El reconocimiento de las lindes del territorio controlado por estos vascones es una tarea ardua y compleja, tanto por la supuesta movilidad expansiva de sus grupos humanos como por la laxitud con que tradicionalmente se han considerado vascones unos u otros pueblos en virtud de determinados intereses. Así, llegará a señalarse presencia vascona en el Rosellón, el Valle de Arán, diversas comarcas zaragozanas y sorianas, La Rioja, La Bureba burgalesa y el extremo oriental cántabro, amén de las Aquitanias. La necesidad de recurrir a meros estudios toponímicos y epigráficos o a fuentes historiográficas ajenas —como las romanas— no facilita la tarea, y toda línea fronteriza que se trace entre las tribus del norte peninsular ha de ser acogida con suma precaución. Conforme las fuentes clásicas y apoyándose en datos de carácter lingüístico —al parecer puntualmente confirmados por los antiguos límites de los obispados—, Sánchez Albornoz trazó un mapa de la zona que atribuía casi toda Navarra, el extremo nor-oriental de Guipúzcoa, la Baja Rioja, el Alto Aragón y otras comarcas allende los Pirineos a los vascones, que de esta forma estaban en contacto por el suroeste con los berones, que controlaban el resto de la Rioja, y los várdulos, asentados en la mayor parte de Guipúzcoa, el extremo oriental de Navarra y el oriente de Álava. Más al oeste, los caristios se desplegaban ante el mar entre el Deva y el Nervión y ocupaban el resto del territorio alavés, con la excepción poblada por los autrigones, que llegarían hasta las márgenes mismas del río Arlanzón. Al oeste del Asón se hallaría el territorio de los cántabros, pueblo aparentemente ajeno al antes señalado origen barskún. ¿Significa esto que los demás pueblos mencionados guardaban algún tipo de relación étnica o cultural con los vascones? Múltiples y variadas han sido las respuestas a esta cuestión, desde la de quienes han negado la pertenencia de autrigones, caristios y várdulos a la familia vascona —vinculándolos a los cántabros— hasta la de aquellos que han señalado —al menos para los dos últimos casos— un común origen barskún. Las señaladas como pervivencias de la primitiva lengua vascona en estos territorios puede tener diferentes causas, entre las que pueden señalarse la lógica confusión en una misma lengua de lo que sólo son restos de lenguas diferentes pertenecientes a un mismo tronco proto-euskera o diferentes ocupaciones de territorios situados al occidente de su solar original por los vascones. También cabe tener presente una posterior generalización del gentilicio «bacón» para todas las tribus de común etnia, en detrimento de los términos específicos propios para los autrigones, caristios y, en cierta medida, várdulos. En todo caso, estas tesis no son exclusivistas, sino conciliables si entendemos la vasconización como la recuperación de las raíces culturales de estos pueblos tras el desplome romano y aún durante los primeros siglos de la Reconquista.

 

La romanización de Vasconia
En el centro de este debate se encuentra, desde luego, el problema de la romanización de los vascones. Es habitual entre los nacionalistas creer que los vascones fueron un pueblo indómito, capaz de sobrevivir al margen de la presión romana, haciendo de esta forma vasca la resistencia cántabra. Sin embargo, las pruebas contra esta leyenda les han llevado a sostener en las últimas décadas la pacífica convivencia entre los romanos y las tribus vascas en régimen de colaboración, como si fuera ésta una práctica excepcional en la política imperial romana. Con todo, existen numerosas pruebas de la indudable romanización de los vascones, sin duda alguna favorecida por el dominio romano de la Galia —Craso sometería finalmente Aquitania el año 58 a.C.— y la victoria sobre los cántabros (quienes, sin embargo, no serían culturalmente romanizados hasta que los hispanogodos se replegaron ante la invasión árabe), obteniendo entonces las poblaciones vascas estatuto jurídico romano, como prueba la acuñación de monedas en caracteres ibéricos. Combatientes vascones lucharon, por ejemplo, bajo el águila en las guerras sertorianas y sirvieron en Britania, Mauritania, Tingitania y Panonia. Incluso cabe la posibilidad de que Quintiliano y Prudencio —nacidos en Calagurris [Calahorra]—fueran vascones.
Debe tenerse en cuenta que la romanización fue más consecuencia de los atractivos de la cultura romana que de la presión formal sobre los indígenas. De ahí que la cuenca vascona del Ebro —donde los antiguos legionarios, que habían obtenido por ello la ciudadanía romana, asentaron sus villas— padeciera una romanización absoluta, mientras que en las llanuras situadas más al norte convivieron indígenas con colonos romanos que aportaron a la población esclavos de origen cántabro, mesetario o aún más lejano, empleados en las explotaciones agrarias allí explotadas. Por el contrario, los romanos no mostraron especial interés en la explotación de las tierras montañosas, que apenas aportaba algunos recursos mineros, de manera que la forma de vida tradicional vascona perduró dentro de las fronteras del Imperio.
Muestra de cuanto decimos es el índice de urbanización del territorio. Con propósitos casi exclusivamente militares Pompeyo fundó Pompælo [Pamplona], que —al igual que Veleia, un puesto militar levantado en la llanura alavesa— fue conocida por los indígenas como Iruña —esto es, la ciudad—, término genérico que indica su carácter excepcional. Más al norte, apenas merecen mención Lapurdum [Bayona] y las factorías marítimas de Flaviobriga —que algunos autores asocian a Castro-Urdiales—, Portus Amanum y la que sin duda existiera junto a las minas de Oiarso [Oyarzun]. Sin embargo, cuanto más desplazamos nuestra mirada hacia el sur, más abundantes son los asentamientos urbanos de los que encontramos noticias: Aracelli [Huarte-Araquil], Vareia [Varea] —cerca de Logroño—, Tritium Megallum —en las proximidades de Nájera—, Libia [Leiba] —junto al río Tirón—, Alba [Albizu o Albéniz], Tullonium [Alegría], Suessatio [Zuazo]... Incluso, algunos autores sostienen que Calagurris [Calahorra] fue fundada por los romanos para controlar a los indígenas, poblándose con colonos vascones, lo que probaría su fidelidad a Roma.
Ofrece la organización administrativa romana de estos territorios, además, algunas explicaciones para el futuro de Vasconia. Mientras el convento cesaraugustano acogía a los vascones con otros pueblos celtas, de Clunia dependerían várdulos y caristios —amén de los autrigones—, mientras que los aquitanos ni siquiera serían acogidos en la provincia Tarraconense, a la que pertenecerían los otros dos conventos mencionados. Según el parecer de Menéndez Pidal, para quien las divisiones administrativas romanas tenían como plantilla la segmentación gentilicia de los distintos pueblos, tal dispersión de las tribus de origen barskún significaría el reconocimiento por parte de la superior autoridad romana de unas acentuadas peculiaridades que primaban sobre el común parentesco. Sea como fuere, encontraremos aquí un remoto origen administrativo de la identificación de la antigua Vasconia con la futura Navarra, al margen de los territorios luego vascongados al norte de los Pirineos y al oeste del río Orio.
La decadencia del Imperio se manifestó muy pronto en estos territorios. Las clases pudientes del campo se replegaron a los centros urbanos en busca de seguridad personal, económica y social. Mas la paulatina reducción del control romano sobre aquellos lugares produjo tres fenómenos vinculados entre sí: una progresiva desertización de las ciudades, de la que nos informa san Paulino de Nola a finales del siglo IV; el crecimiento de las bandas de bagaudas, partidas de campesinos y esclavos fugitivos que llegaron a poner en ciertas dificultades al ejército regular; y una indudable barbarización, que en determinados casos pudiera entenderse como revasconización, con un evidente retroceso de la incipiente cristianización y del empleo de la lengua latina. A pesar de todo, la fidelidad vascona al Imperio parece acreditada hasta el final por Paulo Orosio, quien nos ofrece la imagen de la exitosa defensa de los pasos pirenaicos contra la presión de los bárbaros por indígenas de las inmediaciones, esto es, vascones.

 

Entre bárbaros y visigodos
Acaso fue la sustitución de las tropas regulares o indígenas al mando de generales romanos por tropas visigóticas —un pueblo-ejército al que se otorgaba dos terceras partes de la tierra de los lugares donde se asentaba en defensa de los intereses de Roma— lo que provocó el fin de la presencia del Imperio de Occidente en estos territorios, lo que está muy lejos de significar un dominio visigótico efectivo sobre Vasconia. De hecho, el debilitamiento romano durante todo el siglo V y las guerras entre los diferentes pueblos bárbaros en el territorio peninsular durante gran parte del siguiente otorgaron a los vascones un grado de independencia que no habían buscado pero que supieron aprovechar. Suevos, vándalos y alanos atravesaron el territorio poblado por los vascones en su avance hacia el interior sin plantearles especiales problemas. Pero fue, sin duda, en estos tiempos de gran inestabilidad cuando —en sus correrías defensivas ante la presión bárbara— los vascones ocuparon el solar propio de várdulos y caristios y autrigones, entrando de esta forma en contacto con los cántabros y pasando a dominar lo que hoy conocemos como País Vasco. Por otra parte, su movimiento defensivo contra la presión franca —noticias existen de que los francos llegaron hasta Zaragoza en el año 540— les hizo atravesar los Pirineos y ocupar la Novempopulania en Aquitania. El forzado contacto entre poblaciones que estos movimientos produjeron confirmarán de esta manera definitiva un fenómeno que algunos autores han querido reconocer incluso para tiempos pretéritos: el carácter poliétnico de los vascones, cuyo término irá con el tiempo denominando a poblaciones más o menos insumisas de las montañas antes que a una tribu o pueblo determinado.
Pese a la ocupación de Pamplona —entonces un simple villorrio fortificado de interés estratégico por su ubicación ante el Summus Pirenaeus [Roncesvalles]— en el año 472, no será hasta que Leovigildo asiente el reino visigodo cuando los vascones se conviertan en un objetivo militar prioritario, en plena guerra civil por el levantamiento de San Hermenegildo. La fundación en 581 de la ciudad de Victoriacum —Vitoria para unos, mera repoblación de Veleia para otros— marcará como un hito las relaciones entre visigodos y vascones, que pueden considerarse como de guerra endémica. Acaso el propósito de dominación de las tierras controladas por los vascones tuviese su razón de ser más en el enfrentamiento con los francos, que aspiraban a instalarse a este lado de los Pirineos. Con el fin de vincular a los vascones cispirenaicos con sus propósitos, la monarquía franca creó en el año 602 el ducado de Vasconia [Gascuña], que no obstante mantuvo una relativa y conflictiva independencia, hasta que en el año 766 presentaran por vez primera su sumisión ante un rey franco, sin que en modo alguno pueda señalarse ni como antecedente de un posible estado vasco. En la memoria histórica han quedado rastros de las acciones de Chindasvinto, Recesvinto y Wamba contra los vascones, que debían responder a ataques previos de los pobladores del norte, de una u otra forma presionados desde el otro lado de los Pirineos. La inestabilidad política de los visigodos fue también aprovechada en algunas ocasiones por los vascones, que —por ejemplo— combatieron en apoyo del rebelde Froia frente a Recesvinto. Mas, cualquiera que fuese el verdadero motivo, lo cierto es que no fueron pocos los monarcas visigodos que combatieron contra los vascones, hasta el punto de haberse forjado al respecto una falsa tradición según la cual todos los cronicones de los reyes godos incluirían la solemne proclamación domuit vascones. Símbolo de la reiterada subyugación vascona para unos y de la permanente rebeldía de aquellos para otros, lo cierto es que tal expresión no aparece en lugar alguno de los mencionados entre otras cosas porque no existe rastro de tales cronicones.
Acaso la única conclusión a la que puede llagarse al respecto sea la desigual integración de los territorios controlados por los vascones en la monarquía visigoda, algo por otro lado muy lógico si lo mismo había ocurrido con el Imperio romano, sin duda alguna mucho más y poderoso. Así, el sur de la Vasconia quedó fácilmente integrado en la monarquía visigoda —incluso, antes que otros lugares—, como lo prueba la abundancia de eremitorios rupestres en el país. Más inseguro fue el dominio de la región media, según denota la irregular presencia de obispos de Pamplona en los sucesivos concilios, acaso por el afán independiente de los comes que debían asegurar el control de los lugares. Sólo del norte cantábrico puede decirse que permaneció al margen del poder visigodo efectivo, aun cuando los reyes de Toledo manifestaran su soberanía.

 

De Vasconia a Navarra
A la ocupación islámica de la Península Ibérica no serán ajenos los vascones. Los rebeldes pertenecientes al clan del fallecido rey Witiza no aceptaron la elección de Rodrigo —posiblemente, duque de la Bética— para ocupar el trono de Toledo, de modo que buscaron aliados al sur del Estrecho. Tras una breve incursión el año anterior, mientras Rodrigo se halla en campaña contra los levantiscos vascones, Tariq desembarca en las playas próximas a Gibraltar. El tiempo que el monarca tardó en atravesar el reino será suficiente para que las tropas islámicas superasen el nada despreciable volumen de diez mil combatientes, lo que —junto con la premeditada desprotección de los flancos por parte de los traidores del partido witizano en las márgenes del Guadalete durante la batalla que tuvo lugar algún día de julio de 711— provocó la derrota de las huestes visigodas —vinculadas a un régimen en aguda crisis— y la irrupción de un nuevo poder en la Península.
Mientras Tariq ocupaba Toledo —autores hay que señalan su avance incluso hasta las estribaciones de la cordillera cántabra, si bien se replegaría hacia el sur al llegar el invierno—, parte de su ejército consolidó el control de las comarcas orientales andaluzas. Al año siguiente, Musa ben Nusayr —conquistador de Marruecos para el Califato— se apoderó de Medina-Sidonia, Sevilla y Mérida, tras lo cual asumiría en Toledo el poder hasta entonces encarnado en Tariq. En pocos años —a pesar de las rivalidades existentes entre las tribus musulmanas y los conflictos con el Califa— la ocupación árabe se expandió hacia el norte, sólo frenada en 732 por los soldados de Carlos Martel a las puertas de Poitiers. Mientras, la dominación se confirmaba mediante una doble política definida por un entramado de pactos con la población hispano-romana —los visigodos— que les garantizaba el disfrute de sus propiedades y la práctica de su fe cristiana —no en vano, era la suya una religión del Libro Revelado—, aunque la confiscación de bienes y la esclavitud castigaba sin piedad a los insumisos. En los montes del norte se refugiarían los godos fugitivos que finalmente plantaron cara con cierto éxito al invasor. Con el apoyo de Pedro, duque de Cantabria, Pelayo —fugitivo de Córdoba— convirtió Cangas de Onís en el núcleo más cohesionado de la resistencia hispanogoda, después de que en el año 722 lograse una señalada victoria sobre las tropas de Alqama, a la que no debió ser ajeno un desprendimiento de tierra en las laderas de lebaniegas.
Durante su avance hacia el norte, los musulmanes contaron con el apoyo del conde Casio y su hijo Fortún, cuya conversión al Islam los hizo en clientes del Califa, quien les encomendó el gobierno de Tudela. Desde esta plaza abrieron la ruta hacia Pamplona, que conquistaron antes del año 718. Se instalaron así en la principal población del territorio vascón los Banu-Qasi, familia mozárabe que será el germen de la primera entidad política independiente de Vasconia.
Las tierras navarras, sin embargo, no alcanzaron así la paz. Durante las décadas siguientes, Pamplona fue atacada en diferentes ocasiones. Cuando la ciudad se resistió a cumplir las condiciones capitulares —posiblemente, el pago de tributos—, los emires debieron marchar sobre Pamplona, que también sufriría el saqueo de Carlomagno —aún no era emperador— cuando retornaba a su solar tras el infructuoso intento de conquistar Zaragoza, esto es, de establecer los límites francos en el Ebro. En su enfrentamiento con el emir Abd al-Rahman I, los Banu-Qasi recurrieron a Íñigo Ximénez Arista [el Fuerte], hijo de un caudillo vascón —y a quien algunos autores hacen además nieto del duque de Gascuña— , quien al hacerse con el control de la ciudad estableció las bases del naciente reino de Pamplona. No obstante, en sus inicios este reino mantuvo cordiales relaciones con los muladíes del valle del Ebro —no en balde la dinastía de los Arista estaba emparentada con los Musás— y posteriormente con los poderosos cordobeses, hasta el punto de que el futuro Abd al-Rahman III será nieto de una princesa Arista. Esta dinastía apenas se mantuvo en el trono pamplonés hasta que sobre éste se alzó Sancho Garcés I, primer monarca de la dinastía de los Jimeno —cuyo solar estaba en Sangüesa—, que extendió su dominio sobre territorio fuera de los límites del señorío de Pamplona. Su hijo García Sánchez I participó en las guerras civiles de León a causa de sus vinculaciones familiares y se mantuvo en paz con el Califa tras ser derrotado por éste en Calahorra.
El máximo apogeo del reino de Navarra llegaría en tiempos de Sancho Garcés III el Mayor —Rex Hispaniorum según algunas fuentes e Imperator tras ocupar el trono de leonés de Vermudo III, fundador del primer Estado vasco para los nacionalistas—, quien anexionó el condado de Ribagorza y el territorio de Sobrarbe, así como el condado de Castilla, que se sumaban así a otros como los condados de Gascuña y Barcelona. Pero por su concepto patrimonial de la monarquía —nada excepcional entonces, que le llevó a otorgar el vizcondado de Lapurdi a su primo Lobo Sancho y la región de Zuberoa al vizconde Guillermo el Fuerte— fragmentó sus posesiones, quedando el reino de Navarra —con territorios separados del condado de Castilla desde Santander hasta cerca de Burgos— para su primogénito García Sánchez III el de Nájera, mientras la posesión del condado de Castilla —compensado con las tierras conquistadas a León hasta el Cea— le fue otorgada a Fernando, la tenencia de los condados de Sobrarbe y Ribagorza a Gonzalo, y la del condado de Aragón a su hijo natural Ramiro. Tal reparto planteó una grave disputa por los territorios castellanos anexionados a Navarra —Álava, Vizcaya, Castilla la Vieja, la Bureba y los Montes de Oca, entre otros—, que retornaron a manos de Castilla —ya proclamado reino, gobernado por Fernando I— tras la batalla de Atapuerca (1054) —en la que murió García Sánchez III de Navarra— y posteriores campañas contra su sucesor Sancho Garcés IV, aliado con su tío Ramiro I de Aragón. Muerto el rey navarro como consecuencia de luchas intestinas y familiares a manos de sus hermanos Ramón y Ermesinda en Peñalén el año 1076, el reino se fracturó en dos bandos, lo que traería como consecuencia que Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, la Bureba y la Rioja pasaran definitivamente a manos de Alfonso VI de Castilla, mientras que los territorios de la antigua Vasconia reconocieron como soberano a Sancho Ramírez I de Aragón.
Las disposiciones testamentarias de Alfonso I el Batallador de Aragón, que dejaba la corona en manos de las órdenes militares, se revelaron impracticables, estallando el conflicto entre los partidarios del infante Ramiro —monje en San Pedro de Thomières y obispo electo de Burgos— y los del infante García Ramírez, descendiente del señor de Monzón y del Cid. Tras diversas negociaciones, fue proclamado rey Ramiro II el Monje. Pero los navarros no lo reconocieron como su soberano, quienes proclamaron en Pamplona rey de Navarra a García Ramírez el Restaurador, descendiente directo de aquel Sancho el Mayor. Pese al Pacto de Vadoluengo (¿1133-1135?), en el que se establecía una curiosa fórmula para compartir reino y corona que hacía de Ramiro II rey del pueblo y a García Ramírez rey de señores y caballeros, la doblez del navarro impidió su ratificación, rompiéndose finalmente así la vinculación de los reinos de Aragón y Navarra.

 

Conflictos entre las Vasconias
Mientras, como consecuencia del enfrentamiento aludido, el señor de Vizcaya Lope Iñiguez ofreció su vasallaje —en cumplimiento de las normas feudales— al rey de Castilla, quedando sólo el pasillo litoral de San Sebastián y Hernani en manos del de Navarra. A la muerte del monarca castellano, y en medio de los intentos por fusionar esa corona con la de Aragón casando a su hija Urraca con Alfonso I de Aragón, el conde Lope Iñiguez de Vizcaya prestó nuevo vasallaje al monarca de Aragón, quien ejerció la potestad regia sobre Vizcaya y Álava pese al fracaso del matrimonio. Será tras la muerte sin hijos de Alfonso I cuando el conde de Vizcaya ofrezca vasallaje al nuevo rey de Castilla Alfonso VII —hijo de Urraca y Raimundo de Borgoña—, gesto en el que le siguieron Álava y Guipúzcoa.
Ante la pujanza de los Plantagenet a ambas orillas del Canal de la Mancha —el vizconde de Lapurdi Guillermo Raimundo llegará a ceder en 1193 sus derechos al duque de Aquitania, que no era entonces otro que el rey Enrique II de Inglaterra—, Alfonso VII de Castilla entregó la villa de Haro en 1151 a Lope Díaz, señor de Vizcaya, con el fin de fortalecer su vinculación a Castilla. Surge así, frente al linaje de la casa de Lara, otro de los más importantes del reino, el de la casa de Haro. Por otra parte, esta medida estará vinculada al reconocimiento que por parte de Sancho VI el Sabio de Navarra recibió Alfonso VII de Castilla como emperador en Calahorra, acaso frente a las amenazas de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y rey efectivo de Aragón por renuncia de su suegro, el monje Ramiro II.
La sucesiva muerte del citado rey de Castilla y su heredero Sancho III pusieron la corona en las sienes de un menor de tres años —Alfonso VIII de Castilla—, lo que dio al monarca navarro la oportunidad de desdecirse de su homenaje y reclamar la nueva Vasconia y la Rioja como dominios propios. La Paz de Fitero puso Rioja, Álava y Guipúzcoa en poder de Sancho VI, pero la Vizcaya defendida por Lope Díaz de Haro permaneció vinculada a la corona de Castilla. Esta división de los tres territorios vascongados resultaba ya —transcurridos los decenios— fuertemente antinatural y contraria a toda lógica, provocando una tensa situación que se complicaba con la existencia de un doble irredentismo: de una parte, el castellano, que se remontaba a la estructura territorial de la antigua monarquía asturleonesa; de otra, el navarro, que se fundamentaba en la voluntad de Sancho Garcés III.
Casado Alfonso VIII de Castilla con Leonor de Aquitania, forzó un laudo arbitral dictado por el rey de Inglaterra que —lógicamente— fue favorable a los propósitos del monarca castellano. De esta forma, en 1179 Sancho VI de Navarra declararía en documento público Vizcaya, Álava, Guipúzcoa y Rioja como partes integrantes de derecho en el reino de Castilla, así como nulo el testamento de Sancho III al disponer de territorios que no le eran propios. Sin embargo, las dificultades a las que tuvo que hacer frente Alfonso VIII de Castilla en la frontera con León y frente a los almohades le impidieron defender la ejecución efectiva del nuevo status, de modo que el monarca navarro no acató realmente la sentencia. Como acto de fuerza, sobre la antigua Gasteiz fundará una nueva ciudad —a la que significativamente dio el nombre de Vitoria—, una fortaleza orientada a defender sus intereses en la ruta entre los mercados de Miranda de Ebro y Vizcaya. Con la sanción moral del papa Inocencio III y el apoyo de Pedro II de Aragón, en 1198 —mientras el monarca navarro buscaba aliados en tierras almohades— se decidió Alfonso VIII a resolver el pleito castellano-navarro por las armas, en una victoria que se saldó con la conquista de Vitoria dos años más tarde. Se establecieron así definitivamente las fronteras con Navarra, al tiempo que se abría un contacto por tierra con Aquitania, solar de la esposa del castellano sobre el que no pudo ejercer control alguno. Alcanzaba la corona de Castilla su fachada entre el Nervión y el Bidasoa, permitiéndose el desarrollo de puertos como los de Bermeo, Lequeitio, Guetaria, Zumaya, San Sebastián y Fuenterrabía. Para estimular el crecimiento de las villas, Alfonso VIII comenzará una auténtica política foral, si bien premió la decisiva intervención del señor de Vizcaya, Diego López de Haro, con el gobierno de Álava y Guipúzcoa.
La muerte sin descendencia directa de Sancho VII el Fuerte de Navarra en 1234 provocó la entronización de la dinastía Champaña en Teobaldo I, lo que fraguó la separación entre el antiguo solar vascón y la nueva Vasconia y supuso un vuelco de Navarra hacia la Gascuña cispirenaica, hasta que el vizconde Auger cediese sus derechos al rey de Inglaterra, retirándose a Navarra en 1307. A lo largo de tres siglos, en el trono pamplonés se sucederán la citada casa de Champaña, la Capeta —o de Francia— y la de Evreux en un devenir histórico absolutamente ajeno a la Reconquista y más ligado al de la futura Francia, pese a que los reyes de la última de las mencionadas se esforzaron por desvincular el reino de la corona francesa. A la muerte de Carlos III de Navarra (1425) le sucedió su hija Blanca, quien —en virtud de la legislación aplicable al caso— debió reinar en colaboración con su esposo, Juan II de Aragón. Éste se mantuvo en el trono al enviudar, postergando así los derechos de su hijo, el príncipe Carlos de Viana. El conflicto se resolvió a favor del partido de los beaumonteses —que apoyaba al de Aragón— al ser proclamada reina de Navarra Leonor, casada con el conde de Foix. Será por vía de esta casa —que arrebató Zuberoa a los ingleses un año antes de que por el Tratado de Aiherre (1450) Lapurdi se pusiera bajo la autoridad del rey de Francia— por la que la familia Bearn herede, no sin conflictos, el reino de Navarra. La firma por parte de Catalina de Foix del Tratado de Blois con la corona de Francia y su matrimonio con el vizconde de Tartas Juan de Albret —rechazando así las ofertas castellanas y trasladando el gobierno de la corona navarra a Pau— ofreció a Fernando el Católico la oportunidad de intervenir para cerrar el paso a las injerencias francesas. Con el apoyo de los beaumonteses, el duque de Alba obtendría la rendición de Pamplona el 25 de julio de 1512, incorporándose en las Cortes celebradas en Burgos en 1515 el reino navarro a la corona de Castilla, si bien mantendrían ambas monarquías sus propias peculiaridades. Todavía en 1530, el titulado rey de Navarra Enrique II recuperará la Baja Navarra —en la vertiente francesa de los Pirineos—, en 1589 Enrique III de Navarra subirá al trono de Francia y, finalmente, en 1620 Luis XIII unirá definitivamente el reino de la Baja Navarra a la corona francesa. Tras el intento del Tratado de Elizondo (1765), la frontera hispano-francesa en territorio navarro quedará definitivamente trazada en 1856.

 

Castilla y la nueva Vasconia
La incorporación de Vasconia al propósito restaurador de la monarquía visigótica —que no otra cosa fue la Reconquista— tuvo lugar tras el matrimonio de Fruela I con la vascona Munia, de quien nacería el futuro Alfonso II de Asturias. Asesinado su padre, el joven Alfonso se refugió entre los parientes de su madre, desde cuyo solar partió para recuperar la corona, restaurando definitivamente el orden visigótico en torno a lo que será la corte de Oviedo. El asentamiento de la monarquía asturiana a lo largo del litoral, harto escabroso, obligó a conservar la pluralidad de los núcleos originarios. Así surgirían Vizcaya, Álava y Bardulia [Castilla]. Con el tiempo, las distinciones entre los tres territorios fueron acentuándose, especialmente desde el momento en que Alfonso III reconoció el condado de Castilla. Cuando el conde castellano Fernán González —perteneciente al círculo familiar de los Lara— quiso consolidar su poder frente al rey Ramiro II de León buscó el apoyo navarro matrimoniando con Sancha, hermana del rey García Sánchez I. De esta forma surgió una asociación de Vasconia con Castilla que dejó aquella a cubierto de las acometidas de los invasores. Será esta vinculación la que justificó tiempo más tarde el dominio de Sancho Garcés III de Navarra sobre el condado castellano, traduciéndose su muerte en la efectiva independencia del territorio y su constitución en reino de manos de Fernando I.
Aquellas singularidades existentes entre los territorios de la nueva Vasconia dieron paso durante el siglo XIII a tres entidades jurídicas y administrativas —aparte del reino de Castilla— diferentes. De una parte, los documentos hablan de la hermandad de Álava, cuyo territorio se agrupaba en torno a una ciudad aforada y su alfoz —amén de algunos señoríos— y la provincia de Guipúzcoa, con categoría de realengo. El señorío de Vizcaya, la entidad más importante, basaba su cohesión en el poder político de la casa de Haro, que ejercía de forma permanente y directa las funciones correspondientes al monarca. Pese a la división de su territorio en cuatro mayordomías —las merindades de Guernica, Bermeo, Marquina y Durango—, la unidad del Señorío quedaba garantizada por el Fuero Viejo de Vizcaya, que —por ejemplo— expresamente prohibiría la recepción de los obispos calagurritanos, a cuya diócesis había incorporado Alfonso VI los territorios vascongados.
Salvo en la costa, estos territorios se administraban por anteiglesias rurales —reuniones de buenos hombres— y por concejos. La ausencia de ciudades realengas y el peso de la jurisdicción señorial impidieron su incorporación a las reuniones de las Cortes de Castilla. Tal carencia comenzó a ser suplida por la celebración de juntas para Guipúzcoa, Vizcaya —reunidas siempre en Guernica— y Álava —que lo hacían en Arriaga—. Ésta última decidió en 1332 no reconocer más señor de la tierra que el rey, equiparándose así en su vinculación a la corona con Guipúzcoa, acto que fue considerado como de liberación.
Mientras, las relaciones entre la corona castellana y el señorío de Vizcaya continuaban siendo tormentosas. Los servicios prestados a la Corona de Castilla —participación en la vanguardia castellana durante la batalla de las Navas de Tolosa, defensa de la causa de Fernando III frente a los leoneses, su actuación en la reconquista de Andalucía— llevaron a los señores de Vizcaya a la cabeza de los ricos hombres castellanos. Desde esta posición de supremacía, Lope Díaz de Haro reclamó a Alfonso X el Sabio —defensor de un principio unitario y romanista de la Monarquía— las consolidación de los señoríos mediante la confirmación de los fueros, privilegios y cartas como leyes fundamentales del reino, prohibiéndose la interferencia de jueces y merinos en la jurisdicción señorial y suspendiéndose los beneficios que se otorgaban a los campesinos en Andalucía, con el propósito de impedir el despoblamiento. Ante la negativa real, Lope Díaz de Haro optó por apoyar el alzamiento del futuro Sancho IV contra su padre en 1282. Sus servicios e intrigas fueron recompensadas con la delegación de poderes para todo el reino, privanza confirmada más tarde al confiársele el apoderamiento de todas las fortalezas castellanas. La soberbia política del de Haro le hizo enemistarse con nobles y caballeros. Fue la gota que colmó el vaso el Ordenamiento de 1287 por el que se arrendaban las rentas y tributos al judío catalán Abraham, fórmula por la que el valido pasaba a controlar todos los recursos del reino. El clamor de la protesta enturbió las relaciones del conde con el rey, quien daría muerte por su propia mano a Lope Díaz de Haro en Alfaro en junio de 1288, al calor de una disputa. Huido, el hermano y heredero del señor Diego López de Haro no regresó al señorío hasta la muerte de Sancho IV en 1295.
Pese a que Diego López de Haro trató de subrayar su poderío creando en 1300 una nueva villa señorial al resguardo de la ría del Nervión, lo cierto es que la crisis abierta significaría el declive de la casa. Ante su debilidad, las villas marineras y Vitoria conformaron —junto con villas cántabras como Castro, Laredo y San Vicente— la hermandad de la Marisma que, so capa de facilitar las relaciones comerciales con los puertos de Southampton y Brujas, trataría de marcar distancias con los intereses propios del señor de Vizcaya. Por otro lado, la rigidez sucesoria de la casa de Haro —uno de sus pilares fundamentales— comenzó a tambalearse al pasar los derechos sucesivamente a Diego López de Haro, su sobrina María Díaz de Haro y después a Juan Núñez de Lara, hijo de Fernando de la Cerda. Era por tanto este último señor de los citados miembro de la casa contrincante y pariente del infante designado en su momento por Alfonso X para sucederle en detrimento de quien fuera finalmente el rey Sancho IV, siendo así señalado como un peligro para la corona, que ya descansaba sobre las sienes de Alfonso XI.
El hijo de este monarca, el rey Pedro I, mostró especial interés en la incorporación del señorío de Vizcaya al realengo. Surgió la oportunidad al declararse la vacante, para la que optaron dos candidatos: Tello, hijo bastardo de Alfonso XI —el gemelo del futuro Enrique II de Trastamara—, casado con Juana Núñez de Lara, y el infante don Juan de Aragón. Con el propósito de hacerse con el señorío, el rey de Castilla reconoció al primero como señor efectivo de Vizcaya, pero Tello logró huir en 1358, cuando estaba a punto de ser capturado por engaño. En el enfrentamiento con su hermano Enrique, Pedro I de Castilla pactó con Carlos II el Malo de Navarra, el señor de Albret y los condes de Foix y Armagnac, ofreciendo el señorío de Vizcaya al futuro Eduardo III de Inglaterra, entonces príncipe de Gales. Lógicamente, Tello permaneció junto al partido de su hermano, quien confirmó sus derechos al hacerse con la corona de Castilla en 1369. Sin embargo, muerto el señor en extrañas circunstancias al año siguiente, Enrique II hizo valer los derechos de las casas de Haro, Lara y Cerda que convergían en su esposa la reina Juana Manuel —hija del infante Juan Manuel y Blanca de la Cerda y Lara—, otorgando el señorío a su hijo y heredero Juan. Asumido el trono, Juan I de Castilla vinculará de forma definitiva el señorío a la Corona.

 

Trascendencia del señorío de Vizcaya
Y es que el control del Señorío resultaba vital desde tiempo atrás, dado el peso de los transportistas vizcaínos en Inglaterra y Flandes. En 1344 se estableció el primer acuerdo para regular las comunicaciones con Flandes, y el 4 de noviembre de 1348 se concedieron importantes privilegios en Brujas a la nación española, verdadera colonia mercantil vasca en la que participaban algunos otros súbditos castellanos. Tras el triunfo contra la armada inglesa en La Rochela (1372) de la escuadra castellana —al mando del merino mayor de Guipúzcoa, Ruy Díaz de Rojas—, los puertos vascongados obtuvieron el reconocimiento de su derecho a navegar sin obstáculos por el golfo significativamente llamado de Vizcaya, dominio que con el tiempo se extendió a toda la costa. Tras una larga guerra (1418-1435), los marinos vascongados obtendrían —frente a las pretensiones hanseáticas— la hegemonía de la navegación al sur de Bretaña, garantizada mediante acuerdos con Inglaterra y Francia.
El dominio vizcaíno sobre la nación española en Brujas fue entonces puesto en entredicho por los comerciantes burgaleses, quienes contaban con una Universidad de Mercaderes para la defensa de sus intereses en el interior del reino. La disputa sobre el establecimiento de los fletes se prolongaría durante años hasta que Fernando el Católico —como regente de Castilla— otorgase el Consulado a Bilbao, de modo que los vascongados ostentarían la representación comercial en el exterior.
La trascendencia del señorío vinculada a la importancia de la actividad comercial —que se materializaba en los diezmos del mar—, junto a la complejidad de su estructura social, explican la multiplicidad de querellas entre linajes por el dominio de los territorios vascongados. Entre estos destacaron de un lado los Velasco, dueños de Mena, Frías y Haro —que extendían su poderío por las Encartaciones hasta Valmaseda—, y de otro los Manrique, condes de Treviño. En 1470 Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, emprendió la conquista de Vizcaya bajo el amparo de Enrique IV de Castilla. Por su parte, el conde de Treviño, Pedro Manrique, acudió en defensa de los vizcaínos, que resultaron victoriosos en la batalla de Munguía (1471). Situándose frente al rey, Vizcaya reconoció junto con Guipúzcoa los derechos de Isabel al trono, defendiendo con su armas a los Católicos en la guerra civil de 1475. Su triunfo fue saldado con la firma de un acuerdo con el conde de Treviño —donde se sitúa el origen histórico de las actuales disputas en torno al condado—, la vinculación al señorío de la ciudad de Orduña y la jura de los fueros por parte de Fernando el Católico en Guernica.

 

De los fueros al nacionalismo
Durante los siglos XVI y XVII fue acentuándose la vinculación de los territorios vascongados a la corona, al tiempo que la carencia de señor interpuesto reforzó su autosuficiencia administrativa sobre las bases de las juntas y los fueros. Sobre este régimen se construirá más tarde el mito de la democracia vasca, basada en una sociedad patriarcal y rural idealizada en la que se compartirían el sentimiento aristocrático colectivo con un igualitarismo de raíces religiosas. Pero en realidad, tal régimen sólo aseguraba el predominio de los notables, que incluso pretendió institucionalizarse en el siglo XVIII, situación que justificará las repetidas revueltas de los campesinos de las tierras llanas contra los señores o la incipiente burguesía urbana. La consolidación de los fueros significó el establecimiento de una zona económica franca hacia el exterior. Los perjuicios que causara la apertura de la monarquía hacia el Imperio —que se concretaban en la importación de hierro sueco, de mejor calidad que el vizcaíno— fue en cierto modo corregida por el emperador Carlos al designar Bilbao y San Sebastián entre los puertos autorizados al comercio americano en 1529. Sin embargo, la concentración de este comercio en la Casa de Contratación de Sevilla en 1573 por Felipe II y las revueltas de Flandes —que significaron la ruina de Burgos y el desplazamiento del eje económico hacia el sur— provocaron la ruralización de las provincias vascongadas, que se cerraron sobre sí mismas aunque mantuvieron una mínima conexión exterior a través de Francia.
No plantearon tampoco conflicto político alguno a la monarquía. Aunque los nacionalistas traten de disfrazar con tintes independentistas el levantamiento vizcaíno de 1631, no fue éste sino una rebelión social de carácter económico contra la orden que estancaba la sal del señorío para su venta por cuenta de la Real Hacienda, un movimiento en nada comparable al de los comuneros castellanos, las germanías valencianas o la secesión portuguesa. Por su parte, el antes citado vínculo con Francia explicará el acatamiento de Felipe de Anjou como rey de España pese al apego de estas provincias al Antiguo Régimen de los Austrias, lo que fue premiado con el mantenimiento de sus peculiares instituciones —al igual que Navarra— en contradicción con la política centralizadora del Borbón, pasando a ser calificadas como Provincias Exentas. Esta situación de privilegio se veía acrecentada por el acceso a las ventajas que el nuevo sistema procuraba, como la renovación industrial o la reactivación del comercio americano. Así, en 1728 nació en San Sebastián la Compañía de Comercio de Caracas, que en 1785 dio origen a la Compañía de Filipinas, estableciéndose así unas relaciones que marcarían las sendas migratorias del siglo XIX.
Durante este tiempo tendrán lugar otros fenómenos que, a la larga, resultarán trascendentales para la evolución social y política de aquellos territorios. De un lado, la errónea apreciación de que el hecho singular de las Provincias Vascongadas y Navarra se limitaba a la exención fiscal —minimizando la importancia de la aplicación del derecho específico aún por la Real Chancillería de Valladolid, la exención de quintas y aún de la cierta capacidad de autogobierno, que en Navarra se extendía a la reunión de Cortes—, creencia contra la que se alzará con todas sus armas el naciente liberalismo. Por otro lado, la radicalización del sentimiento religioso a lo largo del siglo XVIII será más que evidente.
El estallido de la Revolución Francesa supuso un violento seísmo social en las provincias vascongadas, especialmente cuando Guipúzcoa se constituyó en línea de frente en la Guerra contra la Convención. Los gritos de combate en que se mezclaban Religión, Rey y Patria acompañaron a las tropas españolas que durante 1793 avanzaron triunfantes por Hendaya y el Rosellón. Sin embargo, al año siguiente las tropas francesas presionaron de tal forma que conquistaron San Sebastián el 4 de agosto. La Junta celebrada en Guetaria por guipuzcoanos partidarios de las ideas revolucionarias llegó a proponer la creación de una república vasca independiente. Durante 1795 los franceses avanzaron hasta Miranda de Ebro, pocos días antes de la firma de la Paz de Basilea. Esta guerra supuso la materialización en el seno de la sociedad vasca de dos partidos: los integristas antirrevolucionsarios y los segregacionistas.
Poco más tarde, en las Cortes de Cádiz aparecieron enfrentados dos conceptos de Estado: frente a la Monarquía tradicional que reclamaba para la corona el ejercicio absoluto de la soberanía propia de las entidades históricas preexistentes con sus instituciones peculiares y leyes consuetudinarias se alzó la Monarquía liberal, que reservaba para el rey sólo funciones arbitrales y contemplaba el Estado como una unidad territorial dividida en provincias según criterios exclusivamente administrativos. El avance del liberalismo supuso, por lo tanto, para las provincias vascongadas una doble amenaza, política (centralismo) y social (contra la religión y la Iglesia). El alzamiento carlista de 1833 —en el cristalizó la querella dinástica entre Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, y la hija de éste, Isabel II— tuvo inicialmente como leit motiv la cuestión religiosa, aunque en el transcurso de los años fue incrementándose la importancia de la defensa del foralismo para la causa carlista.
Fracasado el levantamiento de Carlos VII de 1872 —que llegó a dar forma a un Estado carlista propio, aunque efímero, sobre suelo navarro—, la Ley de 21 de julio de 1876 puso fin al régimen foral, sustituyéndose al año siguiente sus instituciones por diputaciones provinciales Poco después se produjo una cierta rectificación al aceptarse una mínima autonomía económica provincial, según la cual las contribuciones de cada provincia al poder central se fijarían mediante concierto. Ya en el siglo XX, el último de estos conciertos —suscrito en 1925— seguía vigente al comienzo de la Guerra Civil de 1936, como consecuencia de la cual sólo conservará este privilegio la provincia de Álava.
Mientras que las ciudades —en las que se asentaban importantes guarniciones militares— acogían las ideas liberales de la burguesía, el campo encontró en los fueros y libertades antiguas la razón de su modo de vida. En este agitado caldo de polarización social convergerán además los marinos retirados que se habían dedicado al comercio ultramarino (Cuba, Filipinas...), en gran parte vinculados a la Masonería y ganados por las ideas liberales, y los inmigrantes procedentes del interior, generalmente hacinados en los puertos industriosos, con lo que tal situación significaba entonces de insalubridad física y moral. Frente a la presión de este proletariado urbano y la presencia de los marinos contaminados se alzó la llamada al retorno a la supuestas fuentes primitivas de Euskal Herría. Así nacería el nacionalismo sabiniano, no exento de una vena romántica que prestó atención a las antiguas lengua y cultura vasconas, dando origen a la Sociedad de Estudios Vascos o la Academia de la Lengua Vasca. Mas el carácter forzado de este componente cultural del nacionalismo vasco resulta innegable, toda vez que el antiguo idioma vascuence sobrevivió en las tierras del interior —con graves mutaciones— merced al respeto de la Monarquía Católica de los Austrias por los hábitos y costumbres locales, aunque su empleo se limitaba al uso corriente, empleándose libremente el castellano para la administración —hasta el punto de que el Fuero de Vizcaya estaba redactado en castellano—, la enseñanza y la producción literaria.
Al cesto del nacionalismo vasco se sumaron otros mimbres como el integrismo religioso y el antiliberalismo radical que Arana heredó de su padre, un incipiente republicanismo y un etnicismo derivado en racismo que —en el colmo de la incongruencia— habría impelido a los nacionalistas a considerar extraños a los señores de la casa de Haro. Contó además el nacionalismo vasco con la intervención de otros factores que no han de desdeñarse a la hora de comprender su configuración final. Así, como factor social podemos señalar su evolución desde un foralismo entroncado con la conservación del concierto económico hacia un régimen autonómico que apuntase a la independencia. Para el nacionalismo, la salud moral del pueblo vasco sólo se mantendría ofreciendo resistencia al Gobierno liberal de Madrid, cuya política era tildada de profundamente antirreligiosa. Y, además de este factor religioso, encontramos un tercero de carácter étnico, según el cual la diferenciación racial de los vascos —hoy destacada por la supuesta preponderancia de individuos con factor RH negativo— quedaba subrayada por la pretendida diferenciación lingüística. La combinación de todos estos elementos determinará los ideales de la vasconidad, a partir de la cual Sabino Arana elaborará su propia tesis: Euzkadi es una nación sometida por España y Francia que debe constituir su propio Estado.
Que Arana abjurara del radicalismo en los últimos años de su vida no resultará significativo para los nacionalistas vascos, quienes pretenden crear una Euskal-Herría independiente incluso pasando por encima de la tradición histórica a la que tanto apelan.

 

ANÁLISIS DEL NACIONALISMO VASCO

Por José Luis Orella

 

En el caso del País Vasco, el nacionalismo se encuentra en período de concentración de las diversas opciones nacionalistas, después de su afán de canibalizar el electorado de su vecino batasuno. El nacionalismo quiere volver a la situación de hegemonía que le llevó a ser ante los sucesivos gobiernos nacionales el único interlocutor válido de esta región, olvidando a otros dos sectores, el socialista y el derechista, ambos sin veleidades separatistas. No obstante, el nacionalismo del PNV se enfunda en un militante europeísmo que llevó en su momento al carnavalesco espectáculo de pedir a las instituciones europeas el cambio de la bandera europea de doce estrellas a trece, por creer que éstas representaban a los países miembros. Lo peor es que tal moción no se podía hacer porque las doce estrellas no representan a los países que entonces conformaban la Comunidad Económica Europea, su diseñador lo hizo por otro ideal más elevado.

 

A parte de folclorismos, el nacionalismo vasco viene defendiendo un entusiasta europeísmo, a través de su histórica adscripción a la organización democristiana. Aunque, siempre que se vea a Euskadi como un representante del mismo talante que cualquier otro Estado-nación miembro. Para ello reivindica su derecho a la autodeterminación y el fin de los actuales estados en beneficio de una Unión Europea que únicamente utilice como interlocutores válidos a las naciones con carácter étnico o lingüístico como es el caso vasco. No obstante, esta reivindicación se sustenta en pies de barro, porque no cuenta con la historia a su favor, ni con el apoyo popular, ni con la razón de sus propias argumentaciones que se contradicen con las más democráticas de la Unión Europea.

 

La actual población vasca es plural en su sentido político y cultural, siendo menos de un veinte por ciento la que posee condición de bilingüe, y mejor no saber el del carácter étnico porque muchos de los nacionalistas quedarían fuera sin remisión. En sus propios orígenes, los dirigentes juntaron apellidos tan poco vascos como Horn (holandés), Chalbaud (francés), Sota (santanderino) o Monzón (aragonés). A parte de que una Europa con criterios etnicistas iría en contra de los principios fundadores de la comunidad europea, el discurso de este calibre del nacionalismo vasco, sólo es utilizable en pocas ocasiones ante un electorado interno muy fiable.

 

Por otro lado, el País Vasco necesita para sus sectores económicos en crisis un interlocutor con peso en la Unión Europea, los astilleros, la siderurgia, la ganadería y el sector pesquero son muy importantes en la sociedad vasca y han sido de los más perjudicados con la unión a la comunidad. El que el nacionalismo vasco, pretenda ser ese representante suena a sorna por la falta de peso político debido a la escasez de habitantes, la crisis económica y el tamaño del País Vasco. Si el problema de España, es que no tiene peso frente a Francia y Alemania, y por eso nos hemos aliado a ellas desde 1986, imaginémonos que influencia real puede tener una hipotética Euskadi independiente, cuando países como Dinamarca o Países Bajos son meras comparsas del marco alemán. La única posibilidad es que el PNV, por su proximidad con el partido republicano de EEUU, intente ser un caballo de troya de los intereses americanos en Europa a través de su amistad con el lobby del medio oeste.

 

De todas formas, la crisis de la gran industria y su reestructuración han permitido deslastrarse de sectores declinantes que utilizaban mano de obra foránea, votantes de opciones políticas no nacionalistas, y que recibían subvenciones cuantiosas. La pequeña y mediana industria que ha sobrevivido es ahora más capaz y ágil, y puede competir con mejores oportunidades en el exterior, por lo que busca mercados alternativos al nacional, para no depender exclusivamente de él. Pero el precio es alto y la región sufre una de las cotas de paro más altas de España[1].  Además, la región tiene que sufrir el terrorismo del nacionalismo radical que con su discurso vertebrado en la vasquidad de los trabajadores y la españolidad del empresariado, ha producido una fuga de capitales a otras zonas de España, provocando con sus secuestros y asesinatos una gran inestabilidad social que impide la inversión de un capital móvil extranjero, que quisiese establecerse en una zona con una mano de obra especializada. (Recientemente la publicación del plan Ibarretxe a provocado una caída del 83 % de las inversiones extranjeras). La forzada emigración de hombres con capacidad de liderato empresarial es un fenómeno que ha redundado en una progresiva industrialización de las regiones vecinas, como Cantabria, Rioja o dentro de la propia Comunidad Autónoma Vasca, de Alava, la provincia menos nacionalista.

 

Como el objetivo primordial del nacionalismo vasco es la independencia, en lo que difieren los terroristas y los detentadores del poder autonómico es en la manera de llegar a ella, el discurso social es vago y sin conjeturas que comprometan, del modo que los parados se deben conformar con un mensaje ilusionante en la comunidad nacionalista, mientras ven que su economía se ve gradualmente insertada en un sistema neoliberal donde la competitividad y la insolidaridad son las reglas principales[2]. Los grupos radicales son los grandes beneficiados al ofrecer a los jóvenes víctimas de la crisis económica un calor afectivo y la posibilidad de evacuar sus problemas contra un enemigo exterior, el odiado "español".

 

Si los gobiernos europeos se preocupan principalmente por su inserción en Europa en las mejores condiciones económicas y sociales posibles para estar en el pelotón de cabeza, los nacionalistas vascos desde sus propias instituciones procuran potenciar los sectores que apuntalan su poder, con independencia de la política europeísta. De este modo, en vez de estimular a la pequeña empresa que debe emigrar por el clima de violencia imperante y a la falta de ayudas económicas, el euskera recibe la parte de león de las subvenciones. El dinero invertido en la difusión del euskera hace que la enseñanza sea una fuente de empleo y que sus empleados se conviertan en una clientela fiel al nacionalismo. Su utilización exclusiva como instrumento político suscita el rechazo de una gran parte de la población, que sufre discriminación laboral por la no aceptación del aprendizaje de una lengua, que no esta a la altura de servir de vehículo comunicador en el mundo altamente tecnificado de hoy. Por otra parte, la difusión cultural que la Unión Europea fomenta con el intercambio de estudiantes y la colaboración en estudios de alta investigación se ven constreñidos por los intereses partidistas del nacionalismo, contrarios en el plano cultural a toda universalización del saber, como estiman las autoridades europeas.

 

La defensa a ultranza de los argumentos lingüísticos por el nacionalismo vasco son acordes con su nacionalismo etnicista, porque se complementan estos argumentos con los raciales. La lengua es diferente al ser diferente el tronco racial de cada pueblo[3]. La afirmación identitaria ofrece una política de autoafirmación nacional, acreditada mediante la prueba equivoca de los apellidos, el uso de la lengua o determinadas formas físicas, Xabier Arzalluz, principal dirigente del PNV,  afirma poder distinguir un vasco en la calle, de uno que no lo es[4].

 

El nacionalismo vasco ha utilizado las teorías evolucionistas y difusionistas amalgándolas con la paleontología, la lingüística, el mito y el folklore[5], contribuyendo a crear un discurso idealista que seduce a la población en la creencia de pertenecer a una comunidad de características superiores a las de sus vecinos. Las teorías etnicistas aportan un sentido de unidad a la comunidad y de solidaridad entre sus miembros, y ayuda a canalizar la agresividad originada por la situación económica deplorable contra un enemigo "exterior", el centralismo mestizo.

 

El gobierno vasco en su reivindicación de asumir mayores capacidades que le lleven al establecimiento de un estado dentro de otro, (plan Ibarretxe) llegó a exigir ya en 1994, el derecho a establecer sus propios vínculos con la Unión Europea, a participar en el Consejo de Ministros Europeos, al reconocimiento oficial de una oficina  del gobierno vasco en Bruselas, a tener una representación permanente en la delegación española y al derecho a recurrir al Tribunal de Justicia Europeo[6]. Estas reivindicaciones culminan el proceso de nacionalización iniciado con el control de las instituciones públicas y educativas del interior del territorio del que se desea obtener la soberanía. Con la toma del poder de las instituciones regionales, el control de las fuentes de ingresos, una clientela política fiel, se puede pasar a formar la comunidad imaginada por el nacionalismo. Pero este paso únicamente se puede dar por medio de la formación de un Estado nacional[7]. La proclamación de un Estado Libre Vasco conformaría de manera oficial un Estado vasco que en breve plazo podría romper sus lazos con España, mientras una parte de su población mantiene la doble nacionalidad.

 

No obstante, para el nacionalismo vasco el europeísmo es una excusa para diluir el Estado central y tener la oportunidad de recrear un estado vasco soberano en igualdad de derechos a los demás integrantes de la Unión Europea. No obstante, el nacionalismo no sabe explicar con que derecho puede exigir la anexión de Navarra, un reino con su propia personalidad histórica, que fue independiente, que forma parte de España, y que no quiere ser anexionada al ente estatal de esa nueva Euskadi. Para ello debe contar con la formación de candidaturas electorales conjuntas de PNV-EA y Aralar. De este modo la concentración del voto abertzale con el nacionalista puede repetir el éxito de obtener representación parlamentaria en Madrid y un grupo parlamentario nacionalista a nivel foral, no manchado por la violencia, que forme una alianza a la catalana con Izquierda Unida y un PSN favorable a las tesis de Pasqual Maragall.


[1] José Forné, Las dos caras del nacionalismo. San Sebastián, 1995. pág. 89

[2] Idem, pág. 130

[3] Idem, pág. 120

[4] Ramón luis Acuña, Las tribus de Europa, Madrid, 1997. pág. 336

[5] José Forné, Las dos caras...pág. 46

[6] Michael Keating, Naciones...pág. 190

[7] José Forné, Las dos...pág. 131

Entrevistamos a Jaime Larrínaga: víctimas del terrorismo, negociación con ETA, retos éticos, Iglesia y sociedad.

Una vez celebrada la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el pasado 4 de junio de 2005 en Madrid, en contra de la negociación del Gobierno con la organización terrorista ETA, hemos entrevistado a D. Jaime Larrínaga, cofundador de Foro El Salvador, al objeto de conocer algunas de sus reflexiones en torno al futuro del País Vasco y la situación política actual.

 

Entrevistamos a Jaime Larrínaga: víctimas del terrorismo, negociación con ETA, retos éticos, Iglesia y sociedad.

 

D. Jaime Larrínaga, en su día, alcanzó una notable celebridad mediática, aunque no buscada, por su decidido posicionamiento público en defensa de las víctimas del terrorismo. Ello le llevó, junto a otros, a la fundación de Foro El Salvador (entidad vasca que agrupa a católicos movilizados en defensa de las víctimas del terrorismo y frente al nacionalismo excluyente); a que le fuera asignara escolta policial (primer caso de sacerdote vasco en semejante situación); y a dejar finalmente su querida parroquia de Maruri, en Vizcaya, a causa de la presión totalitaria desplegada por el nacionalismo vasco excluyente en contra de su persona y de quienes le apoyaban. Transcurridas, ya, unas semanas desde la celebración de la multitudinaria manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo en contra de la negociación del Gobierno con la organización terrorista ETA, hemos querido entrevistarle para que nos expusiera algunas de sus reflexiones en torno al futuro del País Vasco y la situación política actual.

 

 

Pregunta: ¿Siguen vigentes las razones que le impulsaron a la fundación, en su día y junto a otros compañeros y amigos vascos, Foro El Salvador?

 

Respuesta: Son tiempos importantes los que vivimos. Por esa razón, mis respuestas a la entrevista no quiero que sean “correctas políticamente” sino más bien, “correctas a mi conciencia”. El Foro EL SALVADOR empezó su andadura, demasiado tarde, dos años después de la liberación de lo que quedaba de Ortega Lara y del vil asesinato de Miguel Angel Blanco. El Foro EL SALVADOR denuncia, con todas las fuerzas, las barbaridades y atrocidades de ETA y de sus cómplices: los nacionalistas, muchos de los empresarios que siguen pagando el impuesto revolucionario y la Iglesia vasca por su conducta generalmente nacionalista. Al mismo tiempo, el Foro quiere, sin tibiezas, apoyar a las víctimas, los más pobres de nuestra sociedad, así como darles el calor cristiano que pedían y no encontraban por ninguna parte.
Todos somos conscientes de cómo la sociedad española ha rectificado positivamente su relación con las víctimas, como recientemente demostró en la manifestación del 4 de Junio en Madrid. Pero no nos podemos dormir y por esta razón  el  Foro EL SALVADOR, cumpliendo con su misión de ser la voz de las víctimas, denuncia y protesta de que el Gobierno de España está a punto de cometer el mayor atentado contra las víctimas del terrorismo, negociando y sólo escuchando a los terroristas de ETA. Dialogar con ellos es darles una parte de la razón, y cómo un Gobierno, mínimamente digno, puede hablar precisamente con los asesinos que quitaron para siempre la palabra a tanta gente. No se puede construir la paz sin justicia, y la justicia debe ser independiente a quien esté en el poder: la derecha o la izquierda. Escuche el Gobierno a las víctimas, y no a ETA y a Ezquerra Republicana.
La dignidad de un pueblo está en las víctimas. El Gobierno que las olvida,  pierde toda su dignidad y su credibilidad.  

 

 

P.: Transcurridos varios años desde la creación de Foro El Salvador, según su criterio, ¿se observan indicios de cambio, en la Iglesia vasca, orientados a la acogida de las víctimas del terrorismo y en contra de la polarización social provocada por un nacionalismo excluyente que, al parecer, también sedujo en el pasado a un sector significativo de la misma?

 

R.: Actualmente la sociedad vasca esta fracturada, está rota, por obra y gracia del terrorismo de ETA, con la complicidad activa y pasiva de las jerarquías políticas -Gobierno vasco- y eclesiásticas. En ella, algo menos de la mitad, según las estadísticas, es nacionalista y, además, separatista, y tiene todos los derechos.  El otro grupo, más de la mitad de la población, es constitucionalista, no puede hablar libremente ni expresarse, y siempre bajo la amenaza del atentado contra sus bienes o contra sus vidas. Hay un tercer grupo -una minoría- que se declara nacionalista separatista y terrorista, y que habla con la fuerza bruta de las pistolas y de las bombas.
La mayor parte de los textos de los obispos vascos adolecen de la ambigüedad, las evasivas, los eufemismos y la equidistancia entre víctimas  y verdugos. Sin embargo, a finales del año 2.000 D. Ricardo Blázquez tuvo un recuerdo para las víctimas y pidió perdón “por la falta de atención que ha podido tener la Iglesia de Vizcaya con las víctimas del terrorismo”. Incluso D. Ricardo ha decidido presidir, contra el parecer del presbiterio, los funerales de todas las víctimas del terror.
Mns. Setién  en el Club Siglo XXI de Madrid en 1.991 defendió el reconocimiento del derecho de autodeterminación como solución al problema de la violencia -la Iglesia vasca nunca utiliza el término terrorismo -.
En 1.995 los prelados vascos apoyan una negociación entre ETA y el Gobierno en la que la propia Iglesia vasca se prestaba a hacer labores de mediación. Y pese a la indignación de los sectores no nacionalistas, la Conferencia Episcopal salió en defensa de los obispos vascos.
La Iglesia vasca  nunca ha dicho que la coincidencia con los fines de ETA contamina la actividad de cualquier partido nacionalista. En general los obispos vascos no han sido mucho más generosos con las víctimas de ETA, ni más duros con los asesinos encarcelados. Todos, en mayor o menor medida, se han mostrado comprensivos con los etarras y poco piadosos con las víctimas.

 

 

P.: El nuevo movimiento cívico vasco viene sufriendo sucesivas derrotas: los partidos constitucionalistas no lograron expulsar al PNV del Gobierno vasco en las elecciones autonómicas, se ha roto la unidad constitucionalista, el PSE-PSOE se deja arrastrar en una verdadera deriva táctica e ideológica, José Luis Rodríguez Zapatero y sus aliados nacionalistas han desmontada buena parte de la arquitectura antiterrorista edificada desde los gobiernos del Partidos Popular, se ha dividido artificial y sectariamente a las víctimas del terrorismo... En estas durísimas circunstancias, la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Madrid, el pasado 4 de junio, ¿puede suponer un punto de inflexión en esta dramática trayectoria?

 

R.: A partir del 4-Junio cada uno sabe dónde esta. Con las víctimas o con los intereses de algunos partidos políticos. El 4 de Junio pudimos manifestar claramente  nuestra situación: los que fuimos a la manifestación y apoyamos totalmente a las víctimas, y los que no fueron, plegándose a los intereses de los partidos. La crisis que ha surgido en estos últimos tiempos en los movimientos cívicos servirá para fortalecernos más aún a los que nos hemos quedado con las víctimas y su memoria: VERDAD, JUSTICIA, PERDÓN Y PAZ. No se puede alcanzar la paz fuera de esta memoria.
Ahora, cuando el Gobierno quiere establecer su política terrorista con los nacionalistas, para quienes las víctimas son molestas, es precisamente ahora cuando no les debemos fallar. Los que estamos con las víctimas protestamos y denunciamos la política del Gobierno, nefasta para los que sufren la pérdida de un ser querido. Después del 4-J, y después de la crisis y de la espantada de algún movimiento, los que nos hemos quedado con las víctimas, nos hemos fortalecido.

 

 

P.: El movimiento cívico vasco sufre una profunda crisis en parte derivada de la renuncia del socialismo oficial español a algunos de sus presupuestos ideológicos más importantes. Al quedar el Partido Popular como principal valedor del constitucionalismo, ¿no se corre el riesgo de que este movimiento sea instrumentalizado por el Partido Popular y pierda frescura, iniciativa y anclajes sociales?

 

R.: Es verdad que algunos movimientos han sucumbido a los encantos de nacionalistas y socialistas. En este último año las víctimas han ido perdiendo el calor y el apoyo y no quisiéramos que sufran la soledad y el olvido por parte de la sociedad, como en los años ochenta. Los medios de comunicación en España, en su mayoría, se han plegado a los intereses de los poderosos, del Gobierno y de las minorías nacionalistas. ¡Qué horror, estar con los terroristas antes que con las víctimas! El PSOE, cuando estaba en la oposición, tuvo una política digna con el Gobierno del PP, en la política antiterrorista y en la defensa y apoyo de las víctimas, como es la Justicia restaurativa.
Todas las víctimas de ETA, también las del bando socialista, tienen que sufrir de nuevo esta afrenta por parte del Gobierno. Que el PP, con esa masa social que representa al 40% de la población española, nos apoye en nuestros planteamientos, no significa que vayamos a perder nuestra independencia ni traicionar a nuestros principios. Dentro del amplio programa del PP, el problema de las víctimas, un problema concreto y puntual, coincide fundamentalmente con el de los movimientos cívicos. Nosotros no nos hemos adaptado, ellos se han adaptado a nuestro programa y exigencias, de la misma forma en la que se adaptaron los socialistas cuando estaban en la oposición. Pero ahora en el poder, se han alejado de nuestro programa y se han aliado con los nacionalistas y sus defendidos, los terroristas.

 

 

P.: Desde que, personalmente, se implicó en la defensa de las víctimas del terrorismo, ¿ha mejorado su situación?, ¿se ha avanzado en el reconocimiento social de su dolor y heroica aportación a la construcción de la convivencia nacional?

 

R.: Sin ninguna duda. Como se demostró en la manifestación del 4-J. Actualmente las víctimas no son las personas olvidadas o tapadas de la sociedad española. Son reconocidas y queridas en gran parte de España. Aunque queda mucho por hacer por ellas en el País Vasco, por la política nacionalista del Gobierno y la actuación, poco clara y valiente, de la Iglesia vasca.

 

 

P.: Los grandes medios de comunicación españoles, ¿están contribuyendo a la clarificación social y moral de la sociedad española o, por el contrario, algunos de ellos, están impulsando cierto oscurecimiento de su conciencia ética y la desmovilización social?

 

R.: En la gran manifestación del 4-J, las víctimas y los miles de españoles que llenaron las calles de Madrid no cesaron de agradecer, a lo largo de todo el recorrido, a la Cadena COPE, por su postura clara a favor de las víctimas. No nos tenemos que olvidar de otros medios, como ONDA CERO, INTERECONOMÍA y otras emisoras más modestas, todos ellos con una actuación digna y honesta con las víctimas.
Otras emisoras, poderosas, privadas y públicas, financiadas además por todos los españoles, incluidas las víctimas, se dedican a dividir, a debilitar y a ofender a las pobres víctimas, así como a desmantelar todo el trabajo realizado en estos últimos años por los distintos movimientos cívicos españoles.
El 4-J la manifestación de cerca de un millón de españoles en Madrid, un hecho sin precedentes contra la política antiterrorista del Gobierno, el que sólo fuese TELEMADRID el que informase toda la manifestación, significa que la libertad así como la democracia actualmente en España están en grave crisis. Fuera de la Comunidad de Madrid no pudieron enterarse de lo que pasó en Madrid. El Gobierno, como hacen todas las Dictaduras, informa sólo de lo que le interesa. Y los diarios, la mayoría plegados a los intereses del Gobierno, publicaron que sólo se manifestaron 60.000 personas. De auténtica risa. ¡Cómo manipulan y tergiversan la realidad! Da pena que en España -no podemos olvidar que estamos en Europa- tengamos esta democracia bananera. Tenemos poca tradición democrática; aún tenemos que trabajar mucho. Tenemos poca prensa independiente y que informe bien.

 

 

P.: Son unos hechos objetivos, y fácilmente perceptibles, la ausencia de compromiso social y la desmovilización ciudadana de buena parte de la sociedad española ante los graves dilemas históricos que se le han planteado en la última década ¿Qué razones explican, a su juicio, esta realidad?

 

R.: Hasta hace más o menos 40 años, la sociedad española era una sociedad primitiva, arcaica, subdesarrollada. Es en los últimos años del franquismo cuando se da una fuerte transformación en la sociedad española. Se da el paso del subdesarrollo al desarrollo, en el que nace una clase media, alta y media, numerosa y fuerte y que empieza a tener cada vez más protagonismo en la vida pública española. Es gracias a esa clase media por la que se hace pacíficamente la transición de la dictadura o dictablanda, a la democracia. Pero la clase media española, que cada día vive mejor, carece de tradición reivindicativa.
Actualmente se nota en este sector una gran preocupación por consolidar una verdadera vertebración de nuestra España plural, como una política clara exterior, sin olvidarnos de los grandes temas como son la familia, la educación, el matrimonio,...
No puede funcionar una España de autonomías o federal sin solidaridad. Y actualmente España, sometida y dirigida por la política nacionalista de los catalanes y vascos, carece de esa solidaridad necesaria.
Para mí, la clase media española, que es la que da estilo, la que marca las pautas, debería de participar más en consolidar la forma de Estado, así como en establecer las bases políticas y sociales de igualdad de derechos y deberes de todos los españoles, no de los territorios, como ocurre en toda Europa.

 

 

P.: El PSOE, particularmente el vasco, ¿tiene posibilidades de un recambio, en su liderazgo, coherente con la tradición política de izquierdas que aseguraba buscar la justicia social y la igualdad ante la Ley de los españoles?

 

R.: Los socialistas vascos que podrían liderar un cambio están “anulados” o en dique seco, como es el caso de Nicolás Redondo, Gotzone Mora, Rosa Díez, Maite Pagaza... Los actuales líderes del PSOE en el País Vasco están tan afectados por el “virus nacionalista”, que están totalmente “vacíos” como socialistas. Deplorable la conducta reciente de Patxi López, candidato socialista a Lehendakari, con María San Gil, líder del PP, y con los representantes políticos de ETA. La línea oficial del socialismo vasco ha perdido su identidad y no se ha librado aún de su tradicional odio a la derecha, pero a la derecha española, no a la derecha vasca nacionalista, a la que es capaz de hacer cualquier trabajo sucio, porque las dos odian a la derecha española por distintos motivos.

 

 

P.: ¿Qué ha hecho mal el centroderecha español para merecer la situación de marginación en que se encuentra?

 

R.: Los socialistas no supieron digerir la derrota del Gobierno de Felipe González, basada fundamentalmente en la gran corrupción que había en su Gobierno, como en los aledaños del poder. Tampoco muchos de la izquierda se han olvidado aún de la guerra civil, por lo que el odio a la derecha es ya congénito para ellos.
Cuando el centroderecha español gozó de la mayoría para gobernar con Aznar, el Gobierno infravaloró el poder de los medios de comunicación, entregándolos a grupos de poder que actualmente se han convertido en el mayor enemigo del centroderecha y al mismo tiempo en los grandes aliados y cómplices del poder socialista actual.
Y el Gobierno actual, que nace viciado el 14-M del año 2.004, es un sometimiento a la dictadura de las minorías nacionalistas, cuyos fines no son la unidad de la nación española con su pluralidad regional y con la solidaridad entre sus distintas tierras, sino la fractura de España, un volver a la Edad Media, una auténtica irracionalidad de los nacionalistas. Pero lo más grave de todo esto es que, sabiendo cómo piensan los nacionalistas catalanes y vascos, el Gobierno socialista siga las directrices nacionalistas. Todo por intentar marginar y aislar al PP, que representa a un gran sector de la población española. Con esa mentalidad, muy difícilmente se puede gobernar. ¡Qué odio debe tener la izquierda! Muchas veces me pregunto si les interesa España a los socialistas.

 

 

P.: ¿Cuáles son las raíces, a su juicio, de las constantes muestras de anticatolicismo militante de amplios sectores sociales españoles encabezados por el actual Gobierno y el partido que le sustenta?

 

R.: El papel positivo de la Iglesia en la normalización de la vida política española en los últimos años del franquismo y en la transición a la democracia, ha sido reconocido públicamente por todos. Las relaciones de la Iglesia con el gobierno de Felipe González fueron normales. Pero actualmente en el Gobierno de Rodríguez Zapatero están aflorando muestras de anticatolicismo por parte de muchos socialistas, nostálgicos de aquel sectarismo de la 2ª República que a la postre condujo a la guerra civil española.
España, uno de los países europeos más católico, y sin embargo no hay en Europa un país en el que el anticatolicismo sea mayor que en España, especialmente por parte de la izquierda. Una raíz sería esa tradición de la izquierda.
También en España hay una gran incultura religiosa, y sin embargo todos discuten de religión, todos creen saber de religión y de política. La realidad es que la ignorancia religiosa en España es muy grande, y el futuro que se nos avecina, muy negro. Las leyes de Educación del Gobierno socialista agravarán aún más la situación.
Otra de las raíces es el falso concepto del progresismo que la izquierda nos vende. El progreso, en vez de acercarnos a la libertad, a la verdad y a la justicia, el concepto que nos quieren vender nos encadena a la barbarie, al error y a la injusticia.
Y para terminar, hay que decir sin miedo que en los últimos tiempos, en el campo social, la Iglesia española no ha dado motivos para justificar, de alguna forma, ese anticatolicismo.

 

 

P.: ¿Todavía tiene algo que aportar la Iglesia católica al hombre posmoderno, satisfecho, consumista, hipercrítico y nihilista de hoy?

 

R.: Sin ninguna duda. A pesar de que el hombre actual pueda gozar de todos los logros materiales, sin embargo no es feliz, no es un hombre satisfecho. Tiene mucha sed de amor, de felicidad, de libertad, de verdad. La vida no es sólo materia, tiene un profundo sentido trascendental, que viene a dar un pleno sentido a la vida. Esta es la misión de la Iglesia, por mandato de Cristo: ser Luz y Camino para los hombres, satisfacer las grandes necesidades de los hombres y de las  mujeres, descubriéndonos la gran misión que tenemos en nuestro mundo. El plan que Dios tiene para los hombres y las mujeres es apasionante y totalmente feliz: desarrollarnos plenamente en un mundo en el que somos los señores y a la vez responsables de toda la creación.
Esta es la gran misión y el servicio de la Iglesia a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.

 

 

P.: La Iglesia española, ¿tiene alguna capacidad para impulsar la regeneración ética y ciudadana de la vida social, cultural y política españolas?, ¿debe hacerlo?

 

R.: Nadie duda de la capacidad de la Iglesia para impulsar una regeneración ética en toda la vida española. Yo diría más, es obligación de la iglesia ser luz del mundo y sal de la tierra. Pero no para imponerse y tener todo bajo su poder, sino para cumplir con el gran mandato de Cristo: SERVIR a todos los hombres y a todas las mujeres, ayudar a cada uno a desarrollarse plenamente, recordándonos que somos IMAGEN y SEMEJANZA de Dios.
La Iglesia no olvida nunca que en todo hombre y en toda mujer está Dios,  Nos recuerda la Iglesia que la persona humana es el icono de la Divinidad.

 

 

P.: Por cierto, D. Jaime, pero ¿no estábamos todos de acuerdo en que “los curas no deben meterse en política”?

 

R.: A los políticos no les gusta que los curas u otras personas ajenas al mundo político, les molestemos. Los curas, que se queden en la sacristía, dicen los políticos. No hay que olvidar que en el País Vasco “meterse en política” es criticar al nacionalismo, mientras que defenderlo, que es lo que hacen la mayoría de los sacerdotes, no supone intervenir en política.
No se puede llevar el Evangelio, la Buena Nueva, si no se respetan los derechos humanos, como el derecho a la vida como ocurre en Euskadi desde hace muchos años. Sin derechos humanos, es difícil llevar a Dios. Tenemos que recuperar al hombre en su plenitud de derechos, para encontrar a Dios. El hombre y la mujer me interesan, y mucho, lo que más. En ellos esta Dios.
El Papa Benedicto XVI, cuando era cardenal Ratzinger, decía que sin libertad no puede haber una verdadera revelación de Dios. Es muy difícil llevar a Dios a hombres y mujeres que carecen de libertad. Sin ninguna duda, Dios nos quiere libres, y todo lo que hagamos a favor de la libertad, recibe todas las bendiciones de Dios. Este es uno de mis “leit-motive” en la lucha por la libertad en el País Vasco; muy importante para mí, pues una sociedad que se acostumbra a vivir sin libertad, se acostumbra también a vivir sin Dios.
Trabajar por los derechos humanos es lo más evangélico.

 

 

P.: ¿Nos permite, para terminar una pregunta personal? Para mantenerse en pie, fiel a la Iglesia y al compromiso con los más débiles de nuestra sociedad, ¿en qué -o quien- se apoya Jaime Larrínaga?

 

R.: En verdad es difícil mantenerte en pie, con dignidad, en contra de gran parte de sociedad “políticamente correcta”, incluso perdiendo la amistad de muchos amigos –no pudieron ser verdaderos amigos los que no saben respetar- y familiares. La explicación está en la fuerza interior, en esa fe en Cristo que me hace fuerte para nadar contra-corriente y para ayudar y defender a las víctimas. Por esta conducta, hace tiempo que duermo felizmente. Gracias, víctimas.
“Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por defender la justicia y la libertad de los más pobres”, en este caso de las víctimas. “Estad alegres y contentos”. Son palabras de Jesús para todos.
También gracias a tanta gente, hombres y mujeres, que venía todos los domingos a participar en la Eucaristía que presidía en Maruri y a manifestarme el apoyo y el cariño. Venían con gran sacrificio para apoyarme en mi lucha por la libertad y por las víctimas, pero volvían también contentos a sus casas y con muchas ganas de luchar, durante la semana, por los derechos humanos, pisoteados en el País Vasco.
Gracias también  a tanta gente que me escribió y me escribe felicitándome y animándome a seguir fiel a las víctimas. Gracias a todos.

 

Aprovecho, finalmente, la entrevista, para compartir unas reflexiones que me parecen fundamentales. Ante los acontecimientos que se precipitan, -decisiones de los jueces con respecto a asesinos de ETA, vuelta del brazo político de ETA a las instituciones, libertad de actuación para los grupos juveniles de ETA...-, que son cesiones del Gobierno a los terroristas, mientras ellos sólo prometen no atentar (¿) a cargos políticos, pero el terror y el miedo siguen y son ellos, los terroristas, los que dirigen la política de Rodríguez Zapatero: lanzo un S. O. S. a la sensatez de la sociedad española. No permitamos locuras por parte del Gobierno.

 

Muchas gracias.

 

 

Entrevista efectuada por Fernando José Vaquero Oroquieta

Revista Arbil, número 94, junio de 2005

La tarea más complicada para lidiar con la tregua le toca a Rajoy

 

Por Antonio Martín Beaumont

 

(de www.elsemanaldigital.com, 23 de marzo de 2006)

La idea de que mientras rija el "alto el fuego" no va a haber asesinatos ha alegrado al pueblo español, y eso dificulta la misión del PP de recordar que no puede haber cesiones a la banda.

23 de marzo de 2006.  La tregua de ETA, "alto el fuego permanente" en los términos de la banda terrorista, ha creado esperanzas en el conjunto de la sociedad española. Es natural y bueno que sea así: a nadie le agrada ser extorsionado, amenazado y humillado, y nadie mentalmente sano desea ver sangre en las calles. Todo lo que nos aleje de ese escenario, que ha sido el de los últimos cuarenta años por culpa de ETA, es buena noticia. No hay duda.

Otra cosa es que para llegar al final de ETA no puede pagarse, por muchas razones políticas y morales, ningún precio. Ya que, entre otras cosas, ETA tiene una larga historia detrás de treguas rotas y de promesas incumplidas, además de que sería difícil explicar que cuatro décadas y casi mil muertos después se cede ante su chantaje. Para ese viaje no necesitábamos alforjas, diría un castizo: acabar con ETA cediendo ante los terroristas es algo que cualquier Gobierno anterior podía haber hecho y ninguno hizo.

Pero el problema para el partido de la oposición -sólo hay uno, a día de hoy, y es el PP- es cómo conjugar la necesaria cautela, derivada de una experiencia que sólo él atesora, al parecer, con la explosión de alegría y esperanza que la noticia ha causado en el pueblo español. Como con la "tregua trampa" de 1998 y 1999, el PP tiene ante sí una etapa muy difícil de contención. Y esta vez, además, en la oposición.

Mariano Rajoy, naturalmente, acudirá la semana que viene a la cita con José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa, aunque ya asume que el Gobierno no va a convocar –aún- el Pacto Antiterrorista. Y en este caso, como en otros, el líder de la oposición tiene que conservar la sangre fría, pensar en términos políticos, analizar el sentimiento de ilusión que el anuncio etarra despierta en la gente y dar con la fórmula mejor para mantenerse firme para evitar que el Gobierno ceda al pago de cualquier precio político impensable y, ya estratégicamente hablando, que el PSOE rentabilice en exclusiva la tregua.

El "número uno" del PP puede de momento aferrarse a que en el comunicado de ETA nada dice que la tregua sea definitiva, y a que la banda se ha rearmado y reorganizado en estos meses, lo que hace pensar en futuras acciones. Si Rajoy pide prudencia, debe ser escuchado.

Pero la mala noticia para el PP es que -no por casualidad- la tregua llega justo después de la reforma estatutaria catalana, es decir, justo después de que las Cortes hayan aceptado que en España puede haber varias naciones. Eso es, claramente, la mejor baza negociadora de Zapatero y si los españoles ven que eso va a traer la "paz" de nada van a servir por parte del PP ni los lamentos ni los argumentos jurídicos complejos.

El PP tiene por delante una etapa complicada, en la que los intereses de ETA y los del PSOE coinciden. Mao decía aquello de "si te pisan conviértete en alfombra". Sin llegar tan lejos, los populares pueden convertir este obstáculo en una ventaja y en un trampolín. Encontrar la fórmula adecuada para comunicar con la gente, sin asustar pero sin aceptar engaños, es ahora la tarea fundamental que tiene por delante Mariano Rajoy; y por supuesto dar con las personas adecuadas para hacerlo. Intentar otra cosa sería un suicidio, y si alguien no lo recuerda puede preguntar a José María Aznar por la anterior tregua terrorista.


Por qué el "alto el fuego" de ETA no es una buena noticia

ETA es una banda terrorista, esto es, una organización armada. Su fuerza está en las armas. Si ahora dice que las hará callar por un tiempo, eso sólo puede significar una cosa: que ha encontrado bazas mejores para lograr sus propósitos, bazas que le permitirían alcanzar sus objetivos con menos riesgo. Tales bazas sólo puede habérselas proporcionado el Gobierno. No puede considerarse tranquilizador.

En esos propósitos de ETA, en sus objetivos, está el meollo de la cuestión. ETA mata por un programa de carácter político. Ese programa contempla, con carácter fundamental, la autodeterminación del País Vasco (como paso previo a la independencia), la anexión de Navarra y la excarcelación de los terroristas presos. ETA no ha rebajado sus exigencias. En consecuencia, hay que preguntarse por qué ETA piensa que hoy puede acercarse a esos objetivos sin matar. Y eso hay que preguntárselo al Gobierno, que, además, en los tres frentes ha enviado señales al mundo etarra. ¿Qué ha comprometido exactamente ZP en el "proceso de paz"?

Lo que ETA ha anunciado es un "alto el fuego permanente". Un alto el fuego es ese trance en el que ambos contendientes suspenden los tiros –pero sin dejar de tener el arma en la mano. Una situación así nunca puede ser "permanente", porque ninguna fuerza puede congelarse en una exhibición inmóvil. Por definición, el alto el fuego es un ínterin que sólo tiene dos salidas posibles: o la rendición, entregando las armas, o la reanudación de las hostilidades. Sabemos que ETA no desea rendirse porque no ha dejado de rearmarse. Por consiguiente, la amenaza continúa.

El alto el fuego, también por definición, es bilateral: nadie levanta el arma si el enemigo sigue disparando. ETA habla de "alto el fuego" y no añade "unilateral" (algo que sí hizo cuando la tregua con Aznar). Por consiguiente, hemos de pensar que la nueva situación implica también un "alto el fuego" por parte del Gobierno. Eso sólo podría traducirse en la suspensión de la actividad antiterrorista del Estado. He aquí una nueva pregunta que hay que dirigir al Gobierno ZP, máxime si tenemos en cuenta que desde hace largos meses no hay ni una sola detención de etarras en suelo español: ¿estamos también nosotros en "alto el fuego"?

Más allá del deplorable júbilo de los medios progubernamentales, conviene tener presente que estamos ante una banda armada que se encuentra, hoy, en su mejor momento desde hace años y con más influencia política que nunca. Esa influencia se la ha otorgado el Gobierno al alimentar las expectativas sobre un "proceso de paz". Como esa "paz" depende enteramente de la voluntad de ETA, los terroristas tienen al Gobierno en sus manos: un solo atentado mortal y ZP se hundirá. El PSOE, que lo sabe, hará lo imposible para contentar a ETA. Y ETA, que, por supuesto, también lo sabe, hará lo imposible para coaccionar al PSOE.

Y los hay que todavía están contentos.

Por José Javier Esparza
 (de www.elsemanaldigital.com, 23 de marzo de 2006)